lunes, 15 de junio de 2026

Deshilarse es la trama. Deshabitarse, el anhelo


 

Deshilarse es la trama. Deshabitarse, el anhelo

 

Por Guadalupe Ángeles

 

La resonancia magnética puede. Y si ella puede, yo también. Todo parece una cuestión de ego, y si con ello me enredo en las barbas del ello, habré de disculparme porque no lo inventé, ni lo digo con burla, al contrario, nada merece más mi respeto que esos conceptos que pretenden explicarnos. Somos un iceberg, se funden los recuerdos y apenas nos tenemos en pie si decidimos transportamos a nosotros mismos a ese lugar sin límites de nuestra mente.

Hay un límite que no es ninguno. “Porque no hay dolor más grande que la vida consciente…”, ¿cómo era? “Ser y no saber nada” y “ser sin rumbo fijo”.

¿Por qué adoramos el terror? Porque ningún miedo profundo nos arranca de nosotros mismos y eso es lo que vamos buscando como quien huye de la muerte… de alejarnos, por eso la música y por eso las películas. Ya sabes de lo que estoy hablando.

No hay manera de amistarse con fantasmas. A lo más que se puede llegar con ellos es a huir, como de nosotros mismos, ¿por eso amamos las películas de terror? Porque algo va entrando en la caja torácica, el miedo da frío, una sensación de que dentro algo cambia, y sabernos desconocidos de nosotros mismos, es grave, como soltar la mano de quien nos enseña a caminar.

Ése es el éxito de las películas de terror.

Asustarse también es ausentarse, pero muy dentro de uno mismo. Y a esos paisajes son a los que no podemos habituarnos. Por eso los edificios y los parques, por eso las reuniones y las conversaciones sin sentido. ¿Cuántos de los que conoces son capaces de hablar con profundidad de lo que realmente les afecta? Huimos del miedo a vernos ¿mal?, la incomodidad es la peor de las alternativas, por eso suavizamos nuestras palabras, por eso a veces preferimos el silencio.

            Mi recuerdo de aquella calle es distinto del tuyo. Yo anhelaba estar frente a ti. No era una simple historia de amor. Era la última. En alguna parte de mis paisajes interiores (llenos de ausencias que nunca dejan de gritar) me lo prometí. Porque amarte era amar a un fantasma. Aunque no fue la primera vez que creí ver a ese amado muerto en otro cuerpo. Ya sé, me han aconsejado dejar a los muertos como están. Extraño consejo, porque precisamente es con ellos con quienes no se puede hacer otra cosa que dejarlos en paz. Y yo nunca les tuve miedo, quizá me he peleado con ellos, pero temerles nunca.

        Así funciona esto. Pensarnos, amar lugares, personas, cosas, ¿va a alguna parte? Amo el sonido de los pájaros. Cerca de mi casa hay árboles cuya estatura también amarías si la vieras. En las tardes de tormenta, antes de que la lluvia inicie a mojar sus hojas, esos árboles se mecen como navíos en medio de la tempestad. Verlos es hermoso. También es muy bello que las aves vivan entre sus ramas.

        Por eso un ave es lanzada y luego vuela (¿o solo los seres humanos hemos sido lanzados a la existencia?) Ni a quién preguntar por qué no volamos. “Ya mis hermanos lo desearon demasiado, tantas monedas lanzadas a la fuente de los deseos en nombre de ese sueño lo confirman”.

        Como quien besa un crucifijo, escucho las aves esta tarde y se entibia esa habitación donde late mi corazón.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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