martes, 24 de febrero de 2026

Boceto de 5º grado

 

Boceto de 5º grado  

 

Por Erbey Mendoza

 

Teníamos una tarea grupal y la casa de Edgar era la mejor de todos los del equipo. Edgar de la O Vaquera, a sus diez años, era ya todo un varón hasta en los apellidos. Durante la temporada de calor, iba a la escuela en camisetas blancas interiores ajustadas. Su cabello era un eterno natural oscuro: jamás trajo las patillas largas o desliñadas como todos nosotros. Mantenía su espalda recta en todo momento: de pie, sentado, o al caminar.

Bájale, güey, vas bien recio ―le dije a Jesús Albino desde los diablitos de la bicicleta―. Nos vamos a caer.

Ya habíamos recorrido varias cuadras de aquella remota terracería de pocos autos. Un par de cuadras después, nos fuimos de bruces.

El aterrizaje me abrió una herida en la palma de la mano, cerca de la muñeca. Cuando le mostré lo aparatoso de mi recién adquirida lesión, Albino se pronunció ileso, apenas un poco sofocado. Llegamos a la casa de Edgar con tierra mal sacudida en nuestros pantalones, y con un pedazo de piel, de aproximadamente un centímetro cuadrado, todavía unido a mi mano. Tan pronto Edgar abrió la puerta, le presumimos.

Ira, güey.

Acto seguido, Edgar llamó a su mamá.

Nada grave. La mamá de Edgar me llevó al cuarto de baño; allí cortó el pedazo de piel con unas tijeras, me lavó con una sustancia antiséptica, y me puso una gasa con adhesivos. Tímido hasta la fecha, yo sentía más vergüenza que dolor ante su amable gesto.

El baño de la casa de Edgar me pareció enorme, impecable. El de mi casa era pequeño y con suelo de cemento, y había una cortina azul que fungía de puerta. Por el enorme espejo frente al lavabo, falsamente escondidos tras la señora, Edgar y Albino presenciaron todo el procedimiento curativo. Sus risillas eran notablemente fingidas.

Un lunes, Edgar nos convocó a todos en el recreo para compartirnos un “juego” que había aprendido durante el fin de semana. El juego consistía en encender un cerillo (llevaba una cajita de La central nueva) e, inmediatamente después de apagarlo, había que aplicar la brasa a nuestros nudillos. El objetivo era, en resumen, demostrar valentía y fortaleza. Edgar respondió lo mismo a cada uno de los que nos rehusamos a participar:

¿Qué? ¿No es hombre o qué?

*

En el verano del 89 sucedieron dos cambios relevantes en mi vida. Por un lado, la televisión abierta me permitió conocer a Michael Jordan y los Toros de Chicago. Por el otro, la crisis económica obligó a mi familia a mudarnos de casa, de barrio, y de estatus económico. Con ello, también cambié de primaria. Entré a la escuela de Edgar y Albino por la puerta grande: en menos de dos semanas adquirí fama universal (es decir, entre el alumnado y el personal de la Escuela Primaria Revolución). En mi primer lunes de honores a la bandera, el inclemente sol del verano chihuahuense me derribó, sin más, frente a la comunidad escolar. Así, pasé instantáneamente de ser El Nuevo a ser El Desmayado.

Entre los juegos populares de los niños de quinto y sexto de aquel entonces estaban las patadas, las guerritas (a pedradas o con toritos), la trai con cuarta (para caballo, es decir, fusta de cuero), y el chinche al agua, por mencionar los más memorables. Se entenderá, así, que el juego de los cerillos que Edgar introdujo era congruente con las tradiciones lúdicas de la escuela.

También se jugaba al futbol. Pero yo acababa de descubrir la magia aérea de Michael Jordan. ¿Cómo esperaban que participara en sus caóticas polvaredas si había una cancha con sus tableros y canastas en buen estado? También a Albino le gustaba el básquet, y a Benjamín Apolonio. Apenas ahora caigo en cuenta del maravilloso perfil onomástico que predominaba en esa institución educativa.

Aunque las canchas de básquet eran territorio de las niñas, los tres preferíamos el deporte ráfaga.

¡Se les van a romper las medias!

El profe Lencho, nuestro profesor durante 5º y 6º, no desperdiciaba oportunidad para hacer gala de su conciencia formativa de párvulos y de sus credenciales como educador. Es bien sabido que, en la educación escolarizada, el aspecto formativo mediante la socialización influye tanto como el académico. Aquella escuela se encargaba de dejar en sus pupilos una impronta duradera. El profe de tercero (no recuerdo su nombre) era famoso por sus estrategias conductistas mediante el uso del metro.

*

Ahora que lo pienso, no recuerdo qué fue de aquella bicicleta Magistroni. Era color guinda, aunque luego intenté pintarla. Hasta donde sé, ya no quedan calles sin pavimentar en aquel barrio. Tampoco me queda evidencia de la caída. No he vuelto a ver a nadie de aquella escuela. Si sí, no pude reconocerlo. Una sincera disculpa.  

Recuerdo la cicatriz en alguna de mis manos. ¿Habrá sido en la derecha?  

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

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