Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de septiembre de 2026

En torno a una taza de café

 

En torno a una taza de café

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

I

El viejo sacerdote con su sombrero de paja, camisola de lona y pantalones de mezclilla regaba sus macetas de flores y plantitas suculentas. Usaba una regadera de las que ya no ve uno sino en las películas. El largo corredor entre la iglesia y la casa parroquial aparecía, pues, muy alegre y decorado, el padre había logrado hacer crecer y florecer sus plantas de acuerdo a si eran estas de sol o de sombra. Varios jardineros y jardineras se preguntaban: ¿cómo le hace el padre Antonio para obtener tan buenos resultados? Y ciertamente colibríes y mariposas hacían los honores en aquel tan bien cuidado jardincito.

La mañana transcurría en calma. Casi habiendo terminado de regar sus plantas, el padre notó que a la entrada del corredor, la que daba a la calle, había un hombre que lo observaba.

—Padre Antonio, ¡buenos días!

—¡Buenos!

—Soy José Díaz, padre José. Encargado de las visitas pastorales.

—¡Ya lo veo! Obispo nuevo, nuevos visitadores. Estoy a sus órdenes. Estoy terminando de regar mis flores. Pensaba hacerme un cafecito y después rezar mi breviario.

—¿Comenzó sus labores del día regando sus plantas?

—¡Por supuesto que no! Ya para ahorita dije la misa de siete y confesé a unas cuantas bea… feligreses.

—Iba usted a decir beatas.

—No intenté ser crítico ni burlón.

—Vayamos por ese cafecito.

Los dos sacerdotes caminaron hacia la entrada de la casa parroquial. Pasado el recibidor, cuartito sin más decoración que un cuadro con la imagen de la virgen, penetraron en la cocina. El padre Antonio se encaminó a la cafetera, colocó en ella un filtro de papel y depositó dos cucharadas de café molido sobre él. Tomó entonces la jarrita y la llenó de agua del garrafón que estaba a un lado del mueble sobre el que estaba la cafetera. El padre José se había sentado junto a la mesita de la cocina y observaba cómo el padre Antonio preparaba el café. Después de tantos años haciendo la mismo —pensó— hasta dormido podría hacerse su cafecito. Indudable maestría.

—Dígame padre. ¿Cómo es su vida en esta alejada parroquia?

—¿Qué quiere saber?

—Bueno, seré directo e iré al grano. Al obispo…

—El nuevo obispo.

—Al nuevo obispo, pues. A él le preocupan ciertos rumores. Después de todo, esta parroquia es la más alejada de la catedral metropolitana y hasta se ha dicho, malamente creo, abandonada.

—En efecto, padre José, ha estado abandonada por más de veinte años. Pero dijo usted que sería directo… ¿algo de unos rumores?

—Bueno, es que ha llegado al conocimiento del obispo que se le ha visto a usted entrando en una casa de mala nota.

—En efecto, entró ahí más o menos cada dos o tres meses. Y salgo de ahí otras tantas veces. Es parte de mis visitas pastorales.

—¿Visitas pastorales?

—Así es. Hace un tiempo, de hecho muchos años, me dí cuenta de que las mujeres que laboran ahí no acudían a la iglesia. En mi primera visita, insisto, hace muchos años, me enteré que todas ellas eran católicas, pero que por su ocupación —y lo que de ellas pensaba la gente— no podían asistir a la iglesia y menos los domingos en que el resto del pueblo va a misa. En efecto, prácticamente en todos los cuartos de la casa hay imágenes de santos o de la virgen…

—Y usted conoce todos los cuartos…

—Con el paso del tiempo llegué a conocerlos. Pero le contaba de mi primera visita, que fue la que me movió a continuar mis visitas a la casa.

—¿Qué fue lo que vio usted en esa primera visita?

—Es a lo que voy. Esa vez solo entré a la estancia principal, que es donde los clientes aguardan su turno de ser llamados. Allá al fondo la divisé, era un hermoso cuadro con la imagen de la guadalupana.

—Y me dirá usted que la virgen le habló.

—Casi fue así. Sentí que la virgen me decía “atiende a mis hijas”.

—¿Y de ahí en adelante vuelve usted cada y cuando a ese lugar? Pero dígame, ¿nunca tuvo dudas respecto a si lo que usted hacía era correcto, es decir aceptable para su imagen como ministro de Dios?

—¡Oh si, por supuesto!

—Y ¿qué hizo usted?

—Le escribí al obispo. Al de entonces. Como pidiéndole permiso de hacer mis visitas.

—Y ¿qué pasó?

—El obispo —o su oficina— me contestó que la diócesis no tenía fondos para nuevos proyectos. No estoy seguro de si era una carta de machote, una form letter. Pero no podía interpretarse sino como que si no costaba dinero podía hacerse.

—¿Y qué es lo que hace usted durante esas visitas?

—Reúno a las que estén disponibles y debo decir que muchas hacen el tiempo para la reunión. Rezamos y les leo un pasaje del evangelio. Finalmente, les doy mi bendición.

—¿Y qué más, padre Antonio?

—Bueno, pues siempre me obsequian con una humeante taza de café colombiano, pan de centeno tostado y un platito con tiras de tocino de alta calidad.

—Y supongo que durante ese almuerzo o desayuno usted les inducirá a arrepentirse.

—No es necesario, todas ellas saben perfectamente que lo que hacen no es bien visto. Pero son hijas de Dios también y, después de todo, a nuestro señor Jesucristo también lo criticaban por ser algunos de sus seguidores pecadores y publicanos.

—Ya veo…

—¿Y cómo es que “los rumores“ llegaron al nuevo obispo?

—¡Ay padre Antonio! El mundo se ha hecho pequeño gracias a los teléfonos celulares. Alguno de sus feligreses comentó de sus visitas a alguna de las secretarías del obispado.

—El chisme cibernético pues, ¿y qué debo hacer?

—Me temo que el asunto va más allá. El obispo ha dispuesto cambiarle a usted a un lugar más cercano a él.

—¡Ejecutado antes de ser juzgado! Y trasladado a la casa de retiro donde el nuevo obispo y usted puedan vigilarme de cerca. Y después de cuarenta años aquí…

—Lo sé querido, padre Antonio. Aunque no se precipite, no hemos podido encontrar todavía quién quiera venir a tomar su lugar…

—A quien castigar…

—No precisamente, el señor obispo quiere un sacerdote comprometido.

—Como yo.

—De sólida moral y formación.

—Como yo.

—Y de impecable reputación.

—Como yo antes del chisme. ¡Qué pena!

—Solo queremos que se vaya preparando.

—Lo haré padre José, su café se está enfriando y ni lo ha probado.

 

II
—¿Qué le pasa al padre Antonio? Está muy raro últimamente. Como enfadado, distraído y distante —preguntó a Teo, el sacristán, don Cresencio, próspero comerciante del lugar y amigo del padre Antonio.

—¡Así es! —respondió Teo—. Todos lo hemos notado. Y está así desde que lo visitó un tipo que llegó en un Cadillac negro y conversó con él en la cocina de la casa parroquial.

—Y ¿quién era ese tipo?

—No lo sé. Le pregunté al padre y no quiso decirme. Por su manera de andar ‒deduzco‒ era otro sacerdote. Cuando le pregunté al padre, este cambió el tema como ignorando la pregunta, pero se veía muy molesto. El tipo no estuvo ni siquiera veinte minutos y se marchó. Cuando entré al cuarto, el padre estaba sentado en una de las sillas con la cabeza entre sus manos como si hubiera estado llorando. Noté entonces que sobre la mesa de la cocina había una taza de café sin probar. El padre me dijo ‒algo muy inusual para él‒ “caliéntalo en la microonda y tómatelo tú”. Se paró y se fue.

—¿Y qué hizo entonces?

—No sé. Ya no lo volví a ver sino hasta la misa de las seis. Y ya se veía como lo notó usted.

—Ya le preguntaré yo después, no parece ser ahora mismo el momento adecuado.

Aunque el padre Antonio no dejó saber a nadie el contenido de la conversación que había tenido con el enviado del obispo, el milagro de los teléfonos celulares y el “chisme cibernético” se encargó que en menos de una semana todo el mundo en el pueblo supiera que su amado cura de almas iba a ser removido. Ciertamente el padre no quería revelar la noticia para evitar que sucediera lo que de hecho sucedió. Ya les diría ‒pensó‒ cuando ya sea un hecho y ya esté aquí mi relevo.

—¡No lo permitiremos! —rugía ante los parroquianos de la taberna Julián “el tigre”, un individuo que no se caracterizaba precisamente por su devoción a la Iglesia— Hay que organizarnos para protestar aquí y para ir hasta el palacio episcopal en la capital a exigir ‒no a pedir‒ que no se lleven al padre Antonio.

—¿Y qué diremos? —preguntó uno.
—¡Lo que sea! —respondió el tigre—. Si es preciso que nos haremos todos, en masa, Testigos de Jehová.

—No creo que tal amenaza funcione —dijo otro.

—Tal vez, pero ver a todo el pueblo reunido ante el palacio, obstruyendo el tráfico y haciendo un gran ruido, ciertamente asustará al obispo ese que es nuevo e inexperto.

 

III
—¡Teo, Teo! ¿Qué pasa allá afuera? ¿Qué escándalo es ese?

—No lo sé padre Antonio, es una multitud y quieren que salga usted a verlos.

El padre seguido de su sacristán salió por el corredor de las plantas. En efecto, el atrio, la calle y la placita frente a la iglesia estaban atiborrados de gente. Parece que era todo el pueblo. Un verdadero tumulto. Se veían unos portando pancartas con leyendas que decían: “Señor Obispo: no queremos a otro, déjenos al padre Antonio” y otras más radicales “Queremos que se quede el santo padre Antonio no un nuevo cura pedófilo” o “Si se va el padre Antonio nos haremos Testigos de Jehová” En el centro de la plaza se notaba más moderación, se veían señoras portando estandartes de la Hijas de María y las Servidoras del Altar. El Club Juvenil Padre Toño lanzaba vivas a su mentor mientras que las Damas de la Noche ‒que así se autodenominaban las sexoservidoras del pueblo‒ protestaban solo con su presencia para evitar conflictos. Comerciantes, artesanos y amas de casa también participaban ruidosamente en la protesta. Uno que vociferaba por medio de un megáfono lo pasó al padre, que veía asombrado la multitude, para que les dirigiera la palabra:

—Amados hermanos, hijos míos: primero que nada veo
el gran cariño que me tienen y lo agradezco de todo corazón.
Me doy cuenta de que ustedes se han enterado que están
pensando en cambiarme. Pero deben saber también que
todavía no es un hecho, que buscan a un buen pastor
para que me reemplace pero no lo han encontrado todavía.
Debo pedirles, sin embargo, que si el obispo así lo
determina esa es la voluntad de Dios. Y no debemos ser
radicales: ¿qué es eso de hacerse Testigos de Jehová? O
¿de dónde sacan eso de mi remplazo por un pedófilo?
Vuelvan a sus casas, a sus trabajos, y ya lo dije: acepten
la voluntad de Dios.

El tigre gritó desde en medio de la multitud:

—¡No lo permitiremos! Iremos a la capital a ver al obispo ese y le exigiremos que no nos lo cambien.

La multitud parecía no haber escuchado nada de lo que había dicho el viejo sacerdote. Coreaban al tigre clamando:

—¡Vamos, vamos todos!

—¡A la capital, vamos todos!

El padre, por una parte frustrado y por otra anonadado por la tremenda manifestación de cariño y apoyo por parte de sus feligreses, tomó su bastón y penetró a la iglesia. Cayó entonces en la cuenta de que no iba ahí sino a la casa pero que preso de la emoción había entrado por la primera puerta que se le atravesó que, era la del templo. Una vez adentro, miró la imagen de bulto de la Inmaculada que apenas iluminada por la luz que se filtraba por los vitrales de la iglesia.

—Madre Santísima, ¿qué debo hacer?

Cayó de rodillas en el reclinatorio de la última fila de bancas y esperó ahí, hincado, a que en la calle la multitud se dispersara. El padre Antonio no era malpensado, pero esta vez sí malpensó: el obispo creerá que yo fragüé todo esto. Que fueran a la capital estaba por verse, pero el tumulto que habían armado en el pueblo no dejaba duda de que podían hacerlo. De cualquier manera ya los celulares y el chisme cibernético respecto a lo que había pasado en el pueblo estaría llegando a oídos del padre José y del obispo. ¡Gracias a Dios ‒pensó‒ que ya no se usan las excomuniones! Entonces el viejo sacerdote se quedó dormido.

 

IV
El palacio episcopal lucía radiante, la calzada que llevaba a la puerta principal con sus arbotantes y faroles de estilo colonial. Los últimos que pasaron alguna vez de ser de gas a incandescentes, de ahí a fluorescentes, después de mercurio y finalmente de vapor de sodio. El edificio, un gran cuadrilongo con ventanas ojivales entre góticas y mozárabes, aparecía reluciente después de la limpieza ordenada por el nuevo obispo. Entrando por la puerta principal se encontraba uno en una amplísima estancia la cual estaba excepcionalmente concurrida esa mañana. El nuevo obispo había contratado a una compañía especializada en remodelaciones para acondicionar el primer piso, donde estaban las oficinas de la diócesis, las que despachaban todo tipo de asuntos. Los trabajadores encargados de la obra pululaban entre los visitantes habituales del obispado, aquellos que buscaban anular sus matrimonios, programar una confirmación, cambiar su nombre o simplemente conocer al nuevo obispo. En una oficinita del segundo piso despegado de la conmoción y tumulto reinantes en la planta baja, el obispo recibía al padre José:

—He leído su informe respecto a su visita al padre Antonio. Escribe usted bien. Podría ser usted novelista o guionista de cine.

—Gracias, su excelencia. ¿Y se habrá enterado de lo sucedido ayer en su parroquia?

—Así es padre José, el chisme cibernético como lo ha bautizado el padre Antonio me tiene bien informado. ¡Qué barbaridad! ¡Todo un motín! Tanto ruido por nada. Ya el padre Antonio les ha informado que todavía no hemos hallado un remplazo para su parroquia.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Después de leer su informe mi simpatía por el padre Antonio creció tremendamente. Al punto de que pensé que sería mejor no cambiarlo. Pero al enterarme del tumulto que se armó, creo que no nos debemos dejar intimidar. Por lo pronto me parece lo más prudente es dejar que las aguas vuelvan a su cauce habitual y esperar. Le encargo que siga usted buscando un buen candidato para esa parroquia. ¡Sin prisa por favor!

—Como usted disponga, Excelencia.

—Y escríbale al padre Antonio invitándole a venir a verme, dejándole saber que yo no puedo de momento visitarlo pues estoy muy muy ocupado con mi instalación aquí. Pero ‒esto no lo escriba‒ me gustaría ir con él a tomarme un cafecito colombiano con pan tostado y tocino.

Pero la carta no llegó al padre Antonio. Unos días después del tumulto, Teo, el sacristán, trató de despertarlo en la mañana para que se preparara para celebrar la misa de siete. Pero el padre ya no despertó

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

jueves, 20 de agosto de 2026

Duelo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Duelo

 

Por Erbey Mendoza

 

Sobre todo en la adolescencia, a don Gervasio le habría gustado llamarse Anselmo. Su nombre en cambio le producía una especie de incomodidad vergonzosa que escondía haciendo énfasis en su nombre

—Gervasio Arellano Domínguez, para servirle.

Jamás aceptó apodo, ni cariñoso ni ofensivo: siempre se aseguró de que, al hablarle, todo mundo pronunciara las tres sílabas completas de su nombre.

Don Gervasio sacó el pequeño artefacto del bolsillo de su camisa y lo puso sobre la mesa.

—¿A ver este?

Don Chindo sacó los lentes, tomó el artefacto, y dejó salir un suspiro que era también un rugido que a su vez era también una forma de no quedarse en silencio. Le dio vueltas al artefacto para apreciarlo de diferentes ángulos.

—Este es de un…— dijo arrastrando largamente la n en una curvatura de agudo a más grave.

—¿A ver?

Don Gervasio hizo presión.

—Este es de…

Don Gervasio miraba fijamente a don Chindo haciendo una prematura sonrisa victoriosa.

—Este va en… Sí, este es de un taladro —resolvió probar don Chindo, para que don Gervasio quitara el gesto.

Sin mirar, devolvió el artefacto a la mesa, se quitó los lentes y se puso a limpiarlos con el mantel de la misma mesa. 

—No, qué taladro ni qué nada —don Gervasio tomó el artefacto y lo miró.

—Sí, cómo no. ¿O de qué dices, según tú, que es?

—De un taladro, no. 

—¿Entonces?

—No, pos a ver tú.

Hasta esa tarde, y tras varias décadas, el duelo iba más o menos a la par. Pero la última vez, don Gervasio no había podido reconocer un pistón de hidrolavadora.

Don Chindo se volvió a poner los lentes y le quitó a don Gervasio el artefacto.

—A ver, pues.

Don chindo volvió a estudiarlo lentamente, con la cabeza levantada para enfocar la vista en el cuadrito inferior de sus bifocales.  Lo acercó a su nariz y olfateó el fuerte aroma metálico. Repitió el suspiro.

—¿No? —preguntó Don Gervasio, ya saboreando el desenlace.

—No, pos si no es de un taladro, no.

Don chindo nuevamente lo devolvió a la mesa y volvió a limpiar sus lentes. 

Con la balanza a su favor, don Gervasio tomó en su gruesa mano el artefacto clavándole una mirada dulce.

—Este, Chindo, es de un…  

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

martes, 18 de agosto de 2026

Mi analítica nieta

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Mi analítica nieta

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Había tres pasteles en la mesa. Le pregunto a Nina Violeta:

―¿Cuál te gusta más: el azul o estos de acá?

―¿De qué son aquellos? ―me pregunta ella.

―De chocolate.

―El azul no lo conozco, no lo he probado. Así que por ahora prefiero los allá.




Jesús Chávez Marín es editor de Estilo Mápula

domingo, 9 de agosto de 2026

Un crimen pluscuamperfecto

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Un crimen pluscuamperfecto

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Los dos detectives ocuparon el lugar de siempre en la taberna La Gaviota, en la calle Diez y seis. Eran el teniente García, un hombrachón excedido de peso que desde cien metros de distancia adivinaba uno que era policía, se diría que “tenía la facha”. El otro, delgadito y de cachucha, gorra de visera y atuendo más de vendedor de enciclopedias que de policía, era el agente Rodríguez. Paranoia o deformación profesional, tenían que situarse en aquel rincón de donde podían ver quien entraba o salía del tugurio.

El cantinero Fidel, un hombre jovial y dicharachero con un mandil que no dejaba duda que era el bar tender, ya les había servido lo de siempre: una cerveza oscura para el teniente García y un ron con canela para el agente Rodríguez.

—¡ Ay paisano! ¿No temes que la canela te haga daño?

—¡Tanto como a ti el lúpulo y el mosto!

No era la primera vez que el uno criticaba la bebida del otro. Tal diálogo se había hecho viejo de tanto repetirlo. Un traguito y la conversación iba a donde siempre: el trabajo.

—¿Tienen ya una pista? —preguntó García.

—¿De la muertita de ayer? Claro, ya agarramos al tipo, ¡un cornudo resentido. Lo de siempre!

—Lo dices como si no fuera la gran cosa.

—Sí. De hecho, comienzo a aburrirme.

—Pues no son casos como los de Poirot —comentó el teniente.

—¿El de Ágatha Christie?

—Ese.

—Pues en nuestra delegación no hay casos así de complicados.

—¿De verdad lo crees? ¿Qué tal los de la carpeta naranja del Capitán Salinas?

—¿Los casos irresueltos cerrados?

—Esos mismos. Habrá algunos que se cerraron por orden superior, pero otros simplemente porque no se pudo encontrar un culpable.

—¿Piensas en alguno en especial?

—Sí, en el de Lamaire Leroy. Siendo tan famosa y tan hermosa, nunca se pudo determinar quién la mató.

—Si. Recuerdo todos los sospechosos eran tan famosos como ella. El principal entre ellos de hecho se libró porque cuando ella fue asesinada él conducía un show en la tele con varios miles de espectadores. Otro estaba en Francia. Un tercero estaba en la cárcel, y así sucesivamente —apuntó Rodríguez asombrando a su superior que no pensó que el agente supiera tanto así de aquel caso.

—Veo que lo sabes todo. Es una lástima que cuando ya nos disponíamos a comenzar las pesquisas nos ordenaran pasarlo a “instancias superiores”.

—Sí, a todos nos dolió el desprecio. Especialmente al Capitán Salinas. Era un caso muy grande como para una delegacioncilla de barriada.

—Pero mira, hablando del rey de Roma cuando le nariz asoma.

En efecto en ese momento el Capitán, tipo atlético y bien parecido, cruzaba el umbral de La Gaviota. En tono jovial se acercó a sus subalternos:

—¿Qué hacen? ¿Resolviendo casos?

—Así es, mi Capitán —respondió García.

—¿Alguno en particular?

—El de Lamaire Leroy.

—¿Y creen que un caso en el cual se gastaron millones de pesos sin llegar a encontrar al culpable pueda resolverse en una conversación de cantina?

—Siempre podemos tartar, mi Capitán. ¿Cómo es que un caso como ese vino a dar a nuestra delegación?

—Muy sencillo: La ciudad creció en esta dirección. La elegante colonia Catedrales Europeas se construyó justo en los límites de nuestro barrio. Por supuesto, bardeada de manera que los mortales común y corrientes no pudiéramos entrar en ella. Ahí fue que Lemaire construyó ‒le construyeron‒ su mansión.

—Así que cuando la mataron el caso nos correspondía a nosotros.

—Sí.

—Entiendo que usted fue quien acudió primero al lugar del crimen cuando la criada encontró a Lemaire degollada —inquirió Rodríguez—. ¿Podría decirnos qué fue lo que encontró?

—¡Uh! ¿Ahora me interrogas?

—Sí, cuéntenos por favor.

Aclarando la garganta como dándose importancia, el Capitán se dispuso a relatar lo que vivió en aquella ocasión:

—¡Una escena difícil de olvidar! Aquella bella mujer, apenas vestida en un negligé de gasa púrpura casi trasparente. ¡Quien dijera que aquel cuerpazo era obra de los cirujanos plásticos! La cortadura en el cuello era una de las más impresionantes que he visto ‒y he visto muchas‒ en toda mi carrera.

—¿Y había alguna cosa irregular? Digo, ¿además del cadáver?

—No. Digo, sí. La ropa interior debajo del negligé. La pantaleta, la llevaba al revés, la cara que lleva la etiqueta se veía a través de la gasa. Pero…

—Eso es muy importante. Una persona como ella nunca se pondría el calzoncillo al revés. Y probablemente tampoco andaría en negligé por la casa. O estaba desnuda cuando la mataron, o la vistieron así para que así la encontraran.

—¿Y a dónde vas con eso?

—A resolver el enigma en esta conversación de cantina, mi Capitán. Se investigaron tres sospechosos. Hombres todos. Y con la información que usted nos ha dado, todo indica que la asesina fue una mujer. Para comenzar, es dudoso que un hombre quisiera destruir tan espectacular fémina. Por eso la herida era diferente de todas las que usted había visto antes. Al ponerle el negligé, la perpetradora sugeriría una sensualidad dirigida a agradar a un amante. Los investigadores supondrían que la pantaleta al revés también apuntaría a un hombre, esta vez uno que apresuradamente ocultaba su delito. ¿Por qué haría el asesino ‒la asesina‒ eso? Pues para alejar la sospecha de ella misma.

—¡Interesante! ¿Algo más?

—Los sospechosos que fueron investigados, lo fueron porque se supo que algo habían tenido que ver con ella, ¿cierto? Y ese algo, que era suficiente que la policía los investigara por supuesto, lo era también para que las esposas o amantes de los sospechosos ardieran de celos. Así las cosas, la amante o esposa del que estaba en la cárcel es una candidata poco probable. Si era una cuestión de celos, eran celos antiguos. Del que andaba en Francia, probablemente la mujer lo acompañaba. Queda uno, el del show en la tele, y una probable amante o esposa celosa, ahí es que hay que buscar.

—Pero estas sugiriendo que la asesina es…

—¡Exactamente! ¿Ve que una discusión de cantina vale más que peritajes de millones?

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

lunes, 27 de julio de 2026

Alicia a través del mar


 

Alicia a través del mar

 

Por Victoria Montemayor Galicia

 

La aurora de rosáceos dedos acarició la hierba y entró a hurtadillas por la ventana. Alicia terminaba su último sueño. Los conejos saltaban de la madriguera. Alicia corría a la orilla de la playa tratando de que el oleaje no rozara sus tersas piernas. El mar brillaba con iridiscencias de coral. La espuma estallaba en las rocas. Alicia contemplaba la inmensidad del océano, sus ojos se posaban en el horizonte, a la distancia del tiempo observaba su vida a través del espejo. Ahora el mar la cubría de recuerdos.

En la noche de invierno las imágenes se dibujaban en la frágil imaginación de Alicia, la figura de su padre, alta, fina, nariz aguileña, anteojos redondos, ojos aceitunados, cabello rizado, labios delgados, palabras que brotan de un manantial cristalino, a veces fangoso. Su madre, delgada, blanca, cabello negro, ojos de roble, nariz recta, labios cereza, carnosos, sonrisa resplandeciente en medio de la tormenta. Frágil y hermoso cervatillo en el claro de una foresta. Caminaron por senderos distintos, en noches de oscura tempestad, su madre fue al bosque, su padre a la montaña. En la memoria de Alicia permanecía fresco el recuerdo de soleados días, de tardes de helados, pinturas, rostros, jardines, batallas, mendigos, prostitutas, reyes y princesas, tardes de sonrisas y adioses.

La ausencia impregnada en cada rincón de su piel, en eterna espera. Cerrar y abrir los ojos, correr, reír, beber y llorar, comer, estudiar. En el sueño Alicia sentía los simples placeres de la vida, un padre que la sostuviera con ternura, que le tomara la mano, que juntos rompieran olas, buscaran perlas, caracolas, conchas y estrellas. No eran necesarios los castillos, Alicia los forjaba y destruía en la arena, en su vida, en el sueño.

 


Victoria Montemayor Galicia es doctora en educación, artes y humanidades; maestra en humanidades por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Egresada de la carrera de lengua y literatura modernas letras italianas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado en congresos nacionales e internacionales de poesía de los Siglos de Oro, Renacimiento, Barroco, literatura europea, mexicana e hispanoamericana, mito crítica, hermenéutica y tradición clásica. Autora del libro Petrarca y la poesía del Renacimiento, publicado por la UACH. Coordinadora de las licenciaturas en letras españolas y letras hispanoamericanas en la Facultad de Filosofía y Letras, y maestra de lengua italiana en el Centro de Idiomas de la UACH.

domingo, 26 de julio de 2026

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Por Rosario Ruiz Morales

 

La enfermedad: Depresión. Que más.

Se siente en el alma, la mente y el espíritu. Se dice así, pero nadie la ha podido descifrar. ¿Se sitúa en el Sistema Nervioso? Situación corporal en general. Quién puede anotar algo más.

Ella la padeció durante nueve eternos meses. No comía. No dormía. No pensaba. No existía. Solo lloraba. A veces gritaba pidiéndole al Altísimo que se la llevara con su amor.

Quienes han padecido esto por largos periodos de tiempo y han podido salir de ese terrible estupor, envueltos en las sombras taciturnos y sin voz, pueden atestiguarlo. Quienes la han padecido y han salido de ella, Gloria a Dios.

Pueden ella y otros dar su punto de vista, la manera en que se enfrenta ese dolor, ese terrible estado anímico. Nadie saldrá solo. Dios, el hacedor de todo bien, es quien pone Ángeles en tu vida.

Tendrás que recurrir a especialistas, terapeutas, psicólogos, psiquiatras, tanatólogos, y no sin antes recurrir al médico de todos: Dios mismo. Él es el único sanador del alma. Sacerdotes especializados en temas escabrosos y complejos del ser humano coinciden en algo trascendental: el alma enferma cuando un suceso tremendo cambia la perspectiva de existir.

Los factores que intervienen directamente en este mal como anomalía, deficiencia, padecimiento, estado mental, estado anímico o patología sistémica.

En este lapso de tiempo no se piensa. No accionas ni reaccionas ni respondes, pues estás privado de toda conexión con la realidad, entorno,  familia, situación anímica, como si no existieras para nada ni nadie.

El dolor no te deja accionar, solo lloras, no hay tiempo, ni hambre ni sed. Permaneces en shock, no sales del estupor solo interrumpido, si acaso, por ir al baño, y al entrar, no sabes ni a qué ni porque vas.

Ella recuerda hoy. Cuando ya se le acabaron hasta las lágrimas ya no podía llorar de tanto dolor, el pesar había nublado la razón, el mundo seguía girando a velocidad vertiginosa sin ni siquiera percatarse que sucedía en su entorno, si era espectadora o simple protagonista, no había ninguna diferencia.

Las demás personas actuaban con una desenfrenada obstinación por moverla, sacarla de ese estado catatónico en el que ella deseaba estar y que la dejaran en paz, solo quería dormir y gritar pidiéndole al Altísimo que la llevara a dónde había quedado el amor de su vida que había partido hacia Él.

El mundo se fracturó en mil pedazos sin que nadie pensara en volver a formar ese rompecabezas que formaban su vida y su entorno, simplemente no había nada.

Pasaron los meses sin que nadie asomara por un rato a su mundo interior, ni preguntara que si necesitaba algo, simplemente no lo hubo.

Ella lo presintió dos días antes de su muerte y en el funeral vio totalmente el panorama.

Dios le concedió sin excusa ni pretexto alguno poco a poco renacer y encarar la vida ya sin su principal motor, sin un motivo en especial, ya no existía.

Hoy puede ella contar, bendiciendo a Dios, a sus amigas que la llevaron al Taller de Duelos de la Divina Providencia y a escribir, todo lo que la mente le obligaba para honrar la memoria y recuerdo de su esposo. Ella hoy tiene recuerdos desde el siguiente día en su funeral y cada hora siguiente,  contando la historia y la vida en común.

Gracias, Sylvia Ortega Duarte. Gracias, doctora Laura Guadalupe Amador Guzmán. Sé que hoy gozan del Señor y que ahí lo han visto, descansen en paz.

Ella agradecerá por lo que le queda de vida los favores recibidos.

 


Rosario Ruiz Morales se inició como escritora en agosto de 2010, cuando entró a un taller literario llamado
Para perderle el miedo a la escritura, en Demac. Desde entonces escribe todos los días, como una forma de meditación y trascendencia.

lunes, 20 de julio de 2026

Días así

 

Días así

 

Por Mario Lugo

 

1.     El que sigue

‒¿Qué tan rápido procesa documentos en la computadora? ‒pregunté.

‒Me encuentro un poco entumecido, oxidado. Usted sabe, un par de años sin empleo fijo en lo que uno sabe hacer, o sabía. Esto causa sus estragos; pero ganas de trabajar me sobran. De veras necesito el empleo ‒dijo, mientras me estrechaba con sus dos manos la mía que yo le había extendido en señal de despedida.

‒Sí, claro ‒le dije un tanto confuso. Nosotros le llamamos.

Mi mano siguió prisionera entre sus dos manos mientras sus ojos buscaban los míos. Era una muestra de muda súplica que tomó algunos momentos que me parecieron eternos.

 ‒¿De verdad me llamará usted? ¿Considera que tengo posibilidades? Ya sabe usted que en estos tiempos el dinero, aunque sea poco, es más importante que en otras épocas del año.

 ‒Yo le llamo, le llamamos ‒dije mientras retiraba mi mano con la menor brusquedad posible mientras mi teléfono sonaba con insistencia. Seguramente ya estaba listo el siguiente candidato al puesto.

 

     2.  Nuevo empleado

El domingo, al subir en la escalera eléctrica, me encontré de frente a una pareja de jóvenes, una mujer trigueña de pelo corto quien sujetaba apenas la mano de su compañero. Me sorprendió el joven con un saludo muy afable:

‒¡Señor, que sorpresa verlo! ‒ante mi extrañeza, más que sorpresa, complementó:

‒Usted me entrevistó ayer para una vacante. ¿Cómo está? La joven me miraba sonriente y él, cortésmente me hizo saber:

‒Es mi novia. Es decir, somos novios.

 ‒Ah, sí. Es cierto. ¿A usted cómo le va?

 ‒Pues sinceramente nosotros estamos esperando su decisión. Me encantaría trabajar con ustedes. Ojalá y pueda apoyarme.

 ‒La verdad, el asunto ya está en manos del departamento de personal.

 ‒¿Y pudiera usted influir un poco?

 ‒Pues yo lo veo, a ver qué pasa. Por cierto, me tengo que retirar, me esperan. Una disculpa.  

Nos despedimos con un saludo de mano. Me la estrechó con fuerza como si no deseara terminar el fortuito encuentro. Parecía no dejarme marchar. Su novia lo tiró un poco hacia un lado, un tanto cohibida.

En realidad, la misma tarde ayer, después de la entrevista de rutina, se contrató a un mejor candidato.

La mañana siguiente recordé el episodio mientras me dirigía a mi trabajo en la oficina. Tenía que llegar a tiempo para recibir al nuevo empleado.

 

3.     Situación difícil

La encargada de recepción recibía un pequeño listado cada día. No pasaba de diez nombres completos de hombres o de mujeres. La planta fue de las primeras que integró al trabajo no solo mujeres. El llamado podía ocurrir a cualquier hora del día; pero parecían preferir a media mañana, o poco antes de la hora de salida de cada turno. La tensión empezó a subir después de las primeras dos semanas conforme iniciaba la siguiente y luego la siguiente.

Los fines de semana, aunque trataba de no darle importancia se ensombrecían sin importar que participara en reuniones o parecieran muy divertidas las convivencias familiares.

‒¿Está pasando algo malo? ‒pregunto su esposa, siempre suspicaz.

‒Todo bien.

‒Has estado estos últimos días demasiado serio. Como triste.

‒Estoy preocupado.

‒¿Por?

‒Creo que me van a correr de la fábrica.

‒¿Hiciste algo mal? ¿Cometiste algún error?

‒No creo. Están corriendo empleados todos los días.

‒¿Pero, así nomás?

‒Solo dicen que la situación en general está muy difícil.

 

Creo que nunca le tuvimos tanto miedo al altavoz de la empresa. Mencionaban uno a uno los nombres completos:

Remigio Gutiérrez Pérez por favor pasar a la oficina de Personal. Luego repetían cada nombre, Remigio Gutíerrez Pérez por favor pasar a la oficina de personal.

Remigio se despidió de los compañeros y compañeras más cercanos.

‒Ya me chingaron ‒murmuraba con amargura‒ nos seguimos viendo.

Luego un saludo ruidoso por el sonido de las manos al golpear.

Unos minutos más tarde volvía cada empleado con un sobre en la mano y acompañado del empleado de seguridad para vigilar que el exempleado solo recogiera sus efectos personales. Luego era acompañado a la parte trasera del edificio, entrada y salida para empleados.

El temor y la preocupación distraían constantemente del trabajo. La persona siguiente podía ser cualquiera: operador, operadora, técnico de mantenimiento, supervisor, incluso algún gerente.

‒Tú que te llevas bien con la secretaria del departamento de personal pregúntale si tú y yo estamos en la lista. Tú sabes que este ha sido mi único trabajo y tengo miedo de que me corran.

‒Ya le pregunté. Dice que poco a poco van a correr a poco menos de la mitad de los empleados.

‒¿Entonces puedo ser yo la siguiente?

-No sé.

‒Tenemos que buscar otro empleo.

‒¿Y a qué hora?

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.