domingo, 31 de mayo de 2026

Impunidad

 

Impunidad

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Ana encontró ese olor extraño por la mañana en sus manos, ovoide el pequeño cuerpo entre la sábana. De alguna oscura forma supo que mentiría exactamente como quien es encontrado en falta y no le es posible esconder la mano con la piedra a punto de lanzarla. El pequeñísimo cuerpo parecía muerto, pero su fuerte coloración a sangre desmentía esa cuasicerteza.

       Imaginó que sería fácil, lo tomó rechazando su propio asco y lo trituró aplastándolo con las uñas de ambos pulgares, y ese olor volvió, intenso, como las mañanas de su infancia en que soñaba presa de un sopor insoportable en aviones que destruirían su casa con bombas acaso solo existentes en películas de la segunda guerra mundial que sus ojos niños vieron como tantas otras cosas no aptas para su edad.

      ¿Entrar en la muerte con el cuerpo impregnado de ese olor? ¿Acaso había realmente otra opción? Asqueada, Ana fue a bañarse. En el piso del baño, una vez que su cuerpo recibió la lluvia benéfica, creyó ver otros cuerpos ovoides como el recién asesinado. Paranoia quizá, toda mancha informe sobre el suelo le haría recordar su crimen. ¿Pero no fue en defensa propia? La sangre, aunque tuviera ese olor horrible era también sangre de sus venas, quizá ocurrió lo contrario de una simbiosis, ese fenómeno del que desconocía el nombre era lo que llamaba crimen, sin embargo, tampoco les creía a los que afirmaban nunca matar hormigas ni moscas; obviamente se sentía como un dinosaurio para aquel brevísimo ser, ella no lo comería pero lo destruyó (y de todos modos, los dinosaurios son herbívoros según cuentan los que los inventaron), si pensaba seriamente, ¿por defensa propia, por asco? Éticamente, esto último no justificaba el hecho (¿o sí?).

      Más tarde se vistió porque era necesario, de su gusto se hubiera quedado bajo la regadera un par de horas más. Quien organizó este mundo de la manera en que ya estaba cuando ella nació, creó ciertas reglas ineludibles, en ellas, su culpa no tenía cabida, o era intrascendente.

       Así que desayunó un par de huevos y salió rumbo a la oficina. Otro trámite inevitable.

     Salir de sí y entrar al mundo con el cabello recogido y la careta bien puesta, ¿qué más?, no olvidar ponerse los zapatos, el silencio y la prudencia para no andar por ahí pisoteando egos.

      Entrar en la muerte. Cerrar los ojos y ya. ¿Dos uñas gigantescas harían explotar su cuerpo como ella hizo poco antes? Demasiada lecturas inadecuadas, demasiada poca conversación con sus pares. Vaya usted a saber la razón de pensamientos tan peregrinos.

       Ana no se arrojaría a la vías del tren, ni decidiría lanzarse bajo las llantas de ningún automóvil en marcha, la culpa tampoco era tan grande y sabía que no le quedaba otra que vivir con ella, como quien acepta a un vecino desagradable.

      Encender la computadora y ver correr a una cucaracha de dimensiones modestas (no era de las que vuelan ni tenía el tamaño de una ciruela pasa) era más bien mediocre. Se levantó de un salto, tomó un trozo de papel para prensarla entre la pared y ese pobre recorte, el bicho fue más rápido que ella, así que volvió a tomar asiento y un par de minutos después la vio correr cerca de su zapato izquierdo, sin dudarlo, se paró y la aplastó contra el piso. La embarradura que quedó la limpió con un papel que echó al cesto de basura.

      Aún no era mediodía y ya había matado dos veces

       Cuando fue a comer algo por los alrededores de su trabajo le pusieron (módica cantidad mediante) una generosa porción de lechuga y otras hierbas sobre un plato. Sentada bajo una sombrilla, admiró el brillo del día, el azul que todo lo impregnaba y vio a una mujer que ordenó un biónico (esos preparados de fruta y crema que solo los más ingenuos creen que son dietéticos). A punto estuvo de preguntarle a esa mujer donde había adquirido el vestido floreado tan útil para los calores de este mayo cuando advirtió que ella no tenía la mano izquierda (¿o era la derecha?), le dieron más ganas de preguntarle cómo la había perdido (la mano) pero entendió que sería demasiado imprudente, nunca la había visto y lo más seguro sería que una mirada asesina y un brusco darle la espalda serían las únicas repuestas que obtendría. Coincidencia o no, en ese momento el tenedor desechable que le dieron para comer su ensalada perdió uno de sus dientes (¿o cuernos, los tenedores tienen dientes o cuernos?) pero siguió siendo útil para cumplir con su tarea (vaya metáfora) y lo siguió siendo cuando perdió otro de sus filos, ¿se convirtió entonces en un tridente (ah, de ahí viene lo de los dientes), y ella en la asesina de insectos del momento? (vaya ocurrencias); ¿cuántos insectos habrá matado esa mujer?, ¿cuántas hormigas se necesitan para comerse una mano sin matar a su dueña?

        Volvió a la oficina sin ninguna respuesta y tampoco descendió del hermoso cielo azul ningún par de pulgares gigantescos para triturarla, ¿cuánto tiempo más quedarían sus crímenes disfrutando de la impunidad que le daba tener un cuerpo de ser humano?

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

La mujer que supo no desvanecerse

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

La mujer que supo no desvanecerse

 

Por Marco Benavides

 

Hay vidas que parecen escritas para ilustrar que el origen no dicta el destino, sino que a veces lo contradice de manera espléndida. Sofia Villani Scicolone nació en Roma el 20 de septiembre de 1934, en el seno de una Italia todavía herida por la guerra, entre calles marcadas por la escasez y una infancia que conoció de cerca la precariedad. Nada en ese paisaje de posguerra anunciaba a la actriz que el mundo terminaría llamando Sophia Loren: ese nombre que, con el tiempo, se volvería sinónimo de algo más difícil de definir que la fama. Una manera de ocupar el espacio y la memoria de quienes la miran.

Antes de que los grandes estudios pusieran su atención en ella, la joven Sofia transitó por los márgenes del espectáculo con la paciencia callada de quien sabe esperar sin resignarse. Concursos de belleza, pequeños papeles, fotonovelas: ese aprendizaje menor y a menudo ingrato que la industria impone a quienes aún no tienen nombre. Fue en ese periodo donde aprendió algo que las academias no enseñan: a mirar la cámara como si la cámara no existiera, a construir una imagen propia en un medio donde la belleza femenina solía reducirse a un adorno.

El encuentro con el productor Carlo Ponti (1912–2007) cambió el rumbo de su carrera y, con el tiempo, también el de su vida. Ponti supo advertir que detrás de la fotogenia de la joven actriz habitaba una intérprete de posibilidades poco comunes. Bajo su impulso, Loren fue dejando atrás los personajes decorativos para adentrarse en una presencia escénica más compleja, donde convivían sin tensión la sensualidad y la inteligencia, el humor y la energía dramática, la ligereza y el peso. Loren demostró pronto que su talento excedía la imagen de diva mediterránea con la que frecuentemente se intentaba reducirla. Trabajó con directores exigentes, construyó personajes femeninos intensos y llenos de matices, y esperó con rigor su momento.

Ese momento llegó con Dos mujeres, dirigida por Vittorio De Sica en 1960. La película le permitió ofrecer una interpretación de una profundidad emocional que pocas veces el cine había visto en una actriz de su generación: el dolor sin artificio, la dignidad sostenida al borde del desgarro. El Óscar a la mejor actriz que recibió por ese papel fue, además de un reconocimiento personal, un hito histórico: era una de las primeras veces que la Academia reconocía en esa categoría una actuación en lengua no inglesa. El cine europeo tuvo, por un momento, el rostro de Sophia Loren.

La expansión hacia Hollywood confirmó lo que los conocedores ya sospechaban: que se trataba de una de las grandes personalidades cinematográficas del siglo. Compartió pantalla con actores legendarios, participó en producciones de escala monumental, fue recibida con esa mezcla de admiración y codicia que los grandes estudios reservan para quienes llegan de Europa con el aura de lo auténtico. Pero, a diferencia de otras intérpretes europeas que el sistema estadounidense terminó absorbiendo y diluyendo, Loren conservó algo esencial: un estilo propio, inconfundible, hecho de temperamento italiano, sofisticación ganada y una autenticidad que ningún maquillista podía fabricar.

Películas como El Cid, Ayer, hoy y mañana o Matrimonio a la italiana muestran esa versatilidad que le permitía pasar del drama severo a la comedia chispeante sin perder densidad ni convicción. Su rostro se volvió universal, pero su sensibilidad siguió anclada en una tradición cultural precisa: la del cine italiano que sabe combinar belleza visual, humanidad sin sentimentalismo e ironía sin crueldad.

Las leyendas verdaderas no se desvanecen: maduran como los buenos vinos. Y la figura de Sophia Loren la niña que conoció la pobreza, la joven que aprendió a mirar la cámara, la actriz que un día hizo llorar al mundo en dos idiomas continúa iluminando la historia del cine con esa serenidad particular que tienen las personas que ya saben que no van a marcharse nunca.

 

Dr. Marco Benavides, 30 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

viernes, 29 de mayo de 2026

Luz azul marina que me abduce

 

Luz azul marina que me abduce

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Una oscuridad sin aromas. Una humedad sin tacto. Un torrente pausado (durante años). Una voz diciendo nimiedades en mi oído. Una figura conocida, pero sin voz. Alargo el brazo de humo del pensamiento y no hay nada, solo la saliva acumulándose en mi boca como ciego testigo de lo inasible, de lo imposible pero feroz, irrumpiendo salvaje en el corazón frágil de la infancia, haciendo agua ese cristal, hasta que la vejez deviene quitándome las manos del rostro y abrazándome con infinita ternura, en silencio, para siempre.



Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

jueves, 28 de mayo de 2026

El hombre que convirtió el fútbol en un lenguaje universal


 Diseño gráfico: Marco Benavides

El hombre que convirtió el fútbol en un lenguaje universal

 

Por Marco Benavides

 

Hablar de Pelé es internarse en una página luminosa. Edson Arantes do Nascimento, conocido universalmente como Pelé, nació en Três Corações, Brasil, el 23 de octubre de 1940, y murió en São Paulo el 29 de diciembre de 2022. Pelé fue, ante todo, una figura que desbordó los límites del fútbol para convertirse en símbolo universal. Para incontables aficionados no fue solo un goleador extraordinario, sino la encarnación de una época en la que el fútbol brasileño sedujo al mundo con una mezcla única de alegría, imaginación y audacia.

La grandeza de su trayectoria se vuelve aún más significativa si se recuerdan sus orígenes modestos. Pelé creció en un ambiente de carencias materiales, y desde temprano descubrió en la pelota una forma de expresión y una vía de ascenso. Ya en la infancia se adivinaban en él dones poco comunes: una relación instintiva con el balón, una inteligencia precoz para leer el juego y una serenidad impropia de su edad. Debutó profesionalmente con el Santos en 1956, siendo apenas un adolescente, y en poco tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en una presencia determinante, primero para su club y, muy pronto, para la fantasía de todo un país.

Con el Santos protagonizó una de las etapas más fecundas del fútbol de clubes en el siglo XX. Durante dos décadas, la institución brasileña alcanzó una proyección internacional extraordinaria gracias a una generación brillante cuyo centro gravitacional era Pelé. Allí conquistó campeonatos estatales, nacionales, títulos continentales e intercontinentales que consolidaron al equipo como referencia mundial. Pelé convirtió al Santos en una metáfora del fútbol entendido como espectáculo y excelencia: marcaba, asistía, ordenaba y ennoblecía el juego de quienes lo rodeaban. No se imponía solo por su potencia o su rapidez, sino por una comprensión superior del ritmo, del espacio y de la ocasión precisa.

La dimensión universal de Pelé se explica, sobre todo, por su relación con la selección de Brasil. Alcanzó la consagración en la Copa del Mundo de 1958, donde, con apenas 17 años, sorprendió al planeta con una madurez futbolística casi inconcebible. Su participación fue decisiva para que Brasil conquistara su primer título mundial. También integró el equipo campeón de 1962 y volvió a ser figura central en 1970, dentro de una selección que muchos consideran una de las expresiones más perfectas del deporte. Gracias a esa trayectoria sigue siendo el único futbolista en la historia que ha ganado tres Copas del Mundo, una hazaña cuya singularidad ha resistido el paso de las décadas.

Uno de los rasgos más cautivadores de Pelé era la amplitud de su repertorio. No fue un delantero confinado al área ni un mero ejecutor del gol; fue un futbolista total. Podía retrasarse para asociarse con sus compañeros, inventar una jugada individual donde parecía no haber salida, y rematar con ambas piernas con igual eficacia. Su fútbol reunía dos virtudes que rara vez conviven con tal armonía: la belleza y la eficacia. De ahí que su apodo, O Rei, no responda solo a la admiración popular, sino a la autoridad serena con la que gobernaba los partidos.

Más allá de los títulos, Pelé ejerció una influencia cultural de enorme alcance. Fue uno de los primeros ídolos globales del fútbol y contribuyó a que este deporte se afirmara como un lenguaje compartido a escala mundial. Su celebridad rebasó las fronteras de Sudamérica y Europa, su paso por el New York Cosmos en los años setenta ayudó a fortalecer la presencia del futbol en Estados Unidos. Con el tiempo, su nombre se volvió inseparable de cualquier discusión seria sobre el mejor futbolista de todos los tiempos.

Su grandeza no dependió únicamente de las cifras, de los trofeos ni del resplandor mediático que acompañó su carrera. También descansó en una cualidad menos visible: la capacidad de inspirar admiración en públicos muy distintos, incluso en aquellos que jamás lo vieron jugar. Pelé consiguió que la memoria del fútbol se organizara como si su nombre hubiese quedado inscrito no solo en la historia del deporte, sino también en la sensibilidad de varias generaciones que aprendieron a mirar el juego a través del eco de sus hazañas.

La figura de Pelé debe leerse también en clave simbólica. Su carrera ofreció a generaciones enteras una imagen poderosa de lo que el talento, sostenido por la disciplina y la ambición puede llegar a significar. En él se reunieron la confianza, la alegría y una forma de excelencia que parecía no agotarse nunca. Aunque el tiempo haya traído nuevas estrellas y otras velocidades para el juego, el nombre de Pelé conserva una resonancia casi mítica. Su legado no habita únicamente en los archivos o en los goles memorables: vive en la idea misma del fútbol como arte popular, como espectáculo colectivo y como emoción compartida. Por eso, Pelé permanece en la memoria del mundo como una de esas raras figuras que convierten su oficio en una forma de eternidad.

Cada vez que el futbol parece reducirse a estadísticas, contratos o disputas pasajeras, su recuerdo devuelve al juego algo de su antigua música. En su figura sobrevive la infancia del asombro, la certeza de que una pelota también puede ser promesa, belleza y destino. Pelé fue el instante en que el deporte se volvió fábula. Por eso su nombre sigue avanzando, no como una sombra del ayer, sino como una estrella que, aun apagada en la distancia, continúa dándonos su luz.

 

Dr. Marco Benavides, 28 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Herencia de un sol


 

Herencia de un sol


Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Mi padre caminaba la tierra
como quien recorre su sangre.

No tenía prisa.
El campo le marcaba el paso:
lento, firme,
con ese ritmo antiguo
que solo entiende quien ha sembrado.

Entre los surcos encontraba respuestas.
No hablaba mucho,
pero miraba.
En su mirada cabía el clima,
la esperanza
y también la preocupación callada.

Primero fue el algodón,
el oro blanco
que brillaba como promesa.

Pero la tierra, caprichosa,
envió una prueba:
la plaga.

Y entonces aprendió, sin rendirse,
que el campo también enseña a soltar.

Vinieron después el maíz,
humilde y generoso,
y el trigo
que ondulaba como un mar
bajo el viento del norte.

Y al final,
los nogales.

Árboles pacientes,
de raíces profundas,
como si supieran
que el tiempo no siempre trae agua,
pero sí memoria.

Aún viven.
Aún resisten.
Como un eco de sus manos.

Mi padre caminaba para ver la cosecha,
decía que era ejercicio.
Pero yo siento
que en realidad iba a conversar con la vida.

Hoy, él ya no está.

Pero cuando el viento cruza los campos,
cuando el sol cae sobre la tierra abierta,
cuando una semilla insiste en crecer
a pesar de la sequía,

ahí está él.

No en la ausencia,
sino en todo lo que sigue vivo.

Porque el campo no solo da frutos,
siembra maneras de mirar el mundo.

Y a nosotros
nos dejó una valiosa cosecha:
el amor por la tierra.

 

Abril 2026

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

martes, 26 de mayo de 2026

Ha tomado el espejo de mis manos

 

Ha tomado el espejo de mis manos

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Una imagen: miro mis ojos, apenas pasadas las siete de la mañana (una mañana brillante), sentada en un pupitre como si atendiera la clase, pero no, veo mis ojos ¿de qué color son?, en ese momento la mano de la maestra se interpone en la contemplación, ha tomado el espejo de mis manos… el regaño desapareció de mi memoria, sus mecanismos aún me son desconocidos (quisiera decir del espejo y de la memoria, pero me refiero solo a la memoria).

Ha sido en cambio esta mujer de cabellos blancos quien me infectó del amor por la palabra, supongo, ya sabemos que no se puede confiar en mi memoria.

El cuento viene a cuento porque… tampoco importa. Creo entender, eso sí, que la contemplación de uno mismo tiene que ver con la literatura, al menos en mi caso.

Sin ánimo de construir una autobiografía (nada precoz en este caso), podemos reconstruir así, en ciertas imágenes, el decurso de una vida. Y se antoja ir diciendo que somos un rompecabezas sin armar. Me gusta también la imagen que alguna vez me regaló un maestro: somos el camino de quien asciende por una montaña, pero de manera insensata quizá, si se ve desde el cielo al caminante, va formando, con sus huellas, una línea espiral (en caso de que la montaña fuera más bien un cono perfecto). Sí, se ríe uno de estas imágenes, pero ¿no es muy sano reírse de uno mismo? Así pues, ser la mirada que se mira o la línea en espiral que solo podrá llegar a la punta de la montaña después de un gran recorrido, simpáticas maneras de vérselas con la imagen para describirse a uno mismo.

¿Será locura mirarse al espejo y gritar a voz en cuello que uno no es lo que es, que se considera uno un verdadero genio escondido en esa mirada amarilla o roja?

Hacer el experimento no está de más, acaso los ingredientes pudieran ser un acid jazz en los oídos (bien dentro para ello son útiles unos buenos audífonos) y alrededor gente que quiere hacerse oír mientras uno finge demencia.

Hacerse el loco, desentenderse, ir a otra parte. Bonitas formas de estar sin estar afirmando estar más que bien parado en la vida.

¿Quién puede negar que no somos todos un experimento? Asumirlo, vivirlo a fondo, aunque sea durante algunos minutos tal vez nos regale un poquito más de vida. No sé. Tal vez.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

La red que somos

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

La red que somos

 

Por Marco Benavides

 

Hay una escena que vuelve con frecuencia cuando pienso en la globalización: un hombre en Lagos escucha, desde su teléfono ensamblado en China, una canción grabada en Nashville por un colombiano que canta en inglés sobre el desamor. Nadie en esa cadena planeó el encuentro.

La globalización es eso: la creciente capacidad del mundo para conectarse consigo mismo. No es una política ni un decreto; es un proceso vivo, contradictorio, a veces brutal mediante el cual bienes, personas, ideas, dinero y cultura circulan entre naciones con una libertad que hace cien años habría parecido ciencia ficción. Sus motores son conocidos: el comercio internacional que se multiplicó tras la Segunda Guerra Mundial, las innovaciones tecnológicas que desde los años ochenta comprimieron el tiempo y la distancia, las instituciones OMC, FMI, acuerdos de libre comercio que tendieron los rieles por los que corre este tráfico, y la movilidad, esa migración constante de personas y capitales que no espera permiso de nadie.

El resultado es una interdependencia sin precedentes. Lo que ocurre en un país resuena en otro antes de que el periódico de la mañana llegue a los quioscos. Una cosecha arruinada en Ucrania encarece el pan en El Cairo. Un virus emergente en una ciudad remota puede detener, en semanas, la economía global. Un algoritmo ajustado en Silicon Valley redirige flujos de publicidad que determinan qué músicos en Ciudad de México logran ser escuchados. La causalidad se ha vuelto oblicua, difusa, planetaria.

Sería fácil y deshonesto detenerse en el asombro. La globalización también ha concentrado riqueza, precarizado empleos, homogeneizado culturas. El mercado internacional que promete oportunidades a todos no llega igual a todos los rincones. Hay una asimetría persistente entre quienes dictan las reglas del intercambio y quienes simplemente las reciben. El intercambio cultural, que suena a fiesta, a menudo es monólogo: las mismas plataformas, los mismos algoritmos, la misma gramática del entretenimiento impuesta sobre tradiciones que no pidieron ese molde.

Y, sin embargo, en esa paradoja vive algo que merece más que condena o celebración. La globalización nos ha dado un idioma compartido para los problemas que no reconocen frontera: el cambio climático, las pandemias, la migración, el agua. Nos ha obligado no siempre con gentileza a reconocer que el otro existe y que sus decisiones nos afectan tanto como las propias. Esa incomodidad es, quizá, el comienzo de algo.

Vivir en este mundo interconectado es habitar una red cuya extensión no abarcamos del todo. Somos, a la vez, sus nudos y sus hebras. Lo que hagamos aquí importa allá. Lo que decidan allá nos transforma aquí. La pregunta no es si queremos la red ya estamos dentro sino qué tipo de nudo queremos ser.

 

Dr. Marco Benavides 24 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.