jueves, 28 de mayo de 2026

El hombre que convirtió el fútbol en un lenguaje universal


 Diseño gráfico: Marco Benavides

El hombre que convirtió el fútbol en un lenguaje universal

 

Por Marco Benavides

 

Hablar de Pelé es internarse en una página luminosa. Edson Arantes do Nascimento, conocido universalmente como Pelé, nació en Três Corações, Brasil, el 23 de octubre de 1940, y murió en São Paulo el 29 de diciembre de 2022. Pelé fue, ante todo, una figura que desbordó los límites del fútbol para convertirse en símbolo universal. Para incontables aficionados no fue solo un goleador extraordinario, sino la encarnación de una época en la que el fútbol brasileño sedujo al mundo con una mezcla única de alegría, imaginación y audacia.

La grandeza de su trayectoria se vuelve aún más significativa si se recuerdan sus orígenes modestos. Pelé creció en un ambiente de carencias materiales, y desde temprano descubrió en la pelota una forma de expresión y una vía de ascenso. Ya en la infancia se adivinaban en él dones poco comunes: una relación instintiva con el balón, una inteligencia precoz para leer el juego y una serenidad impropia de su edad. Debutó profesionalmente con el Santos en 1956, siendo apenas un adolescente, y en poco tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en una presencia determinante, primero para su club y, muy pronto, para la fantasía de todo un país.

Con el Santos protagonizó una de las etapas más fecundas del fútbol de clubes en el siglo XX. Durante dos décadas, la institución brasileña alcanzó una proyección internacional extraordinaria gracias a una generación brillante cuyo centro gravitacional era Pelé. Allí conquistó campeonatos estatales, nacionales, títulos continentales e intercontinentales que consolidaron al equipo como referencia mundial. Pelé convirtió al Santos en una metáfora del fútbol entendido como espectáculo y excelencia: marcaba, asistía, ordenaba y ennoblecía el juego de quienes lo rodeaban. No se imponía solo por su potencia o su rapidez, sino por una comprensión superior del ritmo, del espacio y de la ocasión precisa.

La dimensión universal de Pelé se explica, sobre todo, por su relación con la selección de Brasil. Alcanzó la consagración en la Copa del Mundo de 1958, donde, con apenas 17 años, sorprendió al planeta con una madurez futbolística casi inconcebible. Su participación fue decisiva para que Brasil conquistara su primer título mundial. También integró el equipo campeón de 1962 y volvió a ser figura central en 1970, dentro de una selección que muchos consideran una de las expresiones más perfectas del deporte. Gracias a esa trayectoria sigue siendo el único futbolista en la historia que ha ganado tres Copas del Mundo, una hazaña cuya singularidad ha resistido el paso de las décadas.

Uno de los rasgos más cautivadores de Pelé era la amplitud de su repertorio. No fue un delantero confinado al área ni un mero ejecutor del gol; fue un futbolista total. Podía retrasarse para asociarse con sus compañeros, inventar una jugada individual donde parecía no haber salida, y rematar con ambas piernas con igual eficacia. Su fútbol reunía dos virtudes que rara vez conviven con tal armonía: la belleza y la eficacia. De ahí que su apodo, O Rei, no responda solo a la admiración popular, sino a la autoridad serena con la que gobernaba los partidos.

Más allá de los títulos, Pelé ejerció una influencia cultural de enorme alcance. Fue uno de los primeros ídolos globales del fútbol y contribuyó a que este deporte se afirmara como un lenguaje compartido a escala mundial. Su celebridad rebasó las fronteras de Sudamérica y Europa, su paso por el New York Cosmos en los años setenta ayudó a fortalecer la presencia del futbol en Estados Unidos. Con el tiempo, su nombre se volvió inseparable de cualquier discusión seria sobre el mejor futbolista de todos los tiempos.

Su grandeza no dependió únicamente de las cifras, de los trofeos ni del resplandor mediático que acompañó su carrera. También descansó en una cualidad menos visible: la capacidad de inspirar admiración en públicos muy distintos, incluso en aquellos que jamás lo vieron jugar. Pelé consiguió que la memoria del fútbol se organizara como si su nombre hubiese quedado inscrito no solo en la historia del deporte, sino también en la sensibilidad de varias generaciones que aprendieron a mirar el juego a través del eco de sus hazañas.

La figura de Pelé debe leerse también en clave simbólica. Su carrera ofreció a generaciones enteras una imagen poderosa de lo que el talento, sostenido por la disciplina y la ambición puede llegar a significar. En él se reunieron la confianza, la alegría y una forma de excelencia que parecía no agotarse nunca. Aunque el tiempo haya traído nuevas estrellas y otras velocidades para el juego, el nombre de Pelé conserva una resonancia casi mítica. Su legado no habita únicamente en los archivos o en los goles memorables: vive en la idea misma del fútbol como arte popular, como espectáculo colectivo y como emoción compartida. Por eso, Pelé permanece en la memoria del mundo como una de esas raras figuras que convierten su oficio en una forma de eternidad.

Cada vez que el futbol parece reducirse a estadísticas, contratos o disputas pasajeras, su recuerdo devuelve al juego algo de su antigua música. En su figura sobrevive la infancia del asombro, la certeza de que una pelota también puede ser promesa, belleza y destino. Pelé fue el instante en que el deporte se volvió fábula. Por eso su nombre sigue avanzando, no como una sombra del ayer, sino como una estrella que, aun apagada en la distancia, continúa dándonos su luz.

 

Dr. Marco Benavides, 28 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Herencia de un sol


 

Herencia de un sol


Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Mi padre caminaba la tierra
como quien recorre su sangre.

No tenía prisa.
El campo le marcaba el paso:
lento, firme,
con ese ritmo antiguo
que solo entiende quien ha sembrado.

Entre los surcos encontraba respuestas.
No hablaba mucho,
pero miraba.
En su mirada cabía el clima,
la esperanza
y también la preocupación callada.

Primero fue el algodón,
el oro blanco
que brillaba como promesa.

Pero la tierra, caprichosa,
envió una prueba:
la plaga.

Y entonces aprendió, sin rendirse,
que el campo también enseña a soltar.

Vinieron después el maíz,
humilde y generoso,
y el trigo
que ondulaba como un mar
bajo el viento del norte.

Y al final,
los nogales.

Árboles pacientes,
de raíces profundas,
como si supieran
que el tiempo no siempre trae agua,
pero sí memoria.

Aún viven.
Aún resisten.
Como un eco de sus manos.

Mi padre caminaba para ver la cosecha,
decía que era ejercicio.
Pero yo siento
que en realidad iba a conversar con la vida.

Hoy, él ya no está.

Pero cuando el viento cruza los campos,
cuando el sol cae sobre la tierra abierta,
cuando una semilla insiste en crecer
a pesar de la sequía,

ahí está él.

No en la ausencia,
sino en todo lo que sigue vivo.

Porque el campo no solo da frutos,
siembra maneras de mirar el mundo.

Y a nosotros
nos dejó una valiosa cosecha:
el amor por la tierra.

 

Abril 2026

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

martes, 26 de mayo de 2026

Ha tomado el espejo de mis manos

 

Ha tomado el espejo de mis manos

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Una imagen: miro mis ojos, apenas pasadas las siete de la mañana (una mañana brillante), sentada en un pupitre como si atendiera la clase, pero no, veo mis ojos ¿de qué color son?, en ese momento la mano de la maestra se interpone en la contemplación, ha tomado el espejo de mis manos… el regaño desapareció de mi memoria, sus mecanismos aún me son desconocidos (quisiera decir del espejo y de la memoria, pero me refiero solo a la memoria).

Ha sido en cambio esta mujer de cabellos blancos quien me infectó del amor por la palabra, supongo, ya sabemos que no se puede confiar en mi memoria.

El cuento viene a cuento porque… tampoco importa. Creo entender, eso sí, que la contemplación de uno mismo tiene que ver con la literatura, al menos en mi caso.

Sin ánimo de construir una autobiografía (nada precoz en este caso), podemos reconstruir así, en ciertas imágenes, el decurso de una vida. Y se antoja ir diciendo que somos un rompecabezas sin armar. Me gusta también la imagen que alguna vez me regaló un maestro: somos el camino de quien asciende por una montaña, pero de manera insensata quizá, si se ve desde el cielo al caminante, va formando, con sus huellas, una línea espiral (en caso de que la montaña fuera más bien un cono perfecto). Sí, se ríe uno de estas imágenes, pero ¿no es muy sano reírse de uno mismo? Así pues, ser la mirada que se mira o la línea en espiral que solo podrá llegar a la punta de la montaña después de un gran recorrido, simpáticas maneras de vérselas con la imagen para describirse a uno mismo.

¿Será locura mirarse al espejo y gritar a voz en cuello que uno no es lo que es, que se considera uno un verdadero genio escondido en esa mirada amarilla o roja?

Hacer el experimento no está de más, acaso los ingredientes pudieran ser un acid jazz en los oídos (bien dentro para ello son útiles unos buenos audífonos) y alrededor gente que quiere hacerse oír mientras uno finge demencia.

Hacerse el loco, desentenderse, ir a otra parte. Bonitas formas de estar sin estar afirmando estar más que bien parado en la vida.

¿Quién puede negar que no somos todos un experimento? Asumirlo, vivirlo a fondo, aunque sea durante algunos minutos tal vez nos regale un poquito más de vida. No sé. Tal vez.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

La red que somos

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

La red que somos

 

Por Marco Benavides

 

Hay una escena que vuelve con frecuencia cuando pienso en la globalización: un hombre en Lagos escucha, desde su teléfono ensamblado en China, una canción grabada en Nashville por un colombiano que canta en inglés sobre el desamor. Nadie en esa cadena planeó el encuentro.

La globalización es eso: la creciente capacidad del mundo para conectarse consigo mismo. No es una política ni un decreto; es un proceso vivo, contradictorio, a veces brutal mediante el cual bienes, personas, ideas, dinero y cultura circulan entre naciones con una libertad que hace cien años habría parecido ciencia ficción. Sus motores son conocidos: el comercio internacional que se multiplicó tras la Segunda Guerra Mundial, las innovaciones tecnológicas que desde los años ochenta comprimieron el tiempo y la distancia, las instituciones OMC, FMI, acuerdos de libre comercio que tendieron los rieles por los que corre este tráfico, y la movilidad, esa migración constante de personas y capitales que no espera permiso de nadie.

El resultado es una interdependencia sin precedentes. Lo que ocurre en un país resuena en otro antes de que el periódico de la mañana llegue a los quioscos. Una cosecha arruinada en Ucrania encarece el pan en El Cairo. Un virus emergente en una ciudad remota puede detener, en semanas, la economía global. Un algoritmo ajustado en Silicon Valley redirige flujos de publicidad que determinan qué músicos en Ciudad de México logran ser escuchados. La causalidad se ha vuelto oblicua, difusa, planetaria.

Sería fácil y deshonesto detenerse en el asombro. La globalización también ha concentrado riqueza, precarizado empleos, homogeneizado culturas. El mercado internacional que promete oportunidades a todos no llega igual a todos los rincones. Hay una asimetría persistente entre quienes dictan las reglas del intercambio y quienes simplemente las reciben. El intercambio cultural, que suena a fiesta, a menudo es monólogo: las mismas plataformas, los mismos algoritmos, la misma gramática del entretenimiento impuesta sobre tradiciones que no pidieron ese molde.

Y, sin embargo, en esa paradoja vive algo que merece más que condena o celebración. La globalización nos ha dado un idioma compartido para los problemas que no reconocen frontera: el cambio climático, las pandemias, la migración, el agua. Nos ha obligado no siempre con gentileza a reconocer que el otro existe y que sus decisiones nos afectan tanto como las propias. Esa incomodidad es, quizá, el comienzo de algo.

Vivir en este mundo interconectado es habitar una red cuya extensión no abarcamos del todo. Somos, a la vez, sus nudos y sus hebras. Lo que hagamos aquí importa allá. Lo que decidan allá nos transforma aquí. La pregunta no es si queremos la red ya estamos dentro sino qué tipo de nudo queremos ser.

 

Dr. Marco Benavides 24 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

Ya estoy aquí, María Mariquita


Fructuoso Irigoyen 

Ya estoy aquí, María Mariquita

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Una vez más de Avelino llegaba tarde a su casa. El hombre, regordete, chaparrito y calvo, no tenía ninguna de las virtudes que pudiera presumir un macho conquistador, pero él parecía no tener dificultad alguna en encontrar compañeras para pasar la tarde o la noche en su compañía, disfrutando los placeres de la alcoba. Como muchas veces antes, su esposa lo esperaba con un ojo entreabierto y procurando no contrariar a su infiel marido con inútiles reprimendas. Sin importar la hora, el romántico hombrecito anunciaba siempre su llegada a grandes voces:

—Ya llegué querida. Ya estoy aquí, María Mariquita.

—¿Y cómo te fue?

—Bien. Me entretuve un poco porque tuve que revisar unos abultados reportes generados por AI.

Antes de AI la excusa era la reconciliación bancaria, y aún antes, el balance del debe y el haber. Pero María tenía buenos informantes y sabía que Avelino había andado por ahí. Cuando lo miraba desde el punto de vista práctico, se tranquilizaba un poco; después de todo, el negocio daba para eso y más. Cuando lo hacía desde el punto de vista sentimental, claro que le dolía. El pensamiento de dejarlo —con o sin divorcio había acudido a lo largo de los años, no una sino muchas veces a su cabeza.

A veces se preguntaba si ella misma no había sido una de tantas de la cual él no se pudo desprender al terminar su aventura. Pero también, especialmente cuando hablaba con sus comadres, se complacía en expresarse en forma derogatoria y cáustica de sus rivales.

—Vieran la clase de araňas con las que el muy cretino se refocila y se regodea. De todas ellas no se hace una que valga la pena.

—¡Ay manita! ¿No te da miedo de que traiga una enfermedad a la casa?

—No. Sé que se cuida. Y a veces va a una clínica donde lo inyectan.

—Será para las enfermedades menores, pero me refiero a esas que hay ahora, como el SIDA, que una vez que te lo pegan estás frita.

Y pasaban a contarle de que “tengo una amiga que…

Avelino, por su parte, siempre honraba aquello de que “los caballeros no tienen memoria“ y no alardeaba de sus aventuras y proezas amorosas. De cualquier forma sus amigos por entretenerse le hacían preguntas al respecto:

—Y ¿cómo te fue anoche Avelino?

—Pues ¿cómo creen?

Pareciera que siempre le iba bien en sus andanzas: sabía lo que quería y sabía cómo encontrarlo. El tono de las preguntas era siempre jocoso. Pero no faltaba quien observara:

—Lo que pasa es que le tienen envidia.

Y alguien que completara:

—Lo que queremos es aprender de Avelino algunos trucos, saber cómo le hace.

Como Avelino prefería andar en lo suyo, no muchas veces veces tenía que tolerar tales escrutinios; solo lo hacía cuando de veras sentía que necesitaba una cerveza.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

Pink Floyd – The Division Bell (1994)

 

La cinta musical

Pink Floyd – The Division Bell (1994)

 

Por Miq Ramírez Ochoa

 

La campana de la división fue el décimo cuarto y último álbum de estudio de la banda británica de rock progresivo Pink Floyd, lanzado el 28 de marzo de 1994. Su tema central es una filosofía de comunicación entre las personas, o la falta de ella.

     Aborda el aislamiento, las reminiscencias del pasado, la ambigüedad de las palabras, el enfrentamiento y la autodefensa. Fue el segundo álbum de estudio después de la salida del bajista y fundador de la agrupación, Roger Waters, en 1983.

     Sus letras y música fueron compuestas por el guitarrista David Gilmour, por el teclista Richard Wright y por Polly Samson, esposa de Gilmour. Publicado por EMI en el Reino Unido y por Columbia Records en Estados Unidos, la grabación tuvo lugar en los estudios Britannia Row y en el yate de Gilmour, de nombre Astoria.

     Esta producción debió ser lanzada doble, ya que tiene una duración de 66 minutos y 32 segundos, con una portada que muestra dos enormes cabezas metálicas del tamaño de un autobús de dos pisos en un campo inglés. Ambas esculturas miran de frente, pero también observan de perfil, creando una ilusión óptica de doble dimensión; en el hueco que se ubica entre las bocas se divisa la Catedral de Ely. Fueron concebidas por Keith Breeden y construidas por John Robertson.

     Y comienza, análogamente, como lo hizo su álbum anterior A momentary lapse of reason, de 1987, con una acústica reflexiva, pero más melancólica; dicha pieza se intitula "Cluster one", con pasos sobre una tierra húmeda, donde se escucha un gimoteo nostálgico entre una melodiosa guitarra eléctrica y un piano, escupiéndonos un pasado entre colegiales adolescentes, una vivencia amistosa o familiar, el cual jamás volverá (lo digo porque el transporte musical tiene que ver con el título "Un grupo"), y Gilmour juega cruelmente con eso, en cada alma, en cada escucha, en cada recuerdo.

     Prosigue "What do you want from me", ahh, y Gilmour y su gran guitarra irrumpen como Dios del Trueno, precediéndolos un bajeo confrontante, ejecutado por el músico de sesión Guy Pratt, y hablándonos de una pareja en situación romántica, en donde la mujer es difícil de complacer. Hay coros femeninos responsivos.

     "Poles apart" es una meditación profunda entre arreglos de orquesta, con esa voz sencilla y filosófica de Gilmour, llamando a la reflexión y a la ecuanimidad, deslizándose en los arpegios de Richard Wright; aquí asoma una música oceánica de gaviotas y sonidos de viento, uff, una escena musical envuelta en veleros edificantes: "La lluvia caía lentamente, sobre todos los techos de la incertidumbre" (The rain fell slow, down on all the roofs of uncertainty).

     "Marooned": Esta sección o participación es Arte Puro, así con mayúsculas. Es sinfónico, meditativo frente a un desierto o un mar espiritual, progresivo y, al mismo tiempo, decadente, según la óptica del escucha (y de su salud o enfermedad mental). Arrastra con su guitarra edulcorante, su teclado armonioso y sus secuenciales ritmos de batería, estos últimos proyectados por Nick Mason. Todo en un marasmo de acústica sin igual.

     "A great day for freedom" es un grito de libertad para pensar y actuar ordenadamente, de decir y de disentir. Y Pink Floyd, con David Gilmour menos conceptual que Roger Waters, pero más músico y melódico, nos enseña que todos los días son un gran día para la libertad, para la emancipación: "El día que cayó el muro, el barco de los locos finalmente encalló. Las promesas iluminaron la noche como palomas de papel en vuelo" (On the day the wall came down, the ship of fools had finally run aground. Promises lit up the night like paper doves in flight). Una alegoría a la caída del Muro de Berlín.

     "Wearing the inside out" muestra, nuevamente, la secuencia de las seis cuerdas eléctricas de Gilmour, las cuales se asoman en entresijos en una habitación de compañía solitaria. En esta preciosa balada se ha perfilado un encuentro consumiendo el adentro afuera, como dice el título de esta pieza: "Estoy volviendo a la vida sigilosamente, mi sistema nervioso está descontrolado. Llevo el interior hacia afuera" (I'm creeping back to life, my nervous system all awry. I'm wearing the inside out).

     El álbum continúa con "Take it back", diciéndonos: retráelo, recupéralo, en un mensaje sin cuarteaduras, sin ambages: "Su amor cae sobre mí como una brisa, escucho su respiración, suena como las olas del mar. Pensaba solo en ella, ardiendo de rabia y deseo. Girábamos hacia la oscuridad y la tierra ardía" (Her love rains down on me as easy as the breeze, I listen to her breathing, it sounds like the waves on the sea. I was thinking all about her, burning with rage and desire. We were spinning into darkness and the earth was on fire).

     "Coming back to life" es estar devuelto a la vida, nos comunica sobre un paseo celestial a través del silencio, directamente al Sol brillante. Y esas guitarras con sus teclados se clavan histológicamente, sí, en cada tejido.

     "Keep talking" o Mantente hablando, son preguntas y respuestas entre concordancias y discordancias, sin resoluciones. Incluye, al principio, un sampleo de la voz del científico británico Stephen Hawking y se hace uso del efecto 'talk box' de guitarra, que es un tubo distorsionador de sonidos conectado a la guitarra y a la pedalera, logrando un sonido fantástico, combinado con órgano Hammond, sintetizador, guitarras eléctricas y rítmicas, bajo, saxofón, batería, percusiones y diversas voces. Es rock espacial y filosófico.

     "Lost for words" habla del aislamiento, de la desconfianza y de estar perdido por sentencias. Esta rola es apesadumbrada, pero me impacta el sonido de niños regocijándose, como si corrieran en derredor, y un hombre solitario los observara con tristeza. Dice una de sus estrofas: "¿Puedes ver tus días ensombrecidos por la oscuridad? ¿Es cierto que golpeas el suelo con los puños? Atrapado en un mundo de aislamiento, mientras la hiedra crece sobre la puerta" (Can you see your days blighted by darkness? Is it true you beat your fists on the floor? Stuck in a world of isolation, while the ivy grows over the door).

     Y finalmente, llega "High hopes", que habla sobre altas esperanzas, entre sonidos de campanas: "Más allá del horizonte, del lugar donde vivíamos de jóvenes en un mundo de imanes y milagros, nuestros pensamientos vagaban constantemente y sin límites. El tañido de la campana de la división había comenzado… La bruma del amanecer resplandeciente, el agua fluyendo, el río infinito por siempre jamás" (Beyond the horizon, of the place we lived when we were young in a world of magnets and miracles, our thoughts strayed constantly and without boundary. The ringing of the division bell had begun… The dawn mist glowing, the water flowing, the endless river forever and ever).

     The division bell trata sobre toma de decisiones en la vida, contó con una decena de músicos y cinco coristas; es rock progresivo, espacial, new age, blues rock, folk e instrumental. La acústica "Marooned" recibió el Premio Grammy a la mejor actuación de rock instrumental, y se utilizó en ella un pedal Digitech Whammy para subir las notas a una octava.

     Fue lanzado en cassette, CD y escasamente en LP. Para el formato cassette, la visión de las caras cambia de un tono metálico a un color carne que es la portada que aquí ofrecemos, y se editaron cassettes en colores cristalino y, en una mínima edición, salieron verdes turquesa (yo soy agraciado por poseer el verde turquesa).

La gira que se realizó de marzo a octubre de 1994 contó con el famoso círculo lumínico donde se proyectan imágenes (empleado desde 1974), una bola de espejos que se abre con variados láseres. Como efecto de la gira mundial, se produjo el álbum en vivo Pulse, el cual salió en junio de 1995.

Llegó inmediatamente al primer lugar en el Chart británico y en el Billboard 200 estadounidense.

Magia musical sin más...

 



Miq Ramírez Ochoa especialista en latín, articulista en El Heraldo de Chihuahua a partir de abril de 1989 y autor de los libros Sendero estival y las novelas En busca de un año y El escape, tiene un diplomado en paleografía por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Trabajó en el Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua como corrector de textos, como bibliotecario y como profesor de Taller Literario.

domingo, 24 de mayo de 2026

La estatuilla que nadie planeó que fuera arte


 Diseño gráfico: Marco Benavides

La estatuilla que nadie planeó que fuera arte

 

Por Marco Benavides

 

Corría 1927 y Louis B. Mayer, el hombre que había convertido Metro Goldwyn Mayer en la fábrica de sueños más rentable de Hollywood, tenía un problema. La industria cinematográfica crecía sin orden, los sindicatos presionaban, los escándalos amenazaban la reputación de un negocio que todavía luchaba por ser tomado en serio. Mayer no era un idealista, era un organizador. Y como todo buen organizador, sabía que los símbolos hacen el trabajo que las leyes no pueden.

Así nació la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas: no como un templo del séptimo arte, sino como una mesa de negociación con mejores relaciones públicas. Actores, directores, productores, técnicos, escritores las cinco ramas de una industria que necesitaba creer que tenía vocación, no solo apetito se sentaron juntos bajo el mismo techo institucional. Y casi de inmediato surgió la idea de un premio. Un reconocimiento anual a la excelencia. Una forma de decirle al mundo, y a sí mismos, que lo que hacían importaba.

Mary Pickford, La novia de América, fue una de las fundadoras de la Academia, su influencia fue decisiva en la creación y consolidación de los Premios Óscar, aportando prestigio, estructura y legitimidad a la naciente institución.

La primera ceremonia, el 16 de mayo de 1929, no tenía nada del espectáculo que el mundo conocería décadas después. Doscientas setenta personas en el Hotel Hollywood Roosevelt, cinco dólares por entrada, quince minutos de duración. Los ganadores ya se sabían desde hacía tres meses. No había suspenso, ni alfombra roja, ni discursos que se alargaran hasta incomodar a los presentes. Era, en esencia, un banquete de celebración para una industria que quería verse bonita en el espejo.

Se entregaron quince estatuillas. La figura un caballero art déco sosteniendo una espada sobre un rollo de película había sido diseñada por Cedric Gibbons y esculpida por George Stanley. Sus cinco radios representaban las cinco ramas fundadoras. La espada, según la mitología oficial, simbolizaba la protección del progreso. Nada en ese diseño parecía destinado a convertirse en uno de los iconos visuales más reconocibles del siglo XX.

El nombre llegó después, con la informalidad que suelen tener las cosas que perduran. Una versión la más citada, no necesariamente la más verificable atribuye el apodo a Margaret Herrick, bibliotecaria de la Academia, quien habría comentado que la estatuilla se parecía a su tío Óscar. El nombre circuló en sordina durante años hasta que la propia institución lo adoptó oficialmente en 1939, con esa mezcla de resignación y cariño con que los padres terminan usando el apodo que les pusieron a sus hijos.

Lo que siguió es historia, aunque esa frase haga un flaco favor a la complejidad de lo ocurrido. Los Óscar no se convirtieron en un fenómeno global por inercia: se transformaron porque la industria que los había creado para protegerse terminó necesitándolos para legitimarse. Con el tiempo, la ceremonia dejó de ser un espejo interno y se volvió una pantalla pública donde Hollywood proyectaba su imagen hacia el mundo y donde el mundo empezó a proyectar sus expectativas de vuelta.

El próximo 15 de marzo, la gala se transmite a más de cien países. Las nominaciones mueven taquillas, relanzan carreras y generan debates que van mucho más allá del cine. Y, sin embargo, en el fondo del ritual persiste algo de aquella primera noche de 1929: una industria mirándose a sí misma y decidiendo, con toda la arbitrariedad y toda la seriedad del mundo, qué merece ser recordado.

 

Dr. Marco Benavides, 2 marzo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.