El
perturbador laberinto de El
Bastión
Por Raúl Sánchez Trillo
Eduardo Libreros irrumpe en la literatura con una propuesta
tan audaz como adictiva: El Bastión, una novela
policial que hackea las reglas tradicionales del género en México. Con apenas 200 páginas, este
vertiginoso thriller
no da tregua. Su ritmo frenético atrapa desde la primera línea, camuflándose
bajo la ligereza de una novela breve, pero arrastrando consigo la densidad de
los secretos más oscuros de la historia nacional.
El
doctor Santiago Labre, investigador del Ministerio de Seguridad del Estado
comisionado para resolver el magnicidio del obispo Juan Lozada, rompe el molde
del clásico detective mexicano. A diferencia de sus predecesores, Labre posee
posgrados en ciencias políticas e historia obtenidos en el extranjero.
Esta
sofisticación intelectual lo coloca en las antípodas de la tradición literaria
nacional:
·
Desbanca la brutalidad de Filiberto García, el letal matón de la Revolución en
El complot mongol de Rafael Bernal.
·
Se aleja del desencanto de Héctor Belascoarán Shayne (Taibo II), el ingeniero que
recurre a un curso por correspondencia para ejercer de forma independiente.
·
Contrasta con la picaresca de Edgar "el Zurdo" Mendieta (Élmer Mendoza), el licenciado en literatura
que se corrompe en la Policía Ministerial de Culiacán por dinero fácil.
·
Supera por amplio margen el amateurismo de Rogelio “el Vaquero” Rodríguez (La muerte del pelícano de los hermanos Sánchez Vargas), un pasante de ciencias políticas.
La
genialidad de Libreros radica en la construcción de su protagonista como un Juan Preciado con
doctorado. Al igual que el icónico personaje de Juan Rulfo,
Labre deja la comodidad de Europa y el cobijo materno para descender a un
México fantasmal y violento en busca de sus raíces paternas. El motor de su
viaje es doble: el morbo personal y el rigor del historiador. “Quería entender a
mi patria y conocer a mi país”, confiesa.
Si
Preciado viaja a Comala buscando a Pedro Páramo, Labre se interna en el
infierno de La Guerra Sucia para ocupar el mismo cargo que detentó su padre,
Argamasa, asesinado misteriosamente mientras mediaba un pacto secreto entre el
clero y la masonería en plena sucesión presidencial. Su herencia no son
tierras, sino un archivo secreto que funciona como la radiografía más
perturbadora de la ultraderecha católica mexicana.
El
propio narrador nos advierte el peligro de este descenso:
Quien
tema los efectos indelebles de la violencia y el sadomasoquismo, ahórrese su
tiempo, proteja su conciencia y no lea esta historia, que está basada en hechos
reales, pero escrita en forma de novela. Quien desee, en cambio, comprender un
poco aquella época que se llamó La Guerra Sucia, aténgase a las consecuencias e
intérnese en mi odisea estrambótica.
Acompañado
por el Mayor Coyame ‒un escolta de ascendencia apache cuya imponente fuerza
física supera a la del mismísimo Profesor Zovek‒, Labre inicia la cacería de El
Coralillo, un omnipresente sicario mitad mormón y mitad mexicano nacido en
Chuhuichupa, Chihuahua.
A
partir de ahí, la novela avanza a una velocidad cinematográfica por las cloacas
del fanatismo. El escenario es una red clandestina donde curas y paramilitares
anticomunistas operan bajo las sombras de organizaciones reales como el MURO,
el FUA y el Yunque. Labre transita de la fascinación de los ritos secretos en
haciendas del Bajío a vertiginosas huidas a caballo facilitadas por viejos
cristeros.
Libreros
difumina con maestría la línea entre realidad y ficción al evocar pasajes
históricos como el atentado al periódico El
Día ‒ejecutado por órdenes del Primer Círculo del
Bastión‒ o el brutal enfrentamiento en el
Cerro del Cubilete, descrito con una prosa poética de tintes apocalípticos:
Por
horas reinó la tiniebla en el alma de los combatientes, como si entre ellos
hubiera mil años de ofensas y todas fueran imperdonables. Hedió el aire una
capa de odio y el ambiente se tornó infecto. No se podía respirar. Un comando
se volvió loco y, entre la masa de gamos que reñían cuerpo a cuerpo, anunció la
presencia de ángeles cayendo en la noche.
Escrita
con una corrección impecable y una elegancia que evidencia a un autor dueño de
su oficio, El Bastión
es una pieza indispensable para entender las mutaciones del neopolicial mexicano.
Eduardo Libreros nos entrega una lectura sumamente amena y magnética,
dejándonos con la urgente necesidad de que el doctor Santiago Labre regrese
pronto a resolver nuevos entuertos en este país de misterios irresueltos.
Raúl Sánchez Trillo estudió la maestría en
artes visuales en la ENAP/UNAM. Escribe crónicas y es profesional de la
fotografía de arte. Fue director de la Facultad de Artes, de Extensión y
Difusión Cultural y secretario general la Universidad Autónoma de Chihuahua.
Actualmente escribe crónicas y artículos en redes sociales.






