domingo, 4 de enero de 2026

Hielo

 


Hielo

 

Por Guadalupe Ángeles

 

La mañana (¿qué día era?) él regaba con la manguera unas plantas (¿o eran flores?). No sé la razón, le compró algunos vestidos a mi hermana mayor, según cuenta la leyenda (o la novela familiar), le pregunté si también a mí me compraría vestidos, debe haber dicho que sí, pero se le atravesó la muerte y no lo pudo hacer.

       Alguna vez, pasando por la sala de la casa, su cuerpo iba envuelto en cobijas y llevado en vilo por alguno de sus trabajadores (¿el primer ataque cardiaco, el último?)

       No fuimos a presenciar ese acto tan simbólico como real: el descenso de su cuerpo sin vida al interior de una tumba.

      Entre todos los adultos que posiblemente opinaron sobre nuestra presencia en ese acto, parece ser que ganó la idea de que nos afectaría estar presentes, así que no fuimos invitados (¿nos quedamos en la casa con la abuela?)

      Lo que sí, y no fue nada simbólico y sí algo brutal, está la siguiente escena en mi mente, tan clara como el color de la tinta con que ahora la describo.

        También es de día, suena el teléfono, mi abuela lo contesta, la llamada es breve, está por ahí mi hermano Luis, luego de colgar el teléfono (era un teléfono de casa, antiguo ya a estas fechas), ella le dice que mi padre ha muerto, él golpea su cabeza en contra de la estructura de la litera en la que duerme, puede ser que también grita o llora.

        Quizá en ese momento mi abuela se da cuenta que vi todo, me toma de la mano y dice que vamos a comprar unos jitomates, “vamos por los centavos”, dice.

       Eso, creo, no es el recuerdo de un padre, tal vez el recuerdo sea del principio de su ausencia.

       Tal carga tiene esa palabra que dura muchos años, hasta esa Navidad en que mi madre enfrenta mi tristeza con la pregunta necesaria: “¿Lo que yo he hecho no cuenta?”

      (Será que ese señor llamado Eduardo, hasta entonces una figura de hielo enorme a la que deseaba abrazarme y ese frío, en el abrazo, solo imaginado, ¿era la causa de esa tristeza, para ella inexplicable?) 

       Y sí, caigo en cuenta e interpreto su inquietud, ¿será que le parece injusta mi tristeza por una ausencia no atribuible a nadie? (solo a la vida).

      Supongo que nos abrazamos y quizá lloramos juntas.

      No hay un hombre, hoy, al que pueda llamar compañero, hubo, sí, un esposo, luego un divorcio, luego amantes, y nada más. ¿Será que nadie tuvo ni siquiera la intención de matar a ninguna de mis tristezas?

      No sé.

      Tragedia o circunstancia, como se le prefiera llamar es simplemente el tonto juego al que se nos invita con el solo hecho de nacer: morir.

       Nacer y morir sin elección, ¿cómo no sentirnos juguetes de algún irresponsable ser?

       Y los que pregonan: hemos venido a aprender. ¿En serio?

      Sí, a aprender a perder: Padre, ilusiones, tiempo.

       Los silencios que se prenden de mis huesos, yo ya me encargo de disolverlos con estos dibujos que son palabras, hechos en mi cuaderno de eterna estudiante; sí es que venimos a aprender, no vale nudo en la garganta, ni muro de granito en el pecho. Todo ha de ser dicho y si ha de ser escrito, mejor.

       Soy mi padre en el anhelo de un abrazo, soy su ausencia en ese desear, soy un poco de su cabello y soy su misma nariz, que heredé a mi hija.

       Hay en mí de él quizá la sonrisa que, al verla en el espejo, me hace sentir que el tiempo no ha pasado y me compraré un vestido en su nombre, él no lo pudo hacer, no tuvo tiempo.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

Mala

 


Mala

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

I

Querida Madre Superiora:

Sé que mi salida del convento ha sido un golpe para todas las hermanas, especialmente para usted y para Sor Dolores. También sé que se ha culpado de mi deserción a Evaristo; todos piensan que él me sedujo y que por eso dejé el convento. Quiero decirle, y espero que me crea, que no fue así. La culpa es mía y solo mía.

Nunca imaginé tener tanta maldad dentro de mi alma. Esa maldad me llevó a ofrecerme al tal Evaristo; si no hubiera sido él, hubiera sido otro. La maldad no es un calor, como el de los animals. Uno tiene que calentarla.

Ya le había echado el ojo al padre Ignacio, eso hubiera sido mucho peor. Entonces apareció Evaristo, pobrecito de él. Y no digo que sea él una inocente paloma, ¡bien corridito que está! Pero no se enamoró de una monja así nomás: Esta monja tuvo que provocarlo, que enseñarle todo. Parecía feliz con lo que le daba, pero ya comenzó a caer de la nube y sé que en poco tiempo lo haré muy infeliz. Mi maldad así lo dicta. Esa es la idea.

Se preguntará por qué le escribo esto.

Pues alguna vez le oí explicar a las hermanas cómo es que una de ellas había dejado la comunidad. Lo hizo usted hablando de los "impulsos humanos normales" y la "vocación débil" de la que se había ido. Pues quiero que sepa usted que ese no es mi caso. Como lo dije arriba, fue la pura maldad cobijada en mi alma. Para que usted lo sepa, el día que pronuncié mis votos estaba completamente convencida de que el Señor me llamaba y que era lo que yo quería, lo que más quería en mi vida. Pero unos cuantos días después la maldad dentro de mí comenzó a hablarme. Era como la voz que los enfermos que atendemos en el hospital dicen oír, pero más compleja e insistente. Me decía que no podría ejercer plenamente mi maldad si continuaba de monja y sirviendo en el sanatorio. El mensaje era claro: debía colgar los hábitos. ¿Cómo hacerlo? Pues lo más fácil fue seguir el ejemplo que había visto tantas veces: enredarme con alguien.

Ahora mismo aguardo el momento para dejar a Evaristo e ir con mi maldad a causar daño a otra parte.

Y por supuesto, escribo esto en un momento en que mi maldad está mirando hacia otro lado. A ella no le importaría que usted supiera todo esto. A mí, sí. Quiero que sepa de mi maldad y de lo feliz que ella me hace.
Su hija mala.

II

El despacho de la Madre Superiora estaba pintado de gris claro. De una pared lateral colgaba un cuadro con la imagen de la Inmaculada, y en la del fondo un gran crucifijo. Detrás de un vetusto escritorio, sentada en una silla giratoria, estaba la Madre Superiora. Era una religiosa de aspecto impresionante: robusta y con un impecable hábito de su orden que sin ningún ornamento y, sin que ella dijera una sola palabra, sabía uno que era la que mandaba ahí. Una lágrima se deslizaba por su mejilla. En eso, la hermana Dolores, una monja alta y delgada, pálida como papel, entra al despacho y saluda:

Ave María.

La Superiora responde en voz tan baja que uno tiene que adivinar que dijo: "Sin pecado concebida"

Madre Superiora, ¿está bien?

Sí. ¿Por qué, Hermana Dolores?

Pues, con todo respeto, es que la sorprendí llorando.

Creo que soy muy sentimental, esta carta me ha conmovido mucho. Es de una persona que necesita mucha oración.

¿Y la pide en la carta?

No exactamente, pero puedo leerlo entre líneas.

¿Puedo preguntarle de quien viene la carta? Yo puse su correo sobre el escritorio y la letra en ese sobre me pareció ser de la hermana... que nos dejó.

En efecto, así es. Sé que usted la apreciaba mucho. Póngala en sus oraciones. De verdad lo necesita.

Puso la mano derecha sobre la carta que yacía sobre el escritorio y, dudando si pasársela o no a la hermana Dolores para que la leyera, al fin lo hizo. Dolores, temiendo que la Superiora se arrepintiera y se la quitara antes de que la acabara de leer, leyó rápidamente.

¡Oh Dios! exclamó, devolviendo al tiempo la carta a la Superiora, quien la tomó con la punta de los dedos y la volvió a poner sobre la mesa. Las dos lloraban ahora.

III

Al final del claustro se abría una ventana de cuyo marco colgaba una pequeña jaula. Ahí estaba un canario.

Hermana Sofía, el canario ha dejado de cantar.

Sí, desde que la hermana se fue.

Sí, es que ellos, los animalitos saben.

Ya se repondrá.

Tal vez sí, tal vez no.

Lo sabremos si comienza a cantar otra vez.

IV

¡Madre Superiora, la busca Evaristo.

¡Ay, Señor, qué cinismo! ¿Qué quiere?

Dijo que había dejado un trabajo pendiente cuando se fue, y que tal vez lo necesitaramos para terminarlo.

¡No sé de que habla! Vendrá a sonsacar a otra hermana. Pero... pues bien, dile que pase.

La hermana portera salió a buscarlo, y minutos después entró Evaristo. Era un hombre relativamente joven, con barba de tres días, enfundado en un overol de obrero con manchas de aceite. Calzaba botas mineras y lucía una gorra de béisbol.

Buenos días, Madre Superiora.

Buenos días, Evaristo. Dime qué quieres, sé breve por favor, estoy muy ocupada.

Quiero terminar el reforzamiento del tejabán de atrás que había comenzado, cuando pasó lo de la hermanita que me pidió que la ayudara.

¿Ayudara?

Sí, a salir del convento. Dijo que para hacerlo debía decir que se iba conmigo.

Y por lo visto se fue.

Pero en cuanto llegó a donde me pidió que la llevara, creo que casa de una prima suya de ella, me dijo que ya no me necesitaba, me dio un dinerito y me despidió. No la he vuelto a ver.

―¿Entonces aquello, es decir, como pareja, no progresó?

¿Qué quiere decir?

¡Eso mismo!

¡Ay Madrecita! Nunca hubo nada de eso. Si acepté ayudarla es porque ella hasta el día que nos fuimos de aquí siempre había sido muy buena conmigo. Pero de aquello, pues nunca hubo nada, ¡se lo juro!

No hay que jurar en vano, Evaristo. No hay que jurar.

Un tanto confundida, la religiosa ya no supo qué decir. Su preparación como directora y administradora le dictaba que lo mejor que podía hacer era tener tiempo para pensarlo:

Mira Evaristo, no te puedo responder ahora mismo, tengo que consultar con nuestras finanzas para saber si continuamos con lo del tejabán.

Como usted quiera, pero sepa que no pasó nada de lo que está pensando.

Evaristo caminó hacia atrás y no podía quitar la vista de la cara asombrada de la Madre Superiora.

"Oh maldad de maldades", pensó la monja.

V

¿Que por qué no me voy a mi casa en vez de venir aquí contigo? ¡Ay querida prima! Pues tú me invitaste hace mucho. ¿Qué ya no te acuerdas?

Pues sí. Pero eso fue antes de que te metieras al convento.

Precisamente. Ellos no aprobaron mi decisión. Ahora no puedo volver así como así. No sé que dirán cuando sepan que he abandonado el convento.

Ya lo saben.

¿Quién les dijo?

Pues yo.

Cayendo en la cuenta de que no podía navegar en la vida ignorando como los demás reaccionarían a lo que ella hacía, se abstuvo de reclamarle, a pesar de sentir que la prima la había traicionado. Solo preguntó:

¿Y qué dijeron?

Tu mamá no dijo nada, solo se soltó llorando. Tu padre la emprendió en tu contra llamándote impulsiva, inmadura, infantil, pero sobre todo malvada. “Espero que ahora no se asome por esa puerta pidiendo perdón”, dijo.

Pues tiene razón en lo de malvada. Lo soy. Pero por qué habría de pedir perdón. No les gustó que entrara al convento, ¿y ahora no les gusta que me saliera?

¡Ay prima! Lo que no les gusta es que seas como eres.

¿Mala, dices?

VI

Correo electrónico del doctor Pietro.

Estimado Doctor:

Le escribo para cancelar mi cita de este mes, y posiblemente darme de alta de sus servicios por los cuales estoy muy agradecida. Y es que ya estoy bien.

Mi maldad se ha calmado. Ya no me habla constantemente. Ya no me dice que debo de andar por ahí dañando a nadie. Es un alivio, pero no atenúa el daño que ya hice y, es más, ni quiero que se atenúe. De hecho no llevo ningún remordimiento en mi conciencia. Tal vez ni conciencia tengo. De cualquier forma reconozco que su tratamiento me ayudó y que ya puedo vivir con la persona que soy. Gracias de nuevo.

Señorita Alicia, por favor conteste ese correo. Dígale a la paciente que yo no la he dado de alta. Pero que si ya no quiere verme, que le pida a su médico familiar que le siga recetando el tratamiento que está tomando, y que por ningún motivo debe interrumpir.

VII


Conversación entre comadres.

¿Has oído de tu hija?

No, lo último que supe de ella fue que ya no vivía con su prima.

¿Adelaida?

Sí, esa.

¡Pobrecita! ¡Qué paciencia!

¿Te refieres a lidiar con ella?

Y a otras cosas. ¿No te da pendiente no saber de ella?

¡Claro que sí!

¿Has pensado llamar a la policía? ¿Reportarla como perdida?

Sí, pero mi marido no quiere. Dice que está Perdida, pero en el otro sentido de la palabra. Otra vez dijo que ya volverá cuando le de hambre.

―¿Tienes alguna pista de dónde pueda estar?

Solo lo que la prima oyó de ella: que estaba poseída, posesa, como se diga, por la maldad. Que se iría a donde pudiera hacer más daño.

¿A donde van las chicas malas?

No precisamente. Lo que entendió Adelaida es que hallaría un hombre al cual arruinarle la vida.

¡Se me hace que ella sabe algo más, pero no quiere hablar!

Puede ser. Pero no puedo hacer nada sino rezar por ella. Ahora mismo voy a Misa. Acompáñame comadre. 

VIII

Otro día, las mismas comadres.

¡Comadre!

¿Qué pasa?

¡Pues que la ví! Iba en un carrazo último modelo.

¿Seguro que era ella?

Como si hubiera visto a la virgen, oops quiero decir.

--No se disculpe. solo quiso decir que sí, que era ella. Lo que importa es que está viva y bien. Bueno, por lo menos viva.

IX

A la distancia, ella:

La maldad no se cura.

El canario en el claustro del convento nunca volvió a cantar.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

sábado, 3 de enero de 2026

Paul & Linda McCartney – Ram (1971)

 


La cinta musical

Paul & Linda McCartney – Ram (1971)

 

Por Miq Ramírez Ochoa

 

Comenzamos esta sección llamada La cinta musical, en donde hablaremos de álbumes de música rock y sus géneros innumerables, desde discos que fueron y son famosos, hasta los más raros de ubicar en el mercado.

     Los relatos y descripciones que escribiré serán desde la óptica de colecciones personales, es decir, desde cassettes de cinta magnética y cartuchos de cinta 8-tracks. No abordaré comentarios desde el sonido digital, solamente desde el analógico.

     La voz melódica, edulcorante y versátil de Paul McCartney, aparte de su talento como multi instrumentista y compositor, se dejó escuchar en su segundo álbum solista Ram, luego de la disolución de The Beatles en 1970. Para conformar este acetato y cartucho track, reclutó a los guitarristas David Spinozza y Hugh McCracken, así como al baterista Denny Seiwell.

     Publicado el 17 de mayo de 1971, bajo su propio sello McCartney Productions, Inc., y comercializado por Capitol Records Inc., Ram muestra una versatilidad innata en el genio de Liverpool, quien, en un estilo de cromatismo musical, manifiesta su talento revolucionario.

     Too many people, canción con la que inicia el álbum, fue un ataque directo a John Lennon a un año exacto de la salida del último disco Beatle, Let it be. A un solo bajeo, dos guitarras, percusiones y batería, el encono era manifiesto, ante lo cual Lennon respondió con How do you sleep?, en el álbum Imagine, ese mismo año.

     La siguiente pista, 3 Legs, contiene movimientos acústicos acompasados con una voz estilo radiofónica, entre sátira y juego. Ram on, tocada con ukelele por Paul, es una indirecta hacia Lennon (encima del carnero), en dos versiones musicales, como una paráfrasis de doble sometimiento a su antiguo ex compañero de banda, en creación musical y escrituraria, ya que para 1971 pervivía el duelo musical y de cruce de palabras entre Paul y John, desde la separación de The Beatles, en mayo de 1970, y hasta 1976.

     Y aparece la voz melosa de McCartney en Dear boy, con un mensaje hacia el ex marido de Linda Eastman de McCartney, entre piano, chelo y guitarras: “I guess you never knew, dear boy, what you had found” (Supongo que nunca supiste, querido muchacho, lo que encontraste). “I guess you never knew, dear boy, that she was just the cutest thing around” (Supongo que nunca supiste, querido muchacho, que ella era la cosa más linda del mundo) “I hope you never know, dear boy, how much you missed” (Espero que nunca sepas, querido muchacho, cuánto perdiste).

     Y enseguida viene el primer éxito post-beatle, que lo colocó en el número Uno en los dos lados del Atlántico: Uncle Albert / Admiral Halsey, evocador de recuerdos del puerto de Liverpool, que contó con la participación de la Orquesta Filarmónica de Nueva York y con un coro uniforme. Aquí se seguía notando la superioridad de Paul McCartney, en lo sinfónico, sobre sus tres ex compañeros de banda en The Beatles.

     Tal orquesta también participó en los temas Long haired lady y The back seat of my car. Smile away es energía total y rock duro amalgamado bajo el potente bajeo de Paul, en dos tiempos duraderos, acompasado con los coros de Seiwell, McCracken y Linda.

     Heart of the country es la voz dulce, lánguida y chiplona que Paul ejecutaba con sus hijos a la hora del juego (como lo haría también en la canción Bip Bop, de su siguiente álbum Wild Life, también de 1971). Aquí se destaca su guitarra acústica en una perfección melódica.

     Monkberry moon delight es un preparado culinario-musical de los esposos McCartney, en repostería. Ahora no hay delicadeza en las cuerdas vocales de este músico británico, son sumamente sonoras y agresivas, al estilo de Helter skelter, del Álbum Blanco (White Album), y de Oh, darling!, del disco Abbey Road de The Beatles, grabados en 1968 y 1969, respectivamente. Y en los coros de esta pieza está presente la voz de Heather, la hija del primer matrimonio de Linda Eastman.

     Linda era una gran cocinera y Paul le enseñó a tocar los teclados para conformar una nueva banda a partir de 1971. Por ello, compuso la pieza Eat at home, a dos voces con el propio Paul: la primera voz es de un barítono satisfecho con lo que saborea (y compone), y la segunda voz, mimosa, envolvente, representa el resumen de lo deleitado: Come on, little lady, lady, let’s eat at home” (Vamos señorita, señora, comamos en casa). Bring the love that you feel for me into line with the love I see (Trae el amor que sientes por mí en línea con el amor que veo).

     Long haired lady es un pequeño himnario de frases amorosas, entre guitarras, bajo, teclados, violines, violas, contrabajo y triángulo, acerca del hermoso cabello de la mujer, en donde la voz prolongada de Linda enfatiza sobre el buen cuidado de la imagen femenina: Sweet little lass, you are my long haired lady (Dulce niña pequeña, eres mi dama de cabello largo). Who’s the lady that makes that brief occasional laughter?” (¿Quién es la dama que hace esa breve risa ocasional?). Ah, sing your song, love is long, love is long (Ah, canta tu canción, el amor es largo, el amor es largo).

     El álbum cierra con The back seat of my car, una balada que habla sobre un viaje a la Ciudad de México.

     La portada del álbum enfatiza la batalla intestina entre McCartney y Lennon, tomando el primero de los cuernos a un carnero (Ram), simbolizando este animal a John Lennon y dominado por Paul McCartney.

     Finalmente, con el cambio de voces de McCartney, esta obra suena a magia musical y sería la segunda y última en solitario, ya que para el 7 de diciembre de 1971 –siete meses después de Ram– fundaría el grupo Wings con la salida del disco LP, cassette y 8-track Wild Life (aunque podría decirse que ya comenzaba Wings con Ram, debido a que el baterista original, Denny Seiwell, participó tanto en este álbum como en Wild Life, igual de 1971, y en Red Rose Speedway, de 1973).

 


Miq Ramírez Ochoa especialista en latín, articulista en El Heraldo de Chihuahua a partir de abril de 1989 y autor de los libros Sendero estival y la novela En busca de un año, tiene un diplomado en paleografía por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Trabajó en el Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua como corrector de textos, como bibliotecario y como profesor de Taller Literario.

viernes, 2 de enero de 2026

Hombres G: cuatro décadas de rock en español sin bajar del escenario

 


Hombres G: Cuatro décadas de rock en español sin bajar del escenario

 

Por Marco Benavides

 

Pocas bandas pueden presumir de mantener intacta su formación original después de cuatro décadas. Hombres G no solo lo ha conseguido, sino que además ha logrado algo aún más difícil: seguir siendo relevantes para el público que creció con ellos y, simultáneamente, conquistar a nuevas generaciones que descubren sus canciones como si fueran recién estrenadas.

Formados en Madrid en 1982, David Summers, Rafa Gutiérrez, Dani Mezquita y Javi Molina crearon un fenómeno que definió el sonido del pop-rock español de los años ochenta. Con temas como Devuélveme a mi chica, Voy a pasármelo bien o Marta tiene un marcapasos, la banda capturó el espíritu irreverente y desenfadado de una generación, especialmente en España y en Latinoamérica. Su propuesta era directa, sin pretensiones intelectuales, pero con una capacidad innegable para conectar con el público.

El desgaste profesional y personal llevó a la separación del grupo en 1992, un momento que muchos fans vivieron como el fin de una era. David Summers emprendió una carrera en solitario que resultó exitosa, además de trabajar como productor y compositor. Rafa Gutiérrez se refugió en el estudio, mientras Dani Mezquita exploró el mundo empresarial y Javi Molina se trasladó temporalmente a Estados Unidos. Cada uno siguió caminos diferentes, pero el vínculo nunca se rompió del todo.

La reunión oficial en 2002 no fue un simple ejercicio nostálgico. Desde entonces, Hombres G ha mantenido una actividad constante y selectiva, girando por España y América Latina, lanzando nuevos discos y colaborando con artistas jóvenes. Sus conciertos se han convertido en eventos multigeneracionales donde padres e hijos comparten las mismas canciones, un testimonio de su capacidad para trascender barreras de edad.

David Summers, hijo del cineasta Manolo Summers, se ha consolidado como el rostro más visible del grupo, aunque nunca ha eclipsado a sus compañeros. Rafa Gutiérrez aporta la solidez técnica que mantiene vivo el sonido clásico de la banda. Dani Mezquita, siempre discreto, sigue siendo fundamental para la identidad melódica del grupo. Y Javi Molina continúa siendo el ancla rítmica que sostiene cada actuación.

Lo notable de Hombres G no es solo su longevidad, sino su capacidad para no vivir exclusivamente del pasado. Aunque sus grandes éxitos de los ochenta siguen siendo los más coreados, la banda ha sabido reinventar su repertorio y adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su esencia. Sus álbumes en directo y giras conmemorativas demuestran que no se conforman con ser una banda de nostalgia.

En la era del streaming y las tendencias efímeras, Hombres G representa algo cada vez más raro: continuidad, autenticidad y una conexión genuina con su audiencia. Sus canciones siguen sonando en radio, aparecen en películas y series, y forman parte de la banda sonora colectiva de varias generaciones de hispanohablantes.

El legado de Hombres G va más allá de las cifras de ventas o los récords de asistencia. Son pioneros del pop-rock español moderno, han conseguido convertirse en clásicos populares sin perder vigencia cultural. En un mundo donde las bandas se separan por cualquier motivo, donde las reuniones suelen ser puramente comerciales y donde la música se consume de forma cada vez más fragmentada, estos cuatro músicos madrileños siguen demostrando que la permanencia también puede ser una forma de rebeldía.

 

Dr. Marco Benavides, 23 diciembre 2025

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

martes, 30 de diciembre de 2025

Cornelius


 

Cornelius

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Encima de la silla se quedaban aquellos pantalones de mezclilla con pechera. Pareciera que eran los mismos que había vestido desde los nueve años, pero eso no era posible. Lo que pasaba era que conforme a que él iba creciendo, sus padres remplazaban sus pantalones por otros idénticos, pero más grandes. Lo mismo pudiéramos decir de su camisa de cuadros. Se miró en el espejo y reflexionó que eso era nuevo también, en la casa en que creció no se admitían los espejos.

Le gustó lo que vió, su nuevo atuendo comprado en una tienda de ropa vaquera de Ciudad Cuauhtémoc. Era el de un cowboy, o, si se prefiere, el de un campesino mexicano de clase media. Lo único que conservaba del vestido típico de sus congéneres menonitas era el sombrero y los botines. Por supuesto no podía cambiar sus ojos azules y su cabello rubio.

Su nuevo vestuario denunciaba su plan de dejar la comunidad de sus mayores y todo lo que eso implicaba. No podía decir que su cambio se debía a las dos o tres escapadas que con su amigo David se había dado del campo menonita a Cuauhtémoc con el propósito de pecar, es decir, de beber cerveza. Había algo más. Tampoco era el haberse topado con aquella familia de renegados y ver su enorme y nuevecita camioneta de doble cabina, y saber que su comuna nunca aprobaría tener y usar una de esas.

Claro es que esos encuentros con la cultura mexicana circundante tuvieron que ver con su decisión, pero algo dentro de la sociedad menonita en la que había nacido y crecido ya no lo retenía, y es más, como que lo compelía a abandonarla. En un momento se sintió como el pájaro que emprende el vuelo dejando atrás el nido. Tal vez de lo que era más difícil de separarse era de la religión. Seguiría pues defendiendo que el bautismo debe darse a los adultos y no a los recién nacidos. Su nombre, Cornelius, el cual celebraba el de patriarcas y notables menonitas, había sido cambiado por sus amigos mexicanos a Cornelio. 

 Pero tal vez los dos hechos que más habían influido en él para dar el paso fueran que la familia de Ryan, un amiguito de la infancia, también había desertado y el otro, más personal, fue que ya a los 18 años de edad había padecido su segundo cáncer de la piel.

—La exposición al sol y la piel tan blanca son la causa —había dicho el doctor en Chihuahua.

¿Cómo podría un menonita trabajar sin exponerse al sol? Tal vez solo dejando de ser menonita.

 Una vez decidido, cayó en la cuenta de que su retirada no era como la de tantos otros. La mayoría de los menonitas que abandonaban los caminos tradicionales de su pueblo lo hacían con toda su familia. Él no. Dejaba atrás media docena de hermanas y otros tantos hermanos, a una madre hermosa y protectora y a un padre un tanto rígido, pero justo e inteligente, la persona más inteligente que había conocido en su vida. Casi no quería voltear atrás, sabía que si veía aquellos campos o a sus hermanas y hermanos yendo y viniendo, flaquearía en su decisión.

Se encontraba en aquel parador en la periferia de Ciudad Cuauhtémoc que ostentaba el letrero Stuben zu renten für Menoniten. Neidrege Preise (Cuartos de alquiler para menonitas. Precio barato.) De la ventana podía divisar los campos menonitas que ahora dejaba atrás. Sentía pues que ya lo había logrado

 —¡Ey, Menón! Es hora de irnos.

 Así lo apuraban los amigos que lo llevarían a Chihuahua y después quién sabe a dónde. Fue gracias a estos amigos que no le fue difícil encontrar un trabajo. No era la gran cosa: bajar mercancías, cajas de cebollas y tomates, de camiones que las traían al mercado. Los camiones entraban al interior de la gran bodega, así que no estaría expuesto al sol.

De cualquier manera, el ambiente, particularmente cuando el trabajo era intenso, era sofocante. Cornelius prefería quitarse la camiseta para efectuar su labor.

Un día apareció un sujeto con aspecto de fascineroso que, observándolo atentamente, le dijo:

—¡Me gustas güero!

—¡Párale ahí, no soy de esos!

—No se trata de eso. Te quiero ofrecer un trabajo. Vas a ganar más que aquí.

 Dejó lo que estaba haciendo para ver cuál era la oferta de aquel tipo. Valga decir que Cornelius no estaba acostumbrado a juzgar a la gente, fuera de la comunidad menonita, por su mera apariencia. Explicó el individuo aquel que tenía una empresa que llevaba funciones de boxeo a pueblos pequeños por todo el país. El punto que debería haber hecho que el menonita sospechara que había algo turbio en la propuesta era que:

—El público disfrutará horrores de ver a nuestro campeón derrotar a un güero fortachón como tú.

 Sin pensarlo mucho, se puso la camiseta y se dispuso a marcharse con su nuevo agente. Le pidió que lo esperara un momento para cobrar la semana y media que se le debía. Luego abordó el automóvil de su nuevo patrón, comentando:

—Este sí es un carro de a deveras.

—Ya lo verás güero. Al rato vas a traer uno igual. Y llámame Ricky.

 

Esa misma semana, en un pueblito perdido en el desierto, dentro de una bodega acondicionada como arena de box se oía:

—Pelearan diez raunds, en esta esquina Cornelio Gringo Smith. En esta otra el invicto campeón welter del norte: Chavalo Torres.

 El tal Chavalo era una imitación en miniatura de Cassius Clay, se movía como mariposa y aguijoneaba como avispa. Lucía un bien cuidado bigote. De sus elegantes movimientos surgían yabs que aterrizaban en la cara del Güero Smith, la cual pronto se llenó de moretones. También sangraba por la nariz. Tras el descanso, al comenzar el segundo asalto, el Gringo Smith se desplomó. El réferi contó los diez segundos reglamentarios y declaró la pelea terminada por nocaut. Para sorpresa de todos, en especial para Ricky, el público no aplaudió al Chavalo, sino que abucheó a los dos boxeadores. 

—¡Fraude! ¡Ni siquiera le pegó! ¡Devuélvanme mi dinero!

 En medio de la conmoción, Ricky, su ayudante, la muchacha que vendía los boletos, el anunciador, el réferi y el Chavalo habían desaparecido. Cornelius se quedó solo. Todavía sentado en uno de los banquillos que les ponen a los boxeadores para descansar entre dos asaltos se preguntaba ¿Qué hacer? Temía que, no pudiendo agredir a los que ya se habían fugado, los enfurecidos espectadores se le echaran encima a él. Pero no fue así.

De pronto se vio solo, luciendo los guantes y el pantaloncillo de boxeador. Vio una toalla que había quedado sobre la lona del improvisado cuadrilátero, la recogió y con ella se cubrió la espalda. La bodega devenida en arena boxística se encontraba ahora completamente vacía: estaba allí solo y su alma. Caminó lentamente todavía sangrando de la nariz hacia la entrada. No conocía ese pueblo, pero al salir miró calle abajo la torre de la iglesia. Hacia allá se dirigió. Por una puerta lateral probablemente de la sacristía se asomaba un hombre vestido de sotana que, viendo a Cornelius precariamente vestido o desvestido, más bien como boxeador lo llamó:

          —Parece que la pelea terminó mal —dijo extendiéndole la mano. Soy el padre Antonio.

—Yo soy Cornelius.

—¿Eres menonita?

—Sí, y tú eres mexicano y católico.

—En efecto, soy un sacerdote católico. Sabrás que Menno Simons también lo fue. 

—Así es. Veo que conoces la historia. Yo he dejado eso atrás.

—Para convertirte en un aporreado boxeador. Pero pasa, déjame ver si tengo  unos pantalones y una camisa para ti.

Cornelius se veía avergonzado de ir cubierto solamente con un pantaloncillo de boxeo y una toalla, de ser ofrecido la caridad de un cura católico, de haber sido tan ingenuo.

 El padre Antonio, notando lo decaído que se veía el muchacho menonita, quiso animarlo.

—Me cuentan que tus gentes tienen granjas y que han hecho florecer el desierto allá en Cuauhtémoc.

—Así es. La comunidad es muy productiva.

—Alguien me dijo cuál es el secreto de ese éxito.

—¿Cuál es? ¿Qué dice la gente?

—Que los menonitas plantan la tierra, pero no comen lo que cosechan, que es comida para animales. Con ella alimentan a los animales, pero tampoco se los comen, los usan para producir leche, la cual tampoco beben, sino que hacen queso y mantequilla con ella. Así que cuando venden el queso lo que costó la semilla que plantaron originalmente se ha centuplicado.

—En parte así es. Pero no menciona usted el intenso trabajo que todo eso implica. Y las muchas otras cosas que hacemos además de queso y mantequilla.

—Y es lo que te ha hecho a ti dejarlos.

—Otra vez en parte, así es.

—Por cierto, hablas muy bien el español.

—Casi todos los menonitas de mi generación —menos las mujeres— lo hacemos. En gran parte es consecuencia del trato comercial con los mexicanos.

—Ya se hizo tarde. Apuesto a que no has comido nada. Siéntate y comparte la cena de un humilde cura de aldea.

Aceptando con cierto resquemor, acertó a decir:

—Y usted, padre, ¿cómo es que vino a dar aquí? ¿castigado?

—Como tú dijiste antes: en parte así es. Pero soy muy feliz aquí. Qué se le va a hacer. Los caminos de Dios son misteriosos.

—Y ¿qué gana usted en ayudar a un menonita perdido?

—Jesús nos enseñó a ayudar a samaritanos y ayudó incluso a un centurión romano.

—¿Y usted trata de ser como Él?

—Tú lo has dicho, trato.

Durante la cena Cornelius compartió con su anfitrión su historia reciente, la que el padre escuchó con interés. Tal vez era como lo que oía en el confesionario: alguien que no estando conforme con lo que pasa en su vida emprende un camino incierto y expuesto a tropiezos y peligros.

—Veamos, el joven Cornelius necesita un lugar para pasar la noche. Puedes quedarte aquí en la sacristía. El camastro que ves ahí solo lo usa el sacristán cuando hay misa de gallo, o sea que está disponible ahora. Ya mañana veremos si te colocamos por ahí.

 

A la mañana siguiente, el padre Antonio llegó temprano a la sacristía. Cornelius ya estaba de pie. Llevaba el padre una bolsa con pan, un recipiente con huevos batidos y un termo con café caliente.

—Siéntate y desayunemos. Después te llevaré con don Julián, un buen amigo de la Iglesia. Él seguramente necesita ayuda en su tienda. Veremos si tiene algo para ti.

Algo sorprendido, pero confiando en la intuición del padre Antonio respecto a la calidad moral de Cornelius, don Julián lo aceptó como ayudante en la tienda. Cornelius, todavía abatido y confuso. solo pudo decir:

—Gracias.

Una vez puesto a trabajar, Cornelius impresionó tanto al padre Antonio como a don Julián. Parecía incansable.

Algunas cosas denunciaban el origen español del don Julián, por ejemplo contestaba el teléfono de la siguiente manera:

—Bueno, tendajón de abarrotes. 

Cornelius preguntaba por qué no decir tienda. En su castellano, aprendido en las calles y establecimientos comerciales de Ciudad Cuauhtémoc, la palabra tendajón no figuraba.

—Pues es que eso es algo más grande, como las de Chihuahua.

El padre Antonio continuó procurándolo. Se presentó un día a la hora de cenar llevando pan fresco y chocolate en un termo. 

—Veo que te has adaptado bien.

—Sí, padre. ¿Qué hay de nuevo?

—Algunas cosas. Oí en las noticias que aquel Ricky, del que me contaste, fue arrestado y parece que irá a la cárcel por un largo tiempo. Pensé en ti, pues creo que en estos casos buscan testigos y podrían localizarte y pedirte que testifiques. Y me temo que podría ser peor.

—¿Peor?

—Podrían acusarte de participar en el engaño.

Intervino entonces don Julián:

—Bueno, pero si esas peleas eran solo un show, como una obra de teatro.

—El problema es que el boxeo profesional, e incluso el de aficionados, está regulado por una comisión oficial. Ricky y sus secuaces no tenían las licencias y permisos correspondientes. Y súmale lo de las apuestas, también ilegales.

—¿Apuestas? —preguntó Cornelius.

—Aunque no lo creas, los que corrieron las apuestas te marcaban favorito sobre el tal Chavalo. 

Cornelius miró a su patrón con una expresión de incredulidad, como preguntando: "¿Y tú lo sabías?"

—Sí, de 2 a 1. Si la pelea no hubiera acabado como acabó, los que le fueron al Chavalo habrían hecho un buen parné.

Apenas ahora caía en la cuenta de que el cura y el tendero sabían de todo lo bueno y lo malo que ocurría en el pueblo. Con todo, los dos hombres no parecían inquietarse por la posibilidad de estar encubriendo a un delincuente, antes bien, parecían entusiasmados por ello. Cornelius intentaba descifrar su actitud para entender cuál era el riesgo que ellos y él mismo enfrentaban. 

—Si tengo que irme, lo haré sin dejar huella.

—Ahora sí hablas como todo un pillo —dijo el español.

—Calma, que aún no pasa nada y tal vez nada pasará —terció el sacerdote.

—De cualquier forma, no quiero causarles problemas. Ustedes me han ayudado mucho.

 

Momentos como este sirven para reflexionar. Aunque se esté conforme, contento, con lo que uno ha logado hasta ahora, o conforme y a gusto con la situación actual, un impulso, una cosquilla interna nos dice que debemos marcharnos, continuar el viaje. Los días trabajando en la tienda, además de restaurar su autoestima, le ayudaron a planear su siguiente paso. Debería buscar a su amigo Ryan y su familia, ellos habían dejado la comunidad menonita tradicional y seguramente, ya modernizados, tendrían una granja o ranchito en el norte del estado donde él podría trabajar. Había oído que los menonitas reformados plantaban algodón en aquellos lares. Ahí encontraría no solo a su amigo, sino también trabajo y apoyo.  

Y una mañana partió rumbo al norte.

Días después aparecieron por el pueblo unos hombres que dijeron ser agentes de la Policía Judicial. En la tienda don Julián les ofreció un vaso de horchata.

—¿Quién? El Gringo Smith. ¡Oh sí, el boxeador! Pues después de la pelea estuvo unos días aquí y entonces se marchó, dijo que iba al sur. Probablemente a la Ciudad de México. 

El padre Antonio también confirmó que el muchacho se había ido con rumbo desconocido.

—Ya caerá —dijo un tal Zapata, teniente Zapata, sin inmutarse.

Con un "Dios lo proteja" en su mente, concluyó el sacerdote mirando a los agentes retirarse frustrados, sin la presa anglosajona que esperaban cobrar en aquel remoto lugar.

 

Meses después, cuando no lo esperaban, recibió el padre Antonio una tarjeta postal dirigida a él y a don Julián. En ella se leía:

Queridos amigos: Me agarraron pero pronto me soltaron. Sigo con la familia de mi amigo. Me acaban de quemar otro cáncer en la cara, es mi tercero. Pero estoy bien, contento y agradecido con ustedes. Pienso visitarlos algún día.

Cornelius.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.