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sábado, 6 de abril de 2024

Sobre Trazos en el tiempo y comentarios satélites. Luis Kimball

Sobre Trazos en el tiempo y comentarios satélites

 

 

Por Luis Kimball

 

 

Aunque no tenga una mesa de café dónde ponerlo, cargar el kilo y 300 gramos del tomo Trazos en el tiempo con portada rosa solferino urge al café. A ese color también se le llama rosa mexicano y remite a la Guelaguetza; en la plástica, constituye una declaración de principios: lo tomó Chucho Reyes de bandera.

El libro congrega artistas plásticos en y de Chihuahua, de entre el año 1900 y el 2021. Está editado por el Grupo Cementos de Chihuahua (GCC).

Quien emprende colección o antología se prepara para coronas de halagos y coronas de espinas.

Este emprendimento fue conducido por el pintor José Pedro Gaytan ‒a veces lo encuentro comiendo en La Malinche‒. Este libro amplía la visión que me habían generado sus apreciaciones honestas y emotivas sobre, por ejemplo, pintores de Oaxaca.

Trazos en el tiempo presume ser primero en su tipo y es cierto, estaba pendiente. Ya había un tomo amplio sobre la fotografía de chihuahuenses a cargo de Héctor Jaramillo. Y la misma editorial nos ha brindado obras como la dedicada al escultor Sebastián, el cual supongo no fue incluido esta vez porque, ante lo internacional que ha resultado, lo chihuahuense le queda como mero dato biográfico. Es lamentable su ausencia, pero más adelante abordaré el asunto de las ausencias.

El tomo puede usarse de varias maneras: como asiento era indispensable; como material lúdico es ampliamente disfrutable, pues sus láminas llenas de color no son interrumpidas ni con paginación. Como fichero, informa y eso se agradece. Nos da a conocer, por ejemplo, que Asúnsolo es el escultor del Papelerito, y la relevancia que este artista tuvo en el panorama nacional. Además, puede usted ir al índice para informarse de quiénes han sido y, sobre todo, de quienes son los artistas plásticos de la entidad. Verá que la abundancia está en contemporáneos, personas vivas y activas.

Voy a detenerme en el disfrute.

El libro comienza desde el deco de Muller Cano en “Felices años 20”. Presenta el Niño del piano, de la artista Luly Sosa ‒aunque hay un error en el título de la obra, que se corrige en el fichero‒. Están las imágenes mostrando en pleno al pintor y también escultor Luis Yeffim Aragón, de tan larga carrera que comienza participando en el Mural de la Identidad de Irapuato, allá por los primeros años sesenta, y que merece ya una edición que hable formalmente de su obra. También contiene una selección de Alberto Carlos, chihuahuense por elección y adopción, que muestra su humor, su plástica por encima de la maestría, recordando décadas del siglo pasado en que pintaba ya deslindado de las corrientes principales del arte mexicano (si nos forzan a resumir en muralismo y ruptura, como hace el libro), inscrito en la naciente estética de lo cotidiano, donde cristalizó deslindado de modernismos. A él, lo recuerdo con tirantes, saliendo del super con su esposa, amable, fumando; recuerdo la bolsa de Futurama ‒ahora Alsuper‒, que apareciera como elemento poético en un cuadro, más cercano a Tiddebaud, a otras tradiciones, como emplastando colores de la bandera mexicana a territorios perdidos, antes de Belleza Americana. Y está el vórtice de Águeda Lozano como incrustación dentro del abstracto; con foto donde la encontramos sentada de perfil en un estudio altísimo.

Es un libro, como digo, para disfrutar, enterarnos, guardar conciencia y preguntar por más.

Se encuentra Issac Yapor, que no cabría en la miniatura y basta para una plástica de No Cauduro Required, el cual ponga usted que caía bien ‒para eso era persona privilegiada‒ pero era sexista en su pintura, descolocado en la composición (varias veces) y maestro del proceso industrial en afear pintura. Nosotros tenemos a Issac Yapor.

Se encuentra Jesús Helguera, a quien yo hubiera citado menos: pintor para turistas, quien no creo haya tenido mayor pretensión que ganarse la vida y darse gusto pintando el estereotipo de mujeres objeto con la estilización del cartel de Hollywood. Pero sí: es parte de la historia; colgó de las paredes de muchos mexicanos.

Se encuentran Benjamín, Leandro Carreón, Efrén Ordoñez, el vitralista resuelto de confrontación ´66 ‒porque como dicen los bolivarianos: no importa dónde se nace ni dónde se muere, sino dónde se lucha‒.

Dice el libro que Siqueiros tiene tres pasaportes firmados en Chihuahua, pero que no se ha encontrado ninguna acta de nacimiento aquí. La verdad es que existe su acta de nacimiento de la ciudad de México, se crio en Irapuato y murió en Cuernavaca, pero su acta de defunción, de 1974, lo señala como  originario de Ciudad Camargo, Chihuahua.

La selección del libro lleva más a una visión histórica/ social chihuahuense sobre su plástica que a una consideración estética sobre el arte que se hace en la región. El libro narra y educa. Entendiéndolo así, no le sorprenderá encontrar en él a Cuevas o a Orozco. Intenta brindar preliminares y referentes como debió hacer la escuela primaria o la secundaria, para comprender el arte chihuahuense en la plástica nacional, para entender los ecos de Tamayo, Gerzo o Wilfrido Lam.

Y ahora sí, la corona de espinas.

Guardo mis diferencias con los textos. No comparto el tono anti revolucionario de un discurso que empieza por nombrar “las ingenuidades del presidente Madero”; tampoco estoy de acuerdo con aquello de no estar “a las alturas de ciudad de México”: gente de Chihuahua ha producido arte que no tiene gradación. Por su parte, en ese sentido del valuar, cuando Gaytán nombra a los Tres Grandes de la Pintura en Chihuahua, históricamente está en lo correcto, pues así aparecieron en el imaginario; pero desde luego, no se puede sostener la obra de Piña Mora, pintor pagado, como si valiera en plástica lo que vale la de Luis Aragón o la de Águeda Lozano.

Habría deseado que cuadros como los de Lorena Borja o Arturo Hinojos ocuparan una página completa, como lo hace el de Laura Murillo. Algunos, son casi imposibles de apreciar en miniatura ‒por otra parte, a la relación del índice final, falta al menos esta miniatura‒.

Y falta Batista, pintor, nuestro mejor arquitecto y escultor de El Quijote y de Andrómeda que, gusten o no, integran el paisaje urbano de la maquila en Chihuahua.

Falta Bandido. Falta Felipe Alcántar. Falta Héctor Barrón Quiroz y su omisión es como omitir a Adolfo Quinteros. Falta el maestro Enrique Samaniego Sainz –nuestro Cuevas, nuestro Gironella‒. Falta el Manuel López, de Santo Domingo, quien entre muchas otras obras pintó el altar a Agustín Malverde y quien debe ser reivindicado con todo y su biografía, que mostraría como una vez y otra fue víctima del abuso por ser un marginal y protestar.

Cualquiera de los artistas incluidos sabe de quiénes hablo.

Estas faltas son graves. Se me escaparán otros, pero yo no preparo una colección.

Por lo demás, felicito al autor.

 

Gaytán, José Pedro: Trazos en el tiempo 1900 – 2021 artistas plásticos de Chihuahua. Editorial Grupo Cementos de Chihuahua GCC, México, 2021.

 

 

 

 

 

Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.

martes, 5 de octubre de 2021

Donde esta víbora pica no hay remedio en la botica. Luis Kimball

 

Donde esta víbora pica no hay remedio en la botica

 

 

Por Luis Kimball

 

 

Entre los títulos del autor de Claroscuros de un Chihuahua musical, Te amo Alejandra y Aventuras de coctel, Coralillo destaca por su sencillez y densidad. Lo que ocurre en el libro, está resuelto o asumido:

 

En las páginas de un cuaderno escribí cartas manuscritas para personas que amo. Nunca mandé estas cartas: ahora publico algunas en este libro (p. 11: Prefacio).

 

El invitado a esta lectura de lo íntimo encontrará las cartas de un escritor que cumple las más de las veces la forma poética. Lo que parece simplemente narrado lleva un estilo formal, propio del autor: Esta literatura generada como privada reconoce al hombre de letras que no evocará el cine ni otra cosa que literatura al describir el objeto de su amor:

 

En el cristal de la mirada/ la silueta de tu fina y firme forma femenina/ Neruda dixit/ quedó grabada con tinta de amor, dolor, bienaventuranza.” (p. 13, Memoria es destino).

 

Este poeta le escribe a la familia aún en sus romanzas. Esperable cuando desde la dedicatoria aparece el árbol familiar, cosa que no puede citarse pues pertenecerá solo al propietario del libro.

Durante los pasajes va sorprendiendo con la consolidación de poemas; se siente vitalidad bien madurada con el hacer de los días: ya no necesita experimentar mucho con la forma, pues todo en él es revelación de contenidos:

 

Las mujeres que nacieron en abril/ encontraron al mundo/ recién florecido.

Cuando eran niñas/ jugaban con la tierra/ en el jardín de su casa.

La primavera/ circulaba en su sangre/ con la sutileza y la fragancia/ de la flor de cerezo.

Cuando las mujeres de abril/ Tenían cinco años/ enamoraban a la gente (p. 15, Abril).

 

Destaca que no hace por atraer la atención de nadie; inevitablemente los ligeros cambios en el orden de lo nombrado hacen inclusión (en este caso de género, al ampliar correctamente el colectivo mujer hacia la infancia), dan dulzura a lo descrito con sus adjetivos.

Jesús Chávez Marín comparte tan amablemente que resulta imposible rechazar la invitación a ver el mundo desde su óptica:

 

Salimos al valle y se vio Aldama./ Allá fuimos. Como por arte de magia/ y buena suerte apareció por el lado del sol/ una casa. La de un hombre de muchos/ talentos. Oficios. Viajes. Canciones. Trabajo. (p. 17, Daniel afortunado).

 

Desde su óptica, pues en el poemario predominan formas tradicionales europeas y el hermoso haikú de Oriente, interpreta el mundo en su propuesta: se toma la libertad de verlo todo, operar en la edición o montaje de escenas e imágenes, los datos finales que pertenecen al destino. Mire cómo en el último verso citado la puntuación establece categorías que homologan el rango de las canciones al del viaje, por ejemplo, viniendo ya de una descripción holística de lo cotidiano. Dando gusto o no, los poemas resultan inapelables:

 

“Al instante supe el porqué de ese tan exacto apellido:/ afortunado./ Así que no era solamente la abundancia de los/ bienes./ Fierro. Oro. Tierras. Fuentes. Herramienta./ Sino, sobre todo, aquella mujer la suya./ El verdadero milagro de este pueblo (p. 17; Daniel afortunado).

 

El título Coralillo, publicado por primera vez en 2001, anuncia que es poesía y lo cumple, por lo cual es normal que lleve el nombre de una víbora mortal de la región. Tras leerlo, sabrá que la mordedura fue certera.

El libro tiene la cortesía de páginas en blanco imbricadas en las secciones donde aparecen los haikús, tema obligado al hablar tanto del libro como del autor: obedece a una tradición antigua de Oriente que entiende la interacción de la poesía y cede trozos del lienzo o páginas para intervenirlos; verá que el arte de China y Japón aparece comúnmente intervenido por sus propietarios posteriores, pues sus conceptos de arte clásicos no implican la creación, sino la reproducción de la naturaleza o el entorno. Al hombre y la mujer siempre los ven inevitables, como parte del entorno.

En el extenso Estado de Chihuahua, habrá hoy cien gentes intentando un haikú y seguro sus esfuerzos serán infructíferos al rato me sumo, pero se agradecen. Dijera Servín:

¿Y quién va a imaginarse a un norteño en el solón de la plaza de Catedral que esté leyendo la poesía del Japón Imperial?

No será el único, aunque quizá el mejor conocedor; y entre los haikús memorables escritos en Chihuahua están los de Gaspar Gumaro Orozco, el maestro a quien el autor dedica un poema puntual, descriptivo y afectuoso:

 

Se llamaba Gaspar Gumaro/ Orozco./ abogado de buena escuela./ Su oficio fue la escritura de poemas./ Me enseñó a vivir: escribo. (p. 100, Gaspar Gumaro Orozco).

 

¿Qué más quisiera un maestro que ser recordado así? Y nosotros, que los abogados volvieran a escribir poemas. 

En Coralillo el poeta, como Dante, busca la guía pagana, un ideal propio, su Virgilio y su Beatriz, para asentar la visión de su literatura:

 

Busqué una orilla para encontrar el hilo,/ supe que como Ariadna habrías dejado alguno./ Y que en el extremo que entre la fronda se escondía/ habías puesto mi nombre con tu letra escolar/...” (p. 40, Cerezo roja).

 

Sujeto a cumplir las trabajos del rol de género masculino tradicional, sin caer en ese machismo discursivo al que en todo caso pertenecerá más esta reseña, el autor va mostrando por el libro cómo desde la educación por el gusto, el esfuerzo, las costumbres de convivencia, el trabajo y el respeto por lo cercano, se construye un hombre servicial y cariñoso como el padre que mira sin nostalgia protagonista o josealfrediana el momento en que camina con sus hijos de la mano, instruyéndolos en el cruce de calle por las esquinas, mientras conduce sus vidas por el paseo en que también se compra la nieve. Seguirá con el amor simple a la amada y estos amores se continúan, corresponden y alimentan en ese ciclo perfecto de las horas compartidas a turnos, aprovechando resquicios y entornando las puertas cuando la hora lo requiere:

 

Yo soy tu hora del recreo/el hombre con el que pasas algunas tardes/ cuando quieres andar contenta y joven,/ (p. 90, Yo soy tu hora del recreo).

 

Cuando se va acercando a los amores que la vida del no coleccionista colecciona, los nombra a plenitud, explica la historia como única cada vez que apenas cabe en el cuerpo, no en el tiempo:

 

Cuando ella terminaba su grácil vuelo/ solía volver al templo de su intimidad./ Parecía furiosa. Fumaba mucho./ quien fuma y canta se desgarra la garganta” (p. 88, Magdalena).

 

Este poeta contemporáneo apuesta contra la modernidad, esa cosa postrada que renuncia a morir y sostiene los actuales patrones de explotación; bien lo sabía Baudeliere, mejor lo comprendió Rimbaud: el sustrato de lo absolutamente moderno es una voz de los señores al perder los privilegios.

En poemas como Calle Libertad ocurre la maravilla de una sociedad de progreso, un crimen sangriento bien descrito y la familia que vuelve al día siguiente a comprar un helado sobre la escena trapeada del crimen, que también es la escena del helado. Así se vive en la ciudad.

Cito ejemplo de este no modernismo en un poema memorable disculpe la redundancia que dedica al padre:

 

Con tus manos trabajas, y tan intensamente./ Con los ojos mediste con precisión los espacios, Y luego caíste al vacío, al aire; el golpe fue un/ estruendo./ Alguien había dejado por torpeza la trampa.

Te ganabas la vida. El pan de tus hijos,/ padre, y algun desgraciado con su negligencia,/ dejó la lumbre suelta en un cable de luz./...” (p. 104; Pablo).

 

Así, la fórmula del Coralillo no es imponer el colorido de su piel, sino exponerlo; que el poeta vive así, desnudo, paso atrás del asceta, que sostiene aún respeto público por su figura, quizá consagrada: este coralillo, ágil serpiente mortal, aparece solo como marquesina del programa que discurre entre una normalidad pausada.

 

.../La curva mítica del reloj me señala./ Hubiera suspendido muchas horas/ para llegar a la tierra donde ella vive.

Pero Gabriela ya se alejaba en una pick-up color/ café./ Y esa noche frente al espejo, mientras cepilla su pelo/ y lava su cara/ para dormir” (p. 86, Una mujer frente a mis ojos).

 

Recuerda algo este pasaje al de Rilke de Una mujer frente al espejo pero Rilke recordaría a su vez un poema anterior, cada vez desde que Eco se mirara en el agua. Aquí la poética se nota objetivista, que entrega los bloques completos y sólidos de descripción ligera (incluye muros, incluye las tiendas, incluye banquetas). Apenas precisa libertad en el montaje, magistral como de quien conoce la visión de Dios y no busca misterios abstrayendo subjetividades de sentimientos ordinarios del ludo el poeta Chávez es amigable, pero nunca aparece jugando. Sabe que no hay que buscarle tanto a sensibilidades excéntricas de las abundan en los poemarios, pues lo más evidente siempre ha estado ahí, ocultándosenos, revelándose siempre un poco tarde.

Soy hombre de una sola mujer, declara la voz del poeta invirtiendo el tópico femenino que reza lo contrario (comprenda que la anfibología posibilitada aplica). Si uno observa lo estable de esta afirmación en los poemas amorosos dedicados a varios nombres de mujer durante el poemario, aun puede coincidir con las declaraciones de Diana Bracho en aquello de “cosa por cosa también en el amor”, con lo cual podría conformarse cualquiera.

El poemario describe cabalmente a un narrador venido de familia nuclear hasta ocupar el puesto del padre en la propia, empresa a la que rindió su éxito literario. En Coralillo los poemas van nombrando a cada uno hasta llegar a los hermanos, entendiéndose que antes y después de ello se han cumplido otras ilusiones, naturales o inevitables, quedando bastante lejos de compendios donjuanescos.

Lea Coralillo, quedará en sus recuerdos.

 

Chávez Marín, Jesús: Coralillo. Editorial Aldea Global, México, 2020, segunda edición. (Primera edición: Aster Ed. 2001).

 




Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.

lunes, 19 de julio de 2021

Luis Kimball. Arras

 

Arras

 

 

Por Luis Kimball

 

 

Toca turno a este libro escrito por el arquitecto Mario Arras, quien ganó la virtud de ser integrado en el catálogo de autores de Monterrey, y logró entre sus discípulos y discípulas escritores tan notables como Mario Lugo. Pero homenajes los hubo en vida y recordamos que los disfrutó.

 

De la ausencia/ es/ saber llevar el tesón/ al asilo del tiempo/ pespuntando/ el anhelo de existir (p. 36).

 

El poemario está lleno de ausencias, de la palabra ausencia, que ya sería la del alma del escritor. Apenas es posible dirimir dos mujeres sin peso específico, menos el nombre.

 

Suavemente la lluvia/ cuelga su silencio/ en las ramas/ de los árboles desnudos (p. 81).

 

Escribe para quitar cosas, para callar el paisaje, aunque es por él que llega exactamente este paisaje calcando del natural solamente esos detalles que llevan a nuestra mollera el hecho de que moriremos, destacando para ello cosas simples que han sido y seguirán siendo lo mismo sin nosotros.

 

Como pájaro lánguido/ el tiempo/ va regando por la noche/ insomnio en las azoteas (p. 82).

 

Es un libro delgado. Al ver que eran 90 páginas de este autor que solo se me había presentado en ediciones minúsculas pensé que no lo sería tanto; pero es que el prólogo, del también arquitecto y escritor Ramón Antonio Armendáriz, da hasta la página 30. Nada de qué quejarse: el autor es consistente hasta en su brevedad. Hubo un escritor Mario Arras: hubo un estilo breve.

 

Entre dedos invisibles/ guarda su celo/ el rocío (pág. 64).

 

Uno alcanza a entrever por la rendija de los versos al hombre que fue, el que debía ser como dictaban mediados del siglo pasado; pero algo más: siempre experimentando, no en la comodidad de la voz amaestrada:

 

La sombra del sueño/ crece contenida/ en las orillas del infinito (p. 51).

 

La cantidad de abstracciones que emplea suele ser un error pero no lo es en su caso; su ecuación es: [(sujeto aliterado) (antítesis) (oxímoron)] y con ella habla de la infinitud del hombre fundiéndose en la orilla desenmarcada de su vista, como la llevan los niños, amantes, borrachos, soñadores o moribundos.

 Concuerdo con el prologuista: “...tiende lazos tanto con el clasicismo español como con el modernismo y el romanticismo”. Guardo el resto del generoso prólogo al lector y me explayo sobre lo que buscaba en este libro y lo hallado.

No hallé en general una poesía del todo madura, pero sí su fruto: el poema. No logré entender qué de ella pueda llamarse contemporáneo; calculo que cabría completa antes de 1940; hay hallazgos originales, pero nada que no hubiera podido encontrar, por ejemplo, Xavier Villaurrutia hasta el mismo año; solo en ese sentido, podría parecerse al estilo predominante en la revista Contemporáneos, predominantemente modernista; en ese sentido, intentará preguntarse todo por una primera vez, medirse con todo y sacar las proporciones:

 

Asolar la voz de las fechas/ vencida por todas partes,/ alcanzar los linderos del polvo (/.../) asistir a la siega de los hombres/ carentes de rostro […] (p. 35).

 

Las virtudes de la poética en Asilo al tiempo, entiendo, pertenecen al hombre formado, necesariamente maduro y obsesivo para recaer en inquietudes que le aquejan desde edades núbiles. Con el tejumbre racionalista y cienticista con que el poeta se entregaba a la reflexión sobre los elementos constitutivos del ser y su razón: el pie a la poética existencialista, tan lleno de preguntas, como de certidumbres insaciables: podrían y debían ser inmediatamente respondidas: de ahí el ultraísmo; mire el dinamismo cuajado, casi el mismo Boccionni:

 

Porque en estos rumores/ anduvimos las calles/ lentamente oscurece la tierra/ y la nieve repite/ la oquedad de la lluvia (p. 49).

 

Se encuentran paisajes tan llenos de nadie, pero definidos en el ángulo de las preposiciones, que recuerdan a De Chirico:

 

Repletos de trance/ los minutos han llegado al cuarto/ con su ruido/ cansados de enterrar los segundos/ hartos de sucesos (p. 39).

 

No sé qué buscará otro lector en un libro de Mario Arras. Yo algo pequeño, una cierta llave que abra el pequeño libro. La encuentro:

 

Ahora/  solo queda/ caminar sin noches ni premura,/ sin deslumbramiento/ de cielos (/.../)/ Ahora/  solo resta/ darle/ asilo al tiempo (p. 42). 

 

Dándole asilo al tiempo, al que queda, vacío de personas. La palabra asilo descompone su etimología para retar la figura del pensamiento. El viento es elemento principal del libro y cierta luminosidad con que también se describe la soledad. El autor escribe con la muerte delante; en ello lleva una plenitud de tiempo. Creo que desde ahí se puede leer todo el libro, ni siquiera hay ya nostalgia.

 

El Hombre es una Ausencia

Algún día/ seremos solo miradas/ cuando la luz/ se funda en el agua/ y las piedras/ encuentren su alma (p. 45).

 

El prólogo nos adelanta que escribía el autor con verso blanco y métrica clásica: cierto es que hay métrica en la mayoría de las estrofas, medidas peculiares, verso blanco, sí, forzando un poco la serie numérica:

 

los momentos/ dispersan soledades/ sobre el tedio (p. 33; el verso inicial es uno de los dos únicos que rompen el patrón en toda la estructura poética).

 

Diría que Mario Arras transcurre Asilo al tiempo con respeto al oficio y conociendo el arte; como apartando para sí toda esperanza:

 

Un río manso es la tarde,/ Enmoheciendo, el tiempo (p. 69).

 

Esa confianza en la palabra del viejo escritor que nos vuelve a dar confianza o ternura también por continuar en el oficio. Mario Arras vivió escribiendo, a pesar de lo breve de sus libros. Como ya mencioné, este también es un libro delgado, así que será mejor no exceder las citas ni exagerar el comentario; tome café o jerez o chocololate y léalo; cada cosa en el texto va sopesada. 

 

Arras, Mario: Asilo al tiempo. Editorial Universidad Autónoma de Chihuahua, México, 2000.






Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.

lunes, 28 de junio de 2021

Luis Kimball. Eso que parecía un silencio

 

Eso que parecía un silencio

 

 

Por Luis Kimball

 

 

Y lo que escucho son voces; así aparecen titulados los siete apartados del libro, en el que predomina una voz activa, hegeliana. Trataré de describir estas voces.

Mediante el verso aparece primero la casa deambulada por la mujer de casa. Una y otra vez mencionamos la estética de lo cotidiano; su característica más sobresaliente son las cosas de casa, las de menor importancia en roles de género tradicionales, el sinónimo de “buena mujer” era “doméstica”. Nombrar la casa es nombrar a la mujer:

 

El lobo/ sopló/ y sopló/ y sopló,/ pero la casa/ seguía en pie.

 

A veces la casa soy yo/ y me habitó;/ salir entonces me conviene.

 

La casa era un laberinto/ dónde quedó atrapada/ para siempre/ la memoria.

 

El apartado de “Voces I” tiene la belleza inicial de describir el emplazamiento donde se ha dado la batalla a modo del tiempo narrativo de la Grecia Clásica, nombrando de una vez insumos e inventariando la historia misma: los sucesos ya predestinados:

 

Entonces llegó/ la compañía constructora/ y la echó abajo” (p. 12; “Sueño de todos los sueños”).

 

Hacia “Voces II” y en adelante, tras mencionar a la familia, comenzará el discurrir la relación amorosa y desamorosa, siguiendo a las premisas de la esperanza, la decepción y el engaño con reflexiones profundas que tratan de justificar la causalidad del capricho social:

 

La mesa puesta,/ la luz de las velas titilando/ el vino en las copas/ esperando su liberación (p.32).

 

Y luego, ni el desamor; pues la desilusión revela al alfeñique, esa poca cosa que casi siempre está del otro lado de la historia de amor de una mujer:

 

y sin nadie pisando/ sobre mis huellas,/ pienso/ que aprendí/ la lección (p. 50).

 

Y se pone a pensar, uno de lector, ¿hasta cuánto cabe de santa paciencia en la autora? De cuántos modos se puede contemplar lo que uno sospecha, casi con evidencia de leer el expediente, que solo es un cabo roto al otro lado de la historia.

 

y me dices al oído que me amas,/ que deje de llorar por esas cosas,/ que todo ha sido tan sólo una pesadilla,/ que no sea tonta (p. 59).

 

Diría que es una de esas poéticas de mujeres que aman y piensan, capaces de crear epistemologías para explicarse el terreno en que se asienta el castillo del cuento de hadas:

 

Mientras mi abuela/ caminaba los pueblos/ buscando el sustento/ que la ayudara a conciliar el sueño,/ instruía a mi madre, que iba tras ella,/ sobre los deberes/ de toda mujer” (p. 50; “Aprendizaje”).

 

Después, comienza paulatinamente la denuncia social. Comienza por sí misma, encontrándose como actora del desequilibrio en la distribución del insumo humano, regalando una risa honesta, que al instante se vuelve agraviante, enajenada:

 

Yo le compré una pegatina/ y además obsequié una sonrisa;/ él me devolvió mi cambio/ y su rostro enojado con el mundo (p. 113).

 

Estos encuentros con el “uno mismo” de la autora, hacen una clara diferencia en el discurso literario de denuncia social, situándola en su opinión política a partir del molde neoliberal de los años ochenta, una generación sin respuesta social:

 

Hubo un tiempo en el que el corazón/ podía dejar todo en manos de los ojos/ y, si estos no veían el sufrimiento de frente/ él seguía tranquilo...” (p. 74)

 

De “Voces IV” en delante, la denuncia será el calado más hondo del libro, que puede llevar fácilmente a olvidar el principio, pues parece otro libro:

 

huesos/ que ya sumamos miles/ y nos entierran/ sin mayores protocolos (p. 78).

 

La diferencia con aquella generación del 68 es total; no se levanta la voz contra un gobierno como figura autoritaria y asesina, sino contra el gobierno específico del presidente Calderón, declarando la guerra contra el narco, sembrando la cotidianidad de cadáveres que, o se acostumbra uno a borrarlos sin ver, o tendrá el imaginario de un loco:

 

en fosas comunes/ y corrientes/ porque esas incómodas/ osamentas/ no son de héroes nacionales (p. 79).

 

Es un poco más difícil comentar sobre este punto del libro. Los reclamos en primera persona por desapariciones, asesinatos, pasan de lo testimonial de la narradora a la sobreposición pop del panfleto nacionalista radiofónico. A través del libro se encuentra la misma voz narradora, con textos fechados en 2007, 2010, 2011, y podemos seguir el decurso de cómo esta mujer va trascendiendo hacia un feminismo obligado tras agotar las instancias, para dar paso a la que se mantiene en pie por sí sola, a la que avanza y a la que se sobrepone al mundo donde los ojos se acostumbran al asesinato y los oídos a su noticia:

 

“La otra opción/ era callarme,/ dejar que el miedo/ me silenciara/ y me ensordeciera/ el ruido de la sangre” (p. 85).

 

Carmen Julia Holguín escribe en este delgado tomo, muchas veces, que hay dolor, madres sufriendo, odio contra un Estado asesino, mujeres desaparecidas, activistas desaparecidos; también panaderos, afanadores, chicas de casa, cualquier cosa antes llamada humana y que debe vivir ahora bajo estas circunstancias. El libro se extiende en este asunto y lo me extraña que en tantos otros libros publicados en las mismas circunstancias esto no se encuentre.

 

“...podría/ quedarme, a pedir perdón, decirles cuánto los quiero,/ mirarlos a los ojos/ y atreverme a llorar/ por fin,/ a mis muertos (p. 104).

 

Según los datos que aporta la edición, estoy ante el tercer libro publicado de la autora, nacida en 1967, en Parral, Chihuahua, profesora de español en Albuquerque, Nuevo México y coordinadora de talleres de escritura creativa. No hay error en el libro. Aporta viñetas de viaje reflexivas sobre la condición humana, la de ser mujer, la del poema. En las primeras voces se cuelan recursos literarios evidentes del ejercicio, quizá no trascendidos; pero la firmeza con que aborda la segunda parte del libro, la honestidad que hay en todo él, sin duda me llevarán a leer lo próximo de la autora.

 

Holguín Chaparro, Carmen Julia: El que tenga oídos. Editorial Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua, México, 2014.

 




Luis Kimball nació en Chihuahua en 1974. Vivió en Chihuahua, en Veracruz, en la ciudad de México, y ahora reside en Querétaro. Hizo estudios universitarios que no le satisficieron. Se interesa en el conocimiento y escribe desde joven, ha publicado en la revista Solar y en Manual del desierto. Es coautor del poemario Luna de hiel para tres, y autor de Puros de amor. Ha participado en la coordinación de espacios culturales y actualmente coordina el taller literario Escritura al día.