miércoles, 15 de mayo de 2019

Dolores Gómez Antillón. La naturaleza

La naturaleza

Por Dolores Gómez Antillón

Hacía tiempo teníamos el plan de ir la sierra, a Las Barrancas del Cobre y a la Cascada de Basasiáchic. Llegó el día anhelado. Destinamos un fin de semana para disfrutar de la naturaleza inenarrable de la Sierra Tarahumara.
Llegamos a una cabaña comodísima que un amigo nos había ofrecido. Tenía una gran chimenea, una cocinita, una cama confortable, su baño y una ventana por donde teníamos una vista excepcional. La belleza natural con el contraste de colores desde el verde, lila, bugambilia y amarillo, mil destellos de la luz con un amanecer escarlata, violeta y azul intenso.
Maravillados ante tal paisaje nos abrazamos y besamos con euforia porque sorprendidos nos alegramos y gozosos nos alistamos para recorrer las escarpadas montañas. Conseguimos un guía que en una camioneta nos condujo a los mágicos lugares.
Desde lo alto vimos al fondo de los cañones, nos sentimos en el cielo, diminutas criaturas caminaban abajo, experiencia vertiginosa que gozamos  frenéticamente. Nuestros corazones latían acelerados. Llegó el momento de  trasladarnos a la cascada y bajar a lo profundo; corría  como un manantial de agua cristalina que caía de lo alto. Llegamos felices al contemplar el escenario maravilloso de la gran cabellera de cristalinas aguas que  formaba, al caer, bailarinas entusiastas con la espuma blanquísima, mágicas danzantes.
Los bellos ojos claros de él mirándome con amor y pasión, acaricié su cabellera sedosa y no pude contener las ganas de besarlo, ya deseaba iniciar el camino hacia un mundo mágico que nos haría vibrar las sensaciones más profundas de nuestros cuerpos, la calentura y la excitación aumentaron el deseo de entrega; ya mis muslos ansiosos esperaban con pasión la jabalina que desataría un remolino placentero al penetrarme. Sentí un delicioso calor en mis labios caracolas, donde yacía una hermosa mariposa que abriendo sus alas emprendió su vuelo en el  momento más pasional de nuestra  entrega. Nos cobijamos el uno al otro, nuestros secretos se confundieron en uno solo.
Caminamos hasta dar con el guía y ya en la camioneta seguimos besándonos e imaginando lo que nos esperaba en la cabaña con el calorcito de la chimenea y las viandas que pedimos y, desde luego, el vino que nunca olvidábamos.
Entramos a la cabaña felices de las maravillas naturales, el agua donde nos bañamos, nuestra entrega como un par de peces. Al entrar vimos los colores azules y dorados que emanaban de la leña en la gran chimenea que mantenía una temperatura agradable,  pues ya de tarde hace mucho frío en la sierra. Sobre la mesa de madera pusimos nuestros alimentos, ya preparados: un asado de carne de puerco con chile colorado, papas, queso fundido, tortillas de maíz y unas tunas de postre, todo ello preparado por las cocineras rarámuris, todo delicioso. Con gusto saboreamos aquellos manjares y ya satisfechos nos acercamos a la ventana que mostraba un cielo anochecido con estrellas, una luna llena alumbraba nuestras siluetas abrazadas. Nos sentíamos agradecidos con Dios por permitirnos estar tan cerca de ese paisaje hermoso que nos llenaba el alma. Así pasamos un buen tiempo confundidos con toda esa belleza y ya desde nuestra cama seguimos admirando ese mundo que habíamos descubierto y que llenaba de gozo los corazones, que empezaron a latir con fuerza. Era toda la experiencia que despertaba nuestros sentidos y apasionadamente empezamos de nuevo el amor.
Me tomaste por la cintura y empezaste a besarme el cuello y yo seguí junto contigo acariciando todo tu cuerpo; abrimos el vino y brindamos en unos jarritos de barro: qué delicioso y  reconfortante para nuestras energías, qué estimulante. Ya nuestra faena había empezado entregando en cada beso un pedacito de nuestro corazón; el torbellino de pasiones estaba  girando y esperaba el deleite de que me habitaras para sentir el placer más pleno. El paraíso que nos envolvía en la magia de los hermosos paisajes nos excitó aún más.
Nuestras ganas crecían y mis muslos esperaban ansiosamente sentir la llegada de mi amor. Un rayo luminoso penetró lo más profundo de mi intimidad que se desplegaba como centella por todo mi cuerpo haciéndome sentir el delicioso placer que compartimos, electrizados ambos y con movimientos intensos hasta que nos iluminamos juntos.
Era el éxtasis que nos llevaba al agua de la cascada donde placenteramente habíamos hecho el amor. Todos los paisajes venían a unirse a nuestras mentes y el disfrute fue más grande, los fluidos se juntaron  y ensortijados  corrieron  por nuestras piernas. Con deleite vaciamos un poco de vino en nuestro centro de la vida que con avidez bebimos. Tranquilos nos metimos a la regadera con agua fría que calentamos con nuestros cuerpos.
Nos quedamos viendo por la ventana desde la cama, el hermoso cielo que nos cubría con su manto de luces hasta que rendidos nos quedamos dormidos.
Serían las seis de la mañana cuando tocaron a la puerta de la cabaña dando los buenos días, una señora que trajo el desayuno: jugo de naranja,  una jarra de café y leche, unas piezas de pan de elote recién horneadas y huevos en una salsa riquísima. Desayunamos placenteramente y en eso llegó el guía que esperaba por nosotros con hermosos caballos, porque iríamos a dar un paseo por los alrededores.
―Buenos días, señores: aquí traigo a las bestias para el paseo que les prometí ―nos dijo.
Estábamos listos para la nueva experiencia, montamos y partimos. El guía cabresteaba los caballos con una cuerda para dirigir nuestro itinerario. Nos llevó por un camino en medio de un  paisaje de pinos altísimos cuyo olor era de rocío y resina, bajamos por una vereda de flores de diferentes colores, bellísimas. Recorrimos varios kilómetros hasta que Ramón nos dijo que pararíamos unos momentos para gozar de un manantial que formaba una especie de lago termal. Desnudos nos metimos a nadar, el  agua estaba tibia. Nos besamos y seguimos nadando hasta que nos alejamos bastante del guía. Nuestros cuerpos  unidos iniciaron la danza del amor. Nos besamos acariciándonos todo hasta tocar nuestra intimidad, a punto de unirnos sentí la hermosa espada tocándome y fue entonces que nos entregamos apasionadamente, gritando  de placer. Nos penetró la puesta del sol, tenue llegaba la noche pintando entre las nubes mil colores, nuestros sentidos se pintaban en aquel lienzo maravilloso como si viviéramos en como una pintura que alguien dibujaba.
Salimos corriendo a vestirnos, Ramón esperaba con paciencia mientras tomaba un poco de agua fresca. Regresamos por la misma vereda y llegamos a una cabaña cuya chimenea humeaba. Nos dijo:
―Aquí haremos una parada para que tomen algo.
Era la casita del guía. En el portal estaba su esposa, Rosario, que nos dio la bienvenida y nos ofreció unos frijolitos con queso y una sopa de tortilla, acompañados con una taza de chocolate y unos panes deliciosos que ella había cocinado. Nos sentamos a la mesa como una familia. Nos regaló para llevar un trozo de pastel de nata.
 Rumbo a nuestra cabaña suspiramos profundamente, íbamos muy contentos y todo nos daba risa, alegría inmensa. Ramón también reía.
La capacidad de asombro nunca se acaba. Al llegar estaban unos danzantes rarámuris que alegraban con sus bailes tradicionales y su música el ambiente que muchos turistas admiramos.
Ya en la cabaña volvimos a nuestra ventana que nos ofrecía el cielo  iluminado, miles de estrellas, florecitas celestiales, y la gran luna, su luz de plata.
Totalmente agotados nos fuimos a la cama, abrazados. Mirando el cielo nos quedamos dormidos. Despertamos temprano para arreglar las cosas, pues nuestra seductora estancia en la sierra se había terminado.
Antes de partir, las ganas de hacer el amor motivados por tanta belleza y atracción entre nosotros nos envolvió en una vorágine de sentimientos y nos entregamos apasionada, placenteramente. Dimos gracias por haber compartido aquel milagro de la vida.
 Nos despedimos cordialmente de Ramón, nuestro guía; le pagamos,  agradecidos por todas sus  atenciones.




Dolores Gómez Antillón es licenciada en letras españolas con maestría en educación por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, de la que después llegó a ser directora. Ha publicado los libros Rocío de historias cuentistas de Filosofía y Letras, Apuntes para la Historia del Hospital Central Universitario y Voces de viajeros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario