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lunes, 26 de octubre de 2026

Días así / 05


 

Días así / 05

 

Por Mario Lugo

 

5.  Escribir

 

Escribimos para dejar en claro nuestros impulsos o sentimientos más elementales. Nos mueve el mismo impulso que tienen los bebes para mover, sin aparente causa, sus manos o sus pies. Algo ocurre en sus cerebros apenas nacen al mundo exterior. Aun habiendo satisfecho sus necesidades primarias, ese algo los impulsa a trazar movimientos a veces bruscos y a veces serenos en el aire, o sobre el pecho materno mientras se amamantan; o mientras transcurren sus pequeñas soledades. Escriben, o quizá pintan, o esculpen, o dibujan; o hacen giros como quien dirige una orquesta. Crecemos y ese impulso que deja constancia de nuestra breve vida continúa.

Con relación a esa misma pregunta Jules Renard anotó una frase para mi inolvidable: “Escribo no para ganar dinero. No para ser celebre; sino porque no estoy tranquilo”

Para mí no hay reflexión que responda de manera exhaustiva y plena a la pregunta: ¿Por qué escribimos? Lo anotado arriba apenas revolotea sobre esa flor misteriosa como un colibrí nervioso. Habrá que ver atentamente a ese colibrí, el de cada cual, y esperar que nos diga algo más.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

viernes, 23 de octubre de 2026

Días así / 04

 

Foto: JChM / 1994

Días así

 

Por Mario Lugo

 

4.     Un fantasma en la presentación de Jazmín

 

Hace unos días publicó una invitación Miguel Ángel Chávez Díaz de León en Facebook para la presentación del libro Mudanza de Jazmín. El día y hora de presentación eran 03 de septiembre a la siete de la tarde, apenas ayer. La invitación mostraba la foto de la autora del libro, escrito en coautoría con Jesús Chávez Marín. Me extrañó un poco no haber recibido la invitación directamente por teléfono o por Whatsup. Tomé foto de la invitación y la conservé en mi archivo telefónico como información de referencia en caso de duda.

Diez minutos antes de las siete estaba yo ingresando al área de estacionamiento. A mi pregunta sobre el evento, el guardia de seguridad contestó que no sabía de ninguna presentación, y además acababa de iniciar turno; sin embargo, me dio instrucciones precisas sobre el área de estacionamiento y me dirigió a la recepción. El lugar en general estaba vacío. Abordé a una señorita que se disponía a retirarse. Parecía estar informada sobre las actividades del lugar y me hizo saber con extrañeza que no sabía de ninguna presentación programada. Preguntó si contaba con la invitación, respondí que sí y le mostré la foto tomada de Facebook. Vio rápidamente la fecha y me hizo saber que el día y la hora sí eran correctos, pero que se había llevado a cabo en 2016. ¿Entonces estoy diez años tarde? Ella no pudo evitar reír bastante divertida y un tanto compasiva ante mi sorpresa. Trató de darme una explicación:

―En algunas ocasiones dejan programados los eventos.

―No se preocupe ―le dije con cierta perplejidad. Le agradecí su apoyo y abandoné el lugar.

Por un momento pensé que soñaba, o que era yo un fantasma confundido. Pensé mientras me dirigía a mi casa que la fantasía aparece cuando menos esperas.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

viernes, 16 de octubre de 2026

Miradas

 

Miradas

 

Por Guadalupe Ángeles

 

La identidad como espejismo también podría explicar el síndrome del impostor, porque el temor de ser insuficiente es un espejismo a punto de disolverse porque no se han tenido los arrestos necesarios.

       Pienso en ese que creemos ser y cómo nos preocupamos por arroparlo, como si pasara demasiado frío fuera, deformar sus facciones y por tanto su personalidad.

       ¿Y si el que creemos que es otro, sí es otro? Sí queríamos que se supiera, los más recalcitrantes (o lo contrario), prefirieron quedarse a buen resguardo, ya preveían la crueldad, ¿alejarse de la crueldad puede llamarse cobardía?

      Fuimos todos, pero no todos fuimos privados de la libertad, no todos tenemos heridas recientes. Ello no impidió que nos mirásemos en el rostro distraído del joven elegido en el peor momento y llevado al instante tras el muro transparente.

      Lo vimos, porque ahora tenemos amigos que nos prestan su mirada y hubo tantas que es imposible no saber de qué lado está la inocencia.

      No fue espejismo. Su identidad quedó fijada en los hechos que todos vimos, incluso los que no tuvieron problemas para respirar o para ver, luego del hecho innegable.

      Repartiríamos prudencia si ello fuera útil; lo que sí lo es y también nos fue dado ver en abundancia, es la generosidad de quienes se atrevieron a caminar por las calles, esas precisamente, esa mañana, luego tarde, en la que la indignación tuvo más razones, como si más necesitara.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

lunes, 12 de octubre de 2026

Dibujo

 

Dibujo

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Te regalo un dibujo torpe: verás, en él hay una lengua que a punto está de saborear una flor; no tendrás dificultad en darte cuenta que la proximidad a la delicia está, con toda la intensidad que se adivina, en esa línea simple que a manera de ojo cerrado hace también las veces de un suspiro.

       No estás, pero te doy este dibujo, sí, soy ese ser de orejas puntiagudas, en ellas sigue resonando tu voz, tu risa.

       Las raíces de la flor son las de tu vida, que la breve garra del animal informe parece a punto de cortar; en el tiempo del dibujo eso no ocurre. Y mira, la lengua parece también una hoja de árbol prendida en ese rostro dulcificado por la redondez ambigua de su perfil.

      Así son las cosas en esa tierra (de la que la flor aún no es separada): no siempre azul oscuro ni brillo de mediodía. Lo sabes. Llegamos a ese conocimiento juntos. Digamos que este dibujo es homenaje a las figuras que ambos hicimos y ahora veo en el pensamiento como único público de una representación involuntaria en la que solo yo puedo dar fe del frío, pues mi piel lo sintió, de los colores percibidos sobre los párpados mientras el oleaje marino era canción de fondo; y vivir era verte desde un tercer piso haciendo danzas tus brazos sobre la arena para darme un dibujo como una manzana.

       Me atrevo a dejar este juguete de papel en el altar del sueño, para que ahí tengamos una cita solo posible porque mis ojos te saben de memoria.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

domingo, 11 de octubre de 2026

De extrapolaciones y otras dulzuras


 

De extrapolaciones y otras dulzuras

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Haré una muy grosera extrapolación: Si yo tuviera un robot para que me ayudara en los quehaceres domésticos, estaría diciendo Sí a la ciencia que ha permitido que tal objeto exista; pero a la vez le diré No a esa misma ciencia, negándome a conversar con el robot sobre la fragilidad de la existencia humana, ni sobre la gravedad que pudiera poseer tal noción en nuestra idea de la vida. Y aunque sepa que algún listillo en la fábrica de robots sirvientes pudiera haberle instalado un programa para debatir las ideas de Heidegger y Sartre, no me voy a lanzar a ese misterio porque tengo la capacidad de no hacerlo. En esta decisión de no tener esa conversación, entiendo que sí hay un sentido oculto del mundo técnico (la travesura del “listillo”, si quieren ustedes).

      Y no me pondría a platicar sobre la gravedad de la muerte con el supuesto ayudante porque, aunque todo lo que pueda encontrarme en el internet quiera llevarme a otra realidad, sé que la humanamente posible es solo una: esta; de modo que la reflexión meditativa es “lo que el ser humano tiene de más propio”; sí, y aunque esa reflexión esté en lucha constante con el pensar calculador, he de valorar a la primera contra la segunda por pura gana de seguir siendo humana.

       Entiendo que el pensamiento reflexivo se ubica en otra dimensión, más allá del puro pensar calculador, esa donde puedo asumir mi finitud como ser nacido en esta Tierra, y tal conciencia, aunque pueda producir angustia, también me da la libertad de dirigir mi propia vida hacia un proyecto libremente elegido. Sé que hay cientos de obstáculos o puede haberlos, no somos plantas nacidas en las nubes, hay una tierra donde están nuestras raíces, y eso significa algo tal vez desmesurado y que puede inclinar la balanza entre mis deseos y la realidad propiamente dicha, pero si uso una balanza o me lanzo a dibujarme una vida falsa en el Instagram, eso significa que la técnica la usaré para algo, repito entonces, puedo decir no y sí a todo; sé que la técnica o la tecnología (como prefieras llamarla) no es neutral, tan lo sé que yo la uso para escribir ahora estas palabras que finalmente quieren recordarte la importancia de la reflexión meditativa para dejar de ser juguete de la técnica, ¿podremos?

       No está de más informar que esta extrapolación proviene de la alocución titulada Serenidad que Martin Heidegger pronunció el 30 de octubre de 1955 en Messkirch, con ocasión de los festejos para conmemorar el 175 aniversario del nacimiento del compositor Conradin Kreutzer.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Presencias


 Foto: Isabel Jazmín Ángeles

Presencias

 

Por Guadalupe Ángeles

 

El reflejo del sol en la pared de piedra; los peces en el estanque: naranjas, negros; las flores, mariposas sobre sus pétalos; hojas de color mate, otras suavemente verdes; la vegetación dentro del río, y sus aguas frías y su ritmo, constante… ¿qué hace un habitante de las ciudades en medio de todo eso? Buscarse, volver a experimentar mientras contempla y siente la humedad de la mañana que todo a su alrededor le regala un nuevo semblante; o quizá recupera alguna mañana de su infancia cuando por primera vez pisaba el césped con los pies desnudos.

      La temperatura del agua del río es cosa seria, su ritmo; es por ello que la espía llegada de lugares muy distintos, grises, se asusta, y tal vez solo porque sus miembros, demasiado acostumbrados a sillas giratorias o de aquellas que encuentras en salas de espera, sienten amenazadora la cadencia del río, temen a su profundidad.

       Y sí, la espía desiste un rato de la investigación; va entonces a la alberca, ahí sí tocan sus pies la piedra firme, hay pequeñas cascadas que, si así lo decide, masajearan su espalda.

        Ve a los valientes nadar a la par con los peces, a favor o en contra de la corriente. Se embarca en balsa segura y escucha la voz de las guías que le hablan de árboles muy viejos, narran gentiles historias, le piden que adivine la temperatura del agua y explican que viene de un manantial, ese que ha visto poco antes: El Borbollón. No han recorrido el río entero, la devuelven pronto a tierra.

         Es un día diferente, hermoso, los bañistas, los atletas amigos del río se dejan deslizar abrazados a formas diversas que los mantienen a flote y hacen así en sus aguas figuras felices.

       Camina sobre puentes de madera, admira las ramas de árboles cuyos nombres desconoce, pues esta tarde los ve por primera vez.

      Llega pronto la noche, la espía siente una presión extraña, reza de prisa en sueños mientras a su lado, sentado en la cama, el Chaneque del Río Yautepec la mira y sonríe al tiempo que pasa suavemente su mano por el rostro de la fuereña.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

Árboles

 

Foto: Isabel Jazmín Ángeles

Árboles

 

Por Guadalupe Ángeles

 

…digamos entonces que el fruto es el árbol, aunque orbite en relación a lo profundo de la raíz. Digamos que la sabia es el árbol, aunque sea lo que por sus venas va. Así, ser la parte y el todo. Porque el árbol es también ataúd y puerta, y eso no lo hace menos fruto, porque ser rama es también ser bosque. ¿Qué otro nombre para designar el arte de quien creó todo lugar y su distancia?

Porque ser árbol es también ser terrón de tierra nutricia, por el arte de ser dulzura de fruto disuelta en la lengua del ser cuyas raíces descienden hacia lo profundo, donde ser árbol y humano es lo mismo que ser arte y objeto, debido a la maquinaria perfecta de saberse (con el pensamiento) nube y lluvia, invierno y todas y cada una de las hojas que el viento dispersa sobre la tierra, donde las ovejas pacen, donde las lombrices deshacen sus cuerpos al transformarse en alimento de raíces.

“Esa sal soy”, dice también el vapor que va del mar hacia el ala de la gaviota, en cuyo vuelo el ojo humano ve la posibilidad de asirse a un algo indeterminado que, a falta de mejor nombre,

 llama: “libertad” y en ese concepto basa su idea de existir debajo de toda nube, sobre la tierra, aunque conoce también el hecho de que reposará, llegado el día, bajo la tierra y aprenderá tal vez a ser raíz, terrón de tierra, dulzura de fruto, sombra de árbol.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

domingo, 13 de septiembre de 2026

El verdadero peligro de perderse

 

Foto: Isabel Jazmín Ángeles

El verdadero peligro de perderse

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Es fácil afirmar que algo no existe cuando no se ha sido capaz de respirar aquello como un perfume y fue necesario llevarse como una piedra en el pecho en lugar de un ramo de flores blancas en ese mismo lugar que no es físico pero lo es de manera profunda, porque somos seres duales (múltiples en más de un sentido), seres tan extraños que, algunos meditan, aunque sea una fracción de segundo, sobre la posibilidad de considerar como experiencia vital deseable el tener comportamientos de Gran Danés o Bulldog al mismo tiempo que se tiene cuerpo de ser humano, ¿se puede tomar en serio esta conducta?

¿Será que de las posibles respuestas a esa pregunta, que parece ociosa, nace la literatura?, Vemos luego cómo se abre una cantidad ingente de caminos hechos de palabras como las ramas de un árbol y de ellas nacen otras preguntas: ¿Literatura con mayúscula?, ¿apenas pasquines que solo merecen una lectura rápida y distraída?

Es curioso, cada palabra puede ser como una esfera que da vueltas interminablemente y en ese movimiento muestra su polisemia y esta misma palabra fija un significado de manera permanente, como un mástil desde el cual elevar la bandera de la serendipia y de ese modo todo es juego, un sumergirse en las cálidas aguas del azar.

     Aquí un ejemplo: Amsterdam no existe, pero es: un aeropuerto grande y bello; una mujer llorando mientras el que mira, desde su monolingüismo empedernido, no es capaz de ofrecerle ni un abrazo; es un correr y correr pero a la vez una mirada fija aunque frenética frente a un par de minúsculos zuecos de madera; una extraña conciencia del cuerpo,  del golpeteo del propio corazón; un dibujo en azul marino y blanco; un lugar donde ocurre la vida, como solo pueden ser los sitios donde perderse significa ser otro para siempre: sin lenguaje, sin patria, apenas un extraño signo perdido en el paisaje (pero quien así piensa, lo hace porque carece de la imaginación necesaria para afrontar la pérdida de su identidad, mínima pero propia, y se pregunta en medio de un profundo suspiro: ¿perder la identidad es perder la existencia?)

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

sábado, 29 de agosto de 2026

Extrañas derivas

 



Extrañas derivas

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Leer también puede ser como tomar al toro de la realidad por los cuernos y arriesgarnos a ser destrozados, aunque luego, si bien nos va, reconstruidos por la voluntad de perdurar que nos hace seguir existiendo y no solo para la nada.

        Con toda la mala leche del mundo habrá quien diga que hay demasiados escritores en el mundo. Estoy en contra de esa afirmación, los escritores no sobran, al contrario, el escritor Argentino César Aira en su ensayo Sobre el arte contemporáneo se extiende a este respecto de manera brillante, inicia mencionando la importancia inconmensurable de la obra de Duchamp y sus formas de hacer Arte. Así mismo Aira realizó una extrapolación del concepto de economía conocido como Ley de rendimientos decrecientes, al área de la Física (aquí la cita textual): “El fenómeno en cuestión es el siguiente: Ley de los Rendimientos Decrecientes, de la que he escrito más de una vez. Me cito: Si tenemos un resorte metálico de un metro de extensión con una punta apoyada en el suelo, con una pesa de un kilo puesta en la otra punta el resorte baja noventa centímetros, y queda midiendo apenas diez centímetros de alto. Para hacerlo bajar más, se necesita una pesa de cien kilos, que lo hará descender nueve centímetros. Para hacerlo bajar todavía una fracción más de ese centímetro restante, se necesitaría una pesa de varias toneladas…”

       Si Duchamp funge como el resorte metálico en cuestión, ello explicaría por qué actualmente, escribir bien o mal (haciendo a un lado quién y por qué haga esta valoración) deja de tener sentido en el área de la literatura, pero esto, Aira lo dice mejor: “Todo debe estar permitido para que lo que surja de ese todo tenga el valor liberador que deberíamos reclamarle al arte.”

        Este ensayo se encuentra libremente en Internet, para mí fue prácticamente imposible no desear reproducir todo el texto, pero me privaré de ello para que el lector lo disfrute a plenitud.

            Ya sea que se esté de acuerdo o no con las afirmaciones del escritor argentino, espero haber sembrado la semilla de la curiosidad en el lector de estas líneas.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

sábado, 22 de agosto de 2026

Objetos blancos

 

Objetos blancos

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Esta tarde me siento a la orilla de la vida y veo los matices distintos de lo ocurrido. Ciertamente, hay una suave tristeza al contemplar el especial talante que convierte a seres entrañables en sencillos perpetradores de crueldades de extraño filo. ¿Por qué no tener mejor una buena pelea y que corra la sangre que tenga que correr, a difuminar el rencor en microdosis abyectas? (Pregunto, pero veo la respuesta como quien contempla una paloma esculpida en un bloque de azúcar sobre la palma de su mano). Para microdosis prefiero otras sustancias.

Bromas aparte. No voy a destinar energía en asesinatos simbólicos, a esta hora no.

Las eras se suceden y tan cierto es eso como que la balanza se inclinará hacia donde se tenga que inclinar, no será tampoco este el único lazo del que me deba desprender, si el lazo no hace red, habrá que soltarlo sin miedo. Rendiré el homenaje necesario para transitar los duelos, me sé el camino.

La vida misma, este respirar pausado, el lento devorar el tiempo mis rencores, avaricias, disturbios, ese estar, este estar es lo primero que agradezco y dejo el enorme ramo de rosas blancas donde corresponda.

 Viva dentro de un cuerpo humano, y luego viva sobre la tierra es mucho para agradecer, y lo hago.

 ¿Que luego somos desconocidas? Así la crueldad del paso del tiempo en que, cada atardecer como este trae su nostalgia y su distante alegría, porque fuimos aunque ya no somos.

Y fue tanto.

Pero los cachorros crecen y las aves oscuras tienen extrañas costumbres, o deciden con lucidez hacer como las golondrinas que no saben de veranos.

Contemplo así al suave silencio, al ritmo del aire que entra y sale de mis pulmones, veo mis manos sobre la blancura del papel y ofrezco un ramo de rosas blancas como quien agita un trozo de blanca seda amarrado a mi fusil de madera, juguete viejo, inofensivo, juguete al fin.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

jueves, 20 de agosto de 2026

Spiritual urgente

 

Spiritual urgente

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Un par de preguntas. Investigaciones aparte, es probable que todo lugar común se nos venga encima en estos días que corren, sin escapatoria alguna. Me explico. Parece que somos peces en las redes, y no precisamente porque sea nuestro deseo entrar en alguna lata. ¿Es verdad que el algoritmo es nuestro dueño? Me parece que la pregunta no es ociosa, aunque lo parezca. Desde siempre ha habido quienes creen posible que la armonía venga a sentarse entre nosotros, y quizá con ese ánimo consideran preciso encontrarnos las caras en esas redes, ahora, porque ahí suele ser el lugar de reunión. Y sí creo que más o menos todos queremos vernos, seres gregarios, sí, en definitiva. Aunque algunos ejemplares queramos hacernos los adictos al silencio.

El paso por ese horror llamado Covid nos demostró cuán gregarios somos. Amo el ejemplo de aquella amiga querida que se dio a la tarea de hacer con amigos la representación de obras pictóricas famosas en fotos que ya quisiera tener en mi sala para recordarme que ninguna esclavitud es posible si el espíritu es libre. Y conste que advertí al principio que los lugares comunes se nos iban a venir al encuentro sin pudor. Solo así, sin pudor, es posible lanzar al aire preguntas que de tan afiladas podrían herir.

Me gustaría que esa pregunta, ¿de verdad el algoritmo es nuestro dueño?, hiciera eco en el interior de nosotros y de ese modo aprovechar el reverbero en lo que de humanos tengamos para dar la lucha. Sí, es necesario luchar contra ese dominio y es particular privilegio de cada uno de nosotros encontrar la forma, gregarios como somos; hacer que los lazos que nos unen sean poderosos, que vayan más allá de la foto sonriente donde sí somos pero no tanto, ustedes saben a qué me refiero.

Y sí, toda relación humana es difícil, tan sencillos que nos vemos todos con nuestro disfraz de humanos estándar, pero por dentro hay ruinas o laberintos, cuevas o mares profundos. ¿Dar caza en esa inmensidad a lo que antes se le llamaba alma sin salir lastimado? Apostamos por ello, uso el plural porque quiero pensar que no soy la única, me gustaría creer que somos muchos los que queremos diseñar caminos para que el algoritmo no sea nuestro dueño. Ojalá.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

domingo, 16 de agosto de 2026

La sombra de la lila

 

La sombra de la lila

 

Por Carlos Gallegos

 

Alguien le dijo

que el joven moreno

vestido de tejano

que vio

al bajar la loma del Santuario

manejando un camión amarillo cargado

de elotes

va muy seguido al cine

 se propuso

hacer lo mismo

hasta encontrarlo

es trigueña

menuda

ojos de venada

de calcetas y trenza larga

de sonrisa en modo Mona Lisa

entra esperanzada

al Cine Río

mas no ve al muchacho de su anhelo

hace como que ve una película

de amor y sale

más enamorada de su amor

El domingo va al matiné

del Cine Lux llora ante el estreno

de una cinta que le agita más

el corazón 

al encontrarle

parecido

a un actor

con el tejano

del camión

sale llorando

sin ver al que quiere ver

pasa una semana

ahorra de su sueldo de cajera del banco

del pueblo

paga el boleto

que le entrega

el Chato Salas

el boletero

del Cine Alcázar

sentada en una incómoda butaca

musita la canción de amor

que canta

Pedro Infante

pero no es la voz

que espera oír

hablándole al oído

haciéndole aire con el sombrero

vaquero

guarda en su bolsa de mano

comprada en el puesto de Lidia

Sánchez del Mercado Juárez

la parte de su sueldo

que habitualmente ofrenda a su mamá

camina hasta el Cine Internacional

a la vuelta del Hotel del Norte

pero al abrirla para comprar el boleto

un boletero sin trabajo

que vaga por ahí le dice

que el cine se quemó hace tres días

y el humo que la hace llorar

es lo único recuerdo que ha quedado

su amor es invencible

de los amores

que no olvidan

el sábado siguiente

camina hacia la Calle Segunda Norte

hasta enfrente del Hotel Santa

Cruz

a buscar a su amor extraviado

en la penumbra estrellada del

cine al aire libre que está ahí

pero solo ve un lote baldío

en el que empiezan a brotar

verdolagas y quelites silvestres

un alegre caminante

que camina las calles solitarias

silbando cantando

haciendo malabares

recitando versos

al que conoce como El Sanforizado

le dice en verso que lo han derrumbado

a pico y pala

el lunes

al salir del banco

se encuentra al padre Oscar Moreno

que envuelto

en su larguísima sotana

viene rezando

el rosario

le confía sus pesares

―Deja de buscarlo

Vengo de consolar a la madre de tu amor

el muchacho que has buscado

falleció anoche

no vayas al panteón

con el tiempo

que te traerá consuelo

al lado de su tumba crecerá una lila

cuando ya dé sombra

ve a platicarle la película

que no vieron juntos

deja que descanse en la paz de las estrellas

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.