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sábado, 29 de agosto de 2026

Diez años de ausencia, un siglo de presencia

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Diez años de ausencia, un siglo de presencia

 

Por Marco Benavides

 

El 28 de agosto de 2016, México se quedó sin aire un instante. Juan Gabriel Alberto Aguilera Valadez, el niño que salió de Parácuaro, Michoacán, y creció en las calles de Ciudad Juárezdejó de respirar en Santa Mónica, California, a los 66 años. Diez años después, la ausencia se ha vuelto costumbre y, sin embargo, su voz no ha dejado de sonar en las plazas, en los teatros, en los teléfonos de una generación que no lo vio en vida y que, aun así, sabe llorar con él.

No fue solamente un cantante. Fue un narrador de emociones que no le temía a la cursilería porque entendía, mejor que nadie, que el sentimentalismo bien construido es una forma de verdad. Convirtió el dolor, la esperanza y el amor en patrimonio: un repertorio que cualquier mexicano recita de memoria sin haberlo estudiado nunca, aprendido en el radio de la cocina, en las bodas, en los velorios.

“Amor eterno”, “Querida”, “Hasta que te conocí”, “Así fue”: más que canciones, son capítulos de una biografía colectiva. Juan Gabriel tenía el don raro de cruzar géneros del mariachi al pop, de la ranchera a la balada orquestada y de cruzar generaciones con la misma naturalidad. Llenaba estadios y, al mismo tiempo, se colaba en la intimidad de un duelo familiar, en el silencio de una casa después de un funeral. Esa doble escala, la del ídolo masivo y la del confidente íntimo, es quizá lo más difícil de repetir en la historia de la música popular

El aniversario ha desbordado la geografía nacional. En Chicago, Los Ángeles y El Paso ciudad hermana de Juárez se han organizado conciertos, proyecciones y festivales para conmemorar los diez años. El documental Mi Primer Bellas Artes vuelve a proyectarse en parques y cines, recordando la noche que lo consagró como figura universal.

En México, Plaza Garibaldi y el Palacio de Bellas Artes funcionan hoy como altares colectivos. Más de 700 mil personas asistieron a su velorio en 2016; una década después, miles vuelven a reunirse para cantar sus temas en homenajes gratuitos, en plazas públicas, en festivales que no necesitan boleto porque el duelo y la fiesta siguen siendo comunitarios.

A lo largo de esta década, rumores y documentales han alimentado la fantasía de que Juan Gabriel sigue vivo, escondido en algún rincón del imaginario popular. Pero lo cierto es más sencillo y más contundente: su obra no necesita de la biología para seguir viva. Más de catorce millones de oyentes mensuales en plataformas digitales lo confirman con una frialdad estadística que, paradójicamente, habla de algo muy cálido.

Diez años después, Juan Gabriel no es un recuerdo: es un idioma emocional que México y buena parte del mundo de habla hispana sigue hablando sin darse cuenta. Su obra es espejo de la identidad nacional y puente hacia lo universal, un patrimonio cultural que, como pocos, se permite el lujo de desafiar a la muerte.

 

Dr. Marco Benavides, 28 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med MultilinguaEs autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

domingo, 23 de agosto de 2026

En la paz de Dios

 


En la paz de Dios

 

Por Carlos Gallegos

 

Un nicho aparte

en las alturas

de la memoria

colectiva

en páginas de oro

de la historia

así debe venerarse

así debemos venerar

la memoria

de las mujeres

de las doñas mujeres

que llegaron

garbosas

dilectas

y dispuestas

en los años

primigenios

de Delicias

cuando no había nada

cuando ellas

traían todo

todo el brío

de su valor invencible

no para

vencer

aquella tierra

de sol y llano

aquel erial solitario

no para vencerlo

solo para

convivir

con él

para aprender a convivir

con su sol abrasador

con su aire

que les nublaba los ojos

que les golpeaba

los chamorros

con piedritas

filosas

con aquel sol

que les quemaba

el cutis

delicado

ajeno al protector solar

de hoy

con aquel frío

que helaba

el alma de sus hombres

y a ellas les templaba

el espíritu

llegaron a convivir

con el calor de mayo

que a los hombres

les derretía

el ánimo

y a ellas

les nutría el alma

para levantarse al alba

a cocinarles

en lumbre

de mezquite

el lonche magro

para salieran

de sus posadas

de tierra y sueños

a irse a enfrentar

el surco de cada día

en la labor

agrícola

que esperaba

la caricia de su azadón

para frutar

y aderezar su mesa

no eran seres mitológicos

como las mujeres

de Odiseo

eran mujeres

de rebozo negro

o sombrero de palma

con toquilla

adornada

de hilazas de colores

eran como fueron las

Ortega

las Alcántar

que llegaron de La Cruz

de Corraleño de Juárez

en carromatos

uncidos

a mulas matreras

eran como

la mujer

de Pedro Matar

que vino

de Monterrey

y que al bajarse

del tren no vio

nada

porque no había nada

eran como Catita

y Victoria Villalobos

que procedían de El Terrero

allá en el hermoso Balleza

como María del Carmen

y Rosaura Chavarría Valdez

que dejaron la comodidad

de las oficinas de Correos

y Telégrafos de Rosales

las que dirigían

con diligencia

para venir a vivir

a Pueblo Nuevo

como le decían entonces a Delicias

como Mariana Valle

nativa de San Pedro de las Colonias

que llegó a integrarse al coro

de la iglesia metodista

El Divino Salvador

eran como tantas y tantas

que hoy son abuelas

o que reposan

en la melancolía de la ausencia

en la paz de Dios

luego de cumplir la tarea

de fundar un pueblo

que hoy ama su memoria

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

jueves, 20 de agosto de 2026

RIP Editorial ERA (1960-2026)

 

RIP Editorial ERA (1960-2026)

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Podemos afirmar que en este triste lunes termina una Era en la historia editorial de México. En mi camino de vida como lector, hay ciertos libros u obras que han marcado un umbral o una encrucijada. Después de leerlos ya nada es igual. Vaya, mi vereda como lector no habría sido la misma de no haberme topado un día con José Revueltas y Malcolm Lowry por mencionar solo un par de ejemplos de lecturas tatuaje, piezas que horadaron en lo profundo. Pues bien, tanto Revueltas como Lowry llegaron a mí por Editorial Era, uno esos faros culturales que nos dejó por herencia el exilio republicano español o sus descendientes.

Con esos dos me hubiera bastado para prenderle un par de velas de gratitud eterna a esa casa editorial. Si a eso sumamos más de una veintena de títulos: César Aira, antologías icónicas como Norte o A ustedes les consta o joyas irrepetibles como Cartucho de Campobello; Aura de Fuentes; Las batallas en el desierto de Pacheco; La noche de Tlatelolco de Poniatowska; El arte de la fuga o Domar a la divina garza de Pitol; Los indios de México de Fernando Benítez; obra de Parra y de Toscana o El cuarto jinete de Verónica Munguía, solo puedo concluir que me han dado a llenar.

Más recientemente publicaron a jóvenes talentosos como Joel Flores e Hiram Ruvalcaba. Vaya, la mayoría de los ejemplares que hay en mi biblioteca con el sello de esa editorial son piezas que han dejado huella profunda.

Este triste lunes Editorial Era apaga la imprenta y baja la cortina. La carta que acabo de leer es desoladora: “Hoy, a 66 años de la publicación del primer libro de Ediciones Era, nos vemos en la necesidad de reconocer que el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros”

En estos últimos seis años hemos peleado de mil maneras para mantener la editorial viva, pero los ingresos para lograrlo no han llegado”.

En fin. El presente es una descomunal y afilada guillotina, una bestia insaciable que no deja de devorar.

Acaso en el futuro solo sobrevivirán titanes multinacionales como el voraz pingüino que todo lo traga o los quijotescos esfuerzos de salmones suicidas que emprendan proyectos artesanales por puro amor al oficio de edificar iglús en el desierto.

Échenle los santos óleos a Editorial Era. Mientras haya vida, yo seguiré pepenando tus ejemplares en las mesas de antiguallas y en los sótanos empolvados donde habita la nostalgia y el olvido que ya somos.

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

viernes, 7 de agosto de 2026

6 de agosto

 

6 de agosto

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Hay fechas que encarnan el horror, como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la Tierra.

Cierto, la historia humana podría curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para autodestruirnos en segundos.

El cielo del 6 de agosto siempre nos hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me aterra, lo que más me horroriza, es que, en la narrativa oficial, Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero remedios al fin.

El presidente Harry Truman recibió y celebró la noticia de Hiroshima mientras disfrutaba una función de boxeo entre marines a bordo del crucero Augusta al retornar de la Conferencia de Postdam.

Sin embargo, el campeón en la absoluta y total ausencia de remordimientos es Paul Tibbets, el piloto de la nave que aflojó el esfínter para dejar caer a Little Boy y desatar en un minuto el peor Apocalipsis de la historia humana, el mayor desastre acaecido después del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años. No solo nunca tuvo un mínimo remordimiento, sino que Paul Tibbets sostuvo siempre que hizo lo correcto y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario.

Vivió una apacible existencia hasta los 92 años de edad y nadie nunca fue a confrontarlo o a reclamarle nada. “Nunca perdí una noche de sueño por el recuerdo de Hiroshima”, solía presumir Paul.  “Un sentimental jamás habría piloteado aquel avión”, solía jactarse.  Lo único que le frustraba era que el Museo Nacional del Espacio de Washington no exhibiera su linda aeronave a la que quería tanto, que la bautizó con el nombre de soltera de su santa mamacita: Enola Gay Hazard.

En mayo de 2016, Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Hiroshima y rendir homenaje a las víctimas pronunciándose por un mundo libre de armas nucleares, pero en ningún momento ofreció algo ni remotamente parecido a una disculpa.

Robert Oppenheimer, el físico creador de la bomba, tenía sentimientos encontrados, pues sentía un enorme orgullo por el logro científico, pero sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Hay quien asegura que en 1964, pidió perdón llorando a Naomi Shono, una sobreviviente de la bomba, pero fue en un encuentro privado y no en un acto público.

Esta semana leí en Nexos un abortivo texto firmado por un tal Ezra Shabot que sintetiza a la perfección la moral de los “genocidas buenos”. Según ese repugnante tipo, “el sufrimiento de la población de Gaza no es cuestionable, pero es semejante al de las poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo”. No lo dijo, pero asumo que, bajo su opinión, en Hiroshima y Nagasaki no tenían como objetivo exterminar decenas de miles de civiles inocentes, sino derrotar militarmente a Hirohito.

Pearl Harbor, en donde solo murieron militares, es narrado como un crimen de lesa humanidad, pero Hiroshima y Nagasaki son solo soluciones, igual que matar a Gaza de inanición es un remedio. En el colmo de lo asqueroso, el tal Shabot se permite decir que los niños asesinados en Gaza son futuros yihadistas, mártires en potencia, así que, bajo su mentalidad tan propia del antiguo testamento, supongo que está muy bien matarlos antes de que crezcan. Todo sea en nombre del triunfo del "pueblo elegido". Los "buenos" de la película tienen licencia para matar niños.

Sin embargo, más allá del horror, Hiroshima me recuerda que siempre vuelve a haber vida después del infierno.

Uno de los momentos de más absoluta paz y plenitud que he experimentado en la vida adulta, lo viví una madrugada flotando en el mar bajo el Tori de Miyajima, una isla ubicada frente a Hiroshima. Había un silencio místico, una paz uterina en el lugar donde ochenta años antes irrumpió el horror.

Hiroshima se habló de tú con el averno, pero hoy el verde de los árboles y la claridad de las aguas me hace pensar en el triunfo de la vida, en el aferre de una nueva planta por germinar, de un niño por nacer.

Y entonces sentí esperanza, porque después del Apocalipsis siempre volverá a germinar una semilla y habrá flores de cerezo cayendo sobre el agua limpia.

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

jueves, 6 de agosto de 2026

Rubén Marín: Medicina y literatura

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Rubén Marín: Medicina y literatura

 

Por Marco Benavides

 

Rubén Marín constituye una figura singular en las letras mexicanas del siglo XX, en la medida en que su obra literaria se articula desde la experiencia directa de la práctica médica en el México rural.

Nacido el 22 de octubre de 1910 en el barrio de Santa María la Redonda, en la Ciudad de México, y fallecido en la misma urbe el 16 de junio de 1980, Marín desarrolló una trayectoria profesional dual médica y literaria cuya convergencia resulta clave para comprender el carácter testimonial de su producción narrativa.

Formado como médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México, Marín ejerció la medicina en contextos diversos que marcarían profundamente su escritura posterior. Se desempeñó como médico de mina en distintas poblaciones del país, fue delegado de Salubridad y director de los hospitales Civil y de la Caridad en Teziutlán, Puebla. Colaboró con el Instituto Mexicano del Seguro Social. Posteriormente se especializó en medicina de seguros de vida, llegando a ocupar el puesto de director médico en la Compañía de Seguros La Comercial. Este itinerario profesional, que lo llevó a atender comunidades marginadas y a presenciar de cerca la precariedad sanitaria del México provinciano, proporcionó la materia prima de su narrativa.

En el plano literario, cabe destacar que la producción de Marín surgió, según se ha señalado, como una reacción crítica frente a los experimentos poéticos y narrativos de la década de 1960, que el autor consideraba carentes de rigor estético. Frente a dichas tendencias, optó por una escritura de corte realista y costumbrista, orientada a representar con crudeza los aspectos más dolorosos de la existencia humana: la pobreza, la muerte y la violencia carente de sentido, entendida esta última como manifestación concreta del mal. Junto a estos temas de tono sombrío, su obra también da cabida a las virtudes cristianas, en particular la bondad y la caridad, articuladas mediante la descripción de tradiciones populares y el empleo de expresiones vernáculas propias del habla provinciana.

Su obra más representativa, Los otros días (subtitulada Apuntes de un médico de pueblo), de naturaleza marcadamente autobiográfica, constituye un testimonio literario de las dificultades y satisfacciones inherentes al ejercicio médico en las comunidades rurales mexicanas. La obra, publicada por Editorial Jus y reeditada en múltiples ocasiones lo cual sugiere una recepción sostenida entre el público lector, ha sido descrita como un conjunto de relatos que combinan el pasaje romántico, la escena costumbrista, la crítica social severa y una concepción profundamente humanista, todo ello sobre un trasfondo realista que ha llevado a establecer paralelismos con autores como José María de Pereda. A esta obra se suma El diablo y algo más..., colección de cuentos que profundiza en los mismos ejes temáticos de pobreza, muerte y violencia.

En el terreno de las colaboraciones periodísticas y culturales, el doctor Marín participó en la página editorial del diario Excélsior y en la revista de cultura mexicana Ábside, espacios que le permitieron consolidar una presencia dentro del ámbito intelectual de su época.

El legado de Rubén Marín se despliega, en consecuencia, en una doble dimensión: como médico rural y funcionario de salud pública, y como narrador capaz de fundir la experiencia clínica con una sensibilidad literaria orientada a documentar tanto el sufrimiento como la esperanza de los pueblos mexicanos. Su producción, aunque menos difundida que la de otros narradores contemporáneos, se inscribe en el acervo literario mexicano del siglo XX como testimonio valioso de la vida médica y social de la provincia, y merece ser reconsiderada dentro de los estudios sobre la literatura de temas médicos en México.

 

Dr. Marco Benavides, 4 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

martes, 4 de agosto de 2026

Por si usted no lo sabía


Foto: Nacho Guerrero, año 1991

Por si usted no lo sabía

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Que bárbaro, Jesús Chávez Marín. Gloria Orozco. ¿De dónde las sacas?

Tú me regalaste esa copia, Nacho, cuando me pusiste de escribano dominical en tu columna “Por si usted no lo sabía”, que publicabas en El Heraldo de Chihuahua. El inicio de la historia es esta: Una vez fuimos Ana Belinda Ames Russek y yo a comer a La Hostería 1900, allí estabas tú. Me dijiste: Chávez, estoy haciendo una columna cultural y de fotos, ¿quieres escribir conmigo? En caliente dije que sí, y entonces venías cada semana a mi estacionamiento de carros por las notas, que yo redactaba a mano en unas hojas muy padres que compraba en Newberry.

Y desde entonces, cada domingo Nacho Guerrero ponía sus bellas fotos y escribía las notas políticas y las de sociedad. Yo escribía notas de la farándula cultural.

 


Ignacio Guerrero Olivares inició en Chihuahua la cultura de la foto artística y ha sido fotógrafo productivo y perfeccionista desde hace 40 años. Tiene en su archivo un caudal de vistas impresionante, paisaje, retrato, historia, publicidad, modelaje, texturas; nada escapa a su mirada. Es Premio Chihuahua de Arte Fotográfico y maestro de varias generaciones de fotógrafos que en su estudio trabajaron y aprendieron técnicas y ciencia de la imagen.

Jesús Chávez Marín es editor de Estilo Mápula