Ley de Gravedad
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
Gonzalo había caído sobre el piso de mosaico de la
estancia. Unos metros más allá se quedó muda y como esperándolo su silla de
ruedas. Aunque no había practicado mucho, sabía lo que tenía que hacer.
Recordaba lo que la muchachita aquella de la terapia ocupacional se había
esforzado por enseñarle.
Primero que nada, había de cerciorarse de que no había
nadie que pudiera echarle una mano. Era jueves, día en que la auxiliar no
llegaría hasta las dos de la tarde. Sintió que no podía, no debía quedarse
tirado ahí hasta entonces. Mientras lo pensaba ya había reptado hasta el pie de
la silla. El paso siguiente era ponerse de rodillas como si estuviera rezando
frente a la silla. Con mucha dificultad pudo hacerlo. Luego debía asegurar los
frenos de la silla, para que no fuera a moverse. Una vez hecho eso, apoyándose
en el asiento de la silla debería doblar su pierna buena y así pararse frente a
la silla. Dar la media vuelta y sentarse en ella fue lo más fácil.
Una vez en la silla pasó a reflexionar sobre lo que
había pasado:
—¡Ay, Gonzalo! —se dijo a sí mismo—. Es tu segunda
caída, por fortuna no te quebraste un hueso. Ya te lo vaticinó tu hermana
después de la primera caída: una fractura de cadera es el principio del fin.
Y ahora tenía que llamarla por teléfono y contarle del
percance. Ya la oigo: “Ya lo ves, un descuido y lo que pasa” Y tal vez le
martillaría en la cabeza aquello del “principio del fin”. Pero había que
notificarle, después de todo ella era la única persona a quien él sabía que le
importaba. Bueno, también a la auxiliar le importaba, pero esta vendría más
tarde y entonces le podría decir.
—¿Estás seguro de que estás bien? Al rato paso a
verte. ¿La auxiliar todavía no llega? A lo mejor estoy ahí antes que ella.
Ahora sí, a solas con su gato y su silla de ruedas podría ponerse a pensar.
¿Qué te dice una caída? Pues si posees una mente educada lo primero que se te
ocurre es que la ley de la gravedad existe. Tomó a Newton ver caer una manzana
para descubrirla. Al que cae, toma ver el suelo aproximarse a su cara a gran
velocidad si cae de frente, si lo hace de espaldas es el techo el que se aleja.
Luego viene lo que se llama damage assessment, es decir, ver si algo se dañó,
si algo se quebró. ¿Por qué duele o por qué no duele? Malvada ley de la
gravedad, esta vez no me hiciste nada, pero ya sé que ahí estarás acechando.
Se abre la puerta, la que da a la calle Once. Es la
hermana, ella tiene llave.
—¡Ay Dios, pero mírate, tienes sangre en la cabeza!
¡Hay que llevarte con el doctor Félix!
—¡Ay hermanita, te juro que estoy bien! No necesito ir
al doctor.
—Claro que necesitas ir. Acuérdate de Toñita. Se cayó
y dijo que no tenía nada. La radiografía reveló una tremenda fractura.
—Y se murió.
—Así que alístate. En cuanto llegue Albertina…
—Agustina.
—Agustina, pues. En cuanto llegue nos iremos los tres
a ver al doctor. Ya estoy llamando a Rosy, la enfermera, para que nos esperen.
Y mientras le limpiaba con una gasita con alcohol la
pequeña descalabrada en la cabeza, casi en la frente, Gonzalo preguntó:
—Dime, Olivia, ¿alguna vez has pensado en la
importancia de la ley de la gravedad?
—Sí. Claro que es muy importante. Es la que nos
mantiene sobre la tierra.
—O sea, no has pensado mucho en ella.
Apenas entonces cayó en la cuenta que su hermana no
había llegado sola, su hijo de once años la acompañaba.
—Y tú, Andy. ¿Nos puedes ilustrar respecto a la fuerza
de gravedad?
—¡Seguro! La Aceleración de la Gravedad estándar en la
tierra es de 9.814 metros por segundo cuadrado. En términos vulgares mientras
más arriba estás más fuerte caes, es decir cuando llegas al suelo.
—¡Y más te duele el golpe! Especialmente cuando se
enfría la parte que te golpeaste.
—No hagas conclusiones, deja que te vea el doctor.
Puedes necesitar un emarai ‒la resonancia‒, o una tomografía, o por lo menos una radiografía —puntualizó
Olivia.
—¿Qué sabes tú de esas cosas?
—Pues he visto muchos casos.
—Como el de Toñita, la que se murió.
—Pues sí, pero también otros que vivieron. Aunque con
consecuencias.
—Pero a mí ni me duele.
—Como tampoco te habías dado cuenta de que estabas
sangrando de la cabeza.
—¿Y Andy? ¿Va con nosotros?
—Pues ni modo de que se quede aquí solo.
No valía la pena discutir con Olivia. Una vez que ella
decidía algo, eso se hacía. Así fue siempre. Un poco después llegó Agustina.
—Pero ¿cómo fue?
—Pues de arriba hacia abajo.
—¿Ves? ¡Ni estando moribundo toma las cosas en serio!
—No se diga más, vamos donde el doctor Félix.
—Vayamos a donde las mujeres quieran.
Y la pequeña expedición marchó hacia el Centro Médico
Redención, complejo de gabinetes y consultorios del cual el doctor Félix era el
director general. Como Olivia lo había anticipado, Rosy la enfermera los
esperaba a la entrada.
—Le dije al doctor y él inmediatamente ordenó una
tomografía. Ya esperan, don Gonzalo, ahí enfrente.
La enfermera Rosy sabía darle su lugar a la gente.
Gonzalo saboreó el ser llamado don Gonzalo y se enderezó en su silla de ruedas.
Así, Olivia dirigiendo, Agustina empujando, Gonzalo rodando y Andy siguiendo,
emprendieron la marcha desde el estacionamiento y la calle que los separaba del
gabinete radiológico. Ocupaba este un flamante edificio identificable por un
letrero que anunciaba: Centro Médico Redención, TAC, MRI y Rayos Equis.”
Gonzalo lo leyó y su mente siempre dispuesta a bromear
pensó: “solo falta que diga “se aplican inyecciones y se pegan botones’”.
Pasaron a una salita de recepción donde el técnico, un
muchacho fornido y de aire distraído, ya los esperaba. Entraron al cuarto donde
estaba aquel impresionante aparato, el escáner. El técnico ayudó a Gonzalo a
desplazarse de su silla a la camilla del aparato. Oyendo una ligera queja
durante el traslado el muchacho preguntó:
—¿Tiene dolor?
—Solo cuando me acuestan en una tabla como esa.
—Ya veo. Pero no toma mucho tiempo.
El técnico accionó entonces un mecanismo que hizo que
la camilla con Gonzalo en ella penetrara en aquel túnel que era el escáner. No
sabía si el escáner era viejo o si todos los escáners hacen tanto ruido. Pero
mucho ruido. Un poco de tiempo después, el grupo con todo y Andy seguían ya al
técnico radiólogo que llevaba las radiografías protegidas por un papel amarillo
en la mano. Sin más, cruzando de nuevo calle y estacionamiento, penetraron en
la sala de espera del consultorio que ostentaba el rótulo “Doctor JD Félix
Ortopedista y Traumatólogo”.
“Justo lo que Olivia quiere” —pensó Gonzalo.
El lugar se encontraba repleto de pacientes, unos en
silla de ruedas, otros enyesados, incluso uno con un curioso aparato de
tracción. Una segunda enfermera los pasó a una sala interior, donde cada uno,
hasta el pequeño Andy encontró acomodo. Antes notaron la expresión de disgusto
de los demás pacientes que se preguntaban en silencio: “¿Por qué pasan a esos
si yo llegué primero?”
Unos quince minutos después, por la puerta del fondo
apareció el doctor Félix. Llevaba las placas radiográficas en la mano, ya sin
el papel amarillo. Caminó hacia la pared lateral de donde pendía un
negatoscopio, colocó las placas en él y, accionando un pequeño interruptor, la
luz fluorescente del artefacto iluminó las placas. Señaló con su elegante pluma
fuente el centro de una de las imágenes y dijo:
—Miren aquí está. Es una pequeña fisura en la cabeza
del fémur.
—Y ¿qué hay que hacer? —preguntó Gonzalo.
—No hay mucho que hacer. Si te duele te daremos algo
para el dolor. No necesito decir que debes evitar poner peso de ese lado, pues
ya estás en una silla de ruedas. Pero, aunque suene tonto decirlo, tienes que
evitar andarte cayendo. ¡Mucho cuidado querido amigo!
Luego dio media vuelta y se marchó por la misma puerta
por donde había entrado. Rosy y la otra enfermera les pidieron entonces que
pasaran a otro cuarto contiguo a “llenar unos papeles” y mirándose unos a otros
con un dejo de confusión oyeron a Gonzalo decir:
—¡Les dije que no tenía nada!
Una vez completado el ritual del papeleo y de
atravesar la sala de espera, Agustina, no dejando que Andy empujara la silla de
ruedas de Gonzalo, lo llevó hasta la orillita de la banqueta y dijo
solemnemente:
—Aquí mismo aguardaremos a que doña Olivia acerque su
vehículo.
—¡Pero con cuidado! ¡No quiero que me vuelvan a meter
en esa máquina monstruo!
Y así la expedición volvió a casa. En el automóvil,
Andy aprovechó la oportunidad para explicar efusivamente a los demás la
diferencia entre una resonancia magnética nuclear y una tomografía axial
computarizada. Gonzalo ya no quería saber nada:
—Paremos ahí adelante por una hamburguesa. ¡Por favor!
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la
región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante
práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara
Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace
Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un
valle de imaginación y recuerdos.