sábado, 3 de marzo de 2018

Escribir. Martha Estela Torres Torres

Escribir


Por Martha Estela Torres Torres

                                                                                                                                            
Escribir no es fácil, ¿quién ha dicho que todo mundo puede escribir? Afirmar o pensar esto es relativo, porque escribir depende de gran determinación y firme entrega. Es vivir para contar, plasmar ideas y sentimientos en papel memoria. Solo aquel que se dedica en cuerpo y alma a reinventar las palabras, la combinación de las mismas, las letras que construirán el universo particular y concreto de una historia, relato o poema y se aleja de pretensiones vanas en este oficio podrá llamarse escritor.

El verdadero escribirá por siempre, en la soledad más profunda o en la alianza más amorosa, no importa que pierda la belleza y la juventud, ni tampoco que pierda el amor o la compañía. Que ya no pueda ascender los montes ni nadar en las encrucijadas de la fortuna, ni elevarse sobre el abismo. El auténtico escritor tiene la habilidad para escribir desde cualquier ángulo, en la aleta de un delfín o en la cúspide de una cordillera o montado en la corola de una flor o sobre del trino de un pájaro. No necesita tener una vela encendida, ni una copa de vino para activar la inspiración, ni tampoco escuchar música de Mozart, ni sentir la brisa nocturna. No requiere comer saetas ni trufas de Normandía, ni cosechar perlas en los arrecifes, ni vivir al filo de un delirio. No necesita poseer un barco para cruzar la línea intercontinental de Australia ni llegar a Alaska en una estrella. Tampoco filtrarse en la estepa celeste para describir la galaxia de un sueño. Solo necesita cerrar los ojos y observar, atender su intuición y buscar la verdad y los signos que se multiplican en la morada magenta de su sensibilidad. No importa la edad, condición social, ni ideología, siempre y cuando sus palabras sean genuinas. No importa la raza ni el idioma, siempre y cuando el lenguaje se cultive como las orquídeas en campos fértiles y se traten con delicadeza y esmero. No importa que sean temas polémicos o nostálgicos, ni que sean irónicos o temerarios, ni siquiera si resultan estrafalarios o supuestamente absurdos, lo único que importa es que lleven el sello de originalidad y por lo menos una chispa de genialidad o encanto.

La escritura y la lectura entablan un juego entre lector y autor, y resulta la mejor terapia para ambos. La escritura enlaza y evita la soledad. Escribir en un momento supremo nos hace felices o nos revive una huella dolorosa enfrentándonos antiguos temores que pueden revelar fuerzas o talentos desconocidos y multiplicar recuerdos, pueden estilizarse o desfigurarse, pueden adquirir un nuevo sentido  e incluso desvirtuar el anterior. El escritor se interroga: ¿por qué se puede desdoblar con la escritura? Esta pregunta permanece sin respuesta y es a través del tiempo y del quehacer de este oficio cuando se descubren las razones particulares.

Ejercer la escritura y la lectura con perseverancia permite germinar ideas nuevas y traspasar al umbral de la fantasía, pues obligan necesariamente a desarrollar la imaginación y a dimensionar experiencias sublimes o insospechadas. Ambas actividades consiguen abrir puertas secretas de conocimiento y de creación porque son formas instrumentales para germinar además interrogantes sobre la naturaleza, el universo y la condición humana; por ejemplo, al abrir un libro se activa su vida interior, y empezamos a descubrir la originalidad de sus narraciones o la riqueza del lenguaje. Instala una empatía entre nuestra experiencia y la historia diferente o similar a la nuestra. Su contenido concreta el sentimiento que ya existe y persistirá según la intensidad que imprime cada escritor, pero que sin duda concluye el lector. Es decir, la palabra encarna el sentimiento, convoca los hechos, provoca reflexión y persuade para actuar y crecer, aunque atiza también el fuego de la inconformidad. La ventaja del poeta o del escritor como dice Pedro Salinas es que sabe dónde le duele, sana o reaviva sus propias llagas. Estamos conscientes de que la literatura puede resultar peligrosa, tenemos como ejemplo al grandioso Don Quijote que al perderse en una maravillosa locura de exploración al buscar otras formas para implantar justicia, resulta altamente riesgoso porque se enfrenta a poderosos adversarios en sus ideales utópicos que lo llevan a muchas aventuras y desafíos, aquí es donde se comprueba que la literatura puede crear ilusiones que después se anhelan cumplir.

El filósofo y especialista Donal Davidson con certeza afirma “Comprender una metáfora requiere de un esfuerzo tan creativo como el hecho de hacerla.” El escritor se afana por seleccionar y ordenar las palabras para dar mayor efecto a sus ideas, historias o propuestas, así mismo los lectores deben hacer esfuerzo, imprimir atención y mayor disposición para captar mejor e ir más allá de primeras lecturas o interpretaciones obvias.

Si hablamos de pensamiento concreto podemos referirnos a un padecimiento de la literatura, es decir, se puede llegar a actuar de acuerdo a lo leído, y a su vez de acuerdo a lo que se ha escrito. Algunos teóricos afirman que todo escritor está condenado a vivir lo que escribe o escribir lo que padece, a convertir en realidad lo que está acumulando en su inconsciente. Esto resulta el riesgo más grande del escritor, convertirse en aquello que cree o soñó un día. Ojalá siempre se piense en construir puentes y catedrales, porque si es así los resultados serán positivos, de lo contrario puede conducir al fracaso o al abismo.

La escritura es una forma de entender el mundo y conocerse a sí mismo. Es un juego inverosímil y deslumbrante, es germinar en la raíz, surgir en el primer motivo que dispara el proceso de creación, es ir al espejo y contemplarse de cuerpo entero.  En él se refleja la fisonomía, a veces la distorsión de la memoria, y se puede mirar sin espejo los acantilados profundos del ser donde impera la tristeza, la inconformidad o la impotencia. El escritor no simplemente describe los paisajes, las fantasías y los acontecimientos reales, porque no es un simple reproductor, al contrario, su función es recrear con un nuevo tinte todo lo que percibe en un proceso altamente fértil y productivo. Resulta un artífice, un orfebre que debe buscar incansablemente la perfección. Es un soñador de distintas latitudes y constructor de pirámides e historias, un mago hechicero de las palabras y testigo fiel de la realidad social e histórica, peregrino observador de la vida que siempre hurga en los interludios del pasado o visualiza el porvenir buscando las palabras precisas para atrapar la noche  o inventar nuevos amaneceres.

Escribir, bueno, acepto que la mayoría puedan escribir la teoría de sus materias o especialidad, redactar cartas, crónicas, contratos, notas informativas, artículos, ensayos y tesis de investigación con valiosas propuestas, de acuerdo, pero escribir, lo que se llama plasmar el alma, grabar el aliento en papel, tatuar el dolor en la blancura hirviente de la hoja solo el hombre o la mujer que ha traspasado la angustia y la desesperación, la hora de la mentira, el temor, el asedio, el horror de la traición, la injusticia, el abuso, la condenación propia, la verdad quemante, solo quienes desafían su tiempo y se concretan con férrea disciplina a este noble oficio que aun en pleno siglo XXI no recibe compensación económica para sobrevivir, aún así van incluso al encuentro de su propia muerte y seguramente no alcanzarán a grabar su nombre en la historia universal, pero sí en la inmortalidad de un cuento, de un poema o de una canción.

Ellos son los verdaderos escritores, porque las letras germinan de sus células; las frases, los poemas o anécdotas brotan radiantes de sus manos. Los latidos de su corazón graban la partitura infinitesimal de la existencia humana para alentar la esperanza, para fortalecer la capacidad de imaginar y de soñar, para conservar el asombro ante las cosas pequeñas e intrascendentes que también son valiosas.

Ellos continúan perseverantes escribiendo a pesar de las carencias e incomprensión porque es la única trinchera desde la cual pueden disparar contra la indiferencia, el egoísmo y la impotencia al comprobar la corrupción y ver que nuestro mundo en parte se derrumba ya que seres inocentes son maltratados o condenados a una vida sin vida al no establecer alianzas para impedirlo.

Los  verdaderos seguirán haciéndolo por la aparición inesperada de una flor o por el rayo de luna que asoma a la ventana, por el llanto inmaculado de un niño que sufre o por la voz débil del anciano que sigue amando la vida a pesar del dolor que lacera su cuerpo; en fin, muchos otros lo hacen para revelar y denunciar la crueldad de las fieras que a fin de cuentas solo responden a su naturaleza.

Los auténticos escritores escriben y seguirán escribiendo contra la ignorancia, la envida, contra el abuso y prepotencia de aquellos que se inflan como globos rutilantes con sus condecoraciones, títulos fáciles o amplias cuentas bancarias como si la vida, la felicidad y la sabiduría tuvieran precio.

Escriben y volverán a escribir porque el mundo necesita ejercicios de reflexión,  ejemplos de voluntad inquebrantable y sobre todo de esperanza para inventar realidades que puedan mejorar la nuestra que aún prevalece en las postrimerías de la equidad humana.





Martha Estela Torres Torres tiene licenciatura en letras españolas y maestría en humanidades. Entre sus libros publicados están: Hojas de magnolia, La ciudad de los siete puentes, Arrecifes de sal, Cinco damas y un alfil, Pasión literaria y Árboles en mi memoria. Actualmente es profesora de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras y editora en la Universidad Autónoma de Chihuahua.

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