Genes
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
La tarde no parecía ser de primavera, hacía demasiado
calor y solo estábamos en marzo. Los muchachos formaban corrillos, por no
llamarlos pandillas, y los del barrio parecían más activos que de costumbre ese
día. Un viejo profesor les observaba desde su mecedora en el pórtico. Parecía
fascinado con lo que veía. Anotó en su libreta: “hay un miembro nuevo y
preparan su iniciación”.
Su sobrina le pregunta entonces:
—¿Por qué te emocionas tanto?
—Pues soy antropólogo, psicólogo y genetista. Y lo que ves es algo que se ha
transmitido en los genes de esos muchachos. Viene de hace millones de años
atrás.
—Yo pensaba que lo que hacen lo aprendieron de otros muchachos en la calle.
—Bueno, puede ser. Pero explícame, ¿cómo es que niños que jugaban solitos con
sus carritos de pronto sienten la necesidad de agruparse con otros niños que
eran igual de solitarios y formar esas pandillas. Es un impulso irresistible
que viene de los genes. Y cuando admiten a un nuevo miembro, le someten a un
ritual, una tortura, que tiene que sobrevivir si ha de pertenecer al grupo.
—O sea…
—Está en los genes, la instrucción oculta en los cromosomas, ahí el código
determina no solo lo que debe pasar, sino también cómo y cuándo comenzará a
hacerlo.
—Entonces tú crees que los roles del líder de la banda y de los subordinados
está también determinado genéticamente.
—Claro que sí.
—¿Y hasta dónde llega eso?
—¿Qué quieres decir?
—¿Son los genes y solo los genes los que determinan que alguien sea Hitler o
Stalin?
—Yo así lo creo. Y he escrito varios artículos al respecto.
—Pero eso los haría inocentes de los crímenes que cometieron.
—Inocencia y culpabilidad no son cosas que se heredan, sino juicios,
evaluaciones que unos hacen de las acciones de otros. Si bien la capacidad de
juzgar, de evaluar, posiblemente esté determinada genéticamente, el producto de
esta no lo está.
—Me he perdido, dame un ejemplo.
—Mira a esos chicos. Parece que van a echar al pobre iniciado a la fuente, o lo
van a emplumar. Si se muere o resulta con un daño permanente, estableceremos
que la pandilla o su ritual de iniciación son cosas malas; si no le pasa nada
permaneceremos indiferentes o quizá su acción hasta nos podrá parecer simpática,
es decir, buena.
Mientras la sobrina y el tío hablaban, los muchachos de la pandilla propinaban
empellones al que estaban iniciando, al cual le habían colocado un saco en la
cabeza de manera que no podía ver quien lo golpeaba o lo empujaba. Se le oía
quejarse hasta donde estaban la sobrina y el tío.
—¿Y hay forma de predecir cuál será el resultado de uno de esos rituales? ¿Por
ejemplo el que estamos viendo?
—Pues en cierta forma es lo que intento averiguar observando a esos chicos.
La sobrina se quedó entonces pensando, como tratando de entender lo que su
científico tío estaba diciendo. Notando su expresión de desconcierto, el
maestro preguntó:
—¿Qué pasa mi niña? Has enmudecido
—Pues seré franca, brutalmente franca: no entiendo cómo alguien con tantos
títulos y estudios acaba espiando a unos vagos horse playing en un callejón.
¿Para qué sirve eso?
—Creerás que para nada, pero habrás oído de algo llamado autismo.
—¿Qué tiene que ver?
—Según mi teoría, mucho. El comando genético que se activa en un momento dado e
impulsa al niño a dejar el juego solitario y buscar integrarse en un grupo como
el de esos chicos ‒señalando a
los muchachitos que se complacían en humillar al recién llegado‒ está ausente, o su organismo no responde a él cuando este se activa.
Así el niño autista permanece aislado en su mundo.
—¿Y la iniciación, la novatada?
—Es lo que ahora mismo estoy investigando: puede depender del mismo gen
iniciador, o de otro gen, llamémoslo regulador, que se activa después. De
cualquier forma, esta acción o el gen regulador pueden tener importancia también
en la aparición de conductas autistas.
—Y ya que estudias a esos muchachos tal como los que estudian los gorilas en la
jungla, ¿cómo sabías que iba a haber una pandilla llevando a cabo una
iniciación aquí y ahora mismo?
—No lo sabía.
—Pues es una cosa fabulosa poder tener tus sujetos de estudio justo en el
callejón de la casa, y no en Rwanda como los gorilas de Dian Fossey.
—Me impresiona que sepas de ella. ¿Y sabrás que la mataron?
—Sí ¡Qué horror!
—Aunque ella no se enfocó exactamente en lo que yo estudio ahora, sus
observaciones y hallazgos son muy importantes para estudios como el mío.
Nuevo silencio.
—Y ahora ¿qué piensas?
—Ya has visto, habrás notado, que tan franca soy, o puedo llegar a ser.
—Sí, y me gusta, dime lo que sea.
—Pues aunque nada has dicho que en concreto lo sugiera, pienso que muchos de
los que proponen encontrar explicaciones a la conducta humana, realmente buscan
lo que llaman mejorar la especie, la eugenesia, el soldado perfecto.
—No temas mi niña. Si yo descubriera algo que pudiera conducir a esos fines ¡me
lo llevaría a la tumba. ¡Mira! Ya termina, ¡ya el nuevo es uno de ellos!
Permíteme hacer una nota para registrar el tiempo en que terminó la iniciación.
—Ya se van los muy idiotas. Como si no hubiera pasado nada. ¿Que escribes
ahora?
—Pues lo que estás diciendo. Al terminar la iniciación se van todos juntos como
si no hubiera pasado nada. O hay otro gen llamémoslo terminador, o el mismo
regulador determina que el ritual ha terminado. Lo importante es que el ritual
ha servido para restaurar la normalidad.
—Me asusta que cosas como estas puedan estar determinadas genéticamente.
—¿Por qué? ¿No ves que nuestras vidas se desarrollan sobre una línea trazada
por la genética?
—¿Qué quieres decir? Explícate.
—¡Muy sencillo!
—¿Has sabido de alguien que haya vivido 200 años? Claro que no, ¿por qué crees
que es así? Bueno, es muy obvio que hay genes que determinan la duración de
nuestros órganos vitales. Desde el momento en que somos concebidos está
establecido qué tanto tiempo podrá latir nuestro corazón o funcionar nuestros
riñones o nuestros cerebros. Hay pues una línea trazada desde nuestra
concepción hasta ese momento final. Sobre esta línea ocurrirán los eventos de
nuestra vida. Muchas veces la muerte nos llegará antes de que estos órganos
pudieran haber llegado a su fin determinado genéticamente. Pero si eso no pasa,
viviremos solo lo que está determinado por estos genes. Ahora lo que yo intento
descubrir son los mecanismos genéticos que determinan eventos importantes en
nuestras vidas, particularmente como los que te estaba explicando antes.
—Yo creía que los genes se estudiaban en el laboratorio, no en los callejones.
—Tienes razón, los genes los vemos, los separamos, los inmovilizamos, los
activamos en el laboratorio, pero no podemos ver ahí sino en una forma muy
limitada el resultado de estas acciones. Muchas veces deducimos para qué sirve
un determinado gen, porque cuando este falta o no funciona, algo no funcionará
tampoco en el organismo de donde lo tomamos. Lo que yo deduzco de los chicos
del callejón es mucho más complejo.
—¿Cómo qué?
—Supón que hace millones de años el que se acerca a la banda no es un niño
hasta ahora solitario y retraído, sino un feroz antropoide que representa un
peligro para cada uno de los miembros de la banda. Entonces el someterlo y
humillarlo para hacerlo un igual a los otros y retirarse con ellos como si nada
hubiera pasado tendría un gran valor adaptativo, aunque pudiera ser que la
banda solo quisiera hacerlo uno de ellos para reforzarse y fortalecerse. O bien
que el antropoide hasta ese momento solitario llevado por el gen o los genes
inductores ha dejado su posición autista para adquirir la socializada. ¿Qué te
parece?
—Interesante, pero difícil de demostrar. Yo creía que los investigadores
buscaban el gen o los genes que causan el autismo, no los que lo previenen.
—En efecto, se lleva a cabo mucha investigación enfocada a eso. La mía
probablemente solo explora un ángulo diferente. Claro, como tú lo has dicho,
hará falta demostrar que la presencia o ausencia de determinados genes ya bien
conocidos químicamente determina la aparición del cambio primero socializante y
después los que tienen que ver con la aceptación en el grupo.
—Creo que, por lo pronto, lo único que podemos hacer es alegrarnos de que estos
pequeños vándalos no hayan lastimado demasiado al muchacho que estaban
iniciando en su pandilla.
— Así es, querida sobrina, ¿qué le vamos a hacer?
—Solo esperemos que esta pandillita que acaba de retirarse no sea una de esas
que se dedica a la delincuencia y que todo lo que vimos pueda considerarse solo
un juego, aún si es determinado ‒como tú
quieres‒ genéticamente.
—Y por supuesto que no sea —como tú te lo has temido— que el líder de esa
pandillita, como tú la llamaste, un Hitler o un Stalin potencial.
—¡Ay, tío! Esta conversación me ha llevado a otro punto genéticamente
determinado: tengo mucha hambre, pasemos a la cocina y preparémonos unos
nutritivos sandwiches.
—En eso sí estamos 100% de acuerdo.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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