martes, 22 de diciembre de 2015

El Güero Chuy. Relato de Gabriel Borunda







El Güero Chuy



Por Gabriel Borunda



―Verás, yo no tenía mucha fe en Dios, así como tú.

―¿Y ahora de dónde tan rezandero, mi buen? Y usted que se las come ardiendo con lo de la ciencia y esas cosas.

―Esto que te voy a platicar ocurrió cuando yo entré a la haischool. Me inscribí en la de El Paso, que en esos tiempos solo tenía alumnos blancos, o mexicanos hijos de políticos. Nosotros, los del segundo barrio, no podíamos ir ahí.

―¡Chale!

―El caso es que me daban carrillón; me decían el pachuco, una jainita se me acercó y empezamos a platicar, güera pero muy buena onda, no era la que más rifaba, pero estaba bonita y me surtían un día en la mañana y otro en la tarde por ella, pero yo nomás platicaba. ¿Quién diría que terminaríamos casados?

―¿A poco es la gringuita que vive con usted?

―Esa mera.

―También camella de maestra ¿verdad?

―Sí, en el Comunity.

―Yo no era muy religioso, ni católico ni cristiano, pero todos los días los compas del barrio me recibían bien madreado y estaban alistando una madriza para los güeros de la escuela. Pero un par de compas seminaristas, uno cristiano y otro católico, nos hacían rezarle a diario al Güero Chuy. Una tarde al salir de la Public Library ya venía para el barrio cuándo se me aprontan como quince güeros de la escuela y me reclaman que esté saliendo con la Katy; ni pa’onde correr. En eso se para un Chevy de colores bien acá, deslumbrantes, como si estuviera hecho con luz y se baja un cholo chingón, muy Zootsuit, se apea, se mete las manos en los bolsillos y empieza a darle a la cadena. Con él andaba un tal Pedro que ya quería tundir a los anglos, pero el Güero lo para con un ademán. El Pedro había sacado un fierrón, tremendo machete, los otros compitas que estaban en el Chevy ya le iban a brincar, pero con un gesto el güero los calmó.

―Les dice a los anglos: lo que quieran con este bato, aquí conmigo. Voltea a ver los otros del Chevy y les dice: los demás no se van a meter, yo solo tengo para todos. Billy, el jefecillo y jugador de futbol se le arranca y todos los demás también. ¡Nombre, mi chavo! El Güero a puras patadas, trompones, los otros ni lo veían. Allí se quedaron madreados.

―Volvió al Chevy y lo puso a dar saltos. Luego me dijo: “Usted nomás hábleme cuando me necesite, que para eso estoy, para apalancar a los cholos y a los paisas”. Algo me dijo de los salmos pero ya no lo recuerdo. Ya después me dijeron: ese cholo es Dios, el Güero Chuy, en el confiamos, él nos cuida. Desde entonces creo en Dios.

―¿Y por qué no se ha ido del barrio, mi buen?

―Porque ahí está el Güero Chuy y yo no me alejo de él, ni la Katy ni mis hijos.



Gabriel Borunda Olivas es licenciado en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua y maestro en filosofía por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Entre sus libros publicados hay estos: Asesinato en la biblioteca, Para empezar a escribir y La lectura de los jóvenes en Chihuahua.

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