Mostrando entradas con la etiqueta medicina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta medicina. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de octubre de 2026

Rosita Arenas: el regreso de una estrella que nunca perdió su brillo

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Rosita Arenas: el regreso de una estrella que nunca perdió su brillo

 

Por Marco Benavides

 

Hay actores que abandonan los escenarios y desaparecen. Otros permanecen suspendidos en una especie de limbo, habitando silenciosamente los márgenes de la memoria colectiva. Durante más de tres décadas, Rosita Arenas sintió que le había ocurrido lo segundo.

Tras retirarse de la vida artística en 1994, la actriz llegó a describir su situación con una frase tan dolorosa como elocuente: Se encontraba "metida en el sótano". No era una referencia física, sino emocional. Hablaba del lugar donde la industria suele relegar a quienes alguna vez la engrandecieron. Un espacio donde el aplauso se convierte en eco y los reflectores se apagan.

Pero la historia tiene una curiosa tendencia a corregir ciertas injusticias.

El pasado 23 de septiembre de 2026, Rosita Arenas recorrió las instalaciones de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas para visitar la exposición Su vida al cielo: Actrices en la obra cinematográfica de Luis Buñuel. No era una visitante cualquiera. Ella misma forma parte de esa historia.

En 1953 protagonizó El bruto, una de las películas más reconocidas del célebre cineasta español-mexicano. Aquella producción consolidó una carrera que apenas comenzaba a desplegarse y que terminaría convirtiéndola en una figura imprescindible del cine nacional.

Nacida en Caracas, Venezuela, el 19 de agosto de 1933, pero criada y registrada en México, Rosita llegó a la pantalla grande siendo apenas una adolescente. Con solo dieciséis años debutó en Anacleto se divorcia, filme estrenado en 1950 que marcó el inicio de una trayectoria extraordinaria.

Durante la década de los cincuenta se convirtió en un rostro familiar para el público mexicano. Participó en títulos tan populares como ¿Qué te ha dado esa mujer?, Mi campeón, La hija del ministro, El señor fotógrafo y El médico de las locas, entre muchas otras producciones que hoy forman parte del patrimonio cultural de la cinematografía mexicana.

Sin embargo, existe una faceta de su carrera que merece especial atención.

Mucho antes de que Hollywood popularizara el concepto de las llamadas scream queens, Rosita Arenas ya era una de las grandes figuras femeninas del cine fantástico y de terror en habla hispana. Su presencia elegante, combinada con una notable fuerza interpretativa, la convirtió en una referencia del género.

Las míticas cintas La momia azteca, La maldición de la momia azteca y La momia azteca contra el robot humano ayudaron a cimentar una leyenda que continuaría en películas como El espejo de la bruja y La maldición de la Llorona. Gracias a estas producciones, el público y la crítica terminaron reconociéndola como una auténtica "reina del grito", título reservado para aquellas actrices cuya imagen queda inevitablemente asociada a los miedos, monstruos y fantasmas de toda una generación.

Pero el tiempo, que suele ser despiadado con las estrellas, también puede ser generoso.

A sus 93 años, Rosita Arenas continúa proyectando la misma elegancia que la distinguió durante su juventud. Su porte no parece pertenecer únicamente a una mujer, sino a una época entera del cine mexicano, una época de estudios cinematográficos, grandes historias y figuras inolvidables.

Por ello resulta especialmente significativo que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgue el próximo 3 de octubre el Ariel de Oro, máximo reconocimiento honorífico que concede la institución. Más que un premio individual, el homenaje representa un acto de memoria cultural. Es la confirmación de que ciertas trayectorias no pueden permanecer indefinidamente ocultas en el sótano del olvido.

Rosita Arenas regresa al centro de la escena cuando ya no tiene nada que demostrar. Su legado estaba ahí desde hace décadas, aguardando ser redescubierto. Quizá esa sea la verdadera lección de esta historia: las grandes estrellas no desaparecen. A veces simplemente esperan a que la memoria vuelva a encender la luz.

 

Marco Benavides, 29 septiembre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

sábado, 26 de septiembre de 2026

19 de septiembre de 1985: la mañana en que la tierra gritó

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

19 de septiembre de 1985: la mañana en que la tierra gritó

 

Por Marco Benavides

 

Hay fechas que no pertenecen al calendario, sino a la memoria colectiva. Días que sobreviven a los años, los gobiernos, las generaciones. El 19 de septiembre de 1985 es una de esas fechas. Una herida abierta en la historia que, cuatro décadas después, sigue latiendo bajo el asfalto de la Ciudad de México.

A las 7:19 de la mañana, cuando millones de personas comenzaban su jornada. La Tierra decidió recordar su fuerza. No hubo aviso. No hubo tiempo para prepararse. Lo que durante segundos pareció un movimiento extraño terminó convirtiéndose en uno de los desastres más devastadores de la historia contemporánea del país.

Las imágenes permanecen grabadas en la memoria: edificios inclinándose como si estuvieran hechos de papel, calles cubiertas de polvo, hospitales colapsados, viviendas desaparecidas y miles de personas buscando a sus seres queridos entre montañas de concreto. Pero entre las escenas que dejó aquella mañana existe una que parece resumir el instante exacto en que la normalidad se quebró.

En el programa televisivo Hoy Mismo, la periodista Lourdes Guerrero informaba en directo cuando comenzó a percibir un movimiento inusual. Su voz, que intentaba transmitir serenidad, quedó registrada en la historia de la radiodifusión mexicana:

"Está temblando. Está temblando un poquitito, pero no se asusten..."

Durante unos segundos, el país entero escuchó cómo la incertidumbre se colaba en una transmisión cotidiana. Lo que nadie sabía en ese momento era que el sismo seguía aumentando su intensidad y que, poco después, las instalaciones de Televisa Chapultepec sufrirían daños severos que sacarían la señal del aire.

Aquella grabación no es solamente un documento periodístico. Es el sonido de la incredulidad. Es la voz humana tratando de comprender, en tiempo real, algo mucho más grande que ella. Es el instante en que una nación entera pasó de la rutina a la tragedia.

Sin embargo, reducir el 19 de septiembre a la destrucción sería injusto con quienes lo vivieron. Si algo nació de entre los escombros fue una de las expresiones más profundas de solidaridad que ha conocido México. Miles de ciudadanos salieron espontáneamente a las calles para remover piedras con sus propias manos, organizar centros de ayuda, donar alimentos y buscar sobrevivientes. Las personas se rebelaron ante la tragedia.

Cuarenta y un años después, la voz de Lourdes Guerrero sigue resonando como un eco lejano de aquella mañana. No porque describiera el terremoto con precisión, sino porque capturó algo más importante: el momento exacto en que México comprendió que nada volvería a ser igual.

 

Dr. Marco Benavides, 19 septiembre 2026 



Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

sábado, 29 de agosto de 2026

Diez años de ausencia, un siglo de presencia

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Diez años de ausencia, un siglo de presencia

 

Por Marco Benavides

 

El 28 de agosto de 2016, México se quedó sin aire un instante. Juan Gabriel ‒Alberto Aguilera Valadez, el niño que salió de Parácuaro, Michoacán, y creció en las calles de Ciudad Juárez‒ dejó de respirar en Santa Mónica, California, a los 66 años. Diez años después, la ausencia se ha vuelto costumbre y, sin embargo, su voz no ha dejado de sonar en las plazas, en los teatros, en los teléfonos de una generación que no lo vio en vida y que, aun así, sabe llorar con él.

No fue solamente un cantante. Fue un narrador de emociones que no le temía a la cursilería porque entendía, mejor que nadie, que el sentimentalismo bien construido es una forma de verdad. Convirtió el dolor, la esperanza y el amor en patrimonio: un repertorio que cualquier mexicano recita de memoria sin haberlo estudiado nunca, aprendido en el radio de la cocina, en las bodas, en los velorios.

“Amor eterno”, “Querida”, “Hasta que te conocí”, “Así fue”: más que canciones, son capítulos de una biografía colectiva. Juan Gabriel tenía el don raro de cruzar géneros ‒del mariachi al pop, de la ranchera a la balada orquestada‒ y de cruzar generaciones con la misma naturalidad. Llenaba estadios y, al mismo tiempo, se colaba en la intimidad de un duelo familiar, en el silencio de una casa después de un funeral. Esa doble escala, la del ídolo masivo y la del confidente íntimo, es quizá lo más difícil de repetir en la historia de la música popular

El aniversario ha desbordado la geografía nacional. En Chicago, Los Ángeles y El Paso ‒ciudad hermana de Juárez‒ se han organizado conciertos, proyecciones y festivales para conmemorar los diez años. El documental Mi Primer Bellas Artes vuelve a proyectarse en parques y cines, recordando la noche que lo consagró como figura universal.

En México, Plaza Garibaldi y el Palacio de Bellas Artes funcionan hoy como altares colectivos. Más de 700 mil personas asistieron a su velorio en 2016; una década después, miles vuelven a reunirse para cantar sus temas en homenajes gratuitos, en plazas públicas, en festivales que no necesitan boleto porque el duelo ‒y la fiesta‒ siguen siendo comunitarios.

A lo largo de esta década, rumores y documentales han alimentado la fantasía de que Juan Gabriel sigue vivo, escondido en algún rincón del imaginario popular. Pero lo cierto es más sencillo y más contundente: su obra no necesita de la biología para seguir viva. Más de catorce millones de oyentes mensuales en plataformas digitales lo confirman con una frialdad estadística que, paradójicamente, habla de algo muy cálido.

Diez años después, Juan Gabriel no es un recuerdo: es un idioma emocional que México ‒y buena parte del mundo de habla hispana‒ sigue hablando sin darse cuenta. Su obra es espejo de la identidad nacional y puente hacia lo universal, un patrimonio cultural que, como pocos, se permite el lujo de desafiar a la muerte.

 

Dr. Marco Benavides, 28 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

lunes, 24 de agosto de 2026

El dolor físico

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

El dolor físico

 

Por Marco Benavides

 

No toca a la puerta, no avisa que llega: entra sin permiso, ocupa el cuerpo entero y reordena la vida en torno a una sola certeza:

“Tengo dolor”, dice la persona.

No distingue edad, origen ni fortuna; llega igual al niño que se raspa una rodilla que al anciano que carga décadas de trabajo en la espalda. Es, ante todo, una experiencia democrática de la fragilidad humana. “Lo único que quiero es que se vaya”, ansía el paciente.

En la cultura popular, ese dolor rara vez aparece desnudo: se viste de metáfora. Hay imágenes que, sin pretenderlo, describen con precisión casi clínica lo que ocurre bajo la piel: una fractura que no siempre se ve, pero que se siente con una claridad absoluta o un apéndice perforado que indica el lugar exacto en el abdomen donde se amenaza la vida, como si el cuerpo hablara un idioma propio, hecho de punzadas y de silencios.

Ese idioma tiene gramática biológica: inflamación, daño de tejidos, detectores de dolor que disparan señales, sustancias químicas que inundan el sistema nervioso. Pero traducir el dolor solo a fisiología es quedarse a medias. Cuando el dolor se queda a vivir ‒cuando deja de ser episodio y se vuelve rutina‒ empieza a rehacer la identidad de quien lo padece. Cambia el paso al caminar, la calidad del sueño, la manera de estar con otros. Quien convive con dolor persistente aprende, casi sin querer, un oficio nuevo: el de negociar con su propio cuerpo, medir cada movimiento, calcular el costo de cada gesto.

Ahí, en ese desgaste, nace la resistencia. Resistir no es negar el dolor ni fingir que no existe: es reconocerlo sin dejar que ocupe la totalidad de la vida, como un llamado a sostenerse cuando no hay un hombro disponible para apoyarse en él. En medicina, ese llamado tiene traducción exacta: adherencia terapéutica, búsqueda persistente de alivio, la voluntad ‒terca, cotidiana‒ de seguir intentando. La fe, entendida como confianza en el cuerpo, en el tratamiento, en el tiempo, funciona como un analgésico silencioso que ningún frasco puede contener.

El dolor también obliga a mirar de frente los límites. Hay heridas que, en efecto, no se pueden borrar: secuelas que se quedan, cicatrices que no se irán. Y sin embargo, incluso ahí es posible la adaptación. La rehabilitación y el acompañamiento de quienes saben acompañar permiten reconstruir una vida funcional, distinta pero propia. Resistir no es gesto heroico ni instantáneo: es un proceso lento, con días que ceden y días que no, donde cada avance pequeño pesa más de lo que parece.

Al final, el dolor físico recuerda algo esencial: el cuerpo es territorio vivo, vulnerable, extraordinario. Sentirlo es señal de que algo pide atención; resistirlo es prueba de que todavía estamos aquí. En ese equilibrio entre herida y fortaleza se sostiene una verdad simple: el dolor no define a quien lo sufre, pero sí puede transformarlo. Y en esa transformación, la fe ‒o la confianza, o la simple obstinación de seguir‒ se vuelve herramienta terapéutica: silenciosa, pero indispensable.

 

Dr. Marco Benavides, 24 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

domingo, 16 de agosto de 2026

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza

 

Por Marco Benavides

 

Hay actores que interpretan personajes y actores que los incendian. Jack Nicholson pertenece a la segunda estirpe: aquella que no representa la locura, la rebeldía o el cinismo, sino que los deja arder frente a la cámara hasta que el espectador ya no distingue al hombre del papel. Su rostro ‒cejas que se disparan hacia las sienes, sonrisa que es a la vez invitación y advertencia‒ se volvió, a lo largo de más de cinco décadas, el semblante mismo A finales del siglo XX.

Nació en 1937 en Neptune City, Nueva Jersey, en un hogar que guardaba un secreto que solo conocería adulto: la mujer que creía su hermana era, en realidad, su madre. Ese engaño fundacional quizá explique por qué Nicholson siempre buscó personajes fisurados, hombres que viven en el filo entre la cordura fingida y el abismo real. Jack Nicholson aprendió, creció y se desarrolló como actor trabajando en las películas de bajo presupuesto que producía Roger Corman, hasta que Easy Rider (1969) lo sacó del anonimato.

Los setenta lo consagraron. En Chinatown (1974), bajo la mirada quirúrgica de Polanski, encarnó a un detective que descubre que la corrupción no tiene fondo. Pero fue Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) en 1975, la que fijó su mito. Le valió el primer Óscar y una certeza cultural: Nicholson era el rebelde que Estados Unidos necesitaba ver derrotado para poder seguir creyendo en la rebeldía.

Con El resplandor (1980), Kubrick le entregó el papel que terminaría por convertirlo en ícono absoluto de la cultura popular. El hacha, la puerta astillada, el célebre "Aquí está Johnny" sintetizan su método: llevar el exceso hasta el punto exacto en que deja de ser gesto y se vuelve verdad. Tres años después, La fuerza del cariño (Terms of Endearment) le dio su segundo Óscar, esta vez como actor de reparto, y confirmó que su registro no era solo la furia sino también la ternura tardía.

Los noventa lo mostraron en su forma más matizada: Mejor... imposible (As Good as It Gets) en 1997 le dio un tercer Óscar por Melvin Udall, misántropo obsesivo cuya dureza esconde una ternura casi involuntaria. Y en el terreno del espectáculo masivo, su Joker en Batman (1989) demostró que incluso la villanía de cómic podía llevar su firma: teatralidad, humor macabro, una alegría casi obscena por el desastre.

Se retiró silenciosamente después de How Do You Know (2010). No hubo despedida solemne, como si el propio Nicholson desconfiara del gesto ceremonioso. Hoy, a sus 89 años, su legado no se mide en estatuillas sino en la genealogía de actores que aprendieron de él que la verdad, en la actuación, rara vez es contenida: casi siempre hay que dejarla desbordarse.

Nicholson no interpretó al siglo XX estadounidense: lo dejó, generosamente, plasmarse en el lienzo de su rostro.

 

Dr. Marco Benavides, 14 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

jueves, 6 de agosto de 2026

Rubén Marín: Medicina y literatura

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Rubén Marín: Medicina y literatura

 

Por Marco Benavides

 

Rubén Marín constituye una figura singular en las letras mexicanas del siglo XX, en la medida en que su obra literaria se articula desde la experiencia directa de la práctica médica en el México rural.

Nacido el 22 de octubre de 1910 en el barrio de Santa María la Redonda, en la Ciudad de México, y fallecido en la misma urbe el 16 de junio de 1980, Marín desarrolló una trayectoria profesional dual ‒médica y literaria‒ cuya convergencia resulta clave para comprender el carácter testimonial de su producción narrativa.

Formado como médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México, Marín ejerció la medicina en contextos diversos que marcarían profundamente su escritura posterior. Se desempeñó como médico de mina en distintas poblaciones del país, fue delegado de Salubridad y director de los hospitales Civil y de la Caridad en Teziutlán, Puebla. Colaboró con el Instituto Mexicano del Seguro Social. Posteriormente se especializó en medicina de seguros de vida, llegando a ocupar el puesto de director médico en la Compañía de Seguros La Comercial. Este itinerario profesional, que lo llevó a atender comunidades marginadas y a presenciar de cerca la precariedad sanitaria del México provinciano, proporcionó la materia prima de su narrativa.

En el plano literario, cabe destacar que la producción de Marín surgió, según se ha señalado, como una reacción crítica frente a los experimentos poéticos y narrativos de la década de 1960, que el autor consideraba carentes de rigor estético. Frente a dichas tendencias, optó por una escritura de corte realista y costumbrista, orientada a representar con crudeza los aspectos más dolorosos de la existencia humana: la pobreza, la muerte y la violencia carente de sentido, entendida esta última como manifestación concreta del mal. Junto a estos temas de tono sombrío, su obra también da cabida a las virtudes cristianas, en particular la bondad y la caridad, articuladas mediante la descripción de tradiciones populares y el empleo de expresiones vernáculas propias del habla provinciana.

Su obra más representativa, Los otros días (subtitulada Apuntes de un médico de pueblo), de naturaleza marcadamente autobiográfica, constituye un testimonio literario de las dificultades y satisfacciones inherentes al ejercicio médico en las comunidades rurales mexicanas. La obra, publicada por Editorial Jus y reeditada en múltiples ocasiones ‒lo cual sugiere una recepción sostenida entre el público lector‒, ha sido descrita como un conjunto de relatos que combinan el pasaje romántico, la escena costumbrista, la crítica social severa y una concepción profundamente humanista, todo ello sobre un trasfondo realista que ha llevado a establecer paralelismos con autores como José María de Pereda. A esta obra se suma El diablo y algo más..., colección de cuentos que profundiza en los mismos ejes temáticos de pobreza, muerte y violencia.

En el terreno de las colaboraciones periodísticas y culturales, el doctor Marín participó en la página editorial del diario Excélsior y en la revista de cultura mexicana Ábside, espacios que le permitieron consolidar una presencia dentro del ámbito intelectual de su época.

El legado de Rubén Marín se despliega, en consecuencia, en una doble dimensión: como médico rural y funcionario de salud pública, y como narrador capaz de fundir la experiencia clínica con una sensibilidad literaria orientada a documentar tanto el sufrimiento como la esperanza de los pueblos mexicanos. Su producción, aunque menos difundida que la de otros narradores contemporáneos, se inscribe en el acervo literario mexicano del siglo XX como testimonio valioso de la vida médica y social de la provincia, y merece ser reconsiderada dentro de los estudios sobre la literatura de temas médicos en México.

 

Dr. Marco Benavides, 4 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

domingo, 26 de julio de 2026

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Por Rosario Ruiz Morales

 

La enfermedad: Depresión. Que más.

Se siente en el alma, la mente y el espíritu. Se dice así, pero nadie la ha podido descifrar. ¿Se sitúa en el Sistema Nervioso? Situación corporal en general. Quién puede anotar algo más.

Ella la padeció durante nueve eternos meses. No comía. No dormía. No pensaba. No existía. Solo lloraba. A veces gritaba pidiéndole al Altísimo que se la llevara con su amor.

Quienes han padecido esto por largos periodos de tiempo y han podido salir de ese terrible estupor, envueltos en las sombras taciturnos y sin voz, pueden atestiguarlo. Quienes la han padecido y han salido de ella, Gloria a Dios.

Pueden ella y otros dar su punto de vista, la manera en que se enfrenta ese dolor, ese terrible estado anímico. Nadie saldrá solo. Dios, el hacedor de todo bien, es quien pone Ángeles en tu vida.

Tendrás que recurrir a especialistas, terapeutas, psicólogos, psiquiatras, tanatólogos, y no sin antes recurrir al médico de todos: Dios mismo. Él es el único sanador del alma. Sacerdotes especializados en temas escabrosos y complejos del ser humano coinciden en algo trascendental: el alma enferma cuando un suceso tremendo cambia la perspectiva de existir.

Los factores que intervienen directamente en este mal como anomalía, deficiencia, padecimiento, estado mental, estado anímico o patología sistémica.

En este lapso de tiempo no se piensa. No accionas ni reaccionas ni respondes, pues estás privado de toda conexión con la realidad, entorno,  familia, situación anímica, como si no existieras para nada ni nadie.

El dolor no te deja accionar, solo lloras, no hay tiempo, ni hambre ni sed. Permaneces en shock, no sales del estupor solo interrumpido, si acaso, por ir al baño, y al entrar, no sabes ni a qué ni porque vas.

Ella recuerda hoy. Cuando ya se le acabaron hasta las lágrimas ya no podía llorar de tanto dolor, el pesar había nublado la razón, el mundo seguía girando a velocidad vertiginosa sin ni siquiera percatarse que sucedía en su entorno, si era espectadora o simple protagonista, no había ninguna diferencia.

Las demás personas actuaban con una desenfrenada obstinación por moverla, sacarla de ese estado catatónico en el que ella deseaba estar y que la dejaran en paz, solo quería dormir y gritar pidiéndole al Altísimo que la llevara a dónde había quedado el amor de su vida que había partido hacia Él.

El mundo se fracturó en mil pedazos sin que nadie pensara en volver a formar ese rompecabezas que formaban su vida y su entorno, simplemente no había nada.

Pasaron los meses sin que nadie asomara por un rato a su mundo interior, ni preguntara que si necesitaba algo, simplemente no lo hubo.

Ella lo presintió dos días antes de su muerte y en el funeral vio totalmente el panorama.

Dios le concedió sin excusa ni pretexto alguno poco a poco renacer y encarar la vida ya sin su principal motor, sin un motivo en especial, ya no existía.

Hoy puede ella contar, bendiciendo a Dios, a sus amigas que la llevaron al Taller de Duelos de la Divina Providencia y a escribir, todo lo que la mente le obligaba para honrar la memoria y recuerdo de su esposo. Ella hoy tiene recuerdos desde el siguiente día en su funeral y cada hora siguiente,  contando la historia y la vida en común.

Gracias, Sylvia Ortega Duarte. Gracias, doctora Laura Guadalupe Amador Guzmán. Sé que hoy gozan del Señor y que ahí lo han visto, descansen en paz.

Ella agradecerá por lo que le queda de vida los favores recibidos.

 


Rosario Ruiz Morales se inició como escritora en agosto de 2010, cuando entró a un taller literario llamado
Para perderle el miedo a la escritura, en Demac. Desde entonces escribe todos los días, como una forma de meditación y trascendencia.

sábado, 18 de julio de 2026

Ley de Gravedad

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Ley de Gravedad

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Gonzalo había caído sobre el piso de mosaico de la estancia. Unos metros más allá se quedó muda y como esperándolo su silla de ruedas. Aunque no había practicado mucho, sabía lo que tenía que hacer. Recordaba lo que la muchachita aquella de la terapia ocupacional se había esforzado por enseñarle.

Primero que nada, había de cerciorarse de que no había nadie que pudiera echarle una mano. Era jueves, día en que la auxiliar no llegaría hasta las dos de la tarde. Sintió que no podía, no debía quedarse tirado ahí hasta entonces. Mientras lo pensaba ya había reptado hasta el pie de la silla. El paso siguiente era ponerse de rodillas como si estuviera rezando frente a la silla. Con mucha dificultad pudo hacerlo. Luego debía asegurar los frenos de la silla, para que no fuera a moverse. Una vez hecho eso, apoyándose en el asiento de la silla debería doblar su pierna buena y así pararse frente a la silla. Dar la media vuelta y sentarse en ella fue lo más fácil.

Una vez en la silla pasó a reflexionar sobre lo que había pasado:

—¡Ay, Gonzalo! —se dijo a sí mismo—. Es tu segunda caída, por fortuna no te quebraste un hueso. Ya te lo vaticinó tu hermana después de la primera caída: una fractura de cadera es el principio del fin.

Y ahora tenía que llamarla por teléfono y contarle del percance. Ya la oigo: “Ya lo ves, un descuido y lo que pasa” Y tal vez le martillaría en la cabeza aquello del “principio del fin”. Pero había que notificarle, después de todo ella era la única persona a quien él sabía que le importaba. Bueno, también a la auxiliar le importaba, pero esta vendría más tarde y entonces le podría decir.

—¿Estás seguro de que estás bien? Al rato paso a verte. ¿La auxiliar todavía no llega? A lo mejor estoy ahí antes que ella.

Ahora sí, a solas con su gato y su silla de ruedas podría ponerse a pensar. ¿Qué te dice una caída? Pues si posees una mente educada lo primero que se te ocurre es que la ley de la gravedad existe. Tomó a Newton ver caer una manzana para descubrirla. Al que cae, toma ver el suelo aproximarse a su cara a gran velocidad si cae de frente, si lo hace de espaldas es el techo el que se aleja. Luego viene lo que se llama damage assessment, es decir, ver si algo se dañó, si algo se quebró. ¿Por qué duele o por qué no duele? Malvada ley de la gravedad, esta vez no me hiciste nada, pero ya sé que ahí estarás acechando.

Se abre la puerta, la que da a la calle Once. Es la hermana, ella tiene llave.

—¡Ay Dios, pero mírate, tienes sangre en la cabeza! ¡Hay que llevarte con el doctor Félix!

—¡Ay hermanita, te juro que estoy bien! No necesito ir al doctor.

—Claro que necesitas ir. Acuérdate de Toñita. Se cayó y dijo que no tenía nada. La radiografía reveló una tremenda fractura.

—Y se murió.

—Así que alístate. En cuanto llegue Albertina…

—Agustina.

—Agustina, pues. En cuanto llegue nos iremos los tres a ver al doctor. Ya estoy llamando a Rosy, la enfermera, para que nos esperen.

Y mientras le limpiaba con una gasita con alcohol la pequeña descalabrada en la cabeza, casi en la frente, Gonzalo preguntó:

—Dime, Olivia, ¿alguna vez has pensado en la importancia de la ley de la gravedad?

—Sí. Claro que es muy importante. Es la que nos mantiene sobre la tierra.

—O sea, no has pensado mucho en ella.

Apenas entonces cayó en la cuenta que su hermana no había llegado sola, su hijo de once años la acompañaba.

—Y tú, Andy. ¿Nos puedes ilustrar respecto a la fuerza de gravedad?

—¡Seguro! La Aceleración de la Gravedad estándar en la tierra es de 9.814 metros por segundo cuadrado. En términos vulgares mientras más arriba estás más fuerte caes, es decir cuando llegas al suelo.

—¡Y más te duele el golpe! Especialmente cuando se enfría la parte que te golpeaste.

—No hagas conclusiones, deja que te vea el doctor. Puedes necesitar un emarai ‒la resonancia‒, o una tomografía, o por lo menos una radiografía —puntualizó Olivia.

—¿Qué sabes tú de esas cosas?

—Pues he visto muchos casos.

—Como el de Toñita, la que se murió.

—Pues sí, pero también otros que vivieron. Aunque con consecuencias.

—Pero a mí ni me duele.

—Como tampoco te habías dado cuenta de que estabas sangrando de la cabeza.

—¿Y Andy? ¿Va con nosotros?

—Pues ni modo de que se quede aquí solo.

No valía la pena discutir con Olivia. Una vez que ella decidía algo, eso se hacía. Así fue siempre. Un poco después llegó Agustina.

—Pero ¿cómo fue?

—Pues de arriba hacia abajo.

—¿Ves? ¡Ni estando moribundo toma las cosas en serio!

—No se diga más, vamos donde el doctor Félix.

—Vayamos a donde las mujeres quieran.

Y la pequeña expedición marchó hacia el Centro Médico Redención, complejo de gabinetes y consultorios del cual el doctor Félix era el director general. Como Olivia lo había anticipado, Rosy la enfermera los esperaba a la entrada.

—Le dije al doctor y él inmediatamente ordenó una tomografía. Ya esperan, don Gonzalo, ahí enfrente.

La enfermera Rosy sabía darle su lugar a la gente. Gonzalo saboreó el ser llamado don Gonzalo y se enderezó en su silla de ruedas. Así, Olivia dirigiendo, Agustina empujando, Gonzalo rodando y Andy siguiendo, emprendieron la marcha desde el estacionamiento y la calle que los separaba del gabinete radiológico. Ocupaba este un flamante edificio identificable por un letrero que anunciaba: Centro Médico Redención, TAC, MRI y Rayos Equis.”

Gonzalo lo leyó y su mente siempre dispuesta a bromear pensó: “solo falta que diga “se aplican inyecciones y se pegan botones’”.

Pasaron a una salita de recepción donde el técnico, un muchacho fornido y de aire distraído, ya los esperaba. Entraron al cuarto donde estaba aquel impresionante aparato, el escáner. El técnico ayudó a Gonzalo a desplazarse de su silla a la camilla del aparato. Oyendo una ligera queja durante el traslado el muchacho preguntó:

—¿Tiene dolor?

—Solo cuando me acuestan en una tabla como esa.

—Ya veo. Pero no toma mucho tiempo.

El técnico accionó entonces un mecanismo que hizo que la camilla con Gonzalo en ella penetrara en aquel túnel que era el escáner. No sabía si el escáner era viejo o si todos los escáners hacen tanto ruido. Pero mucho ruido. Un poco de tiempo después, el grupo con todo y Andy seguían ya al técnico radiólogo que llevaba las radiografías protegidas por un papel amarillo en la mano. Sin más, cruzando de nuevo calle y estacionamiento, penetraron en la sala de espera del consultorio que ostentaba el rótulo “Doctor JD Félix Ortopedista y Traumatólogo”.

“Justo lo que Olivia quiere” —pensó Gonzalo.

El lugar se encontraba repleto de pacientes, unos en silla de ruedas, otros enyesados, incluso uno con un curioso aparato de tracción. Una segunda enfermera los pasó a una sala interior, donde cada uno, hasta el pequeño Andy encontró acomodo. Antes notaron la expresión de disgusto de los demás pacientes que se preguntaban en silencio: “¿Por qué pasan a esos si yo llegué primero?”

Unos quince minutos después, por la puerta del fondo apareció el doctor Félix. Llevaba las placas radiográficas en la mano, ya sin el papel amarillo. Caminó hacia la pared lateral de donde pendía un negatoscopio, colocó las placas en él y, accionando un pequeño interruptor, la luz fluorescente del artefacto iluminó las placas. Señaló con su elegante pluma fuente el centro de una de las imágenes y dijo:

—Miren aquí está. Es una pequeña fisura en la cabeza del fémur.

—Y ¿qué hay que hacer? —preguntó Gonzalo.

—No hay mucho que hacer. Si te duele te daremos algo para el dolor. No necesito decir que debes evitar poner peso de ese lado, pues ya estás en una silla de ruedas. Pero, aunque suene tonto decirlo, tienes que evitar andarte cayendo. ¡Mucho cuidado querido amigo!

Luego dio media vuelta y se marchó por la misma puerta por donde había entrado. Rosy y la otra enfermera les pidieron entonces que pasaran a otro cuarto contiguo a “llenar unos papeles” y mirándose unos a otros con un dejo de confusión oyeron a Gonzalo decir:

—¡Les dije que no tenía nada!

Una vez completado el ritual del papeleo y de atravesar la sala de espera, Agustina, no dejando que Andy empujara la silla de ruedas de Gonzalo, lo llevó hasta la orillita de la banqueta y dijo solemnemente:

—Aquí mismo aguardaremos a que doña Olivia acerque su vehículo.

—¡Pero con cuidado! ¡No quiero que me vuelvan a meter en esa máquina monstruo!

Y así la expedición volvió a casa. En el automóvil, Andy aprovechó la oportunidad para explicar efusivamente a los demás la diferencia entre una resonancia magnética nuclear y una tomografía axial computarizada. Gonzalo ya no quería saber nada:

—Paremos ahí adelante por una hamburguesa. ¡Por favor!

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.