lunes, 8 de junio de 2026

Lampo

 

Lampo

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Invisible al rumor del viento

tu recuerdo se acomoda en la ventana.

Tu recuerdo desliza mi pluma leve

al suspiro pensativo de la tarde.

 

Ante la mente pasas

con mirada de abismo,

lasca de soledad, herida ciega,

huyendo de mis pasos.

 

Bajo un suspiro circula un cielo de palomas

que se estrellan en mi pecho enfebrecido.

 

Me planto en el crucero de todos los caminos

haciendo signos,

escuchando al viento que me trae

tu nombre.

 

Mi verdad se mueve a ciegas,

sin dueño,

anda y desanda la llanura

en busca de un cielo claro y justo.

 

Me ha quedado una espina en la garganta

y resuena su lampo adormecido

en todo lo que digo

y en lo que callo.



Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

domingo, 7 de junio de 2026

La multitud y su sombra


 Diseño gráfico: Marco Benavides

La multitud y su sombra

 

Por Marco Benavides

 

Hay una imagen recurrente en la iconografía del siglo XX que conviene recuperar antes de hablar de cifras: la de la hormiga. En incontables caricaturas, documentales y ensayos de divulgación, la especie humana ha sido representada como una colonia insaciable que se multiplica y que consume cualquier superficie que ocupa. La imagen es eficaz, pero a la vez tramposa. Porque la hormiga no elige dónde construye su montículo, no delibera sobre el futuro del suelo, no ha escrito una constitución. Nosotros sí.

La sobrepoblación no es un fenómeno que se explique simplemente con el conteo de personas. Es, antes que nada, una relación: la que existe entre el número de pobladores en un territorio y la capacidad que ese territorio tiene para sostenerlas con dignidad. Esta distinción determina si estamos hablando de un problema de cantidad o de distribución; de biología o de política; de destino o de decisión.

Los organismos internacionales coinciden en que la población mundial sigue creciendo, aunque a un ritmo más lento que en las décadas de la posguerra. Según las proyecciones más recientes de Naciones Unidas, el planeta alcanzó alrededor de 8.2 mil millones de habitantes en 2024, y podría rozar un máximo de 10.3 mil millones hacia mediados de la década de 2080. Lo que ha cambiado no es solo la velocidad del crecimiento, sino su geografía. Hoy el aumento más pronunciado ocurre en regiones del África subsahariana y en partes de Asia meridional, mientras que Europa, Japón y una franja creciente de América Latina enfrentan el problema inverso: el envejecimiento acelerado de sus poblaciones y la contracción de la natalidad.

Pero el dato más significativo no es el crecimiento rural o el nacional: es la urbanización. Cerca del 57% de la población mundial vive en áreas urbanas, una proporción que no deja de crecer. Megalópolis como Ciudad de México, São Paulo, Lagos, Karachi o Dhaka concentran millones de personas que llegaron buscando lo que el campo no podía ofrecerles: empleo, escuela, hospital, futuro. Lo que encontraron con frecuencia fue una ciudad que tampoco estaba preparada para recibirlas.

Desde una perspectiva ecológica, el crecimiento poblacional ejerce una presión creciente sobre los sistemas naturales. No es solo que más personas necesiten más agua, más tierra cultivable, más energía: es que el modelo de consumo dominante multiplica ese impacto. Para ponerlo en una escala concreta: en los datos recientes del Banco Mundial, las emisiones per cápita de dióxido de carbono rondan las 14 toneladas anuales en Estados Unidos, frente a apenas 0.3 en Burkina Faso. La pregunta no es cuántos somos, sino cómo vivimos y, sobre todo, quién decidió que esa es la única forma de vivir bien.

Desde la perspectiva social, la sobrepoblación revela y agrava las desigualdades existentes. El hacinamiento urbano, los asentamientos informales y la saturación de los servicios de salud no son consecuencias inevitables del crecimiento: son consecuencias de un crecimiento mal gestionado. Hablar de sobrepoblación sin hablar de desigualdad es hablar de los síntomas sin tocar a la enfermedad.

Parece haber una incomodidad que atraviesa cualquier discusión honesta sobre la sobrepoblación: la sospecha de que, detrás de ciertas alarmas demográficas, late un pensamiento que no se atreve a nombrarse. La historia del siglo XX está llena de políticas de control poblacional que, bajo el lenguaje neutro de la planificación familiar, escondían lógicas eugenésicas o coloniales: el fascismo europeo de los años treinta, esterilizaciones forzadas en India durante los setenta, políticas coercitivas en China, campañas de anticoncepción dirigidas selectivamente a comunidades pobres o indígenas en América Latina. Este pasado no anula la legitimidad de hablar sobre demografía, pero obliga a hacerlo con más conciencia de quién habla y a quiénes se señala cuando se dice que somos demasiados.

Los análisis más rigurosos coinciden en que la transición demográfica ocurre de manera casi natural cuando se garantizan ciertas condiciones: acceso universal a la educación, atención médica de calidad y seguridad económica básica. No se necesitan campañas coercitivas. Se necesita justicia.

Mientras algunas regiones deberán generar millones de empleos, escuelas y viviendas para una población joven en expansión, otras tendrán que repensar sus sistemas de pensiones y sus modelos de cuidado para adaptarse a poblaciones cada vez más envejecidas. No existe una solución universal porque no existe un problema universal: existe una constelación de desafíos locales que comparten ciertas lógicas globales.

Las respuestas no pueden reducirse a la aritmética de la reducción. Se trata de construir sociedades capaces de sostener a las personas que ya existen, de distribuir los recursos con más equidad, de planificar las ciudades con más inteligencia y de consumir con responsabilidad. El debate sobre la sobrepoblación es, en el fondo, un debate sobre el tipo de civilización que queremos ser.

La imagen de la hormiga, con la que comenzamos, tiene una virtud a la que quizá no le hacemos suficiente justicia: la hormiga construye. No destruye por placer ni acumula más de lo que puede cargar. Su colectividad tiene una lógica que nosotros, con toda nuestra inteligencia y toda nuestra historia, aún no hemos logrado replicar a escala. Tal vez el problema no es que seamos demasiados. Tal vez el problema consiste en que todavía no hemos aprendido a ser, todos juntos, los suficientes.

 

Dr. Marco Benavides, 7 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

Veneros de los poetas


Veneros de los poetas

 

Por Carlos Gallegos

 

Mápula, la estación donde mataron a don Abraham.

 Sí, era clásico que en cada pueblo hubiera un poeta.

En Chihuahua había uno, gran versificador. Por cierto, trabajaba de agente tránsito y lo ponían a cuidar el semáforo del crucero de Victoria e Independencia. Por eso le decíamos El Poeta del Crucero.

Era de Camargo. Como todos los poetas de pueblo, era medio especial. Se llamaba Ramón Armendáriz. A mí me parecía muy inteligente. Escribía sus versos en La Jeringa, un semanario muy bravo. Su dueño era el licenciado Espinoza. Tenía su oficina cerca de la YMAC.

 Eran tiempos de Óscar Flores. La Jeringa le tiraba mucho. Platicaban que un día le dijo a uno de sus pistoleros: "Oiga, ya está bueno que le empiece a rezar su novenario al licenciado Espinoza". Al otro día amaneció muerto.

Hubo otro, de Parral, el Poeta Olvera. Se llamaba Ramón Olvera Cobos. Delgadito, una varita.

  Excelente versificador, sumamente culto.

En Chihuahua Vivía por la Once, cerca de donde estaba Tránsito, por la botica de Mauro Leos.

Su hijo, Ramón Gerónimo Olvera Neder, igual culto e inteligente, es maestro e investigador en la Facultad de Filosofía y Letras. También escribe prosa y verso.

Su papá se mantenía con dos lápices en la mano.

 También trabajaba en La Jeringa. La hacía de todo.

 Un viernes no le quisieron pagar, y el lunes ya no se presentó.

Para obligarlo a regresar, el licenciado Espinoza, al que le decíamos El Jeringo, en el siguiente número publicó: "Si ven por ahí a un amigo con dos lápices en la mano diciendo que es poeta, no le crean. Bueno pues, créanle, porque es muy buen escritor". Al día siguiente muy temprano estaba en su escritorio. Era muy noble, muy buena gente, muy aficionado al beisbol, fanático de Los Mineros de Parral. Mario de la Torre le decía El Vate.

 En Guerrero hubo otro. Trabajaba en una gasolinería y les decía a los clientes luego de despacharlos: "Hay le va el pilón", y les echaba un chorro en el asiento.

Uno más.

En el Terrero, municipio de Balleza, mi pueblo natal, había otro de esos personajes.

Era conocido como Chú el de Viky, porque así era conocida su mamá.

Chú, porque allá así les decimos a los jesuses.

Yo tenía una hermana muy bonita, la reina del pueblo, de la que estaba enamorado. A ella le decíamos Bola.

Allá la gente es muy satírica, muy traviesa.

Con nosotros vivía otro Chú, Chú Villalobos Campos, un muchacho que quedó huérfano de padre y madre y mi papá lo crío junto con nosotros, como uno más de sus hijos, de acuerdo a una hermosa tradición local.

Yo hasta ya muy grande supe que no era mi hermano.

Un día, mi supuesto hermano le dijo al enamorado: "Oiga, tocayo, Bola también lo quiere. Vaya a verla".

No me va a hacer caso.

Quién quita y sí. Ensille el caballo y arrímese.

¿Y luego?

No, pues bájese, amarre el caballo en el mezquite que está en el patio, enderése bien el sombrero, amárrese el barbiquejo para que el aire no le vaya a volar el sombrero, acérquese a  la puerta del zahuán, péguele unos dos toquidos con el mocho de la cuarta, y si no le abren porque no lo oigan debido al ruido de la borrasca, suénele muy recio a la aldaba.

¿ Y luego?

La Bola vendrá a abrir, ya verá.

¿Y luego qué le digo?

Pues si llega en la mañana, le dice "buenos días. Si llega en la tarde, le  dice buenas tardes". Según la hora en que haya llegado.

¿Y qué más le digo?

Si está haciendo frío o está haciendo calor, le dice: "Ah frío, o ah qué calor".

¿Y luego?

Bueno, pues ya ve que hace poco la Acordada ahorcó a uno aquí cerquita, así que le dice: "Pobrecito del ahorcado".

Como le dijo lo hizo. Nada más que le soltó todo de sopetón, y cuando llegó a lo del ahorcado se acabó el tema y la romántica plática quedó en: "Buenos días o buenas tardes, según la hora en que haya llegado, ah qué frío, ah qué calor, pobrecito del ahorcado".

Luego se volvió a amarrar bien el sombrero, pues se lo había ladeado el aironazo, dio media vuelta, desamarró el caballo, se montó, le dió un cuartazo, le arrimó las espuelas, arrancó, y se perdió en la polvareda.

Mi hermana cerró la puerta entre enojada y asombrada, y luego se soltó llorando: todos la estaban viendo. Le  habían preparado una celada.

El episodio quedó como una anécdota familiar y luego de todo el pueblo, pues la subimos a las redes de entonces, el cuchicheo de oreja a oreja.

Qué de recuerdos le trajiste al Poeta de Mápula.

Gracias.

Saludos.

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

viernes, 5 de junio de 2026

La absorta madrugada nos escoltaba por distancias de espectral arena

 

La absorta madrugada nos escoltaba por distancias de espectral arena

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Íbamos intuyendo las estrellas

y la absorta madrugada

nos escoltaba por distancias de espectral arena

por vellones de hojasen.

Caminábamos

entumecidas de cansancio y frío,

virando hacia lo incierto del desierto

con un cargamento de impaciencia

por beber la noche

en cuencos de excitante cacería.

Y envueltas en silencio como ennegrecidas

ciénagas,

íbamos buscando

olvidar que somos mujeres

cazadas por el tiempo

y el desierto.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

Con la temporada de aguas aún lejana


 Con la temporada de aguas aún lejana

 

Por Carlos Gallegos

 

Con la temporada de aguas aún lejana

Con las nubes flacas

Con el sol tan fuerte

Con el calor a plomo

Con la tierra ardiente

Con el surco estéril

Con las montañas sedientas

Con los aguajes secos

Con las comunidades miserables

Con la ayuda tan lejana

A nuestros hermanos

de la sierra,

a los tarahumares,

a los mestizos,

a los hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos,

a todos

los alcanza y lacera la pobreza

la pobreza ancestral

milenaria

eternal

Solo la Palabra

la fe

la esperanza en Dios

los sustenta cada día

cada mañana

cada cansada tarde

cada noche oscura

Así es por siempre

así ha sido siempre la vida

en nuestra escarpada sierra

tan pobre

tan atrozmente pobre

Pero a la vez tan alta

tan cerca de Dios

que los conforta

y les da fuerza y fe cada día

cada difícil día

en que les renueva

la esperanza en su amor

en el venero inagotable

de su amor

inmarcesible

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

All about Georgie B.


 

All about Georgie B.

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Si mi biblioteca fuera un Congreso, el autor con más escaños sería por mucho Jorge Luis Borges. No solamente por los libros de su autoría (tengo muchos de ellos repetidos hasta en tres versiones), sino por los ensayos y biografías que ha inspirado. Este año han entrado en mi biblioteca dos nuevos representantes: el Álbum Borges de la Pléiade Francesa publicado en su centenario que me regaló mi amigo Diego Arellanes, y la monumental biografía Jorge Luis Borges- Un destino literario del millenial Lucas Adur.

Ignoro si haya una estadística que certifique cuál es el autor latinoamericano que ha inspirado más estudios, tesis, ensayos y biografías. Muchos pensarían que el Gabo, pero yo apuesto a que es Borges. Aunque su vida no fue un derroche de aventuras, quiebres, romances y situaciones límite, Borges sigue inspirando a cientos de ensayistas y biógrafos que saltan a la palestra a decir algo sobre él que suponen nadie ha dicho o a reproducir charlas, entrevistas o conferencias inéditas.

Uno pensaría que a los jóvenes la obra de Borges ya no les dice nada, y de pronto te topas con Lucas Adur, que nació en 1983, tres años antes de la muerte de Georgie y le dedica un mastodonte biográfico de casi 750 páginas.

Entre los ejemplares que más quiero están El humor de Borges y Diálogos esenciales con Jorge Luis Borges que me regaló el gran Roberto Alifano, su amanuense. Estos últimos, editados por Proa, son inconseguibles en México y rescatan riquísimas charlas de Georgie y Alifano.

Un buen punto de partida para un no iniciados es Jorge Luis Borges - Una invitación a su lectura, de José Emilio Pacheco. Borges y los clásicos de Carlos Gamerro (a quien tuve el honor de tener como jurado en el Premio de la Fundación El Libro) destaca por su erudición al hablar de la influencia de Dante, Shakespeare y clásicos grecolatinos en la obra borgeana. Borges en México: un permanente diálogo, de Rafael Olea Franco, que profundiza en la relación de Alfonso Reyes, Rulfo o Juan José Arreola con la obra borgeana.

Destaca por su brutal honestidad En voz de Borges de Waldemar Verdugo Fuentes, en donde Georgie hace afirmaciones que en la era de la inquisición woke serían absolutamente cancelables.

Atípico y sorprendente es Los dos Borges del comunista chileno Volodia Teitelboim, pues bien sabido es que a los marxistas no les cae nada bien Georgie.

Experimental y desafiante El factor Borges de Alan Pauls y sui generis Borges - El laberinto infinito, la novela gráfica escrita por Óscar Pantoja y dibujada por Nicolás Castell. Destaca por sus extraordinarias fotografías el libro de Alejandro Vaccaro (a quien tuve la oportunidad de conocer en la Feria de Buenos Aires).

El grandísimo faltante, el imperdonable ausente es el mastodóntico Borges de Bioy Casares (solo lo tengo en Kindle) y El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, censurado y demandado por la inflexible María Kodama.

Ya les platicaré qué me pareció el de Lucas Adur. Eso sí, el campeón en belleza, ni duda cabe, es el francesito Álbum Borges. Como pieza editorial es insuperable. En fin. Hay muchos más libros que espacio, muchos más libros que vida, y yo aún siento que no he acabado de descubrir a un tal Georgie B.

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

Morir

 

Morir

 

Por Guadalupe Ángeles

 

En algún momento pensó que él podría matarla. ¿Y cómo pensar algo distinto? Se muere de muchas formas: desaparecer como agua en sal, reducirse a la mínima expresión de lo que antes fuimos con gloria.

     Ella le dio todo lo que vino a pedirle y más. ¿Acaso solo por la imagen que les devolvía el espejo? Espejos por todas partes no serían suficientes. Invocar la muerte no hubiera venido al caso si simplemente hubieran escapado. Pero ella era de otra estirpe, solo los simples acuden a la huida, solo los atormentados coleccionan heridas.

     “Imagina la vida sin mí”, le decía su sonrisa que jugaba con matices que iban de la burla a la seducción. Atraer desgracias era muy sencillo entonces. Si era posible atravesar los días escuchando música y nada más, ¿por qué desear beber paisajes insinuados en miradas pretendidamente francas?

      ¿Qué era ese laberinto dibujado en el dorso de su mano?

      Nadie amará de esa manera, nadie nunca con ese fervor. “Ven, leeré en tu mano nuestra desgracia” (parecía decirle con cada abrazo). Ella se dejaba hacer como quien desea morir bajo la lluvia.

      Un antes y un después no era posible, inmersos como estaban en un magma semejante a lava hecho de pena pura por no ser sin fisuras ni tiempo.

       Irse. No. Imposible dejar de ser lo que se era, “¿qué cosa sería sin la luz de nuestra ceguera?”

            Ambos se reconocieron al verse “como cuando el hambre se encuentra con las ganas de comer”, ¿o cómo era? ¿quién fagocita a quién? Ni siquiera fue un fallido cuento de hadas para insomnes. Ella tenía el mar y se lo daría, aun cuando él fingiera negarse a aceptarlo. Dar y recibir, ¿una sonrisa?, ¿una broma de mal gusto? Se trataba sobre todo de sembrar la incógnita. De reír disimulando ver hacia otra parte.

        Ellos reían, se tomaban a broma porque en verdad no había otra posibilidad. Inmolarse a la gracia del instante, a eso estaban llamados, de negarse, una mueca les deformaría el rostro o el dulce sopor de los ansiolíticos los salvaría de sí mismos, de su hambre de vida, en medio de la cual habrían de sucumbir.

       Habitó la danza, cerró los ojos. Y aunque a su alrededor respiraran, todos los demás desaparecieron, solo fue ella y la música, su cuerpo. Incendiarse en esa danza lo era todo, lo que pasara después carece de importancia.

       No hay mucho más qué decir: tener el mar, regalarse, fingir, apenas escenarios posibles, y tras ello, en la base de todo, una única certeza: morir.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.