sábado, 27 de febrero de 2021

Josías Vargas. Meche

Foto Pedro Chacón

haikús/ Josías

Meche

 

 

 

 

Por Josías Vargas

 

 

 

 

En pasión carnal,

solo así te quise.

Te amé siempre.

    (18-04-2019)

 

 

 

 

Antes bramabas,

me gritó mi cónyuge;

ahora ladras. 

    (27-05-2019)

 

 

 

 

Qué cruel insomnio,

cuántos remordimientos.

Ya sin ti, Meche.

    (20-05-2020)

 

 

 

 

Rica herencia, 

encontré congelada:

salsa de Meche.

    (22-05-2020)

 

 

 

 

En hora buena:

hija, madre; abuela...

cargaste tu cruz.

    (15-03-2020)







Josías Vargas escribió la pieza teatral Algunas cosas están colgadas. La estrenó en 1971 en el Paraninfo Universitario, donde fue director, actor y autor. En 2008 y 2009 produjo el programa de radio Los umbrales del paraíso, donde él mismo era el conductor, en el 1040 AM de la Cadena Radiorama, 70 emisiones de una hora. En 2008 compiló para el Gobierno del Estado, el Ichicult y el Congreso de Chihuahua una exposición póstuma de Francisco Reyes Acosta en la Torre Legisltativa. En 2018 publicó su libro Mexico siempre riel, México en el imaginario poético de Bob Dylan. Actualmente publica ensayos en el suplemento TragaLuz de El Heraldo de Chihuahua.

viernes, 26 de febrero de 2021

Luis Fernando Rangel. Los caminos a Roma


v/ lfr

Los caminos a Roma

 

 

Por Luis Fernando Rangel

 

 

Naciste en el día más triste del año, mi amor,

o al menos eso dicen los datos inútiles de un libro inútil de curiosidades

con las que nos reímos o por las que lloramos y de nuevo nos reímos.

¿Sabías que las abejas saben contar pero solo hasta cuatro?

¿Sabías que al chasquear los dedos lo que suena es el golpe del dedo contra la palma?

¿Sabías que hasta hace doscientos años los zapatos de ambos pies eran iguales?

¿Sabías que Leonardo da Vinci inventó las tijeras?

 

Y te sorprende lo de las abejas, los dedos, los zapatos,

pero no te sorprende lo de Leonardo da Vinci

porque te gusta leer datos históricos curiosos

y sabes que fue pintor, arquitecto, científico, escritor y músico

y pensó que un cuerpo es una casa y que una palabra es suficiente

para inventar todas las cosas: una palabra como una casa, también,

para habitarla y desde ella entender el mundo, el cuerpo, la mente y el alma,

pero a ti no te gusta la metafísica y yo no la entiendo pero sé que se llama así por el azar

y porque Andrónico de Rodas no supo cómo bautizarla.

 

Y me pregunto: ¿los nombres son arbitrarios?

Digo tu nombre y pienso que no, porque al decirlo

las mariposas despiertan y se me salen por la boca.

Por eso lo digo así, entre risas y con palabras cursis,

porque cuando te veo se descompone mi máquina de palabras

y ya no puedo hacer juegos del lenguaje ni puedo inventar un nuevo idioma

pero puedo decir que Amor al revés es Roma

y sé que todos los caminos llevan a Roma

y quiero creer que todos los caminos llevan al amor

y tengo la certeza de que todos los caminos me llevan a ti.

 

Mi amor,

¿sabías que en todos los continentes existe, por lo menos,

una ciudad que se llama Roma?

 

Mi amor,

¿quieres caminar conmigo?

 




Luis Fernando Rangel es licenciado en letras españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente es Jefe de Unidad Editorial en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, donde es editor responsable de la revista Metamorfosis y conductor del programa radiofónico El Pensador en Radio Universidad. Es autor de los libros Hotel Sputnik, Conversación de dos gatos, Poemas para un Lugar Común, Dibujar el fin del mundo y Los líricamente desmadrados. En 2019 coordinó el taller de poesía y la antología No haremos obra perdurable. Recientemente obtuvo el IV Premio Nacional de Poesía Germán List Arzubide con la obra Corridos de caballos.

jueves, 25 de febrero de 2021

Luis Kimball. Parcelas en el imaginario del diablo


Parcelas en el imaginario del diablo

La Tiricia, novela de Guillermo Hernández Orozco

 

 

Por Luis Kimball

 

 

La Tiricia, de Guillermo Hernández Orozco, se orquesta como novela de aventuras con un escenario natural de drogas y pobreza. Así nos da la bienvenida:

 

La verdá es que me arrempujó la necesidá, yo ni siquiera conocía la amapola, cuantimás la goma. Jue Juventino el que me metió en la maceta que la sembrara.

 

Empieza en prisión, aunque los personajes no están apandados, sufriendo miseria, ni intercambiando experiencias transformadoras en novelas célebres como aquella de Manuel Puig, ni revelando la ciencia de sobrevivir el hacinamiento, cual hace Solhenitzi. Son norteños mexicanos, así nomás, paseándose por el patio; para mejores señas, deambulan entre Ojinaga y Jesús del Monte, o sea, parcelas en el imaginario del diablo, donde conviven y hacen planes porque la cárcel es cosa normal que les pasa a los hombres que hacen de hombres:

 

Y ¿qué le achacan? insistió.

Pa´qué le decía que la muerte de mijo y la de mi compadre.

Mejor le contesté:

Me agarraron con goma” (p. 15).

                                

El elemento del suspense nos hizo pegarnos a su lectura con la imborrable deuda de sangre, al estilo de las novelas del oeste.

 

Cuando regresé con la bestia, ya mija estaba tendida y sí le creo que el balazo era pa´Usté. Porque así, nomás por nomás, no se mata a nadien (p. 11).

 

Es un relato cuyo cuestionamiento moral ante la muerte u otros delitos es mínimo y pertenece solo a sus personajes, como quien calcula para cuánto le alcanza al entrar a un minisuper:

 

Así no podía pensar en matar al Tibus, aunque juera soltándole un pedradón a media maceta, sentía que de a feo andaba falto de juerzas (p. 44).

 

¿Ve? Como cuando uno deja el shampoo bueno, las manzanas y un Milki Way prescindibles, que personas normales debíamos intentar a precio Oxxo. Nunca deja de haber este cálculo: ese corte de caja que va midiendo la vida, en las pláticas naturales de cuando se vive a salto de mata:

Por el cuidado con que va trazando a La Coyota, el Culebro, El Tibus, La Tiricia puede parecer relato costumbrista. Sin embargo, la velocidad con la que acontecen los hechos, el ritmo despellejado con el que se van amontonando los  cadáveres sin ningún drama, recuerdan más a la novela de vaqueros: ese personaje inútil convertido en pistolero con la fiebre del oro. Pasa cerca de la novela del realismo social, pero sin calificativos morales. De pronto lo que narra Hernández es el fin de los tiempos, sin religión ni política; no postapocalíptico, sino cercano a nuestro ahora.

No hay esas voces de malditos propias del cine (ni esas miradas, ni sentencias memorables antes de jalar el gatillo):

 

[…] y en la bola salió un balazo [...] y... así acabó la cosa (pág. 17).

 

 Uno habita la novela junto a esa cantidad de personas. No es que sean malas personas: el crimen es el estado de cosas y, aunque tranquilos, siempre andan con el percutor amartillado.

 

Unas veces pensaba que lo mejor era horcarlo, otras que era bueno conseguirle yerba, al fin le gustaba, y ya cuando estuviera bien arreglado, amarrarlo en mi celda y a punta de patadas madrearlo (pág. 18).

 

Una aventura que devela, a través de unos cuantos asesinatos, la tersura moral del terreno.

Al principio aparece el tono costumbrista cristalizado quizá en esa separación de clases con que Mariano Azuela va describiendo desde el narrador, un señorito letrado de la ciudad de México durante el proceso revolucionario, acentuando los modos torcuatos del campesisno, a los que enraiza emociones fuertes como incontenibles: el buen salvaje.

 

Se puso en cuclillas, le dio dos fuertes fumadas al cigarro, luego, con la muñeca del brazo izquierdo, se levantó un poco el viejo sombrero norteño, alargó la mirada hasta el guardia que estaba sentado allá arriba (p. 7).

 

Cierta desconfianza: ¿alargó la mirada? ¿En cuclillas? No es que no lo haga la gente de cualquier parte, pero la semiótica, el orden sintáctico y nombrar norteño a un sombrero cuando es más propio nombrarlo contando las pedradas recibidas o de plano por la marca que ande rifando, delata al escritor foráneo, pero también al escritor que no se detendrá por nada, pues la literatura no está nunca dada, por más que parezca: se construye.

La cadena de venganzas en La Tiricia va a lo práctico, nunca al sadismo, cada vez calculando cuanto debe cada uno y cuanto lleva derecho a cobrar.

Aparece un desierto muy nombrado con todo y soles, pero no luminoso, quizá algo húmedo, curioso, quizá conforme uno se va enterando que unos y otros de los pocos personajes, aunque hablen con parquedad, en realidad lo hacen bastante, gastando saliva hasta cuando piensan, pues eso: una creación literaria.

 

Entonces empezó por morirse, no dijo nada, ni un pujido, pero se torció. Yo creo que se murió de puntada, porque de hambre no (p. 64).

 

La Tiricia es un micromundo esclavizado a la tiranía del relato: lo que no afecte a sus personajes no importa, y esto genera la tensión en el lector, que llama a nuestro yo sádico revestido de justiciero, como explicaría Ernst Mandel en Crimen delicioso.

A veces sentí de manera sobrepuesta cierto formalismo del letrado. El conocimiento del enterado de Historia, noticias y geografías tan detalladas delata al escritor culto sobre el relator, generando esa distancia que en el inicio de la novela percibí elitista. Sin embargo, lleva una inscripción natural de la experiencia humana para cualquiera menos quisquilloso y se aprovecha de recuerdos, noticias e información antropológica para construir un montaje que revela verdad.

En el segundo capítulo, uno como lector ya ha aceptado como personas a los personajes, que van desde la escena cotidiana del plantón de maestros a recolectores de caléndula. Los maestros cotorrean sobre las compañeras normalistas, entre coreo y coreo de consignas dictadas con esa falta de pasión de tarea que encarga el sindicato. Los calenduleros habitarán el más parco Comala y hablarán de lo que sea que allí haga sentido. En lo de buenos y malos no deja duda: eso es meramente circunstancial al ir jugando los roles en una sociedad tan asumida como criminal, que nadie juzga salvo para fines prácticos: ayudar a uno a vender algo porque necesita el dinero, meter a otro a la cárcel porque ya había robado y matado y se notaba. ¿Cómo habría de ser diferente, cuando las pocas autoridades que aparecen no son más que parte del mismo negocio de matar y economizar así en gastos de justicia? Desde el principio, nadie requiere tanta explicación, a lo que se dedique uno u otro, entienden bien lo que es “empezar de abajo”, “goma base”, “laboratorio” y sus funciones, porque no hay de otra. O migrar bajo la mirada de Rangers asesinos.

Se entretendrá. Esta novela de aventuras no rellena párrafos, sopesa cada elemento como deben pensarse los insumos para emprender la huida.

 

Hernández Orozco, Guillermo: La Tiricia. Editorial UACH, México, 2006.

 




Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Elvira Catalina Gutiérrez. Tengo que ser agradecida

Tengo que ser agradecida

 

 

Por Elvira Catalina Gutiérrez

 

 

Tengo que ser agradecida

por lo bueno y malo que a mi vida se le da.

He visto errores florecer en bendiciones,

el azar hace su trabajo para bien o para mal.

A veces las cosas no se pueden cambiar.

Si te olvido soy ingrata,

y aunque no quisiera,

las gracias tengo que dar.

 






Elvira Catalina Gutiérrez. Licenciada en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Tiene maestrías en educación y en periodismo. Es profesora de literatura en secundaria y trabaja en radio con un programa cultural. Es autora de un libro sobre el tema Juana de Ibarbourou y otro sobre educación literaria para niños, ambos inéditos. Durante varios años escribió periódicamente en la revista Exprés.

martes, 23 de febrero de 2021

Andrés Espinosa Becerra. Pared blanca

los martes

Pared blanca

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

Hondo es el vacío,

nadie sabe qué tan profundo;

pasan los días tan salvajes

y al final de cada uno suenan las voces

como algo vago para el recuerdo,

ángeles hablando de frente a la pared;

pasan los días tan salvajes

es una frase tirada en la banqueta,

pasan los días a su modo,

como pasan, en fin,

mientras cerramos los párpados,

y frente a nosotros aúllan las preguntas,

las vergüenzas,

el desmoronamiento propio;

polvo que uno encuentra bajo el escritorio

al tentar el entrecejo,

al pensar que todo se debe a la insistencia

de la última hora de la tarde.

 

 





Andrés Espinoza Becerra, Córdoba, Veracruz 1958, hizo estudios de literatura hispanoamericana. Tiene tres libros de poesía publicados: Quinteto para un pretérito (1996), en coautoría con otros autores; Los días que no duermen (2004) y Una casa con silencio y patio (2019). En 1996 gana el premio Cuauhtémoc de poesía con Domingo Siboney. Tiene algunos proyectos en espera de aparecer, como El ramalazo de los recuerdos y El árbol de los ciruelos.

lunes, 22 de febrero de 2021

Luis Kimball. Un libro o compendio de libros reunidos en el tomo

 

Un libro o compendio de libros reunidos en el tomo

El árbol de la aurora, de Héctor Contreras López

 

 

Por Luis Kimball

 

 

Héctor Contreras López reunió en El árbol de la aurora (esa diosa guerrera) una serie de poemas de alta concentración, pues aquella educación que dará pie a las ciencias y a la libertad en las artes nos permite mirar al horizonte, privilegio antiguamente concedido solo a los dioses; se atreve a buscar por sí misma las respuestas al cosmos, a los secretos de la vida, como si nos pudiesen pertenecer. El numen de cada poema está ahí desde el principio, pero no todos sus elementos, sino que van apareciendo y cobrando relevancia en nodos nuevos y subsecuentes, desarrollando en cada estrofa una evolución del concepto:

 

Enséñame/ a despertar/ como tú,/ bajo el rocío/ de todas las madrugadas.

 

Dime cómo/ andar/ lentamente/ a su tiempo,/ bañado de colores/ de la primavera.

 

Dame/ la clave/ de tu reposo, de tu ancla,/ de tu mirar/ al cielo/ sin descanso (p. 11; Árbol de la vida).

 

De inicio, usará la formula renacentista, haciendo cada vez el verso más largo, un poco salmódico, y reconfigurando las genealogías deicas para nombrar lo humano, por donde correrá la actualidad del resto de libro o compendio de libros reunidos en el tomo, acrisolando en los versos, cada vez más narrativos, la estética de cada poema, ese par de versos que dan un silogismo en la cadencia de su imagen, como hallazgo de la filosofía: noticias: las nuevas antiguas verdades:

 

Today I have a family. / Tomorrow I don´t know.

 

Today I have a job. /Tomorrow I don´t know”

 

Today I have a room. / Tomorrow I don´t know

 

Today somebody is knocking/ They already know ( p. 23; Inmigrant’s Prayer).

 

Imaginarán las ganas que llevo de transcribirles medio libro: su mirada sobre las dunas de Samalayuca, su lectura de la masacre y humillación de los Victorios en Tres Castillos; la historia de ciertos pueblos Deni (o Dene); una buena cantidad de cosas escritas de esa manera que nos sumerge en el libro; pero eso acabará siendo no hacer la tarea...

 El árbol de la aurora resulta siempre haber estado ahí, como un retoño del mundo, esperando la caricia que dan los reflejos del primer rayo de sol a su fronda, la violencia de la batalla que nos espera cada día:

 

“I was a rock, facing the ice foam, / I was the little branch/ of a dead tree, drinking images/ and then, abandoning itself/ to the current” (p. 34).

 

Esta lectura deja en manos reliquias de lo sagrado, elementos de naturaleza, aquellos primeros poemas de versos cortos acrisolaron verdades que pone al cuidado del lector, no a su consideración, para el acto reflexivo que hace bajar la cabeza y guardar. Pero el verso se alarga y desacraliza mostrándonos una increíble capacidad del manejo verbal, en cadencia, imagen y concepto, mientras va consignando devenires:

 

Hincados están los moros/ y sentada está la novia/ tocando una maraca de notas de oro (p. 59; Matachines del pueblo de Jiménez).

 

Casi da pena leer la ternura que consigna a momentos, como está descripción del herrero:

 

En casa del herrero/ sonrisa de niño y/ mirada de cielo (p. 67).

 

El poema al estilo de la ronda infantil da mucho más, balanceándose con sorpresa reveladora al lector, y al igual que estas cancioncillas, abunda en tercetos, que ya podrían ir decantándose a lo largo del uso popular que los estribillos dan a la memoria.

 Héctor Contreras concentra aquí fragmentos de la sencilla escritura contemporánea, haciendo uso de la energía e inteligencia del escritor modernista (pulcro) y la capacidad formacional de un clásico.

 El libro entrega fragmentos de rescate histórico, postales europeas, argelinas, estadounidenses y sudamericanas (lamento llamarlas así, pues sus contenidos deslindan lo decorativo, alcanzando esa otra emoción que solo da una estética propia; pero ilustra para el comentario); Manets al natural captados a orillas del Sena, aparece Barcelona o desaparece, ya que solo muestra el autobús; luego menos, el gesto de los niños y con ello una imagen del entorno a la que puede sobrarle realidad, como a la fotografía, que siempre supera a la memoria.

 

¿Sabías que Montevideo/ es una colección/ de banquetas, de parques/ y cementerios que un niño/ imagina desde la ventana? (p. 99; Montevideo).

 

En el apartado llamado Gramática de la respiración, da versiones libres de cantos esquimales, traducciones de poetas sudafricanos que no tendríamos de otra manera.

 Y luego, sí, postales (nombradas así por él mismo), del Parque Lerdo en el centro de la ciudad de Chihuahua.

 Los casos poéticos que implican historia van muy bien referidos y aún le da tiempo de no callarse, describiendo la costumbre canalla de aderezar nuestra vida folclorizando, queriendo apropiar el ser de pueblos originarios, esos los vergonzosos orgullos sobrepuestos y desplazantes:

Las 180 páginas deben leerse y resulta en mucho inútil tratar de describir más.

El libro compendia las posibilidades del autor en español y en el inglés que le es natural, un autor profesional, con lo que tiene de agravio llamarle así a quien escribe con arte.

Queda comentar que en el trasfondo de las letras se reconoce, tras la mesura, al hombre de cultura muy amplia y bien reflexionada. Se traslucen influencias, como en cualquiera; pero la voz, el pensamiento, es claramente propio y solo parece homenajear la naturaleza, la niñez y los lugares en su tránsito o habitabilidad. La cultura en los poemas no se rebasa a sí misma, sino que vuelve a nombrarnos y les concede el ser.  

Lo sabrán algunos; pero, para los que no: aquí hay un escritor muy completo, revelador, pausado, disfrutable, al que hay que pedirle más libros.

 

Contreras López, Héctor: El árbol de la aurora. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2011.

 




Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.