miércoles, 10 de junio de 2026

Diego Armando Maradona: vida, gloria y contradicción


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Diego Armando Maradona: vida, gloria y contradicción

 

Por Marco Benavides

 

Hay vidas que parecen escritas desde el principio con tinta indeleble, como si el destino hubiera decidido, antes que cualquier voluntad, que ciertos nombres no podrían borrarse. Diego Armando Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en Lanús, al sur de Buenos Aires, y creció en Villa Fiorito, uno de esos barrios que las ciudades latinoamericanas producen con abundancia: densamente pobres, invisibles para el mapa oficial. De ese fondo surgió un niño que dominaba el balón con una naturalidad que desconcertaba a los adultos. El lugar común: tenía un don.

Debutó en Argentinos Juniors en 1976, con quince años recién cumplidos, en una época en que Argentina entera estaba siendo doblada por la violencia del Estado. El futbol, como tantas veces en América Latina, operaba como el único ascensor social que nadie podía clausurar por decreto. Pasó por Boca Juniors donde la afición lo adoptó con esa lealtad más parecida al amor que al fanatismo y luego cruzó el Atlántico hacia Barcelona, donde fue tan brillante en momentos cruciales como frustrante, por las lesiones que sufrió. Fue en Nápoles donde la historia encontró su lógica profunda: una ciudad herida reconoció en él su propio retrato, y lo que pudo haber sido una relación contractual se transformó en algo parecido a la redención mutua. Ambos eran genio y herida, belleza y sufrimiento, orgullo y cicatriz.

El verano mexicano de 1986 es, en la memoria colectiva del deporte, una de esas fechas que no pertenecen ya al calendario sino a la mitología. Argentina llegó al Mundial con la selección de un país que cargaba todavía el peso de la guerra de Malvinas, librada apenas cuatro años antes contra la misma Inglaterra que ahora la esperaba en cuartos de final. Lo que ocurrió el 22 de junio en el Estadio Azteca fue, a la vez, un partido de futbol, una pieza de teatro y un recital de poesía: Maradona anotó con la mano y el público, atónito, a ese gol lo llamó para siempre “la mano de Dios”. Cuatro minutos después recorrió sesenta metros sorteando a medio equipo rival para anotar uno de los goles más impresionantes de la historia. En esa doble firma el engaño y la obra maestra, la picardía y la belleza se condensaba algo esencial de su carácter y, acaso, de cierta manera latinoamericana de habitar el mundo.

Pero el mito también tiene sus sombras, y en el caso de Maradona estas no fueron menores. La adicción a la cocaína lo alejó durante años de los estadios y lo acercó a un abismo del que salió repetidamente, aunque nunca del todo. Sus contradicciones públicas la cercanía con figuras como Fidel Castro o Hugo Chávez, las declaraciones impulsivas y escandalosas, la vida excesiva exhibida sin pudor lo convirtieron también en un personaje incómodo, difícil de administrar para quienes preferían a los héroes sin fisuras. Sin embargo, fue precisamente esa impureza lo que lo volvió indestructible como figura cultural: los santos no generan la devoción que generan los que caen y se levantan y vuelven a caer. Su fragilidad era parte de su elocuencia.

Murió el 25 de noviembre de 2020, en Tigre, provincia de Buenos Aires, y el duelo fue global: calles cerradas en Nápoles, llantos en Buenos Aires, silencio en Ciudad de México. Ese alcance del luto tan desproporcionado respecto a lo que suele merecer la muerte de un deportista confirmó lo que muchos ya sabían: que Diego Armando Maradona no había sido, en sentido estricto, un futbolista. Había sido un lenguaje. Y los lenguajes no mueren cuando muere quien los habla; sobreviven en quienes los escucharon y no pudieron olvidarlos.

Hablar de él hoy es hablar de todo eso a la vez: del niño de Fiorito que no tenía nada más que una pelota y la certeza oscura de que era capaz de algo grande; del joven que desbordó defensas, fronteras y expectativas en la misma medida; del hombre que se perdió y se reencontró más veces de las que nadie podía contar; y de la figura póstuma, ya definitivamente el mito, que el tiempo seguirá puliendo hasta volverla exactamente lo que siempre quiso ser: un inmortal.


Dr. Marco Benavides, 10 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

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