Éxodo
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
El doctor Max Stein, ahora retirado después de ejercer
la medicina en aquel pueblito de Baviera por más de cincuenta años, se
entretenía en hojear uno de sus viejos libros, de los que habían sido su fuente
de conocimiento y sostén de su práctica profesional por todo ese tiempo.
Era él un hombre de mediana estatura con un poco de
sobrepeso, el que da la falta de ejercicio, de amplia frente extendida a ambos
lados por entradas de calvicie en evolución. Su nariz semítica denunciaba su
origen; su cabello blanco, su edad. Vestía con una camisa blanca, la que iba
con su traje que ya no usaba, un cinturón delgado que sostenía un pantalón de
lino arrugado. Unos cómodos mocasines completaban su atuendo dejando ver unos
calcetines azules con flores anaranjadas bordadas en ellos.
Corría el año de 1935 y ya se oían cosas terribles, lo
que estaba sucediendo a los judíos en su adorado país. Hasta entonces se había
sentido seguro, principalmente porque era miembro de número del Verband
nationaldeutscher Juden, VnJ, y se consideraba amigo personal de Max Naumann,
el fundador de esa organización. Y como tal había apoyado a los nazis y se
pronunciaba fielmente alemán.
Al frente de su casa, una villita típicamente suaba,
ondeaba una bandera roja con un círculo blanco en el centro y la swástica en
negro. De hecho, años atrás se había convertido al cristianismo y era miembro
de la iglesia católica local. Pero las noticias eran cada vez alarmantes, hacía
unos días, a finales de abril, había llamado por teléfono a Naumann para
comunicarle su creciente aprehensión y este le respondió:
—No te apures. Acabo de escribirle al Führer para
desearle un feliz cumpleaños.
No muy convencido de su seguridad, y un tanto perplejo
por la respuesta de su amigo, dejó sobre su vetusto escritorio el texto de
medicina que habitualmente releía y abrió su Atlas Universal Ilustrado, también
una reliquia de su pasado. No que no supiera donde se encontraba, pero sintió que
debía confirmar que estaba a unos pocos kilómetros del Bodensee, es decir, del
Lago de Constanza, a un paso de Liechtenstein y, mejor aún, de Suiza.
En los meses siguientes, con todo y que oía de aquí y
allá, principalmente de su ama de casa y su jardinero, rumores respecto a lo
que ocurría a lo largo y ancho de Alemania, incluyendo a Baviera, con los
judíos y las gentes con algún parentesco o ascendencia hebraica, no llegaba a
él información de casos concretos, pero era muy aparente que la situación se
deterioraba rápidamente.
Ya para septiembre algo muy grande y monstruoso se
veía venir. Solo cuidar de su jardín y estudiar los mapas del atlas le ayudaba
a permanecer en calma y combatir el miedo.
De eso se ocupaba un día cuando advirtió por la
ventana que el auto de su hija se estacionaba frente a la villa. Minutos
después, Marie Claude entraba a la biblioteca.
Señalando el libro abierto sobre el escritorio dijo:
—Veo que ya te has convencido. Estudias ahora las
rutas de escape. Te lo he venido diciendo. Hay que hacerlo ya. Antes de que
llegue la Gestapo.
—¿Qué sabes, qué hay de nuevo?
—Preparan una gran concentración en Nüremberg,
promulgarán unas leyes infames y se vendrán los arrestos y deportaciones en
masa.
—¿Eso crees?
—¡Estoy segura! ¡completamente segura! Sabes que tengo
acceso a información privilegiada.
—¡Por ese noviecito tuyo!
—Exactamente. Pero no perdamos tiempo, haz tu maleta.
No lleves mucho, solo lo que necesites de diario. La Gestapo debe estar ya
cerca, debemos apresurarnos.
El doctor Stein se encontró a sí mismo como en un
estado disociativo. Llenaba su maleta de ropa sin atender mucho a si de verdad
iba a necesitar tal y cual prenda. Volvió a la biblioteca para recoger su
libro, el que leía todo el tiempo. Miró por la ventana y se le antojó quitar la
bandera nazi del frente de la casa y reemplazarla con una azul con la estrella
de David, pero no había tiempo. Marie Claude le había convencido completamente
de que no había tiempo que perder.
El automóvil aguardaba frente a la villa. De reojo Max
miró la ondeante bandera con la cruz gamada y su preciada residencia: la
villita suaba llena de recuerdos. Desde el carro contempló por última vez su
jardín, al que tanto tiempo había dedicado y que engalanaba la casa con sus
flores alpinas y sus mullidas enredaderas. Marie Claude anunció que un bote
estaba listo para recogerlos a la orilla del lago. Había calculado que era la
ruta más segura, porque evitaba los retenes fronterizos y llegarían
directamente a Suiza.
Una vez en el bote, aunque hubo un momento de pánico
cuando pasó cerca de ellos una lancha rápida tripulada por soldados de la SA,
la wermatch, que afortunadamente no les prestaron ninguna atención, navegaron
sin problemas. Entonces el viejo doctor experimentó una emoción a la que no
estaba acostumbrado, una intensa ira. ¿Cómo era posible que tuvieran que huir
amenazados por aquellos a los que habían ayudado tanto para llegar al poder?
¿Qué no apreciaban que uno prefiriera ser alemán a ser judío? ¿No agradecían
tantos años de servicio, tantas dolencias curadas, tantas vidas salvadas?
Pero pronto tuvo que enfocarse en otras cosas. La
prima Sarah, gracias a las agencias de Marie Claude, ya los esperaba en
Freienbach y de ahí irían a Zürich. Creyendo que su preocupación era de otra
índole, Marie Claude anunció a su padre:
—No tengas miedo, la transferencia de fondos de tu
banco a un banco suizo, se efectuó sin problemas.
—También gracias a tu noviecito.
—Así es.
Ya en Zürich, el doctor y su hija se instalaron en un
departamento a las orillas de la ciudad. Era como lo había pedido Marie Claude,
tenía un jardincito muy a propósito para que el doctor pudiera continuar con su
dedicación al cultivo de flores. “Mi Marie Claude sabe de psicología ‒pensó Max‒, sabe que la
gente que deja todo atrás y se establece en otra parte se deprime, se enferma y
trata de protegerme escogiendo un lugar con jardín para que yo me entretenga y
no me suceda eso”.
Por los siguientes meses los dos parecían haberse
adaptado bien a la vida suburbana. Unos días después de septiembre 15, cuando
se celebró el mitin anual del partido nazi y se promulgaron las leyes racistas
y antisemitas, el doctor se acordó de su viejo amigo. Pensó en llamarlo, pero
no tuvo el valor para hacerlo. Esperaría hasta finales de noviembre. Entonces,
como el departamento no tenía teléfono, pidió a Marie Claude que lo llevara a
algún lugar de donde pudiera hacer su llamada. Ella accedió, sacó del garage su
carrito y tomaron camino. Casi cruzaron toda la ciudad, por lo que el doctor
preguntó:
—¿Por qué tan lejos?
—A pesar de que estamos en Suiza, la Gestapo puede
localizar la llamada y venir por ti.
—Eso es paranoia, ¿no crees?
—Puede ser, pero esto es lo más seguro.
—Otra vez tu noviecito ¿verdad?
—Sí, así es.
Una vez al otro extremo de Zürich, la muchacha detuvo
el auto frente a una tiendita, un letrero anunciaba: Telefonzelle (öffentlicher
Fernsprecher). Entró al lugar y una señora con aspecto de dependiente le señaló
el aparato telefónico. La operadora tardó unos diez minutos para conectar el
número que el doctor le proporcionó. Finalmente:
—Casa del doctor Naumann, ¿cómo le puedo ayudar?
—¿Es Paula, quiero hablar con el doctor?
—¿Es el doctor Stein? Gusto en oírlo, temíamos por
usted. El doctor Naumann está en Berlín y creemos que lo han detenido.
—¿Detenido?
—Sí, arrestado por la SS o la Gestapo. Sabrá usted que
el VnJ fue declarado ilegal y disuelto. Y el periódico clausurado. Creemos que
el doctor está preso en la Columbia Haus y tememos por su vida. No hay forma de
hablar con él. Le prometo que, si no ha pasado lo que nos imaginamos, le haré
saber que usted ha llamado y que está bien.
—¡Qué terrible! Le agradezco la información, ojalá y
mi amigo y mentor salga con bien de esta encrucijada. Usted: ¡cuídese mucho!
Colgó el teléfono. Apenas un año antes habría dicho “Heil
Hitler!” antes de hacerlo. El regreso al departamento fue doloroso. Después de
relatar a su hija lo que había oído de la asistente de su amigo Naumann, el
doctor Stein se quedó mudo, no dijo una sola palabra en todo el camino. A Marie
Claude le pareció que lloraba.
La vida en aquel suburbio de Zürich era tranquila,
pero el doctor vivía con mucho miedo, pensaba que tal vez a Hitler se le
antojaría extender su Anschluss a la Suiza de habla alemana, y que tal vez
debería continuar su exilio hasta los Estados Unidos. Pero también caía en la
cuenta de que ya era viejo, y no tenía caso ir a morir en otra parte. Por otra
parte, Marie Claude y él se habían adaptado bien tanto al departamento como a
la vida en ese lugar.
No fue sino hasta fines de marzo de 1936 que tuvieron
noticias ‒también por medio de aquel misterioso
noviecito de la hija‒ de que Max
Naumann no había permanecido preso sino unas cuantas semanas. “De algo
servirían aquellas felicitaciones a Hitler por sus cumpleaños ‒pensó el doctor‒, bien lo
podrían haber deportado a donde dicen que envían a todos los judíos”. El día
que oyó eso sintió que un gran peso se le quitaba de encima y trabajó con
entusiasmo en su jardín. De cualquier forma, nunca podría hablar de nuevo con
su amigo, quien moriría de cáncer en 1939.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.



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