Juanito el Tontito
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
El aspecto de aquel lugar no podía ser más desolador. Las oleadas de
soldados de los diferentes bandos habían destruido literalmente aquella, la que
fuera una tranquila villa campirana. Especialmente los bombardeos aéreos la
habían convertido en montones de ruinas: el más grande salpicado de fragmentos
de cristal de colores, residuo de lo que fueran hermosos vitrales de lo que
había sido la Iglesia; otro, un poco más pequeño, era lo que quedaba del
palacio de la autoridad civil, y aún otro al que correspondía a la tienda
llamada El Almacén. Pero en general, todas las casas y edificios estaban
completamente derruidos.
De los edificios sobre la calle principal, uno que había tenido varios
pisos, tres o cuatro, el primer piso había sobrevivido de manera que el piso de
lo que fuera el segundo nivel era ahora el techo. Debajo vivía Juanito el
Tontito. Si hubiera vivido en la capital, los médicos dirían que sufría de una
discapacidad intellectual. Si lo hubiera hecho veinte años antes, le hubiera
correspondido el epíteto de retrasado mental.
Las viejas del pueblo ‒cuando las
había antes de la guerra‒ decían que su
condición se debía a que le había faltado oxígeno al nacer, pero alguna no
estaba del acuerdo, y era que su madre, Dios la tenga en su Gloria, tomaba y
fumaba mucho durante el embarazo.
La madre le había escogido el sonoro nombre de Julio Alejandro, pero como
cuando iban a bautizarlo ya no estaba ella, una tía escogió el nombre Juan.
Nadie protestó. Ahora tenía doce o trece años, no estaba seguro, y había
crecido en la calle. Cuando todavía había gente en la villa, era la lástima de
todos. Hoy en día no quedaba nadie ahí para compadecerse de él. En otros
tiempos se hubiera pensado que dejado solo por sí mismo no hubiese sobrevivido.
Vemos que tal consideración no fue cierta.
Y ahí estaba Juanito el Tontito. Los soldados de uniforme verde olivo no
lo mataron porque no lo vieron; los de azul con gris sí lo vieron pero no lo
mataron por pura lástima. Y es que había una diferencia entre los dos ejércitos:
el verde solo quería aniquilar a su adversario, mientras que el azul-gris
quería no solo eso, sino además ocupar la tierra conquistada. Por eso mientras
que los verdes dejaban los cadáveres pudriéndose, secándose al sol o siendo
pasto de buitres y otros animales, los de azul-gris enterraban los cuerpos ‒sí, en una fosa común, pero los enterraban.
Alguien se preguntará cómo se las arreglaba Juanito para sobrevivir en
esas circunstancias.
Pues el Tontito gozaba de algunas brillantes cualidades. Por ejemplo,
sabía que aquella puerta, en el piso de lo que fuera la cocina de la casa de doña
Carmelina, llevaba a una escalera que descendía al sótano en donde, dispuestos
en múltiples estantes, se guardaban frascos con conservas de todo tipo. Aunque
más complicado, también se había figurado como rescatar latas de sardinas,
localmente llamados portolas, de los exhibidores del almacén. Para abrir las
latas había localizado, en la que fue la carpintería de don Anselmo, un
martillo y un formón que ahora usaba diestramente para sacar los pececillos de
las portolas.
Lo que no podía tener Juanito era compañía de otros seres humanos. Aquel
día, cuando estuvieron ahí los soldados de uniforme azul y gris, Juanito se dio
cuenta de la lo habían visto y como vio que no le disparaban se dispuso a
aproximarse a ellos. No llegó lejos, el soldado más cercano, probablemente un
sargento, disparó su metralleta al aire como advertencia; ve y escóndete donde
estabas. Juanito entendió perfectamente y volvió a su escondrijo. ¡Qué pena!
Esa tarde, los soldados ya se habían ido, un par de aviones atacaron las
calles vacías con cohetes y bombas. Juanito meditaba ¿a quién tratan de matar?
¿A mí? No hay nadie más. Y ¿cuánto cuestan esas bombas? ¿Qué ganan pues? Ni
siquiera las ratas que pululaban en el pueblo fueron alcanzadas por las
explosiones. ¡Qué desperdicio!
Un par de días después, una ambulancia entró a la villa, por la calle
principal llegó hasta donde vivía Juanito el Tontito. Él la vio por la ventana,
tenía una gran cruz roja en el costado ‒seguramente
en los dos costados‒ además del letrero
“International Red Cross “. ¡Fíjate como son, aquellos soldados que se
desangraban en esta misma calle y nunca vinieron por ellos, y ahora vienen por
ti que estás bueno y sano.”
—Ese es el lugar que nos dijo el sargento. ¡Sí, míralo ahí está! ¡Hey
chico ven!
Apenas dicho esto, se oyó el sibilar de un proyectil cohete. Luego la
explosión. La ambulancia y sus tripulantes volaron en pedazos. “Han de ver sido
los verdes” ‒pensó Juanito.
Cuando llegaron de nuevo los soldados, los de uniformes azul y gris, y
examinaban lo que quedó de la ambulancia, Juanito salió de su escondite y se
paró detrás de ellos. Sin mirarlo a los ojos el sargento sentenció:
—¡Ni modo hijo! ¡Así son las guerras!
Y se llevaron con ellos a Juanito el Tontito.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.






