Algo que
oculta el oropel
Por Carlos Gallegos
aquel joven
pionero
del bajío
guanajuatense
que vino a
Delicias
a buscar a un
hombre
que se había
perdido en la primera batalla de Celaya
ya no tenía
esperanza de encontrarlo
lo buscaba ansioso
en la estación del ferrocarril
en una cueva
de calichi que estaba a la subida
de la Loma de
Pérez
en una posada
sin nombre que se adivinaba
entre las
jarillas de un llanito silvestre en lo que sería
la Avenida 7a
Norte
preguntaba por
él
lo dibujaba
como un hombre chapo
de hombros
cansados
con ojos color de miel
al que le
faltaba
la mano que
había perdido
en un duelo a
bayoneta con un general
de división en
un burdel de Aguascalientes
no lo veía por
más que lo buscaba y lo buscaba
lo buscaba
tanto
porque le
habían platicado que podía ser su padre
al que solo
conocía
por las
historias de su madre
quien un día
le dijo
que había
partido
hacia un
pueblo de polvo perdido
en el norte
del país
que usaba
pantalones militares y botas federicas
recuerdos de
sus días de militar
que fumaba
cigarros de macuchi silvestre
con esas señas
tendría
para
encontrarlo en ese pueblo
en el que todos
conocían a todos
pero al llegar
supo que nadie
conocía a nadie
porque todos provenían
de lugares diferentes
en sus ratos
de desánimo
luego de
buscarlo de punta a punta
en el naciente
pueblo desfallecía su ánimo
pero una tarde
sudorosa
tuvo razón de
él en una fonda del también naciente
mercado que surgía
entre trebejos
de madera y
charcos de soquete
la dueña de un
tinamaste y un comal que atizaba
con carbón de
mezquite
a la que
le decían
María
la Sabrosa
sería por lo
sabroso de sus guisos
sería por sus
sabrosas formas de ex bailarina de chotís
por fin le dio
razón
―En esa mesa
en la que está
sentado
ahí se sienta
un señor con
facha de militar derrotado
viste un
pantalón caqui
una camisa con
medallas viejas
trae sombrero
de cinco pedradas
como los que
usaban los Dorados
―se me hace raro que no se lo haya encontrado
por ahí. Ha de
ser el único que anda
con una
carrillera terciada entre cuello y pecho.
―Mire, qué casualidad, ahí va llegando
háblele antes
de que agarre la tomada
porque luego
se pone muy triste y no quiere hablar durante días
a cualquiera
que va
entrando se le cuadra
creyendo que
se le cuadra a Pancho Villa
solo al
mirarlo
al verse en
sus ojos color de miel
supo que lo
había encontrado
pero al
acercarse
a abrazarlo
el otro
también
lo reconoció
viéndose en
sus ojos
con el muñón
de su mano yerta
lo rechazó
diciéndole en
tono militar
―Sé quién eres y a qué has venido
vete no por
donde llegaste
volver a verte
me trae malos recuerdos
de una
traición de amores
que cada quién
siga su camino.
Te olvido y me
olvidas.
Celaya es un
recuerdo.
Delicias es mi
nueva casa, mi nueva vida y esa
mujer del
comal
es mi nueva
mujer
al día
siguiente, por los vericuetos
de los chismes
de los pueblos chicos
todos conocían
la historia
en esa natural
simpatía por el desvalido
el tullido no
volvió a conseguir trabajo
al rato era un
paria en las cantinas
al muchacho lo
vieron abordar el tren
con un boleto
sin regreso
las historias
tristes que se ocultan
en el oropel
de los pueblos felices
Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.


