martes, 25 de noviembre de 2014

Mario Lugo: La ceremonia del adiós de Simone de Beauvoir

[Foto: Chávez, 1990].




Acerca de La ceremonia del adiós de Simone de Beauvoir




Por Mario Lugo




Con la piel cada vez más enjuta; pero, irónicamente, guardando muchas veces la misma intensidad intelectual de mejores tiempos, víctimas de la senilidad nos acercamos paulatinamente a la muerte. Surge entonces la incontinencia urinaria, la amnesia temporal; como despiadado divorcio momentáneo de quien nos ama.

Sobrevienen  momentos penosos en que esfínteres fuera de control nos obligan a defecar sobre nuestras ropas ante la sorpresa de quienes siempre nos consideraron ecuánimes, discretos, inteligentes.

Claro, no siempre ocurre así. Eventualmente puede existir la fortuna de la muerte súbita. O quizá, una piadosa enfermedad que nos prive de vivir esa suerte de calvario que se nos tiene deparado. Sin embargo, es prudente prepararse para lo peor.

Jean Paul Sartre, como tantos otros viejos, supo de esa experiencia demoledora. La ventaja, si podemos llamarla de esa manera, estriba en que él pudo contar con una testigo admirable a su lado que supo, y pudo seguirlo hasta el final.

La compañera del filósofo francés, Simone de Beauvoir, provista de una sabiduría obtenida al fragor de la lucha política, la práctica literaria y la cercanía a uno de los talentos filosóficos más poderosos del siglo, no escapó, sin embargo, al impacto de la experiencia de la vejez no solo en carne ajena, sino en carne propia y en el espíritu del hombre que amaba.

Al morir Sartre, Simone, su mujer, y sobre todo su amor, reacciona como mujer enamorada: En un momento dado, rogué que me dejaran sola con Sartre y quise tenderme a su lado, bajo las sábanas. Una enfermera me detuvo: - No,  cuidado... la gangrena (pág. 165.)

La literatura, la filosofía, la lucha política. Las pasiones, las largas discusiones, la cárcel, los escándalos. Nada es importante, solo el amor. El amor al principio. El amor al final. El amor siempre.

Quizá por todo ello Simone concluye con humildad y desolación: su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es; y fue hermoso; ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo tanto tiempo. (pág. 166.) (…) y no me reuniré con usted; aunque me entierren a su lado, de sus cenizas a mis restos no habrá ningún pasadizo”(…)


De la reseña            La ceremonia del adiós. Simone de Beauvoir. Ed. Hermes. México. 1983.



Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochentas del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

1 comentario:

  1. La reflexión acerca de la muerte tiene a veces tono trágico y trascendental; los relatos de los últimos años, las miserias del cuerpo en la caída.

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