domingo, 11 de octubre de 2026

La sal de Estación Carrillo

 

La sal de Estación Carrillo

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Donde el desierto guarda
memorias más antiguas que los hombres,
la tierra todavía sabe a mar.

Dicen que alguna vez
las aguas del Mar de Tetis
cubrieron horizontes
que hoy solo conocen polvo,
sol y silencio.

El mar se fue.

Dejó su huella.

Quedó la sal,
blanca bajo la luz,
extendida sobre la tierra
como un recuerdo que no quiso morir.

En Estación Carrillo
los hombres y las mujeres
salen a cosecharla.

Llegan en camionetas,
en carretas,
en lo que pueda rodar
sobre aquella inmensidad.

No llevan grandes máquinas
ni trajes que los protejan.

Llevan manos.

Manos curtidas,
manos que conocen el trabajo,
manos que la sal muerde
hasta hacerlas arder.

A veces también los pies
pagan el precio
de caminar sobre esa blancura
que de lejos parece nieve
y de cerca lumbre.

La recogen, cargan,
 y llevan hasta quienes después
la limpian, transforman,
y venden.

Y mientras otros ven solo sal,
yo pienso en quienes la levantaron.

En el mar desaparecido,
los siglos enterrados.

las manos lastimadas
que todavía arrancan del suelo
la memoria del agua.

Porque cada grano
lleva algo del antiguo océano,

pero también lleva
el esfuerzo de un pueblo
que aprende a vivir
de lo poco que el desierto concede.

Estación Carrillo:

mar sin olas,
sal sin espuma,
blancura antigua
bajo el sol de Chihuahua.

Y sobre ella,
como desde hace generaciones,
el hombre sigue cosechando
lo que dejó el mar.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

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