La
puerta labrada
Por
Rosario Ruiz Morales
1
A
un pueblo remoto de la sierra de Chihuahua llegó a vivir una recién formada
familia. Él originario de San Isidro, Guerrero. Ella de Chihuahua capital. Traían
a su pequeña hijita de mes y medio de edad, nacida también en la capital del estado.
Llegaron
a trabajar en un rancho propiedad de la familia desde épocas remotas, que había
sido adquirido por el abuelo del señor.
Ocuparon
una casa qué con antelación les habían conseguido, pues pensaban permanecer
bastante tiempo en ese lugar. La noche fría de su llegada auguraba una fuerte
nevada, la casa tenía dos calentones y estufa de leña, y a pesar de esto se
sentía lúgubre y fría.
Prepararon
la cena y armaron la cunita de la bebé, pues ya estaba profundamente dormida. Ellos
se entretuvieron hasta altas horas de la noche destapando cajas, guardando
ropa, lo indispensable, cobijas y todo lo que se usaba en climas fríos.
Poco
a poco se fueron adaptando a su nueva vida. Él salía al amanecer a ordenar las
labores de la pizca, pepene y repelente de las papas y maíz, separando los
olotes y rastrojo para los calentones o para comida del ganado. En esos años
eran abundantes las cosechas y se requería de mucha mano de obra para la
rendición de las cosechas.
Todas
estas labores se consideraban normales cuando los termómetros marcaban por lo
general entre 12 o 15 grados centígrados bajo cero durante los meses de enero y
febrero. La candelilla había veces que no dejaba trabajar, pues estaba todo
congelado.
Él
salía a las seis de la mañana y a veces no regresaba a casa hasta el anochecer.
Ella se levantaba a preparar el lonche, a guisar los frijoles en manteca de
puerco, a echar las tortillas de harina; preparaba un guisado de chile vallero
con queso, cebolla, tomate y ajo con todo esto para los burritos de carne con
papas, chorizo con huevo o chile colorado.
Esto
era la rutina diaria. La monotonía y el frío ambiental no permitían hacer otra
cosa, más que estar pegado a la estufa haciendo comida y postres.
Así
duraron cerca de tres años, hasta que llegó otro miembro de la familia.
2
Todo
marchaba en aparente calma, pero se sentía en el aire cierta inquietud. Se
empezó a filtrar el rumor de que los ejidatarios exigirían la ampliación del
ejido, y que requerían las mejores tierras de cultivo para establecer sus
dominios en las tierras de mejor rendimiento de las cosechas
No
se llegó a ningún acuerdo. El rancho fue invadido, sus dueños enfermaron a raíz
de tan terribles atropellos. El lugar quedó solo y deshabitado. Se perdió el trabajo
para muchas personas que se habían esforzado para forjar un gran lugar de
progreso para toda la región.
Después
de estos sucesos y de haber vivido en cuatro casas diferentes, los señores
decidieron comprar un terreno para hacer su casa, y pronto se comenzó la
construcción. Una casa de grandes dimensiones. Los tiempos no eran propicios
como para aventuras a construir una casa de esa magnitud, sobre todo con techo
de lámina recubriendo vigas artísticamente barnizadas y se asemejan a una
cabaña del oeste de los Estados Unidos.
Se
le hizo el recubrimiento de mezcla y pintura por dentro, se pusieron ventanas,
y por último la puerta de madera.
3
La
hermosa puerta la hizo un afamado carpintero del lugar, bellamente labrada. Lamentablemente,
a los tres días de haberla barnizado y terminado, el ebanista falleció. Todo
fue tan repentino, el cambio fue tan rotundo, y la casa sin terminar.
En
una noche de luna llena. La puerta estaba iluminada y se vio la sombra de una
mujer con falda de seda; al caminar se escuchaba el ruido de los pasos y el
taconeo hasta el fondo del pasillo. Hacía seis meses, la señora había perdido a
su madre. La mujer lloró, pensaba que su mamá había venido a despedirse. No se
le vio la cara ni los pies, solo salir del cuarto de enfrente, tapada con un
chal negro cubriéndose el cuello y los hombros, sobre una blusa blanca. Casi
una visión sobrenatural. La señora se desmayo. El señor trató de volverla en sí,
pero no podía dejar de llorar.
Pasaron
algunos días sin novedad, pero los niños escuchaban cadenas en el piso y los
tacones de aguja se habían escuchado por el pasillo. Esto sucedió con mucha
frecuencia, nunca se supo quién era la mujer. Pero una tarde la señora salió a
comprar estambres y apareció una mujer, se dirigió a la señora llamándola por
su nombre completo con sus dos apellidos, cosa que en el pueblo nadie sabía su
nombre de pila, pues solo le llamaban señora Nava.
Le
hablo llamándola de nuevo por su nombre y le dijo estas palabras:
4
Vamos
a su casa y en el camino le cuento algo, pero usted no puede mencionar nada de
esto ni a su esposo. Es muy confidencial.
La
señora Trinidad dejó un encargo para usted conmigo, y solo yo le podré decir de
qué se trata.
5
Pasaron
los años. Los dos esposos regresaron a la capital, a una casa de renta. Un día
la señora iba por la calle cuando de pronto sintió que alguien la miraba
fijamente. Vio una hermosa mujer que le dijo:
―Venga, ya no busque más, la fortuna está aquí.
Señaló
con el dedo, debajo de la ventana. La señora estaba asustada, preguntó a los
vecinos si conocían a la bella mujer, y nadie le supo dar razón.
Se
organizaron con palas, picos, un detector de metales y pronto procedieron a
hacer la investigación en físico. Rentaron una camioneta. Con familiares
cavaron y cavaron hasta el filo de medio día. Les dio hambre. Los hombres le
pidieron comida a la señora, ella noto el ambiente tenso y miradas
inquisitivas, ya la tierra se sentía floja.
Al
volver a seguir cavando, aparecieron unas piedras de grandes proporciones, lo
que impidió seguir escarbando.
Dicen
los conocedores de estos temas paranormales qué cuando los guardianes de los
entierros detectan malas intenciones en quienes acompañan a la persona
designado para recibir el entierro, se transforma en carbón, o se vuelve nada,
el entierro desaparece.
Ellos
se tuvieron que volver para entregar la camioneta, y jamás se volvió a saber
qué sucedió con el supuesto entierro
La
casa se vendió y jamás se supo acerca del famoso regalo. El apoderado jamás
supo nada.
Este
suceso fue real y verídico y fue hace 11 años. En el lugar se encontraron unas
piedras de medidas colosales. Después se supo que la mujer de la tienda de
estambres era una bruja que trataba con temas y seres diabólicos, en ese lugar.
La señora Trinidad si existió y murió sola en su propiedad esperando que sus
hijos fueran a verla antes de morir. Ellos jamás pudieron volver a ver a su
madre.
Rosario Ruiz Morales se inició como escritora en agosto de 2010, cuando entró a un taller literario llamado Para perderle el miedo a la escritura, en Demac. Desde entonces escribe todos los días, como una forma de meditación y de trascendencia.






