lunes, 18 de marzo de 2019

Ivette Royval. Traición

Traición

Por Ivette Royval

You have killed me, you have killed me!
―Morrissey

Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía.

¡Es vulgar es la traición!
La más ingrata de las cobardías,
la cicuta que se confunde con el néctar.
Fui demasiado estúpida
y no quise ver a las hienas 
que ahora me escarnecen.
Un montón de hipócritas
bajo el velo de la amistad.
Hubiera sido mejor permanecer en mi aislamiento
y seguir siendo una marginada,
a estar rodeada de pusilánimes
que solo me han hecho sufrir.
Ya no me impresionan sus afanes altruistas,
ni sus buenas intenciones
Es solo una pantalla del más feroz
egocentrismo

¡Falsos redentores
yo nunca necesité que me salvaran!



Ivette Royval fue licenciada en administración financiera por el Tec de Monterrey, pero nunca ejerció. Desde joven le apasionó la literatura y por esa razón cursó un semestre de letras españolas en la facultad de Filosofía y Letras, estudios que abandonó por motivos personales. Texto suyos están publicados en algunas revistas digitales.

domingo, 17 de marzo de 2019

Sally Ochoa. La Casita

La Casita

Por Sally Ochoa

Margarita dejó la cubeta de diez litros sobre el suelo; con la mano izquierda se masajeó el hombro derecho para disminuir el dolor que desde hacía días le punzaba justo por debajo del omóplato. Era como sí un gusano le mordiera las terminales nerviosas que se incrustaban entre los huesos viejos y porosos.
También le dolían las muñecas y las palmas de las manos, pero eso era –aseguraba– por los muchos años que cargaba sobre la espalda, aunque algunos juraban que era por el agua que había tomado hacía muchos años atrás de uno de los pozos que estaba allá por las faldas del cerro.
“Estaba contaminada con arsénico –decían– y hubo mucha gente que se murió por eso”, recordaba Margarita.
Levantó la cubeta de nuevo y sintió el aguijonazo del dolor cuando el aro metálico presionó las lesiones que se elevaban como cráteres sobre la piel marchita de las palmas de las manos. Quizá eso sí era a causa del arsénico –meditaba en el silencio de la madrugada– porque le salieron casi al mismo tiempo que otras personas enfermaron; ella tuvo suerte, porque los cráteres solo le ocasionaban dolor al tacto y le supuraba de vez en cuando una sustancia amarillenta y espesa que olía como a queso podrido. Los otros se murieron.
Mientras caminaba hacia su casa, Margarita recordaba que habían pasado ya más de 12 años de eso y que se había formado un gran alboroto que duró lo mismo que un ventarrón de marzo. Hasta el pueblo llegaron ingenieros, químicos y médicos que atiborraron de suero oral a la gente que gritaba en las madrugadas a causa de los intensos retortijones estomacales y la diarrea, gracias a lo cual algunos salvaron la vida porque lograron expulsar el veneno.
El secreto de la enfermedad quedó escondido entre los pastizales, las rocas y los encinos belloteros de La Casita, allá en la zona rural del municipio de Chihuahua a casi 60 kilómetros de la capital.
La muerte fue sepultada en el pozo y cubierta con maderas y alambres de púas en un ingenuo intento por evitar que volviera. Pero sus lamentos, junto con su recuerdo, seguían emergiendo a pesar de los años, de los sobres de suero oral y de la apertura de nuevos pozos. Ahora, con la sequía, eran cada vez más fuertes.
Margarita llegó al final del camino y miró a Martín, que la esperaba en la puerta de la casa; tenía ya 72 años cumplidos y su cuerpo estaba marchito, pero ella lo seguía mirando igual de hombre que antes, cuando lo conoció en una fiesta allá en El Valle y se enamoró de él de principio a fin.
Martín iba acompañado de su hermano Manuel, que era un “caradura” que se había robado a una muchacha indígena de la que solo sabían que se llamaba Justina y venía de la sierra, de un pueblo llamado San Luis de Majimache, allá por el rumbo de Creel. De allí en más, no sabían nada de ella, excepto que le gustaban las calabazas y soñaba con tener una casa blanca. Margarita había sabido de ellos en años.
Apoyado en un bastón, Martín fue a su encuentro logrando avanzar apenas un par de pasos porque tenía sus propios volcanes en las plantas de los pies, que apenas le permitían caminar o hacer alguna actividad cotidiana en la casa o en el campo. Las articulaciones también le dolían a causa de las protuberancias que le limitaban el movimiento, al igual que las ampollas, que por más de una década le habían cubierto la piel de las piernas y los antebrazos.
A veces hubiese preferido ser del grupo de los muertos, porque la vida se le había vuelto demasiado complicada. Él y Margarita se dieron cuenta que el agua era la culpable de los vómitos, diarreas, mareos y erupciones en la piel que atacaban a la población como un bicho feroz y dejaron de consumir el agua, lo que les salvó la vida. Sin embargo las ampollas, manchas, dolores, y granos en manos y pies, permanecían como prueba viviente de un “error humano”.
En un principio los granos que ambos tenían en sus manos fueron quemados por los médicos, pero más tardaron en sanar las heridas de las quemaduras y olvidar el dolor que aquellos en volver. Igual que la rabia al recordar que el agua del pozo no contenía arsénico de manera natural, sino que alguien, al realizar trabajos de exploración en búsqueda de más agua, contaminó el líquido que había al utilizar una especie de hielo seco que contenía arsénico.
―Nunca le avisaron a la gente que el agua estaba contaminada y así la bebimos todos ―pensaba Margarita en voz alta, con palabras llenas de dolor, frustración y un coraje envejecido junto con ella misma.
Martín se sentó de nuevo en el banco de madera que aún permanecía bajo el encino que plantó su padre; recordó que, después de tantos años de la clausura del pozo, ahora querían reabrirlo para asegurarse que el agua no estuviera contaminada, porque de ser así –decían– podría utilizarse para dar de beber a las vacas que se estaban muriendo de sed.
―Nos estamos acabando el mundo ―pensaba, también en esa costumbre loca de pensar en voz alta que se desarrolla cuando la soledad es mucha, mientras arrancaba un pedazo de corteza al tronco del encino que se había ido poniendo gris al paso de los años igual que los hombres y las mujeres que se hacían viejos y que padecían –como los árboles– la escasez de agua y las enfermedades. ¿Sería así con todos los árboles y en todos los lugares?
Margarita se sentó a su lado; le tomó la mano y le miró la palma callosa; una lágrima rebelde se le escapó del ojo izquierdo mientras intentaba disimular la amargura que le escurría entre los surcos de su piel arrugada.
―Las enfermedades están volviendo ―dijo con voz apenas audible―; hay muchos niños llenos de lombrices, otros nacen con la cabeza deforme; y los viejos, esos nos morimos de dolor y de abandono.
Martín tomó la cabeza canosa de su mujer y la colocó sobre su propio hombro. Cerró los ojos y soñó que en algún otro lado había una fiesta, a un costado del río donde se bebía agua clara y las sandías pintaban de rojo los labios de los niños.
Febrero 2013

 
Sally Ochoa es licenciada en filosofía y maestra en periodismo, graduada de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Tiene una trayectoria de 18 años en medios de comunicación, ha trabajado en radio, televisión, medios digitales e impresos. Además de sus textos impresos, su obra poética y narrativa, ha sido publicada en revistas digitales: Mujer Latina Today, Escritoras Mexicanas, La Conexión USA y Revista Monolito, entre otras. Es autora de los libros: Entre las sombras, Los ojos de la luna, Lágrimas de barro, Flores de un paraíso perdido, El canto de las brujas, Valkiria, Alas robadas y Sobreviviente.

sábado, 16 de marzo de 2019

Cine Lasc. Europa 51

Cine Lasc. Europa 51

Por Esteban Lascano

Europa 51. Película italiana de 1952, dirigida por Roberto Rosellini. Trata de la vida de Irene Girard, una mujer de clase alta que vivía con su esposo y su hijo Michel en un apartamento elegante. Un día, llegando tarde del trabajo por el tráfico generado por las huelgas, invitan a cenar a unos parientes y amigos, entre ellos el primo de su marido, Andrea, un periodista, que opinaba que no habría guerra, porque en el mundo, pensaba él, eran más los que deseaban la paz.
El hijo, Michel, estaba un poco retraído; hacía seis meses que no tenía a su niñera, y estaba con un maestro que no le gustaba. Era un niño muy sensible y por eso no lo llevaban a la escuela. Sentía que nunca había convivido bien con su madre ni con su padre, quien había ido a la guerra, y durante la que él, y su madre vivieron en Londres. Quería hablar todo con su madre; le preguntaba que donde había estado, que como le había ido. Tenía una gran personalidad, pero su madre le dice que esas cosas no se le preguntan a una madre. Ese día le regala Andrea un tren de juguete, que él agradece. Pero dice que le duele mucho el estómago y se siente mal.
Entonces se cae por la escalera, se fractura la pelvis. Lo va a ver su madre, que le recuerda cosas de cuando vivían juntos en Londres, y de cómo dormían juntos y otras cosas que él hacía, y habla con George, su esposo y le dice que le habían informado a Andrea de ciertas cosas que dijo mientras estaba sedado, que indicaban que no fue un accidente. Él mismo, a su modo se lo había dicho a su madre: se había intentado suicidar. Y justo en eso le anuncian la muerte de Michel, por una embolia.
George va a verla, pues casi no había comido ni hablado con su ella en esos cinco días. Le dice que la vida continúa, que debía seguir luchando. Concluyen que debe dormir. Habla con Andrea, el periodista, de que la culpa de la muerte de su hijo estaba en la sociedad, que permitía la guerra y que los niños se quedaran con sus impresiones. Entonces le habla del caso de un chico en una familia de cuatro hijos que necesitaba un medicamento muy caro, y él estaba ayudándolos. Entonces ella se ofrece para ayudar también.
Ellos vivían en una colonia pobre, en un departamentos, pero recibieron muy alegres la ayuda, que mejoró la salud del pequeño Bruno; pagaron sus gastos de hospital y medicinas. La fueron a visitar un par de veces, la segunda en una fiesta. Un día, ella se pone a pasear por el barrio. Cerca de ahí había un rio, en el que había niños alrededor de una persona muerta. Sigue a los niños a su casa, donde se encuentra con la madre; ella le dice que tenía seis hijos, que su marido vivía en otra ciudad, pero era por su cuenta que se había mudado sola a Roma, y que tres eran hijos suyos, los otros los adoptó por encontrárselos desamparados. Apenas les alcanzaba para sobrevivir, y vivían en una casucha de madera. Les ofrece a otros niños pan con queso. Después baña a algunos de sus niños, e Irene le ayuda.
Entonces le habla a Andrea sobre la posibilidad de conseguirle un trabajo a ella; él le consigue uno en una fábrica. Andrea era de ideología comunista, le regala un libro a Irene. Su madre nota que andaba cambiando de ideas y la insta a que regrese a como era antes, pues con el comunismo estaría contra Estados Unidos. Habla con George de que había visto cosas que ni siquiera sospechaba que existieran, y que la ayudaban a superar lo de Michel. A ella le dice que necesitaba reposo y alimentarse bien.
Va con la señora de seis hijos, ella le cuenta que quería ir a despedir a un novio que se había conseguido que iba de militar, y que necesitaba a alguien que la sustituyera en el trabajo solo por esos dos días, y ella se ofrece. En la fábrica se da cuenta de cómo explotaban a los trabajadores con una tarea muy sencilla pero repetitiva y una mala paga.
Cuando llega a su casa, su marido le dice que ya no soporta sus ausencias; le reclama que le gustaba Andrea en el fondo, pero ella lo niega. Van al teatro. A media función, ella se sale a la calle; ve a una mujer que se congelaba esperando el tranvía. Irene se ofrece para llevarla en taxi, ella le dice que no hiciera caridad, pero le inventa que también va a su barrio. Le lleva, y la acompaña hasta su casa, donde tose sangre.
Entonces va a una farmacia cercana y busca un médico, que llega pronto y le dice que ya no tenía remedio, que la pulmonía había acabado con sus pulmones y moriría en tres o cuatro días. Vivía sola. Se queda con ella y le lleva de comer. En su muerte acuden algunos familiares y un sacerdote que hace una ceremonia. Entonces se difunde la noticia de que habían matado a un hombre y herido a otro al asaltar a un banco.
Estaba en el apartamento con esa familia y ve que ahí estaba el asesino. Sus padres comentan que sus compañeros le habían arruinado, Irene le dice que se entregue a la justicia, que debe hacerlo si quiere salvarse, entonces él huye.
Su intervención hace que dé con la justicia, la acusan de haberlo dejado escapar, y la iban a meter a la cárcel, pero ella asegura que el muchacho se entregará a la justicia, y eso ocurre. Por su comportamiento tan extraño la llevan a un hospital psiquiátrico, donde la entrevista un sacerdote, quien tenía el prejuicio de que había abandonado a su marido y no apreciaba sus obras de caridad. Ella creía que había que vivir para ayudar a los otros, eso le daba sentido a la vida desde la pérdida de su hijo.
Le hacen toda clase de exámenes psicológicos y resulta salir normal, solo con la firme creencia de ayudar a los necesitados por encima de todo. Decía que su amor por los demás nacía del odio que se tenía a sí misma. La recluyen y la dejan ahí su marido y su madre, porque los superiores del centro ven que no tenía ninguna motivación de credo o política, entonces concluyen que estaba loca. Ahí en el hospital habla con una que se había intentado suicidar con fuego, y van a visitarla algunos amigos de los barrios pobres, diciendo que era una santa.
Y lo era, o al menos lo parecía.



Esteban Lascano estudia preparatoria en el Centro Educativo Patria; desde 2015 es un gran aficionado al cine y en Estilo Mápula es autor de la columna Cine Lasc.

viernes, 15 de marzo de 2019

Erbey Mendoza. In Memoriam, Josefina Viuda de Mendoza (1934-2019)

In Memoriam, Josefina Viuda de Mendoza (1934-2019)

Por Erbey Mendoza

Era una caja amarilla de plástico.
Después de saludarla de beso y recibir
toda clase de mimos
y de “cómo has crecido”,
tiernos apretones en las mejillas,
corría derechito a abrir la caja.
Jamás la encontré vacía.
El regaño de mis padres
por no pedir permiso
antes de tomar la primera galleta,
jamás surtió efecto.
“Déjenlo. No necesita pedir permiso:
Son para eso. Cómase todas las que quiera, mijo”.
La autoridad de mis padres
quedaba así anulada: autoridad

a la segunda potencia.

Crecí y olvidé la caja.
Hoy nos reúne una nueva; mucho más grande.
Su peso no se mide en gramos o kilogramos,
sino en lágrimas, recuentos,
y silencios vacíos que no es posible llenar
con nada que tenga sentido.

Y yo quiero una galleta
de esa caja amarilla. El niño que fui
está llenando este extraño hueco
en el adulto que soy
y quiere una galleta.
Ni siquiera tengo que pedir permiso.
Quiero escuchar cuánto he crecido
y abrir la caja llena de galletas.  

Al partir, desde el auto,
siempre te decía adiós con la mano.
Tú permanecías de pie diciendo adiós
hasta que la distancia te convertía
en un puntito que me decía “adiós, mijo”.
Hoy partes tú. No dejaré de decirte adiós
hasta que el tiempo
nos convierta a ambos
en un puntito invisible en la distancia.
Adiós, Abue.       

 
Erbey Mendoza es profesor en la licenciatura de lengua inglesa y en la maestría de humanidades en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es candidato a doctor en filosofía y estudios de la cultura por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha publicado los libros La expedición punitiva (traducción) y En torno de los días.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Gonzalo R. García Terrazas. El Pan Bendito

El Pan Bendito

Por Gonzalo R. García Terrazas

Llegar al pueblo a pasar vacaciones, Semana Santa o verano, significaba un periodo de libertad que disfrutábamos al máximo. Era realizar todo aquello que durante el ciclo escolar había incubado el anhelo de aventuras, deseo altamente estimulado por la literatura propia de la edad, principalmente la obra de Mark Twain. Y, aunque entre el río Satevó y el Misisipi no exista comparación alguna, el material con que estaban hechos nuestros sueños no era tan diferente al de aquellos muchachos evocados en la obra de Twain: la vida en plena libertad; una alegre inquietud a flor de piel y la naturaleza en franca complicidad.
La llegada era seguida, inmediatamente, por la búsqueda de los primos y los amigos, especialmente al Chato, un muchacho del lugar, vivaz, gran conocedor del río y los lugares con abundante pesca.
―¡Ándale Chato, vámonos a pescar! ―era el saludo al verlo.
―¡Sí, pero vayan a mi casa a pedir permiso porque ya ven que mi mamá es como la chingada! ―Esa era su respuesta siempre que se le hacía una invitación y su comparación se quedó en nuestras expresiones para calificar algo o cuando las cosas iban mal: ¡esto está como la mamá del Chato!
En aquel tiempo, el río se convertía en el escenario de nuestras correrías vacacionales. Disfrutando la tibieza de sus blancas arenas cuando, ateridos por el frío de sus aguas, nos tendíamos para que el sol primaveral secara cuerpo y ropas. Así mismo, bajo las deliciosas sombras de los álamos y sauces que lo bordean se encendía el fogón para asar los peces capturados.
Sin embargo, asistíamos, no de muy buena gana y bajo la custodia de los mayores, a los oficios religiosos de Semana Santa. Aquella quedó grabada en el recuerdo especialmente. El martes a la hora de la cena me informó mi abuela:
―Escuche bien lo que voy a decirle: el Padre de la parroquia quiere que, en la ceremonia del lavatorio de pies, el jueves santo, sean muchachos los que representen a los doce apóstoles de Cristo, así que usted va a ir ―me dijo muy formal― y se prepara. No se va a ir de vago al río o a otro lado.
El jueves a las cinco de la tarde estábamos los doce muchachos ocupando nuestros lugares en el presbiterio de la iglesia, muy serios y limpios, algo asustados, pero de alguna manera presumidos. El rito llegó a su fin y siguiendo la costumbre de esa ceremonia, se nos entregó a cada uno de los doce una hermosa y suculenta rosca con dorada corteza y aroma seductor, el Pan Bendito del Jueves Santo; además, una moneda de un peso, también bendita. Se decía que la virtud del pan residía en dar abundancia a las familias, así mismo, la moneda para que la pobreza quedara desterrada.
Con el bendito pan entre las manos y el peso en mi bolsillo salí al atrio a esperar a los muchachos. Yo aguardaba con calma, pero el antojo iba más de prisa y le propiné una mordida a mi rosca. En pleno éxtasis goloso se escuchó la estridente voz de una de aquellas mujeres vestidas, eternamente, de negro pertenecientes a las cofradías parroquiales:
―¡Muchacho hereje!  ¡Te estás comiendo el pan bendito! ―chilló, acercándose amenazadora.
A su grito, como un llamado, acudieron otras de ellas y me rodearon igual a una parvada de cuervos con la intención de hacerse de un trozo del virtuoso pan. Retrocedí en defensa de mi rosca, la situación se estaba poniendo como la mamá del Chato cuando sentí una mano que con fuerza me tomaba del hombro y una voz que en mal español me decía:
―¡Dice la viejo que lleves pan y vayas casa! ―Era la voz de Varola que mencionando a mi abuelo –la viejo, como lo llamaban los rarámuris–, espantó a las beatas.
Librado de aquello y camino a casa, confesó Varola:
―Pura mentira, no te habla la viejo, te vi ojos como lechuza espantada, ya mero llevaban tu pan lo viejas ―dijo en tono socarrón.
 El buen Varola, un individuo de la etnia Rarámuri, más viejo que Matusalén. Según mi abuelo, ya estaba viejo cuando él lo conoció; robusto, alto, de tez bronceada, su porte era imponente y vestido a la usanza de su raza, apoyado en el bordón, era imagen de la altivez. Trabajaba con la familia desde siempre, con mi abuelo o con mis tíos. Él nos enseñó la técnica para pescar en aguas poco profundas con el arpón.
Por el camino nos alcanzó el Chato, ya desposeído de su pan que ahora lucía su dorada corteza guardado en la vitrina del comedor familiar. Torcimos el rumbo y los tres en afectuosa compaña nos dirigimos al río donde, sentados en la gruesa raíz de un frondoso sauz, dimos fin a mi pan bendito. Los refrescos fueron costeados con el peso, también bendito.



Gonzalo R. García Terrazas es licenciado en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es gestor y promotor cultural, fue jefe de la Oficina de Desarrollo Artístico del Instituto Chihuahuense de la Cultura y secretario técnico del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Chihuahua. Es coordinador de sección en la revista Paso de gato, revista de Teatro, profesor de literatura en la UACH y consejero editorial del Congreso del Chihuahua.

Margarita Etchechury. Tocar el alma

Tocar el alma

Por Margarita Etchechury

Es la hora del crepúsculo, los cabos sueltos
comienzan a enlazarse.
En hora secreta el meditador cavila,
de manera insulsa sin profundidad.
Un eco repite constante balbuceos
 de niño ausente

Se levantan los párpados y es la luna que
recrea y convida,  
desdibujado mar sereno, sin pálpitos ni
orgásmicos dolores.
Abrazada al numen la mente toma rumbo,
aroma de geranios.

¿Cómo pretende el cielo robarme mis ensueños?
Si cada gota de rocío empapa mis sentidos
Si cada línea de color del arco iris
dibuja mis recuerdos.
Si cada nota de los vientos es melódica
armonía.

Placer de Zeus, cruzando el universo sin  
acuitar al tiempo.
Caleidoscopio en la galaxia, alas de mariposa
rozando el paraíso
es meditar poblando las íntimas llanuras
de la mente.

 
Margarita Etchechury fue presidenta de la Asociación de Escritores Chihuahuenses 1994 y 1995. Ha publicado en revistas y suplementos literarios, entre ellos Letras y algo más, Solar, El Heraldo de Chihuahua, El Monitor de Parral, El Correo de Parral y El Sol de Parral. Su obra aparece también en varias antologías. En 2015 publicó su libro de poemas Transparencias, que fue presentado en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en la ciudad de México, y en 2017 salió su libro de relatos Canto de sirenas.

martes, 12 de marzo de 2019

Rubén Alvarado. Lago del Encuentro

Lago del Encuentro

Por Rubén Alvarado

El instinto y la razón fueron amantes refugiados a la sombra del tiempo. Cuentan que una noche, a la vera del Lago del Encuentro, los amantes, que miraban el reflejo de la luna sobre las claras aguas perfumadas, sintieron la presencia humana. Alguien se acercaba sigiloso, tratando de ocultarse lo más posible entre las rocas. Era un hombre que creyendo pasar desapercibido, miraba fijamente hacia donde ellos estaban. En sus ojos imperaba una profunda necesidad; en sus manos, la desesperanza. Conforme se acercaba, sentían su respiración caliente, como brasas que salían de su garganta y se incendiaban luego.
Las pupilas humanas los atravesaban. El hombre pasó, no se detuvo, no los miró, veía más allá, hacia adentro del agua. El hombre sumergió una mano y fue sacando otra que se enlazaba con la suya. Emergió el brazo, el pecho, la cabeza…. hasta que apareció por completo. Era un hombre idéntico a él.



Rubén Alvarado nació en Chihuahua el 14 de abril de 1959, estudió la carrera de lengua inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Escribió cuentos y relatos de literatura fantástica y de narrativa realista. Trabajó en El Norte de Chihuahua, donde coordinaba una sección diaria de una plana completa llamada “Armario de Cronos”. Publicó en la revista El cuento y en otras publicaciones literarias. En 1994 apareció su libro de cuentos Cosas de la mala suerte, publicado por la editorial Climent i boldó. Murió el lunes 28 de julio de 2008.