Diego Armando Maradona: vida, gloria y
contradicción
Por Marco
Benavides
Hay vidas que parecen
escritas desde el principio con tinta indeleble, como si el destino hubiera
decidido, antes que cualquier voluntad, que ciertos nombres no podrían
borrarse. Diego Armando Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en Lanús, al
sur de Buenos Aires, y creció en Villa Fiorito, uno de esos barrios que las
ciudades latinoamericanas producen con abundancia: densamente pobres,
invisibles para el mapa oficial. De ese fondo surgió un niño que dominaba el
balón con una naturalidad que desconcertaba a los adultos. El lugar común:
tenía un don.
Debutó en Argentinos
Juniors en 1976, con quince años recién cumplidos, en una época en que
Argentina entera estaba siendo doblada por la violencia del Estado. El futbol,
como tantas veces en América Latina, operaba como el único ascensor social que
nadie podía clausurar por decreto. Pasó por Boca Juniors ‒donde la afición lo adoptó con esa lealtad más
parecida al amor que al fanatismo‒ y luego
cruzó el Atlántico hacia Barcelona, donde fue tan brillante en momentos
cruciales como frustrante, por las lesiones que sufrió. Fue en Nápoles donde la
historia encontró su lógica profunda: una ciudad herida reconoció en él su
propio retrato, y lo que pudo haber sido una relación contractual se transformó
en algo parecido a la redención mutua. Ambos eran genio y herida, belleza y
sufrimiento, orgullo y cicatriz.
El verano mexicano de
1986 es, en la memoria colectiva del deporte, una de esas fechas que no
pertenecen ya al calendario sino a la mitología. Argentina llegó al Mundial con
la selección de un país que cargaba todavía el peso de la guerra de Malvinas,
librada apenas cuatro años antes contra la misma Inglaterra que ahora la
esperaba en cuartos de final. Lo que ocurrió el 22 de junio en el Estadio
Azteca fue, a la vez, un partido de futbol, una pieza de teatro y un recital de
poesía: Maradona anotó con la mano y el público, atónito, a ese gol lo llamó
para siempre “la mano de Dios”. Cuatro minutos después recorrió sesenta metros
sorteando a medio equipo rival para anotar uno de los goles más impresionantes
de la historia. En esa doble firma ‒el
engaño y la obra maestra, la picardía y la belleza‒
se condensaba algo esencial de su carácter y, acaso, de cierta manera
latinoamericana de habitar el mundo.
Pero el mito también
tiene sus sombras, y en el caso de Maradona estas no fueron menores. La
adicción a la cocaína lo alejó durante años de los estadios y lo acercó a un
abismo del que salió repetidamente, aunque nunca del todo. Sus contradicciones
públicas ‒la cercanía con figuras como Fidel
Castro o Hugo Chávez, las declaraciones impulsivas y escandalosas, la vida
excesiva exhibida sin pudor‒ lo convirtieron
también en un personaje incómodo, difícil de administrar para quienes preferían
a los héroes sin fisuras. Sin embargo, fue precisamente esa impureza lo que lo
volvió indestructible como figura cultural: los santos no generan la devoción que
generan los que caen y se levantan y vuelven a caer. Su fragilidad era parte de
su elocuencia.
Murió el 25 de
noviembre de 2020, en Tigre, provincia de Buenos Aires, y el duelo fue global:
calles cerradas en Nápoles, llantos en Buenos Aires, silencio en Ciudad de
México. Ese alcance del luto ‒tan
desproporcionado respecto a lo que suele merecer la muerte de un deportista‒ confirmó lo que muchos ya sabían: que Diego
Armando Maradona no había sido, en sentido estricto, un futbolista. Había sido
un lenguaje. Y los lenguajes no mueren cuando muere quien los habla; sobreviven
en quienes los escucharon y no pudieron olvidarlos.
Hablar de él hoy es
hablar de todo eso a la vez: del niño de Fiorito que no tenía nada más que una
pelota y la certeza oscura de que era capaz de algo grande; del joven que
desbordó defensas, fronteras y expectativas en la misma medida; del hombre que
se perdió y se reencontró más veces de las que nadie podía contar; y de la
figura póstuma, ya definitivamente el mito, que el tiempo seguirá puliendo
hasta volverla exactamente lo que siempre quiso ser: un inmortal.
Dr. Marco Benavides, 10
junio 2026
Marco Vinicio
Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de
Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila;
entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la
Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto
Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro
Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y
también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y
subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor
de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia
académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua;
profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente,
investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la
revista web Med Multilingua.

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