Ha tomado el espejo de mis manos
Por Guadalupe Ángeles
Una imagen: miro mis ojos, apenas pasadas las
siete de la mañana (una mañana brillante), sentada en un pupitre como si
atendiera la clase, pero no, veo mis ojos ¿de qué color son?, en ese momento la
mano de la maestra se interpone en la contemplación, ha tomado el espejo de mis
manos… el regaño desapareció de mi memoria, sus mecanismos aún me son
desconocidos (quisiera decir del espejo y de la memoria, pero me refiero solo a
la memoria).
Ha sido en cambio esta mujer de cabellos
blancos quien me infectó del amor por la palabra, supongo, ya sabemos que no se
puede confiar en mi memoria.
El cuento viene a cuento porque… tampoco
importa. Creo entender, eso sí, que la contemplación de uno mismo tiene que ver
con la literatura, al menos en mi caso.
Sin ánimo de construir una autobiografía
(nada precoz en este caso), podemos reconstruir así, en ciertas imágenes, el
decurso de una vida. Y se antoja ir diciendo que somos un rompecabezas sin
armar. Me gusta también la imagen que alguna vez me regaló un maestro: somos el
camino de quien asciende por una montaña, pero de manera insensata quizá, si se
ve desde el cielo al caminante, va formando, con sus huellas, una línea espiral
(en caso de que la montaña fuera más bien un cono perfecto). Sí, se ríe uno de
estas imágenes, pero ¿no es muy sano reírse de uno mismo? Así pues, ser la
mirada que se mira o la línea en espiral que solo podrá llegar a la punta de la
montaña después de un gran recorrido, simpáticas maneras de vérselas con la
imagen para describirse a uno mismo.
¿Será locura mirarse al espejo y gritar a voz
en cuello que uno no es lo que es, que se considera uno un verdadero genio
escondido en esa mirada amarilla o roja?
Hacer el experimento no está de más, acaso
los ingredientes pudieran ser un acid jazz en los oídos (bien dentro ‒para ello son
útiles unos buenos audífonos) y alrededor gente que quiere hacerse oír mientras
uno finge demencia.
Hacerse el loco, desentenderse, ir a otra
parte. Bonitas formas de estar sin estar afirmando estar más que bien parado en
la vida.
¿Quién puede negar que no somos todos un
experimento? Asumirlo, vivirlo a fondo, aunque sea durante algunos minutos tal
vez nos regale un poquito más de vida. No sé. Tal vez.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

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