jueves, 21 de mayo de 2026

La Quinta

 

Diseño: Copilot IA

La Quinta

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

1

En la Ciudad de Chihuahua, algunas mansiones residenciales son conocidas como quintas. Entre las más conocidas y destacadas se encuentran la Quinta Ahumada o Quinta Sisniega, la Quinta Touché, la Quinta Carolina, y por supuesto la más aclamada, joya de la arquitectura Art Nuveau, la Quinta Gameros. Y hubo una Quinta Elena o Quinta Zuloaga. Sin olvidar la Quinta Luz, hogar chihuahuense de Pancho Villa. Hoy estas mansiones son atractivos turísticos, no solo por su indudable valor estético, sino por su significación histórica. No hay que olvidar muchas otras “quintas” situadas a lo largo de la Avenida Zarco y del Paseo Bolívar que también adornan el paisaje urbano.

Un tanto fuera del circuito histórico, había una casona en ruinas que los vecinos llamaban llanamente “La Quinta”. De lejos, la finca conservaba su elegancia, se notaba que había tenido una apariencia señorial que destacaba sobre todas las casas, mucho más modestas, del barrio. ¿Cómo una residencia así había sido construida en medio del casuchas como las que la rodeaban? Pues la explicación era muy sencilla: La Quinta se había construido antes que las casuchas, el constructor y primer dueño pensó que otros construirían palacetes similares vecinos a la quinta. Se había equivocado, pues eso nunca sucedió. La casona estuvo sola por un tiempo y luego se rodeó de las casuchas y vecindades que ahora la circundaban Por su aspecto y abandono, la gente difundía rumores e historias de aparecidos y fantasmas deambulando por sus pasillos y corredores.

JL de la Peňa, quien se decía escritor, pero que era más bien lo que se conoce como free-lance reporter, era un tipo fornido y rubicundo. Nacido en Ciudad Juárez, había pasado allí su niñez y parte de su adolescencia. Siguiendo a su familia emigró a la Ciudad de México, conocida entonces como Distrito Federal, ahí fue alumno de la Prepa 6 en Coyoacán y después estudió periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México. Una vez licenciado y casado con Olga, decidió volver al norte y probar fortuna allá. Poco antes había buscado colocarse en la television, pero ahí en los diferentes noticieros le dijeron lo mismo:

—Tráenos algo, y si es bueno podemos hablar.

No muy conforme dijo a su nueva esposa:

—Un viejo amigo ofrece ayudarme si me voy a Chihuahua.

Y de hecho el amigo le ayudó a establecerse y le presentó a varios personajes del periodismo local. JL se encontró con reacciones mixtas, no tardó en descubrir que su acento chilango producía una reacción negativa en ellos. El relatar que él era nativo de Ciudad Juárez fue necesario muchas veces para atenuar esa reacción. Con todo y esas dificultades ya había logrado colocar uno de sus artículos en una revista nacional y dos o tres más en los diarios locales; fue entonces que oyó hablar de La Quinta. Y mejor aún, de que era esta una casa encantada donde se aparecía una vieja difunta.

—Olguita, creo que encontré la historia que andaba buscando.

—Me alegro, pues solo así es soportable este frío.

—¡Sabrás que en Juárez hace aún más!

—Y ¿de qué se trata? ¿De una casa encantada?

—¡Ay Olguita! ¿Eres adivina?

Una fría mañana de enero, se encaminó a buscar La Quinta, la cual encontró sin dificultad. Le habían dicho: “Solo siga el acueducto colonial y llegará a un lugar desde donde se puede ver.” Ya había comenzado a elaborar el relato en su mente: una historia de aparecidos y de fantasmas. Requería tan solo de unas cuantas entrevistas a los vecinos para cimentar su relato. Pero no fue tan fácil como pensaba, los vecinos parecían repetir todos la misma historia: que una vieja se aparecía, eso era todo, así, sin detalle alguno.

JL siguió buscando y al fin encontró un informante mejor, un tal don Pedro, quien le relataría que la casa había estado abandonada por los últimos quince o veinte años y que antes de eso había sido habitada solo por una anciana que vivía sola y estaba encamada en el segundo piso:

—Por muchos años solo entró a la casa la enfermera que a diario atendía a la vieja. Nadie más —dijo don Pedro.

—¿Y eso? ¿Qué nadie la visitaba?

—Al principio, cuando cayó en cama, una sobrina y una dama de la iglesia venían y hablaban con ella. Después la vieja comenzó con sus acusaciones y hasta ellas dejaron de venir a verla.

—¿Acusaciones?

—Sí, había muchas cosas en la casa. Pinturas, jarrones, floreros, muebles, vasos. Todo fue desapareciendo y la anciana culpaba a sus visitantes, también a sus cuidadoras, que no le duraban, hasta que…

—¿Hasta qué?

—Hasta que llegó la enfermera que le dije. Ella supo cómo manejar a la vieja. Y duró un largo tiempo a su servicio. Cuando veía venir la acusación, salía con algún recurso ingenioso: que ¿dónde está la lámpara que estaba encima del tocador? Que me la llevé para abajo. Que esto y que lo otro… siempre tuvo una respuesta y se fue quedando. A todo esto: ¿por qué se interesa usted en la casa? ¿Quiere comprarla?

—No, soy escritor. Una especie de reportero. Me interesa mucho lo de los aparecidos, lo que se dice por ahí. ¿Qué sabe usted?

—Pues que no hay tales aparecidos. El único, si acaso, sería la vieja…

—¿Ha oído usted que la vieja se aparece?

—No, pero no me extrañaría que lo hiciera, y menos que continuara acusando a visitantes y cuidadores de estarla robando. Esa fue su vida en los últimos años.

Aquella descripción tocó el corazón del escritor/ reportero, haciendo la historia aún más interesante. No podría uno imaginar qué tan terrible sería estar confinado por años a una cama, pensando todo el tiempo que en el piso de abajo alguien se estaba robando todas tus cosas. Y no poder hacer nada sino acusar, y luego que las acusaciones resultaran en que todos lo abandonen a uno. Bueno, todos menos una, y tal vez eso era lo más interesante de la historia, cómo esa persona había capoteado las tormentas una y otra vez. Por otra parte, no resulta extraño que si el espectro de la anciana se aparecía continuara este haciendo lo que ella hacía en vida: acusando a otros de robarla. Sabía nuestro escritor que los aparecidos usualmente continúan efectuando las labores que tenían en vida, así la monjita del Hospital Central y la enfermera del Seguro Social continúan administrando inyecciones en donde fue su último lugar de trabajo.

—¿Y de verdad la estaban robando?

—No lo sé. Cuando murió, la sobrina cerró la casa, se dice que meses después, al abrirla de nuevo para inventariar lo que ahí había y poder venderlo, todo había desaparecido.

—¿Y la enfermera? ¿Qué fue de ella?

—No se sabe de ella.

Habría, pues, que buscar a la dichosa enfermera. Tal como el informante lo había relatado, no sería nada fácil, pues, según lo que concluía, la mujer prácticamente había salido huyendo. Comenzó pues el reportero por lo lo que le pareció más fácil, que era encontrar a la sobrina. Para eso volvió a entrevistar a los vecinos que, como antes, no le supieron decir gran cosa. Debió acudir por eso de nuevo a don Pedro.

—Pues me hubiera preguntado…

—Usted la conoce?

—Claro, ella me contrató cuando cerró la casa. ¿Me contrataría usted ahora para ayudarle a completar su artículo?

—Sería difícil decir que no en estas circunstancias, por supuesto. ¿cuánto me cobraría usted?

—Lo veremos después.

—Por lo pronto quiero que me ayude usted a encontrar a la sobrina de la anciana.

En efecto don Pedro lo guió sin titubeos hasta la persona en cuestión. Era ella una mujer cincuentona que debió de ser muy guapa cuando joven. Llegaron a su casa a muy buena hora, ella descansaba después de comer. Con expresión de sorpresa abrió la puerta. Inmediatamente reconoció a don Pedro:

—Don Pedro, ¿usted por aquí?

Tras una breve presentación, JL comenzó su interrogatorio:

—Al principio, cuando ya no pudo caminar, la visitaba a menudo, pero conforme pasó el tiempo, y una tras otra sus cuidadoras y enfermeras renunciaban, la situación se volvió insufrible: todo e tiempo acusándome de robarle esto y lo otro. Tuve que buscar consejería psicológica. Mi psicóloga recomendó que ya no la viera, me explicó que mi deber era solo ver que nada le faltara; no tenía por qué estar soportando sus constantes acusaciones. Y así lo hice.

Durante los últimos años la vi solo dos o tres veces. Durante ese tiempo, solo me aparecía por ahi para llevar el cheque para Amalia, quien se encargaba de cuidarla y comprar lo que fuera necesario. No crea que no la quería, la decision de no verla en persona, como dijo mi consejera, fue meramente estratégica. Y funcionó, ella vivió machos años más. ¿Cómo es que Amalia pudo aguantarla? la verdad, no lo sé, pero obviamente habíamos encontrado una fórmula que permitió atenderla al tiempo que evitábamos ser abusados por ella.

—¿Podría usted darme la dirección de Amalia?

— Claro.

Tomando un pedazo de papel que estaba sobre el buzón, y sacando una pluma de su regazo, garrapateó en el papel una dirección.

El siguiente paso sería más sencillo, buscar a la enfermera y entrevistarla.

—¿Algo más? —preguntó la dama.

—Bueno, sí, ya que consultó usted a una psicóloga ¿le dió esta una opinión diagnóstica sobre su tía?

—Si lo hizo, me contó que lo que ella tenía era una forma muy común de paranoia. Ella la llamaba pequeña paranoia. Sucede principalmente cuando una persona discapacitada confía en otra, típicamente la hija o la nuera, que recibe su cheque mensual del seguro social y lo deposita en el banco. La persona discapacitada sospecha que la hija o la nuera se embolsa todo o parte del dinero.

Explicaba que la diferencia con la gran paranoia era que los alegatos de la persona tienen elementos de realidad, es decir, la hija o nuera sospechosa de estarse robando los fondos puede en realidad estar haciéndolo. En la gran paranoia, los entes persecutores y agresores son mucho más fantásticos e improbables.

—Ya veo. Muchas gracias.

Durante la entrevista, don Pedro había permanecido parado a un lado, sin decir nada. Al despedirnos, sin embargo, agradeció elocuentemente a la señora el habernos, recibido y hablado con nosotros.

—Ya sabes, cuando se te ofrezca Pedro.

Don Pedro atisbó por encima de mi hombro, y así de lejos, leyó la dirección en el papel.

—Es por el rumbo del Hospital Central, dijo. Vayamos ahora mismo antes de que se haga tarde.

Amalia era una mujer bajita, ya entrada en edad y un poco excedida de peso. Nos recibió con una gran sonrisa, aparentemente ella también recordaba a don Pedro, y nos invitó a pasar a la casa, es decir, a la antesala, donde se abría la puerta de la calle.

—Dígame, ¿en qué puedo servirle?

—¿Usted es la enfermera que atendió a la señora De la Croix?

—¿A doña Matilde, dice usted?

—Sí.

—¿Puedo saber por qué le interesa?

JL, que ya tenía una mejor idea de que es lo que buscaba para escribir por lo menos un artículo y por lo más un libro, expresó su sentir respecto a aquella anciana confinada a su cama en aquel segundo piso mientras que en el resto de la casa los ladrones se llevaban todo lo que podían. En ese momento Amalia le interrumpió:

—No todo el tiempo fue así. Una vez que comencé a trabajar con ella, instalé ahí un aparato de radio. Todas las tardes oíamos las radionovelas. Cuando llegó la televisión, y con ella el Canal Once, me conseguí una pequeña, con antenas de conejo, que se veía bastante bien. Ella se entretenía mucho con esos dramas. En el radio El derecho de nacer y Chucho El Roto y en la tele Gutierritos y otra vez El derecho de nacer.

—Se ve que a usted también le gustaban.

—¡Por supuesto! Pero para ella eran su vida, su oxígeno, por así decirlo.

JL sintió entonces lo que se llama emociones encontradas. Por una parte, su historia de la dama presa en su cama en un segundo piso, sin que nadie le visitara, se diluía, al encontrar que esta había tenido aquellos distractores, que la ayudaron a sobrevivir y por otro lado la curiosa historia de cómo las telenovelas y las radionovelas habían hecho posible cuidar a una enferma imposible.

2
Una ventaja más de haber visitado a la sobrina de doña Matilde fue la de haber conseguido las llaves de la casa, e implícitamente el permiso de visitarla y explorarla. Además, JL no iría solo se hacía acompañar por aquel don Pedro que en cierto momento le había recordado a Sancho Panza haciéndole a él sentirse Don Quijote.

—¡Los gigantes nos aguardan Sancho!

—¡Son molinos! —respondió don Pedro que.

Llegando al la casa costó trabajo, aún con la llave, abrir la puerta. Estaba hinchada por las lluvias y tan desvencijada que era difícil moverla. La ayuda de don Pedro fue invaluable para finalmente poder abrirla. Una vez dentro, JL y su acompañante encontraron un gran salón lleno de basura. Poniendo atención, podía uno ver jeringuillas usadas y ámpulas quebradas por todas partes.

—Los chamacos se meten aquí a hacer sus droguitas.

—¿Droguitas?

—Drogas, pues.

—Pero ¿qué es lo que huele así?

Don Pedro seňaló con el dedo hacia arriba. Un buen número de murciélagos colgaban del techo.
—Eso es lo que huele.
—Ya veo —Dijo escribiendo una rápida anotación en su libreta: “miles de murciélagos“.

JL tenía frente a él aquella imponente escalera pero se resistió al impulso inicial de escalarla, había decidido primero explorer el primer piso. A un costado del gran salón, un elegante arco dejaba ver lo que había sido probablemente la sala de recepciones; al otro lado, el izquierdo para ser precisos, se veían unas bisagras en el marco de una puerta que había desaparecido. Ese
pensó JL debió de haber sido el comedor principal. Por un momento imaginó una mesa enorme rodeada de delicadas sillas. Pero no había nada ahí sino más basura. JL se preguntaba cómo era que una casa cerrada a piedra y lodo podía haber sido primero saqueada y luego atiborrada de basura. Obviamente debía de haber algún acceso por detrás o a un lado de la casa. Por no dejar, preguntó a don Pedro:

—¿Quién habrá dejado tanta basura aquí?

—¿Además de los chamacos droguistas dice?

—Sí.

—Bueno, es que son muchos años.

Además de la escalera había en el salón otro elemento arquitectónico extraordinario: la chimenea. Vista desde la entrada semejaba un altar. No estaba al nivel del piso, sino a medio metro. El hueco de la chimenea se extendía en una especie de banquillo frente a ella. En la parte superior se veían residuos de ornamentos hoy desaparecidos. Se podía uno imaginar el esplendor que tuvo en su día.

Se asomó por las puertas de otros cuartos de la planta baja de la casa:

—Esa debió de ser la cocina, ese una especie de ante comedor, esa una alacena…

Era de notarse que el piso de duela había sobrevivido a los abandonos y abusos que habían destruido el resto del salón.

JL trazaba un croquis del piso inferior mientras lo examinaba. Al concluir su dibujo, caminó hacia la escalera. Antes de subir por ella la contemplaba pensando que su majestuosidad había sobrevivido solo porque los vándalos no habían encontrado una forma de destruirla.

—¡Vamos! —Exclamó.

La planta alta tenía varios cuartos, donde la escalera terminaba había uno más grande que los demás, esa
pensó debe haber sido su recámara. Penetrando al cuarto, para su sorpresa vio la cama. No esperaba encontrarla, ya que en todo el resto de la casa no había un solo mueble. Cubiertas de polvo y telarañas podían advertirse sábanas raídas y un cubrecama igualmente deteriorado.

—¿Cómo es posible que hayan respetado la cama habiéndose llevado o destruido todo lo demás?

—¡Será por las historias! Las mismas que lo han traído a usted aquí.

El tono con el que don Pedro dijo esto, hizo que JL le mirara a los ojos. Cayó en la cuenta de que a pesar de haber andado con él por toda la ciudad haciendo sus averiguaciones y visitas y conversando con él todo el tiempo, no le había puesto ninguna atención a su persona. Solo entonces cayó en la cuenta de la extraña apariencia de su acompañante. Cejas y bigote rojizos, extrañas arrugas en la cara. Una figura delgada, pero correosa, ropas, viejas y sugestivas de haber sido usadas en el trabajo. Pero en ese momento JL recordó la afirmación de don Pedro: “¡No hay tales aparecidos!” Lo que aunado a lo que don Pedro acababa de decir, de pronto hizo que a JL se le ocurriera que tal vez este don Pedro era uno de esos aparecidos, cuya existencia él mismo negara. Mirándolo aún más intensamente, se estremeció.

—¿Le pasa algo? —preguntó don Pedro.

—No, nada, todo está bien.

Sacudiéndose la cabeza como diciéndose, a sí mismo, ¿cómo es posible que tengas esos pensamientos?, JL se dispuso entonces a buscar algo así como una varilla o un palo para levantar las coberturas de la cama y examinar el colchón. Comunicándole esto a don Pedro, este respondió con curiosidad.

—¿Y para qué quiere ver el colchón?

—Solo se me ha ocurrido que como está cubierto se verá como el día en que ella murió o cuando la sacaron de aquí.

Sin esperar a que JL encontrara lo que estaba buscando, don Pedro simplemente jaló las sábanas y la cobija que las cubría y dejó el colchón expuesto. No había nada en especial excepto una estampita con el Santo Niño de Atocha que estaba intacta a pesar de los años bajo aquellas raídas sábanas.

—¿Ves? Valía la pena asomarse.

Razonó entonces, no es un espectro, si lo fuera se espantaría con la estampita. Miró a don Pedro de reojo, pero no pudo advertir ninguna reacción de su parte. De cualquier forma, la curiosidad respecto a don Pedro había surgido, así que su siguiente intervención sentó a JL como anillo al dedo:

—¿Pues qué los escritores no comen?

—Hay una hamburguesería aquí cerca.

En efecto, los dos hombres caminaron unas cuantas cuadras y entraron en un pequeño restaurante y se sentaron en una mesita junto a la ventana. JL decidió abordar su tema políticamente:

—Aprecio muchísimo todo lo que me has ayudado. Y debo agradecerte tu ayuda en mi trabajo, sea este un artículo o un libro. Así que por favor cuéntame tu historia.

—¿Qué quieres saber?

—¿Cómo conociste a estas gentes?

—Bueno, todavía vivía la.vieja cuando conocí a su sobrina, hice unos pequeños servicios para ella.

—¿Alguno de ellos tuvo que ver con doña Matilde?

—Por supuesto.

—¿Y conociste a la vieja?
—Sí. La vi en un par de ocasiones. Recuerdo una en que entré a su cuarto a reparar una ventana y otra para ver dónde estaba una gotera.

—¿Y cómo se veía?

—Muy seria, muy quieta.

—¿Dirías muy enferma?

—No me lo pareció. De hecho cuando me llamaron para ayudar me sorprendió que hubiera muerto. Me tocó cerrar la casa y después me siguieron llamando para esto y para aquello. Hasta que ya no me necesitaron más.

—¿Y conociste a Amalia, la enfermera?

—Sí, pero no la volví a ver desde que murió la vieja. Cuando me hablaron para cerrar la casa, ya no estaba. Tuve la impresión de que había desaparecido, como si hubiera huido.

—¿Y lo del saqueo?, ¿es cierto?

—¡Claro que lo es! Desde que la vieja vivía se decía que tenía una gran fortuna. Cuando murió, muchos se abalanzaron a buscarla.

—¿Era un rumor, o había algo de cierto en lo de su riqueza?

—Por supuesto que era cierto: muchas de esas vecindades que viste rodeando la quinta eran de ella, y era en su día muy dura para cobrar las rentas.

Muy propio, JL escribió en su libreta “alquiler”.

—Y a su muerte ¿su sobrina heredó las vecindades? Digo, ¿las rentas?

—No, un hermano del que nadie sabía salió de la nada. Dicen que vino de Texas, con un testamento muy bien elaborado, vendió todas las vecindades y casas —menos la quinta— y se fue con el dinero. Y dicen que era mucho dinero.

—¿Y la quinta?

—Se dice que le quedó a la sobrina, la que conociste, pero yo lo dudo.

—¿Por qué?

—Si fuera de ella no estaría tan abandonada. Es una verdadera mansión y se le ha dejado morir. Es que ha de ser de otros o de nadie…

—Pero ¿por qué te importa a ti lo que pase con la casa? ¿Por qué rondas al rededor de ella como si fuera cosa tuya?

—Le confesaré que, además de estar enamorado de la casa, lo estuve y mucho de la sobrina. Sí, de la que usted acaba de conocer. Ella nunca lo supo. Siempre me consideró como un fiel sirviente y nada más.

—Pues la verás por lo menos una vez más ahora que vayamos a devolverle las llaves. También necesito hacerle otras preguntas.

3
La segunda entrevista con la sobrina fue un poco más tensa, pues las preguntas de JL eran más personales.

—En efecto, la casa La Quinta no pudo ser vendida tan rápidamente como los “departamentos“ ‒las vecindades y el tío estaba, por alguna razón, muy ansioso de volver a San Antonio. Uno de los problemas era que la quinta aparecía registrada en catastro bajo los nombres de varios copropietarios además de la Tía Matilde entre ellos el mío. Entonces entre todos ofrecimos al tío quien no le había simpatizado a ninguno de nosotros una pequeña suma por su parte, la cual refunfuňando aceptó.

—Y ¿qué ha sido del tío?

—Nunca volvimos a oír de él.

—¿Cómo es que han dejado deteriorarse tanto una mansión señorial como esa?

—Para serle franca, primero tuvo que ver con ese mismo tío incómodo. Ya que le habíamos dado el dinero, pensamos que era importante esperar para arreglar la casa, no fuera que el tío, viéndola reparada y reluciente, se arrepintiera y quisiera sacarnos más dinero. Después, la prima que trabajaba en bienes raíces nos aconsejó no invertir en la quinta, puesto que esta estaba rodeada de viviendas de muy poco valor, y que cualquier cosa que hiciéramos por la quinta iba a perder valor debido a sus vecinos pobres. Y luego fuimos dejando pasar el tiempo.

—Gracias por su franqueza.

—Espero que no dirá usted esto en su libro, bueno, sí, dígalo. Después de todo es la pura verdad. Para terminar le contaré que no hace mucho hubo algún interés en la casa. Se dice que Infonavit iba a comprar todos los terrenos y viviendas que rodean la quinta para construir allí una colonia moderna de las que ya abundan en la ciudad. Se dijo entonces que querían conservar la quinta, restaurarla y poner ahí un centro cultural. No he vuelto a oír de ese proyecto.

JL, como buen periodista, había advertido los cambios de coloración en el rostro de la sobrina, yendo desde un blanco pálido hasta un rojo que indicaba su disgusto. Con todo, JL veía su historia ser cada vez más humana pero menos fantasmal y menos interesante.

—¿Algo más?

—¿Era doña Matilde devota del Santo Niño de Atocha?

—No lo sé. ¿Por qué lo pregunta?

JL le contó lo de su hallazgo. La sobrina parecía extrañada y comentó:

—Dicen que tiempo atrás fue muy de la Iglesia. Pero al revés de lo que pasa con muchas personas de edad, ella se fue alejando de esas cosas. Amalia la oyó decir que los curas solo andaban tras de su dinero.

—Lo que concuerda con lo de las acusaciones que se dice que ella hacía de todo mundo.

—No es que se diga, ¡Vaya si las hacía! Tal vez Amalia le pueda decir de donde salió la estampita. Para mí es un misterio más respecto a la tía.

—¿Un misterio más?

—Sí, se sabe en la familia que era ella muy sociable de joven. Amante de fiestas, con muchos amigos. ¿Cómo es que después se volvió uraña y hostil? ¿Qué le pasó?

—¿Tuvo otros hermanos además del que apareció para llevarse la herencia?

—Por supuesto, en su tiempo las familias eran grandes. Creo que tuvo cuatro hermanos y cinco hermanas.

—Cuénteme y dígame cómo se relaciona esa multitud con ella y con la quinta.

—Como las otras quintas famosas en el centro de Chihuahua, fue construida a finales del porfiriato. Como usted ya lo sabe el constructor original creyó que, al terminarla, muchos otros del mismo nivel construirían también en ese barrio. Pero eso no sucedió y la quinta se alzó solitaria por algún tiempo. Después se vino la revolución, las quintas del Centro eran ocupadas por los revolucionarios. Unos fueron villistas, otros orozquistas, otros carrancistas, ¡qué se yo!, pero la nuestra alguna vez sirvió de caballeriza de alguno de los ejércitos que pasaron por la ciudad. Una ventaja de su ubicación fuera del centro de la acción. Justo entonces mi abuelo padre de la tía Matilde, de mi mamá, del tío incómodo y de los otros la compró. Tenía él la misma esperanza del constructor de que la quinta se rodeara de otras quintas iguales. Ahí crecieron los nueve o diez hijos, mis tíos y tías. Se dice que fueron felices. Conforme a que fueron creciendo se fueron yendo. Mi mama, por ejemplo, se casó y se fue a Saltillo. Entre tanto los abuelos murieron y al final quedaron solo las tías Anita y Matilde en la casa. A mi me tocó conocer a la tía Anita, un alma de Dios. Murió ya grande y soltera. Matilde quedó sola y como se ha usted ya enterado se hizo de un complejo de casas y vecindades. Del tío que apareció de la nada armado de un testamento ni yo ni mis primos sabíamos nada. Todos lo dábamos por muerto. Esa es en una cápsula la historia.

—Dice usted que su tía Anita fue un alma de Dios, ¿qué me puede decir de Matilde?

—No creo que de por sí haya sido mala, Dura sí. Imagino usted lo que es lidiar con personas como las que habitan en las vecindades. ¡O pagas la renta mensual o te vas! Yo tuve muy poco que ver con ella hasta que ocurrió el accidente. Ya vió usted la gran escalera de la quinta, pues tía Matilde la subía y bajaba sin ninguna dificultad hasta diez veces al día. De pronto se cae en un escaloncito miserable en el patio de atrás. Resultó con fracturas imposibles de sanar y por casi veinte años estuvo en la cama. Lo demás usted ya lo sabe.

—Y ¿quién se encargaba, por ejemplo, de mantener las viviendas, de cobrar las rentas?

—Bueno, mantenimiento como tal nunca se les dio. Las rentas las cobraba un rufián que ella había sacado de la cárcel y que le era muy fiel. Se alojaba en un cuartucho miserable que ella le proporcionó y en donde vivió hasta que el tío incómodo lo echó.

—Y ¿sabe usted qué fue de él?

—Por ahí debe andar. Pero dígame ¿cómo va su libro?

Por no reconocer ante ella que se encontraba en un impassé, masculló algo sobre que todavía estaba recolectando datos. Entonces se le ocurrió a ella:

—Me decía que su interés por la casa comenzó cuando oyó usted las historias de aparecidos que circulaban en torno a la casa. ¿Ha usted interrogado a la Niña Chita? Es la única persona a quien le he oído decir que la tía Matilde anda por la casa.

—¿La Niña Chita?

—Sí, le dicen así porque nunca creció. Su edad mental es como de diez años. Pero ella asegura que la tía Matilde le gritó desde la ventana del segundo piso cuando ella cortaba unas manzanas del árbol que estaba en el patio de atrás de la casa.

—¿Después de que había muerto?

—Creo que sí. O al menos así lo creen quienes repiten la historia.

Después de todo tal vez JL tendría su historia de aparecidos.

4
No fue difícil encontrar a la Niña Chita. Vivía con su madre en uno de los cuartuchos de una de las vecindades que habían pertenecido a Matilde. La madre recibió a JL y a Olga, que había aceptado ir con él. Ahí los alcanzó don Pedro justo cuando la madre de Niña Chita les advertía:

—Nomás no me la alboroten mucho, o yo pagaré las consecuencias. Tendré que apaciguarla después.

Y gritó:

—¡Chita, te buscan aquí!

—¿Qué quieren?

JL, en tono dulzón, preguntó a la joven, quien lucía un cabello trenzado adornado von un listón rojo y un vestido azul claro con manchas de comida:

—¿Así que tú has visto a doña Matilde?

—¿ A quién?

—A la señora de La Quinta.

—Ah sí. Se enojó porque corté manzanas. Y me gritó.

—¿Qué te gritó?

—¡Ladrona! Deja mis manzanas, están verdes.

—¿Y tú, qué hiciste?

—Me asusté mucho.

—¿Por qué?

—¿Pos qué no saben que ella está muerta?

Le pidió entonces a la madre de Niña Chita que la dejara ir con don Pedro, Olga y él mismo a la quinta abandonada. A la vista de un billetito que JL le mostró, la mujer aceptó sonriente y ofreció ir también con ellos. El patio era fácil de acceder, por un callejón al lado de la casa. Ahí en el fondo se veía el manzano y ahí arriba la ventana del cuarto de Matilde.

—¡Mírenla, ahí está! —gritó la Niña Chita.

—¡Ya la ví! —dijo la madre.

—¿Dónde? —preguntó JL.

—No veo nada, no hay nada —terció don Pedro. Olga dijo lo mismo.

En efecto el cristal sucio de la ventana hacia parecer que había un rostro detrás de él. Mirando con atención, sin embargo, el efecto desaparecía.

—Pero tú dices que te gritó.

—Sí, me llamó ladrona. Salí corriendo y dejé las manzanas ahí tiradas.

La historia de aparecidos, a pesar de la confirmación por la Niña Chita, se hacía cada vez menos atractiva: la voz acusadora de ultratumba defendía unas manzanas verdes. Pero una nueva interrogante surgió en su mente: la quinta era muy grande y parecía haber tenido jardines, tanto al frente como en la parte de atrás donde estaba el manzano, no era de pensarse que una anciana inválida o su enfermera se encargaran de todo aquello. Nuevamente don Pedro debía tener las respuestas:

—Si, claro. Del jardín se encargaba el Mario, de la limpieza de la casa la Belinda. Para cosas mayores, como ya le he dicho, me llamaban a mí.

Amalia, don Pedro, el Mario, la Belinda y el rufián que cobraba las rentas, ya era aquello un pequeño ejército, y aunque Matilde no los viera de rutina, el aspecto “soledad “ que inicialmente parecía ser esencial para el relato estaba poco menos que superado. De cualquier forma debería de investigar más:

—Dígame Pedro, ¿quién se encargaba de pagarle a esos ayudantes?

—Amalia estaba a cargo de todo.

—Y me imagino que cuando Matilde comenzaba con sus acusaciones, la primera en la lista era ella.

—Sí y no, La parte más dura la sufrieron las primeras enfermeras y cuidadoras, las que estuvieron antes de Amalia. Parece ser que Amalia encontró una forma de capotear las acusaciones, y por eso pudo permanecer en su puesto por un largo tiempo.

—Y, aquí entre nos, los robos, particularmente cuando ella murió, ¿cree usted que el Mario o la Belinda hayan tomado parte en ellos?

—Pudiera ser, pero no lo creo. Los ladrones fueron los amargados arrendatarios y otros pillos de la vecindad. Sabrá usted que alguno de ellos hasta alardeó de lo que se había llevado.

—De cualquier forma ¿cree usted que podemos encontrar al Mario para entrevistarlo?

—No lo creo. Él murió atropellado hace algunos años. Pero no sé como es que se me había pasado decirle será porque lo oí solo una vez y de plano no lo creí uno de los cuentos de aparecidos dice que el Mario ronda por el primer piso de la casa.

—¡Ay Pedro! Clarito me dijiste que no había tales aparecidos.

—Perdóneme por favor. Nunca me acordé del Mario.

Con toda esa información, JL sintió que debería volver a la casa, de noche y esperar a ver algo.

—Por no haberlo recordado antes, ahora tendrás que esperarlo conmigo en la noche.

—Si usted quiere perder así el tiempo…

Bien abrigados, pues las noches de enero en Chihuahua suelen ser frías, don Pedro y JL se aproximaron a la quinta y avanzaron por el mismo callejón que habían utilizado cuando fueron a ver el manzano y la ventana con la Niña Chita. El sol ya se ponía tiñendo el horizonte de unos rojos y violetas que solo aquí se encuentran. Y como el reportero lo había pensado, o, más bien intuído, encontraron la puerta lateral, la que usaban los muchachos droguistas. No tan atorada como la puerta principal lateral, estaba solo como recargada en su marco y se abrió con facilidad.

—Hubiéramos entrado por aquí la primera vez —dijo don Pedro.

—No amigo; cada cosa a su tiempo: la puerta principal para inspeccionar la casa, la lateral para cazar fantasmas.

—¿Y cómo los cazaremos?

—Es un decir. Primero tenemos que verlos, confirmar que existen.

Estaban por cruzar el umbral cuando don Pedro tocó el hombro de JL y señaló con su otra mano una ventana en el segundo piso situada arriba de la puerta por la que se disponían a pasar. Cientos de murciélagos salían por ella.

—¿Qué le parece?

—Un detalle tenebroso para mi relato, gracias por llamarme la atención acerca de ellos.

Procedieron entonces a entrar. JL sacó de una mochila que llevaba dos lámparas de mano y pasó una de ellas a don Pedro. Notando su curiosidad con respecto al contenido de la mochila, dijo:

—Y traigo algunas otras cositas que seguramente nos servirán durante la noche.

Por lo pronto sacó una lámpara más grande y apagó su linterna de mano. Llegando al salón, sacó de la mochila un par de cojines inflables y fue a colocarlos en el descansillo de la chimenea. Se sentó en uno de ellos asegurándose de tener desde ahí una visión clara de la escalera y de la puerta de la recámara principal. Encendió entonces un cigarrillo—sabía que no debía fumar y menos ahí, pero sintió que hacerlo iba bien con su papel de cazador de fantasmas. Don Pedro estaba muy impresionado por estas acciones ritualísticas.

—Y a esperar.

Por su parte don Pedro traía un bultito que pronto desató, contenía sándwiches de queso y salchicha y le ofreció uno a JL.

Serían las diez de la noche, JL ya no esperaba encontrar nada. Pero algo pasó: una lucecita primero y luego la luz de la recámara vista a través de la puerta abierta al final de la escalera pareció encenderse. Entonces la luz se apagó. Emocionado visiblemente, JL comentó:

—Ya ves, valió la pena, algo pasa en esta casa.

Don Pedro no pareció inmutarse, su pragmatismo tenía a mano una explicación:

—Los muchachos que se meten han de haber puesto un “diablito” para tener luz, pero al llegar a la puerta se dieron cuenta de que nosotros estábamos aquí y mejor se fueron.

—Y entonces desconectaron el diablito, ¿para qué?

—¡Pues nomás para fregarnos!

Ante tal razonamiento JL decidió no responder, solo tomó su libreta y escribió algo en ella. Como a las once y media hubo ruidos que sugirieron a los cazadores de fantasmas que no estaban solos.

—¿Y eso?

—Son las ratas, hacen sus nidos en lugares como este.

Aceptando la explicación de don Pedro respecto al origen de los ruidos recordó una historia que había oído cuando vivía en México: en una vieja casa de la Colonia del Valle donde vivían un anciano y sus hijas, después de la muerte del mismo se oía como que alguien subía la escalera, caminaba por el balconcito y penetraba al cuarto del viejo, tanto la puerta del comedor como la del cuarto permanecían cerradas pero se oía como que se abrían y cerraban. Un nieto intentó ponerse en el paso del fantasma pero este, o el ruido de sus pasos subiendo la escalera, pasó a través de él sin inmutarse. Los ruidos en la quinta no eran así de precisos, don Pedro tiene razón, eran las ratas.

Por varias noches los dos hombres soportaron las inclemencias del gran salón abandonado y lleno de basura. Como a la cuarta noche, JL decidió cambiar de lugar y esperar en la recámara. El resultado fue el mismo. Nada. No hubo más luces, solo ruido de ratas y murciélagos.

A este punto, Olga le pidió que no fuera esa noche, que era la de su aniversario de boda. Dos días después no pudo encontrar a su compañero y se aventuró a ir solo. Entró al salón y esperó ahí un par de horas entonces decidió ir a la recámara. Iba a la mitad de la escalera cuando la vio parada al final de la misma. No era una figura clara, tampoco una sombra porque podía distinguir sus facciones. Era pues una aparición. De pronto la silueta habló:

—¿Vienes a devolverme lo que me has robado?

—No te he robado nada —respondió JL muerto de miedo.

—¡Todos me han robado!

—Yo no.

—Entonces ¿qué quieres?

—Solo saber de ti. Si es cierto que sigues aquí en tu casa.

—¿Dónde más podría estar?

Ya no se le ocurrió a JL qué más preguntarle a la aparición. Subió un escalón más y Matilde o lo que haya sido desapareció. Esperó un poco y decidió ir a casa. Olga le recibió con una sonrisa:

— Llegas temprano.

—¡Me habló!

—¿La muerta?
—Sí.

Más tarde apareció don Pedro. Al contarle lo sucedido, se rascó la cabeza y como meditando profundamente lo que iba a decir afirmó:

—Son las consecuencias de no dormir, comer mal y desear demasiado que algo pase.

—Ahora eres psiquiatra pues.

—Vayamos esta noche. Puede ser que la veamos otra vez.

No solo esa noche sino todas las noches de esa semana Matilde o su espectro no apareció. JL llegó a pensar que don Pedro tenía razón, la aparición había sido fruto del cansancio y de su imaginación. Habla escuchado lo que quería escuchar. Lo peor era que al ponerlo por escrito resultaba insulso o por lo menos poco creíble. Toda la secuencia parecía ser como la escena de la Niña Chita: todo un ente ultramundano reclamando el hurto de unas cuantas manzanas verdes. ¡Qué pena pues! Solo entonces se le ocurrió que había más que pensar y decir de los muertos cuando estaban vivos y de los vivos que de las sombras que dejaban detrás.

Y escribió JL en su pieza literaria que habría de ser premiada en un concurso nacional:

“Fue pues Matilde una mujer que pasó de ser alegre y bailadora a amargada y paralítica: condenada a ser un espectro protector de nimiedades y manzanas verdes.” Y en su parte central: “…aquel espectro a mitad de la escalera era verdaderamente aterrador… “ y en un párrafo final decía: “…y tal vez don Pedro haya tenido razón de que todo aquello hubiera sido producto de mi imaginación…”

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.