Deshilarse es la trama. Deshabitarse, el
anhelo
Por Guadalupe Ángeles
La resonancia magnética puede. Y si ella
puede, yo también. Todo parece una cuestión de ego, y si con ello me enredo en
las barbas del ello, habré de disculparme porque no lo inventé, ni lo digo con
burla, al contrario, nada merece más mi respeto que esos conceptos que
pretenden explicarnos. Somos un iceberg, se funden los recuerdos y apenas nos
tenemos en pie si decidimos transportamos a nosotros mismos a ese lugar sin
límites de nuestra mente.
Hay un límite que no es ninguno. “Porque no
hay dolor más grande que la vida consciente…”, ¿cómo era? “Ser y no saber nada”
y “ser sin rumbo fijo”.
¿Por qué adoramos el terror? Porque ningún
miedo profundo nos arranca de nosotros mismos y eso es lo que vamos buscando
como quien huye de la muerte… de alejarnos, por eso la música y por eso las
películas. Ya sabes de lo que estoy hablando.
No hay manera de amistarse con fantasmas. A
lo más que se puede llegar con ellos es a huir, como de nosotros mismos, ¿por
eso amamos las películas de terror? Porque algo va entrando en la caja
torácica, el miedo da frío, una sensación de que dentro algo cambia, y sabernos
desconocidos de nosotros mismos, es grave, como soltar la mano de quien nos
enseña a caminar.
Ése es el éxito de las películas de terror.
Asustarse también es ausentarse, pero muy
dentro de uno mismo. Y a esos paisajes son a los que no podemos habituarnos.
Por eso los edificios y los parques, por eso las reuniones y las conversaciones
sin sentido. ¿Cuántos de los que conoces son capaces de hablar con profundidad
de lo que realmente les afecta? Huimos del miedo a vernos ¿mal?, la incomodidad
es la peor de las alternativas, por eso suavizamos nuestras palabras, por eso a
veces preferimos el silencio.
Mi
recuerdo de aquella calle es distinto del tuyo. Yo anhelaba estar frente a ti.
No era una simple historia de amor. Era la última. En alguna parte de mis
paisajes interiores (llenos de ausencias que nunca dejan de gritar) me lo
prometí. Porque amarte era amar a un fantasma. Aunque no fue la primera vez que
creí ver a ese amado muerto en otro cuerpo. Ya sé, me han aconsejado dejar a
los muertos como están. Extraño consejo, porque precisamente es con ellos con
quienes no se puede hacer otra cosa que dejarlos en paz. Y yo nunca les tuve
miedo, quizá me he peleado con ellos, pero temerles nunca.
Así funciona esto. Pensarnos, amar lugares, personas, cosas, ¿va a
alguna parte? Amo el sonido de los pájaros. Cerca de mi casa hay árboles cuya
estatura también amarías si la vieras. En las tardes de tormenta, antes de que
la lluvia inicie a mojar sus hojas, esos árboles se mecen como navíos en medio
de la tempestad. Verlos es hermoso. También es muy bello que las aves vivan
entre sus ramas.
Por eso un ave es lanzada y luego vuela (¿o solo los seres humanos hemos
sido lanzados a la existencia?) Ni a quién preguntar por qué no volamos. “Ya
mis hermanos lo desearon demasiado, tantas monedas lanzadas a la fuente de los
deseos en nombre de ese sueño lo confirman”.
Como quien besa un crucifijo, escucho las aves esta tarde y se entibia
esa habitación donde late mi corazón.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la
revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El
Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y
en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.
Actualmente radica en Guadalajara.

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