Un encuentro con La Primavera
Por Guadalupe Ángeles
Yo era nueva en ese rito. Me encontré en ese
grupo porque quise escapar de la rutina. Salí por una grieta y de pronto estaba
a las siete de la mañana en una colonia que nada tiene que ver con mi barrio,
salvo que en ambos viven seres humanos (eso espero) –todavía recuerdo cuando
este paréntesis era solo un recurso estilístico, escribo desde un futuro que
quizá ya es presente, o viceversa.
Pero en este tiempo que reconozco mío, de buena voluntad me integro al
grupo, abordamos la camioneta, tomo mi lugar al fondo junto a la ventanilla
derecha. Se habla de árboles, de caballos en estampida, de proyectos
urbanísticos, de moral y otras especies; yo dormito y escucho, recuerdo a aquel
amigo que me invitara al Teatro Degollado para escuchar a la Filarmónica, solía
asegurarme de que si en algún momento me durmiera estaría bien, pues así la
música entraría en mi subconsciente.
Igual, yo vine para contestar una pregunta: ¿Qué es la Primavera?, pero
luego supe que se trataba de una caminata de poder, una especie de Chamán nos
condujo desde que entramos al bosque, al inicio nos sentamos sobre el pasto
formando un círculo, nos pidió verbalizar nuestras expectativas del recorrido,
alguien comentó sobre una ocasión en algo semejante a esta, en una visita a
unas grutas, en la cual se pidió permiso para entrar y permiso para salir; yo
me tendí sobre la tierra, cerré los ojos.
El Chamán hizo sonar al viento a través de un
caracol algunas veces, se notaba que le costó trabajo, luego nos comentó que
fue así porque al parecer estábamos muy cargados todos; en lo que a mí respecta
puedo decir que cargaba con la preocupación de estar ahí, pues de algún modo me
desprendí del nudo de la rutina, lo cual sin duda hacía una fisura en la vida
de todos los días. Avanzamos, pidió a una mujer del grupo que nos diera el
lugar que nos tocaría en la línea, ya que avanzaríamos así, en línea recta, uno
detrás del otro; él iba al principio de esa figura que formamos, iba agitando
una sonaja. En un terreno donde había muchas piedras, nos pidió que tomáramos
una y anunció que haríamos algo con ella al llegar arriba, ese “arriba” me
decidió a tomar una no demasiado pequeña, por si necesitaba fuerza para llegar,
ella me ayudaría.
Nos detuvimos en un sitio desde el que podían verse, a distancias
distintas algunas montañas. Ahí solicitó que nos quedáramos en silencio mirando
a alguna de esas montañas, pues una vieja tradición refiere que si miras
profundamente algo llegas a formar parte de ese algo, y si acaso tuviésemos
alguna pregunta ella sería contestada de alguna forma.
Después de un rato en disfrutamos un viento
suave que llenaba nuestros pulmones y movía la vegetación dándonos paz, lo cual
escribo pero no es igual a haberlo experimentado. Nos pidió que describiéramos
la piedra que habíamos elegido. En ese momento me di cuenta de que la mía tenía
el tamaño justo de mi mano, era negra y brillante, filosa en algunas de sus
partes y dije, sin temor a que sonara extraño, que creí me daría fuerza por si
me hiciera falta para el camino. Una vez que todos nos contaron cosas sobre sus
piedras, él dijo que eso que pensamos sobre la piedra es lo que pensamos sobre
nosotros mismos. La miro hoy aquí en mi casa, oscura y contundente y no puedo
sino sentirme afortunada de tener su forma oscura y elegante que se deja
abrazar por los dedos de mis manos.
Avanzamos otro trecho y encontramos una escalera apenas insinuada en el
camino, hecha con ramas y tierra, entonces llegamos ante un roble rodeado de
hojas secas, nos sentamos a su alrededor, bajo su sombra, compartimos alimentos
que mi amigo y todos sus amigos, gracias a quienes yo estaba ahí, dispusieron
para la ocasión.
Hablamos una vez más sobre el bosque y de nuestra necesidad de belleza
que hasta entonces no habíamos reconocido, sino en esos momentos en que cada
una de las flores que miramos, cada uno de los árboles, vivos y muertos que nos
fue dado ver y tocar, cada una de las plantas que contemplamos y sus olores que
perfumaban nuestras manos si las tocábamos, nos hacían parte de esa armonía que
también era el viento y la sombra de los árboles, y cómo es que estar en ese
momento bajo la sombra del roble nos hacía reconocernos en la humildad de ser
otra cosa viva entre cosas vivas.
Supe entonces qué es la Primavera.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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