Boceto de 5º grado
Por Erbey Mendoza
Teníamos una
tarea grupal y la casa de Edgar era la mejor de todos los del equipo. Edgar de
la O Vaquera, a sus diez años, era ya todo un varón hasta en los apellidos.
Durante la temporada de calor, iba a la escuela en camisetas blancas interiores
ajustadas. Su cabello era un eterno natural oscuro: jamás trajo las patillas
largas o desliñadas como todos nosotros. Mantenía su espalda recta en todo
momento: de pie, sentado, o al caminar.
―Bájale, güey, vas bien recio ―le dije a Jesús Albino desde los diablitos de la bicicleta―. Nos vamos a caer.
Ya habíamos
recorrido varias cuadras de aquella remota terracería de pocos autos. Un par de
cuadras después, nos fuimos de bruces.
El aterrizaje
me abrió una herida en la palma de la mano, cerca de la muñeca. Cuando le
mostré lo aparatoso de mi recién adquirida lesión, Albino se pronunció ileso, apenas
un poco sofocado. Llegamos a la casa de Edgar con tierra mal sacudida en
nuestros pantalones, y con un pedazo de piel, de aproximadamente un centímetro
cuadrado, todavía unido a mi mano. Tan pronto Edgar abrió la puerta, le
presumimos.
―Ira, güey.
Acto seguido,
Edgar llamó a su mamá.
Nada grave. La
mamá de Edgar me llevó al cuarto de baño; allí cortó el pedazo de piel con unas
tijeras, me lavó con una sustancia antiséptica, y me puso una gasa con
adhesivos. Tímido hasta la fecha, yo sentía más vergüenza que dolor ante su
amable gesto.
El baño de la
casa de Edgar me pareció enorme, impecable. El de mi casa era pequeño y con
suelo de cemento, y había una cortina azul que fungía de puerta. Por el enorme
espejo frente al lavabo, falsamente escondidos tras la señora, Edgar y Albino
presenciaron todo el procedimiento curativo. Sus risillas eran notablemente
fingidas.
Un lunes,
Edgar nos convocó a todos en el recreo para compartirnos un “juego” que había
aprendido durante el fin de semana. El juego consistía en encender un cerillo
(llevaba una cajita de La central nueva)
e, inmediatamente después de apagarlo, había que aplicar la brasa a nuestros
nudillos. El objetivo era, en resumen, demostrar valentía y fortaleza. Edgar
respondió lo mismo a cada uno de los que nos rehusamos a participar:
―¿Qué? ¿No es hombre o qué?
*
En el verano
del 89 sucedieron dos cambios relevantes en mi vida. Por un lado, la televisión
abierta me permitió conocer a Michael Jordan y los Toros de Chicago. Por el
otro, la crisis económica obligó a mi familia a mudarnos de casa, de barrio, y
de estatus económico. Con ello, también cambié de primaria. Entré a la escuela
de Edgar y Albino por la puerta grande: en menos de dos semanas adquirí fama
universal (es decir, entre el alumnado y el personal de la Escuela Primaria
Revolución). En mi primer lunes de honores a la bandera, el inclemente sol del
verano chihuahuense me derribó, sin más, frente a la comunidad escolar. Así,
pasé instantáneamente de ser El Nuevo a ser El Desmayado.
Entre los
juegos populares de los niños de quinto y sexto de aquel entonces estaban las patadas,
las guerritas (a pedradas o con toritos), la trai con cuarta (para caballo, es decir, fusta de cuero), y el
chinche al agua, por mencionar los más memorables. Se entenderá, así, que el
juego de los cerillos que Edgar introdujo era congruente con las tradiciones
lúdicas de la escuela.
También se
jugaba al futbol. Pero yo acababa de descubrir la magia aérea de Michael
Jordan. ¿Cómo esperaban que participara en sus caóticas polvaredas si había una
cancha con sus tableros y canastas en buen estado? También a Albino le gustaba
el básquet, y a Benjamín Apolonio. Apenas ahora caigo en cuenta del maravilloso
perfil onomástico que predominaba en esa institución educativa.
Aunque las canchas
de básquet eran territorio de las niñas, los tres preferíamos el deporte
ráfaga.
―¡Se les van a romper las medias!
El profe
Lencho, nuestro profesor durante 5º y 6º, no desperdiciaba oportunidad para
hacer gala de su conciencia formativa de párvulos y de sus credenciales como
educador. Es bien sabido que, en la educación escolarizada, el aspecto
formativo mediante la socialización influye tanto como el académico. Aquella
escuela se encargaba de dejar en sus pupilos una impronta duradera. El profe de
tercero (no recuerdo su nombre) era famoso por sus estrategias conductistas
mediante el uso del metro.
*
Ahora que lo
pienso, no recuerdo qué fue de aquella bicicleta Magistroni. Era color guinda,
aunque luego intenté pintarla. Hasta donde sé, ya no quedan calles sin
pavimentar en aquel barrio. Tampoco me queda evidencia de la caída. No he
vuelto a ver a nadie de aquella escuela. Si sí, no pude reconocerlo. Una
sincera disculpa.
Recuerdo la
cicatriz en alguna de mis manos. ¿Habrá sido en la derecha?
Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

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