Impunidad
Por Guadalupe Ángeles
Ana encontró ese olor extraño por la mañana
en sus manos, ovoide el pequeño cuerpo entre la sábana. De alguna oscura forma
supo que mentiría exactamente como quien es encontrado en falta y no le es
posible esconder la mano con la piedra a punto de lanzarla. El pequeñísimo
cuerpo parecía muerto, pero su fuerte coloración a sangre desmentía esa
cuasicerteza.
Imaginó
que sería fácil, lo tomó rechazando su propio asco y lo trituró aplastándolo
con las uñas de ambos pulgares, y ese olor volvió, intenso, como las mañanas de
su infancia en que soñaba presa de un sopor insoportable en aviones que
destruirían su casa con bombas acaso solo existentes en películas de la segunda
guerra mundial que sus ojos niños vieron como tantas otras cosas no aptas para
su edad.
¿Entrar en la
muerte con el cuerpo impregnado de ese olor? ¿Acaso había realmente otra
opción? Asqueada, Ana fue a bañarse. En el piso del baño, una vez que su cuerpo
recibió la lluvia benéfica, creyó ver otros cuerpos ovoides como el recién
asesinado. Paranoia quizá, toda mancha informe sobre el suelo le haría recordar
su crimen. ¿Pero no fue en defensa propia? La sangre, aunque tuviera ese olor
horrible era también sangre de sus venas, quizá ocurrió lo contrario de una
simbiosis, ese fenómeno del que desconocía el nombre era lo que llamaba crimen,
sin embargo, tampoco les creía a los que afirmaban nunca matar hormigas ni moscas;
obviamente se sentía como un dinosaurio para aquel brevísimo ser, ella no lo
comería pero lo destruyó (y de todos modos, los dinosaurios son herbívoros
según cuentan los que los inventaron), si pensaba seriamente, ¿por defensa
propia, por asco? Éticamente, esto último no justificaba el hecho (¿o sí?).
Más tarde se
vistió porque era necesario, de su gusto se hubiera quedado bajo la regadera un
par de horas más. Quien organizó este mundo de la manera en que ya estaba
cuando ella nació, creó ciertas reglas ineludibles, en ellas, su culpa no tenía
cabida, o era intrascendente.
Así que
desayunó un par de huevos y salió rumbo a la oficina. Otro trámite inevitable.
Salir de sí y entrar
al mundo con el cabello recogido y la careta bien puesta, ¿qué más?, no olvidar
ponerse los zapatos, el silencio y la prudencia para no andar por ahí
pisoteando egos.
Entrar en la
muerte. Cerrar los ojos y ya. ¿Dos uñas gigantescas harían explotar su cuerpo
como ella hizo poco antes? Demasiada lecturas inadecuadas, demasiada poca
conversación con sus pares. Vaya usted a saber la razón de pensamientos tan
peregrinos.
Ana no
se arrojaría a la vías del tren, ni decidiría lanzarse bajo las llantas de
ningún automóvil en marcha, la culpa tampoco era tan grande y sabía que no le
quedaba otra que vivir con ella, como quien acepta a un vecino desagradable.
Encender la
computadora y ver correr a una cucaracha de dimensiones modestas (no era de las
que vuelan ni tenía el tamaño de una ciruela pasa) era más bien mediocre. Se
levantó de un salto, tomó un trozo de papel para prensarla entre la pared y ese
pobre recorte, el bicho fue más rápido que ella, así que volvió a tomar asiento
y un par de minutos después la vio correr cerca de su zapato izquierdo, sin
dudarlo, se paró y la aplastó contra el piso. La embarradura que quedó la
limpió con un papel que echó al cesto de basura.
Aún no era
mediodía y ya había matado dos veces
Cuando
fue a comer algo por los alrededores de su trabajo le pusieron (módica cantidad
mediante) una generosa porción de lechuga y otras hierbas sobre un plato.
Sentada bajo una sombrilla, admiró el brillo del día, el azul que todo lo
impregnaba y vio a una mujer que ordenó un biónico (esos preparados de fruta y
crema que solo los más ingenuos creen que son dietéticos). A punto estuvo de
preguntarle a esa mujer donde había adquirido el vestido floreado tan útil para
los calores de este mayo cuando advirtió que ella no tenía la mano izquierda
(¿o era la derecha?), le dieron más ganas de preguntarle cómo la había perdido
(la mano) pero entendió que sería demasiado imprudente, nunca la había visto y
lo más seguro sería que una mirada asesina y un brusco darle la espalda serían
las únicas repuestas que obtendría. Coincidencia o no, en ese momento el
tenedor desechable que le dieron para comer su ensalada perdió uno de sus
dientes (¿o cuernos, los tenedores tienen dientes o cuernos?) pero siguió
siendo útil para cumplir con su tarea (vaya metáfora) y lo siguió siendo cuando
perdió otro de sus filos, ¿se convirtió entonces en un tridente (ah, de ahí
viene lo de los dientes), y ella en la asesina de insectos del momento? (vaya
ocurrencias); ¿cuántos insectos habrá matado esa mujer?, ¿cuántas hormigas se
necesitan para comerse una mano sin matar a su dueña?
Volvió a la oficina sin ninguna respuesta y tampoco descendió del hermoso cielo
azul ningún par de pulgares gigantescos para triturarla, ¿cuánto tiempo más
quedarían sus crímenes disfrutando de la impunidad que le daba tener un cuerpo
de ser humano?
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.






