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martes, 15 de septiembre de 2026

Palabras al recibir la Medalla al mérito cultural artístico Víctor Hugo Rascón Banda

 

Palabras al recibir la Medalla al mérito cultural artístico Víctor Hugo Rascón Banda

 

Por Nacho Guerrero

 

Nací en estas tierras de Norteamérica, llanos septentrionales del centro y casi a mitad del continente amerindio. ¿Qué tiene Chihuahua? ¿Su gente? ¿De dónde venimos? ¿Cuáles son nuestras raíces, que siempre son nuestros frutos y acciones, y nos hacen ser únicos en este mundo, nos interrelacionan, estamos conectados y por lo tanto somos inseparables en esencia? Piedras, caballos, humanos, agua, tlacuaches, miradas, ríos, flores, zacate, ciudades, cielos, grutas, cerros, perros y gatos.

Creo que por eso, y por otras historias, me hice fotógrafo. Nací en 1954 afortunado por ello en esta Villa de San Felipe del Real, hoy llamada Chihuahua. Tierra difícil y hermosa, donde la luz emana de las piedras y de la arena en cristales radiantes, iluminados por un sol intenso, tan grosero como dulce.

Mis raíces: aún recuerdo en el vientre de mi madre esconderme del trasluz de sus paredes y acurrucarme para buscar la oscura parte de la noche prenatal, que me dieron el primer respiro en el Hospital Verde de la Calzada Nombre de Dios. Mi primer encuentro con la luz. Los altos muros y pabellones enormes eran como castillos ensombrecidos por un pasado esplendor, empezaban a iluminar mi camino con una mirada certera y angular, que ya venía integrada en mi memoria.

Los juegos de aquella época fueron el principio de una serie de acontecimientos, siempre entre la luz y la oscuridad, que le dieron a mi vida un sentido casi fotográfico. Recuerdo el closet oscuro, donde la luz brotaba del quicio de la puerta y, solo con la paciencia de un obturador, llenar de imágenes esa caja oscura con rayos que atravesaban de lado a lado las paredes, llenando de sentido esa temida oscuridad que se convertía en un regocijo como de película muda y relampagueante.

Aquel juego se convirtió por mucho tiempo en la aventura cotidiana. Así llegó el mundo de las cámaras. No tardó Santa Claus en darme la primera, una Kodak Brownie 120 mm, que usé y usé hasta sus últimos y destellantes flashazos que humeaban y olían a chicle derretido. ¡Qué maravillosa niñez, llena de tiempo y de tierra! ¡de riqueza, sí, pero profunda y amorosa! Que abrió mi vida a lo que va más allá de lo material, enriqueciendo mi ser con intuición, humanismo y una pasión por el patrimonio tangible, intangible y biocultural de Chihuahua.

Llevo 50 años de fotógrafo. A lo largo de este tiempo he unido dos mundos: la fotografía por encargo, y lo que llamo “El Nacho libre”. Ninguno de estos caminos me ha limitado; he hecho lo que amo, y eso me ha llevado a explorar miles de temas sobre la vida. Recibo de la luz de Chihuahua la posibilidad de crear, mirar y emocionarme. Sus paisajes múltiples, la ciudad, sus pueblos, su gente, los rostros y las miradas capturando la esencia de su vida. Es la luz en blanco y negro, los verdes y ocres de sus llanuras y montañas, sus cielos y barrancos. Me he convertido en un geógrafo que descubre las orografías, el inicios de los ríos y los manantiales en mitad del desierto.

Décadas atrás, la curiosidad de un niño exploraba el misterio de una cámara, y sabía que aquel momento marcaría el inicio de un viaje que he seguido con dedicación, compromiso y significado. En la fotografía he encontrado un espacio para replantear nuestra condición humana, un lugar donde convergen el septentrión, el ritual y el manifiesto de lo cotidiano.

Hoy, tras este largo camino fotográfico, he reunido un acervo visual que documenta las vastedades de nuestra vasta región, lo cual me inspira a seguir documentando hasta el final de mis días lo que me falta de explorar de nuestro gran territorio.

Con gratitud llego a este recinto para expresar mi agradecimiento hacia mi familia, amigos, colegas fotógrafos, colaboradores, al pueblo chihuahuense y al Congreso del Estado por esta distinción de la Medalla al mérito cultural artístico Víctor Hugo Rascón Banda. Tuve el placer de conocer a Víctor Hugo y contar con su distinguida amistad; lo recuerdo parafraseando: "por mi cámara hablará la sociedad de mi tiempo."

Muchas gracias.



Ignacio Guerrero Olivares inició en Chihuahua la cultura de la foto artística y ha sido fotógrafo productivo y perfeccionista desde hace 40 años. Tiene en su archivo un caudal de vistas impresionante, paisaje, retrato, historia, publicidad, modelaje, texturas; nada escapa a su mirada. Es Premio Chihuahua de Arte Fotográfico y maestro de varias generaciones de fotógrafos que en su estudio trabajaron y aprendieron técnicas y ciencia de la imagen.

viernes, 7 de agosto de 2026

6 de agosto

 

6 de agosto

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Hay fechas que encarnan el horror, como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la Tierra.

Cierto, la historia humana podría curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para autodestruirnos en segundos.

El cielo del 6 de agosto siempre nos hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me aterra, lo que más me horroriza, es que, en la narrativa oficial, Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero remedios al fin.

El presidente Harry Truman recibió y celebró la noticia de Hiroshima mientras disfrutaba una función de boxeo entre marines a bordo del crucero Augusta al retornar de la Conferencia de Postdam.

Sin embargo, el campeón en la absoluta y total ausencia de remordimientos es Paul Tibbets, el piloto de la nave que aflojó el esfínter para dejar caer a Little Boy y desatar en un minuto el peor Apocalipsis de la historia humana, el mayor desastre acaecido después del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años. No solo nunca tuvo un mínimo remordimiento, sino que Paul Tibbets sostuvo siempre que hizo lo correcto y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario.

Vivió una apacible existencia hasta los 92 años de edad y nadie nunca fue a confrontarlo o a reclamarle nada. “Nunca perdí una noche de sueño por el recuerdo de Hiroshima”, solía presumir Paul.  “Un sentimental jamás habría piloteado aquel avión”, solía jactarse.  Lo único que le frustraba era que el Museo Nacional del Espacio de Washington no exhibiera su linda aeronave a la que quería tanto, que la bautizó con el nombre de soltera de su santa mamacita: Enola Gay Hazard.

En mayo de 2016, Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Hiroshima y rendir homenaje a las víctimas pronunciándose por un mundo libre de armas nucleares, pero en ningún momento ofreció algo ni remotamente parecido a una disculpa.

Robert Oppenheimer, el físico creador de la bomba, tenía sentimientos encontrados, pues sentía un enorme orgullo por el logro científico, pero sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Hay quien asegura que en 1964, pidió perdón llorando a Naomi Shono, una sobreviviente de la bomba, pero fue en un encuentro privado y no en un acto público.

Esta semana leí en Nexos un abortivo texto firmado por un tal Ezra Shabot que sintetiza a la perfección la moral de los “genocidas buenos”. Según ese repugnante tipo, “el sufrimiento de la población de Gaza no es cuestionable, pero es semejante al de las poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo”. No lo dijo, pero asumo que, bajo su opinión, en Hiroshima y Nagasaki no tenían como objetivo exterminar decenas de miles de civiles inocentes, sino derrotar militarmente a Hirohito.

Pearl Harbor, en donde solo murieron militares, es narrado como un crimen de lesa humanidad, pero Hiroshima y Nagasaki son solo soluciones, igual que matar a Gaza de inanición es un remedio. En el colmo de lo asqueroso, el tal Shabot se permite decir que los niños asesinados en Gaza son futuros yihadistas, mártires en potencia, así que, bajo su mentalidad tan propia del antiguo testamento, supongo que está muy bien matarlos antes de que crezcan. Todo sea en nombre del triunfo del "pueblo elegido". Los "buenos" de la película tienen licencia para matar niños.

Sin embargo, más allá del horror, Hiroshima me recuerda que siempre vuelve a haber vida después del infierno.

Uno de los momentos de más absoluta paz y plenitud que he experimentado en la vida adulta, lo viví una madrugada flotando en el mar bajo el Tori de Miyajima, una isla ubicada frente a Hiroshima. Había un silencio místico, una paz uterina en el lugar donde ochenta años antes irrumpió el horror.

Hiroshima se habló de tú con el averno, pero hoy el verde de los árboles y la claridad de las aguas me hace pensar en el triunfo de la vida, en el aferre de una nueva planta por germinar, de un niño por nacer.

Y entonces sentí esperanza, porque después del Apocalipsis siempre volverá a germinar una semilla y habrá flores de cerezo cayendo sobre el agua limpia.

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

jueves, 23 de julio de 2026

Leo

Leo

 

Por Karly S. Aguirre

 

A Luis Maguregui

 

Leo
Fechas: 23 de julio - 22 de agosto
Elemento: Fuego
Planeta regente: El Sol
Piedra: Ojo de tigre
Día: Domingo

Etapa: La infancia tardía (de los 9 a los 12 años), cuando surge el yo consciente, el deseo de destacar y el impulso de crear.
Arcano: El Sol

Leo es el quinto signo del zodiaco y el segundo del elemento Fuego, pero el único regido por el Sol, centro de nuestro sistema y símbolo de identidad, voluntad y vitalidad. Si Aries enciende la chispa, Leo la convierte en llama danzante, brillante, orgullosa. Es el corazón del zodiaco, el pulso que late con fuerza para recordarnos quiénes somos y qué vinimos a expresar.

Su temporada es en pleno verano, cuando el sol brilla más alto en el cielo y refleja su esencia: luz, calidez, presencia. Leo es el soberano del fuego interior, el que no solo se atreve a brillar, sino que también inspira a otros a hacerlo. Su energía es magnética, generosa, apasionada. Tiene la capacidad de llenar una habitación con solo entrar, no porque lo busque, sino porque lo irradia.

Como signo fijo de Fuego, Leo encarna la perseverancia del deseo, la fidelidad del corazón, la necesidad de dejar huella. Le importa el reconocimiento, pero no por vanidad hueca, sino porque a través de ese espejo valida su entrega. Su orgullo no es arrogancia: es amor propio. Su dramatismo no es superficial: es intensidad vital. Leo vive desde el pecho, desde la emoción ardiente de sentirse vivo y hacer sentir a los demás.

Regido por el Sol, Leo posee un núcleo de oro: su identidad es fuente de energía, claridad, autenticidad. Tiene una confianza que nace del autoconocimiento y un impulso creativo que no puede contenerse. No hay nada más peligroso en un Leo que pasar desapercibido, ni nada más noble que cuando aprende a usar su brillo para iluminar a los otros.

Leo representa la etapa de la infancia en que el yo emerge con fuerza: los juegos teatrales, la necesidad de ser visto, admirado, aplaudido. Es la edad en la que aprendemos a crear desde la imaginación, a liderar juegos.

Aunque a veces se le acuse de egocéntrico, Leo tiene un corazón leal y noble. Cuando ama, lo hace con todo su ser: sin cálculos, sin filtros. Es quien te defiende con fiereza, quien celebra tus triunfos como propios, quien te recuerda lo valioso que eres cuando tú lo olvidas. Su amor puede ser exigente, pero también protector, alegre y desbordante.

Leo nos recuerda que la vida está hecha para ser celebrada, que la autenticidad es un acto de amor y que el brillo propio no apaga a los demás, sino que enciende.

 


Karla Ivonne Sánchez Aguirre estudió en el bachillerato de artes y humanidades Cedart David Alfaro Siqueiros, donde estuvo en el especifico de literatura. Es licenciada en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Actualmente estudia la maestría en mercadotecnia y publicidad. Escribe relatos y crónicas en redes sociales.

domingo, 12 de julio de 2026

Milan Kundera

 

Foto: Pedro Chacón

Milan Kundera

 

Por Héctor Jaramillo y Víctor Manuel Hernández Márquez

 

Víctor: La fama termina reduciendo la obra de un artista a una sola pieza, como no hace mucho Astrud Gilberto a una sola canción. Kundera quedará en el imaginario gracias a los medios de comunicación, como el autor de La insoportable levedad del ser, lo cual no creo que le hiciera gracia.

 

Jaramillo: Me apena (aunque no mucho) decirlo, pero Kundera es fenómeno más medial que literario. Fenómeno que al menos en México fue fomentado por la mafia de Octavio Paz. Tal fomento, por desgracia y como sucede en estos casos, tiene la injusta consecuencia de dejar a otras voces igual o más valiosas en la sombra (por cierto, tal fue práctica muy de Paz en toda su renga vida).

¿A quién más allá de quienes se creyeron la narrativa de Paz estrujó, conmovió, influyó Kundera? No me extrañaría que La insoportable levedad del ser hubiera sido uno de los tres libros que marcaron la vida de Peña Nieto.

Tal vez leí toda su obra buscando en vano esa genialidad: no recuerdo ni de qué se trató, no me hizo ni más feliz ni más amargado.

Kundera fue un producto de la política literaria, no de la literatura. Lo mismo que se ve en los campos del arte: políticos más enamorados de las relaciones del poder político que de su oficio. Y cuyo aporte, usando el título de una de las más importantes novelas contemporáneas que la fama de Kundera opacó, es un aporte "menos que cero".

 

Víctor: En parte estoy de acuerdo con tu valoración. En los ochenta, década del despegue de la difusión de Kundera en México, me resistí a leerlo, aunque no pude sustraerme a La insoportable levedad del ser, en parte porque se hacían lecturas en voz alta aquí y allá. Pero un buen día me tope con la obrita de teatro Jacques y su amo, homenaje evidente al Jacques el fatalista, de Diderot, que leí con sumo placer de una sentada (que no es decir mucho decir para las poco más de cien páginas que tiene la edición de Tusquets, si la memoria no me juega una mala pasada). Luego leí los ensayos que forman parte de El arte de la novela, en la edición de Vuelta, y entonces ya no tuve reparos para leer su obra literaria, aunque para mediados de los noventa la fiebre por Kundera había quedado reducida a ciertos lugares de culto, me parece, y como mi dedicación a la lectura de literatura se debilito mucho, tampoco lo leí a fondo.

Es verdad que Paz y compañía hicieron de Kundera, Milosz, Merquior, Morse y otros, compañeros de viaje en la promoción de sus taras ideológicas, pero si no fuera por eso nos habríamos privado de leer algunas de las cosas que aparecieron en la Editorial Vuelta.

 

Jaramillo: Aprovecho el viaje ahora que hago fila para ensayar algunas ideas ya por años rumiadas.

Yo también lo leí por la inercia pazera. Al poco tiempo caí en la cuenta de que las alabanzas pazeras eran o extraliterarias o metaliterarias, pero nunca literarias (la relación obligada entre obra y lector, el clic que ha de suceder entre la palabra y quien le da vida con su lectura).

Extraliterarias: A Paz parece que le importó de Kundera más su postura política contra la URSS (ni para qué ahondar: bien conocimos a Paz) que en su aporte a la literatura. Ponía a Kundera como héroe del "mundo libre".

Metaliterarias. Ese egocentrismo de Paz que ponía a la poesía como creaciones individuales, "joyas inalcanzables por el populacho", creaciones exquisitas para la alabanza de su autor. Solo entendió la literatura como una suerte de laboratorio introvertido de palabras. "Si tengo que escoger entre sonido y sentido, escojo sentido" fue una declaración de Paz del tipo de "presume de lo que careces". Ni Góngora fue así de formal.

Así que, al no tener mucho que decir sobre los valores literarios de la obra de Kundera, Paz se volcó con fervor sobre su poética. La obra que mencionas, El arte de la novela, son apuntes de Kundera de un ideario que no pudo alcanzar: su obra no le llega ni a los talones a sus ideas sobre la obra.

Esto no sería reprobable (¡y al contrario!) si no fuera porque Paz y el mismo Kundera pusieron su poética Hola como grandes innovaciones, "aventuras, atrevimientos, hazañas" literarias personales, cuando no fueron más que pedacería poética de las verdaderas hazañas de sus antecesores como Joyce con Ulises, y del mismo Cortazar con Rayuela, escrita años antes de la primera novela de Kundera allá por los cincuenta (la obra de Kundera es sesentera), y en el marco del gran boom al lado de Paradiso de Lezama Lima y de la fascinante (y más que soportable) levedad de Borges. Incluso La casa verde de Vargas Llosa (cuyo cinismo, poca empatía, poco sentido compasivo y notorio morbo hacia el dolor humano lo hacen hermano de estilo de Kundera) apareció antes de la primera novela del escritor checoeslovaco francés.

Que a propósito, eso de atribuirse méritos ajenos me recuerda mucho esa manía muy de los franceses de promocionarse como las puntas de lanza del arte y la literatura: Un niño que quiera disfrazarse de pintor se pondrá boina y bigotito francés cuando Francia no ha dado ni de chiste la pintura que ha dado el resto de Europa, pero ay cómo se promociona; ¿el "mejor cine de arte"? Y el pensamiento colectivo piensa en el cine francés. ¿Museos? Y pensamos en el Louvre. ¿Poetas? Francia. Cuando todo esto es más propaganda que justicia.

Para acabar pronto Kundera me parece sobrevalorado hasta la náusea, y dudo que su obra sobrepase la mitad de este siglo. Malo tampoco es, pero, insisto, cuando la sobrevaloración de uno sobrepasa la subvaloración de otros, su obra, más que mala, resulta malvada.

 


Héctor Jaramillo. Fotógrafo, escritor, investigador, mentor artístico, editor, tallerista, pedagogo, conferencista. Premio Chihuahua de Artes Plásticas en 1995. Premio Chihuahua de Literatura en 2016. Premio Nacional INAH Antonio García Cubas 2019 al Mejor Libro de Arte del Año.

Víctor Manuel Hernández Márquez es doctor en filosofía por la UNAM. Ha sido profesor en la Universidad Autónoma de Chapingo (UACh) donde, además fue director de Difusión Cultural y Servicio. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel I. Entre sus publicaciones están Lógica, lenguaje y realidad. Examen crítico del programa absolutista, de 2001, La multiplicidad de Rousseau, y Pierre Duhem: entre física y metafísica.

sábado, 4 de julio de 2026

El mar que recuerdas


 Diseño gráfico: Marco Benavides

El mar que recuerdas

 

Por Marco Benavides

 

Hay costas que solo se miran. Y hay costas que se leen. La Riviera Maya pertenece a esta segunda estirpe: un litoral que bajo su turquesa de postal guarda capítulos enteros de piedra, sal y memoria.

Bajo la caliza blanda de la península, el tiempo excavó ríos que nunca vieron el sol hasta que un cenote les regaló una claraboya. Cada cenote es una gota inmensa suspendida entre la selva y el subsuelo, y en su transparencia se adivina la paradoja de esta tierra: lo más frágil resulta lo más duradero.

En Tulum, la piedra maya se asoma al Caribe como quien todavía vigila el horizonte, una conversación inconclusa entre dos inmensidades: la del mar y la del tiempo. La civilización habita el presente en la lengua, en los nombres de los pueblos, en los rostros de quienes hoy sirven cocteles frente al mismo mar que sus ancestros navegaron.

Pero ningún paraíso escapa a la historia de sus visitantes. El turismo trajo empleo, caminos, hospitales, escuelas; también trajo cemento donde antes había duna, y una sed de crecimiento que a veces olvida preguntar cuánto puede dar la tierra sin agotarse. La región vive hoy esa tensión antigua entre el deseo y el límite: cuánto se construye, cuánto se conserva, quién se beneficia y quién queda al margen del banquete.

Detrás de cada hotel hay manos que tienden camas y guían lanchas; detrás de cada selva hay comunidades que llevan generaciones nombrando cada a los elementos de la tierra. El turismo responsable es el gesto simple de mirar a quien habita el lugar antes de fotografiarlo, de entender la selva escenografía y tambén hogar.

El futuro de esta región caribeña se escribe en la manera en que se administra el agua, se trata el arrecife, se remunera al trabajador, se preserva el idioma. Si la codicia gana la partida, la Riviera Maya podría convertirse en ruina: una postal vacía. Pero si prevalece la conciencia, seguirá siendo lo que ha sido desde tiempos mayas: un punto donde la tierra, el mar y el ser humano negocian los términos de una convivencia posible.

Acaso Milton se equivocó solo en el mapa: El paraíso perdido no está perdido del todo. Late aquí, en la Riviera Maya, entre la sombra húmeda de los cenotes, la respiración de la selva y ese Caribe que parece haber aprendido a pronunciar la eternidad en turquesa.

Porque, al final, la Riviera Maya no es un destino, sino una pregunta que el mar repite en cada ola: ¿sabremos cuidar aquello que tanto amamos admirar?

 

Dr. Marco Benavides, 4 de julio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

lunes, 15 de junio de 2026

Jacqueline Bouvier: La inteligencia como elegancia

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Jacqueline Bouvier: La inteligencia como elegancia

 

Por Marco Benavides

 

Jacqueline Lee Bouvier nació el 28 de julio de 1929 en Southampton, Nueva York, en una familia donde el privilegio social no anulaba la disciplina intelectual, sino que convivía con ella. Hija de John Vernou Bouvier III y Janet Lee Bouvier, creció rodeada de una educación esmerada. La equitación le enseñó la elegancia del control; la historia y la literatura, en cambio, le ofrecieron un territorio más vasto: el de la conciencia y la imaginación. Estudió en Vassar College, pasó un año en París y culminó sus estudios con una licenciatura en literatura francesa por la Universidad George Washington.

Al concluir sus estudios, trabajó en el Washington Times-Herald como fotógrafa y reportera. La anécdota suele mencionarse con ligereza, pero allí se revelaba ya una inclinación decisiva: antes que limitarse a contemplar el escenario, Jacqueline prefería internarse en él. En vez de aceptar el destino de simple presencia distinguida, eligió el contacto directo con la realidad, la observación minuciosa, la pregunta breve y exacta. Aprendió a leer los silencios, a distinguir entre la apariencia y la intención, a escuchar lo que no se decía de manera explícita. Y esa capacidad sería una de las formas más discretas y persistentes de su poder.

En 1953 contrajo matrimonio con John F. Kennedy, y cuando él llegó a la presidencia en 1961, Jacqueline asumió el papel de primera dama sin resignarse a la fórmula vacía del ceremonial. Su proyecto más recordado fue la restauración histórica de la Casa Blanca, empresa que abordó con una mezcla poco común de rigor cultural y sensibilidad simbólica. Comprendió que un país se piensa a sí mismo en los objetos que conserva, en las memorias que decide exhibir y en los relatos que legitima. La célebre visita televisiva de 1962, seguida por millones de espectadores, no fue solo una muestra de buen gusto, sino una lección pública sobre historia, identidad y representación.

El asesinato del presidente Kennedy, en noviembre de 1963, la enfrentó a una forma de dolor que no solo era íntima, sino también pública, histórica y casi insoportablemente visible. En medio de la conmoción, Jacqueline tuvo la lucidez de quien comprende que incluso el duelo puede convertirse en escenario y decidió no ceder del todo ese momento a la maquinaria de la imagen. Su negativa a cambiarse el traje manchado antes del juramento de Lyndon B. Johnson fue un gesto seco, sobrio y devastador: una manera de obligar al país a contemplar la verdad desnuda del crimen. Su matrimonio con Aristóteles Onassis en 1968 desconcertó a una opinión pública que prefería verla fijada en la inmovilidad de un símbolo nacional.

Ya viuda por segunda vez, retomó en Nueva York una vida profesional que desmiente todas las simplificaciones de su leyenda. Trabajó como editora en Viking Press y luego en Doubleday, donde quienes la conocieron recordaron no a una celebridad decorativa, sino a una lectora rigurosa, una mujer de juicio fino y exigencia real. Leía con atención, corregía con precisión y conversaba con autores desde una autoridad que nacía del conocimiento, no del prestigio prestado.

Murió el 19 de mayo de 1994. Más allá del estilo, Jacqueline Bouvier dejó una lección más duradera: la demostración de que la inteligencia puede ejercer influencia sin levantar la voz, y de que la sensibilidad cultural constituye una forma de autoridad. Su legado no reside únicamente en las fotografías que fijaron una época ni en la memoria sentimental de una presidencia mítica, sino en algo más hondo y menos visible: la convicción de que la elegancia verdadera nace de una vida interior exigente. Tal vez por eso su figura persiste, no como reliquia de un tiempo perdido, sino como ejemplo de una forma de presencia donde la inteligencia, la reserva y la belleza encontraron un equilibrio casi irrepetible.

 

Dr. Marco Benavides, 15 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

miércoles, 10 de junio de 2026

Diego Armando Maradona: vida, gloria y contradicción


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Diego Armando Maradona: vida, gloria y contradicción

 

Por Marco Benavides

 

Hay vidas que parecen escritas desde el principio con tinta indeleble, como si el destino hubiera decidido, antes que cualquier voluntad, que ciertos nombres no podrían borrarse. Diego Armando Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en Lanús, al sur de Buenos Aires, y creció en Villa Fiorito, uno de esos barrios que las ciudades latinoamericanas producen con abundancia: densamente pobres, invisibles para el mapa oficial. De ese fondo surgió un niño que dominaba el balón con una naturalidad que desconcertaba a los adultos. El lugar común: tenía un don.

Debutó en Argentinos Juniors en 1976, con quince años recién cumplidos, en una época en que Argentina entera estaba siendo doblada por la violencia del Estado. El futbol, como tantas veces en América Latina, operaba como el único ascensor social que nadie podía clausurar por decreto. Pasó por Boca Juniors donde la afición lo adoptó con esa lealtad más parecida al amor que al fanatismo y luego cruzó el Atlántico hacia Barcelona, donde fue tan brillante en momentos cruciales como frustrante, por las lesiones que sufrió. Fue en Nápoles donde la historia encontró su lógica profunda: una ciudad herida reconoció en él su propio retrato, y lo que pudo haber sido una relación contractual se transformó en algo parecido a la redención mutua. Ambos eran genio y herida, belleza y sufrimiento, orgullo y cicatriz.

El verano mexicano de 1986 es, en la memoria colectiva del deporte, una de esas fechas que no pertenecen ya al calendario sino a la mitología. Argentina llegó al Mundial con la selección de un país que cargaba todavía el peso de la guerra de Malvinas, librada apenas cuatro años antes contra la misma Inglaterra que ahora la esperaba en cuartos de final. Lo que ocurrió el 22 de junio en el Estadio Azteca fue, a la vez, un partido de futbol, una pieza de teatro y un recital de poesía: Maradona anotó con la mano y el público, atónito, a ese gol lo llamó para siempre “la mano de Dios”. Cuatro minutos después recorrió sesenta metros sorteando a medio equipo rival para anotar uno de los goles más impresionantes de la historia. En esa doble firma el engaño y la obra maestra, la picardía y la belleza se condensaba algo esencial de su carácter y, acaso, de cierta manera latinoamericana de habitar el mundo.

Pero el mito también tiene sus sombras, y en el caso de Maradona estas no fueron menores. La adicción a la cocaína lo alejó durante años de los estadios y lo acercó a un abismo del que salió repetidamente, aunque nunca del todo. Sus contradicciones públicas la cercanía con figuras como Fidel Castro o Hugo Chávez, las declaraciones impulsivas y escandalosas, la vida excesiva exhibida sin pudor lo convirtieron también en un personaje incómodo, difícil de administrar para quienes preferían a los héroes sin fisuras. Sin embargo, fue precisamente esa impureza lo que lo volvió indestructible como figura cultural: los santos no generan la devoción que generan los que caen y se levantan y vuelven a caer. Su fragilidad era parte de su elocuencia.

Murió el 25 de noviembre de 2020, en Tigre, provincia de Buenos Aires, y el duelo fue global: calles cerradas en Nápoles, llantos en Buenos Aires, silencio en Ciudad de México. Ese alcance del luto tan desproporcionado respecto a lo que suele merecer la muerte de un deportista confirmó lo que muchos ya sabían: que Diego Armando Maradona no había sido, en sentido estricto, un futbolista. Había sido un lenguaje. Y los lenguajes no mueren cuando muere quien los habla; sobreviven en quienes los escucharon y no pudieron olvidarlos.

Hablar de él hoy es hablar de todo eso a la vez: del niño de Fiorito que no tenía nada más que una pelota y la certeza oscura de que era capaz de algo grande; del joven que desbordó defensas, fronteras y expectativas en la misma medida; del hombre que se perdió y se reencontró más veces de las que nadie podía contar; y de la figura póstuma, ya definitivamente el mito, que el tiempo seguirá puliendo hasta volverla exactamente lo que siempre quiso ser: un inmortal.


Dr. Marco Benavides, 10 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

domingo, 7 de junio de 2026

La multitud y su sombra


 Diseño gráfico: Marco Benavides

La multitud y su sombra

 

Por Marco Benavides

 

Hay una imagen recurrente en la iconografía del siglo XX que conviene recuperar antes de hablar de cifras: la de la hormiga. En incontables caricaturas, documentales y ensayos de divulgación, la especie humana ha sido representada como una colonia insaciable que se multiplica y que consume cualquier superficie que ocupa. La imagen es eficaz, pero a la vez tramposa. Porque la hormiga no elige dónde construye su montículo, no delibera sobre el futuro del suelo, no ha escrito una constitución. Nosotros sí.

La sobrepoblación no es un fenómeno que se explique simplemente con el conteo de personas. Es, antes que nada, una relación: la que existe entre el número de pobladores en un territorio y la capacidad que ese territorio tiene para sostenerlas con dignidad. Esta distinción determina si estamos hablando de un problema de cantidad o de distribución; de biología o de política; de destino o de decisión.

Los organismos internacionales coinciden en que la población mundial sigue creciendo, aunque a un ritmo más lento que en las décadas de la posguerra. Según las proyecciones más recientes de Naciones Unidas, el planeta alcanzó alrededor de 8.2 mil millones de habitantes en 2024, y podría rozar un máximo de 10.3 mil millones hacia mediados de la década de 2080. Lo que ha cambiado no es solo la velocidad del crecimiento, sino su geografía. Hoy el aumento más pronunciado ocurre en regiones del África subsahariana y en partes de Asia meridional, mientras que Europa, Japón y una franja creciente de América Latina enfrentan el problema inverso: el envejecimiento acelerado de sus poblaciones y la contracción de la natalidad.

Pero el dato más significativo no es el crecimiento rural o el nacional: es la urbanización. Cerca del 57% de la población mundial vive en áreas urbanas, una proporción que no deja de crecer. Megalópolis como Ciudad de México, São Paulo, Lagos, Karachi o Dhaka concentran millones de personas que llegaron buscando lo que el campo no podía ofrecerles: empleo, escuela, hospital, futuro. Lo que encontraron con frecuencia fue una ciudad que tampoco estaba preparada para recibirlas.

Desde una perspectiva ecológica, el crecimiento poblacional ejerce una presión creciente sobre los sistemas naturales. No es solo que más personas necesiten más agua, más tierra cultivable, más energía: es que el modelo de consumo dominante multiplica ese impacto. Para ponerlo en una escala concreta: en los datos recientes del Banco Mundial, las emisiones per cápita de dióxido de carbono rondan las 14 toneladas anuales en Estados Unidos, frente a apenas 0.3 en Burkina Faso. La pregunta no es cuántos somos, sino cómo vivimos y, sobre todo, quién decidió que esa es la única forma de vivir bien.

Desde la perspectiva social, la sobrepoblación revela y agrava las desigualdades existentes. El hacinamiento urbano, los asentamientos informales y la saturación de los servicios de salud no son consecuencias inevitables del crecimiento: son consecuencias de un crecimiento mal gestionado. Hablar de sobrepoblación sin hablar de desigualdad es hablar de los síntomas sin tocar a la enfermedad.

Parece haber una incomodidad que atraviesa cualquier discusión honesta sobre la sobrepoblación: la sospecha de que, detrás de ciertas alarmas demográficas, late un pensamiento que no se atreve a nombrarse. La historia del siglo XX está llena de políticas de control poblacional que, bajo el lenguaje neutro de la planificación familiar, escondían lógicas eugenésicas o coloniales: el fascismo europeo de los años treinta, esterilizaciones forzadas en India durante los setenta, políticas coercitivas en China, campañas de anticoncepción dirigidas selectivamente a comunidades pobres o indígenas en América Latina. Este pasado no anula la legitimidad de hablar sobre demografía, pero obliga a hacerlo con más conciencia de quién habla y a quiénes se señala cuando se dice que somos demasiados.

Los análisis más rigurosos coinciden en que la transición demográfica ocurre de manera casi natural cuando se garantizan ciertas condiciones: acceso universal a la educación, atención médica de calidad y seguridad económica básica. No se necesitan campañas coercitivas. Se necesita justicia.

Mientras algunas regiones deberán generar millones de empleos, escuelas y viviendas para una población joven en expansión, otras tendrán que repensar sus sistemas de pensiones y sus modelos de cuidado para adaptarse a poblaciones cada vez más envejecidas. No existe una solución universal porque no existe un problema universal: existe una constelación de desafíos locales que comparten ciertas lógicas globales.

Las respuestas no pueden reducirse a la aritmética de la reducción. Se trata de construir sociedades capaces de sostener a las personas que ya existen, de distribuir los recursos con más equidad, de planificar las ciudades con más inteligencia y de consumir con responsabilidad. El debate sobre la sobrepoblación es, en el fondo, un debate sobre el tipo de civilización que queremos ser.

La imagen de la hormiga, con la que comenzamos, tiene una virtud a la que quizá no le hacemos suficiente justicia: la hormiga construye. No destruye por placer ni acumula más de lo que puede cargar. Su colectividad tiene una lógica que nosotros, con toda nuestra inteligencia y toda nuestra historia, aún no hemos logrado replicar a escala. Tal vez el problema no es que seamos demasiados. Tal vez el problema consiste en que todavía no hemos aprendido a ser, todos juntos, los suficientes.

 

Dr. Marco Benavides, 7 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

jueves, 4 de junio de 2026

Pablo Neruda: la voz que convirtió la vida en un territorio poético


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Pablo Neruda: la voz que convirtió la vida en un territorio poético

 

Por Marco Benavides

 

Pablo Neruda nacido Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto en 1904 llegó a este mundo como llegan los ríos caudalosos: con un nombre que el tiempo termina por cambiar, pero con una fuerza que nada detiene. El nombre artístico que se colgó en la adolescencia, casi como quien se pone las botas para un camino largo, acabó siendo algo más que un seudónimo: fue una declaración, un destino elegido.

Desde los primeros años que vivió en Temuco, al sur de Chile y un punto clave para comprender la historia, la cultura y la geografía de La Araucanía estuvo rodeado de bosques espesos y lluvias torrenciales. Allí Neruda aprendió lo que pocos aprenden: que el mundo habla, y que hay que saber escucharlo. De esa escucha nació una sensibilidad que cargó hasta el último día una mezcla rara y preciosa de asombro, de cierta melancolía serena y de una conciencia lúcida del universo que habitamos, tanto el de los hombres como el de La Tierra.

Su obra no es un libro ni una colección de libros. Es un continente. En Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), apareció una voz joven pero ya templada, capaz de hacer de la emoción una imagen que se clava en la memoria. El amor en esos versos no es cosa fácil ni dulzona: es territorio de luz y es herida, donde la pasión y la pérdida caminan de la mano. Con Residencia en la tierra, su escritura se fue volviendo más oscura, más entrañada en lo surreal y lo metafísico, como si el mundo que vivía le hubiera exigido palabras distintas, más ásperas y verdaderas. En esos versos habita la angustia sin adorno, la soledad sin consuelo fácil, la extrañeza de ser humano en el vasto mundo.

La veta política llegó con la fuerza de las crecidas del norte: sin anuncio y sin vuelta atrás. Los años treinta y cuarenta lo encontraron como diplomático, como testigo de conflictos que marcaban carne, y de esa experiencia emergió una voz que ya no podía callarse. Canto general es, quizá, la obra más ambiciosa que dio la poesía latinoamericana del siglo pasado: un poema-mapa que recorre la historia, la geografía y el alma de un continente. Ahí Neruda ya no es solo poeta; es cronista, memoria viva, defensor de una tierra herida que sin embargo guarda dignidad hasta en las grietas. La palabra se vuelve instrumento de resistencia, de afirmación colectiva, de memoria.

Su vida pública tuvo la misma intensidad que sus versos. Fue diplomático y senador, militante y perseguido, exiliado y siempre escritor. Generó admiración genuina y controversia honesta, porque quien toma partido nunca gusta a todos por igual. Pero él nunca dejó de escribir desde una convicción que era más que ideología: era fe en la palabra como fuerza que transforma lo que toca. Y aun en medio de todo, Neruda se dio tiempo para lo sencillo. En sus Odas elementales tomó una cebolla, una mesa, una barca de río, y los levantó hasta la altura de los símbolos universales, como recordándonos que la poesía no vive solo en las alturas, sino también en lo que uno mira todos los días.

En 1971 le entregaron el Premio Nobel de Literatura. Su discurso, que giraba en torno a la memoria, la esperanza y la responsabilidad de quien escribe, fue una síntesis limpia de todo lo que había creído siempre: que la poesía es puente entre los seres humanos, acto de verdad, una celebración.

Murió en 1973, en un Chile que ardía por la violencia política. Se fue como se van los grandes: dejando un silencio que duele, pero también un legado que sigue vivo. Sus versos son, todavía hoy, refugio y consuelo, revelación para quien los encuentra por primera vez y reencuentro para quien vuelve a ellos. Leer a Neruda es entrar a un lugar donde la emoción se convierte en paisaje, donde la historia se vuelve canto y donde la palabra luminosa, humana, terca como el agua sigue resonando con una fuerza que ningún tiempo ha podido agotar.

 

Dr. Marco Benavides, 3 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.