miércoles, 27 de mayo de 2026

Herencia de un sol


 

Herencia de un sol


Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Mi padre caminaba la tierra
como quien recorre su sangre.

No tenía prisa.
El campo le marcaba el paso:
lento, firme,
con ese ritmo antiguo
que solo entiende quien ha sembrado.

Entre los surcos encontraba respuestas.
No hablaba mucho,
pero miraba.
En su mirada cabía el clima,
la esperanza
y también la preocupación callada.

Primero fue el algodón,
el oro blanco
que brillaba como promesa.

Pero la tierra, caprichosa,
envió una prueba:
la plaga.

Y entonces aprendió, sin rendirse,
que el campo también enseña a soltar.

Vinieron después el maíz,
humilde y generoso,
y el trigo
que ondulaba como un mar
bajo el viento del norte.

Y al final,
los nogales.

Árboles pacientes,
de raíces profundas,
como si supieran
que el tiempo no siempre trae agua,
pero sí memoria.

Aún viven.
Aún resisten.
Como un eco de sus manos.

Mi padre caminaba para ver la cosecha,
decía que era ejercicio.
Pero yo siento
que en realidad iba a conversar con la vida.

Hoy, él ya no está.

Pero cuando el viento cruza los campos,
cuando el sol cae sobre la tierra abierta,
cuando una semilla insiste en crecer
a pesar de la sequía,

ahí está él.

No en la ausencia,
sino en todo lo que sigue vivo.

Porque el campo no solo da frutos,
siembra maneras de mirar el mundo.

Y a nosotros
nos dejó una valiosa cosecha:
el amor por la tierra.

 

Abril 2026

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

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