Mostrando entradas con la etiqueta Los Martes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los Martes. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de mayo de 2022

lector de Kalimán. Juan Marcelino Ruiz

 

Foto Juan Marcelino Ruiz

los martes

lector de Kalimán

 

 

Por Juan Marcelino Ruiz

 

 

Yo no trabajé cuando era niño

como lo hicieran otros de mi barrio;

nunca vendí chicles o burritos

en la puerta ajetreada de los bares,

ni lustré calzado en las bancas de la plaza;

tampoco pedí monedas al turista

que traspasaba gozoso la frontera

en busca de alcohol y prostitutas.


No, cuando era niño

yo preferí quedarme sin comer,

con todo y mi condición tercermundista,

abrazado a un gato como único consuelo

masticando las ácidas vainas del mezquite;

leyendo a Kalimán

para aprender a dominar el hambre

por si después pudiera hacerme falta.

No sé si valió la pena a fin de cuentas.

 




Juan Marcelino Ruiz, poeta, narrador y profesor mexicano, publicó en 1998 el poemario Derrepentes, en la Editorial UACH; En 2000, en coautoría, el libro Quinteto para un pretérito. En 2010 el libro de cuentos Del aleph al Guernica, en 2012 la novela El hormiguero, en 2014 Delitos menores y Vino Tinta.

martes, 24 de mayo de 2022

Arena México. Andrés Espinosa Becerra

 

los martes

Arena México

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

Un lugar especial donde se celebra el rito de la lucha libra es la Arena México. Esa fue la casa de luchadores célebres, entre otros El Cavernario Galindo, El Rayo de Jalisco, El Santo y Blue Demon.

Ir a esa arena era entrar de lleno al espacio mítico de la verdadera lucha libre, no payasadas.

Ahí entraban personas conocedoras de ese deporte. Repartidores de periódicos, mecánicos, albañiles, señoras propietarias de puestos de revistas y periódicos; también catedráticos, estudiantes, mujeres guapísimas extrañamente solas, con una fuerte seña de pertenecer al viejo oficio, lanzaban miradas sensuales, totalmente prometedoras.  Alguna ocasión un destacado periodista documentó que un asiduo de ese recinto era Juan Rulfo, periódico bajo el brazo y anforita de licor que consumía constantemente; se asimilaba con el público y se ponía a agitar los brazos y les mentaba la madre a peleadores que no le simpatizaban. El oficio y rito de la lucha libre.

Una tarde acudí a la Arena México, dándome el lujo de rentar un cojín para mi butaca. El cubetero era diestro para servir cerveza en un vaso de cartón, espumosa y con un sabor exquisito.

El público se levanta de sus asientos, irrumpe con gritos, chiflidos y comienza a gritar. ¡Ya era hora cabrones! Entonces La Arena México recobró su importancia. Iniciaba la función, aparecieron en la escalera los luchadores. Hago un gran descubrimiento: en primera fila estaba la viejita que conocí en la Arena de Cuatro Caminos, recuerdo haberla visto en la entrada de la Arena vendiendo semillas tostadas de calabaza, poco antes del inicio de la función, se apresuraba a levantar su pequeña silla, tomaba su bolsa de plástico e ingresaba al interior de la arena.

El Doctor Wagner fue el primero en saltar a la lona, con una vestimenta y máscara blancas destrozó a su contrincante. Continuó Blue Demon con su bella máscara azul, no tuvo oposición alguna, imposible. El demonio azul siempre mantuvo su dominio sobre el rival.

El Rayo de Jalisco, peso completo, subió al encordado. Impresionante, elegante, diestro. Lanzó a su contrincante para abajo del encordado para lanzarse sobre él impactándolo con un tope. Los dos quedaron tendidos en el piso, pero solo el Rayo de Jalisco pudo volver a subir a la lona. La viejita lo arengaba con entusiasmo, blandía en el aire su pequeña sillita de madera.

El cubetero no se daba abasto, con velocidad precisa recorría las butacas ofreciendo cerveza y fritangas. Gran empresario, pasaba frente a uno y te señalaba: otra mi jefito, sin más uno caía en sus redes comerciales: ándele pues, deme otra.

Estando de pie en un intermedio, logré ver a un escritor, famoso en esa época en el espacio universitario. Serio, introspectivo. Claramente estaba escribiendo en su mente en esos momentos.

Se escucha el grito del réferi llamando a la siguiente contienda. La viejita también increpó, ya, ándale guevón cabrón. Dos luchadores hercúleos subieron corriendo a la lona y empezaron a agarrarse a madrazo limpio. El réferi se mete entre ellos y recibe varios golpes pero logra detenerlos, el encuentro prometía.

Técnico contra rudo. Vence el rudo practicándole al técnico una quebradora dolorosa. Se retiró de la lona entre chiflidos y más mentadas de madre, aunque el caminaba mostrando una gran sonrisa.

Sube al encordado un luchador chaparrito y panzón, el público le chifló, ovacionó a su opositor esbelto y estilizado. El gordito toma una toalla para secarse el sudor y el réferi lo espera en el centro de la lona junto con el otro contendiente. Salió disparado y con su brazo convertido en un gancho prendió el brazo de su contrincante, lo arrastró dando un giro de rehilete y al término lo lanzó hasta la orilla del encordado. Todo mundo queda sorprendido y aplaude al gordito. Sillita en alto, la viejita le grita, así se hace cabrón, tú sí tienes güevos, mijito. De manera sorprendente el gordito, después de haber ganado las primeras dos caídas, levanta a su contrario y lo arroja hacia el tubo de una esquina, cae desmadejado, se lanza encima de él con su gran panza y mete su mano entre las piernas para levantarle una de ellas y lograr inmovilizarlo. Perdido estaba ya el opositor.

Llega el réferi y lo amonesta haciendo señas de que había realizado una mala acción. El favorito de esa pelea era el joven estilizado. Elimina al gordito y lo declara perdedor. Lo obliga a que se baje del ring.

Al quedar solo el cuadrilátero se empezó a llenar de puntos negros, eran los cojines lanzados por la afición en son de protesta por esa decisión.

Entonces viví la emoción de esa reacción de los asistentes, tomé mi cojín y lo arrojé al aire mentándole la madre al réferi junto con todo el graderío. Cayó un objeto más pesado que giró sobre la lona, era la silla de la viejita que desesperada agitaba sus brazos. Me topé con ella cuando buscaba la escalera de salida. Con una absoluta ternura me dijo, vámonos, mijito, no se puede con estos hijos de la chingada. ¿Oye mijito, no tendrás dinero para que tome mi camión? Ya va a pasar la última corrida para mi colonia.

 






Andrés Espinosa Becerra, Córdoba, Veracruz. Sus libros son: Quinteto para un pretérito, en coautoría con otros autores, Los días que no duermen, Una casa con silencio y patio, El silencio del gato. Actualmente escribe en la revista electrónica Estilo Mápula, donde además tiene una columna llamada Los Martes, donde saca textos suyos y de otros autores.

jueves, 19 de mayo de 2022

piedras. Juan Marcelino Ruiz

 

los martes

piedras

 

 

Por Juan Marcelino Ruiz

 

 

Apenas bajando la colina
una charca de aguas transparentes
roba el azul del cielo suspendido,
en su reflejo:
una nube cargada de noviembre,
el paso ocasional de los gorriones
y la hojarasca que arrastró la lluvia.

 

Un par de niños
arrojamos piedras de inocencia
y en círculos concéntricos de luz
se desmorona el sol de la mañana.

 




Juan Marcelino Ruiz, poeta, narrador y profesor mexicano, publicó en 1998 el poemario Derrepentes, en la Editorial UACH; En 2000, en coautoría, el libro Quinteto para un pretérito. En 2010 el libro de cuentos Del aleph al Guernica, en 2012 la novela El hormiguero, en 2014 Delitos menores y Vino Tinta.

jueves, 12 de mayo de 2022

la cerca. Juan Marcelino Ruiz

 

los martes

la cerca

 

 

Por Juan Marcelino Ruiz

 

 

Plantaron postes en medio del desierto

hoy florecen espinas de metal

que desgarran el viento, la esperanza,

la espalda y la palma de las manos

de aquellos que depone el infortunio.

 

Al pie de la alambrada

el sol convulsivo del desierto

bosqueja sobre el tapiz de arena

una turba de pájaros migrantes,

ellos miran al sur

           al Trópico de Cáncer

a la cálida esperanza de los nidos.

En algún punto

hombres y aves

cruzarán la vista y el frágil aleteo

                          nunca el destino.

 




Juan Marcelino Ruiz, poeta, narrador y profesor mexicano, publicó en 1998 el poemario Derrepentes, en la Editorial UACH; En 2000, en coautoría, el libro Quinteto para un pretérito. En 2010 el libro de cuentos Del aleph al Guernica, en 2012 la novela El hormiguero, en 2014 Delitos menores y Vino Tinta.

martes, 10 de mayo de 2022

Cuatro Caminos. Andrés Espinosa Becerra

 

los martes

Cuatro Caminos

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

En el inicio de una tarde plena me encaminé al Toreo de Cuatro Caminos. Se celebraba algo inusual, era una de las primeras contiendas en donde se disputaban los títulos de todas las divisiones de lucha libre, desde el peso pluma hasta el peso completo.

Llegar hasta Cuatro Caminos no era fácil, estaba lejos en esos tiempos, de manera que en el último metro había que abordar un camión, de los que recorren el Estado de México.

La plaza estaba llena y había mucho furor, recordé las películas sobre el circo romano. Gritos y chiflidos demandaban el inicio de la función.

Sin darme cuenta se empezaron a escuchar cachetadas y manazos en el pecho. Era la primera pelea, la primera división. Desde mi butaca se veían unos muchachitos musculosos y altos, como es de pensarse.

Parte del espectáculo, al igual que en el beisbol, es la reacción del público, el comportamiento de ellos es alegórico y sano pero estridente.

Llega un momento estelar, me percaté que había quedado junto a la puerta de entrada y salida de los luchadores, pues en ese momento a mi lado salió, levantando los brazos hercúleos, el Perro Aguayo. Traía vestimenta de cherokee y calzaba botas altas revestidas con pelo de borrego. La frente del Perro Aguayo estaba señalada por múltiples marcas de antiguas heridas.

Bajó el Perro al cuadrilátero, era del bando de los rudos. Como eran peleas por el título, los enfrentamientos no guardaban contemplaciones.

Vencen al perro Aguayo, su opositor lo lleva a uno de los postes y estrella ahí su cabeza, después en una acción mañosa que el réferi no vio o disimuló no verla, su contrario le muerde la frente. Termina el encuentro. Pierde el Perro. Por supuesto que se veía impresionante cuando regreso a la puerta de los camerinos con la cara ensangrentada.

Para esos momentos la gente ya estaba enardecida, antes había contemplado eso en la arena México, aquello de los circos romanos no se ha perdido. Ante la derrota del Perro Aguayo, una viejita, agitando al aire su periódico El Esto, agitada, le gritaba al vencedor: vete a chingar a tu madre cabrón. Toda esa parte de la gradería la acompañó y la ovacionó. Lo emocionante es que la viejita nunca se quedó quieta en toda la función. Un verdadero testimonio de la lucha libre.

Entonces otra escena estelar. Sube a la lona El Hijo del Santo. ¡Ah! Elegante, impecable, limpio en sus movimientos de calentamiento. Sube también Blue Panter. Musculoso, alto, sigiloso.

Conocía que El Hijo del Santo no era cualquier luchador, se trataba de una persona entregada a su disciplina y además era una persona culta, informada e inteligente. Enmascarado, se volvía un personaje muy interesante. A más de ser hijo de un ídolo de los mexicanos.

Ese encuentro inicia en desfavor del Hijo del Santo. Dominaba Blue Panter de manera increíble. Desplaces firmes, golpes fuertes, la viejita gritaba ¡rómpanse la madre!, y se escuchaba notoriamente porque en ese encuentro se fundó el silencio de los espectadores.

Inicia la última caída, Blue Panter se veía confiado, firme. Entonces comenzó una danza blanca, limpia. El Hijo del Santo inicio un llaveo impresionante, no se sabe de dónde salía. Cubría con sus movimientos toda la lona. Blue Panter notoriamente comenzó a disminuir su ataque. Fue el momento en que El Hijo del Santo inicio la magia de la lucha libre. Logra unos movimientos artísticos, nada fingidos, destrozaban aquella idea de que la lucha libre es pura falsedad.

En un costado de la lona se sube a las cuerdas para tomar desde ahí con sus piernas el cuello de Blue Panter y se lanza hacia abajo por un lado haciendo un limpio giro que al terminar lanza hacia fuera de la lona a Blue Panter por la otra parte del cuadrilatero. Blue Panter no regresó. La apoteosis. La viejita gritaba: ¡te chingaste cabrón, te chingaste!

Me levanté de mi butaca para desentumirme, en verdad que ir a la lucha libre era una especie de trabajo. Se debe de atender la lucha, pero también otras cosas, el ambiente, las personas, sus manifestaciones. Uno observa y no se da abasto. No es un espectáculo, es un evento donde se aprecia la realidad de las personas, por no decirlo de otra manera sangrona. Por el sonido pusieron música de la Sonora Santanera.

Llamé al cubetero para pedirle unas coronitas. Justo en ese momento escucho un bramido. Junto a mí, a tres asientos acaso, salió un monstruo negro del tamaño de un árbol. Gritaba y alzaba sus brazos que parecían dos ramas. Bajó a la lona. Después salió Canek, el príncipe maya. Enmascarado, discreto, se dirigió al encordado. Era la pelea mayor, peso completo.

Ahora sí el público en silencio, expectante. El negrazo era temible, diestro. Canek, discreto, pero sus manazas como las del Santo lograban buenas maniobras. En varias ocasiones Canek besa la lona y en una de ellas el negro inicia a desatar su máscara, expectación al máximo. Canek era muy fuerte, de manera que logró desanudarse. El encuentro se prolongó, hasta el momento en que se escucha un chasquido, el encontronazo de dos cuerpos. De manera sorprendente Canek elevó el cuerpo del gran negro, como elevar una pesa, lo sostuvo un instante en lo alto, y lo arrojó a la lona. Se logró ver cómo las lámparas del cuadrilátero y el encordado con sus esquinas se bambolearon. Eran demasiados kilos de peso azotando sobre la lona. Fin de la pelea.

Ese doce de diciembre, el silencio de la expectación lo rompió la viejita cuando gritó, ¡con Canek te chingas cabrón!, aventó al aire su periódico y las páginas se esparcieron entre todas las butacas.

 






Andrés Espinosa Becerra, Córdoba, Veracruz. Sus libros son: Quinteto para un pretérito, en coautoría con otros autores, Los días que no duermen, Una casa con silencio y patio, El silencio del gato. Actualmente escribe en la revista electrónica Estilo Mápula, donde además tiene una columna llamada Los Martes, donde saca textos suyos y de otros autores.

jueves, 5 de mayo de 2022

el mezquite. Juan Marcelino Ruiz

 

los martes

el mezquite

 

 

Por Juan Marcelino Ruiz

 

 

No hubo copas frondosas en mi cielo

para atenuar el peso del verano,

tan solo la mesura del mezquite

que entre su talle

torcido y espinoso

iba cribando el sol de cada día.

Más que en las hojas

fue en el canto de la espina

donde anidaron el pájaro y el viento,

y en el otoño

cuando el mundo y el sol palidecían

en su conciencia de arbusto proletario

me ofrecía un puño de vainas agridulces

para rumiar la niñez y el hambre.

 




Juan Marcelino Ruiz, poeta, narrador y profesor mexicano, publicó en 1998 el poemario Derrepentes, en la Editorial UACH; En 2000, en coautoría, el libro Quinteto para un pretérito. En 2010 el libro de cuentos Del aleph al Guernica, en 2012 la novela El hormiguero, en 2014 Delitos menores y Vino Tinta.

jueves, 28 de abril de 2022

sumas y restas. Juan Marcelino Ruiz

 

los martes

sumas y restas

 

 

Por Juan Marcelino Ruiz

 

 

Una mañana 
‒tal vez de buena fe‒
mis padres me llevaron a la escuela 
para vacunarme con el abecedario,
a que, de ser posible,
aprendiera a calcular sumas y restas
con la esperanza de que ya de grande
fuera empleado en la tienda de abarrotes.

 

Más en el aula
éramos tantos
rivalizando por llegar al puesto,
que los números huían despavoridos;
luego fueron los golpes
con una vara en la palma de la mano
al no poder cantar de corridito
las tablas del nueve y la del siete.

 

Años después
aprendí a contar mirando las estrellas
pero a otro le dieron el empleo.

 




Juan Marcelino Ruiz, poeta, narrador y profesor mexicano, publicó en 1998 el poemario Derrepentes, en la Editorial UACH; En 2000, en coautoría, el libro Quinteto para un pretérito. En 2010 el libro de cuentos Del aleph al Guernica, en 2012 la novela El hormiguero, en 2014 Delitos menores y Vino Tinta.

martes, 26 de abril de 2022

Invierno. Andrés Espinosa Becerra

 

Foto Andrés Espinosa Becerra

los martes

Invierno

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

Tengo frío en los recuerdos.

Están a mi lado.

Busco un rincón de la casa

para hablar con ellos,

me arropo y los protejo,

ellos dicen que prefieren irse,

se van,

desde la ventana los veo alejarse.

 






Andrés Espinosa Becerra, Córdoba, Veracruz. Sus libros son: Quinteto para un pretérito, en coautoría con otros autores, Los días que no duermen, Una casa con silencio y patio, El silencio del gato. Actualmente escribe en la revista electrónica Estilo Mápula, donde además tiene una columna llamada Los Martes, donde saca textos suyos y de otros autores.

jueves, 21 de abril de 2022

doña luz. Juan Marcelino Ruiz

Foto Juan Marcelino Ruiz

los martes

doña luz

 

 

Por Juan Marcelino Ruiz

 

 

A sus setenta años,

doña Luz tenía catorce nietos,

muy pocas canas,

y un viejo televisor a blanco y negro;

miraba atenta

la lucha libre, novelas y noticias.

fumaba cigarrillos todo el día,

y el café

lo bebía negro, cargado y sin azúcar

entre charlas a viva voz con la comadre.

 

Los que vivíamos entonces en el barrio

le decíamos “la abuela”,

ella tomaba en serio su papel

y en nombre de dios y de los santos

nos empujaba por el buen camino

con mentadas de madre y bendiciones.

 

De cuando en cuando me da por recordarla,

cobijarme a la sombra de su trenza,

pensar que vive, al menos en los sueños,

o en el manchón de amor

con el que marcó su nombre luminoso

en la infancia remota de mi barrio.

 




Juan Marcelino Ruiz, poeta, narrador y profesor mexicano, publicó en 1998 el poemario Derrepentes, en la Editorial UACH; En 2000, en coautoría, el libro Quinteto para un pretérito. En 2010 el libro de cuentos Del aleph al Guernica, en 2012 la novela El hormiguero, en 2014 Delitos menores y Vino Tinta.