domingo, 16 de agosto de 2026

La sombra de la lila

 

La sombra de la lila

 

Por Carlos Gallegos

 

Alguien le dijo

que el joven moreno

vestido de tejano

que vio

al bajar la loma del Santuario

manejando un camión amarillo cargado

de elotes

va muy seguido al cine

 se propuso

hacer lo mismo

hasta encontrarlo

es trigueña

menuda

ojos de venada

de calcetas y trenza larga

de sonrisa en modo Mona Lisa

entra esperanzada

al Cine Río

mas no ve al muchacho de su anhelo

hace como que ve una película

de amor y sale

más enamorada de su amor

El domingo va al matiné

del Cine Lux llora ante el estreno

de una cinta que le agita más

el corazón 

al encontrarle

parecido

a un actor

con el tejano

del camión

sale llorando

sin ver al que quiere ver

pasa una semana

ahorra de su sueldo de cajera del banco

del pueblo

paga el boleto

que le entrega

el Chato Salas

el boletero

del Cine Alcázar

sentada en una incómoda butaca

musita la canción de amor

que canta

Pedro Infante

pero no es la voz

que espera oír

hablándole al oído

haciéndole aire con el sombrero

vaquero

guarda en su bolsa de mano

comprada en el puesto de Lidia

Sánchez del Mercado Juárez

la parte de su sueldo

que habitualmente ofrenda a su mamá

camina hasta el Cine Internacional

a la vuelta del Hotel del Norte

pero al abrirla para comprar el boleto

un boletero sin trabajo

que vaga por ahí le dice

que el cine se quemó hace tres días

y el humo que la hace llorar

es lo único recuerdo que ha quedado

su amor es invencible

de los amores

que no olvidan

el sábado siguiente

camina hacia la Calle Segunda Norte

hasta enfrente del Hotel Santa

Cruz

a buscar a su amor extraviado

en la penumbra estrellada del

cine al aire libre que está ahí

pero solo ve un lote baldío

en el que empiezan a brotar

verdolagas y quelites silvestres

un alegre caminante

que camina las calles solitarias

silbando cantando

haciendo malabares

recitando versos

al que conoce como El Sanforizado

le dice en verso que lo han derrumbado

a pico y pala

el lunes

al salir del banco

se encuentra al padre Oscar Moreno

que envuelto

en su larguísima sotana

viene rezando

el rosario

le confía sus pesares

Deja de buscarlo

Vengo de consolar a la madre de tu amor

el muchacho que has buscado

falleció anoche

no vayas al panteón

con el tiempo

que te traerá consuelo

al lado de su tumba crecerá una lila

cuando ya dé sombra

ve a platicarle la película

que no vieron juntos

deja que descanse en la paz de las estrellas

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

Gato montés

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Gato montés

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

En el monte silencioso
donde el viento peina la gobernadora
y la luna cae como moneda vieja
sobre la arena fría del desierto,
anda el gato montés.

No pide permiso.
No deja promesas.
Es sombra con ojos de lumbre
y pasos tan leves
que ni el mezquite lo escucha.

Tiene el pelaje del polvo antiguo,
manchas de tierra y de ocaso,
y en sus pupilas amarillas
parece esconderse
la memoria salvaje del mundo.

Camina entre peñoles y lechuguillas,
entre huesos blanqueados por el sol.
Cuando la noche se vuelve profunda
su maullido rompe el silencio
como un cuchillo.

Los viejos rancheros dicen
que no hay animal más orgulloso.
No se deja domesticar el alma.
Prefiere el hambre
antes que una jaula.

A veces baja a las nogaleras
sigiloso como pensamiento prohibido,
los perros lo presienten
antes de verlo,
porque el monte entero cambia de respiración.

Pero él no pertenece a nadie.

Ni al hombre.
Ni al miedo.
Ni al desierto.

Es hijo de la distancia,
compadre de los coyotes,
hermano del tigre invisible
que aún sueñan las montañas.

Y cuando amanece,
antes que el sol incendie los llanos,
el gato montés desaparece
entre sombras de color ceniza

como si el desierto mismo
lo hubiera imaginado.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza

 

Por Marco Benavides

 

Hay actores que interpretan personajes y actores que los incendian. Jack Nicholson pertenece a la segunda estirpe: aquella que no representa la locura, la rebeldía o el cinismo, sino que los deja arder frente a la cámara hasta que el espectador ya no distingue al hombre del papel. Su rostro cejas que se disparan hacia las sienes, sonrisa que es a la vez invitación y advertencia se volvió, a lo largo de más de cinco décadas, el semblante mismo A finales del siglo XX.

Nació en 1937 en Neptune City, Nueva Jersey, en un hogar que guardaba un secreto que solo conocería adulto: la mujer que creía su hermana era, en realidad, su madre. Ese engaño fundacional quizá explique por qué Nicholson siempre buscó personajes fisurados, hombres que viven en el filo entre la cordura fingida y el abismo real. Jack Nicholson aprendió, creció y se desarrolló como actor trabajando en las películas de bajo presupuesto que producía Roger Corman, hasta que Easy Rider (1969) lo sacó del anonimato.

Los setenta lo consagraron. En Chinatown (1974), bajo la mirada quirúrgica de Polanski, encarnó a un detective que descubre que la corrupción no tiene fondo. Pero fue Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) en 1975, la que fijó su mito. Le valió el primer Óscar y una certeza cultural: Nicholson era el rebelde que Estados Unidos necesitaba ver derrotado para poder seguir creyendo en la rebeldía.

Con El resplandor (1980), Kubrick le entregó el papel que terminaría por convertirlo en ícono absoluto de la cultura popular. El hacha, la puerta astillada, el célebre "Aquí está Johnny" sintetizan su método: llevar el exceso hasta el punto exacto en que deja de ser gesto y se vuelve verdad. Tres años después, La fuerza del cariño (Terms of Endearment) le dio su segundo Óscar, esta vez como actor de reparto, y confirmó que su registro no era solo la furia sino también la ternura tardía.

Los noventa lo mostraron en su forma más matizada: Mejor... imposible (As Good as It Gets) en 1997 le dio un tercer Óscar por Melvin Udall, misántropo obsesivo cuya dureza esconde una ternura casi involuntaria. Y en el terreno del espectáculo masivo, su Joker en Batman (1989) demostró que incluso la villanía de cómic podía llevar su firma: teatralidad, humor macabro, una alegría casi obscena por el desastre.

Se retiró silenciosamente después de How Do You Know (2010). No hubo despedida solemne, como si el propio Nicholson desconfiara del gesto ceremonioso. Hoy, a sus 89 años, su legado no se mide en estatuillas sino en la genealogía de actores que aprendieron de él que la verdad, en la actuación, rara vez es contenida: casi siempre hay que dejarla desbordarse.

Nicholson no interpretó al siglo XX estadounidense: lo dejó, generosamente, plasmarse en el lienzo de su rostro.

 

Dr. Marco Benavides, 14 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

martes, 11 de agosto de 2026

Tu risa

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Tu risa

 

 

Por Pablo Neruda

 

 

Quítame el pan si quieres,

quítame el aire, pero

no me quites tu risa.

 

No me quites la rosa,

la lanza que desgranas,

el agua que de pronto

estalla en tu alegría,

la repentina ola

de planta que te nace.

 

Mi lucha es dura y vuelvo

con los ojos cansados

a veces de haber visto

la tierra que no cambia,

pero al entrar tu risa

sube al cielo buscándome

y abre para mí

todas las puertas de la vida.

 

Amor mío, en la hora

más oscura desgrana

tu risa, y si de pronto

ves que mi sangre mancha

las piedras de la calle,

ríe, porque tu risa

será para mis manos

como una espada fresca.

 

Junto al mar en otoño,

tu risa debe alzar

su cascada de espuma,

y en primavera, amor,

quiero tu risa como

la flor que yo esperaba,

la flor azul, la rosa

de mi patria sonora.

 

Ríete de la noche,

del día, de la luna,

ríete de las calles

torcidas de la isla,

ríete de este torpe

muchacho que te quiere,

pero cuando yo abro

los ojos y los cierro,

cuando mis pasos van,

cuando vuelven mis pasos,

niégame el pan, el aire,

la luz, la primavera,

pero tu risa nunca

porque me moriría.

 


Pablo Neruda, poeta chileno. Nació en 1904. Es Premio Nobel de Literatura 1973. Escribió muchos libros, ente ellos CrepuscularioVeinte poemas de amor y una canción desesperadaResidencia en la tierraCanto generalLos versos del capitánOdas elementalesLa Barcarola y Confieso que he vivido.

Soy noche

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Soy noche

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Soy noche, humo, sombra, brisa,

niebla. Soy silencio.

 

Camino ausente con paso de maniquí.

Mirada absorta.  Alma vagabunda.

 

Mi pelo húmedo de lluvia resbala por

mi cara. Se confunde con los ríos de mis ojos.

 

Mis pasos nocturnos deambulan por la calzada,

escucho melodías de árboles, grillos, pájaros.

A veces la corriente de la vieja acequia.

 

¿Y tu corazón, en dónde anida?

¿En qué árbol centenario está escondido?

¿Por qué al pasar no lo percibo?

 

Tal vez cerraste el cauce de sentimientos

que a veces nos unía. Lo cortaste de tajo.

 

Es tan fácil cambiar de almohada. Dormir del

otro costado para soñar otro capítulo.

 

Los maniquíes nada esperan. Nada les

duele. Nada sienten.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

domingo, 9 de agosto de 2026

Laberinto de los años

Laberinto de los años

 

Por Carlos Gallegos

 

Una de estas tardes de sol

intenso

fui a ver al profe Macario Guillén Rosales

para que me contara otra vez

la historia de María la Sabrosa

del Sanforizado

de la Pipitoria

del Piano

para invitarlo a que fuéramos al Poniente

a visitar a Panchito Villa

para escuchar historias de su abuelo

a que me llevara otra vez a la Avenida 6a y Calle 7a Norte

a ver la esquina donde se fincó la primera casa de Delicias

a que me repitiera la letra pícara 

de las cinco marchas militares que compuso

a que me contara una vez más las hazañas

del penta olímpico

general David Roberto Bárcena Ríos

el guanajuatense más deliciense

a que recordáramos

las hazañas basquetbolísticas

de su triple compadre Raúl Vázquez Gómez

las de su compadre Roberto Cadena

Calalo Entrada

las de Ramiro Celis

a que me cantara como tantas veces

La Canción Mixteca

al son de su afinada guitarra

acariciada por sus dedos de seda

a preguntarle si se acordaba

de sus exalumnas

 Amada Cadena Payán

Julia Alicia Bejarano García

Silvia Márquez Hermosillo

Rosita Casas Ronquillo

Nely Chavarría

Berthita González Ortega

de sus exalumnos

Javier Hernández Domínguez

José Luis Pineda Morales

Sergio Alfonso Villarreal Luján

Máximo Rivera Molina

Manuel Lozano Gándara

a hacerlo enojar

conchavado

con su esposa

Lupita

recordándole

cuando le pidió ayuda a una señora

para subir una banqueta

y esta le

contestó

"ahorita no traigo nada, señor"

confundiéndolo

con un profesor en situación de calle

pero al llegar a su casa

no me saludaron

como siempre sus hermosos perros de ojos azules

y caí en la cuenta

de que andaba extraviado

en los oscuros laberintos de los años

más al devolverme

triste

escuché el eco de algunas de sus marchas

a veces

nítidamente

a veces aletargadas por la distancia

supe

que andaba

por ahí

paseando a sus perros

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.