lunes, 31 de enero de 2022

De verdad espero que regreses pronto ¡Sofía ya me tiene loca! Viviana Mendoza Hernández

 

De verdad espero que regreses pronto ¡Sofía ya me tiene loca!  

 

 

Por Viviana Mendoza Hernández

 

 

Esta semana decidió que no bastaba con el único árbol de los siete que logramos germinar con la naranja que dejaste olvidada. Ya te había comentado que agarró las semillas y trató de hacer lo que hacían en la primaria cuando eras niño, el famoso experimento de frijol en un frasco lleno de algodón y agua. En alguna parte vimos lo de los tubos de papel del baño llenos de tierra y doblados hacia dentro y decidió experimentar con las dos opciones. Eso después de germinar las semillas cubiertas en servilletas y envueltas en aluminio.

¡Te culpo completamente! Le dijiste que las naranjas estaban entre tus frutas favoritas porque solo necesitas las uñas para pelarlas, el jugo tiene muchos nutrientes y los gajos pueden quitar el hambre por un rato, mientras que las cáscaras pueden quedarse en la mochila, en el bolsillo y aromatizar antes de que las use para incomodar el olfato del gato del vecino y su terquedad de usar las macetas como areneros.  

 ¿Crees que no me pidió ya que busque el aceite para hacer las velas? Suena fácil hacerlo: "Corta la parte superior de la naranja y extrae su pulpa sin romper la cáscara. Deja uno de los picos de la parte interna de la cáscara que sirva como mecha. Le ponemos aceite vegetal y ya está lista para encenderla. También se puede hacer, poniendo una vela dentro". Y Sofía recuerda que su tía Xóchitl tiene una vela de esas que compró en Coyoacán. Así que debe poder hacerse, aunque hasta el momento fracasamos.

 Miento. Fracasar sería que la casa no se hubiera llenado del perfume de las naranjas, cuando las cáscaras se quemaron porque calculé mal la cantidad de aceite. La cáscara era delgada, se desgarró en algún punto, o cualquier falla. La idea de usarla como base de vela no fue aceptada por tu hija.  

El caso es que no heredó tu paciencia, y eso es una desventaja para dos aceleradas que se quedaron solas con demasiado tiempo libre.  

Tuve la suerte de encontrar una receta para aromatizar sin tanto drama. Solo tienes que poner un puñado de cáscaras frescas de naranja, limón, y algunas ramas de canela en 2 tazas de agua, esperar a que hierva y dejar que cueza durante 10 minutos, llenar un frasco con boquilla de spray y usarla cuando quiera.  

 Nuestra receta fue sin canela. Me lo concedió, a cambio de volver a intentar los brotes de naranjo. Así que no te sorprendas si ves los tubos llenos de tierra en el baño, junto al envase con vinagre blanco y cáscaras que usamos para limpiar.

Tiene razón en que los brotes serían buenos regalos, sus amigos vieron que logramos el arbolito que tardará al menos un año en desarrollarse, lo suficiente para estar en un terreno abierto, es decir, un parque y todavía más para tener la fuerza para cuidar las tragonas orugas de mariposas que le enseñamos en casa de la bisabuela. Ese naranjo que se negó a morir después de la helada de hace quince años (creo), y que no ha dado más unas cuantas flores y muchas hojas porque le cortaron el tronco, y ya es un ser "chaparro y mechudo" como el perrito french de su primo.

¿Te acuerdas su asombro cuando le enseñaste la crisálida semioculta en las hojas más bajas? ¿Su frustración porque no regresaríamos a visitar a la abuela antes de que la mariposa saliera? “Papilio Thoas” se llaman las famosas mariposas de oruga gris y hermosas alas amarillo y negro.

Fue cuando te tejió la bufanda y les hizo pulseras a sus compañeras de la escuela. Quería entender bien el trabajo de la oruga y no se me ocurrió otra manera.

Te estoy escribiendo para calmarme. Esta semana se le ocurrió a la tía Isabel mencionar que la abuela y la tía Marina hacían dulces con las cáscaras y que soy de las últimas nietas a quienes les enseñó la receta.

Fue una videollamada breve, cortesía que acostumbran cuando se les olvida que podrías estar de visita. O eso pretenden.

Sofía no les dijo de tu viaje. Estaba demasiado emocionada explicándole las virtudes de las cáscaras en una mascarilla rejuvenecedora que se puede hacer con ralladura, o cáscara molida con harina de avena y miel.

—¡Es una maravilla! —dijo Sofía imitando con a su tía Laura—. Con solo 30 minutos de tener puesta la mezcla, mi tía se verá cada vez más joven.

Ni mi tía ni yo supimos distinguir si era sarcasmo o verdadero entusiasmo de la niña. Podría apostar que son ambos, pero a la tía Isabel no le gustó que le insinuaran que su hija se veía "viejita".

Decirle que las cáscaras molidas sirven tan bien como un blanqueador de dientes si las combina con bicarbonato de sodio no ayudó a que la ofensa fuera menor. Por más que Sofía sonriera, la incredulidad dominó la conversación, hasta que mi tía recordó esa receta de tiempos de la Revolución.

¡Te juro que le voy a mandar una caja completa de frascos con el dulce a mi adorable tía! Sofía no me dejó en paz hasta que acepté dedicar el fin de semana a ese experimento culinario del que solo puedo agradecer que no necesita que usemos el horno.

Es mejor que ya no te escriba de esta aventura. Tengo trabajo pendiente y estoy segura que Sofía querrá platicarte todo cuando regreses.

Desperté con su escándalo en la cocina. Se preparó un cereal con leche y puso música en lugar de la televisión para no distraerse (según ella) mientras sacaba los dos exprimidores, la jarra verde, la tabla de cortar, la olla grande, la bolsa con las naranjas y el azúcar.

La olla está todavía demasiado pesada para que se arriesgara a cargarla llena, lo que evitó que encendiera la estufa para calentar el agua. Lo que no me queda duda es que, de tardarme cinco minutos más, me esperaba una tragedia al intentar cortar las naranjas ella sola.

Puedo imaginarme tu arruga en la frente, las cejas arqueadas y la mano ocultando todo. Sigue leyendo. La que sufrió daño fue otra.

Corté las mitades, las exprimimos y las echamos a la olla con agua para que hirvieran. Sofía desayunó el cereal y yo un poco de pan con el jugo.

Las cáscaras hirvieron, metí la mano para sacarlas y me quemé. Sofía no dejó de reírse mientras verificaba que la quemadura no fuera más que del susto y pudiera seguir luego de enfriarla y tomarme un analgésico. El resto fue “jugar a pescarlas” con una cuchara sopera y quitarles los gajos volteándolas porque la abuela decía que así conservaban humedad y sabor.

Separadas, las cortamos en tiras y las echamos con un poco de agua en un sartén, las vamos moviendo con una pala y le agregamos azúcar. Esa fue la parte favorita de Sofía, jugar a que era polvo mágico en un nuevo hechizo.

Luego las dejamos secar sobre unas charolas.

“Cáscaras cristalizadas” es como se llama el postre. Tiene la misma base que la mermelada. Una de las grandes diferencias es que se rallan las naranjas luego de limpiarlas con una esponja, para no usar la parte blanca de la cáscara porque llega a ser amarga. En la receta de la mermelada se hierve la fruta en trocitos durante quince minutos a partir del primer hervor, luego se agregan las cáscaras ralladas y el azúcar. Hay quien recomienda un kilo de azúcar por cada kilo de naranjas, hay quien recomiendo poco más de medio kilo de azúcar para que se conserve el tono cítrico.

Ya veremos cuál de las recetas es la mejor, cuando el conejillo de indias regrese a casa.

Ni se te ocurra huir. Prometo que no será durante la visita de las tías.

Los 45 minutos para que la fórmula hierva van acompañados del movimiento constante para que no se queme. Luego se hace una prueba de consistencia en un plato inclinado, si resbala demasiado fácil, le falta hervir más.

Puedes imaginar todo lo que pasamos en ese rato. Lavar los trastes, buscar más ideas (de ahí salió la receta de la mermelada), bailar para conjurarte con un canto al Sol, revisar de nuevo mi mano porque Sofía se quedó asustada del color de mi piel cuando la saqué de la olla y me vio llorando mientras me ponía las tiras de sábila que cortó de nuestra planta y la medicina hacía efecto. Lección aprendida, ella no se arriesgará cuando tenga más edad y quiera cocinar.

El dulce quedó bastante bien y va a ser un buen obsequio para su maestro, ahora que regresan a clases. Espero que el pobre se enfoque en las cuestiones de reciclaje, naturaleza y salud, si a Sofía se le ocurre mostrarle su “Libro de las Sombras” o tendremos un serio problema en explicar que nuestra brujita heredó mi imaginación y tu obsesión por los detalles.

Ya puedo considerarte advertido.

Te extrañamos.

 






Viviana Y. Mendoza Hernández es egresada de la Facultad de Letras de la UACH, es autora de la novela Buscando una vida normal publicada en 2007 por la editorial de la misma universidad, así como algunos textos de sus tiempos como estudiante. Ha participado en diversas actividades de promoción y difusión cultural, así como de lecto-escritura para educación básica. Actualmente colabora (entre otros espacios digitales) en el periódico digital El Devenir de Chihuahua en la sección de cultura.

domingo, 30 de enero de 2022

En medio de la lucha cotidiana. Alma Rosa Estrada

 

el poema del domingo

En medio de la lucha cotidiana

 

Por Alma Rosa Estrada

 

 

En medio de la lucha cotidiana,

en medio de la vida solitaria,

ante el esfuerzo bravo, gigantesco,

desde el olvido de mí misma

 

emana una gran amargura involuntaria

que ahoga la voz y que endurece el gesto.

 

Desde atrás del engaño,

muda, ciega,

sin razón aparente, sin motivo, una lágrima llega

desde lejos, se mete por los ojos

y se anega con ella el ser entero donde abrigo

sabe Dios qué quimeras y complejos.

 






Alma Rosa Estrada Comadurán (1929 – 2000) nació en Guerrero, Chihuahua, y vivió gran parte de su vida en Ciudad Cuauhtémoc. Estudió curso comercial en el Instituto América de la ciudad de Chihuahua. En 1993 la UACH publicó su primer libro de poemas titulado Una mujer. En el año 2000 se publicó su segundo libro, llamado Tan cerca de la vida. En 2018 se publicó el tercero: Una mujer tan cerca de la vida. En Cuauhtémoc durante algún tiempo escribió y publicó crónicas periodísticas en el semanario La voz de Cuauhtémoc. También fue una magnífica violinista y compositora de canciones. El Premio de Poesía del Festival de las Tres Culturas lleva su nombre.

sábado, 29 de enero de 2022

Kaito, mi abuelo. María Esther Quintana Millamoto

 

Kaito, mi abuelo

 

 

Por María Esther Quintana Millamoto

 

 

Cuando despertó al lado de unas latas de tomate y de sacos de harina, Kaito se dio cuenta que estaba en una bodega. Le dolía el cuerpo como si lo hubieran apaleado para castigarlo por su audacia de irse en busca de lo desconocido. Akira. Pensó en su madre: su rostro dulce y hermoso, sobre todo cuando se empolvaba para el Setsubun, la fiesta de la primavera. Todos los años iban al festival en el templo donde las jovencitas que se entrenaban para ser geishas, les daban dulces a los niños y les tiraban granos de soya a los asistentes para la buena suerte.  Kaito se acordó que su despedida había sido un día después del Setsubun y pensó en la tristeza de Akira, en su impotencia para detener al hijo que había nacido con sed de aventura. Takeshi, el mayor de los primos paternos, estaba con ellos y le dijo a Akira que no tuviera miedo, que el protegería a Kaito, su primo predilecto y su mejor amigo.

Akira les pagó a los dos el boleto para un camarote de tercera clase en un barco de vapor llamado City of Tokio, el cual los llevaría primero a Hawai, después a Victoria, Canadá, y finalmente a San Francisco. Allí, Koshiro, un tío materno, que había prometido a las autoridades japonesas hacerse cargo de los jóvenes, los esperaría.

Las primeras semanas fueron terribles para Kaito, por el mareo que le revolvía el estomago y lo obligaba a pasar los días enteros en la cama, totalmente arrepentido de haber dejado Osaka. Takeshi, en cambio, se acostumbró casi de inmediato al vaivén del barco y gozaba salir a la cubierta para ver el mar y sentir el aire frío en el rostro. Cuando llegaron a Hawai, y Kaito estuvo ante un océano verde de plantas y flores, sintió que todas las molestias experimentadas en el viaje habían valido la pena. Los árboles de cerezas en flor, que ahora recordaba con nostalgia, eran espectaculares, pero lo que veía ahora era algo que jamás había imaginado.

 El capitán ordenó parar en Hawai unos días, durante los cuales los jóvenes pudieron descansar y probar por primera vez frutas que los dejaron impresionados: la piña les encantó, aunque les escaldó la lengua; se comieron el mango con todo y la cáscara, y el agua de coco les pareció aun mejor que el sake. Además de la oportunidad para probar frutas nativas, Kaito y Takeshi conocieron a algunos japoneses que habían llegado décadas antes a trabajar en las plantaciones de azúcar de Hawai.

Los trabajadores les contaron lo dura que era su vida debido a las largas horas de trabajo y al estricto control que tenían los dueños de las plantaciones sobre ellos. Les aconsejaron que siguieran su viaje y que por ningún motivo se quedaran a vivir allí. Los jóvenes se sorprendieron de que un lugar en apariencia ideal para vivir pudiera ser un lado tan oscuro e inhumano. El capitán dio la orden de partir y los jóvenes se despidieron de Hawai con sentimientos encontrados, por lo que les habían contado los trabajadores de la caña de azúcar.

Las primeras semanas del segundo tramo del viaje fueron más placenteras para Kaito porque ya no sentía las molestias del mareo. Soñaba con llegar a San Francisco para trabajar junto con Takeshi en el pequeño restaurante que había abierto su tío hacía algunos años.  Koshiro había permanecido soltero y, al no tener hijos, anhelaba poder tener la compañía de sus dos sobrinos, al mismo tiempo que ayudaba a su hermana viuda, Akira, a cuidar de Kaito. Por su parte, el sobrino tenía el plan de ahorrar el dinero de su salario por algunos años y cuando fuera mayor de edad se iría con su primo Takeshi a explorar el mundo.

Los jóvenes disfrutaban de su mutua compañía en el barco y pasaban la mayor parte del tiempo en cubierta, hablando de sus sueños y de cómo sorprenderían a sus amigos cuando regresaran a Japón con regalos e historias de sus aventuras a través del mundo. Ambos tenían ya dominada la rutina del día: Takeshi despertaba a su primo, al que le gustaba dormir más que a él; se cambiaban y caminaban por la cubierta para estirar las piernas, y luego iban al comedor a desayunar. El resto del día lo pasaban charlando entre ellos o con otros pasajeros del barco; también disfrutaban leer en su camarote.

Un día, sin embargo, Takeshi no se levantó, y cuando Kaito se despertó y lo vio todavía en la cama, le preguntó si sentía bien. Takeshi le dijo que le dolía un poco el estómago, así que le pidió que lo dejara dormir y que se fuera a desayunar. Al regreso de Kaito, una hora después, su primo seguía en la cama echo ovillo, y cuando Kaito fue a zarandearlo para bromear con él notó que su frente estaba muy caliente. Se lo iba a decir, pero antes de que abriera la boca Takeshi vomitó en el orinal que tenía junto a la cama.

Akito le dijo que iría por el médico del barco, pero Takeshi se lo prohibió y le pidió en cambió que le trajera agua, para ver si le bajaba la fiebre. Akito lo obedeció y le trajo el agua, pero cuando vio que pasaban las horas y su primo no mejoraba, fue por el médico, quien le diagnosticó apendicitis. Les dijo a los jóvenes, que estaban realmente asustados, que tendría que operar a Takeshi, pero que no tenía el equipo necesario, por lo cual el capitán tendría que contactar a otro barco para hacer la cirugía. 

Para fortuna de Takeshi, el Kumeric estaba cerca del City of Tokio y el joven fue trasladado al barco, no sin antes negociar con el capitán canadiense, que solo aceptó ayudar al joven japonés cuando su primo le ofreció todo el dinero que les quedaba para el viaje. Ahí el médico pudo salvarle la vida a Takeshi, pero desafortunadamente, como el barco iba rumbo a Japón, el primo de Kaito tuvo que regresar a Osaka y renunciar a sus sueños de explorar el mundo. Por su parte, Kaito quedó devastado con la ida forzada de Takeshi, pero decidió seguir adelante y cumplir sus sueños por los dos.   

Cuando el barco llegó al puerto de San Francisco, por la noche, Koshiro, el tío de Kaito, lo esperaba para llevarlo a su casa. El capitán del barco le había mandado un cable telegráfico para notificarle la noticia de la enfermedad y regreso de Takeshi a Japón. Koshiro notó la tristeza en el rostro desencajado de su sobrino, pero no pudo decirle ninguna palabra de consuelo porque no le habían enseñado ninguna. Sin saber qué más hacer, caminó en silencio junto al joven. Por su parte, aunque Kaito se sintió aliviado al ver a su tío, no mostró ninguna emoción al verlo, porque en su familia eran muy formales, aun en momentos íntimos como ese. Cuando Koshiro iba a poner la maleta de su sobrino en la cajuela, un hombre repentinamente se le echó encima a Kaito para asaltarlo. Koshiro trató de defender a su sobrino que estaba tirado en el suelo, pero el malhechor lo acuchilló en la garganta y el tío murió inmediatamente. Kaito corrió despavorido y el asaltante lo siguió hasta que un policía los vio e hizo sonar su silbato. El delincuente huyó mientras que Kaito, en lugar de detenerse, siguió corriendo hasta que, desfallecido, se tumbó debajo de una vieja y oxidada escalera donde finalmente se quedó dormido. 

Eso era lo único que recordaba Kaito de la noche anterior, por lo cual era absolutamente desconcertante estar ahora en una bodega de lo que parecía ser un restaurante. La visión de la comida le hizo recordar que no había comido nada desde hacía muchas horas. Entonces pensó en el kaeshi que preparaba su madre en Osaka: unos fideos con miso rojo y algas con los que que Akira lograba rescatarlo aun de sus mayores penas.  Kaito habría dado cualquier cosa en ese instante por comer un kaeshi preparado por su madre. Junto al hambre y la nostalgia por el hogar materno, a Kaito lo golpeó un sentimiento de soledad absoluta.  Se acordó de Takeshi y presintió que ninguno de los dos volvería a verse, porque si su primo había vuelto a Japón sin completar su viaje, algo le dijo que él no regresaría nunca.  

El pensamiento de no ver nunca más a sus seres queridos detonó las lágrimas que había reprimido al despedirse de su madre, en la partida de Takeshi, y, más recientemente, al ver cómo asesinaban a su tío. Su familia le había inculcado que era un descendiente de samuráis, y por tanto nunca debía llorar. Kaito se sintió profundamente avergonzado de lo que consideró una debilidad en él.  Afortunadamente, un olor a comida lo distrajo de su tristeza, y el olor se mezcló a otro igualmente placentero para Kaito. Una mujer que a él le pareció la más atractiva que había visto, se inclinó para ofrecerle un humeante tazón de sopa:

Good morning, darling, are you hungry? Did you sleep well? You’re so skinny. I will feed you and you will gain all the weight you want. [1]

Kaito no entendió ni una sola palabra de las que pronunció la mujer, pero su voz le recordó la de su madre y de inmediato la quiso y le agradeció con un gesto de la cabeza su acto humanitario.

 La mujer se llamaba María y tenía veintiséis años. Su tatarabuelo materno había lidereado la lucha contra los nativos en California a principios del XIX, por lo que la corona española le había dado como premio una concesión de tierras en la Alta California, donde construyó un rancho para la cría de ganado.  El rancho prosperó considerablemente. Sin embargo, la suerte de la familia de María comenzó a cambiar en 1851. 

En ese año, el gobierno de los Estados Unidos obligó a las familias hispanas que poseían ranchos en el país a mostrar sus títulos de propiedad, que en muchos casos no existían o se habían extraviado. Los que carecían de dichos documentos eran víctimas de largos y caros litigios que en la mayoría de los casos los llevaban a perder todo su dinero y finalmente sus tierras.  Este fue el caso de la familia de María, cuyo abuelo tuvo que entregarle su hacienda al gobierno norteamericano, ya que no tenía documentos para probar que era el dueño legítimo de ella.

Con el pequeño capital que le quedó, decidió mudar a la familia a San Francisco, donde abrió un restaurante que luego le heredó al padre de María, quien a su vez se lo legó a su hija única.

A pesar del éxito que había tenido con el restaurante, la joven estaba cansada y aburrida de tener que atenderlo día y noche, por lo cual había decidido irse a probar suerte en México. Le habían dicho que el gobierno de Porfirio Díaz estaba abierto a la inversión extranjera y pensaba que con el capital que había acumulado podría poner un negocio menos tedioso y más lucrativo que el del restaurante. Su plan le parecía perfecto, con la excepción de que le hacía falta alguien con quien viajar porque ya se había cansado de estar sola. Al ver a Kaito, algo en los ojos del muchacho la hizo comprender que ambos tenían un espíritu aventurero, y además el estado lamentable del jovencito le despertó el deseo de protegerlo y cuidarlo. María tomó en un instante la decisión de llevárselo porque era una mujer impulsiva y generosa, así que lo miró a los ojos y le habló en inglés, creyendo Kaito podría entenderla en dicho idioma:

Look darling, you can use a bath. You also need a woman who takes care of you. Come with me to Mexico because here, you and me are being treated like shit. [2]

Kaito se quedó de nuevo sin entender una palabra, lo cual no impidió que le ofreciera su mejor sonrisa a María. Se imaginó viviendo en ese nuevo mundo con ella, la mujer más morena y más inimaginable que había visto en su vida. Pensó que el mayor acto de audacia a sus diecinueve años sería decirle, “quiero estar contigo para siempre”.  Y aunque no se lo dijo en voz alta, su convicción y su promesa de quedarse con ella fueron rotundas, aun cuando todavía no sospechara que esa desconocida había empezado ya a salvarlo de la soledad y del desarraigo.



[1] --Buenos días, corazón, ¿dormiste bien? ¿Tienes hambres? Si estás en puros huesos, voy a tener que engordarte.

[2] --Mira cariño: tu necesitas una mujer que te cuide. Vente conmigo a México porque aquí a ti y a mí nos tratan como a la basura.







María Esther Quintana Millamoto estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua, tiene maestría y doctorado en letras hispánicas por la Universidad de California Berkeley. Entre sus obra publicado están los libros Los pícaros, bufones y cronistas de Maluco: la novela de los descubridores fue publicado por Linardi y Risso en Montevideo Uruguay en 2008; Madres e hijas melancólicas en las novelas de crecimiento de autoras latinas, publicada en la colección Benjamin Franklin de la Universidad de Alcalá España.También ha publicado ensayos críticos en revistas arbitradas en México, Cuba, España y Estados Unidos. Actualmente es profesora en el departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas.

viernes, 28 de enero de 2022

La hora de Javier Solís. Patricia Ortiz Lerma

 

Foto Pedro Chacón

La hora de Javier Solís

 

 

Por Patricia Ortiz Lerma

 

 

Cuando era niña y tenía cinco años, vivía en una vecindad que era de mis abuelos paternos. Uno de los patios se comunicaba con la cocina de mi abuela, por dónde yo cruzaba no sin antes abrir el refrigerador para salir directamente a la otra calle. De esta forma me ahorraba media cuadra de camino hacia kínder.

Siempre iba solita, caminando. Dos cuadras antes de llegar, estaba una tienda de abarrotes, se llamaba La Equidad. Era muy concurrida, siempre estaba llena de jóvenes, era su punto de reunión para tomarse la Coca-Cola después de jugar al básquet bol. Siempre miraban atentos a las personas que subían y bajaban del camión urbano.

La calle por la que pasaba el camión era la 20 de Noviembre; aún no había pavimento.

En esta tienda de abarrotes yo pasaba a comprar mis dulces favoritos: cerritos de coco, barrilitos y, si tenía suficiente dinero, una paleta americana de natilla chiclosa de la marca Charm's. Procuraba comprarlos rápido y continuar mi camino hacia el kínder para llegar cuando estaba sonando el timbre. Corría tratando de alcanzar la puerta abierta, pero con mi lonchera bien cargada, a veces era complicado.

Cuando era tiempo de calor, no gastaba mi dinero, lo guardaba hasta la salida de la escuela, pues justo un par de casas antes de llegar a La Equidad estaba un molino y generalmente había fila para moler el nixtamal, por eso siempre estaba abierta la puerta. Se entraba por un patio grande y encementado, con muchas macetas alrededor, en medio había un árbol. A la sombra había una jaula grande, montada sobre un banco de herrería. Allí vivía un perico grande, de color verde y rojo, muy chistoso; chiflaba una marcha: tu, tu, tu tu tu. Una viejita era su dueña, casi siempre estaba sentada junto a una mesa y lo ponía a marchar, eso sí, solo después de atendernos a todos los chicos que íbamos a comprar sus deliciosos helados de plátano.

Regresaba a la casa cuando mi abuela estaba cocinando. Siempre tenía prendido el radio a esa hora, con el volumen bastante alto, pues le gustaba escuchar La hora de Javier Solís. Para no interrumpirla, no tocaba la puerta, me iba a rodear hasta la otra calle y entraba por el zaguán de la vecindad.

En la primera puerta vivía una hermana de la cuñada de mi papá, por lo que, como los otros primos que vivían en la cuadra en la esquina pegada a la vecindad le decían “tía”, pues mis hermanos y yo también la llamábamos igual.

Ella tenía cuatro hijos: dos niñas y dos varones. Yo jugaba con ellos y con otros vecinos. Mi tía Ángela vendía tortillas de maíz. A veces llegaba con ella y le preguntaba:

—¿Me regala una tortilla con sal y mantequilla?

—¡Claro, mija! Agarre, esta es su casa.

Yo salía de ahí saboreando ese delicioso manjar.

Enseguida vivía Mely, el carpintero y María, su esposa. Enfrente de la llave del agua comunitaria, la que abastecía a todas las familias, estaba mi casa. Atrás de la llave había un jardín grande, a los lados estaban colocados unos pasillos encementados, bancos llenos de macetas.

Donde terminaba ese patio, había otro más grande con un árbol de mezquites con un columpio, y muchos tendederos. También había un cuarto grande donde estaba la carpintería de Mely. En estos escenarios, los niños de la vecindad jugábamos a los encantados.

En las tardes y noches nos juntábamos en el zaguán de la entrada a platicar o jugar a la popa con piedras, o la matatena. A veces tocaba la puerta Che Luján y, como la puerta tenía un cuadrito de vidrio a manera de ventana, el que lo viera gritaba unas cuantas veces:

—Che Luján.

—Che Luján.

Todos corríamos a nuestras casas, llenos de miedo. En ocasiones salía mi papá o alguna persona mayor y le daban algo: comida o algunas monedas. Después lo corrían.

Yo le tenía miedo, pues siempre cargaba un costal. Mi tía gritaba:

—No se salgan de aquí o se los llevará Ché Luján en el costal.

 






Patricia Ortiz Lerma es pintora, ha tomado cursos y talleres de arte, entre otros el Taller de la UACH.

Miraba el mar mientras bañaba mis pies en el agua salada. Almudena Cosgaya


Miraba el mar mientras bañaba mis pies en el agua salada

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

El tiempo es solo una ilusión. No existe. Sin embargo, nos hace anhelar el pasado y temerle al futuro. Oh, pequeñas partículas de polvo somos los humanos.

 

Miraba el mar mientras bañaba mis pies en el agua salada. El sol estaba a punto del ocaso y ahí me encontraba, justo como el día anterior y todos los días desde de mi llegada. El aire era espeso, como aquella tarde cuando lo cubrieron con la manta; para descansar en el piso dentro de una caja, de la cual no salió sonido. Varios se acercaron, derramando lágrimas, pero ninguno de ellos lo conocía como yo. Detrás de ese rostro blanquecino estaba mi compañero de años. No se fue en silencio, pues era terco y hasta en ese momento pensé que luchaba por no dejarme. Siempre le aterró el último viaje.

Miraba hacia el mar en el séptimo día. Mis manos temblorosas luchaban por abrir una pequeña urna, donde sus cenizas yacían.

"Tienes que llevar mis restos al mar en el séptimo día, justo en el ocaso. No antes y no después. Recuerda, no es beneficioso desairar a un hombre en su último deseo."

De la comisura de mis labios intentó salir alguna despedida. No deseaba un comentario que se tiñera de melodramático, por lo que dejé que solo mi corazón latiera, como un recuerdo a los momentos que habíamos disfrutado juntos. Los malos momentos nunca los evoqué.

El agua me llegó hasta las caderas. No deseaba exhibir mis emociones en presencia del mar.

El polvo flotaba y se alejaba. Su silueta apareció a mi lado; iba desnudo hasta la cintura y la piel, antes blanca, ahora estaba oscura. Me produjo una tremenda impresión en la rigidez de su cuerpo, su destello, pero pude ver el pelo negro y rizado que le crecía en el pecho y los brazos. Me pareció distinguir en llevaba en la parte superior del cuerpo tinta de horribles tatuajes. No me miro y lo agradecí. Aparté los ojos de ese lugar y giré mis pasos hacia la orilla. Me alejé sin hacer caso al estremecimiento detrás de mí.

Sabía que él tenía un alma bajo todas las veces que lo odié. Entonces caí en cuenta con júbilo de que el alma del monstruo estaba enterrada y él había vuelto a ser mortal.

Mañana todo volvería a ser normal, o al menos eso quiero pensar.

 






Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó La maldición del séptimo invierno, su primera novela.

Fragmentación. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

Fragmentación

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Es intrigante lo que ocurre afuera, son las tres am y veo por la ventana cómo dos siluetas se mueven a un ritmo extraño, parecen dos pájaros gigantes danzando con movimientos quiebra huesos. Ellos no saben que los observo, pues tengo la luz apagada del cuarto. Uno de ellos es de color purpura y el otro rojo marrón.

La calle está bien iluminada, envuelta en la típica sensación de la madrugada, esa que emana de los cuerpos dormidos y soñando. Se puede percibir el mundo inverosímil de los sueños. Ellos se hablan con signos no gramaticales que salen rítmicamente de las bocas, los ojos cruzan miradas con luces de color azul tenue, se abrazan, se miman como enseñando amor fraterno, como diciendo una y mil cosas en sus actos. De pronto caen al suelo enredados en un abrazo de compasión y tristeza. Puedo percibir la melancolía y al mismo tiempo el gozo. Son como todo el pueblo en ellos dos, la humanidad irradiando perdón y aceptación. Estando en el suelo aparece un tercero de gran tamaño, de color doradas y blanco, el cual los envuelve y desaparecen en el cielo oscuro.

Me quedo mirando por la ventana sin saber qué hacer o pensar. Lentamente me pongo de pie, temblando de pies a cabeza. Siento cada cabello, cada hueso, cada poro. Respiro y puedo sentir el oxígeno en la sangre. Mis latidos son los mismos latidos de la tierra, las siluetas aún están dentro de mi danzando y hablando ese extraño lenguaje, sus manos salen de mis manos y puedo sentir sus intensos colores dentro de mí.

Pierdo la noción del tiempo, ya no sé si es de día o de noche pues todo lo veo y lo siento aluzado, la ventana se ve pequeña y la calle muy primitiva con sus casitas y arbolitos. Salgo al jardín y todo tiene vida propia, desde las piedras hasta la reja.

Me vi vestido de harapos y con hambre, soy un migrante pidiendo asilo, soy todas las mujeres maltratadas y asesinadas, los soldados abatidos entre el fango, los empleados explotados, las parejas gritándose e insultándose, los huérfanos, los ancianos abandonados, soy todas las razas y los credos, soy el conocimiento y la ignorancia, soy el último de los últimos y el primero de nadie, el universo en su pequeño espacio y tiempo. Me veo caer entre la yerba y el árbol de naranjo se ve majestuoso desde aquí abajo, me quedo descansando bajo su espléndida presencia.

Soy una hoja de naranjo y estoy a punto de volar, el viento sopla y me desprendo de la rama. En el suelo está el anciano que vive en la casa y azorado está viendo no sé qué, en el cielo. El viento me lleva y aterrizo entre la yerba y me cobija, me siento libre y lista para integrarme en la fragmentación, el viejo sigue tirado en la yerba y observa detenidamente a un par de pajarillos que se abrazan tiernamente en una rama del naranjo. Hoy será un día raro.

       

                                   



Jaime Chavira Ornelas es un sobreviviente de la desintegración familiar; estudió comunicación y manejo de negocios en el Colegio Comunitario de Maricopa en Phx. Az USA; tiene diplomados en exportación, importación y manejo de aranceles por Bancomext, también varios cursos de inteligencia emocional y lingüística. Trabajo para empresas a nivel gerencial. Actualmente es pensionado por el IMSS. Escribe cuentos cortos y poemas ácidos.