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jueves, 20 de agosto de 2026

Duelo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Duelo

 

Por Erbey Mendoza

 

Sobre todo en la adolescencia, a don Gervasio le habría gustado llamarse Anselmo. Su nombre en cambio le producía una especie de incomodidad vergonzosa que escondía haciendo énfasis en su nombre

—Gervasio Arellano Domínguez, para servirle.

Jamás aceptó apodo, ni cariñoso ni ofensivo: siempre se aseguró de que, al hablarle, todo mundo pronunciara las tres sílabas completas de su nombre.

Don Gervasio sacó el pequeño artefacto del bolsillo de su camisa y lo puso sobre la mesa.

—¿A ver este?

Don Chindo sacó los lentes, tomó el artefacto, y dejó salir un suspiro que era también un rugido que a su vez era también una forma de no quedarse en silencio. Le dio vueltas al artefacto para apreciarlo de diferentes ángulos.

—Este es de un…— dijo arrastrando largamente la n en una curvatura de agudo a más grave.

—¿A ver?

Don Gervasio hizo presión.

—Este es de…

Don Gervasio miraba fijamente a don Chindo haciendo una prematura sonrisa victoriosa.

—Este va en… Sí, este es de un taladro —resolvió probar don Chindo, para que don Gervasio quitara el gesto.

Sin mirar, devolvió el artefacto a la mesa, se quitó los lentes y se puso a limpiarlos con el mantel de la misma mesa. 

—No, qué taladro ni qué nada —don Gervasio tomó el artefacto y lo miró.

—Sí, cómo no. ¿O de qué dices, según tú, que es?

—De un taladro, no. 

—¿Entonces?

—No, pos a ver tú.

Hasta esa tarde, y tras varias décadas, el duelo iba más o menos a la par. Pero la última vez, don Gervasio no había podido reconocer un pistón de hidrolavadora.

Don Chindo se volvió a poner los lentes y le quitó a don Gervasio el artefacto.

—A ver, pues.

Don chindo volvió a estudiarlo lentamente, con la cabeza levantada para enfocar la vista en el cuadrito inferior de sus bifocales.  Lo acercó a su nariz y olfateó el fuerte aroma metálico. Repitió el suspiro.

—¿No? —preguntó Don Gervasio, ya saboreando el desenlace.

—No, pos si no es de un taladro, no.

Don chindo nuevamente lo devolvió a la mesa y volvió a limpiar sus lentes. 

Con la balanza a su favor, don Gervasio tomó en su gruesa mano el artefacto clavándole una mirada dulce.

—Este, Chindo, es de un…  

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

martes, 18 de agosto de 2026

Mi analítica nieta

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Mi analítica nieta

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Había tres pasteles en la mesa. Le pregunto a Nina Violeta:

―¿Cuál te gusta más: el azul o estos de acá?

―¿De qué son aquellos? ―me pregunta ella.

―De chocolate.

―El azul no lo conozco, no lo he probado. Así que por ahora prefiero los allá.




Jesús Chávez Marín es editor de Estilo Mápula

domingo, 9 de agosto de 2026

Un crimen pluscuamperfecto

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Un crimen pluscuamperfecto

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Los dos detectives ocuparon el lugar de siempre en la taberna La Gaviota, en la calle Diez y seis. Eran el teniente García, un hombrachón excedido de peso que desde cien metros de distancia adivinaba uno que era policía, se diría que “tenía la facha”. El otro, delgadito y de cachucha, gorra de visera y atuendo más de vendedor de enciclopedias que de policía, era el agente Rodríguez. Paranoia o deformación profesional, tenían que situarse en aquel rincón de donde podían ver quien entraba o salía del tugurio.

El cantinero Fidel, un hombre jovial y dicharachero con un mandil que no dejaba duda que era el bar tender, ya les había servido lo de siempre: una cerveza oscura para el teniente García y un ron con canela para el agente Rodríguez.

—¡ Ay paisano! ¿No temes que la canela te haga daño?

—¡Tanto como a ti el lúpulo y el mosto!

No era la primera vez que el uno criticaba la bebida del otro. Tal diálogo se había hecho viejo de tanto repetirlo. Un traguito y la conversación iba a donde siempre: el trabajo.

—¿Tienen ya una pista? —preguntó García.

—¿De la muertita de ayer? Claro, ya agarramos al tipo, ¡un cornudo resentido. Lo de siempre!

—Lo dices como si no fuera la gran cosa.

—Sí. De hecho, comienzo a aburrirme.

—Pues no son casos como los de Poirot —comentó el teniente.

—¿El de Ágatha Christie?

—Ese.

—Pues en nuestra delegación no hay casos así de complicados.

—¿De verdad lo crees? ¿Qué tal los de la carpeta naranja del Capitán Salinas?

—¿Los casos irresueltos cerrados?

—Esos mismos. Habrá algunos que se cerraron por orden superior, pero otros simplemente porque no se pudo encontrar un culpable.

—¿Piensas en alguno en especial?

—Sí, en el de Lamaire Leroy. Siendo tan famosa y tan hermosa, nunca se pudo determinar quién la mató.

—Si. Recuerdo todos los sospechosos eran tan famosos como ella. El principal entre ellos de hecho se libró porque cuando ella fue asesinada él conducía un show en la tele con varios miles de espectadores. Otro estaba en Francia. Un tercero estaba en la cárcel, y así sucesivamente —apuntó Rodríguez asombrando a su superior que no pensó que el agente supiera tanto así de aquel caso.

—Veo que lo sabes todo. Es una lástima que cuando ya nos disponíamos a comenzar las pesquisas nos ordenaran pasarlo a “instancias superiores”.

—Sí, a todos nos dolió el desprecio. Especialmente al Capitán Salinas. Era un caso muy grande como para una delegacioncilla de barriada.

—Pero mira, hablando del rey de Roma cuando le nariz asoma.

En efecto en ese momento el Capitán, tipo atlético y bien parecido, cruzaba el umbral de La Gaviota. En tono jovial se acercó a sus subalternos:

—¿Qué hacen? ¿Resolviendo casos?

—Así es, mi Capitán —respondió García.

—¿Alguno en particular?

—El de Lamaire Leroy.

—¿Y creen que un caso en el cual se gastaron millones de pesos sin llegar a encontrar al culpable pueda resolverse en una conversación de cantina?

—Siempre podemos tartar, mi Capitán. ¿Cómo es que un caso como ese vino a dar a nuestra delegación?

—Muy sencillo: La ciudad creció en esta dirección. La elegante colonia Catedrales Europeas se construyó justo en los límites de nuestro barrio. Por supuesto, bardeada de manera que los mortales común y corrientes no pudiéramos entrar en ella. Ahí fue que Lemaire construyó le construyeron su mansión.

—Así que cuando la mataron el caso nos correspondía a nosotros.

—Sí.

—Entiendo que usted fue quien acudió primero al lugar del crimen cuando la criada encontró a Lemaire degollada —inquirió Rodríguez—. ¿Podría decirnos qué fue lo que encontró?

—¡Uh! ¿Ahora me interrogas?

—Sí, cuéntenos por favor.

Aclarando la garganta como dándose importancia, el Capitán se dispuso a relatar lo que vivió en aquella ocasión:

—¡Una escena difícil de olvidar! Aquella bella mujer, apenas vestida en un negligé de gasa púrpura casi trasparente. ¡Quien dijera que aquel cuerpazo era obra de los cirujanos plásticos! La cortadura en el cuello era una de las más impresionantes que he visto y he visto muchas en toda mi carrera.

—¿Y había alguna cosa irregular? Digo, ¿además del cadáver?

—No. Digo, sí. La ropa interior debajo del negligé. La pantaleta, la llevaba al revés, la cara que lleva la etiqueta se veía a través de la gasa. Pero…

—Eso es muy importante. Una persona como ella nunca se pondría el calzoncillo al revés. Y probablemente tampoco andaría en negligé por la casa. O estaba desnuda cuando la mataron, o la vistieron así para que así la encontraran.

—¿Y a dónde vas con eso?

—A resolver el enigma en esta conversación de cantina, mi Capitán. Se investigaron tres sospechosos. Hombres todos. Y con la información que usted nos ha dado, todo indica que la asesina fue una mujer. Para comenzar, es dudoso que un hombre quisiera destruir tan espectacular fémina. Por eso la herida era diferente de todas las que usted había visto antes. Al ponerle el negligé, la perpetradora sugeriría una sensualidad dirigida a agradar a un amante. Los investigadores supondrían que la pantaleta al revés también apuntaría a un hombre, esta vez uno que apresuradamente ocultaba su delito. ¿Por qué haría el asesino la asesina eso? Pues para alejar la sospecha de ella misma.

—¡Interesante! ¿Algo más?

—Los sospechosos que fueron investigados, lo fueron porque se supo que algo habían tenido que ver con ella, ¿cierto? Y ese algo, que era suficiente que la policía los investigara por supuesto, lo era también para que las esposas o amantes de los sospechosos ardieran de celos. Así las cosas, la amante o esposa del que estaba en la cárcel es una candidata poco probable. Si era una cuestión de celos, eran celos antiguos. Del que andaba en Francia, probablemente la mujer lo acompañaba. Queda uno, el del show en la tele, y una probable amante o esposa celosa, ahí es que hay que buscar.

—Pero estas sugiriendo que la asesina es…

—¡Exactamente! ¿Ve que una discusión de cantina vale más que peritajes de millones?

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

lunes, 27 de julio de 2026

Alicia a través del mar


 

Alicia a través del mar

 

Por Victoria Montemayor Galicia

 

La aurora de rosáceos dedos acarició la hierba y entró a hurtadillas por la ventana. Alicia terminaba su último sueño. Los conejos saltaban de la madriguera. Alicia corría a la orilla de la playa tratando de que el oleaje no rozara sus tersas piernas. El mar brillaba con iridiscencias de coral. La espuma estallaba en las rocas. Alicia contemplaba la inmensidad del océano, sus ojos se posaban en el horizonte, a la distancia del tiempo observaba su vida a través del espejo. Ahora el mar la cubría de recuerdos.

En la noche de invierno las imágenes se dibujaban en la frágil imaginación de Alicia, la figura de su padre, alta, fina, nariz aguileña, anteojos redondos, ojos aceitunados, cabello rizado, labios delgados, palabras que brotan de un manantial cristalino, a veces fangoso. Su madre, delgada, blanca, cabello negro, ojos de roble, nariz recta, labios cereza, carnosos, sonrisa resplandeciente en medio de la tormenta. Frágil y hermoso cervatillo en el claro de una foresta. Caminaron por senderos distintos, en noches de oscura tempestad, su madre fue al bosque, su padre a la montaña. En la memoria de Alicia permanecía fresco el recuerdo de soleados días, de tardes de helados, pinturas, rostros, jardines, batallas, mendigos, prostitutas, reyes y princesas, tardes de sonrisas y adioses.

La ausencia impregnada en cada rincón de su piel, en eterna espera. Cerrar y abrir los ojos, correr, reír, beber y llorar, comer, estudiar. En el sueño Alicia sentía los simples placeres de la vida, un padre que la sostuviera con ternura, que le tomara la mano, que juntos rompieran olas, buscaran perlas, caracolas, conchas y estrellas. No eran necesarios los castillos, Alicia los forjaba y destruía en la arena, en su vida, en el sueño.

 


Victoria Montemayor Galicia es doctora en educación, artes y humanidades; maestra en humanidades por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Egresada de la carrera de lengua y literatura modernas letras italianas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado en congresos nacionales e internacionales de poesía de los Siglos de Oro, Renacimiento, Barroco, literatura europea, mexicana e hispanoamericana, mito crítica, hermenéutica y tradición clásica. Autora del libro Petrarca y la poesía del Renacimiento, publicado por la UACH. Coordinadora de las licenciaturas en letras españolas y letras hispanoamericanas en la Facultad de Filosofía y Letras, y maestra de lengua italiana en el Centro de Idiomas de la UACH.

domingo, 26 de julio de 2026

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Por Rosario Ruiz Morales

 

La enfermedad: Depresión. Que más.

Se siente en el alma, la mente y el espíritu. Se dice así, pero nadie la ha podido descifrar. ¿Se sitúa en el Sistema Nervioso? Situación corporal en general. Quién puede anotar algo más.

Ella la padeció durante nueve eternos meses. No comía. No dormía. No pensaba. No existía. Solo lloraba. A veces gritaba pidiéndole al Altísimo que se la llevara con su amor.

Quienes han padecido esto por largos periodos de tiempo y han podido salir de ese terrible estupor, envueltos en las sombras taciturnos y sin voz, pueden atestiguarlo. Quienes la han padecido y han salido de ella, Gloria a Dios.

Pueden ella y otros dar su punto de vista, la manera en que se enfrenta ese dolor, ese terrible estado anímico. Nadie saldrá solo. Dios, el hacedor de todo bien, es quien pone Ángeles en tu vida.

Tendrás que recurrir a especialistas, terapeutas, psicólogos, psiquiatras, tanatólogos, y no sin antes recurrir al médico de todos: Dios mismo. Él es el único sanador del alma. Sacerdotes especializados en temas escabrosos y complejos del ser humano coinciden en algo trascendental: el alma enferma cuando un suceso tremendo cambia la perspectiva de existir.

Los factores que intervienen directamente en este mal como anomalía, deficiencia, padecimiento, estado mental, estado anímico o patología sistémica.

En este lapso de tiempo no se piensa. No accionas ni reaccionas ni respondes, pues estás privado de toda conexión con la realidad, entorno,  familia, situación anímica, como si no existieras para nada ni nadie.

El dolor no te deja accionar, solo lloras, no hay tiempo, ni hambre ni sed. Permaneces en shock, no sales del estupor solo interrumpido, si acaso, por ir al baño, y al entrar, no sabes ni a qué ni porque vas.

Ella recuerda hoy. Cuando ya se le acabaron hasta las lágrimas ya no podía llorar de tanto dolor, el pesar había nublado la razón, el mundo seguía girando a velocidad vertiginosa sin ni siquiera percatarse que sucedía en su entorno, si era espectadora o simple protagonista, no había ninguna diferencia.

Las demás personas actuaban con una desenfrenada obstinación por moverla, sacarla de ese estado catatónico en el que ella deseaba estar y que la dejaran en paz, solo quería dormir y gritar pidiéndole al Altísimo que la llevara a dónde había quedado el amor de su vida que había partido hacia Él.

El mundo se fracturó en mil pedazos sin que nadie pensara en volver a formar ese rompecabezas que formaban su vida y su entorno, simplemente no había nada.

Pasaron los meses sin que nadie asomara por un rato a su mundo interior, ni preguntara que si necesitaba algo, simplemente no lo hubo.

Ella lo presintió dos días antes de su muerte y en el funeral vio totalmente el panorama.

Dios le concedió sin excusa ni pretexto alguno poco a poco renacer y encarar la vida ya sin su principal motor, sin un motivo en especial, ya no existía.

Hoy puede ella contar, bendiciendo a Dios, a sus amigas que la llevaron al Taller de Duelos de la Divina Providencia y a escribir, todo lo que la mente le obligaba para honrar la memoria y recuerdo de su esposo. Ella hoy tiene recuerdos desde el siguiente día en su funeral y cada hora siguiente,  contando la historia y la vida en común.

Gracias, Sylvia Ortega Duarte. Gracias, doctora Laura Guadalupe Amador Guzmán. Sé que hoy gozan del Señor y que ahí lo han visto, descansen en paz.

Ella agradecerá por lo que le queda de vida los favores recibidos.

 


Rosario Ruiz Morales se inició como escritora en agosto de 2010, cuando entró a un taller literario llamado
Para perderle el miedo a la escritura, en Demac. Desde entonces escribe todos los días, como una forma de meditación y trascendencia.

lunes, 20 de julio de 2026

Días así

 

Días así

 

Por Mario Lugo

 

1.     El que sigue

¿Qué tan rápido procesa documentos en la computadora? pregunté.

Me encuentro un poco entumecido, oxidado. Usted sabe, un par de años sin empleo fijo en lo que uno sabe hacer, o sabía. Esto causa sus estragos; pero ganas de trabajar me sobran. De veras necesito el empleo dijo, mientras me estrechaba con sus dos manos la mía que yo le había extendido en señal de despedida.

Sí, claro le dije un tanto confuso. Nosotros le llamamos.

Mi mano siguió prisionera entre sus dos manos mientras sus ojos buscaban los míos. Era una muestra de muda súplica que tomó algunos momentos que me parecieron eternos.

 ¿De verdad me llamará usted? ¿Considera que tengo posibilidades? Ya sabe usted que en estos tiempos el dinero, aunque sea poco, es más importante que en otras épocas del año.

 Yo le llamo, le llamamos dije mientras retiraba mi mano con la menor brusquedad posible mientras mi teléfono sonaba con insistencia. Seguramente ya estaba listo el siguiente candidato al puesto.

 

     2.  Nuevo empleado

El domingo, al subir en la escalera eléctrica, me encontré de frente a una pareja de jóvenes, una mujer trigueña de pelo corto quien sujetaba apenas la mano de su compañero. Me sorprendió el joven con un saludo muy afable:

¡Señor, que sorpresa verlo! ante mi extrañeza, más que sorpresa, complementó:

Usted me entrevistó ayer para una vacante. ¿Cómo está? La joven me miraba sonriente y él, cortésmente me hizo saber:

Es mi novia. Es decir, somos novios.

 Ah, sí. Es cierto. ¿A usted cómo le va?

 Pues sinceramente nosotros estamos esperando su decisión. Me encantaría trabajar con ustedes. Ojalá y pueda apoyarme.

 La verdad, el asunto ya está en manos del departamento de personal.

 ¿Y pudiera usted influir un poco?

 Pues yo lo veo, a ver qué pasa. Por cierto, me tengo que retirar, me esperan. Una disculpa.  

Nos despedimos con un saludo de mano. Me la estrechó con fuerza como si no deseara terminar el fortuito encuentro. Parecía no dejarme marchar. Su novia lo tiró un poco hacia un lado, un tanto cohibida.

En realidad, la misma tarde ayer, después de la entrevista de rutina, se contrató a un mejor candidato.

La mañana siguiente recordé el episodio mientras me dirigía a mi trabajo en la oficina. Tenía que llegar a tiempo para recibir al nuevo empleado.

 

3.     Situación difícil

La encargada de recepción recibía un pequeño listado cada día. No pasaba de diez nombres completos de hombres o de mujeres. La planta fue de las primeras que integró al trabajo no solo mujeres. El llamado podía ocurrir a cualquier hora del día; pero parecían preferir a media mañana, o poco antes de la hora de salida de cada turno. La tensión empezó a subir después de las primeras dos semanas conforme iniciaba la siguiente y luego la siguiente.

Los fines de semana, aunque trataba de no darle importancia se ensombrecían sin importar que participara en reuniones o parecieran muy divertidas las convivencias familiares.

¿Está pasando algo malo? pregunto su esposa, siempre suspicaz.

Todo bien.

Has estado estos últimos días demasiado serio. Como triste.

Estoy preocupado.

¿Por?

Creo que me van a correr de la fábrica.

¿Hiciste algo mal? ¿Cometiste algún error?

No creo. Están corriendo empleados todos los días.

¿Pero, así nomás?

Solo dicen que la situación en general está muy difícil.

 

Creo que nunca le tuvimos tanto miedo al altavoz de la empresa. Mencionaban uno a uno los nombres completos:

Remigio Gutiérrez Pérez por favor pasar a la oficina de Personal. Luego repetían cada nombre, Remigio Gutíerrez Pérez por favor pasar a la oficina de personal.

Remigio se despidió de los compañeros y compañeras más cercanos.

Ya me chingaron murmuraba con amargura nos seguimos viendo.

Luego un saludo ruidoso por el sonido de las manos al golpear.

Unos minutos más tarde volvía cada empleado con un sobre en la mano y acompañado del empleado de seguridad para vigilar que el exempleado solo recogiera sus efectos personales. Luego era acompañado a la parte trasera del edificio, entrada y salida para empleados.

El temor y la preocupación distraían constantemente del trabajo. La persona siguiente podía ser cualquiera: operador, operadora, técnico de mantenimiento, supervisor, incluso algún gerente.

Tú que te llevas bien con la secretaria del departamento de personal pregúntale si tú y yo estamos en la lista. Tú sabes que este ha sido mi único trabajo y tengo miedo de que me corran.

Ya le pregunté. Dice que poco a poco van a correr a poco menos de la mitad de los empleados.

¿Entonces puedo ser yo la siguiente?

-No sé.

Tenemos que buscar otro empleo.

¿Y a qué hora?

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

sábado, 18 de julio de 2026

Ley de Gravedad

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Ley de Gravedad

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Gonzalo había caído sobre el piso de mosaico de la estancia. Unos metros más allá se quedó muda y como esperándolo su silla de ruedas. Aunque no había practicado mucho, sabía lo que tenía que hacer. Recordaba lo que la muchachita aquella de la terapia ocupacional se había esforzado por enseñarle.

Primero que nada, había de cerciorarse de que no había nadie que pudiera echarle una mano. Era jueves, día en que la auxiliar no llegaría hasta las dos de la tarde. Sintió que no podía, no debía quedarse tirado ahí hasta entonces. Mientras lo pensaba ya había reptado hasta el pie de la silla. El paso siguiente era ponerse de rodillas como si estuviera rezando frente a la silla. Con mucha dificultad pudo hacerlo. Luego debía asegurar los frenos de la silla, para que no fuera a moverse. Una vez hecho eso, apoyándose en el asiento de la silla debería doblar su pierna buena y así pararse frente a la silla. Dar la media vuelta y sentarse en ella fue lo más fácil.

Una vez en la silla pasó a reflexionar sobre lo que había pasado:

—¡Ay, Gonzalo! —se dijo a sí mismo—. Es tu segunda caída, por fortuna no te quebraste un hueso. Ya te lo vaticinó tu hermana después de la primera caída: una fractura de cadera es el principio del fin.

Y ahora tenía que llamarla por teléfono y contarle del percance. Ya la oigo: “Ya lo ves, un descuido y lo que pasa” Y tal vez le martillaría en la cabeza aquello del “principio del fin”. Pero había que notificarle, después de todo ella era la única persona a quien él sabía que le importaba. Bueno, también a la auxiliar le importaba, pero esta vendría más tarde y entonces le podría decir.

—¿Estás seguro de que estás bien? Al rato paso a verte. ¿La auxiliar todavía no llega? A lo mejor estoy ahí antes que ella.

Ahora sí, a solas con su gato y su silla de ruedas podría ponerse a pensar. ¿Qué te dice una caída? Pues si posees una mente educada lo primero que se te ocurre es que la ley de la gravedad existe. Tomó a Newton ver caer una manzana para descubrirla. Al que cae, toma ver el suelo aproximarse a su cara a gran velocidad si cae de frente, si lo hace de espaldas es el techo el que se aleja. Luego viene lo que se llama damage assessment, es decir, ver si algo se dañó, si algo se quebró. ¿Por qué duele o por qué no duele? Malvada ley de la gravedad, esta vez no me hiciste nada, pero ya sé que ahí estarás acechando.

Se abre la puerta, la que da a la calle Once. Es la hermana, ella tiene llave.

—¡Ay Dios, pero mírate, tienes sangre en la cabeza! ¡Hay que llevarte con el doctor Félix!

—¡Ay hermanita, te juro que estoy bien! No necesito ir al doctor.

—Claro que necesitas ir. Acuérdate de Toñita. Se cayó y dijo que no tenía nada. La radiografía reveló una tremenda fractura.

—Y se murió.

—Así que alístate. En cuanto llegue Albertina…

—Agustina.

—Agustina, pues. En cuanto llegue nos iremos los tres a ver al doctor. Ya estoy llamando a Rosy, la enfermera, para que nos esperen.

Y mientras le limpiaba con una gasita con alcohol la pequeña descalabrada en la cabeza, casi en la frente, Gonzalo preguntó:

—Dime, Olivia, ¿alguna vez has pensado en la importancia de la ley de la gravedad?

—Sí. Claro que es muy importante. Es la que nos mantiene sobre la tierra.

—O sea, no has pensado mucho en ella.

Apenas entonces cayó en la cuenta que su hermana no había llegado sola, su hijo de once años la acompañaba.

—Y tú, Andy. ¿Nos puedes ilustrar respecto a la fuerza de gravedad?

—¡Seguro! La Aceleración de la Gravedad estándar en la tierra es de 9.814 metros por segundo cuadrado. En términos vulgares mientras más arriba estás más fuerte caes, es decir cuando llegas al suelo.

—¡Y más te duele el golpe! Especialmente cuando se enfría la parte que te golpeaste.

—No hagas conclusiones, deja que te vea el doctor. Puedes necesitar un emarai la resonancia‒, o una tomografía, o por lo menos una radiografía —puntualizó Olivia.

—¿Qué sabes tú de esas cosas?

—Pues he visto muchos casos.

—Como el de Toñita, la que se murió.

—Pues sí, pero también otros que vivieron. Aunque con consecuencias.

—Pero a mí ni me duele.

—Como tampoco te habías dado cuenta de que estabas sangrando de la cabeza.

—¿Y Andy? ¿Va con nosotros?

—Pues ni modo de que se quede aquí solo.

No valía la pena discutir con Olivia. Una vez que ella decidía algo, eso se hacía. Así fue siempre. Un poco después llegó Agustina.

—Pero ¿cómo fue?

—Pues de arriba hacia abajo.

—¿Ves? ¡Ni estando moribundo toma las cosas en serio!

—No se diga más, vamos donde el doctor Félix.

—Vayamos a donde las mujeres quieran.

Y la pequeña expedición marchó hacia el Centro Médico Redención, complejo de gabinetes y consultorios del cual el doctor Félix era el director general. Como Olivia lo había anticipado, Rosy la enfermera los esperaba a la entrada.

—Le dije al doctor y él inmediatamente ordenó una tomografía. Ya esperan, don Gonzalo, ahí enfrente.

La enfermera Rosy sabía darle su lugar a la gente. Gonzalo saboreó el ser llamado don Gonzalo y se enderezó en su silla de ruedas. Así, Olivia dirigiendo, Agustina empujando, Gonzalo rodando y Andy siguiendo, emprendieron la marcha desde el estacionamiento y la calle que los separaba del gabinete radiológico. Ocupaba este un flamante edificio identificable por un letrero que anunciaba: Centro Médico Redención, TAC, MRI y Rayos Equis.”

Gonzalo lo leyó y su mente siempre dispuesta a bromear pensó: “solo falta que diga “se aplican inyecciones y se pegan botones’”.

Pasaron a una salita de recepción donde el técnico, un muchacho fornido y de aire distraído, ya los esperaba. Entraron al cuarto donde estaba aquel impresionante aparato, el escáner. El técnico ayudó a Gonzalo a desplazarse de su silla a la camilla del aparato. Oyendo una ligera queja durante el traslado el muchacho preguntó:

—¿Tiene dolor?

—Solo cuando me acuestan en una tabla como esa.

—Ya veo. Pero no toma mucho tiempo.

El técnico accionó entonces un mecanismo que hizo que la camilla con Gonzalo en ella penetrara en aquel túnel que era el escáner. No sabía si el escáner era viejo o si todos los escáners hacen tanto ruido. Pero mucho ruido. Un poco de tiempo después, el grupo con todo y Andy seguían ya al técnico radiólogo que llevaba las radiografías protegidas por un papel amarillo en la mano. Sin más, cruzando de nuevo calle y estacionamiento, penetraron en la sala de espera del consultorio que ostentaba el rótulo “Doctor JD Félix Ortopedista y Traumatólogo”.

“Justo lo que Olivia quiere” —pensó Gonzalo.

El lugar se encontraba repleto de pacientes, unos en silla de ruedas, otros enyesados, incluso uno con un curioso aparato de tracción. Una segunda enfermera los pasó a una sala interior, donde cada uno, hasta el pequeño Andy encontró acomodo. Antes notaron la expresión de disgusto de los demás pacientes que se preguntaban en silencio: “¿Por qué pasan a esos si yo llegué primero?”

Unos quince minutos después, por la puerta del fondo apareció el doctor Félix. Llevaba las placas radiográficas en la mano, ya sin el papel amarillo. Caminó hacia la pared lateral de donde pendía un negatoscopio, colocó las placas en él y, accionando un pequeño interruptor, la luz fluorescente del artefacto iluminó las placas. Señaló con su elegante pluma fuente el centro de una de las imágenes y dijo:

—Miren aquí está. Es una pequeña fisura en la cabeza del fémur.

—Y ¿qué hay que hacer? —preguntó Gonzalo.

—No hay mucho que hacer. Si te duele te daremos algo para el dolor. No necesito decir que debes evitar poner peso de ese lado, pues ya estás en una silla de ruedas. Pero, aunque suene tonto decirlo, tienes que evitar andarte cayendo. ¡Mucho cuidado querido amigo!

Luego dio media vuelta y se marchó por la misma puerta por donde había entrado. Rosy y la otra enfermera les pidieron entonces que pasaran a otro cuarto contiguo a “llenar unos papeles” y mirándose unos a otros con un dejo de confusión oyeron a Gonzalo decir:

—¡Les dije que no tenía nada!

Una vez completado el ritual del papeleo y de atravesar la sala de espera, Agustina, no dejando que Andy empujara la silla de ruedas de Gonzalo, lo llevó hasta la orillita de la banqueta y dijo solemnemente:

—Aquí mismo aguardaremos a que doña Olivia acerque su vehículo.

—¡Pero con cuidado! ¡No quiero que me vuelvan a meter en esa máquina monstruo!

Y así la expedición volvió a casa. En el automóvil, Andy aprovechó la oportunidad para explicar efusivamente a los demás la diferencia entre una resonancia magnética nuclear y una tomografía axial computarizada. Gonzalo ya no quería saber nada:

—Paremos ahí adelante por una hamburguesa. ¡Por favor!

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

miércoles, 15 de julio de 2026

Feria del Libro

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Feria del Libro

 

Por Marco Benavides

 

Con cariño para mi hija Elena

 

Mateo no era de los estudiantes que se emocionaban fácilmente. Prefería sentarse junto a la ventana y dibujar mapas de lugares imaginarios. Sin embargo, aquel viernes algo cambió: en el patio de la escuela habían instalado carpas blancas y mesas con libros. Era la Feria del Libro.

Caminó entre los puestos sin mucho interés hasta detenerse frente a una mesa pequeña, casi escondida. Sobre ella había un solo libro, viejo y cubierto de polvo. En la portada se leía, con letras doradas: El lector que abrió la puerta. Detrás de la mesa, una anciana lo observaba con una sonrisa tranquila.

—Ese libro no se escoge por casualidad —dijo ella.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Mateo.

—Una pregunta sincera—. Solo eso, contestó la añosa mujer.

Mateo apoyó la mano sobre la portada y preguntó:

—¿A dónde van las historias cuando nadie las lee?

La anciana sonrió. El libro se abrió solo, una luz verde salió de sus páginas y las letras formaron un remolino que lo envolvió.

Cuando abrió los ojos, estaba en una ciudad hecha de páginas: las calles eran renglones, los edificios parecían capítulos y en el cielo flotaban signos de interrogación. Un gato con chaleco rojo y bigotes de tinta se acercó caminando sobre dos patas.

—Bienvenido a la Ciudad de las Historias Olvidadas —dijo—. Soy Coma, el guardián y guía. Aquí llegan las historias que nadie termina y los personajes que han sido olvidados.

Mateo vio a un caballero que esperaba recuperar su batalla, a una sirena sin mar y a un dragón que estornudaba chispas cada vez que hablaba. Coma le explicó que si nadie leía esas historias antes de que cerrara la feria, la puerta entre ambos mundos quedaría cerrada.

Luego le entregó una pluma plateada, y le pidió escribir un final verdadero para la historia que más lo necesitara. Mateo llegó a una plaza donde una niña de papel sostenía una linterna apagada.

—Mi historia termina antes de que encuentre la luz —dijo ella—. Nadie escribió qué había dentro.

Mateo pensó en sus propios miedos: hablar frente al grupo, equivocarse y no encontrar las palabras correctas. Respiró hondo, tomó la pluma y escribió: La niña abrió la linterna y descubrió que la luz no estaba dentro, sino en la voz de quien se atrevía a contar la historia.

La frase brilló. La linterna se encendió con una luz dorada que iluminó la plaza. Los personajes olvidados aplaudieron y el dragón soltó una feliz llamarada. Entonces volvió el remolino de letras.

—Recuerda —alcanzó a decir Coma—: una historia vive cada vez que alguien la comparte.

Mateo parpadeó y apareció de nuevo en el patio. El libro viejo estaba cerrado y la anciana ya no estaba, pero sobre la mesa encontró una nota: Ahora te toca abrir puertas.

Durante la presentación, la maestra pidió voluntarios para leer en voz alta. Mateo levantó la mano, algo que casi nunca hacía, y contó lo que había visto: la ciudad de páginas, el gato Coma, la niña de la linterna y los finales perdidos. Todos le aplaudieron entusiastas.

Y desde aquel día, Mateo dejó de ver los libros como simples tareas escolares. En cada feria buscaba una mesa pequeña y escondida, donde quizá lo aguardara otra historia para escribir su final.

 

Dr. Marco Benavides, 15 julio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.