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viernes, 7 de agosto de 2026

6 de agosto

 

6 de agosto

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Hay fechas que encarnan el horror, como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la Tierra.

Cierto, la historia humana podría curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para autodestruirnos en segundos.

El cielo del 6 de agosto siempre nos hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me aterra, lo que más me horroriza, es que, en la narrativa oficial, Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero remedios al fin.

El presidente Harry Truman recibió y celebró la noticia de Hiroshima mientras disfrutaba una función de boxeo entre marines a bordo del crucero Augusta al retornar de la Conferencia de Postdam.

Sin embargo, el campeón en la absoluta y total ausencia de remordimientos es Paul Tibbets, el piloto de la nave que aflojó el esfínter para dejar caer a Little Boy y desatar en un minuto el peor Apocalipsis de la historia humana, el mayor desastre acaecido después del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años. No solo nunca tuvo un mínimo remordimiento, sino que Paul Tibbets sostuvo siempre que hizo lo correcto y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario.

Vivió una apacible existencia hasta los 92 años de edad y nadie nunca fue a confrontarlo o a reclamarle nada. “Nunca perdí una noche de sueño por el recuerdo de Hiroshima”, solía presumir Paul.  “Un sentimental jamás habría piloteado aquel avión”, solía jactarse.  Lo único que le frustraba era que el Museo Nacional del Espacio de Washington no exhibiera su linda aeronave a la que quería tanto, que la bautizó con el nombre de soltera de su santa mamacita: Enola Gay Hazard.

En mayo de 2016, Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Hiroshima y rendir homenaje a las víctimas pronunciándose por un mundo libre de armas nucleares, pero en ningún momento ofreció algo ni remotamente parecido a una disculpa.

Robert Oppenheimer, el físico creador de la bomba, tenía sentimientos encontrados, pues sentía un enorme orgullo por el logro científico, pero sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Hay quien asegura que en 1964, pidió perdón llorando a Naomi Shono, una sobreviviente de la bomba, pero fue en un encuentro privado y no en un acto público.

Esta semana leí en Nexos un abortivo texto firmado por un tal Ezra Shabot que sintetiza a la perfección la moral de los “genocidas buenos”. Según ese repugnante tipo, “el sufrimiento de la población de Gaza no es cuestionable, pero es semejante al de las poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo”. No lo dijo, pero asumo que, bajo su opinión, en Hiroshima y Nagasaki no tenían como objetivo exterminar decenas de miles de civiles inocentes, sino derrotar militarmente a Hirohito.

Pearl Harbor, en donde solo murieron militares, es narrado como un crimen de lesa humanidad, pero Hiroshima y Nagasaki son solo soluciones, igual que matar a Gaza de inanición es un remedio. En el colmo de lo asqueroso, el tal Shabot se permite decir que los niños asesinados en Gaza son futuros yihadistas, mártires en potencia, así que, bajo su mentalidad tan propia del antiguo testamento, supongo que está muy bien matarlos antes de que crezcan. Todo sea en nombre del triunfo del "pueblo elegido". Los "buenos" de la película tienen licencia para matar niños.

Sin embargo, más allá del horror, Hiroshima me recuerda que siempre vuelve a haber vida después del infierno.

Uno de los momentos de más absoluta paz y plenitud que he experimentado en la vida adulta, lo viví una madrugada flotando en el mar bajo el Tori de Miyajima, una isla ubicada frente a Hiroshima. Había un silencio místico, una paz uterina en el lugar donde ochenta años antes irrumpió el horror.

Hiroshima se habló de tú con el averno, pero hoy el verde de los árboles y la claridad de las aguas me hace pensar en el triunfo de la vida, en el aferre de una nueva planta por germinar, de un niño por nacer.

Y entonces sentí esperanza, porque después del Apocalipsis siempre volverá a germinar una semilla y habrá flores de cerezo cayendo sobre el agua limpia.

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

sábado, 25 de julio de 2026

Babylon


 

Babylon

 

Por Federico Urtaza

 

Morimos de manera recurrente. Todo termina y vuelve a comenzar, esa es la ilusión que a unos lleva a creer en la reencarnación o en el olvido. Sin embargo, para el cristianismo apocalíptico el fin de los tiempos es el “No hay más, hasta aquí llegamos” no absoluto, en tanto que queda la posibilidad de ir a seguirle en el Cielo o el Infierno.

Tenemos ciclos de diversa duración, desde el cósmico del Big Bang y su expansión / encogimiento, hasta el de cada instante del presente que se consume y da paso a otro instante que se consume tan rápido que, si no fuera por la memoria, creeríamos que transitamos de un reiterado morir a un reiterado renacer, del pasado al futuro sin más transición que la que planteamos al distinguir el antes y el después.

Así, en la dimensión de la experiencia humana, con sus alcances y limitaciones, sin complicarnos demasiado con lo que sucede en otras dimensiones algunas de ellas todavía envueltas en pañales matemáticos, auxiliados por la memoria y la consciencia otro par de misterios sin esclarecer del todo, asumimos que un día comienza y termina y es seguido de otro diferente y otro más, hasta acumular algunos cuántos que parecen similares, hasta que llega otro un poco más frío o un poco más cálido y la vegetación, acoplada a esas mutaciones casi imperceptibles, también muda, y, como otros seres vivos, nace, crece, se reproduce y muere. Desde que empezamos a tener esa chispa que nos enciende y que llamamos humanidad, sabemos de ciclos, cortos unos y largos otros. Sabemos que vivimos y sabemos, al grado de estar aterrorizados por tal certeza, que vamos a morir.

Así, todo el quehacer humano está marcado por la provisionalidad, y en reacción a esto nos gusta o, más bien necesitamos, creer que somos transitorios en tanto que vamos de un estado a otro, de un modo de vida material a otro trascendente, liberados de las limitaciones mundanas e integrados a lo inefable que lo envuelve todo.

Es común denominador de todas las culturas conocidas asumir que, de una manera u otra, todo termina para volver, sea idéntico o modificado o irreconocible en su diversidad. Armagedón, Ragnarok o Quinto Sol, no importa el nombre, el caso es que se refieren a un fin y a un reinicio (me pregunto si es ahí donde está la clave de apagar/encender un aparato electrónico cuando empieza a fallar).

Al explorar la historiografía puede uno hallar quien sostiene que la Historia es un continuum con algunos baches y topes, así como otros argumentan que vamos dando vueltas y más vueltas en un infinito es un decir. Avanzar, si no en espiral, al menos experimentando variaciones en cada ciclo, bien sea gracias al olvido o a que algo aprendimos en ese girar. Al pensar en la “espiral”, la imaginé horizontal, cuando lo acostumbrado es atribuirle verticalidad ascendente, porque en sentido contrario sería dantesca la expectativa. Vale.

Leo en el libro del Eclesiastés:

 

1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. 
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? 
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. 
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. 
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. 
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo. 
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. 
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. 
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: he aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. 
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.

 

Abundo en la cita porque ilustra bien lo que antecede en este escrito, que tiene como pretexto hablar de la película Babylon, de la que inicialmente pensaba hablar recurriendo a figuras de la mitología griega que creo haber identificado en los protagonistas, aunque luego me vino a la mente la idea de que el tema principal de la cinta es el fin de una era y los cambios implícitos o, de manera más poética, El Ocaso de los Dioses.

Cuando se discurre sobre la naturaleza del cine como medio de transmisión de ideas, lo primero que se pone sobre la pantalla es la imagen para, en seguida, darle movimiento a través de la secuencia de placas fijas que producen la ilusión de movimiento, gracias a como nuestro cerebro y sentido de la vista funcionan; si suele decirse que todo puede pasar en un parpadeo, cuando nos referimos al cine todo sucede entre parpadeos, y eso es lo que importa. También, a diferencia de la foto fija que pretende eternizar el instante, con el cine incursionamos en la caza y captura del tiempo, de un tiempo mítico que es posible gracias a lo que se narra más bien por lo que se muestra que por lo que se dice, vaya paradoja. Aceptemos sin reparos, por comodidad, que nos regimos en lo individual y en lo colectivo por las historias que nos cuentan, contamos y nos contamos; ¿alguien sabe de una mejor manera de atribuirle sentido a la existencia, al caos universal, alguien sabe cómo darnos importancia en un entorno al que en realidad no le importamos?

Mucho hemos avanzado desde que, reunidos en torno de una fogata, pendientes de rugidos, aullidos, aparentemente cercanos, escuchábamos al cazador contar sus andanzas, al viajero sus peripecias, a la madre sus sueños premonitorios o admonitorios, al gracioso sus ocurrencias, hasta llegar a los actuales medios de transmisión que, dicho sea de paso, más son variaciones tecnológicas que formas de narrar . Porque un buen cuento, así se juegue con su estructura, si falla en lo básico capturar la atención del público, fracasa totalmente en todo lo demás, sin importar los adornos o efectos especiales (inclúyase la retórica).

El cine, cualquiera sea su soporte o modo de transmisión, es tiempo capturado en historias de temática en apariencia diversa pero que reflejan una sola y fundamental: la experiencia humana. Ya que es tiempo capturado, tiene una ventaja sobre la realidad, incluso sobre algo tan inasible como la memoria: puede ser repetido una y otra vez, acaso siguiendo el ejemplo de los aedas, cantores o juglares, aunque, si se quiere, con mayor fidelidad… O no, porque si la fidelidad al relato inicial depende de la capacidad memorística del narrador hasta cierto punto, también depende del receptor, de su propia experiencia y cómo esta reviste el cuento con características propias, es decir, las que surgen del proceso de apropiación del mensaje he aquí la esencia del acto poético.

¿Será por todo lo apuntado que el cine nos parece tan importante y, en especial, tan accesible? Creo que sí. El cine es algo así como almacén de recuerdos ajenos y propios, a la vez que oráculo cuyos mensajes son accesibles para quien quiera recibirlos y encontrarles un significado personal. Esto ha puesto a la producción cinematográfica en un ping-pong que juegan el espectáculo puro y el espectáculo comunicación, esto es, el dilema entre apantallar sin más y comunicar, nada menos.

No es nueva la discusión sobre qué cine debe hacerse y merece el espectador. Los avances tecnológicos han propiciado que se multiplique el cine de ruido y destellos, a veces aderezado con “mensajes” más bien oportunistas y políticamente correctos (¿para quién?), imperando los criterios mercadotécnicos de las corporaciones y sus costosísimos directivos. No han dejado de hacerse películas con sentido narrativo, buenas o malas que de todo hay, que incorporan y aprovechan las nuevas tecnologías para su producción y exhibición. El cine es una industria que implica la colaboración de diferentes oficios y talentos, como señala Georges Sadoul (p. 13): “Para realizar una película larga que dure sobre la pantalla noventa minutos, deben trabajar durante semanas y meses, por decenas, los especialistas más variados: creadores, técnicos, obreros…” 

Pero no solo eso; sigo con Sadoul (p. 12):

 

El cine tiene múltiples funciones. Es una distracción que atrae a mayorías. Son fascinantes las sombras de actores ilustres, sus hazañas, sus amores, sus dramas de conciencia, sus desdichas y su felicidad.

La pantalla es también una alfombra mágica que transporta al espectador por entre mundos y maravillas aun más variadas que las de Las mil y una noches.

 

Paso ahora a Babylon, Chazelle 2022. Es una película que hay que ver en una sala de cine (en realidad todas deben ser vistas en pantalla grande, pero bueno, se hace lo que se puede); su director y guionista, Damien Chazelle, cuenta con una filmografía bastante atractiva, destacando Whiplash (2014), La La Land (2016), El primer hombre en la luna (2018) y Babylon.

Damien Chazelle nació en 1985 (¿en qué momento algunos nos hicimos viejos?), en Providence, Rhode Island, EUA, de origen franco- americano

-canadiense, y según IMDB, tiene una hermana cirquera (dato irrelevante, ocioso si se quiere, pero curioso).

La película me encantó, aunque reconozco que si no sufrí su extrema duración 189 minutos, si me pareció que hacia la última hora medio se aflojaba; quiero pensar que si duró tanto debe haber sido más larga antes de cortes y ajustes que seguramente afectan el resultado final, como cuando compras de urgencia un traje que requiere arreglos y te das cuenta en la fiesta de que una pernera es más corta que la otra.

El tema general es el paso del cine silente al sonoro en el Hollywood de sus propios comienzos. La trama se desarrolla trenzando la historia de cuatro personajes protagónicos: Jack Conrad, Nellie LaRoy, Manny Torres y Sidney Palmer, con la intervención de otro personaje de aparición intermitente pero que me parece importante para la interpretación que me sugirió la película, Elinor St. John, interpretados de manera fabulosa, respectivamente, por Brad Pitt, Margot Robbie, Diego Calva, Jovan Adepo y Jean Smart. Hay que agregar que el reparto es igualmente fabuloso, como lo es la música y en general el diseño de sonido y de arte, la fotografía, la edición y en realidad todo, aunque si obvio todos los detalles es porque me concentro en la historia y sus protagónicos.

Todo empieza con el traslado de un elefante diarreico por los caminos todavía rurales en los alrededores del Los Ángeles de los años veinte, donde se nos presenta a Manuel Torres, Manny, un muchacho mexicano que irá demostrando que es de gran ingenio; enseguida pasamos a un fiestononón que si hubiera sido en Sodoma y Gomorra habría sido interrumpida por catástrofes pre apocalípticas en un instante, pero no, ocurre más o menos a mediados de los años veinte, fiesta a la que concurren, entre otros gorrones, la chica pueblerina con nubes en la cabeza que aspira a ser una Estrella y se hace llamar Nellie LaRoy (la mera reina, diríase por acá), quien le pide a Manny que la conduzca al paraíso de las drogas, oportunamente instalado en una habitación donde hay de todo ─en una de esas, hasta pan dulce─ y ahí la pareja hace clic ─ella menos, él─. En lo que mientras ella pasa al salón de la fiesta y se muestra como una bailarina que haría de Salomé una tullida sin gracia, también llega el famosísimo actor Jack Conrad, quien le da pista de salida a su esposa en turno antes de ponerse una borrachera de albañil en sábado. En la orquesta de jazz (cómo no habría de ser) encontramos a Sidney; en medio de este mare magnum o Cámara húngara tenemos como testigo a la cronista de espectáculos, harto influyente y cabrona, Elinor St. John.

Ubicados los personajes en circunstancias de tiempo, modo y lugar, superado el “after”, pasamos al siguiente acto, propiamente como se hacían las películas, y ahí todos los protagonistas vuelven a hacer lo que mejor saben hacer, atrapar al espectador; por el momento, Sidney queda en suspenso echándose una saludable siestecita.

Nos encontramos en un terreno baldío, literalmente, donde bien pudiera suceder lo que escribió T.S. Eliot en su poema The waste land: “Y te mostraré algo diferente de tu sombra en la mañana paseando atrás de ti, o tu sombra al atardecer levantándose para ir a tu encuentro; te mostraré el miedo en un puñado de polvo”. En ese amplio espacio, donde el sol, el polvo y el movimiento de operadores, extras, artistas, gente del estudio, escritores y otros fantasmas, vemos un montonal de mini sets donde en corto se filman un montonal de películas acompasadas por otro tanto de orquestas de diverso tamaño… Salvo en el caso de la superproducción protagonizada por Jack Conrad, rescatada al último momento gracias al ingenio y audacia de Manny, en tanto que con otra bailada que hace sudar, Nellie se emplaza en su nuevo papel de estrella.

Como me gusta decir, todo va bien hasta que empieza a ir mal, y esto se cumplirá cabalmente a lo largo de esta historia, aunque al final cada cual cumple con su destino, del que no daré detalles, pues que el lector convertido en espectador saque sus propias conclusiones.

Lo que sí tengo que apuntar es que la historia, como en la vida real, da un giro importante al pasar la producción hollywoodense del cine mudo al sonoro, inaugurado este oficialmente con The jazz Singer (1927), interpretada por un actor blanco de cara tiznada para pasar por negro; es entonces que Sidney auténtico negro, pero no tanto, pues al convertirse en estrella de cortos sobre el jazz, Manny lo obliga a tiznarse la cara para no verse más claros que sus compañeros de banda) entra en acción. Por su parte, Nellie y Jack se enfrentan al desafío del cambio de un tipo de cine al otro, incluyendo las restricciones temáticas de tipo mojigato y de conveniencia corporativa.

Pero no solo se trata de Hollywood, sino de cómo tiene que ver con nosotros, con nuestros deseos y nuestras pesadillas, cómo estos son comprendidos y usados en nuestra contra o a nuestro favor para mantenernos quietos en la butaca (o echados en la cama ante la pantalla chica de la tele o la mini del celular). Como señala Sadoul, no son solo los personajes en la pantalla sino quienes les dan vida lo que nos anima a identificarnos con ellos; y, claro, también están esas misteriosas manifestaciones de lo más profundo de nuestra psique que se manifiestan en los mitos como lo sostienen Jung y su seguidor Joseph Campbell quien dice: “La última encarnación de Edipo, el romance continuado de la Bella y la Bestia, están parados esta tarde en la esquina de la Calle 42 y la 5ª Avenida esperando que cambie el semáforo”.

La antropóloga norteamericana Hortense Powdermaker escribió: 

 

No hay más que un Hollywood en el mundo. Se producen películas cinematográficas en Londres, París, Milán, y Moscú, pero la vida de estas ciudades está solo relativamente influenciada por dicha producción. Hollywood es un fenómeno único en América, con un simbolismo que no se limita a ese país. Significa muchas cosas diferentes para muchas personas. Para la mayoría es el hogar de privilegiadas y semi-divinas criaturas. Para otros es un ‘antro de iniquidad’ (…)

Para la mayoría de los adeptos, particularmente en este país, el simbolismo parece consistir en un mundo paradisíaco habitado por fascinantes criaturas que viven hedónicamente en sus piscinas privadas y grandes fincas, yendo a magníficas fiestas o siendo objeto de agasajos en famosos cabarets. (p23).

 

Y sí, de todo esto nos habla Babylon, que no es nada más otra película de declaración de amor, sino la puesta en evidencia de que ese amor suele ser tóxico para quienes habitan ese mundo. Hollywood es ese territorio mítico que incluye al espectador no tendría sentido sin este. Es, sin exagerar, una película cargada de nostalgia y sin miedo de incomodar a quienes viven de la idealización de ese Paraíso del dinero, la fugacidad, la imaginación creativa y destructiva, la Fábrica de Sueños.

En Jack Conrad vi a Dioniso en la decadencia de la Grecia que le dio vida, en Manny Torres a Odiseo con su elefante de Troya y su habilidad para ingeniar y si hace falta engañar, en Sidney a Orfeo saliendo solo y su alma del infierno, en Nellie la Bacante desaforada que al término de la fiesta desaparece en la oscuridad de lo cotidiano. Por último, en Elinor tenemos a Casandra, la vidente a la que nadie cree por considerarla una chismosa, aunque sus pronósticos resultan terriblemente acertados y fatalmente cumplidos.

Babylon tiene de todo, especialmente cine. Sí, un poco larga, ¿pero qué no lo es en esta vida que quisiéramos inacabable aunque sabemos que tiene fecha de caducidad para todos y para cada uno? Podemos prolongar el placer, aunque hacerlo nos lleva a la fatiga; también de esto se trata Babylon.

Quienes crecimos viendo películas antes incluso de aprender a leer y luego a enviciarse con la lectura, el cine es nuestra Ítaca; puede uno ausentarse largas temporadas o explorar otras tierras, pero siempre se vuelve a casa, a esas películas que nos cuentan algo y seducen esa zona sombría donde está nuestro auténtico Yo. El cine nos recuerda que no somos sino solamente humanos… ¿Hay algo mejor que eso? 

 

Referencias

Campbell, Joseph, The hero with a thousand faces,Harper-Collins EPUB edition, August 2020.

Sadoul, Georges, Las maravillas del cine, Breviarios 29, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición en español, México, 1960, traducción de José de la Colina. Existe en Breviarios 29 un texto también de Sadoul, traducido por Juan José Arreola, intitulado El cine; aunque en general la temática es la misma, es abordada de manera diferente y complementaria.

Powdermaker, Hortense, Hollywood, El mundo del cine visto por una antropóloga, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición en español 1955, México. Traducción de Heriberto F. Morck, revisada por S. Genovés y S. de La Fuente.

 

28 enero 2023   

 


Federico Urtaza es licenciado en derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua, con maestría por la UNAM. En 1978 fundó la revista Palabras si arrugas, que inició en el estado de Chihuahua la literatura del siglo 21. Es autor de varios libros de teatro y de cuentos, entre ellos Del polvo al espejismo.

miércoles, 10 de junio de 2026

Un viaje por el libro El escape/ Prosa diversa y que versa

 

Foto: Edgar Vargas

Un viaje por el libro El escape/ Prosa diversa y que versa

 

Por Luis David Hernández Martínez

 

Introito

Miguel Ramírez Ochoa ofrece en este libro, El escape. Prosa diversa y que versa, treinta seis textos donde abrevan casi todos los géneros literarios. Asistimos a un puñado de arrebatos líricos, a otro tanto de relatos cotidianos, no pocas reflexiones filosóficas, anécdotas familiares, deportivas, pasajes, añoranzas de la ciudad, escenas dramáticas sí, teatro, ensayo, recomendaciones musicales para cambiarle la vida a cualquiera o para acabar con ella (dice Miguel), y hasta un ingenioso, multicultural y entretenido divertimento trazado con una lista de ciento treinta y cinco variadísimas interrogantes para aderezar el ocio de la cotidianidad.

 

Latín. Por qué

Empecé la lectura del libro. Todo iba bien hasta que llegué al último renglón del primer texto del volumen qué dice así: “Todo amor pervive en la memoria, todo ensueño permanece… Si scío”. Gulp, qué dice ahí. Así es, tuve que rescatar de no sé dónde mis apuntes de latín de las clases a las que asistí con el profe Villegas, y que siempre reprobé, por cierto, y así traducir y no sentirme mal con las frases en latín que en ocasiones el autor inicia o remata en algunos de los textos. En fin, las lenguas no han sido lo mío, pero latín, por favor, Miguel. Imaginen otro momento de mi lectura: acababa de leer un relato precioso sobre afectos y mezquindad y agárrense con el título del siguiente: Nobis quoque peccatóribus, familis tuis, yo que solo aprendí dos latinajos: et al y ad hoc, ah y en tiempos recientes modus operandi. En fin, lo único que me consuela es que es una lengua muerta, a menos que Miguel la quiera resucitar.

 

Lirismo

La prosa poética presente en este volumen se derrama en instantáneas sensuales, amorosas, eróticas, donde la complicidad amatoria oscila entre esta triada: el encuentro sensual, la idealización y el “ya merito”, es decir “quiero, pero tú no quieres” o “quieres, pero yo no quiero”, o en otras palabras lo que pudo ser y no fue (eso último sonó a canción de José José).

Para aterrizar un poco lo anterior agrego las siguientes líneas referentes al encuentro erótico:

 

El gran ventanal, proyectando los últimos rayos solares, acaloró más nuestra estancia amatoria y retrató nuestras miradas en un tris semieterno.

[…]

Copas, enseres, sueños, almas, cuerpos y miradas de cristal se perdieron en un brillo refulgente, resaltando nuestros albos cuerpos.

Y como un niño de la Luna besé tus labios y pubis, extraviado, inexorablemente, en la inmensidad de nuestra radiografía amatoria.

[…]

Tomados de la cintura nos enteramos del olor desprendido por nuestras velas de canela e intuimos lo que fue mostrarnos desnudos, ante el delirio de una inflamación provocada por dos perfectos amantes.

Siempre te pretenderé, mientras tenga vida y no me la acabe antes.

 

Y en cuanto al amor platónico apunto este fragmento de poesía en prosa o si quieren prosa poética:

En la madrugada de la casi ventisca, soñé con la doncella de cabello castaño claro y tez holandesa, y creí que ella estaría frente a mi catre... ¡Oh, amargo despertar! No apareció materialmente, mas el espíritu de ella se impuso y juntos viajamos como ánimas en escape hacia lo aún no saboreado.

¡Pero tan solo teníamos dieciséis años!, y yo comenzaba a hacer mías sus preguntas, sus sueños encantados y delirios; a describir sin autorización suya los sentimientos más recónditos de su alma..., he de creer que ya la añoraba y tan temprano, comenzaba yo a sufrir...

Hay una explicación: era ya partícipe de mis nostalgias futuras.

 

Y ahora disfrutemos de estas líneas donde la duda y el odioso raciocinio avasallan la cachonda posibilidad del encuentro amoroso real y la convertirán en nada o tal vez en un simple devaneo:

 

Entonces, ¿te veo mañana?

—Sí, hombre, ni modo que no lo hagas, mañana todavía hay clases.

—¡No seas ácida! Me refiero a encaminarnos juntos. Complicas mis sentimientos…

—Podría ser agria…

—Mejor detente, solo quería proseguir con la conversación que teníamos al salir de clases. Es que…

—¡¿Qué?!

—…Me gustas demasiado, no sé si ya lo habías presentido.

[…]

—Pues sí, pero debemos esperar porque en el penúltimo semestre, que es éste, apenas nos estamos tratando.

—Está bien… El detalle es que ni tú ni yo supimos, hace dos años y fracción, lo que pudo surgir o venirse entre nosotros.

—Te oigo atenta y quisiera dar más, y debes saber que agradezco tu compañía. Sigue haciéndolo igual.

—Me arrepiento no haberte acompañado desde primero o segundo semestres, sí, ya estamos en quinto y soy un idiota; pero sí, sí me gustas desde el principio de la carrera técnica.

—¡Ya! No te dañes.

 

O el remate del texto denominado “Enfilado encanto” donde una ñoña avezada en la geometría solo tiene ojos para reglas, gráficas, escuadras y compases, mientras su compañero, efímero discípulo solo tiene ojos para ella y no para sus imposibles trucos geométricos:

 

Y como una dama casi arquitecto, delineaste en mi cuaderno particiones, trazos y medidas; enseguida pasaste a las bisectrices (semirrectas partiendo del vértice de un ángulo y dividiéndolo internamente en dos partes iguales) y a las mediatrices (con perpendiculares a un segmento por su punto medio). 

¡Qué locura frígida tan estética! Tú volvías arte la Matemática y la Elíptica.

“¿Por qué se me dio el convertirme, por hora y media, en tu pupilo? ¿Podría repetirse tal acto vivencial, tan solo para aprender más con tu voz y donaire?” –me interrogué complacido mientras resolvía ejercicios, deseando transformarme en el compás diestro manipulado por tus manos.

[…]

“¿Es posible que ella hiciera a un lado su hora de comida para atenderme y yo osara servirme como el peor de los bucaneros?”

 

 

Algunos textos muy cortos, y abiertamente poéticos, me recordaron la brevedad y la aparente sencillez de cierta poesía oriental: “Anoche tuve un sueño / y era yo, / colmado de desaires / en tu alcoba…//; “El Sol perdió identidad y alejó su fulgor en aras de la noche, cual vientecillo fatuo.

 

De las pinceladas líricas al anecdotario

A través de recuerdos muy vívidos, el autor nos traslada a remotas cotidianidades. Así es, el anecdotario, parte sustantiva del libro, no podía estar ausente en esta miscelánea literaria.

De una página a otra ya nos colamos a una pachanga familiar, luego saltamos a la inevitable añoranza de los días de la escuela y de ahí a la esquina del Monte de Piedad y por supuesto no podían faltar en un apasionado melómano las referencias al universo musical del pasado ochentero y noventero:

 

Fue, una época que parió y fijó en lo musical una versatilidad ya no escuchada después de 1990. ¿Cómo olvidar aquellos días de escolaridad juvenil en Chihuahua? Oíamos canciones en los corredores aledaños a los salones de clases —durante los recesos—, ¡y en cassettes de cinta magnética de audio! (originales y muchos vírgenes regrabados de 46, 60, 74, 90, 110 y 120 minutos en cinta normal, de cromo o de metal, aunque los más socorridos eran los de 60' y 90' en presentación normal y cromada, ya que los de metal costaban “un ojo de la cara”. Para el 1987 —año de encanto auditivo bajo los efectos del Goth Rock, Synth Pop y Electro Pop ingleses—, el disco Long Play iba ya de salida, debido a que los audiocassettes lo habían remplazado y el CD aún no era comercial por la falta de aparatos en los hogares.

[…]

Entre 1985 y 1992, la mayoría de los varones que nos deleitábamos con el rock británico y estadounidense, recurríamos a cargar en nuestros hombros o manos una radiograbadora portátil y reproductora —doble cassettera autorreversible, en cuya tecnología del momento la cabeza del aparato giraba en sentido inverso para tocar el segundo lado de la cinta, sin necesidad de extraerse, manualmente, el cassette de plástico…

 

El futbol como protagonista del guateque nunca hace mutis.  Viajemos a 1994:

 

—¿Ganará Alemania, el campeón de la Copa pasada? ¿O lo hará Italia mía? –interroga Lilia, la ecuánime.

—En fútbol soccer hay análisis, comentarios y pleitos, pero nada escrito ni intervenido: Un pase en profundidad asesina al raciocinio más complejo –sentencia papá desde el confort de su asiento, torta con muchos chiles rojos y cerveza en manos.

¡Bienvenidos a la World Cup USA 94!

 

Y más adelante otro texto sobre futbol, ahora rememorando el mundial de Rusia 2018:

 

Nuevamente la Fiesta del Fútbol: Rusia, FIFA, las escuadras, los himnos, los fanáticos y los adictos –estos, más obsesivos que los fanáticos, ¡yo!– insuperable en la World Cup, nos golea panópticamente a balón parado y rebotado, entre tiros de esquina, remates y penales auspiciados por la veleidosa bola de gajos.

[…]

Rusia, el país más extenso y precursor de la carrera espacial, se abre ante el orbe mostrándonos su historia, su música sinfónica, su ballet, su teatro, su literatura universal, su artesanía, sus lagos límpidos, su arquitectura y, sobre todo, su don humano: los rusos anfitriones inundan las calles de Moscú, San Petersburgo, Ekaterimburgo, Kaliningrado, Kazán, Nizhni Nóvgorod, Rostov del Don, Samara, Saransk, Sochi y Volgogrado, con una peculiaridad fraternal […]

Pero son los oriundos de la capital, Moscú, quienes emulan a ciudades cosmopolitas como Ciudad de México (1970 y 1986); New York y San Francisco, en EUA (1994); París, en Francia (1998), y Río de Janeiro, en Brasil (2014), saliendo a bailar con los extranjeros asistentes a la XXI Copa del Mundo Rusia 2018.

Sí, grandioso, la alfombra roja de la pasarela se tendió en la Plaza Roja de Moscú.

 

Y otro más de fut, recordando las tragedias del Scratch du Oro:

 

—Estamos viviendo la XX Copa del Mundo, Brasil 2014, y es de temerse un nuevo “Maracanazo” ahora que el gigante sudamericano organiza, por segunda ocasión, el certamen; por segunda vez después de México, Italia, Francia y Alemania –me dice un amigo.

—¿Y por qué Brasil sigue horrorizado con algo ocurrido a mediados del siglo pasado? Me repugna que tanto prensa escrita como radio, televisión, suplementos diversos e internet destaquen, cada cuatro años, el “Maracanazo” del 16 de julio de 1950 cuando Brasil, como sede, llegó a la final siendo amplio favorito y enmohecido en su propia soberbia, perdió ante la escuadra charrúa de Uruguay 2 por 1 –le replico.

[…]

Pero el “granero” más grande del mundo vio llorar y suicidarse a muchos de sus habitantes, todo por creerse el Titanic del fútbol. Pareciera inverosímil que una IX Copa Mundial como México '70, en donde la oncena brasileña, comandada por Carlos Alberto Parreira y estelarizada por Edson Arantes do Nascimento “Pelé”, carezca, en ratos, del paliativo definitivo para resarcir la derrota del '50… ¿Y sus cinco copas totales? ¿Y las posibles por venir? Y en cambio, Suecia 1958 dotó una final de altura y de respeto (sin congoja), a pesar de fungir como anfitriona y enseguida, imagínate, ¡perder ante Brasil 5 por 2!

 

Ahora subamos la escalinata para entrar a la prepa:

 

La aurora me estremeció en su gelidez cierto día de principios de diciembre, y partí, de introspectivo, a mi antiguo centro escolar ubicado en una zona semi residencial, en la colonia Santa Rita de mi ciudad natal capital.

Me mezclé entre los alumnos de nivel medio superior y subí por la escalinata con vista a la entrada (lo especifico, ya que el edificio porta dos); avancé por sus andenes  (…)

Mi facialidad se asoma en algunas aulas del primer, segundo y tercer piso, en donde estuve seis semestres, ¿pero qué diviso?

[…]

Fuimos la Generación X, ¡la última analógica!... ¡Y conocimos, solo siendo niños, el cartucho de audiocinta 8-tracks! Éste no adelantaba, ni atrasaba, ni rebobinaba la cinta canción por canción, únicamente la captaba por pistas, saltándose o retrasándose por secciones de dos o tres piezas musicales (…).

Divago, entre salones de aquella generación paramédica, y me siento “briago” sin cargar mi ánfora..., parezco monje medieval antorcha en mano, pero apagada por mi sopor. Sí, el recuerdo quema en intermitencias, es fricción recurrente sobre ánimas nostálgicas.

 

Y de ahí recostémonos un poco para leer un idílico homenaje a Tiffany Renee Darwish, interprete de una de las rolas más emblemáticas de los ochenta, I Think We're Alone Now:

 

Refrescaste mi adolescencia, triste en ratos, pero cuando te oía cantar (como lo hago esta noche en mis cintas magnéticas del recuerdo, nombrados santuarios del resguardo), mis apuros y tensiones se desvanecían al compás de tu voz “fresa rockera” y de tu siempre antojable figura a mis sentidos.

 

De los pasajes cotidianos a la diatriba religiosa y generacional

Destaco dos textos ensayísticos del volumen. Uno, lanzando misiles ácidos a los tartufos contemporáneos que pululan en nuestras santas capillas, otro muy logrado sobre los saltos y las peleas entre las generaciones Y y Z.

Al respecto de la prédica religiosa el autor no camina sobre eufemismos y cuestiona abiertamente:

 

Y ningún pastor vendrá a entregarnos otro evangelio cargado con disonancias de dizque unción espiritual, “salvación” a cuentagotas, modernismo y progresismo que, eufemísticamente, termina en el cuidado de la santidad ajena, detrimento para numerosas almas ansiosas de un cálido mensaje espiritual:

[…]

—Como pastor, le pediré que mejor se retire de nuestra congregación, no es sano tenerlo. Búsquese otra iglesia, conforme a su credo y su vida disipada.

—¡Qué mejor resolución! Se ve que su congregación está destinada para recibir a sanos y timoratos que le obedezcan sin chistar, pero aprenda que la Iglesia no es depositaria de la Salvación, solamente transmisora, así que no me pasa ni me pasará nada. A ningún jerarca le gusta ser interpelado ni enfrentado por alguien inferior en cargos, y, paradójicamente, con mejor preparación académica.

 

Y sobre el tema de las etiquetas generacionales el autor arroja sobre el ring a milenials y centenials. ¿Quién se salva? Veamos:

 

El lenguaje digital es la expresión fehaciente desde el año 1995, cuando surgió el primer sistema Microsoft Windows, precisamente Windows 95 y, con él, la “Generación Milenial o Millennial Y” (la última generación del milenio) que conforma a los nacidos a partir de ese año, aunque muchos sociólogos sitúan a este gran grupo entre los nacidos de 1980 a 1999. Lo perceptible es que ellos ya no disfrutan de entretenimientos tradicionales, únicamente lo confabulado con el mundo de los ordenadores: computadoras, tablets y laptops, así como celulares y gadgets.

Entre cambios abruptos, a los “mileniales” se les encararon los “centeniales”, que corresponden a la primera generación del nuevo siglo y se conocen como “Generación Centenial o Centennial Z”, enmarcando a los nacidos a partir del año 2000.

Asistimos a una desarticulación de la sociedad, entorno humano que todo lo resuelve desde la Web, sitio que flota en la nube y posee un conjunto inimaginable de información suspendida en una dirección determinada de Internet (la nube, el éter o drive). Es un sistema lógico de acceso

[…].

La comparación entre un milenial Y y un centenial Z es que ambos son nativos digitales; sin embargo, el milenial Y vivió a una edad muy temprana la irrupción de esta tecnología, mientras que el centenial Z lleva impreso en su identidad el Smartphone, sí, Internet siempre ha estado ahí.

Ambos aprenden mirando tutoriales de Internet, leyendo libros, revistas y diarios, son autodidactas, pero lo que los distingue es que la Generación Z es más selectiva en separar el contenido de sus redes sociales, valorando la privacidad en redes menos conocidas. Ellos, los centeniales, adquieren productos on line preferentemente desde su celular, colocando en segundo término a una laptop, tablet o PC.

 

 

Para finalizar

Por qué el escape, ¿desencanto de la modernidad, ausencia de sentido común, vacuidad existencial, añoranza por lo vintage, hartazgo de la politiquería, alergia al reguetón, derribo de la desmemoria?  Tal vez eso y otras interrogantes gestaron el nacimiento de este libro ¿o simplemente, como dice un escritor francés, por ir en busca del tiempo perdido?

Una serie de textos denominados Escape, El escape I, II, III, IV, V y Escape final, nos darán luz sobre esta interrogante o quizá nos conduzcan a un laberinto de dudas filosóficas interminables. Cito uno de ellos:(página 89).

 

Deja ir, suelta, deja escapar y escapa como en un engatusado bajeo; sí, en un orgánico implexus modus que solo tú desenredarás.

Estírate en la oscuridad que no te nota.

Agéndate para salir airoso/a en cada ocasión ante avatares.

Luces/ haces desatadas.

 

Mejor que cada lector descubra la respuesta, su respuesta con su lectura personal, que incluso puede variar con otras lecturas del mismo texto: polisemia literaria dirían los maestros de teoría poética.

Basta de spoilear (tengo que estar al día con el lenguaje de los centenials) esta nostálgica galería de textos que nos regala hoy a solo un día del inicio de la primavera, Miguel Ramírez Ochoa, sin antes dejar de leer el texto titulado “Entre refracción y línea seca del norte”, que a pesar del título fue de los que más me gustó:

 

Te pronuncio, invocarte sería desgastante debido a que tu fantasma es solo eso: refracción y juego arrebatado curso tras curso, ciclo tras ciclo.

Vil juego en una ruleta, aunque la rueca allanó nuestro destino años atrás.

Tu timbre de voz era mi obsesión y cohesión. Esa sonrisa, con bilet o sin él, y esa risilla atemperada para cada ocasión —y subsecuente estación— traspasaron mi sensualidad.

Mas todo se agotó en espirales de polvo y línea seca del norte.

¡Viene viento!

 

Luis David Hernández Martínez

Marzo 20 del 2026



Luis David Hernández Martínez es licenciado en letras españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Tiene una vasta trayectoria como hombre de teatro: actor, director, dramaturgo. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad Tecnológica de Chihuahua.