jueves, 29 de octubre de 2026

Un encuentro con La Primavera

 

Un encuentro con La Primavera

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Yo era nueva en ese rito. Me encontré en ese grupo porque quise escapar de la rutina. Salí por una grieta y de pronto estaba a las siete de la mañana en una colonia que nada tiene que ver con mi barrio, salvo que en ambos viven seres humanos (eso espero) –todavía recuerdo cuando este paréntesis era solo un recurso estilístico, escribo desde un futuro que quizá ya es presente, o viceversa.

      Pero en este tiempo que reconozco mío, de buena voluntad me integro al grupo, abordamos la camioneta, tomo mi lugar al fondo junto a la ventanilla derecha. Se habla de árboles, de caballos en estampida, de proyectos urbanísticos, de moral y otras especies; yo dormito y escucho, recuerdo a aquel amigo que me invitara al Teatro Degollado para escuchar a la Filarmónica, solía asegurarme de que si en algún momento me durmiera estaría bien, pues así la música entraría en mi subconsciente.

      Igual, yo vine para contestar una pregunta: ¿Qué es la Primavera?, pero luego supe que se trataba de una caminata de poder, una especie de Chamán nos condujo desde que entramos al bosque, al inicio nos sentamos sobre el pasto formando un círculo, nos pidió verbalizar nuestras expectativas del recorrido, alguien comentó sobre una ocasión en algo semejante a esta, en una visita a unas grutas, en la cual se pidió permiso para entrar y permiso para salir; yo me tendí sobre la tierra, cerré los ojos.

El Chamán hizo sonar al viento a través de un caracol algunas veces, se notaba que le costó trabajo, luego nos comentó que fue así porque al parecer estábamos muy cargados todos; en lo que a mí respecta puedo decir que cargaba con la preocupación de estar ahí, pues de algún modo me desprendí del nudo de la rutina, lo cual sin duda hacía una fisura en la vida de todos los días. Avanzamos, pidió a una mujer del grupo que nos diera el lugar que nos tocaría en la línea, ya que avanzaríamos así, en línea recta, uno detrás del otro; él iba al principio de esa figura que formamos, iba agitando una sonaja. En un terreno donde había muchas piedras, nos pidió que tomáramos una y anunció que haríamos algo con ella al llegar arriba, ese “arriba” me decidió a tomar una no demasiado pequeña, por si necesitaba fuerza para llegar, ella me ayudaría.

        Nos detuvimos en un sitio desde el que podían verse, a distancias distintas algunas montañas. Ahí solicitó que nos quedáramos en silencio mirando a alguna de esas montañas, pues una vieja tradición refiere que si miras profundamente algo llegas a formar parte de ese algo, y si acaso tuviésemos alguna pregunta ella sería contestada de alguna forma.

Después de un rato en disfrutamos un viento suave que llenaba nuestros pulmones y movía la vegetación dándonos paz, lo cual escribo pero no es igual a haberlo experimentado. Nos pidió que describiéramos la piedra que habíamos elegido. En ese momento me di cuenta de que la mía tenía el tamaño justo de mi mano, era negra y brillante, filosa en algunas de sus partes y dije, sin temor a que sonara extraño, que creí me daría fuerza por si me hiciera falta para el camino. Una vez que todos nos contaron cosas sobre sus piedras, él dijo que eso que pensamos sobre la piedra es lo que pensamos sobre nosotros mismos. La miro hoy aquí en mi casa, oscura y contundente y no puedo sino sentirme afortunada de tener su forma oscura y elegante que se deja abrazar por los dedos de mis manos.

      Avanzamos otro trecho y encontramos una escalera apenas insinuada en el camino, hecha con ramas y tierra, entonces llegamos ante un roble rodeado de hojas secas, nos sentamos a su alrededor, bajo su sombra, compartimos alimentos que mi amigo y todos sus amigos, gracias a quienes yo estaba ahí, dispusieron para la ocasión.

      Hablamos una vez más sobre el bosque y de nuestra necesidad de belleza que hasta entonces no habíamos reconocido, sino en esos momentos en que cada una de las flores que miramos, cada uno de los árboles, vivos y muertos que nos fue dado ver y tocar, cada una de las plantas que contemplamos y sus olores que perfumaban nuestras manos si las tocábamos, nos hacían parte de esa armonía que también era el viento y la sombra de los árboles, y cómo es que estar en ese momento bajo la sombra del roble nos hacía reconocernos en la humildad de ser otra cosa viva entre cosas vivas.

      Supe entonces qué es la Primavera.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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