La red que somos
Por Marco Benavides
Hay una escena que vuelve
con frecuencia cuando pienso en la globalización: un hombre en Lagos escucha,
desde su teléfono ensamblado en China, una canción grabada en Nashville por un
colombiano que canta en inglés sobre el desamor. Nadie en esa cadena planeó el
encuentro.
La globalización es eso: la
creciente capacidad del mundo para conectarse consigo mismo. No es una política
ni un decreto; es un proceso ‒vivo,
contradictorio, a veces brutal‒ mediante el
cual bienes, personas, ideas, dinero y cultura circulan entre naciones con una
libertad que hace cien años habría parecido ciencia ficción. Sus motores son
conocidos: el comercio internacional que se multiplicó tras la Segunda Guerra
Mundial, las innovaciones tecnológicas que desde los años ochenta comprimieron
el tiempo y la distancia, las instituciones ‒OMC,
FMI, acuerdos de libre comercio‒ que
tendieron los rieles por los que corre este tráfico, y la movilidad, esa
migración constante de personas y capitales que no espera permiso de nadie.
El resultado es una
interdependencia sin precedentes. Lo que ocurre en un país resuena en otro
antes de que el periódico de la mañana llegue a los quioscos. Una cosecha
arruinada en Ucrania encarece el pan en El Cairo. Un virus emergente en una
ciudad remota puede detener, en semanas, la economía global. Un algoritmo
ajustado en Silicon Valley redirige flujos de publicidad que determinan qué
músicos en Ciudad de México logran ser escuchados. La causalidad se ha vuelto
oblicua, difusa, planetaria.
Sería fácil y deshonesto
detenerse en el asombro. La globalización también ha concentrado riqueza,
precarizado empleos, homogeneizado culturas. El mercado internacional que
promete oportunidades a todos no llega igual a todos los rincones. Hay una
asimetría persistente entre quienes dictan las reglas del intercambio y quienes
simplemente las reciben. El intercambio cultural, que suena a fiesta, a menudo
es monólogo: las mismas plataformas, los mismos algoritmos, la misma gramática
del entretenimiento impuesta sobre tradiciones que no pidieron ese molde.
Y, sin embargo, en esa
paradoja vive algo que merece más que condena o celebración. La globalización
nos ha dado un idioma compartido para los problemas que no reconocen frontera:
el cambio climático, las pandemias, la migración, el agua. Nos ha obligado ‒no siempre con gentileza‒ a reconocer que el otro existe y que sus
decisiones nos afectan tanto como las propias. Esa incomodidad es, quizá, el
comienzo de algo.
Vivir en este mundo
interconectado es habitar una red cuya extensión no abarcamos del todo. Somos,
a la vez, sus nudos y sus hebras. Lo que hagamos aquí importa allá. Lo que
decidan allá nos transforma aquí. La pregunta no es si queremos la red ‒ya estamos dentro‒
sino qué tipo de nudo queremos ser.
Dr. Marco Benavides 24 mayo 2026
Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

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