jueves, 30 de julio de 2020

Luis Kimball. Correo electrónico


Correo electrónico


Por Luis Kimball


Me decían:
"Qué vida tan interesante".
Que de dónde sacaba tiempo para leer.

A partir de las nueve de la noche
traía ropa más bonita que la ciudad
y un peinado de ya quisiera Ava Gadner.

Leía.

Pero pasaba la tarde junto al teléfono,
más de 20 llamadas suculentas en la contestadora.

Pero expectante.

Como siempre,
me interesaba una.

Hace 15 años de eso
y todavía espero, espero y espero,
revisando como 50 veces
el "0" en mi correo electrónico especial.




Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.

miércoles, 29 de julio de 2020

Giorgio Germont. La plaza de España

el libro de las cosas perdidas
La plaza de España

Por Giorgio Germont

Roma, 2 julio 1990. Sucedió que una tarde en Roma después de una breve siesta en el hotel salimos a la calle. Era mi plan explorar el area cerca de la “Scalinata di Trinita de i Monti”. Dimos unos pasos por la acera, el sol estaba perdiendo fuerza en el horizonte. Descendimos a la estación del metro. Ibamos de pie en el carro sintiendo el bamboleo del tranvía sobre los rieles, asidos a los pasamanos metálicos. Se escuchó el anuncio que aguardábamos, ‘Piazza di Spagna’. Saltamos a la calle entusiasmados. Los edificios de estilo Toscano con paredes de estuco y techos de teja se iluminaban en tonos de color dorado y el Sienna quemado. Con mapa en mano, zapatos tennis y pantalones de mezclilla nuestra apariencia clamaba a gritos que éramos turistas americanos. Cargábamos nuestras identificaciones y un poco de efectivo en un bolso ajustado a la cintura..

Al ir por la calle nos vimos tentados por el menú delicioso de los vendedores en las aceras. Birra Nastro Zurro y panini San Remo para mi y panini Caprese y una botella de agua para Cristina, mi esposa. Disfrutamos la cena de pie y nos acercamos a “la Fontana de la barcaccia”. Justo a esa hora los romanos habían salido a socializar en su acostumbrada “passegiata” vespertina. Abundaban los turistas, nos fuimos acercando a la gran escalinata con mucha precaución pues era bien sabido que había los asaltantes se mezclaban entre la gente. Subimos a la explanada y admiramos las torres y el frontispicio de la hermosa Iglesia de la Trinidad del Monte que data del 1500. Admiramos por sobre los techos, al ocaso, una vista Romana sin igual. Esta llamada colina “De i Pincio” es más alta que las otras pero no es una de las siete colinas de Roma pues se encuentra fuera de los muros de la ciudad antigua. La tarde era templada pasamos un momento muy romántico. Yo abrazaba a mi esposa por la espalda, mientras miraba de reojo con precaución. Suspirábamos en silencio disfrutando el panorama desde la parte más alta de la plazuela.

Iniciamos el descenso y pasamos frente al palazzo di Spagna, antigua embajada Ibérica que le da su nombre a la plaza.

—Yo prefiero que tomemos un taxi —dijo Cristina
—Mi amor por qué no exploramos un poco, y luego tomamos el metro de vuelta al hotel ?
Me miro con reticencia pero le insistí y acepto a seguirme. El mapa me orientaba a seguir recto por la Vía Condotti, en ángulo recto con la fuente que desembocaba a la gran avenida, Mario de i Fiori. Suspiré satisfecho al sentir el orgullo viril de conquistar Roma con el mapa en la mano, apunté hacia el Poniente con un dedo.

*

Dei Condotti es una vía muy larga que llega a la ribera Oriente del Tíber. A su inicio está un pórtico. Al momento de iniciar el recorrido se encendieron dos lámparas color ámbar en las esquinas. La entrada es un cobertizo de unos 200 metros de largo, un pasaje. Al fondo se alcanzaban a las luces de los autos circulando sobre la avenida. Al momento que entramos al oscuro pasaje noté sobre la izquierda a una dama corpulenta que tomó la misma dirección que nosotros y se mantuvo caminando pegada a la pared. Al mismo tiempo, un hombre apareció sobre la derecha fumando un cigarrillo. Era un gitano moreno, de patillas gruesas y mostacho espeso. Tenía el pelo largo y negro. Era de media estatura y metió la mano derecha en la bolsa de su saco. Seguimos avanzando y escuché la voz muy ronca del hombre. Hizo un comentario en un idioma desconocido para mí, ciertamente no era italiano. Fue un breve comentario que le hizo a la mujerona en una voz muy gruesa. Ella respondió con un monosílabo. Seguimos en camino y escuché varios comentarios entre ellos. Cristina me lanzó una mirada de consternación. Nos vamos adentrando al oscuro pasaje y nos sigue la pareja de maleantes apretando el paso.

*

Habíamos hecho el viaje a la ciudad eterna con motivo del campeonato de futbol Italia 90 y los eventos asociados a este. Yo tenía boletos para asistir al partido de la Squadra Azzurra, los anfitriones, contra los Estados Unidos, en el estadio olímpico. Al mismo tiempo habíamos asistido a participar en el campeonato mundial de Futbol en la Medicina, un evento que se realiza cada cuatro años en paralelo a la copa de la FIFA. Un grupo de deportistas habíamos asistido a representar a los Estados Unidos en la contienda.

*

Vi de pronto los ojos desorbitados de mi esposa al escuchar el eco del intenso taconear de la compinche y las zapatillas del gitano.

—Voy a contar a tres y corre con todo lo que tengas —le dije—. Uno, dos y tres.

Para salvar el pellejo despegamos en una carrera desesperada, sin mirar atrás. El empedrado estaba húmedo pero los tennis tenían buena tracción. Los maleantes arrancaron también tras de nosotros y gritaban en su idioma sabrá Dios qué cosa. Cristina es una atleta sin igual. Campeona ecuestre de salto, gran aficionada del gimnasio y la piscina. Yo me había entrenado por seis meses para asistir a la competencia. A mis 38 años estaba en buena condición física. Era el guardameta del equipo. Avanzamos encarrerados rumbo al viale. Los oíamos resollar pesadamente tras de nosotros en la oscuridad.

Nos dimos a correr y correr hasta alcanzar la Mario de i Fiori, una gran avenida muy alumbrada, concurrida por todas partes, con hartos peatones en las aceras. Hice la seña y se paró un taxi. Antes de subir volteamos a la salida a de ‘I Condotti’ y apenas iban saliendo los gitanos tosiendo. Se les veía pálidos y faltos de oxígeno, sin resuello. Nos metimos al taxi y tomamos asiento.

—Idiota, te lo dije que no era el momento de andar explorando, testarudo. Casi nos matan por tu culpa. Por qué nunca me escuchas, necio.

Se me subieron los colores a la cara y me mordí la lengua.

—Tienes razón, perdóname. Se acabó la exploración. Este sitio está infestado de bribones en busca de estúpidos como yo. Tuvimos suerte de salir con bien.

Poco a poco recobramos el aliento y la brisa nos reanimó mientras pasábamos por un bello hemiciclo peatonal muy alumbrado, la Piazza de la Repubblica, camino de regreso al Grand Hotel de Roma.




Giorgio Germont estudió medicina en la UACH, ejerce su profesión en Estados Unidos. Ha publicado tres novelas: Treinta citas con la muerte (2005), Dos miserables entre la luz y la oscuridad, (2011). Ambas recibieron sendos galardones como finalistas de los concursos USA BEST BOOK AWARDS en los años 2007 y 2011 respectivamente. Las versiones en español de la primera, titulada Mis encuentros con la muerte y la segunda con el mismo nombre se publicaron en 2012 por Editorial Perfiles. En 2016 publicó su novela Rayo azul.

martes, 28 de julio de 2020

Por Andrés Espinosa Becerra. Los augurios


los martes
Los augurios

Por Andrés Espinosa Becerra

En el silencio
suceden cosas en la mente,
también en el corazón.
Las horas de la madrugada
me las apropio,
en ellas soy feliz:
solo ahí es el silencio.

En el silencio
siempre llegan los augurios,
los avisos:
por ejemplo el viento de esta noche
raspa el sueño,
de ahí las ojeras,
las ojeras son
el miedo,
lo que no te acompaña,
lo que en los días
ocultas y muestras,
un perdón
que no tiene sentido,

a pesar de los augurios,
insiste la permanencia del silencio.




Andrés Espinoza Becerra, Córdoba, Veracruz 1958, hizo estudios de literatura hispanoamericana. Tiene tres libros de poesía publicados: Quinteto para un pretérito (1996), en coautoría con otros autores; Los días que no duermen (2004) y Una casa con silencio y patio (2019). En 1996 gana el premio Cuauhtémoc de poesía con Domingo Siboney. Tiene algunos proyectos en espera de aparecer, como El ramalazo de los recuerdos y El árbol de los ciruelos.