Palabras al recibir la Medalla al mérito
cultural artístico Víctor Hugo Rascón Banda
Por Nacho Guerrero
Nací en estas tierras de Norteamérica, llanos
septentrionales del centro y casi a mitad del continente amerindio. ¿Qué tiene
Chihuahua? ¿Su gente? ¿De dónde venimos? ¿Cuáles son nuestras raíces, que
siempre son nuestros frutos y acciones, y nos hacen ser únicos en este mundo,
nos interrelacionan, estamos conectados y por lo tanto somos inseparables en
esencia? Piedras, caballos, humanos, agua, tlacuaches, miradas, ríos, flores,
zacate, ciudades, cielos, grutas, cerros, perros y gatos.
Creo que por eso, y por otras historias, me
hice fotógrafo. Nací en 1954 ‒afortunado por ello‒ en esta Villa de San Felipe del Real, hoy
llamada Chihuahua. Tierra difícil y hermosa, donde la luz emana de las piedras
y de la arena en cristales radiantes, iluminados por un sol intenso, tan
grosero como dulce.
Mis raíces: aún recuerdo en el vientre de mi
madre esconderme del trasluz de sus paredes y acurrucarme para buscar la oscura
parte de la noche prenatal, que me dieron el primer respiro en el Hospital Verde
de la Calzada Nombre de Dios. Mi primer encuentro con la luz. Los altos muros y
pabellones enormes eran como castillos ensombrecidos por un pasado esplendor,
empezaban a iluminar mi camino con una mirada certera y angular, que ya venía
integrada en mi memoria.
Los juegos de aquella época fueron el
principio de una serie de acontecimientos, siempre entre la luz y la oscuridad,
que le dieron a mi vida un sentido casi fotográfico. Recuerdo el closet oscuro,
donde la luz brotaba del quicio de la puerta y, solo con la paciencia de un
obturador, llenar de imágenes esa caja oscura con rayos que atravesaban de lado
a lado las paredes, llenando de sentido esa temida oscuridad que se convertía
en un regocijo como de película muda y relampagueante.
Aquel juego se convirtió por mucho tiempo en
la aventura cotidiana. Así llegó el mundo de las cámaras. No tardó Santa Claus
en darme la primera, una Kodak Brownie 120 mm, que usé y usé hasta sus últimos
y destellantes flashazos que humeaban y olían a chicle derretido. ¡Qué
maravillosa niñez, llena de tiempo y de tierra! ¡de riqueza, sí, pero profunda
y amorosa! Que abrió mi vida a lo que va más allá de lo material, enriqueciendo
mi ser con intuición, humanismo y una pasión por el patrimonio tangible,
intangible y biocultural de Chihuahua.
Llevo 50 años de fotógrafo. A lo largo de
este tiempo he unido dos mundos: la fotografía por encargo, y lo que llamo “El
Nacho libre”. Ninguno de estos caminos me ha limitado; he hecho lo que amo, y
eso me ha llevado a explorar miles de temas sobre la vida. Recibo de la luz de
Chihuahua la posibilidad de crear, mirar y emocionarme. Sus paisajes múltiples,
la ciudad, sus pueblos, su gente, los rostros y las miradas capturando la
esencia de su vida. Es la luz en blanco y negro, los verdes y ocres de sus llanuras
y montañas, sus cielos y barrancos. Me he convertido en un geógrafo que
descubre las orografías, el inicios de los ríos y los manantiales en mitad del
desierto.
Décadas atrás, la curiosidad de un niño
exploraba el misterio de una cámara, y sabía que aquel momento marcaría el
inicio de un viaje que he seguido con dedicación, compromiso y significado. En
la fotografía he encontrado un espacio para replantear nuestra condición
humana, un lugar donde convergen el septentrión, el ritual y el manifiesto de lo
cotidiano.
Hoy, tras este largo camino fotográfico, he
reunido un acervo visual que documenta las vastedades de nuestra vasta región,
lo cual me inspira a seguir documentando hasta el final de mis días lo que me
falta de explorar de nuestro gran territorio.
Con gratitud llego a este recinto para
expresar mi agradecimiento hacia mi familia, amigos, colegas fotógrafos,
colaboradores, al pueblo chihuahuense y al Congreso del Estado por esta
distinción de la Medalla al mérito cultural artístico Víctor Hugo Rascón Banda.
Tuve el placer de conocer a Víctor Hugo y contar con su distinguida amistad; lo
recuerdo parafraseando: "por mi cámara hablará la sociedad de mi
tiempo."
Muchas gracias.
Ignacio Guerrero Olivares inició en Chihuahua la cultura de la foto artística y ha sido fotógrafo productivo y perfeccionista desde hace 40 años. Tiene en su archivo un caudal de vistas impresionante, paisaje, retrato, historia, publicidad, modelaje, texturas; nada escapa a su mirada. Es Premio Chihuahua de Arte Fotográfico y maestro de varias generaciones de fotógrafos que en su estudio trabajaron y aprendieron técnicas y ciencia de la imagen.






