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domingo, 26 de julio de 2026

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Hola, escribo para seguir viviendo

 

Por Rosario Ruiz Morales

 

La enfermedad: Depresión. Que más.

Se siente en el alma, la mente y el espíritu. Se dice así, pero nadie la ha podido descifrar. ¿Se sitúa en el Sistema Nervioso? Situación corporal en general. Quién puede anotar algo más.

Ella la padeció durante nueve eternos meses. No comía. No dormía. No pensaba. No existía. Solo lloraba. A veces gritaba pidiéndole al Altísimo que se la llevara con su amor.

Quienes han padecido esto por largos periodos de tiempo y han podido salir de ese terrible estupor, envueltos en las sombras taciturnos y sin voz, pueden atestiguarlo. Quienes la han padecido y han salido de ella, Gloria a Dios.

Pueden ella y otros dar su punto de vista, la manera en que se enfrenta ese dolor, ese terrible estado anímico. Nadie saldrá solo. Dios, el hacedor de todo bien, es quien pone Ángeles en tu vida.

Tendrás que recurrir a especialistas, terapeutas, psicólogos, psiquiatras, tanatólogos, y no sin antes recurrir al médico de todos: Dios mismo. Él es el único sanador del alma. Sacerdotes especializados en temas escabrosos y complejos del ser humano coinciden en algo trascendental: el alma enferma cuando un suceso tremendo cambia la perspectiva de existir.

Los factores que intervienen directamente en este mal como anomalía, deficiencia, padecimiento, estado mental, estado anímico o patología sistémica.

En este lapso de tiempo no se piensa. No accionas ni reaccionas ni respondes, pues estás privado de toda conexión con la realidad, entorno,  familia, situación anímica, como si no existieras para nada ni nadie.

El dolor no te deja accionar, solo lloras, no hay tiempo, ni hambre ni sed. Permaneces en shock, no sales del estupor solo interrumpido, si acaso, por ir al baño, y al entrar, no sabes ni a qué ni porque vas.

Ella recuerda hoy. Cuando ya se le acabaron hasta las lágrimas ya no podía llorar de tanto dolor, el pesar había nublado la razón, el mundo seguía girando a velocidad vertiginosa sin ni siquiera percatarse que sucedía en su entorno, si era espectadora o simple protagonista, no había ninguna diferencia.

Las demás personas actuaban con una desenfrenada obstinación por moverla, sacarla de ese estado catatónico en el que ella deseaba estar y que la dejaran en paz, solo quería dormir y gritar pidiéndole al Altísimo que la llevara a dónde había quedado el amor de su vida que había partido hacia Él.

El mundo se fracturó en mil pedazos sin que nadie pensara en volver a formar ese rompecabezas que formaban su vida y su entorno, simplemente no había nada.

Pasaron los meses sin que nadie asomara por un rato a su mundo interior, ni preguntara que si necesitaba algo, simplemente no lo hubo.

Ella lo presintió dos días antes de su muerte y en el funeral vio totalmente el panorama.

Dios le concedió sin excusa ni pretexto alguno poco a poco renacer y encarar la vida ya sin su principal motor, sin un motivo en especial, ya no existía.

Hoy puede ella contar, bendiciendo a Dios, a sus amigas que la llevaron al Taller de Duelos de la Divina Providencia y a escribir, todo lo que la mente le obligaba para honrar la memoria y recuerdo de su esposo. Ella hoy tiene recuerdos desde el siguiente día en su funeral y cada hora siguiente,  contando la historia y la vida en común.

Gracias, Sylvia Ortega Duarte. Gracias, doctora Laura Guadalupe Amador Guzmán. Sé que hoy gozan del Señor y que ahí lo han visto, descansen en paz.

Ella agradecerá por lo que le queda de vida los favores recibidos.

 


Rosario Ruiz Morales se inició como escritora en agosto de 2010, cuando entró a un taller literario llamado
Para perderle el miedo a la escritura, en Demac. Desde entonces escribe todos los días, como una forma de meditación y trascendencia.

sábado, 18 de julio de 2026

Ley de Gravedad

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Ley de Gravedad

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Gonzalo había caído sobre el piso de mosaico de la estancia. Unos metros más allá se quedó muda y como esperándolo su silla de ruedas. Aunque no había practicado mucho, sabía lo que tenía que hacer. Recordaba lo que la muchachita aquella de la terapia ocupacional se había esforzado por enseñarle.

Primero que nada, había de cerciorarse de que no había nadie que pudiera echarle una mano. Era jueves, día en que la auxiliar no llegaría hasta las dos de la tarde. Sintió que no podía, no debía quedarse tirado ahí hasta entonces. Mientras lo pensaba ya había reptado hasta el pie de la silla. El paso siguiente era ponerse de rodillas como si estuviera rezando frente a la silla. Con mucha dificultad pudo hacerlo. Luego debía asegurar los frenos de la silla, para que no fuera a moverse. Una vez hecho eso, apoyándose en el asiento de la silla debería doblar su pierna buena y así pararse frente a la silla. Dar la media vuelta y sentarse en ella fue lo más fácil.

Una vez en la silla pasó a reflexionar sobre lo que había pasado:

—¡Ay, Gonzalo! —se dijo a sí mismo—. Es tu segunda caída, por fortuna no te quebraste un hueso. Ya te lo vaticinó tu hermana después de la primera caída: una fractura de cadera es el principio del fin.

Y ahora tenía que llamarla por teléfono y contarle del percance. Ya la oigo: “Ya lo ves, un descuido y lo que pasa” Y tal vez le martillaría en la cabeza aquello del “principio del fin”. Pero había que notificarle, después de todo ella era la única persona a quien él sabía que le importaba. Bueno, también a la auxiliar le importaba, pero esta vendría más tarde y entonces le podría decir.

—¿Estás seguro de que estás bien? Al rato paso a verte. ¿La auxiliar todavía no llega? A lo mejor estoy ahí antes que ella.

Ahora sí, a solas con su gato y su silla de ruedas podría ponerse a pensar. ¿Qué te dice una caída? Pues si posees una mente educada lo primero que se te ocurre es que la ley de la gravedad existe. Tomó a Newton ver caer una manzana para descubrirla. Al que cae, toma ver el suelo aproximarse a su cara a gran velocidad si cae de frente, si lo hace de espaldas es el techo el que se aleja. Luego viene lo que se llama damage assessment, es decir, ver si algo se dañó, si algo se quebró. ¿Por qué duele o por qué no duele? Malvada ley de la gravedad, esta vez no me hiciste nada, pero ya sé que ahí estarás acechando.

Se abre la puerta, la que da a la calle Once. Es la hermana, ella tiene llave.

—¡Ay Dios, pero mírate, tienes sangre en la cabeza! ¡Hay que llevarte con el doctor Félix!

—¡Ay hermanita, te juro que estoy bien! No necesito ir al doctor.

—Claro que necesitas ir. Acuérdate de Toñita. Se cayó y dijo que no tenía nada. La radiografía reveló una tremenda fractura.

—Y se murió.

—Así que alístate. En cuanto llegue Albertina…

—Agustina.

—Agustina, pues. En cuanto llegue nos iremos los tres a ver al doctor. Ya estoy llamando a Rosy, la enfermera, para que nos esperen.

Y mientras le limpiaba con una gasita con alcohol la pequeña descalabrada en la cabeza, casi en la frente, Gonzalo preguntó:

—Dime, Olivia, ¿alguna vez has pensado en la importancia de la ley de la gravedad?

—Sí. Claro que es muy importante. Es la que nos mantiene sobre la tierra.

—O sea, no has pensado mucho en ella.

Apenas entonces cayó en la cuenta que su hermana no había llegado sola, su hijo de once años la acompañaba.

—Y tú, Andy. ¿Nos puedes ilustrar respecto a la fuerza de gravedad?

—¡Seguro! La Aceleración de la Gravedad estándar en la tierra es de 9.814 metros por segundo cuadrado. En términos vulgares mientras más arriba estás más fuerte caes, es decir cuando llegas al suelo.

—¡Y más te duele el golpe! Especialmente cuando se enfría la parte que te golpeaste.

—No hagas conclusiones, deja que te vea el doctor. Puedes necesitar un emarai la resonancia‒, o una tomografía, o por lo menos una radiografía —puntualizó Olivia.

—¿Qué sabes tú de esas cosas?

—Pues he visto muchos casos.

—Como el de Toñita, la que se murió.

—Pues sí, pero también otros que vivieron. Aunque con consecuencias.

—Pero a mí ni me duele.

—Como tampoco te habías dado cuenta de que estabas sangrando de la cabeza.

—¿Y Andy? ¿Va con nosotros?

—Pues ni modo de que se quede aquí solo.

No valía la pena discutir con Olivia. Una vez que ella decidía algo, eso se hacía. Así fue siempre. Un poco después llegó Agustina.

—Pero ¿cómo fue?

—Pues de arriba hacia abajo.

—¿Ves? ¡Ni estando moribundo toma las cosas en serio!

—No se diga más, vamos donde el doctor Félix.

—Vayamos a donde las mujeres quieran.

Y la pequeña expedición marchó hacia el Centro Médico Redención, complejo de gabinetes y consultorios del cual el doctor Félix era el director general. Como Olivia lo había anticipado, Rosy la enfermera los esperaba a la entrada.

—Le dije al doctor y él inmediatamente ordenó una tomografía. Ya esperan, don Gonzalo, ahí enfrente.

La enfermera Rosy sabía darle su lugar a la gente. Gonzalo saboreó el ser llamado don Gonzalo y se enderezó en su silla de ruedas. Así, Olivia dirigiendo, Agustina empujando, Gonzalo rodando y Andy siguiendo, emprendieron la marcha desde el estacionamiento y la calle que los separaba del gabinete radiológico. Ocupaba este un flamante edificio identificable por un letrero que anunciaba: Centro Médico Redención, TAC, MRI y Rayos Equis.”

Gonzalo lo leyó y su mente siempre dispuesta a bromear pensó: “solo falta que diga “se aplican inyecciones y se pegan botones’”.

Pasaron a una salita de recepción donde el técnico, un muchacho fornido y de aire distraído, ya los esperaba. Entraron al cuarto donde estaba aquel impresionante aparato, el escáner. El técnico ayudó a Gonzalo a desplazarse de su silla a la camilla del aparato. Oyendo una ligera queja durante el traslado el muchacho preguntó:

—¿Tiene dolor?

—Solo cuando me acuestan en una tabla como esa.

—Ya veo. Pero no toma mucho tiempo.

El técnico accionó entonces un mecanismo que hizo que la camilla con Gonzalo en ella penetrara en aquel túnel que era el escáner. No sabía si el escáner era viejo o si todos los escáners hacen tanto ruido. Pero mucho ruido. Un poco de tiempo después, el grupo con todo y Andy seguían ya al técnico radiólogo que llevaba las radiografías protegidas por un papel amarillo en la mano. Sin más, cruzando de nuevo calle y estacionamiento, penetraron en la sala de espera del consultorio que ostentaba el rótulo “Doctor JD Félix Ortopedista y Traumatólogo”.

“Justo lo que Olivia quiere” —pensó Gonzalo.

El lugar se encontraba repleto de pacientes, unos en silla de ruedas, otros enyesados, incluso uno con un curioso aparato de tracción. Una segunda enfermera los pasó a una sala interior, donde cada uno, hasta el pequeño Andy encontró acomodo. Antes notaron la expresión de disgusto de los demás pacientes que se preguntaban en silencio: “¿Por qué pasan a esos si yo llegué primero?”

Unos quince minutos después, por la puerta del fondo apareció el doctor Félix. Llevaba las placas radiográficas en la mano, ya sin el papel amarillo. Caminó hacia la pared lateral de donde pendía un negatoscopio, colocó las placas en él y, accionando un pequeño interruptor, la luz fluorescente del artefacto iluminó las placas. Señaló con su elegante pluma fuente el centro de una de las imágenes y dijo:

—Miren aquí está. Es una pequeña fisura en la cabeza del fémur.

—Y ¿qué hay que hacer? —preguntó Gonzalo.

—No hay mucho que hacer. Si te duele te daremos algo para el dolor. No necesito decir que debes evitar poner peso de ese lado, pues ya estás en una silla de ruedas. Pero, aunque suene tonto decirlo, tienes que evitar andarte cayendo. ¡Mucho cuidado querido amigo!

Luego dio media vuelta y se marchó por la misma puerta por donde había entrado. Rosy y la otra enfermera les pidieron entonces que pasaran a otro cuarto contiguo a “llenar unos papeles” y mirándose unos a otros con un dejo de confusión oyeron a Gonzalo decir:

—¡Les dije que no tenía nada!

Una vez completado el ritual del papeleo y de atravesar la sala de espera, Agustina, no dejando que Andy empujara la silla de ruedas de Gonzalo, lo llevó hasta la orillita de la banqueta y dijo solemnemente:

—Aquí mismo aguardaremos a que doña Olivia acerque su vehículo.

—¡Pero con cuidado! ¡No quiero que me vuelvan a meter en esa máquina monstruo!

Y así la expedición volvió a casa. En el automóvil, Andy aprovechó la oportunidad para explicar efusivamente a los demás la diferencia entre una resonancia magnética nuclear y una tomografía axial computarizada. Gonzalo ya no quería saber nada:

—Paremos ahí adelante por una hamburguesa. ¡Por favor!

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

miércoles, 15 de julio de 2026

Feria del Libro

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Feria del Libro

 

Por Marco Benavides

 

Con cariño para mi hija Elena

 

Mateo no era de los estudiantes que se emocionaban fácilmente. Prefería sentarse junto a la ventana y dibujar mapas de lugares imaginarios. Sin embargo, aquel viernes algo cambió: en el patio de la escuela habían instalado carpas blancas y mesas con libros. Era la Feria del Libro.

Caminó entre los puestos sin mucho interés hasta detenerse frente a una mesa pequeña, casi escondida. Sobre ella había un solo libro, viejo y cubierto de polvo. En la portada se leía, con letras doradas: El lector que abrió la puerta. Detrás de la mesa, una anciana lo observaba con una sonrisa tranquila.

—Ese libro no se escoge por casualidad —dijo ella.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Mateo.

—Una pregunta sincera—. Solo eso, contestó la añosa mujer.

Mateo apoyó la mano sobre la portada y preguntó:

—¿A dónde van las historias cuando nadie las lee?

La anciana sonrió. El libro se abrió solo, una luz verde salió de sus páginas y las letras formaron un remolino que lo envolvió.

Cuando abrió los ojos, estaba en una ciudad hecha de páginas: las calles eran renglones, los edificios parecían capítulos y en el cielo flotaban signos de interrogación. Un gato con chaleco rojo y bigotes de tinta se acercó caminando sobre dos patas.

—Bienvenido a la Ciudad de las Historias Olvidadas —dijo—. Soy Coma, el guardián y guía. Aquí llegan las historias que nadie termina y los personajes que han sido olvidados.

Mateo vio a un caballero que esperaba recuperar su batalla, a una sirena sin mar y a un dragón que estornudaba chispas cada vez que hablaba. Coma le explicó que si nadie leía esas historias antes de que cerrara la feria, la puerta entre ambos mundos quedaría cerrada.

Luego le entregó una pluma plateada, y le pidió escribir un final verdadero para la historia que más lo necesitara. Mateo llegó a una plaza donde una niña de papel sostenía una linterna apagada.

—Mi historia termina antes de que encuentre la luz —dijo ella—. Nadie escribió qué había dentro.

Mateo pensó en sus propios miedos: hablar frente al grupo, equivocarse y no encontrar las palabras correctas. Respiró hondo, tomó la pluma y escribió: La niña abrió la linterna y descubrió que la luz no estaba dentro, sino en la voz de quien se atrevía a contar la historia.

La frase brilló. La linterna se encendió con una luz dorada que iluminó la plaza. Los personajes olvidados aplaudieron y el dragón soltó una feliz llamarada. Entonces volvió el remolino de letras.

—Recuerda —alcanzó a decir Coma—: una historia vive cada vez que alguien la comparte.

Mateo parpadeó y apareció de nuevo en el patio. El libro viejo estaba cerrado y la anciana ya no estaba, pero sobre la mesa encontró una nota: Ahora te toca abrir puertas.

Durante la presentación, la maestra pidió voluntarios para leer en voz alta. Mateo levantó la mano, algo que casi nunca hacía, y contó lo que había visto: la ciudad de páginas, el gato Coma, la niña de la linterna y los finales perdidos. Todos le aplaudieron entusiastas.

Y desde aquel día, Mateo dejó de ver los libros como simples tareas escolares. En cada feria buscaba una mesa pequeña y escondida, donde quizá lo aguardara otra historia para escribir su final.

 

Dr. Marco Benavides, 15 julio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

sábado, 4 de julio de 2026

El mar que recuerdas


 Diseño gráfico: Marco Benavides

El mar que recuerdas

 

Por Marco Benavides

 

Hay costas que solo se miran. Y hay costas que se leen. La Riviera Maya pertenece a esta segunda estirpe: un litoral que bajo su turquesa de postal guarda capítulos enteros de piedra, sal y memoria.

Bajo la caliza blanda de la península, el tiempo excavó ríos que nunca vieron el sol hasta que un cenote les regaló una claraboya. Cada cenote es una gota inmensa suspendida entre la selva y el subsuelo, y en su transparencia se adivina la paradoja de esta tierra: lo más frágil resulta lo más duradero.

En Tulum, la piedra maya se asoma al Caribe como quien todavía vigila el horizonte, una conversación inconclusa entre dos inmensidades: la del mar y la del tiempo. La civilización habita el presente en la lengua, en los nombres de los pueblos, en los rostros de quienes hoy sirven cocteles frente al mismo mar que sus ancestros navegaron.

Pero ningún paraíso escapa a la historia de sus visitantes. El turismo trajo empleo, caminos, hospitales, escuelas; también trajo cemento donde antes había duna, y una sed de crecimiento que a veces olvida preguntar cuánto puede dar la tierra sin agotarse. La región vive hoy esa tensión antigua entre el deseo y el límite: cuánto se construye, cuánto se conserva, quién se beneficia y quién queda al margen del banquete.

Detrás de cada hotel hay manos que tienden camas y guían lanchas; detrás de cada selva hay comunidades que llevan generaciones nombrando cada a los elementos de la tierra. El turismo responsable es el gesto simple de mirar a quien habita el lugar antes de fotografiarlo, de entender la selva escenografía y tambén hogar.

El futuro de esta región caribeña se escribe en la manera en que se administra el agua, se trata el arrecife, se remunera al trabajador, se preserva el idioma. Si la codicia gana la partida, la Riviera Maya podría convertirse en ruina: una postal vacía. Pero si prevalece la conciencia, seguirá siendo lo que ha sido desde tiempos mayas: un punto donde la tierra, el mar y el ser humano negocian los términos de una convivencia posible.

Acaso Milton se equivocó solo en el mapa: El paraíso perdido no está perdido del todo. Late aquí, en la Riviera Maya, entre la sombra húmeda de los cenotes, la respiración de la selva y ese Caribe que parece haber aprendido a pronunciar la eternidad en turquesa.

Porque, al final, la Riviera Maya no es un destino, sino una pregunta que el mar repite en cada ola: ¿sabremos cuidar aquello que tanto amamos admirar?

 

Dr. Marco Benavides, 4 de julio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

lunes, 15 de junio de 2026

Jacqueline Bouvier: La inteligencia como elegancia

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Jacqueline Bouvier: La inteligencia como elegancia

 

Por Marco Benavides

 

Jacqueline Lee Bouvier nació el 28 de julio de 1929 en Southampton, Nueva York, en una familia donde el privilegio social no anulaba la disciplina intelectual, sino que convivía con ella. Hija de John Vernou Bouvier III y Janet Lee Bouvier, creció rodeada de una educación esmerada. La equitación le enseñó la elegancia del control; la historia y la literatura, en cambio, le ofrecieron un territorio más vasto: el de la conciencia y la imaginación. Estudió en Vassar College, pasó un año en París y culminó sus estudios con una licenciatura en literatura francesa por la Universidad George Washington.

Al concluir sus estudios, trabajó en el Washington Times-Herald como fotógrafa y reportera. La anécdota suele mencionarse con ligereza, pero allí se revelaba ya una inclinación decisiva: antes que limitarse a contemplar el escenario, Jacqueline prefería internarse en él. En vez de aceptar el destino de simple presencia distinguida, eligió el contacto directo con la realidad, la observación minuciosa, la pregunta breve y exacta. Aprendió a leer los silencios, a distinguir entre la apariencia y la intención, a escuchar lo que no se decía de manera explícita. Y esa capacidad sería una de las formas más discretas y persistentes de su poder.

En 1953 contrajo matrimonio con John F. Kennedy, y cuando él llegó a la presidencia en 1961, Jacqueline asumió el papel de primera dama sin resignarse a la fórmula vacía del ceremonial. Su proyecto más recordado fue la restauración histórica de la Casa Blanca, empresa que abordó con una mezcla poco común de rigor cultural y sensibilidad simbólica. Comprendió que un país se piensa a sí mismo en los objetos que conserva, en las memorias que decide exhibir y en los relatos que legitima. La célebre visita televisiva de 1962, seguida por millones de espectadores, no fue solo una muestra de buen gusto, sino una lección pública sobre historia, identidad y representación.

El asesinato del presidente Kennedy, en noviembre de 1963, la enfrentó a una forma de dolor que no solo era íntima, sino también pública, histórica y casi insoportablemente visible. En medio de la conmoción, Jacqueline tuvo la lucidez de quien comprende que incluso el duelo puede convertirse en escenario y decidió no ceder del todo ese momento a la maquinaria de la imagen. Su negativa a cambiarse el traje manchado antes del juramento de Lyndon B. Johnson fue un gesto seco, sobrio y devastador: una manera de obligar al país a contemplar la verdad desnuda del crimen. Su matrimonio con Aristóteles Onassis en 1968 desconcertó a una opinión pública que prefería verla fijada en la inmovilidad de un símbolo nacional.

Ya viuda por segunda vez, retomó en Nueva York una vida profesional que desmiente todas las simplificaciones de su leyenda. Trabajó como editora en Viking Press y luego en Doubleday, donde quienes la conocieron recordaron no a una celebridad decorativa, sino a una lectora rigurosa, una mujer de juicio fino y exigencia real. Leía con atención, corregía con precisión y conversaba con autores desde una autoridad que nacía del conocimiento, no del prestigio prestado.

Murió el 19 de mayo de 1994. Más allá del estilo, Jacqueline Bouvier dejó una lección más duradera: la demostración de que la inteligencia puede ejercer influencia sin levantar la voz, y de que la sensibilidad cultural constituye una forma de autoridad. Su legado no reside únicamente en las fotografías que fijaron una época ni en la memoria sentimental de una presidencia mítica, sino en algo más hondo y menos visible: la convicción de que la elegancia verdadera nace de una vida interior exigente. Tal vez por eso su figura persiste, no como reliquia de un tiempo perdido, sino como ejemplo de una forma de presencia donde la inteligencia, la reserva y la belleza encontraron un equilibrio casi irrepetible.

 

Dr. Marco Benavides, 15 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

jueves, 11 de junio de 2026

Addendum para el Quijote

 

Diseño gráfico: Copilot IA


Addendum para el Quijote

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

El historiador Hilario Armendáriz de la Villa estaba pasmado ante aquel documento que había caído en sus manos. Sin duda era antiguo, escrito en árabe. Pudo traducirlo con ayuda de un traductor electrónico que le proporcionó una versión castellana, no muy buena, pero que pudo pulir con la ayuda de Abdul, un muchacho marroquí, alumno suyo.

El profesor Hilario estudiaba un par de cuartillas de papel de computadora que sostenía en la mano derecha, mientras que Abdul hacía lo propio con el pliego escrito en una caligrafía arábiga nasji impecable. Sobre la mesa se veía una caja con el interior forrado de terciopelo negro en la que según el anticuario que vendió el manuscrito había contenido el manuscrito por cuatrocientos años.

—¡Habdulilá! —exclamó Abdul compartiendo la emoción de su maestro.

—¡Sí, es increíble! Esta es la última redacción. Déjame leértela y dime si crees que algo todavía necesita cambiarse —replicó el profesor mirando a través de sus gruesas gafas a su alumno, mientras tomaba un sorbo de agua y poniéndose de pie comenzaba a leer:

—Sin duda lo firma Cide Hamete Benenheli y dice al principio: “Para ser insertado entre el capítulo ‘Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento …’ y ‘la desgraciada aventura de los yangüenses’

 

“Desde lejos habían avistado un bosquecillo, justo al pie de una de las sierras que rodean la llanura. Unas cuantas encinas, no muy altas o impresionantes cual corresponde a un lugar poco favorecido por las lluvias ocasionales que ahí llegaban a caer. Pero daban una sombra en la cual podrían descansar después de todo un día bajo el implacable sol manchego. Una de las encinas tenía una rama colgante que el hidalgo encontró adecuada para colgar el peto y espaldar de su armadura. Sancho pronto encontró una piedra donde sentarse y así de rápido se dispuso a desatar un bultito que llevaba y del cual surgieron un trozo de longaniza, una barra de pan, un frasco de boca ancha con habichuelas y un par de taleguillas probablemente conteniendo sal y pimienta.

—Hagamos una fogata para calentar las habichuelas y la longaniza —dijo Sancho anticipándose a preparar su frugal banquete.

 

“Miró de reojo a su amo que se despojaba de las grebas, piezas de la armadura que protegen las piernas. “Debe estar muy cansado —pensó— pues no se las quita ni para dormir” En efecto, lo único que lo identificaba ahora como un caballero andante era la espada que pendía de su cinturón y aquel curioso yelmo que si uno lo examinaba con atención caería en la cuenta de que se trataba de una bacía de barbero.

 

“Se dispuso entonces el fiel escudero a recoger y apilar ramitas de encino que yacían cerca de ellos bajo la misma sombra. Luego sacó del bolsillo de su camisa un eslabón de hierro, un trozo de pedernal y una bolsita conteniendo yesca. Con una habilidad impresionante y siendo observado con curiosidad por don Quijote encendió el fuego. Pronto sacaría de lo que quedaba de su atado una ollita de metal en la cual vació las habichuelas.

 

“Mientras tanto Don Quijote ya aligerado de su pesada armadura paseaba entre las encinas. De pronto dio un salto hacia atrás y desenvainó la espada apuntándola hacia el suelo frente a él. Desde donde estaba Sancho no podía ver de que se trataba, así es que se puso de pie y se acercó a su amo. Siguió con la vista la espada y ahí casi a punto de ser ensartada la vió: una verde lagartija.

—¡Mirad Sancho un dragón!

—¡Por Dios mi señor! Es una lagartija.

—¡Así lo hacen parecer los encantadores!

—¡Otra vez como los molinos de viento!

 

“Como que al hidalgo no le gustó el comentario. La conversación espantó al reptil el que desapareció bajo una piedra.

—¿Lo veis Sancho? Tan pronto supimos lo que era realmente, el dragón desapareció. Pareciera que no había pasado nada.

—Las habichuelas y la longaniza nos esperan.

 

Aunque satisfecho del resultado de su colaboración en la traducción de aquel documento, el muchacho marroquí parecía, por una parte, no entender el alcance que pudiera tener aquella breve historia y, por otra, advertía cierto miedo en la voz de su maestro y así se lo manifestó. A lo que él respondió:

—La importancia de este pasaje —dijo aclarándose la garganta y asumiendo el tono más doctoral posible— es que mientras los libros de caballerías que volvieron loco al Quijote hablan abundantemente de los dragones, Cervantes no los menciona ni una sola vez en su obra. Cierto que esta ausencia ya había sido notada y que incluso alguien escribiò algo para subsanarla, pero este relato que te acabo de leer, si es que no es espurio, es el primero que nos llega de la fuente primaria del Quijote.

Ciertamente creer que una lagartija es un dragón y que lo que ven sus sentidos es una distorsión causada por encantamiento no es tan impresionante como el de confundir los molinos de viento con gigantes y sin embargo es el mismo síntoma de la misma enfermedad.

Pero tienes razón, tengo miedo de la reacción de la comunidad de historiadores, literatos, lingüistas y cervantistas en general, ya los oigo decir: “Cide Hamete Benengeli es una creación de la mente de Cervantes, nunca existió en realidad. No pudo haber escrito ese manuscrito que nos muestras”. No creo que ninguno de ellos esté dispuesto. a aceptar que sí existió. Otros se resistirán a cambiar nada del libro como está ahora

“Es innecesario” —dirán— “No añade nada “

Y por supuesto, sabiendo que estas muy posiblemente serán las respuestas seré tratado como un charlatán. Por ello antes de dar a conocer nuestro hallazgo haré llegar el documento a un experto en datación con carbono 14 para verificar la antigüedad del mismo. También le pediré —y no te ofendas por favor— a un experto en documentos árabes de la época para determinar si las palabras y estilo empleado son de esa época.

—Ya veo, no es tan fácil.

—No, no lo es.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

miércoles, 10 de junio de 2026

Diego Armando Maradona: vida, gloria y contradicción


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Diego Armando Maradona: vida, gloria y contradicción

 

Por Marco Benavides

 

Hay vidas que parecen escritas desde el principio con tinta indeleble, como si el destino hubiera decidido, antes que cualquier voluntad, que ciertos nombres no podrían borrarse. Diego Armando Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en Lanús, al sur de Buenos Aires, y creció en Villa Fiorito, uno de esos barrios que las ciudades latinoamericanas producen con abundancia: densamente pobres, invisibles para el mapa oficial. De ese fondo surgió un niño que dominaba el balón con una naturalidad que desconcertaba a los adultos. El lugar común: tenía un don.

Debutó en Argentinos Juniors en 1976, con quince años recién cumplidos, en una época en que Argentina entera estaba siendo doblada por la violencia del Estado. El futbol, como tantas veces en América Latina, operaba como el único ascensor social que nadie podía clausurar por decreto. Pasó por Boca Juniors donde la afición lo adoptó con esa lealtad más parecida al amor que al fanatismo y luego cruzó el Atlántico hacia Barcelona, donde fue tan brillante en momentos cruciales como frustrante, por las lesiones que sufrió. Fue en Nápoles donde la historia encontró su lógica profunda: una ciudad herida reconoció en él su propio retrato, y lo que pudo haber sido una relación contractual se transformó en algo parecido a la redención mutua. Ambos eran genio y herida, belleza y sufrimiento, orgullo y cicatriz.

El verano mexicano de 1986 es, en la memoria colectiva del deporte, una de esas fechas que no pertenecen ya al calendario sino a la mitología. Argentina llegó al Mundial con la selección de un país que cargaba todavía el peso de la guerra de Malvinas, librada apenas cuatro años antes contra la misma Inglaterra que ahora la esperaba en cuartos de final. Lo que ocurrió el 22 de junio en el Estadio Azteca fue, a la vez, un partido de futbol, una pieza de teatro y un recital de poesía: Maradona anotó con la mano y el público, atónito, a ese gol lo llamó para siempre “la mano de Dios”. Cuatro minutos después recorrió sesenta metros sorteando a medio equipo rival para anotar uno de los goles más impresionantes de la historia. En esa doble firma el engaño y la obra maestra, la picardía y la belleza se condensaba algo esencial de su carácter y, acaso, de cierta manera latinoamericana de habitar el mundo.

Pero el mito también tiene sus sombras, y en el caso de Maradona estas no fueron menores. La adicción a la cocaína lo alejó durante años de los estadios y lo acercó a un abismo del que salió repetidamente, aunque nunca del todo. Sus contradicciones públicas la cercanía con figuras como Fidel Castro o Hugo Chávez, las declaraciones impulsivas y escandalosas, la vida excesiva exhibida sin pudor lo convirtieron también en un personaje incómodo, difícil de administrar para quienes preferían a los héroes sin fisuras. Sin embargo, fue precisamente esa impureza lo que lo volvió indestructible como figura cultural: los santos no generan la devoción que generan los que caen y se levantan y vuelven a caer. Su fragilidad era parte de su elocuencia.

Murió el 25 de noviembre de 2020, en Tigre, provincia de Buenos Aires, y el duelo fue global: calles cerradas en Nápoles, llantos en Buenos Aires, silencio en Ciudad de México. Ese alcance del luto tan desproporcionado respecto a lo que suele merecer la muerte de un deportista confirmó lo que muchos ya sabían: que Diego Armando Maradona no había sido, en sentido estricto, un futbolista. Había sido un lenguaje. Y los lenguajes no mueren cuando muere quien los habla; sobreviven en quienes los escucharon y no pudieron olvidarlos.

Hablar de él hoy es hablar de todo eso a la vez: del niño de Fiorito que no tenía nada más que una pelota y la certeza oscura de que era capaz de algo grande; del joven que desbordó defensas, fronteras y expectativas en la misma medida; del hombre que se perdió y se reencontró más veces de las que nadie podía contar; y de la figura póstuma, ya definitivamente el mito, que el tiempo seguirá puliendo hasta volverla exactamente lo que siempre quiso ser: un inmortal.


Dr. Marco Benavides, 10 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

domingo, 7 de junio de 2026

La multitud y su sombra


 Diseño gráfico: Marco Benavides

La multitud y su sombra

 

Por Marco Benavides

 

Hay una imagen recurrente en la iconografía del siglo XX que conviene recuperar antes de hablar de cifras: la de la hormiga. En incontables caricaturas, documentales y ensayos de divulgación, la especie humana ha sido representada como una colonia insaciable que se multiplica y que consume cualquier superficie que ocupa. La imagen es eficaz, pero a la vez tramposa. Porque la hormiga no elige dónde construye su montículo, no delibera sobre el futuro del suelo, no ha escrito una constitución. Nosotros sí.

La sobrepoblación no es un fenómeno que se explique simplemente con el conteo de personas. Es, antes que nada, una relación: la que existe entre el número de pobladores en un territorio y la capacidad que ese territorio tiene para sostenerlas con dignidad. Esta distinción determina si estamos hablando de un problema de cantidad o de distribución; de biología o de política; de destino o de decisión.

Los organismos internacionales coinciden en que la población mundial sigue creciendo, aunque a un ritmo más lento que en las décadas de la posguerra. Según las proyecciones más recientes de Naciones Unidas, el planeta alcanzó alrededor de 8.2 mil millones de habitantes en 2024, y podría rozar un máximo de 10.3 mil millones hacia mediados de la década de 2080. Lo que ha cambiado no es solo la velocidad del crecimiento, sino su geografía. Hoy el aumento más pronunciado ocurre en regiones del África subsahariana y en partes de Asia meridional, mientras que Europa, Japón y una franja creciente de América Latina enfrentan el problema inverso: el envejecimiento acelerado de sus poblaciones y la contracción de la natalidad.

Pero el dato más significativo no es el crecimiento rural o el nacional: es la urbanización. Cerca del 57% de la población mundial vive en áreas urbanas, una proporción que no deja de crecer. Megalópolis como Ciudad de México, São Paulo, Lagos, Karachi o Dhaka concentran millones de personas que llegaron buscando lo que el campo no podía ofrecerles: empleo, escuela, hospital, futuro. Lo que encontraron con frecuencia fue una ciudad que tampoco estaba preparada para recibirlas.

Desde una perspectiva ecológica, el crecimiento poblacional ejerce una presión creciente sobre los sistemas naturales. No es solo que más personas necesiten más agua, más tierra cultivable, más energía: es que el modelo de consumo dominante multiplica ese impacto. Para ponerlo en una escala concreta: en los datos recientes del Banco Mundial, las emisiones per cápita de dióxido de carbono rondan las 14 toneladas anuales en Estados Unidos, frente a apenas 0.3 en Burkina Faso. La pregunta no es cuántos somos, sino cómo vivimos y, sobre todo, quién decidió que esa es la única forma de vivir bien.

Desde la perspectiva social, la sobrepoblación revela y agrava las desigualdades existentes. El hacinamiento urbano, los asentamientos informales y la saturación de los servicios de salud no son consecuencias inevitables del crecimiento: son consecuencias de un crecimiento mal gestionado. Hablar de sobrepoblación sin hablar de desigualdad es hablar de los síntomas sin tocar a la enfermedad.

Parece haber una incomodidad que atraviesa cualquier discusión honesta sobre la sobrepoblación: la sospecha de que, detrás de ciertas alarmas demográficas, late un pensamiento que no se atreve a nombrarse. La historia del siglo XX está llena de políticas de control poblacional que, bajo el lenguaje neutro de la planificación familiar, escondían lógicas eugenésicas o coloniales: el fascismo europeo de los años treinta, esterilizaciones forzadas en India durante los setenta, políticas coercitivas en China, campañas de anticoncepción dirigidas selectivamente a comunidades pobres o indígenas en América Latina. Este pasado no anula la legitimidad de hablar sobre demografía, pero obliga a hacerlo con más conciencia de quién habla y a quiénes se señala cuando se dice que somos demasiados.

Los análisis más rigurosos coinciden en que la transición demográfica ocurre de manera casi natural cuando se garantizan ciertas condiciones: acceso universal a la educación, atención médica de calidad y seguridad económica básica. No se necesitan campañas coercitivas. Se necesita justicia.

Mientras algunas regiones deberán generar millones de empleos, escuelas y viviendas para una población joven en expansión, otras tendrán que repensar sus sistemas de pensiones y sus modelos de cuidado para adaptarse a poblaciones cada vez más envejecidas. No existe una solución universal porque no existe un problema universal: existe una constelación de desafíos locales que comparten ciertas lógicas globales.

Las respuestas no pueden reducirse a la aritmética de la reducción. Se trata de construir sociedades capaces de sostener a las personas que ya existen, de distribuir los recursos con más equidad, de planificar las ciudades con más inteligencia y de consumir con responsabilidad. El debate sobre la sobrepoblación es, en el fondo, un debate sobre el tipo de civilización que queremos ser.

La imagen de la hormiga, con la que comenzamos, tiene una virtud a la que quizá no le hacemos suficiente justicia: la hormiga construye. No destruye por placer ni acumula más de lo que puede cargar. Su colectividad tiene una lógica que nosotros, con toda nuestra inteligencia y toda nuestra historia, aún no hemos logrado replicar a escala. Tal vez el problema no es que seamos demasiados. Tal vez el problema consiste en que todavía no hemos aprendido a ser, todos juntos, los suficientes.

 

Dr. Marco Benavides, 7 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.