Hielo
Por Guadalupe Ángeles
La mañana
(¿qué día era?) él regaba con la manguera unas plantas (¿o eran flores?). No sé
la razón, le compró algunos vestidos a mi hermana mayor, según cuenta la
leyenda (o la novela familiar), le pregunté si también a mí me compraría
vestidos, debe haber dicho que sí, pero se le atravesó la muerte y no lo pudo
hacer.
Alguna vez, pasando por la sala de la casa, su cuerpo iba envuelto en cobijas y
llevado en vilo por alguno de sus trabajadores (¿el primer ataque cardiaco, el
último?)
No fuimos a presenciar ese acto tan simbólico como real: el descenso de su
cuerpo sin vida al interior de una tumba.
Entre todos los adultos que posiblemente opinaron sobre nuestra presencia en
ese acto, parece ser que ganó la idea de que nos afectaría estar presentes, así
que no fuimos invitados (¿nos quedamos en la casa con la abuela?)
Lo que sí, y no fue nada simbólico y sí algo brutal, está la siguiente escena
en mi mente, tan clara como el color de la tinta con que ahora la describo.
También es de día, suena el teléfono, mi abuela lo contesta, la llamada es
breve, está por ahí mi hermano Luis, luego de colgar el teléfono (era un
teléfono de casa, antiguo ya a estas fechas), ella le dice que mi padre ha
muerto, él golpea su cabeza en contra de la estructura de la litera en la que
duerme, puede ser que también grita o llora.
Quizá en ese momento mi abuela se da cuenta que vi todo, me toma de la mano y
dice que vamos a comprar unos jitomates, “vamos por los centavos”, dice.
Eso, creo, no es el recuerdo de un padre, tal vez el recuerdo sea del principio
de su ausencia.
Tal carga tiene esa palabra que dura muchos años, hasta esa Navidad en que mi
madre enfrenta mi tristeza con la pregunta necesaria: “¿Lo que yo he hecho no
cuenta?”
(Será que ese señor llamado Eduardo, hasta entonces una figura de hielo enorme
a la que deseaba abrazarme y ese frío, en el abrazo, solo imaginado, ¿era la
causa de esa tristeza, para ella inexplicable?)
Y sí, caigo en cuenta e interpreto su inquietud, ¿será que le parece injusta mi
tristeza por una ausencia no atribuible a nadie? (solo a la vida).
Supongo que nos abrazamos y quizá lloramos juntas.
No hay un hombre, hoy, al que pueda llamar compañero, hubo, sí, un esposo,
luego un divorcio, luego amantes, y nada más. ¿Será que nadie tuvo ni siquiera
la intención de matar a ninguna de mis tristezas?
No sé.
Tragedia o circunstancia, como se le prefiera llamar es simplemente el tonto
juego al que se nos invita con el solo hecho de nacer: morir.
Nacer y morir sin elección, ¿cómo no sentirnos juguetes de algún irresponsable
ser?
Y los que pregonan: hemos venido a aprender. ¿En serio?
Sí, a aprender a perder: Padre, ilusiones, tiempo.
Los silencios que se prenden de mis huesos, yo ya me encargo de disolverlos con
estos dibujos que son palabras, hechos en mi cuaderno de eterna estudiante; sí
es que venimos a aprender, no vale nudo en la garganta, ni muro de granito en
el pecho. Todo ha de ser dicho y si ha de ser escrito, mejor.
Soy mi padre en el anhelo de un abrazo, soy su ausencia en ese desear, soy un
poco de su cabello y soy su misma nariz, que heredé a mi hija.
Hay en mí de él quizá la sonrisa que, al verla en el espejo, me hace sentir que
el tiempo no ha pasado y me compraré un vestido en su nombre, él no lo pudo
hacer, no tuvo tiempo.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

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