La traición del
dragón barbudo
Por Karly S. Aguirre
Yo le decía mi
dragón barbudo de cariño. Tenía una barba escasa, cerdas negras y gruesas
sobresalían de su piel como si fueran espinas de un cactus. Me recordaba a esos
reptiles simpáticos que muchos tienen como mascotas y los comparan con perros
porque son muy vivarachos, dragones barbudos. Su foto de perfil estaba editada
con inteligencia artificial donde la barba se veía abundante, el cabello hasta
los hombros y tenía una expresión en el rostro de chico rudo frunciendo el
ceño, tenía un aire atractivo y sexy. Era la misma fotografía que usaba cuando
comenzamos a salir. Me enamoré de él por esa imagen.
Con el tiempo entendí
que aquella fotografía era una advertencia de todo lo que vendría después. Así
como la imagen no era real, tampoco lo fueron su amor, su lealtad ni la versión
de sí mismo que me mostró.
Las respuestas que me
parecían ingeniosas y brillantes no siempre eran suyas. Muchas veces eran
palabras recicladas de otras mujeres con las que había salido antes y
posiblemente algunas con las que seguía coqueteando. Incluso comenzó a
apropiarse de cosas que yo misma le había contado: datos curiosos sobre
astrología, literatura o arte que después repetía con precisión. Siempre
empezaba de la misma manera:
—Leí en algún lado
que...
Y entonces procedía a
contar algo que yo le había compartido apenas unos días antes.
Ahora entiendo que me
enamoré de su potencial, igual que me enamoré de aquella fotografía. No me
enamoré del Fernando real que conocí en persona, sino de la versión idealizada
que construí en mi mente. Permanecí ahí por lo que imaginaba que podía llegar a
ser, y no por quien realmente era: Un mentiroso patológico que desde el
principio me engañó con todas las mujeres que pudo.
Al inicio de la
relación me sentía segura y amada. Incluso las cosas que después se
convertirían en señales de alarma me parecían virtudes. Tenía varias amigas
mujeres, algo que interpreté como una buena señal. Pensé que era un hombre
capaz de relacionarse con las mujeres desde la amistad, y no únicamente desde
el deseo sexual o el interés romántico. También me sentía elegida y sexy,
porque él había estudiado la licenciatura en la Facultad de Ciencias de la
Cultura Física y trabajaba dando clases de natación, así que estaba rodeado
constantemente de mujeres atractivas, atléticas y con cuerpos hermosos y,
pudiendo elegir entre todas ellas, me había escogido a mí.
Pero no me eligió por
mis sentimientos puros, mi excelentes valores o mi gran personalidad, me eligió
porque yo era ingenua y él sabía que podía manipularme. Mientras me hacía
sentir especial, seguía utilizando aplicaciones de citas. Buscaba mujeres en
redes sociales, repartía likes y era incapaz de dejar de buscar la
atención femenina. Yo bromeaba diciendo que era el "Sigue Morras
3000", porque daba "me gusta" a todas y cada una de las mujeres
que seguía en Instagram. Curiosamente, cuando yo publicaba algo, nunca aparecía
en su feed. Esa era su explicación. Después esa broma dejó de ser
divertida y se lo decía como reclamo: “Maldito sigue morras 3000”.
Descubrí que seguía
buscando a su exnovia cuando ya estaba conmigo. Supe que le había comprado un
microondas con su beca del CONACYT cuando nosotros ya llevábamos varios meses
saliendo. También supe que aprovechó la entrega de ese regalo para verla,
desayunar juntos y reencontrarse íntimamente.
Había más historias,
más mujeres. Una mujer mayor era su favorita, ella andaba cerca de la tercera
edad y ya era madre de tres hijos cercanos a nuestra edad. Y después estaba su
compañera de trabajo, la mujer a la que abrazaba por sorpresa, a la que también
a su pequeño hijo llenaba dulces y regalos, y con la que encontraba excusas
para compartir momentos de una intimidad física dentro del trabajo, sin contar
que todo el mundo ya rumoraba que se traían algo y que pronto me lo harían
saber con fotografías incluidas.
Yo sospechaba de todo
aquello mucho antes de tener evidencias. Durante mucho tiempo me convencí de
que estaba tratando de encontrar la verdad, pero ahora entiendo que la verdad
ya la conocía. Lo que buscaba desesperadamente era estar equivocada y no tener
que admitir que mi dragón barbudo me había traicionado y enfrentarme al dolor y
al duelo que vienen siempre con estas decepciones.
Quería encontrar una
explicación inocente para todo, pero solo encontré una amante tras otra, pues
las amantes son como las cucarachas, una vez que encuentras una, seguramente
hay cien más ocultas que aún no has visto.
Aquellos engaños me
convirtieron, sin que yo lo supiera, en la burla de quién sabe cuántas mujeres.
Muchas de ellas conocían mi existencia porque él me tenía en su foto de perfil
en todas sus redes sociales. Yo estaba ahí, exhibida como la novia oficial, mientras
él seguía buscando unos labios carnosos donde poder remojarla un rato.
Después de que
descubrí todo, él, por supuesto, eligió el papel de víctima. El muy
sinvergüenza me hizo hacerme quedar como la villana frente a sus amigos y su
familia. Publicaba mensajes lastimeros en Facebook, frases sobre el sufrimiento
y la superación personal, como si él fuera quien hubiera salido herido de la
relación. Le convenía controlar la narrativa y usar mis reclamos y mi versión
de cuando finalmente enloquecí para justificarse y asumirse frente a todos como
el ofendido.
Durante los primeros
meses después de la ruptura estuve devastada. Lloré la pérdida de alguien a
quien amé, de alguien que de algún modo había muerto. Pero ahora, un año
después, me siento feliz de haberme librado de aquel lagartijo malvado que poco
a poco me había invadido con su manipulación hasta las entrañas. Porque
mientras intentaba justificar sus mentiras, mientras buscaba explicaciones para
sus contradicciones y me convencía de que yo era el problema, fui perdiéndome a
mí misma. Dejé de cantar. Dejé de leer. Dejé de escribir. Dejé de bailar. Dejé
de reír con esa alegría que se siente nacer desde el estómago. Lo único que me
quedaba era fingir una sonrisa que terminaba por dolerme más que el llanto.
Nunca debí esperar
ser amada por alguien que no se amaba ni siquiera a sí mismo, pues Fernando se
comía la comida que se le caía el piso, como una bestia, siempre se reabría las
costras de las picaduras de mosquito que se rascaba. Me había contado que su
madre nunca le dio palabras ni muestras de cariño cuando era niño y mucho menos
de adulto, eso explicaba lo de buscar a toda costa aprobación femenina. Comer
del suelo era porque se sabía indigno y rascarse las costras porque le gustaba
mantener la herida abierta para poder seguir justificando sus porquerías con
sus malos ratos de la infancia y así seguir siendo una víctima de un modo u
otro.
Mis amigos y mi familia
me arroparon ante aquel dolor tan grande que no le deseo a casi nadie. Algunos
lo comenzaron a llamar Fernaco, y aunque eso al principio me divertía, me di
cuenta que no importa como lo llamen, porque, así como el diablo tiene muchos
nombres, no importa por cuál lo nombre siempre y cuando no le de poder sobre
mí.
Karla Ivonne Sánchez Aguirre estudió en el bachillerato de artes y humanidades Cedart David Alfaro Siqueiros, donde estuvo en el especifico de literatura. Es licenciada en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Actualmente estudia la maestría en mercadotecnia y publicidad. Escribe relatos y crónicas en redes sociales.







