sábado, 16 de mayo de 2020

Alberto Carlos. Recordar es vivir

Arte de Alberto Carlos
Recordar es vivir

Por Alberto Carlos

—Papá, llévame a ver Flash Gordon.
—¡Cómo no, hijo!, vamos a ver Flash Gordon.
Allá por los treintas a los chamacos nos fascinaban con Flash Gordon, que entonces se daba en episodios a modo de cortos entre películas de largo metraje, que no eran de metraje muy largo. Cada domingo se llenaba el cine de mocosos que íbamos a ver si Dalia se salvaba de los arrumacos de Ming, o si Flash escapaba de la trampa mortal.
Recordar es vivir —me dije— y nos fuimos al cine. Perdimos un buen rato en estacionar el automóvil, la función había empezado y todavía se nos esfumaron otros minutos haciendo cola en la taquilla.
—Bueno —nos consolamos— deben estar apenas en los cortos, que ahora son comerciales de bebidas espirituosas para que los chavos vayan agarrando la onda húmeda. Hay que reconocer que la rubia de las cheves está como quiere y que los señores voltean a ver a sus consortes como diciendo no, pos no. Que Antony Quinn no se atreve, ni por el placer de ser, a probar el menjurje que anuncia y que John Gavin nada más lo huele
Entramos al jacalón con butacas cuando Flash Gordón era tacleado y le pasaba la pelota a Dalia, esta se la pasaba a Sarcoff y Sarcoff se la pasaba de nuevo a Flash.
En plena oscuridad tratamos de encontrar asientos cuando resbalé con medio hot dog que estaba tirado en el piso. Tuvimos que salir al lobbie para deatascar el zapato con un palito de paleta de los muchos que hay tirados por allí. Entramos de nuevo en el momento en que a Sarcoff le lavaban el cerebro. Medio vislumbramos por ahí un par de butacas libres; al entrar a ocuparlas, con tan poca visibilidad, le tiramos su bolsa de palomitas a una señora que nos arrimó una bronca fenomenal.
Vuelta al lobbie a comprar palomitas para reparar el daño.
Entregamos las palomitas y ya casi ganábamos unos asientos cuando apareció en la pantalla la palabra “intermedio”.
Tomamos asiento cerca del pasillo. Se apagó la luz y nos dispusimos a ver, de perdida la segunda parte cuando empezó el jaleo en la pantalla, una familia completa cargada de provisiones como si fuera de día de campo a Los Llorones pasó por encima de nosotros. Yo recibí un pisotón y un baño de root beer; mi hijo quedó impedido de la vista por un pastoso ice cream y ambos fuimos a los sanitarios a desfacer el entuerto.
Al entrar de nuevo dimos unos cuántos pasos y nos regresamos cohibidos por el ruido que hacíamos al pisar cáscaras de pistachos, celofanes y vasos de plástico.
Enmedio de las protestas del respetable, ya que pasaba una escena de amor entre Flash, que perdía los controles de la nave y la hija de Ming a la que no podía controlar Flash... o se hacía tarugo... porque la hija de Ming era mucha hija.
Terminamos de ver el resto, que fue bien poco, parados cerca de la puerta de entrada, repartiendo la atención entre el ruido de la calle, el rítmico masticar de chicle del público, el crujir de celofanes y el sorber de refrescos. Quedarnos a la segunda función nos pareció excesivo y salimos.
Mi recordar es vivir se quedó en veremos. A ver si después alguien me la platica.
Mayo 1981



Alberto Carlos. Artista nacido en Fresnillo, Zacatecas, avecindado en Chihuahua desde la infancia. Con medio siglo de trayectoria, su vasta obra mural, escultórica y de caballete abarcó una diversidad de técnicas y temáticas. Su natural inquietud y amplia cultura lo llevó a incursionar en la literatura y el periodismo, en géneros como la poesía, el cuento, el ensayo, la calavera, el epigrama y la columna, los cuales publicaba en periódicos como el suplemento Tragaluz de Novedades de Chihuahua, El Heraldo de Chihuahua, y en las revistas Tarahumara y Solar.

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