Ya estoy aquí, María Mariquita
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
Una vez más de Avelino llegaba tarde a su casa. El hombre, regordete,
chaparrito y calvo, no tenía ninguna de las virtudes que pudiera presumir un
macho conquistador, pero él parecía no tener dificultad alguna en encontrar
compañeras para pasar la tarde o la noche en su compañía, disfrutando los
placeres de la alcoba. Como muchas veces antes, su esposa lo esperaba con un
ojo entreabierto y procurando no contrariar a su infiel marido con inútiles
reprimendas. Sin importar la hora, el romántico hombrecito anunciaba siempre su
llegada a grandes voces:
—Ya llegué querida. Ya estoy aquí, María Mariquita.
—¿Y cómo te fue?
—Bien. Me entretuve un poco porque tuve que revisar unos abultados
reportes generados por AI.
Antes de AI la excusa era la reconciliación bancaria, y aún antes, el balance
del debe y el haber. Pero María tenía buenos informantes y sabía que Avelino
había andado por ahí. Cuando lo miraba desde el punto de vista práctico, se
tranquilizaba un poco; después de todo, el negocio daba para eso y más. Cuando
lo hacía desde el punto de vista sentimental, claro que le dolía. El
pensamiento de dejarlo —con o sin divorcio‒ había acudido a lo largo de los años, no una
sino muchas veces a su cabeza.
A veces se preguntaba si ella misma no había sido una de tantas de la cual él
no se pudo desprender al terminar su aventura. Pero también, especialmente
cuando hablaba con sus comadres, se complacía en expresarse en forma
derogatoria y cáustica de sus rivales.
—Vieran la clase de araňas con las que el muy cretino se refocila y se
regodea. De todas ellas no se hace una que valga la pena.
—¡Ay manita! ¿No te da miedo de que traiga una enfermedad a la casa?
—No. Sé que se cuida. Y a veces va a una clínica donde lo inyectan.
—Será para las enfermedades menores, pero me refiero a esas que hay
ahora, como el SIDA, que una vez que te lo pegan estás frita.
Y pasaban a contarle de que “tengo una amiga que…
Avelino, por su parte, siempre honraba aquello de que “los caballeros no tienen
memoria“ y no alardeaba de sus aventuras y proezas amorosas. De cualquier forma
sus amigos ‒por entretenerse‒ le hacían preguntas al respecto:
—Y ¿cómo te fue anoche Avelino?
—Pues ¿cómo creen?
Pareciera que siempre le iba bien en sus andanzas: sabía lo que quería y sabía
cómo encontrarlo. El tono de las preguntas era siempre jocoso. Pero no faltaba
quien observara:
—Lo que pasa es que le tienen envidia.
Y alguien que completara:
—Lo que queremos es aprender de Avelino algunos trucos, saber cómo le
hace.
Como Avelino prefería andar en lo suyo, no muchas veces veces tenía que tolerar
tales escrutinios; solo lo hacía cuando de veras sentía que necesitaba una
cerveza.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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