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miércoles, 14 de octubre de 2026

León XIV y una batalla que enfrentan millones de personas

 

León XIV y una batalla que enfrentan millones de personas

 

Por Marco Benavides

 

La noticia del diagnóstico de adenocarcinoma de pulmón del papa León XIV despierta preocupación y cercanía, incluso entre quienes no lo conocemos personalmente. Ante algunos titulares agoreros, conviene recordar algo esencial: la palabra cáncer no encierra un único destino.

Como médico, he visto cuánto ha cambiado la oncología en las últimas décadas. Hoy disponemos de mejores herramientas diagnósticas, cirugía menos invasiva, radioterapia más precisa, inmunoterapia y tratamientos dirigidos contra determinadas alteraciones moleculares del tumor.

Estos avances han abierto posibilidades de curación y de control prolongado de la enfermedad que hace apenas unas décadas parecían lejanas. El adenocarcinoma pulmonar también puede afectar a personas que nunca han fumado, y su pronóstico depende sobre todo de la extensión de la enfermedad y de sus características biológicas.

Cuando el tumor está localizado y puede extirparse por completo, existe una posibilidad real de curación. En el caso del Papa, la intervención realizada permite albergar esperanza. Habrá que esperar al estudio anatomopatológico definitivo para conocer mejor el alcance de la enfermedad y determinar si serán necesarios tratamientos adicionales.

La prudencia médica invita a evitar tanto las promesas de curación como las sentencias anticipadas. Detrás de cada diagnóstico hay una persona: alguien que necesita cuidados, respeto, tiempo y compañía. Esto vale para el Papa y para quienes atraviesan hoy una situación semejante lejos de los focos.

Todos sabemos que la vida es temporal. Precisamente por eso, cada año ganado, cada encuentro y cada jornada vivida con bienestar tienen un valor inmenso. La medicina busca prolongar la vida, pero también preservar aquello que la hace valiosa.

La ciencia y la fe suelen presentarse como realidades opuestas, pero con frecuencia conviven en la experiencia de quienes afrontan una enfermedad grave. La medicina estudia los mecanismos de la enfermedad y desarrolla herramientas para combatirla; la fe, por su parte, ofrece sentido, esperanza y fortaleza interior cuando surgen la incertidumbre y el sufrimiento. Ambas responden a preguntas distintas, pero profundamente humanas.

Numerosos pacientes encuentran en sus convicciones religiosas un apoyo emocional que les ayuda a sobrellevar los tratamientos, mantener la serenidad y afrontar el futuro con mayor confianza. La fe no sustituye a la ciencia ni elimina la necesidad de atención médica, pero puede convertirse en un valioso complemento. En el caso del Papa, millones de personas en todo el mundo acompañan con sus oraciones el trabajo de los profesionales de la salud, recordándonos que el conocimiento pierde valor si falta la compasión y la esperanza.

Mi deseo sincero es que León XIV pueda superar esta enfermedad y recuperar su importantísima actividad. Es el guía espiritual de cerca de 1500 millones de católicos, y un jefe de Estado. Que esta noticia nos ayude a reconocer el trabajo de quienes investigan y cuidan, así como a procurar que los avances lleguen a todos. La esperanza responsable también forma parte del cuidado.

 

Dr. Marco Benavides, 14 octubre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

viernes, 9 de octubre de 2026

Ingrid Bergman: su rostro bello y su inolvidable sabiduría actoral


Diseño gráfico: Marco Benavides

Ingrid Bergman: su rostro bello y su inolvidable sabiduría actoral

 

Por Marco Benavides

 

Hay actrices que pertenecen a una época. Otras pertenecen a una industria. Muy pocas logran pertenecer al imaginario colectivo. Ingrid Bergman fue una de ellas.

Su rostro es uno de esos raros territorios donde convergen la belleza, la inteligencia y el misterio. Reducirla a su fotogenia sería tan injusto como describir una catedral únicamente por la armonía de sus piedras. Bergman no fue simplemente una estrella: fue una presencia artística que transformó la idea misma de la actriz en el siglo XX.

Nacida en Estocolmo en 1915, llegó al cine cuando Hollywood construía su mitología moderna. Mientras otras intérpretes cultivaban una imagen diseñada por los estudios, ella proyectaba una autenticidad casi desconcertante. Su belleza no era la de una diosa clásica e inaccesible, sino una habitada por una intensa vida interior. Tal vez por eso la cámara la amó de manera tan singular.

En una industria obsesionada con el glamour, Bergman representaba la verdad emocional. Sus personajes parecían respirar incluso cuando el guion callaba; una mirada, un gesto apenas insinuado o una vacilación en la voz bastaban para revelar universos enteros de sentimientos.

La posteridad la recuerda sobre todo por Casablanca (1942), donde interpretó a Ilsa Lund, atrapada entre el amor y el deber. Lo fascinante es que, en una obra repleta de diálogos memorables, son sus silencios los que permanecen. Mientras Humphrey Bogart encarna el desencanto de una generación herida por la guerra, ella se vuelve la encarnación de lo que el tiempo y las circunstancias obligan a perder. Y sin embargo logró trascender incluso la película que contribuyó a inmortalizarla: muchas estrellas terminan devoradas por un único personaje. Ella no.

Fue santa, enamorada, aristócrata, espía, médica, revolucionaria, madre y mártir, y nunca pareció repetirse. Obtuvo tres premios Oscar y trabajó con directores como Alfred Hitchcock, Roberto Rossellini, Anatole Litvak, Victor Fleming y George Cukor, pero sus mayores logros quizá no se midan en galardones, sino en la humanidad que imprimió a cada interpretación. Películas como Luz que agoniza (Gaslight), Encadenados (Notorious) o Anastasia conservan hoy una frescura sorprendente. La actuación cinematográfica ha cambiado enormemente en las últimas décadas, pero Bergman sigue pareciendo contemporánea: no hay en ella los excesos teatrales que envejecieron a tantos intérpretes de su generación. Su estilo anticipa una sensibilidad más moderna, más psicológica, más íntima.

Pero su historia no es únicamente artística. En 1949 se enamoró del director italiano Roberto Rossellini y abandonó Hollywood para trabajar con él. Hoy parecería un episodio privado sin mayores consecuencias; en la moral pública de entonces, el escándalo alcanzó proporciones extraordinarias. La prensa se lanzó sobre ella con ferocidad, y sectores políticos y religiosos la condenaron. La misma sociedad que la había elevado a símbolo de virtud decidió convertirla en objeto de censura.

Lejos de replegarse, defendió su libertad, construyó una nueva etapa creativa en Europa y terminó recuperando el reconocimiento internacional. Su vida parece seguir el arco de las heroínas clásicas ‒ascenso, caída, exilio y redención‒, y no es difícil hallar ecos de Tolstói, Flaubert o Ibsen en la manera en que la opinión pública juzgó sus decisiones íntimas. La diferencia es que ella no habitaba una novela, sino el implacable escenario de la celebridad moderna.

Cuando volvió a la industria, no lo hizo como una figura derrotada en busca de reconciliación, sino como una artista madura, enriquecida por la experiencia y dueña de una profundidad aún mayor. Sus últimos trabajos muestran una presencia más compleja, marcada por la inteligencia y cierta melancolía: la misma mujer, pero también otra, que había atravesado las tormentas de la fama y sobrevivido a ellas.

Murió en 1982, el día de su cumpleaños sesenta y siete. Desde entonces, nuevas generaciones descubren sus películas y se preguntan por qué su magnetismo sigue intacto. La respuesta quizá resida en una cualidad que ninguna escuela enseña ni ningún estudio fabrica: la autenticidad. Ingrid Bergman nunca pareció interpretar personajes; parecía comprenderlos. Su arte nacía de una empatía profunda hacia la condición humana. Los decorados envejecen, las modas cambian y las tecnologías se vuelven obsoletas, pero las emociones auténticas conservan una vigencia inalterable.

Más de cuatro décadas después, su rostro sigue emergiendo de la penumbra de la pantalla con la misma fuerza de la edad dorada del cine: no como un recuerdo nostálgico, sino como una presencia viva. Y acaso este sea el privilegio reservado a los verdaderos artistas: desaparecer sin abandonar jamás la imaginación de quienes los contemplan. Bergman no fue únicamente una estrella del cine. Fue, y sigue siendo, una forma elegante y profundamente humana de permanecer en el tiempo.

 

Dr. Marco Benavides, 6 octubre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

86 años

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

86 años

 

Por Marco Benavides

 

John Lennon habría cumplido hoy 86 años. Debo confesar que para mí esta es una frase extraña de escribir. Porque en la mía, en nuestra memoria, él se ha quedado detenido en aquel invierno de 1980. El rostro, las gafas, el pelo y la voz que llevamos dentro pertenecen a un hombre al que se le negó el tiempo de envejecer delante de nosotros.

Y así hoy, 9 de octubre, celebramos el aniversario de su nacimiento imaginándolo joven. Pero la historia no debería haberse detenido ahí; debería haber habido un Lennon de cincuenta años, luego de sesenta. Un hombre con el pelo blanco, tal vez con algunos kilos de más, autor de nuevas canciones o de largos periodos de silencio. Podría haber cambiado de idea, sorprendernos, decepcionarnos, incluso aburrirnos. Podría haber simplemente envejecido. Es una posibilidad que su muerte nos arrebató, y que a menudo olvidamos.

También por esto el 9 de octubre es una fecha particular, en cuanto que no recuerda solo el nacimiento de un músico que cambió la historia, sino el inicio de una vida interrumpida a la mitad. De él custodiamos las canciones, los discos, las fotografías, las batallas y los errores. Sabemos incluso cómo murió, pero no sabemos en quién se habría convertido. Cada aniversario, por tanto, lleva consigo una pequeña pregunta suspendida: ¿quién sería hoy John Lennon a los 86 años?

No vale la pena inventar una respuesta. Es mucho más interesante dejar el vacío. Porque hoy no “celebramos” solo lo que fue, sino también, inevitablemente, todo aquello que lamentablemente nunca hemos podido conocer.

Love is the answer, and you know that for sure. (El amor es la respuesta, y lo sabes de seguro).

 

Dr. Marco Benavides, 9 octubre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

jueves, 8 de octubre de 2026

Anne Carson, Nobel de Literatura 2026: la poesía como reinvención del lenguaje

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Anne Carson, Nobel de Literatura 2026: la poesía como reinvención del lenguaje

 

Por Marco Benavides

 

La escritora, ensayista y traductora canadiense Anne Carson (Toronto, 1950) es la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2026. La Academia Sueca reconoció una “obra audaz e inventiva que, en diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. El anuncio corona el nombre de una autora que llevaba años entre las favoritas de las quinielas y confirma el impacto de una de las voces más originales e inclasificables de las letras contemporáneas.

A lo largo de varias décadas, Carson ha desdibujado las fronteras entre poesía, ensayo, traducción, crítica literaria y narrativa experimental. Su obra combina una erudición clásica con una sensibilidad moderna: los autores de la antigua Grecia conviven en sus páginas con inquietudes de nuestro tiempo sobre el amor, la pérdida, el deseo, el lenguaje y la memoria.

Esa mezcla tiene raíz en su formación en filología clásica, disciplina que ha marcado su producción literaria y que ejerce también como profesora universitaria. Safo, Catulo o Eurípides atraviesan buena parte de sus libros, aunque siempre reinterpretados desde una perspectiva innovadora y personal. El Nobel llega después de otro reconocimiento mayor, el Premio Princesa de Asturias de las Letras, que recibió en 2020.

Su trayectoria académica y su historial de premios acompañan esa singularidad. Carson es doctora en lenguas clásicas por la Universidad de Toronto y ha dado clases en Princeton, McGill, Nueva York y Míchigan. Entre sus reconocimientos figuran el Premio Lannan de Poesía (1996), el Griffin de Poesía (2001) por Men in the Off Hours y el PEN Award (2010), además de las becas Guggenheim y MacArthur. Desde hace años la crítica la considera una de las poetas vivas más importantes en lengua inglesa, y su nombre se repetía cada octubre entre los favoritos de las casas de apuestas.

Tres títulos dan idea de su alcance. Autobiografía de Rojo es una singular novela en verso inspirada en un mito griego. La belleza del marido explora, desde la poesía, la infidelidad y el desengaño. Y Nox, una obra entrañable dedicada a la memoria de su hermano fallecido, desafía los formatos convencionales del libro. Con ellos, Carson consolidó su reputación como una autora capaz de ampliar de manera constante las posibilidades expresivas de la literatura.

El galardón también puede leerse como un reconocimiento a la vigencia de la poesía como forma de conocimiento. En una época dominada por la inmediatez digital, su escritura reivindica la lectura lenta, la reflexión y la riqueza de los múltiples sentidos que puede albergar una palabra. La propia Carson ha señalado en distintas ocasiones que la etimología y la historia de las palabras son el punto de partida de su proceso creativo.

Para quien se acerque por primera vez a su obra, La belleza del marido, el primer libro suyo que se publicó en España, y Autobiografía de Rojo son puertas de entrada naturales. Ambos muestran cómo Carson vuelve materia emotiva la erudición, y cómo una historia antigua puede leerse como un relato íntimo de nuestros días, sin perder por ello su hondura ni su misterio.

Con este premio, que incluye 12 millones de coronas suecas (poco más de 1.2 millones de dólares), Carson sucede al escritor húngaro László Krasznahorkai, galardonado en 2025. Su elección reafirma una tendencia reciente de la Academia Sueca: distinguir a autores que exploran nuevas formas literarias y que desafían las convenciones de género, estilo y estructura.

 

Dr. Marco Benavides, 8 octubre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

sábado, 3 de octubre de 2026

Rosita Arenas: el regreso de una estrella que nunca perdió su brillo

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Rosita Arenas: el regreso de una estrella que nunca perdió su brillo

 

Por Marco Benavides

 

Hay actores que abandonan los escenarios y desaparecen. Otros permanecen suspendidos en una especie de limbo, habitando silenciosamente los márgenes de la memoria colectiva. Durante más de tres décadas, Rosita Arenas sintió que le había ocurrido lo segundo.

Tras retirarse de la vida artística en 1994, la actriz llegó a describir su situación con una frase tan dolorosa como elocuente: Se encontraba "metida en el sótano". No era una referencia física, sino emocional. Hablaba del lugar donde la industria suele relegar a quienes alguna vez la engrandecieron. Un espacio donde el aplauso se convierte en eco y los reflectores se apagan.

Pero la historia tiene una curiosa tendencia a corregir ciertas injusticias.

El pasado 23 de septiembre de 2026, Rosita Arenas recorrió las instalaciones de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas para visitar la exposición Su vida al cielo: Actrices en la obra cinematográfica de Luis Buñuel. No era una visitante cualquiera. Ella misma forma parte de esa historia.

En 1953 protagonizó El bruto, una de las películas más reconocidas del célebre cineasta español-mexicano. Aquella producción consolidó una carrera que apenas comenzaba a desplegarse y que terminaría convirtiéndola en una figura imprescindible del cine nacional.

Nacida en Caracas, Venezuela, el 19 de agosto de 1933, pero criada y registrada en México, Rosita llegó a la pantalla grande siendo apenas una adolescente. Con solo dieciséis años debutó en Anacleto se divorcia, filme estrenado en 1950 que marcó el inicio de una trayectoria extraordinaria.

Durante la década de los cincuenta se convirtió en un rostro familiar para el público mexicano. Participó en títulos tan populares como ¿Qué te ha dado esa mujer?, Mi campeón, La hija del ministro, El señor fotógrafo y El médico de las locas, entre muchas otras producciones que hoy forman parte del patrimonio cultural de la cinematografía mexicana.

Sin embargo, existe una faceta de su carrera que merece especial atención.

Mucho antes de que Hollywood popularizara el concepto de las llamadas scream queens, Rosita Arenas ya era una de las grandes figuras femeninas del cine fantástico y de terror en habla hispana. Su presencia elegante, combinada con una notable fuerza interpretativa, la convirtió en una referencia del género.

Las míticas cintas La momia azteca, La maldición de la momia azteca y La momia azteca contra el robot humano ayudaron a cimentar una leyenda que continuaría en películas como El espejo de la bruja y La maldición de la Llorona. Gracias a estas producciones, el público y la crítica terminaron reconociéndola como una auténtica "reina del grito", título reservado para aquellas actrices cuya imagen queda inevitablemente asociada a los miedos, monstruos y fantasmas de toda una generación.

Pero el tiempo, que suele ser despiadado con las estrellas, también puede ser generoso.

A sus 93 años, Rosita Arenas continúa proyectando la misma elegancia que la distinguió durante su juventud. Su porte no parece pertenecer únicamente a una mujer, sino a una época entera del cine mexicano, una época de estudios cinematográficos, grandes historias y figuras inolvidables.

Por ello resulta especialmente significativo que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgue el próximo 3 de octubre el Ariel de Oro, máximo reconocimiento honorífico que concede la institución. Más que un premio individual, el homenaje representa un acto de memoria cultural. Es la confirmación de que ciertas trayectorias no pueden permanecer indefinidamente ocultas en el sótano del olvido.

Rosita Arenas regresa al centro de la escena cuando ya no tiene nada que demostrar. Su legado estaba ahí desde hace décadas, aguardando ser redescubierto. Quizá esa sea la verdadera lección de esta historia: las grandes estrellas no desaparecen. A veces simplemente esperan a que la memoria vuelva a encender la luz.

 

Marco Benavides, 29 septiembre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

sábado, 26 de septiembre de 2026

19 de septiembre de 1985: la mañana en que la tierra gritó

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

19 de septiembre de 1985: la mañana en que la tierra gritó

 

Por Marco Benavides

 

Hay fechas que no pertenecen al calendario, sino a la memoria colectiva. Días que sobreviven a los años, los gobiernos, las generaciones. El 19 de septiembre de 1985 es una de esas fechas. Una herida abierta en la historia que, cuatro décadas después, sigue latiendo bajo el asfalto de la Ciudad de México.

A las 7:19 de la mañana, cuando millones de personas comenzaban su jornada. La Tierra decidió recordar su fuerza. No hubo aviso. No hubo tiempo para prepararse. Lo que durante segundos pareció un movimiento extraño terminó convirtiéndose en uno de los desastres más devastadores de la historia contemporánea del país.

Las imágenes permanecen grabadas en la memoria: edificios inclinándose como si estuvieran hechos de papel, calles cubiertas de polvo, hospitales colapsados, viviendas desaparecidas y miles de personas buscando a sus seres queridos entre montañas de concreto. Pero entre las escenas que dejó aquella mañana existe una que parece resumir el instante exacto en que la normalidad se quebró.

En el programa televisivo Hoy Mismo, la periodista Lourdes Guerrero informaba en directo cuando comenzó a percibir un movimiento inusual. Su voz, que intentaba transmitir serenidad, quedó registrada en la historia de la radiodifusión mexicana:

"Está temblando. Está temblando un poquitito, pero no se asusten..."

Durante unos segundos, el país entero escuchó cómo la incertidumbre se colaba en una transmisión cotidiana. Lo que nadie sabía en ese momento era que el sismo seguía aumentando su intensidad y que, poco después, las instalaciones de Televisa Chapultepec sufrirían daños severos que sacarían la señal del aire.

Aquella grabación no es solamente un documento periodístico. Es el sonido de la incredulidad. Es la voz humana tratando de comprender, en tiempo real, algo mucho más grande que ella. Es el instante en que una nación entera pasó de la rutina a la tragedia.

Sin embargo, reducir el 19 de septiembre a la destrucción sería injusto con quienes lo vivieron. Si algo nació de entre los escombros fue una de las expresiones más profundas de solidaridad que ha conocido México. Miles de ciudadanos salieron espontáneamente a las calles para remover piedras con sus propias manos, organizar centros de ayuda, donar alimentos y buscar sobrevivientes. Las personas se rebelaron ante la tragedia.

Cuarenta y un años después, la voz de Lourdes Guerrero sigue resonando como un eco lejano de aquella mañana. No porque describiera el terremoto con precisión, sino porque capturó algo más importante: el momento exacto en que México comprendió que nada volvería a ser igual.

 

Dr. Marco Benavides, 19 septiembre 2026 



Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

sábado, 29 de agosto de 2026

Diez años de ausencia, un siglo de presencia

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Diez años de ausencia, un siglo de presencia

 

Por Marco Benavides

 

El 28 de agosto de 2016, México se quedó sin aire un instante. Juan Gabriel ‒Alberto Aguilera Valadez, el niño que salió de Parácuaro, Michoacán, y creció en las calles de Ciudad Juárez‒ dejó de respirar en Santa Mónica, California, a los 66 años. Diez años después, la ausencia se ha vuelto costumbre y, sin embargo, su voz no ha dejado de sonar en las plazas, en los teatros, en los teléfonos de una generación que no lo vio en vida y que, aun así, sabe llorar con él.

No fue solamente un cantante. Fue un narrador de emociones que no le temía a la cursilería porque entendía, mejor que nadie, que el sentimentalismo bien construido es una forma de verdad. Convirtió el dolor, la esperanza y el amor en patrimonio: un repertorio que cualquier mexicano recita de memoria sin haberlo estudiado nunca, aprendido en el radio de la cocina, en las bodas, en los velorios.

“Amor eterno”, “Querida”, “Hasta que te conocí”, “Así fue”: más que canciones, son capítulos de una biografía colectiva. Juan Gabriel tenía el don raro de cruzar géneros ‒del mariachi al pop, de la ranchera a la balada orquestada‒ y de cruzar generaciones con la misma naturalidad. Llenaba estadios y, al mismo tiempo, se colaba en la intimidad de un duelo familiar, en el silencio de una casa después de un funeral. Esa doble escala, la del ídolo masivo y la del confidente íntimo, es quizá lo más difícil de repetir en la historia de la música popular

El aniversario ha desbordado la geografía nacional. En Chicago, Los Ángeles y El Paso ‒ciudad hermana de Juárez‒ se han organizado conciertos, proyecciones y festivales para conmemorar los diez años. El documental Mi Primer Bellas Artes vuelve a proyectarse en parques y cines, recordando la noche que lo consagró como figura universal.

En México, Plaza Garibaldi y el Palacio de Bellas Artes funcionan hoy como altares colectivos. Más de 700 mil personas asistieron a su velorio en 2016; una década después, miles vuelven a reunirse para cantar sus temas en homenajes gratuitos, en plazas públicas, en festivales que no necesitan boleto porque el duelo ‒y la fiesta‒ siguen siendo comunitarios.

A lo largo de esta década, rumores y documentales han alimentado la fantasía de que Juan Gabriel sigue vivo, escondido en algún rincón del imaginario popular. Pero lo cierto es más sencillo y más contundente: su obra no necesita de la biología para seguir viva. Más de catorce millones de oyentes mensuales en plataformas digitales lo confirman con una frialdad estadística que, paradójicamente, habla de algo muy cálido.

Diez años después, Juan Gabriel no es un recuerdo: es un idioma emocional que México ‒y buena parte del mundo de habla hispana‒ sigue hablando sin darse cuenta. Su obra es espejo de la identidad nacional y puente hacia lo universal, un patrimonio cultural que, como pocos, se permite el lujo de desafiar a la muerte.

 

Dr. Marco Benavides, 28 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

lunes, 24 de agosto de 2026

El dolor físico

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

El dolor físico

 

Por Marco Benavides

 

No toca a la puerta, no avisa que llega: entra sin permiso, ocupa el cuerpo entero y reordena la vida en torno a una sola certeza:

“Tengo dolor”, dice la persona.

No distingue edad, origen ni fortuna; llega igual al niño que se raspa una rodilla que al anciano que carga décadas de trabajo en la espalda. Es, ante todo, una experiencia democrática de la fragilidad humana. “Lo único que quiero es que se vaya”, ansía el paciente.

En la cultura popular, ese dolor rara vez aparece desnudo: se viste de metáfora. Hay imágenes que, sin pretenderlo, describen con precisión casi clínica lo que ocurre bajo la piel: una fractura que no siempre se ve, pero que se siente con una claridad absoluta o un apéndice perforado que indica el lugar exacto en el abdomen donde se amenaza la vida, como si el cuerpo hablara un idioma propio, hecho de punzadas y de silencios.

Ese idioma tiene gramática biológica: inflamación, daño de tejidos, detectores de dolor que disparan señales, sustancias químicas que inundan el sistema nervioso. Pero traducir el dolor solo a fisiología es quedarse a medias. Cuando el dolor se queda a vivir ‒cuando deja de ser episodio y se vuelve rutina‒ empieza a rehacer la identidad de quien lo padece. Cambia el paso al caminar, la calidad del sueño, la manera de estar con otros. Quien convive con dolor persistente aprende, casi sin querer, un oficio nuevo: el de negociar con su propio cuerpo, medir cada movimiento, calcular el costo de cada gesto.

Ahí, en ese desgaste, nace la resistencia. Resistir no es negar el dolor ni fingir que no existe: es reconocerlo sin dejar que ocupe la totalidad de la vida, como un llamado a sostenerse cuando no hay un hombro disponible para apoyarse en él. En medicina, ese llamado tiene traducción exacta: adherencia terapéutica, búsqueda persistente de alivio, la voluntad ‒terca, cotidiana‒ de seguir intentando. La fe, entendida como confianza en el cuerpo, en el tratamiento, en el tiempo, funciona como un analgésico silencioso que ningún frasco puede contener.

El dolor también obliga a mirar de frente los límites. Hay heridas que, en efecto, no se pueden borrar: secuelas que se quedan, cicatrices que no se irán. Y sin embargo, incluso ahí es posible la adaptación. La rehabilitación y el acompañamiento de quienes saben acompañar permiten reconstruir una vida funcional, distinta pero propia. Resistir no es gesto heroico ni instantáneo: es un proceso lento, con días que ceden y días que no, donde cada avance pequeño pesa más de lo que parece.

Al final, el dolor físico recuerda algo esencial: el cuerpo es territorio vivo, vulnerable, extraordinario. Sentirlo es señal de que algo pide atención; resistirlo es prueba de que todavía estamos aquí. En ese equilibrio entre herida y fortaleza se sostiene una verdad simple: el dolor no define a quien lo sufre, pero sí puede transformarlo. Y en esa transformación, la fe ‒o la confianza, o la simple obstinación de seguir‒ se vuelve herramienta terapéutica: silenciosa, pero indispensable.

 

Dr. Marco Benavides, 24 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

domingo, 16 de agosto de 2026

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza

 

Por Marco Benavides

 

Hay actores que interpretan personajes y actores que los incendian. Jack Nicholson pertenece a la segunda estirpe: aquella que no representa la locura, la rebeldía o el cinismo, sino que los deja arder frente a la cámara hasta que el espectador ya no distingue al hombre del papel. Su rostro ‒cejas que se disparan hacia las sienes, sonrisa que es a la vez invitación y advertencia‒ se volvió, a lo largo de más de cinco décadas, el semblante mismo A finales del siglo XX.

Nació en 1937 en Neptune City, Nueva Jersey, en un hogar que guardaba un secreto que solo conocería adulto: la mujer que creía su hermana era, en realidad, su madre. Ese engaño fundacional quizá explique por qué Nicholson siempre buscó personajes fisurados, hombres que viven en el filo entre la cordura fingida y el abismo real. Jack Nicholson aprendió, creció y se desarrolló como actor trabajando en las películas de bajo presupuesto que producía Roger Corman, hasta que Easy Rider (1969) lo sacó del anonimato.

Los setenta lo consagraron. En Chinatown (1974), bajo la mirada quirúrgica de Polanski, encarnó a un detective que descubre que la corrupción no tiene fondo. Pero fue Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) en 1975, la que fijó su mito. Le valió el primer Óscar y una certeza cultural: Nicholson era el rebelde que Estados Unidos necesitaba ver derrotado para poder seguir creyendo en la rebeldía.

Con El resplandor (1980), Kubrick le entregó el papel que terminaría por convertirlo en ícono absoluto de la cultura popular. El hacha, la puerta astillada, el célebre "Aquí está Johnny" sintetizan su método: llevar el exceso hasta el punto exacto en que deja de ser gesto y se vuelve verdad. Tres años después, La fuerza del cariño (Terms of Endearment) le dio su segundo Óscar, esta vez como actor de reparto, y confirmó que su registro no era solo la furia sino también la ternura tardía.

Los noventa lo mostraron en su forma más matizada: Mejor... imposible (As Good as It Gets) en 1997 le dio un tercer Óscar por Melvin Udall, misántropo obsesivo cuya dureza esconde una ternura casi involuntaria. Y en el terreno del espectáculo masivo, su Joker en Batman (1989) demostró que incluso la villanía de cómic podía llevar su firma: teatralidad, humor macabro, una alegría casi obscena por el desastre.

Se retiró silenciosamente después de How Do You Know (2010). No hubo despedida solemne, como si el propio Nicholson desconfiara del gesto ceremonioso. Hoy, a sus 89 años, su legado no se mide en estatuillas sino en la genealogía de actores que aprendieron de él que la verdad, en la actuación, rara vez es contenida: casi siempre hay que dejarla desbordarse.

Nicholson no interpretó al siglo XX estadounidense: lo dejó, generosamente, plasmarse en el lienzo de su rostro.

 

Dr. Marco Benavides, 14 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.