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lunes, 12 de enero de 2026

No me gusta andar a la greña

 


La columna de Bety

No me gusta andar a la greña

 

Por Beatriz Aldana

 

Bueno, aquí voy. Y hago una aclaración: Mis crónicas, mis recuerdos, las vivencias que cuento, jamás contienen un dejo de victimización, simplemente que desde muy pequeña fui observando el hecho de ser un tanto diferente en muchos aspectos.

Aquí iniciaré. Cuando era una chiquilla como de unos seis añitos no lograba comprender el por qué era inconveniente el ser güerita y blanca en una colonia o barrio de clase media baja, donde la gran mayoría de mis vecinos y vecinitas eran más bien de cabello obscuro y tez morena clara, por supuesto con algunas excepciones por ahí de quienes tengo un muy agradable recuerdo, ellas son Lupita y Paty.

Pues bien, continuando con ese llamémosle inconveniente, viene a mi memoria el continuado bullying, que así no se le llamaba en aquellos aciagos años cincuenta y sesenta, fui una niña un tanto huraña por los constantes ataques a mi apariencia física, a tal grado que era jalado hasta casi arrancar de raíz mi hermosísimo cabello largo rubio. Eso por dos vecinas más grandes que yo en ese tiempo, una apodada La Menona, hija de un boxeador, y la otra apodada La Negra, que no recuerdo de quien era hija pero ella vivía en la zona más feíta, calles abajo de la 27, creo era la 23, que era la zona donde se juntaban las pandillas.

En fin, por causa de mi actitud huraña y a la defensiva, daba el aspecto de ser una niña tímida y dejada. Por esa razón supongo que era el abuso por parte de estas dos fulanitas.

Y recuerdo esto hoy, porque este frío intenso me recuerda aquel tiempo en que era consolada y abrazada por mi madre Jesusita, a quien yo le apreciaba lagrimitas en sus ojos al ver que manaba sangre de la parte inferior, o sea por la nuca, de donde solían jalarme el cabello. Entonces con todo el dolor y angustia notoria en el rostro de mi mami, ella optó por tomar la decisión de cortar mi cabello al estilo Príncipe Valiente (personaje de un cómic de aquellos tiempos), o sea cuadradito y con flequillo.

De alguna manera esa decisión rindió frutos, ya que no volví a padecer aquellos terribles jalones de cabello.

Bueno, este recuerdo vino a mí porque de alguna manera ha sido un estigma a lo largo de mi vida el ser un tanto huraña con disfraz de timidez, cuando tengo que enfrentarme o convivir con un número mayor de seis personas ya  sea por eventos, sea por restaurantes, sea por tiendas, por reuniones, convenciones, todo eso.

Tal vez alguien note que me cuesta mucho ocultar mi tremendo desasosiego, incomodidad, y no me cabe la menor duda de que hay por ahí personas  que logran captar inteligentemente mi actitud. Eso lo pude observar totalmente estas pasadas fiestas como se les llama ahora a la Navidad, mi yo interno me lo dijo así (pues casi lo escuchaba en mi cabecita): Mira: Vamos a festejar Navidad y post Navidad, y reuniones familiares, pero mucho agradeceríamos no se lo hagas saber a Bety, porque no deseamos su presencia. No está invitada. Se nota claramente que no encaja en nuestro ambiente, es una persona que está físicamente, pero totalmente ausente y es muy notorio su deseo de salir huyendo.

Sin duda alguna. Atribuyo totalmente esa reacción porque, aunque me cueste admitirlo, yo le tengo miedo, más bien horror a las reuniones y mucho más a las familiares o de ex compañeras de escuela o de trabajo, porque siempre estoy como la convidada de piedra. Solo se dirigen a mí para darme la bienvenida, y de ahí parale de contar. Parezco Gasparín, por lo del fantasmita de los cuentos.

Indudablemente yo lo atribuyo a todo aquello que me sucedió en la infancia, y que de alguna manera lo transfiero a mi presencia, que en la actualidad es idéntica a la que tenía cuando era esa chiquilla de seis o siete añitos, uso mi cabello largo muy largo, rubio, y suelo vestir de una manera un tanto diferente al común en las damas, pues rechazo totalmente vestir con coquetería, como sería con vestido, medias, tacón alto, o faldas a la rodilla o un poco más cortas, jamás escotes o brazos descubiertos, y algo más un tanto incongruente, nunca mi cabello rubio suelto, siempre recogido en coleta o trenza, y cuando es pertinente, usando una boina.

Creo que en mi interior, por ahí en algún lugar recóndito, mi yo interno me dice: Los jalones de greñas fueron porque te mirabas bonita, dulce y tierna y eso no era bienvenido en un barrio donde predominaba la cultura del esfuerzo y la lucha diaria para sobrevivir de la mejor manera posible. Y ahora, como mujer madura, y en plena calidad de adulto mayor, sueles transmitir y dejar salir a esa niña que aún pervive en tu interior, y que es incomprensible en un mundo donde la apariencia (y todo lo que ellos signifique) es lo que más rifa.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

lunes, 5 de enero de 2026

Presentación del libro Te amo Alejandra en Ciudad Ojinaga

 


Presentación del libro Te amo Alejandra en Ciudad Ojinaga

 

Por Heriberto Ramírez

 

Resulta para mí un gran gusto presentar a ustedes el libro Te amo Alejandra, de Jesús Chávez Marín, por dos razones: Primero, por ser Jesús uno de mis cuates que más estimo, bueno, más que cuate ahora también es mi colega. Lo conocí a raíz de mi ingreso en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, donde él cursaba la carrera de letras, aunque en aquel tiempo nuestra relación se limitó solamente a la grilla estudiantil.

Segundo, porque en este libro se compilan un conjunto de crónicas muy bien escritas con un estilo irónico, condimentado con fino sarcasmo, con tintes autobiográficos que revelan un poco y un mucho al autor: sabremos que proviene de la Estación Mápula, ubicada a cinco kilómetros de la carretera Chihuahua-México; que vivió su infancia en la colonia Rosario de Ciudad Chihuahua; que se ha desenvuelto por mucho tiempo en el mundo de la culturité y que colecciona novias al por mayor.

Aparte de esto, sus relatos son crónicas que retratan muy bien lo que es la vida cultural de Chihuahua y de Ciudad Juárez. Es en este sentido que Te amo Alejandra resulta el único libro de periodismo cultural que se haya publicado en el estado de Chihuahua, que recoja los incidentes y pormenores de los protagonistas de nuestra vida cultural.

Esos son dos motivos suficientes para sentirme complacido ahora, si le agregamos que el libro aun está fresco y que su presencia en Ojinaga, compartiendo el autor con ustedes sus experiencias, seguramente tendremos una rica velada literaria.

Jesús Chávez Marín ha escrito en un gran número de publicaciones, en varios géneros de poesía y de prosa. Sus crónicas han aparecido en Letras al margen, columna de El Heraldo de Chihuahua; Aura y Pro/Logos, suplementos de literatura en Novedades de Chihuahua y en las revistas Synthesis, Cuadernos del Norte y Solar.

Sus crónicas han llamado la atención por su humor incisivo y crítico, que le han granjeado lectores y una que otra enemistad de quienes no toleran la crítica literaria ni de ninguna otra.

Este es un libro abierto, ameno y divertido; una especie de a, b, c, de la cultura regional. Será útil para quienes aspiran a ejercer la escritura en sus diversas formas. Te amo Alejandra es un documento que nos expone a los actores de la cultura con todo el folclor y todas sus intrigas. Es un libro que se recomienda como una guía práctica para los aspirantes a culturitos.

 

Ciudad Ojinaga, año 1995



Heriberto Ramírez Luján, filósofo mexicano, redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo. Es licenciado en filosofía y doctor en educación por la Universidad Autónoma de Chihuahua.

El mar es un secreto de los niños

 


El mar es un secreto de los niños

 

Por René Wilson

 

Hoy me encontré

conmigo

un niño

muerto de miedo en la memoria.

 

Festival de ojos saltones

Míralos por la calle

apiñados en pirámides de compromiso, seguros en su tibieza invicta de interfones, dejando su baba entusiasta en los postigos, claqueteando sus cráneos prematuros, acribillados de slogans, medianamente satisfechos, medianamente lúgubres, medianamente esto y lo otro.

 

Our boys in Vietnam

Aleteaba al correr el niño y eran

le quemaba la voz un grito veinte

hondo arrozado histérico soldados

quedó solo durmiendo disparando.

 

Pigmalión

Hay tardes

en que me basta una canción,

cierto sabor de lluvia

o de tristeza

y eres asunto terminado.

Pero hay otras

donde no encuentro más que piedras.

Y ni modo,

yo te construyo como puedo.

 

Polvo de aquellos Pablos

¿Qué qué?

Que la aurora cumplida.

Que los caminos luminosos.

Que los cantos del pueblo harán bolillos.

Que yo te saludo hermano (muchas gracias).

Que.

Que.

 ¿Qué les pasa?

 

1

El mar

nunca amanece:

un tiburón

lo inventa

cada día.

 

2

Tentáculo del agua

la espuma

multiplica

sus ojos

transitorios.

 

3

Diplomacia cordial

la de la arena,

atenta a la embajada

de los cocos.

 

4

A veces

te vuelves de agua

y el mar

se traga

al mar

aminorándote.

 

5

El mar lamió

tu nombre

como queriendo

abrirse paso

 

6

Y mira

que la lluvia

solo enreja el mar,

tú lo humedeces.

 

7

El mar

es un secreto

de los niños.

 

8

Voy a beberme

el mar,

para alejarlo.

 

Junio 1980

 


René Wilson es un poeta chihuahuense que nació el 28 de octubre de 1953.Desde los quince años viajó por casi toda la República Mexicana ejerciendo las más disímbolas actividades. Colaboró en los suplementos literarios de los periódicos y otras publicaciones mexicanas.

sábado, 3 de enero de 2026

Paul & Linda McCartney – Ram (1971)

 


La cinta musical

Paul & Linda McCartney – Ram (1971)

 

Por Miq Ramírez Ochoa

 

Comenzamos esta sección llamada La cinta musical, en donde hablaremos de álbumes de música rock y sus géneros innumerables, desde discos que fueron y son famosos, hasta los más raros de ubicar en el mercado.

     Los relatos y descripciones que escribiré serán desde la óptica de colecciones personales, es decir, desde cassettes de cinta magnética y cartuchos de cinta 8-tracks. No abordaré comentarios desde el sonido digital, solamente desde el analógico.

     La voz melódica, edulcorante y versátil de Paul McCartney, aparte de su talento como multi instrumentista y compositor, se dejó escuchar en su segundo álbum solista Ram, luego de la disolución de The Beatles en 1970. Para conformar este acetato y cartucho track, reclutó a los guitarristas David Spinozza y Hugh McCracken, así como al baterista Denny Seiwell.

     Publicado el 17 de mayo de 1971, bajo su propio sello McCartney Productions, Inc., y comercializado por Capitol Records Inc., Ram muestra una versatilidad innata en el genio de Liverpool, quien, en un estilo de cromatismo musical, manifiesta su talento revolucionario.

     Too many people, canción con la que inicia el álbum, fue un ataque directo a John Lennon a un año exacto de la salida del último disco Beatle, Let it be. A un solo bajeo, dos guitarras, percusiones y batería, el encono era manifiesto, ante lo cual Lennon respondió con How do you sleep?, en el álbum Imagine, ese mismo año.

     La siguiente pista, 3 Legs, contiene movimientos acústicos acompasados con una voz estilo radiofónica, entre sátira y juego. Ram on, tocada con ukelele por Paul, es una indirecta hacia Lennon (encima del carnero), en dos versiones musicales, como una paráfrasis de doble sometimiento a su antiguo ex compañero de banda, en creación musical y escrituraria, ya que para 1971 pervivía el duelo musical y de cruce de palabras entre Paul y John, desde la separación de The Beatles, en mayo de 1970, y hasta 1976.

     Y aparece la voz melosa de McCartney en Dear boy, con un mensaje hacia el ex marido de Linda Eastman de McCartney, entre piano, chelo y guitarras: “I guess you never knew, dear boy, what you had found” (Supongo que nunca supiste, querido muchacho, lo que encontraste). “I guess you never knew, dear boy, that she was just the cutest thing around” (Supongo que nunca supiste, querido muchacho, que ella era la cosa más linda del mundo) “I hope you never know, dear boy, how much you missed” (Espero que nunca sepas, querido muchacho, cuánto perdiste).

     Y enseguida viene el primer éxito post-beatle, que lo colocó en el número Uno en los dos lados del Atlántico: Uncle Albert / Admiral Halsey, evocador de recuerdos del puerto de Liverpool, que contó con la participación de la Orquesta Filarmónica de Nueva York y con un coro uniforme. Aquí se seguía notando la superioridad de Paul McCartney, en lo sinfónico, sobre sus tres ex compañeros de banda en The Beatles.

     Tal orquesta también participó en los temas Long haired lady y The back seat of my car. Smile away es energía total y rock duro amalgamado bajo el potente bajeo de Paul, en dos tiempos duraderos, acompasado con los coros de Seiwell, McCracken y Linda.

     Heart of the country es la voz dulce, lánguida y chiplona que Paul ejecutaba con sus hijos a la hora del juego (como lo haría también en la canción Bip Bop, de su siguiente álbum Wild Life, también de 1971). Aquí se destaca su guitarra acústica en una perfección melódica.

     Monkberry moon delight es un preparado culinario-musical de los esposos McCartney, en repostería. Ahora no hay delicadeza en las cuerdas vocales de este músico británico, son sumamente sonoras y agresivas, al estilo de Helter skelter, del Álbum Blanco (White Album), y de Oh, darling!, del disco Abbey Road de The Beatles, grabados en 1968 y 1969, respectivamente. Y en los coros de esta pieza está presente la voz de Heather, la hija del primer matrimonio de Linda Eastman.

     Linda era una gran cocinera y Paul le enseñó a tocar los teclados para conformar una nueva banda a partir de 1971. Por ello, compuso la pieza Eat at home, a dos voces con el propio Paul: la primera voz es de un barítono satisfecho con lo que saborea (y compone), y la segunda voz, mimosa, envolvente, representa el resumen de lo deleitado: Come on, little lady, lady, let’s eat at home” (Vamos señorita, señora, comamos en casa). Bring the love that you feel for me into line with the love I see (Trae el amor que sientes por mí en línea con el amor que veo).

     Long haired lady es un pequeño himnario de frases amorosas, entre guitarras, bajo, teclados, violines, violas, contrabajo y triángulo, acerca del hermoso cabello de la mujer, en donde la voz prolongada de Linda enfatiza sobre el buen cuidado de la imagen femenina: Sweet little lass, you are my long haired lady (Dulce niña pequeña, eres mi dama de cabello largo). Who’s the lady that makes that brief occasional laughter?” (¿Quién es la dama que hace esa breve risa ocasional?). Ah, sing your song, love is long, love is long (Ah, canta tu canción, el amor es largo, el amor es largo).

     El álbum cierra con The back seat of my car, una balada que habla sobre un viaje a la Ciudad de México.

     La portada del álbum enfatiza la batalla intestina entre McCartney y Lennon, tomando el primero de los cuernos a un carnero (Ram), simbolizando este animal a John Lennon y dominado por Paul McCartney.

     Finalmente, con el cambio de voces de McCartney, esta obra suena a magia musical y sería la segunda y última en solitario, ya que para el 7 de diciembre de 1971 –siete meses después de Ram– fundaría el grupo Wings con la salida del disco LP, cassette y 8-track Wild Life (aunque podría decirse que ya comenzaba Wings con Ram, debido a que el baterista original, Denny Seiwell, participó tanto en este álbum como en Wild Life, igual de 1971, y en Red Rose Speedway, de 1973).



 

Miq Ramírez Ochoa especialista en latín, articulista en El Heraldo de Chihuahua a partir de abril de 1989 y autor de los libros Sendero estival y la novela En busca de un año, tiene un diplomado en paleografía por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Trabajó en el Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua como corrector de textos, como bibliotecario y como profesor de Taller Literario.

viernes, 2 de enero de 2026

Hombres G: cuatro décadas de rock en español sin bajar del escenario

 


Hombres G: Cuatro décadas de rock en español sin bajar del escenario

 

Por Marco Benavides

 

Pocas bandas pueden presumir de mantener intacta su formación original después de cuatro décadas. Hombres G no solo lo ha conseguido, sino que además ha logrado algo aún más difícil: seguir siendo relevantes para el público que creció con ellos y, simultáneamente, conquistar a nuevas generaciones que descubren sus canciones como si fueran recién estrenadas.

Formados en Madrid en 1982, David Summers, Rafa Gutiérrez, Dani Mezquita y Javi Molina crearon un fenómeno que definió el sonido del pop-rock español de los años ochenta. Con temas como Devuélveme a mi chica, Voy a pasármelo bien o Marta tiene un marcapasos, la banda capturó el espíritu irreverente y desenfadado de una generación, especialmente en España y en Latinoamérica. Su propuesta era directa, sin pretensiones intelectuales, pero con una capacidad innegable para conectar con el público.

El desgaste profesional y personal llevó a la separación del grupo en 1992, un momento que muchos fans vivieron como el fin de una era. David Summers emprendió una carrera en solitario que resultó exitosa, además de trabajar como productor y compositor. Rafa Gutiérrez se refugió en el estudio, mientras Dani Mezquita exploró el mundo empresarial y Javi Molina se trasladó temporalmente a Estados Unidos. Cada uno siguió caminos diferentes, pero el vínculo nunca se rompió del todo.

La reunión oficial en 2002 no fue un simple ejercicio nostálgico. Desde entonces, Hombres G ha mantenido una actividad constante y selectiva, girando por España y América Latina, lanzando nuevos discos y colaborando con artistas jóvenes. Sus conciertos se han convertido en eventos multigeneracionales donde padres e hijos comparten las mismas canciones, un testimonio de su capacidad para trascender barreras de edad.

David Summers, hijo del cineasta Manolo Summers, se ha consolidado como el rostro más visible del grupo, aunque nunca ha eclipsado a sus compañeros. Rafa Gutiérrez aporta la solidez técnica que mantiene vivo el sonido clásico de la banda. Dani Mezquita, siempre discreto, sigue siendo fundamental para la identidad melódica del grupo. Y Javi Molina continúa siendo el ancla rítmica que sostiene cada actuación.

Lo notable de Hombres G no es solo su longevidad, sino su capacidad para no vivir exclusivamente del pasado. Aunque sus grandes éxitos de los ochenta siguen siendo los más coreados, la banda ha sabido reinventar su repertorio y adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su esencia. Sus álbumes en directo y giras conmemorativas demuestran que no se conforman con ser una banda de nostalgia.

En la era del streaming y las tendencias efímeras, Hombres G representa algo cada vez más raro: continuidad, autenticidad y una conexión genuina con su audiencia. Sus canciones siguen sonando en radio, aparecen en películas y series, y forman parte de la banda sonora colectiva de varias generaciones de hispanohablantes.

El legado de Hombres G va más allá de las cifras de ventas o los récords de asistencia. Son pioneros del pop-rock español moderno, han conseguido convertirse en clásicos populares sin perder vigencia cultural. En un mundo donde las bandas se separan por cualquier motivo, donde las reuniones suelen ser puramente comerciales y donde la música se consume de forma cada vez más fragmentada, estos cuatro músicos madrileños siguen demostrando que la permanencia también puede ser una forma de rebeldía.

 

Dr. Marco Benavides, 23 diciembre 2025

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Florecita

 


Florecita

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Florecita bailaba en la sala, entre el sofá y el sillón del abuelo. Pequeñita pero con inmensa gracia, acababa de cumplir cuatro años. Con justicia era considerada la joya de la familia.
         
―¡Que gracia! ¡que belleza! ¡Dios te guarde así!
         
―¡Dios la oiga comadre!

Y Dios lo hizo. Cumplidos los 10 seguía siendo muy graciosa y a los 16 era una muchachita muy bonita. ¡De veras llamaba la atención! Sus grandes ojos negros y acurrucada boquita... y ahora las simétricas y proporcionadas formas femeninas que comenzaban a florecer. La admiración de padres, familiares y amigos por la belleza de Florecita no dejaba de aumentar, lo que hacía que constantemente se le trajera a la conversación y, como veremos después, habría de tener sus consecuencias.
         

Para comenzar, el papá, hombre feo y de apariencia vulgar, se congraciaba de tener una hija tan bella.
          --¡Gracias a Dios que no salió a ti!
―decía la mamá― ¡que terrible hubiera sido!
         
―Y dirás que salió a ti. ¡Ni soñando! Es mucho más bonita que tú, es el vivo retrato de mi madre.
         
―¡Será pues! Yo fea, tú más y ella: la Florecita.


 Ya comenzaba a decir tú no eres tan fea…, pero mejor lo dejó así. El punto es que la niña era, por demás, bonita. El resto de la familia y los conocidos no la comparaban con nadie, solo pregonaban su admiración por su belleza. Y eso no era un problema ahora mismo, pero lo fue después, al cumplir 18: antes de que algún galán quedara prendado de su belleza, el equipo de las misses ya la había descubierto. Cayeron como buitres sobre los papás.
         
―Señora, señor, tienen que dejarla concursar. Ganará fácilmente la ciudad y casi de seguro el estado. Y a lo mejor el país y de allí al universo.


          ¿Qué podían responder? La mamá enmudeció, el papá la miraba como diciendo: "¡Vamos, ayúdame, dí algo!" Así que él, habiendo recobrado el aliento, dejó salir lo que consideró que era una respuesta sensata:
          --Lo consultaremos con ella y con el resto de la familia.
          --¡Perfecto! Les contactaremos la semana que entra.


          Al verlos alejarse en un lujoso automóvil, papá, que era un purista de la lengua se preguntaba ¿es "contactaremos" una expresión válida?


          Florecita ya había entrado a la universidad y le estaba yendo bastante bien. Que los promotores del concurso de belleza la anduvieran buscando le sorprendió solo un poco, ya que durante toda su infancia y adolescencia los cumplidos y elogios sobre su belleza no solo abundaban sino que a veces hasta la atosigaban. Había aprendido a ignorarlos. Pero nunca se había planteado la posibilidad de poner su traída y llevada belleza a competir.


          Su hermano, un año menor que ella, pero ya con una orientación ecologista y revolucionarla comentó:
         
―Anda, vete a que te exhiban como si fueras una vaca en la feria. Te harán caminar frente a jueces, unos maricas, otros perversos, en un bikiniito que no deja nada a la imaginación: e n c u e r a d i t a, pues.
         
―¡Callate, malvado! Bien que estabas mirando el concurso en la tele el otro día.
         
―Pero ninguna de ellas era mi hermana. Mientras el capitalismo cae, hay que gozar de lo que ponen en la tele.
         
―Esta tarde vienen las dos tías.  A ver qué piensan ellas.


          No fue necesario esperar toda una semana para expresar su decisión; ya para esa misma noche toda la familia compartía una misma opinión: todos y cada uno, por diversas razones, se oponían a la participación de su Florecita en un concurso de belleza. No faltó quien atacara a las demás concursantes
―sin saber nada de ellas por supuesto― acusándolas de tener una baja calidad moral. Solo entonces pudo hablar Florecita, quien para sorpresa de todos en la familia declaró:
         
―Por supuesto que quiero concursar. Voy a ganar el título de la ciudad, luego el del estado, el país y ser la próxima Miss Universo.


 Todos quedaron mudos. Al rato papá sintió que debía decir algo:
         
―¿Estás segura?
         
―¡Claro! Por supuesto si más adelante algo va mal, algo no me gusta, me reservaré el derecho de renunciar y olvidarme del concurso.


 Los promotores tampoco esperaron la semana entera para contactar al papá de Florecita. Se les veía felices. Cuando el papá les dejó saber de las reservas de la familia, se desvivieron en promesas y aseguranzas de que Florecita estaría bien cuidada en su camino a la cúspide. Por supuesto, eso incluía la de que ellos podrían acompañarla en todo el trayecto. El papá, a pesar de seguir desconfiando, ya no dijo nada.


Las profecías de los promotores respecto al éxito de Florecita en el concurso de la ciudad y el estatal se cumplieron al pie de la letra. Llegando al evento nacional, sin embargo, pasaron varias cosas que Florecita no esperaba. La primera era, le dijeron, que si quedaba en segundo lugar debería aceptar estar disponible para remplazar a la que hubiera quedado en primer lugar si por algún motivo esta no pudiera participar. Al tiempo se esperaba que si quedaba en segundo lugar debía participar en el concurso de Miss Mundo.

          Su mente, acostumbrada a oír que era la más bonita, como que no aceptaba la posibilidad de ser solo segunda.


Pero lo más dramático sucedió el primer día del concurso: a pesar de que los conductores del programa habían anticipado a las concursantes que su primera presentación al público no sería la de traje regional, de noche o de baño, sino la de como ellas eran, de cualquier forma fueron sometidas a varias horas de maquillaje, peinado y otros arreglos. Una vez completados los de ella, Florecita se miró al espejo. Para disgusto y desconcierto de sus promotores, Florecita se metió al baño, se lavó la cara y se peinó con el pelo recogido como el de una viejita. Cuando le preguntaron
‒en estado de pánico‒ qué había pasado, Florecita dejó saber quién era:
         
―¡Parecía payaso con tanta pintura!


Aun sin el maquillaje, y sin peinado profesional, Florecita pudiera haber continuado siendo la favorita para ganar. Sin embargo, la presencia en el jurado de un renombrado maquillista y un estilista igualmente famoso auguraban que sus votos no serían para una concursante que se rehusaba a utilizar sus productos ni beneficiarse de su arte. Peor aún, los otros jurados, quienes eran empresarios, actrices, actores, mujeres y hombres famosos, tampoco querrían ofender a sus compañeros jurados, que aparentemente eran despreciados así por esa muchacha. En el desfile de trajes regionales, para el cual se hizo una trenza, en cuando rehusó que la maquillaran, aparentemente le fue mejor. Pero el título nacional, y aun el segundo lugar, fueron para otras personas.

          Quedaban por supuesto los votos del público, que, como era de esperarse, la favorecieron. Y así fue: el voto popular la hizo Reina de la simpatía.

          Volvió a casa con emociones encontradas. Como sucede en estas lides, nunca se dieron razones para que la aparente favorita no ganara, pero todos suponían que había sido por las razones y circunstancias mencionadas.


          Las opiniones de la familia no hicieron sino acentuar su conflicto interior:


          Papá:

―¡Qué te costaba haber aceptado un poco de rimmel y el peinado que te hicieron!


          Mamá:

―No te apures, para nosotros sigues siendo la más bonita.


          El Hermano:

―Para que aprendas cómo es el capitalismo.


          Una de las tías:

―Te lo dijimos, no debías haber concursado.


          La otra tía:

―¡Qué pena! Deberías haber ganado.


          Ella misma:

―La que ganó es muy guapa. Y es buena gente. Se lo merecía.


          Y se puso a bailar entre el sofá y el sillón del abuelo.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.