lunes, 2 de noviembre de 2026

El perturbador laberinto de El Bastión


 

El perturbador laberinto de El Bastión

 

Por Raúl Sánchez Trillo

 

Eduardo Libreros irrumpe en la literatura con una propuesta tan audaz como adictiva: El Bastión, una novela policial que hackea las reglas tradicionales del género en México. Con apenas 200 páginas, este vertiginoso thriller no da tregua. Su ritmo frenético atrapa desde la primera línea, camuflándose bajo la ligereza de una novela breve, pero arrastrando consigo la densidad de los secretos más oscuros de la historia nacional.

El doctor Santiago Labre, investigador del Ministerio de Seguridad del Estado comisionado para resolver el magnicidio del obispo Juan Lozada, rompe el molde del clásico detective mexicano. A diferencia de sus predecesores, Labre posee posgrados en ciencias políticas e historia obtenidos en el extranjero.

Esta sofisticación intelectual lo coloca en las antípodas de la tradición literaria nacional:

·         Desbanca la brutalidad de Filiberto García, el letal matón de la Revolución en El complot mongol de Rafael Bernal.

·         Se aleja del desencanto de Héctor Belascoarán Shayne (Taibo II), el ingeniero que recurre a un curso por correspondencia para ejercer de forma independiente.

·         Contrasta con la picaresca de Edgar "el Zurdo" Mendieta (Élmer Mendoza), el licenciado en literatura que se corrompe en la Policía Ministerial de Culiacán por dinero fácil.

·         Supera por amplio margen el amateurismo de Rogelio “el Vaquero” Rodríguez (La muerte del pelícano de los hermanos Sánchez Vargas), un pasante de ciencias políticas.

La genialidad de Libreros radica en la construcción de su protagonista como un Juan Preciado con doctorado. Al igual que el icónico personaje de Juan Rulfo, Labre deja la comodidad de Europa y el cobijo materno para descender a un México fantasmal y violento en busca de sus raíces paternas. El motor de su viaje es doble: el morbo personal y el rigor del historiador. “Quería entender a mi patria y conocer a mi país”, confiesa.

Si Preciado viaja a Comala buscando a Pedro Páramo, Labre se interna en el infierno de La Guerra Sucia para ocupar el mismo cargo que detentó su padre, Argamasa, asesinado misteriosamente mientras mediaba un pacto secreto entre el clero y la masonería en plena sucesión presidencial. Su herencia no son tierras, sino un archivo secreto que funciona como la radiografía más perturbadora de la ultraderecha católica mexicana.

El propio narrador nos advierte el peligro de este descenso:

 

Quien tema los efectos indelebles de la violencia y el sadomasoquismo, ahórrese su tiempo, proteja su conciencia y no lea esta historia, que está basada en hechos reales, pero escrita en forma de novela. Quien desee, en cambio, comprender un poco aquella época que se llamó La Guerra Sucia, aténgase a las consecuencias e intérnese en mi odisea estrambótica.

 

Acompañado por el Mayor Coyame ‒un escolta de ascendencia apache cuya imponente fuerza física supera a la del mismísimo Profesor Zovek‒, Labre inicia la cacería de El Coralillo, un omnipresente sicario mitad mormón y mitad mexicano nacido en Chuhuichupa, Chihuahua.

A partir de ahí, la novela avanza a una velocidad cinematográfica por las cloacas del fanatismo. El escenario es una red clandestina donde curas y paramilitares anticomunistas operan bajo las sombras de organizaciones reales como el MURO, el FUA y el Yunque. Labre transita de la fascinación de los ritos secretos en haciendas del Bajío a vertiginosas huidas a caballo facilitadas por viejos cristeros.

Libreros difumina con maestría la línea entre realidad y ficción al evocar pasajes históricos como el atentado al periódico El Día ‒ejecutado por órdenes del Primer Círculo del Bastión‒ o el brutal enfrentamiento en el Cerro del Cubilete, descrito con una prosa poética de tintes apocalípticos:

 

Por horas reinó la tiniebla en el alma de los combatientes, como si entre ellos hubiera mil años de ofensas y todas fueran imperdonables. Hedió el aire una capa de odio y el ambiente se tornó infecto. No se podía respirar. Un comando se volvió loco y, entre la masa de gamos que reñían cuerpo a cuerpo, anunció la presencia de ángeles cayendo en la noche.

 

Escrita con una corrección impecable y una elegancia que evidencia a un autor dueño de su oficio, El Bastión es una pieza indispensable para entender las mutaciones del neopolicial mexicano. Eduardo Libreros nos entrega una lectura sumamente amena y magnética, dejándonos con la urgente necesidad de que el doctor Santiago Labre regrese pronto a resolver nuevos entuertos en este país de misterios irresueltos.

 


Raúl Sánchez Trillo estudió la maestría en artes visuales en la ENAP/UNAM. Escribe crónicas y es profesional de la fotografía de arte. Fue director de la Facultad de Artes, de Extensión y Difusión Cultural y secretario general la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente escribe crónicas y artículos en redes sociales.

La memoria del agua


 Diseño gráfico: Marco Benavides

La memoria del agua

 

Por Marco Benavides

 

Empezó como empiezan casi todas las tormentas del norte: con un cielo que cambia de humor sin pedir permiso. Era sábado, 22 de septiembre de 1990, y alrededor de las siete de la tarde comenzó a llover en Chihuahua. Nadie habría podido decir que aquella lluvia, una más de las que despiden el verano, era el principio de la peor noche que ha vivido la ciudad. Entre las nubes se juntaban la humedad del Pacífico, el primer frente frío de la temporada y una inestabilidad atmosférica que algunos análisis relacionan, además, con El Niño. En dos horas cayeron entre 130 y 140 milímetros: cerca de la mitad de lo que esta tierra seca recibe en todo un año. El desierto, acostumbrado a la sed, no supo qué hacer con tanta memoria de golpe.

Le dicen El Sábado Negro o, sin más ceremonia, El día de la tromba, como si bastara un nombre corto para contener lo que no cabe en la memoria. Fue uno de los desastres naturales más graves en la historia de la ciudad, y lo sigue siendo para quienes lo vivimos: decenas de muertos, miles de damnificados, una ciudad que amaneció contando lo que le faltaba.

Los arroyos que casi todo el año son apenas una cicatriz en el mapa se volvieron ríos con prisa. El Mimbre, La Galera, La Posta, el Sacramento, el Chuvíscar, Los Arquitos: nombres de barrio, nombres de infancia, que esa noche dejaron de ser topografía para convertirse en alarma. De todos, El Mimbre y La Galera II son los que reaparecen una y otra vez en los testimonios, ligados a rescates, a muertes y a casas arrastradas. La corriente se llevó lo que encontró a su paso ‒vehículos, árboles, muebles, bardas, casas enteras‒. En Villa Vieja, Nombre de Dios, Insurgentes, Diego Lucero, Emiliano Zapata o Rubio, las viviendas levantadas sobre los cauces o a su orilla simplemente dejaron de estar. Bomberos, vecinos y voluntarios hicieron rescates en condiciones imposibles; los testimonios guardan a quienes sacaron a un bebé, a un familiar, a un vecino, y también a quienes, a pesar de todo, no alcanzaron a salir.

Hacer la aritmética de una tragedia es otra manera de perderse. Los reportes más citados hablan de 47 muertos confirmados y diez desaparecidos; un informe oficial posterior eleva la cifra a 98. Los damnificados pasaron de 12 mil. Según una reconstrucción periodística, 1,360 casas quedaron destruidas; según el parte oficial, 375; otras 740 sufrieron daños parciales. La distancia entre un número y otro suele explicarse por conteos iniciales, por desaparecidos que nunca fueron localizados y por revisiones posteriores, pero también es una forma de memoria: la de lo que no alcanzó a nombrarse. Hubo, además, una ciudad herida por dentro: tramos de quince colectores dañados, seis acueductos rotos, 25 transformadores quemados, más de veinte postes caídos y el pavimento hecho trizas.

La lluvia fue extraordinaria; el desastre, en buena medida, fue urbano. Muchas familias vivían en asentamientos precarios junto a los arroyos, en zonas de alto riesgo y sin previsión alguna frente a una crecida. El Diario ha señalado que la tragedia dejó a la vista la falta de planeación y la ocupación de los cauces por colonias y desarrollos irregulares. Más que una tormenta, fue una inundación catastrófica en una ciudad de drenaje insuficiente y casas puestas donde no debían. Ahí está la paradoja que el norte conoce bien: se vive de espaldas al arroyo seco hasta que el arroyo deja de estarlo. La tromba de 1990 no inventó el riesgo; lo cobró.

Hoy la fecha vive en la memoria de la protección civil estatal, junto a otras tragedias como la tromba de Parral del 30 de agosto de 2008. Vinieron obras de encauzamiento y embovedado en algunos arroyos, aunque fuentes locales advierten que todavía hay zonas con riesgo de desbordamiento. Por eso la tromba no es solo una fecha en el calendario ni una cifra en un archivo: es el mapa de aquello que una ciudad decide no ver mientras el cielo está limpio. El agua, se sabe, regresa siempre por su camino. Lo que está por verse es si la ciudad aprendió, por fin, a no estar en él.

 

Dr. Marco Benavides, 2 noviembre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

El chalán de John Reed


 El chalán de John Reed

 

Por Carlos Gallegos

 

Dice Bob Dylan que lo mejor que le ha pasado en la vida ha sido trabajar en lo que lo hace feliz.

Lo mismo digo, y seguramente lo mismo dirán muchos.

Trabajar en lo que nos hace felices.

Qué fortuna, qué bendición de Dios recibir ese regalo.

Dimensione lo contrario: trabajar en algo por obligación o necesidad.

Dimensione la gran diferencia.

En mi niñez, en mi juventud, esa era mi gran meta: que Dios me hiciera el milagro de trabajar en algo que me hiciera feliz.

Y aunque se tardó un poco, o un mucho, de acuerdo a sus tiempos, que no son los nuestros, me lo concedió y en qué medida: ser cronista de Delicias es el trabajo que más he amado.

Aunque, la verdad, ser cronista de Delicias no fue lo primero que le pedí.

Mi primera petición fue que me hiciera retroceder en los siglos para ser el cronista de Jesús.

Para escribir su nacimiento, ser testigo de su crecimiento, estar en las Bodas de Canáan, aunque fuera sin invitación; escuchar el sermón de la montaña, saborear uno de los peces multiplicados con un mendrugo de pan bien tostado, gozar  la calma en la tempestad, atestiguar sus curaciones milagrosas,

la sanación del ciego de nacimiento,

la curación de los 10 leprosos,

la cura del paralítico de Cafarnaum,

la resurrección del  hijo Jairo,

de la hija de la viuda de Naim,

la liberación del hombre poseído por demonios.

Me hubiera gustado convivir unos días con Martha y María de Betania, las hermanas de Lázaro, luego del prodigio de su resurrección después de cuatro días de muerto. Entrevistar a María y a Juan al pie de la cruz, ser testigo de cuando el ángel retiró la roca de la tumba del Salvador, ver la cara de  los apóstoles cuando se lo encontraron revivido.

Como segunda opción me hubiera gustado decirle adiós con el dedo corazón de la mano derecha al viejo infame de don Porfirio cuando iba de huida en el Ipiranga luego de esclavizar a México durante 35 años, o de perdida ser el chalán de John Reed cuando entrevistó a Francisco Villa y Abraham González, o cubrir una de las cargas de las caballerías villistas.

Ser el cronista del día que se trazó Delicias bajo la inspiración de la Rosa de los Vientos. Darle un respetuoso abrazo a don Carlos Blake y otro al más anónimo de los fundadores por haber fundado Delicias, nuestro  Delicias, la casa grande de tantos  beduinos caminantes que en su suelo árido encontraron, encontramos nuestras casa, nuestro cielo  y nuestra tumba.

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

domingo, 1 de noviembre de 2026

José Fuentes Mares y su literatura. Deslinde


 

José Fuentes Mares y su literatura. Deslinde

 

Por Mario Lugo

 

La diferencia entre los textos históricos y/o historiográficos, y los textos literarios, es que estos últimos van aparejados con el arte o la idea del arte; mientras que aquellos están en la misma relación, pero con la ciencia, con la investigación. En los textos literarios, la literatura conlleva un grado de dificultad endiablado para su elaboración, pues busca la creación de algo nuevo, o de un enfoque lo más profundo posible de la realidad. En la literatura el apego a la verdad, dijéramos histórica, es irrelevante. No hay fidelidad estricta a la memoria. Es una manera, sin embargo, de crear en cada caso su propia memoria. Es la invención de una nueva memoria relacionada con los hechos, pero más allá de ellos. En la literatura la inventiva, el genio creativo, el interés por los códigos de comunicación, por llamarlos de algún modo, son indispensables.

En los textos de tipo histórico no es así. Para el trabajo de los textos en mención son relevantes el manejo experto de las técnicas de investigación en el área de las ciencias sociales, la disciplina y un gran talento en cuanto a sistematización, investigación, claridad y manejo de la lógica entre otras muchas cosas. Una de ellas es la valoración científica de las evidencias documentales, físicas, tales como utensilios, vestimentas, objetos, entrevistas a sobrevivientes, geográficas, etcétera.  La historia es una ciencia social resultado generalmente de diversas formas de investigación.

La literatura es un arte. Es navegación, especulativa o no, en las profundidades del alma, del pensamiento humano y la imaginación. Los híbridos entre historia y literatura son otra cosa, van a matacaballo entre una y la otra. Así que sería muy difícil encontrar a una gran obra histórica o una gran obra literaria como producto de este hibrido. Sencillamente porque no son la una ni la otra. Muchas veces son engendros divertidos o trágicos, y pueden ser de consumo delicioso por su facilidad para digerirse y no significar reto alguno para el lector; pero yo las considero de alguna manera obras quizá no menores; pero si de un nivel muy diferente a la creación literaria tal como la sugerí un poco más arriba, me disculpo por mi probable villanía al herir susceptibilidades. Los textos híbridos que me ha tocado leer rara vez expresan metáforas o son vigilantes del rigor en la construcción y prácticamente no ofrecen aportaciones al idioma. Comprendo también que, por su relativa facilidad comparada con la creación literaria, cada vez sean más socorridas por los autores del siglo pasado para acá, y seguramente lo seguirán siendo en virtud de que se profesa la evasión del esfuerzo y la búsqueda de la satisfacción inmediata. Una de sus bondades es con mucho su gran carga de ironía, sarcasmo y escepticismo respecto a las versiones oficiales de la historia y también porque necesariamente toman una posición política generalmente valiente y de alguna manera liberadora de las ataduras educativas impuestas por las clases en el poder para perpetuar ese mismo poder. Por tanto, no estamos hablando de un género menor, ni de necesariamente un trabajo fácil. Solo estamos estableciendo un deslinde entre un oficio científico social, y un modo de aproximarse a la literatura. En sentido más amplio, lo que yo llamo un hibrido entre ambas.

El arte literario, siempre amenazado, y que lleva consigo en la mayoría de los casos una carga de trabajo de atenta lectura, es bienvenido, pero, he visto, ahora es atendido por grupos cada vez menos amplios, muy selectos. Para efectos de esta nota, Fuentes Mares es entre otras muchas cosas un historiador. Es un creador de obras literario-históricas o histórico-literarias (híbridos como lo describí arriba), pero también es un literato en el otro sentido que ya expliqué. Me ocupo en esta oportunidad de manera brevísima de la obra literaria de José Fuentes Mares. Por favor permítanme dejar por esta vez de lado lo que ya trataron otros estudiosos que vuelan más alto en la ciencia de Heródoto.

De entre su vasta obra distingo los siguientes textos como ejercicios literarios en el sentido que delimité arriba: Cadenas de Soledad. Novela Selecta para Desesperados (1958) El Crimen de la Villa Alegría (1983) Servidumbre. (1960) Intravagario (1986), una aproximación al subgénero de autobiografía; Algunos cuentos integrantes de Las Mil y Una Noche Mexicanas. Primera Parte (1983) y, Segunda Parte (1984) y Algunas piezas dramáticas (1969).

Me interesa comentar dos novelas: Cadenas de Soledad. Novela Selecta para desesperados (1958) y Servidumbre (1960). Ya habrá otra oportunidad para navegar con mayor profundidad en las restantes.

Cadenas de Soledad es una novela acerca de escasos personajes: Gerardo Fernández, Jesús Fernández, Padre de Gerardo, Carolina Román, la heroína de la novela y Julio Cañera, amigo y polemista de Gerardo. La novela, muy bien estructurada, consta de doce capítulos de extensión aparentemente bien calculada. Su redacción es clausular y muchas veces a parrafadas muy distante de la mayoría de la narrativa de hoy que tiende a la construcción en periodos cortos y generalmente ceñidos a expresiones breves, casi lacónicas. El relato transcurre entre disertaciones morales y polémicas de dos de los protagonistas, aunque conforme van apareciendo cada uno de ellos se suman a una especie navegación profunda sobre el significado de la vida. Gerardo Fernando emigra por motivos ajenos a su voluntad de un pueblo donde transcurre la vida sin grandes conflictos, hacia el espacio chihuahuense, en particular hacia la Sierra Tarahumara con el fin de que su padre, Jesús Fernández preste servicio a una compañía minera instalada en La Bufa. El desaliento sufrido, primero ante la presencia del desierto, imagen triste y despiadada tanto para Gerardo como para su Padre se agrava una vez que alcanzan su destino en la parte más intrincada de la Sierra Madre. El talento descriptivo de Fuentes Mares tiene sus mejores momentos ante la enormidad de los accidentes geográficos de la Sierra y el tránsito hasta ella desde Matehuala a Chihuahua primero y después de la Ciudad de Chihuahua a La Bufa. La vida de aislamiento y el poderío de la vastedad natural se imponen negativamente en el padre de Gerardo, quien, presa de la depresión y la soledad se suicida despeñando en un momento de delirio y desamparo.

Cada uno de los protagonistas, excepto Julio, el amigo un tanto cínico de Gerardo, padecen un tipo de soledad profunda, existencial que con naturalidad, pero con una violencia sorda los empuja al suicidio u otra suerte de fatalidad. En Cadenas de Soledad no hay esperanza. El debate entre la religiosidad, que en este caso es católica pero que pudiera ser de otra guisa y su contraparte el dominio terrenal, expresados en la novela por las dos influencias más poderosas para Gerardo, el Párroco del pueblo y el presidente municipal, no resuelven los problemas filosóficos más profundos que se plantea el protagonista. Las dificultades para encontrar el amor, el enfrentamiento al cinismo de los mecanismos de control, la crudeza del clima y el paisaje, la nada como divisa no llevan sino al desamparo.

En esta novela Fuentes Mares propone algunas ideas que le acompañarán durante todo su trabajo intelectual. La vida es redonda, nos advierte, y también, lo que importan son los hombres, no las doctrinas. Nos perdemos en seguir doctrinas en lugar de entender a los hombres que las crearon y sin olvidarnos de esos hombres quitar la solemnidad que lleva a dogmas y fanatismos. Un día nos daremos cuenta de que tener ideas es una enfermedad, nos comentaba en uno de los prólogos a La Colmena el premio nobel Camilo José Cela, en plena coincidencia con el chihuahuense.

Servidumbre es otra cosa, pero similar con Cadenas de Soledad porque, otra vez, parece ser un pretexto para dejar en claro su filosofía y rebelión ante las servidumbres que nos privan de las posibilidades de una vida plena. Aunque en esta novela anticipa un poco el género que quiso frecuentar en El Crimen de la Villa Alegría, a través de los personajes en conspiraciones internacionales, pero con más éxito que en Servidumbre, en este caso contra Franco y la naciente Segunda Guerra Mundial.

Le debemos a José Fuentes Mares su lealtad a su tierra. A pesar de que fue un gran vendedor de libros, y que su fama no solo se extendió por todo el país, sino que trascendió nuestras fronteras, a diferencia de la mayoría de los intelectuales de entonces y desde Chihuahua mantuvo su prestigio y su grandeza como historiador, escritor e intelectual inquieto. Su apoyo a los intelectuales chihuahuenses (la gran mayoría avecindados en la Ciudad de México) de la generación de 1940 a 1949 se mantuvo constante, así como su generosidad y acompañamiento hasta el final. No hay escritores y creadores del último cuarto del siglo veinte que pueda negar su influencia y que no reconozca su audacia para abrirse camino en un México centralista. Contra viento y marea y sin doblegar su enfoque de la historia y su crítica José Fuentes Mares fue un soplo de frescura para la cultura y la historiografía chihuahuense.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

sábado, 31 de octubre de 2026

Días así / 07


Foto: JChM / 1994

Días así / 07

 

Por Mario Lugo

 

6.     Difuntos niños

 

Hoy recuerdo a nuestros angelitos. Nuestros seres queridos que partieron siendo niños. Recordarlos significa experimentar sentimientos encontrados. La ternura y alegría que nos hicieron sentir; sus risas inolvidables, los descubrimientos que vivimos a través de ellos cuando apenas lograban permanecer sentados, sus primeros pasos o sus palabras que apenas aprendían a balbucear. Y recordamos aquellos y aquellas que lograron sobrevivir más tiempo, sus juegos y la sorpresa de verlos crecer. Lo mejor de la vida. Entonces irrumpió la enfermedad, algún accidente y finalmente el terrible desprendimiento; más bien el desgarramiento inmisericorde y el dolor de la pérdida, el aturdimiento y la depresión en el pecho. Ay el dolor. Yo recuerdo a mi hermanito Benjamín y a mi hermanita Raquel y a mi hermana Cruz que murió ya mayor pero que, no sé por qué, me llega a la memoria solo cuando éramos niños; los tiempos de kinder y primaria cuando llevado de su mano infantil me enseñó sin saberlo la seguridad y plenitud que nos da el cobijo del amor fraternal. De cualquier manera, recordemos con agradecimiento a esos niños porque nos fue permitido disfrutarlos y amarlos. Aunque ese periodo haya sido tan breve. Pongámosles un altar en nuestras almas y depositemos ahí lo que a ellos tanto les gustaba. Ignorante e incierto ante la otredad los saludo con amor y me despido de ellos por esta fecha una vez más.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

jueves, 29 de octubre de 2026

Juanito el Tontito

 

Juanito el Tontito 

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

El aspecto de aquel lugar no podía ser más desolador. Las oleadas de soldados de los diferentes bandos habían destruido literalmente aquella, la que fuera una tranquila villa campirana. Especialmente los bombardeos aéreos la habían convertido en montones de ruinas: el más grande salpicado de fragmentos de cristal de colores, residuo de lo que fueran hermosos vitrales de lo que había sido la Iglesia; otro, un poco más pequeño, era lo que quedaba del palacio de la autoridad civil, y aún otro al que correspondía a la tienda llamada El Almacén. Pero en general, todas las casas y edificios estaban completamente derruidos.

De los edificios sobre la calle principal, uno que había tenido varios pisos, tres o cuatro, el primer piso había sobrevivido de manera que el piso de lo que fuera el segundo nivel era ahora el techo. Debajo vivía Juanito el Tontito. Si hubiera vivido en la capital, los médicos dirían que sufría de una discapacidad intellectual. Si lo hubiera hecho veinte años antes, le hubiera correspondido el epíteto de retrasado mental.

Las viejas del pueblo ‒cuando las había antes de la guerra‒ decían que su condición se debía a que le había faltado oxígeno al nacer, pero alguna no estaba del acuerdo, y era que su madre, Dios la tenga en su Gloria, tomaba y fumaba mucho durante el embarazo.

La madre le había escogido el sonoro nombre de Julio Alejandro, pero como cuando iban a bautizarlo ya no estaba ella, una tía escogió el nombre Juan. Nadie protestó. Ahora tenía doce o trece años, no estaba seguro, y había crecido en la calle. Cuando todavía había gente en la villa, era la lástima de todos. Hoy en día no quedaba nadie ahí para compadecerse de él. En otros tiempos se hubiera pensado que dejado solo por sí mismo no hubiese sobrevivido. Vemos que tal consideración no fue cierta.

Y ahí estaba Juanito el Tontito. Los soldados de uniforme verde olivo no lo mataron porque no lo vieron; los de azul con gris sí lo vieron pero no lo mataron por pura lástima. Y es que había una diferencia entre los dos ejércitos: el verde solo quería aniquilar a su adversario, mientras que el azul-gris quería no solo eso, sino además ocupar la tierra conquistada. Por eso mientras que los verdes dejaban los cadáveres pudriéndose, secándose al sol o siendo pasto de buitres y otros animales, los de azul-gris enterraban los cuerpos ‒sí, en una fosa común, pero los enterraban.

Alguien se preguntará cómo se las arreglaba Juanito para sobrevivir en esas circunstancias.

Pues el Tontito gozaba de algunas brillantes cualidades. Por ejemplo, sabía que aquella puerta, en el piso de lo que fuera la cocina de la casa de doña Carmelina, llevaba a una escalera que descendía al sótano en donde, dispuestos en múltiples estantes, se guardaban frascos con conservas de todo tipo. Aunque más complicado, también se había figurado como rescatar latas de sardinas, localmente llamados portolas, de los exhibidores del almacén. Para abrir las latas había localizado, en la que fue la carpintería de don Anselmo, un martillo y un formón que ahora usaba diestramente para sacar los pececillos de las portolas.

Lo que no podía tener Juanito era compañía de otros seres humanos. Aquel día, cuando estuvieron ahí los soldados de uniforme azul y gris, Juanito se dio cuenta de la lo habían visto y como vio que no le disparaban se dispuso a aproximarse a ellos. No llegó lejos, el soldado más cercano, probablemente un sargento, disparó su metralleta al aire como advertencia; ve y escóndete donde estabas. Juanito entendió perfectamente y volvió a su escondrijo. ¡Qué pena!

Esa tarde, los soldados ya se habían ido, un par de aviones atacaron las calles vacías con cohetes y bombas. Juanito meditaba ¿a quién tratan de matar? ¿A mí? No hay nadie más. Y ¿cuánto cuestan esas bombas? ¿Qué ganan pues? Ni siquiera las ratas que pululaban en el pueblo fueron alcanzadas por las explosiones. ¡Qué desperdicio!

Un par de días después, una ambulancia entró a la villa, por la calle principal llegó hasta donde vivía Juanito el Tontito. Él la vio por la ventana, tenía una gran cruz roja en el costado ‒seguramente en los dos costados‒ además del letrero “International Red Cross “. ¡Fíjate como son, aquellos soldados que se desangraban en esta misma calle y nunca vinieron por ellos, y ahora vienen por ti que estás bueno y sano.”

—Ese es el lugar que nos dijo el sargento. ¡Sí, míralo ahí está! ¡Hey chico ven!

Apenas dicho esto, se oyó el sibilar de un proyectil cohete. Luego la explosión. La ambulancia y sus tripulantes volaron en pedazos. “Han de ver sido los verdes” ‒pensó Juanito.

Cuando llegaron de nuevo los soldados, los de uniformes azul y gris, y examinaban lo que quedó de la ambulancia, Juanito salió de su escondite y se paró detrás de ellos. Sin mirarlo a los ojos el sargento sentenció:

—¡Ni modo hijo! ¡Así son las guerras!

Y se llevaron con ellos a Juanito el Tontito.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

Un encuentro con La Primavera

 

Un encuentro con La Primavera

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Yo era nueva en ese rito. Me encontré en ese grupo porque quise escapar de la rutina. Salí por una grieta y de pronto estaba a las siete de la mañana en una colonia que nada tiene que ver con mi barrio, salvo que en ambos viven seres humanos (eso espero) –todavía recuerdo cuando este paréntesis era solo un recurso estilístico, escribo desde un futuro que quizá ya es presente, o viceversa.

      Pero en este tiempo que reconozco mío, de buena voluntad me integro al grupo, abordamos la camioneta, tomo mi lugar al fondo junto a la ventanilla derecha. Se habla de árboles, de caballos en estampida, de proyectos urbanísticos, de moral y otras especies; yo dormito y escucho, recuerdo a aquel amigo que me invitara al Teatro Degollado para escuchar a la Filarmónica, solía asegurarme de que si en algún momento me durmiera estaría bien, pues así la música entraría en mi subconsciente.

      Igual, yo vine para contestar una pregunta: ¿Qué es la Primavera?, pero luego supe que se trataba de una caminata de poder, una especie de Chamán nos condujo desde que entramos al bosque, al inicio nos sentamos sobre el pasto formando un círculo, nos pidió verbalizar nuestras expectativas del recorrido, alguien comentó sobre una ocasión en algo semejante a esta, en una visita a unas grutas, en la cual se pidió permiso para entrar y permiso para salir; yo me tendí sobre la tierra, cerré los ojos.

El Chamán hizo sonar al viento a través de un caracol algunas veces, se notaba que le costó trabajo, luego nos comentó que fue así porque al parecer estábamos muy cargados todos; en lo que a mí respecta puedo decir que cargaba con la preocupación de estar ahí, pues de algún modo me desprendí del nudo de la rutina, lo cual sin duda hacía una fisura en la vida de todos los días. Avanzamos, pidió a una mujer del grupo que nos diera el lugar que nos tocaría en la línea, ya que avanzaríamos así, en línea recta, uno detrás del otro; él iba al principio de esa figura que formamos, iba agitando una sonaja. En un terreno donde había muchas piedras, nos pidió que tomáramos una y anunció que haríamos algo con ella al llegar arriba, ese “arriba” me decidió a tomar una no demasiado pequeña, por si necesitaba fuerza para llegar, ella me ayudaría.

        Nos detuvimos en un sitio desde el que podían verse, a distancias distintas algunas montañas. Ahí solicitó que nos quedáramos en silencio mirando a alguna de esas montañas, pues una vieja tradición refiere que si miras profundamente algo llegas a formar parte de ese algo, y si acaso tuviésemos alguna pregunta ella sería contestada de alguna forma.

Después de un rato en disfrutamos un viento suave que llenaba nuestros pulmones y movía la vegetación dándonos paz, lo cual escribo pero no es igual a haberlo experimentado. Nos pidió que describiéramos la piedra que habíamos elegido. En ese momento me di cuenta de que la mía tenía el tamaño justo de mi mano, era negra y brillante, filosa en algunas de sus partes y dije, sin temor a que sonara extraño, que creí me daría fuerza por si me hiciera falta para el camino. Una vez que todos nos contaron cosas sobre sus piedras, él dijo que eso que pensamos sobre la piedra es lo que pensamos sobre nosotros mismos. La miro hoy aquí en mi casa, oscura y contundente y no puedo sino sentirme afortunada de tener su forma oscura y elegante que se deja abrazar por los dedos de mis manos.

      Avanzamos otro trecho y encontramos una escalera apenas insinuada en el camino, hecha con ramas y tierra, entonces llegamos ante un roble rodeado de hojas secas, nos sentamos a su alrededor, bajo su sombra, compartimos alimentos que mi amigo y todos sus amigos, gracias a quienes yo estaba ahí, dispusieron para la ocasión.

      Hablamos una vez más sobre el bosque y de nuestra necesidad de belleza que hasta entonces no habíamos reconocido, sino en esos momentos en que cada una de las flores que miramos, cada uno de los árboles, vivos y muertos que nos fue dado ver y tocar, cada una de las plantas que contemplamos y sus olores que perfumaban nuestras manos si las tocábamos, nos hacían parte de esa armonía que también era el viento y la sombra de los árboles, y cómo es que estar en ese momento bajo la sombra del roble nos hacía reconocernos en la humildad de ser otra cosa viva entre cosas vivas.

      Supe entonces qué es la Primavera.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.