Días así
Por
Mario Lugo
‒¿Qué tan rápido procesa documentos en la computadora? ‒pregunté.
‒Me
encuentro un poco entumecido, oxidado. Usted sabe, un par de años sin empleo
fijo en lo que uno sabe hacer, o sabía. Esto causa sus estragos; pero ganas de
trabajar me sobran. De veras necesito el empleo ‒dijo,
mientras me estrechaba con sus dos manos la mía que yo le había extendido en
señal de despedida.
‒Sí,
claro ‒le dije un tanto confuso. Nosotros le
llamamos.
Mi mano siguió prisionera entre sus dos manos
mientras sus ojos buscaban los míos. Era una muestra de muda súplica que tomó
algunos momentos que me parecieron eternos.
‒¿De verdad me llamará usted? ¿Considera que tengo
posibilidades? Ya sabe usted que en estos tiempos el dinero, aunque sea poco,
es más importante que en otras épocas del año.
‒Yo le llamo, le llamamos ‒dije mientras retiraba mi mano con la menor
brusquedad posible mientras mi teléfono sonaba con insistencia. Seguramente ya
estaba listo el siguiente candidato al puesto.
2. Nuevo empleado
El domingo, al subir en la escalera
eléctrica, me encontré de frente a una pareja de jóvenes, una mujer trigueña de
pelo corto quien sujetaba apenas la mano de su compañero. Me sorprendió el
joven con un saludo muy afable:
‒¡Señor,
que sorpresa verlo! ‒ante mi extrañeza, más
que sorpresa, complementó:
‒Usted
me entrevistó ayer para una vacante. ¿Cómo está? La joven me miraba sonriente y
él, cortésmente me hizo saber:
‒Es
mi novia. Es decir, somos novios.
‒Ah, sí. Es cierto. ¿A usted cómo le va?
‒Pues sinceramente nosotros estamos esperando su
decisión. Me encantaría trabajar con ustedes. Ojalá y pueda apoyarme.
‒La verdad, el asunto ya está en manos del
departamento de personal.
‒¿Y pudiera usted influir un poco?
‒Pues yo lo veo, a ver qué pasa. Por cierto, me
tengo que retirar, me esperan. Una disculpa.
Nos despedimos con un saludo de mano. Me la
estrechó con fuerza como si no deseara terminar el fortuito encuentro. Parecía
no dejarme marchar. Su novia lo tiró un poco hacia un lado, un tanto cohibida.
En realidad, la misma tarde ayer, después de
la entrevista de rutina, se contrató a un mejor candidato.
La mañana siguiente recordé el episodio
mientras me dirigía a mi trabajo en la oficina. Tenía que llegar a tiempo para
recibir al nuevo empleado.
3. Situación
difícil
La encargada de recepción recibía un pequeño
listado cada día. No pasaba de diez nombres completos de hombres o de mujeres.
La planta fue de las primeras que integró al trabajo no solo mujeres. El
llamado podía ocurrir a cualquier hora del día; pero parecían preferir a media
mañana, o poco antes de la hora de salida de cada turno. La tensión empezó a
subir después de las primeras dos semanas conforme iniciaba la siguiente y
luego la siguiente.
Los fines de semana, aunque trataba de no
darle importancia se ensombrecían sin importar que participara en reuniones o
parecieran muy divertidas las convivencias familiares.
‒¿Está
pasando algo malo? ‒pregunto su esposa,
siempre suspicaz.
‒Todo
bien.
‒Has
estado estos últimos días demasiado serio. Como triste.
‒Estoy
preocupado.
‒¿Por?
‒Creo
que me van a correr de la fábrica.
‒¿Hiciste
algo mal? ¿Cometiste algún error?
‒No
creo. Están corriendo empleados todos los días.
‒¿Pero,
así nomás?
‒Solo
dicen que la situación en general está muy difícil.
Creo que nunca le tuvimos tanto miedo al
altavoz de la empresa. Mencionaban uno a uno los nombres completos:
Remigio Gutiérrez Pérez por favor pasar a la
oficina de Personal. Luego repetían cada nombre, Remigio Gutíerrez Pérez por
favor pasar a la oficina de personal.
Remigio se despidió de los compañeros y
compañeras más cercanos.
‒Ya
me chingaron ‒murmuraba con amargura‒ nos seguimos viendo.
Luego un saludo ruidoso por el sonido de las
manos al golpear.
Unos minutos más tarde volvía cada empleado
con un sobre en la mano y acompañado del empleado de seguridad para vigilar que
el exempleado solo recogiera sus efectos personales. Luego era acompañado a la
parte trasera del edificio, entrada y salida para empleados.
El temor y la preocupación distraían
constantemente del trabajo. La persona siguiente podía ser cualquiera:
operador, operadora, técnico de mantenimiento, supervisor, incluso algún
gerente.
‒Tú
que te llevas bien con la secretaria del departamento de personal pregúntale si
tú y yo estamos en la lista. Tú sabes que este ha sido mi único trabajo y tengo
miedo de que me corran.
‒Ya
le pregunté. Dice que poco a poco van a correr a poco menos de la mitad de los
empleados.
‒¿Entonces
puedo ser yo la siguiente?
-No sé.
‒Tenemos
que buscar otro empleo.
‒¿Y a
qué hora?
Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

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