Herencia de un sol
Por Alejandra
Hernández Figueroa
Mi padre caminaba
la tierra
como quien recorre su sangre.
No tenía prisa.
El campo le marcaba el paso:
lento, firme,
con ese ritmo antiguo
que solo entiende quien ha sembrado.
Entre los surcos
encontraba respuestas.
No hablaba mucho,
pero miraba.
En su mirada cabía el clima,
la esperanza
y también la preocupación callada.
Primero fue el
algodón,
el oro blanco
que brillaba como promesa.
Pero la tierra, caprichosa,
envió una prueba:
la plaga.
Y entonces
aprendió, sin rendirse,
que el campo también enseña a soltar.
Vinieron después el
maíz,
humilde y generoso,
y el trigo
que ondulaba como un mar
bajo el viento del norte.
Y al final,
los nogales.
Árboles pacientes,
de raíces profundas,
como si supieran
que el tiempo no siempre trae agua,
pero sí memoria.
Aún viven.
Aún resisten.
Como un eco de sus manos.
Mi padre caminaba
para ver la cosecha,
decía que era ejercicio.
Pero yo siento
que en realidad iba a conversar con la vida.
Hoy, él ya no está.
Pero cuando el
viento cruza los campos,
cuando el sol cae sobre la tierra abierta,
cuando una semilla insiste en crecer
a pesar de la sequía,
ahí está él.
No en la ausencia,
sino en todo lo que sigue vivo.
Porque el campo no solo
da frutos,
siembra maneras de mirar el mundo.
Y a nosotros
nos dejó una valiosa cosecha:
el amor por la tierra.
Abril 2026
Alejandra
Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College.
Escribió y publicó los libros Tiempos de
viento y humo cuentos, Hojasen
poemas e Hilvanando cuentos. Publica
habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

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