miércoles, 30 de septiembre de 2026

En torno a una taza de café

 

En torno a una taza de café

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

I

El viejo sacerdote con su sombrero de paja, camisola de lona y pantalones de mezclilla regaba sus macetas de flores y plantitas suculentas. Usaba una regadera de las que ya no ve uno sino en las películas. El largo corredor entre la iglesia y la casa parroquial aparecía, pues, muy alegre y decorado, el padre había logrado hacer crecer y florecer sus plantas de acuerdo a si eran estas de sol o de sombra. Varios jardineros y jardineras se preguntaban: ¿cómo le hace el padre Antonio para obtener tan buenos resultados? Y ciertamente colibríes y mariposas hacían los honores en aquel tan bien cuidado jardincito.

La mañana transcurría en calma. Casi habiendo terminado de regar sus plantas, el padre notó que a la entrada del corredor, la que daba a la calle, había un hombre que lo observaba.

—Padre Antonio, ¡buenos días!

—¡Buenos!

—Soy José Díaz, padre José. Encargado de las visitas pastorales.

—¡Ya lo veo! Obispo nuevo, nuevos visitadores. Estoy a sus órdenes. Estoy terminando de regar mis flores. Pensaba hacerme un cafecito y después rezar mi breviario.

—¿Comenzó sus labores del día regando sus plantas?

—¡Por supuesto que no! Ya para ahorita dije la misa de siete y confesé a unas cuantas bea… feligreses.

—Iba usted a decir beatas.

—No intenté ser crítico ni burlón.

—Vayamos por ese cafecito.

Los dos sacerdotes caminaron hacia la entrada de la casa parroquial. Pasado el recibidor, cuartito sin más decoración que un cuadro con la imagen de la virgen, penetraron en la cocina. El padre Antonio se encaminó a la cafetera, colocó en ella un filtro de papel y depositó dos cucharadas de café molido sobre él. Tomó entonces la jarrita y la llenó de agua del garrafón que estaba a un lado del mueble sobre el que estaba la cafetera. El padre José se había sentado junto a la mesita de la cocina y observaba cómo el padre Antonio preparaba el café. Después de tantos años haciendo la mismo —pensó— hasta dormido podría hacerse su cafecito. Indudable maestría.

—Dígame padre. ¿Cómo es su vida en esta alejada parroquia?

—¿Qué quiere saber?

—Bueno, seré directo e iré al grano. Al obispo…

—El nuevo obispo.

—Al nuevo obispo, pues. A él le preocupan ciertos rumores. Después de todo, esta parroquia es la más alejada de la catedral metropolitana y hasta se ha dicho, malamente creo, abandonada.

—En efecto, padre José, ha estado abandonada por más de veinte años. Pero dijo usted que sería directo… ¿algo de unos rumores?

—Bueno, es que ha llegado al conocimiento del obispo que se le ha visto a usted entrando en una casa de mala nota.

—En efecto, entró ahí más o menos cada dos o tres meses. Y salgo de ahí otras tantas veces. Es parte de mis visitas pastorales.

—¿Visitas pastorales?

—Así es. Hace un tiempo, de hecho muchos años, me dí cuenta de que las mujeres que laboran ahí no acudían a la iglesia. En mi primera visita, insisto, hace muchos años, me enteré que todas ellas eran católicas, pero que por su ocupación —y lo que de ellas pensaba la gente— no podían asistir a la iglesia y menos los domingos en que el resto del pueblo va a misa. En efecto, prácticamente en todos los cuartos de la casa hay imágenes de santos o de la virgen…

—Y usted conoce todos los cuartos…

—Con el paso del tiempo llegué a conocerlos. Pero le contaba de mi primera visita, que fue la que me movió a continuar mis visitas a la casa.

—¿Qué fue lo que vio usted en esa primera visita?

—Es a lo que voy. Esa vez solo entré a la estancia principal, que es donde los clientes aguardan su turno de ser llamados. Allá al fondo la divisé, era un hermoso cuadro con la imagen de la guadalupana.

—Y me dirá usted que la virgen le habló.

—Casi fue así. Sentí que la virgen me decía “atiende a mis hijas”.

—¿Y de ahí en adelante vuelve usted cada y cuando a ese lugar? Pero dígame, ¿nunca tuvo dudas respecto a si lo que usted hacía era correcto, es decir aceptable para su imagen como ministro de Dios?

—¡Oh si, por supuesto!

—Y ¿qué hizo usted?

—Le escribí al obispo. Al de entonces. Como pidiéndole permiso de hacer mis visitas.

—Y ¿qué pasó?

—El obispo —o su oficina— me contestó que la diócesis no tenía fondos para nuevos proyectos. No estoy seguro de si era una carta de machote, una form letter. Pero no podía interpretarse sino como que si no costaba dinero podía hacerse.

—¿Y qué es lo que hace usted durante esas visitas?

—Reúno a las que estén disponibles y debo decir que muchas hacen el tiempo para la reunión. Rezamos y les leo un pasaje del evangelio. Finalmente, les doy mi bendición.

—¿Y qué más, padre Antonio?

—Bueno, pues siempre me obsequian con una humeante taza de café colombiano, pan de centeno tostado y un platito con tiras de tocino de alta calidad.

—Y supongo que durante ese almuerzo o desayuno usted les inducirá a arrepentirse.

—No es necesario, todas ellas saben perfectamente que lo que hacen no es bien visto. Pero son hijas de Dios también y, después de todo, a nuestro señor Jesucristo también lo criticaban por ser algunos de sus seguidores pecadores y publicanos.

—Ya veo…

—¿Y cómo es que “los rumores“ llegaron al nuevo obispo?

—¡Ay padre Antonio! El mundo se ha hecho pequeño gracias a los teléfonos celulares. Alguno de sus feligreses comentó de sus visitas a alguna de las secretarías del obispado.

—El chisme cibernético pues, ¿y qué debo hacer?

—Me temo que el asunto va más allá. El obispo ha dispuesto cambiarle a usted a un lugar más cercano a él.

—¡Ejecutado antes de ser juzgado! Y trasladado a la casa de retiro donde el nuevo obispo y usted puedan vigilarme de cerca. Y después de cuarenta años aquí…

—Lo sé querido, padre Antonio. Aunque no se precipite, no hemos podido encontrar todavía quién quiera venir a tomar su lugar…

—A quien castigar…

—No precisamente, el señor obispo quiere un sacerdote comprometido.

—Como yo.

—De sólida moral y formación.

—Como yo.

—Y de impecable reputación.

—Como yo antes del chisme. ¡Qué pena!

—Solo queremos que se vaya preparando.

—Lo haré padre José, su café se está enfriando y ni lo ha probado.

 

II
—¿Qué le pasa al padre Antonio? Está muy raro últimamente. Como enfadado, distraído y distante —preguntó a Teo, el sacristán, don Cresencio, próspero comerciante del lugar y amigo del padre Antonio.

—¡Así es! —respondió Teo—. Todos lo hemos notado. Y está así desde que lo visitó un tipo que llegó en un Cadillac negro y conversó con él en la cocina de la casa parroquial.

—Y ¿quién era ese tipo?

—No lo sé. Le pregunté al padre y no quiso decirme. Por su manera de andar ‒deduzco‒ era otro sacerdote. Cuando le pregunté al padre, este cambió el tema como ignorando la pregunta, pero se veía muy molesto. El tipo no estuvo ni siquiera veinte minutos y se marchó. Cuando entré al cuarto, el padre estaba sentado en una de las sillas con la cabeza entre sus manos como si hubiera estado llorando. Noté entonces que sobre la mesa de la cocina había una taza de café sin probar. El padre me dijo ‒algo muy inusual para él‒ “caliéntalo en la microonda y tómatelo tú”. Se paró y se fue.

—¿Y qué hizo entonces?

—No sé. Ya no lo volví a ver sino hasta la misa de las seis. Y ya se veía como lo notó usted.

—Ya le preguntaré yo después, no parece ser ahora mismo el momento adecuado.

Aunque el padre Antonio no dejó saber a nadie el contenido de la conversación que había tenido con el enviado del obispo, el milagro de los teléfonos celulares y el “chisme cibernético” se encargó que en menos de una semana todo el mundo en el pueblo supiera que su amado cura de almas iba a ser removido. Ciertamente el padre no quería revelar la noticia para evitar que sucediera lo que de hecho sucedió. Ya les diría ‒pensó‒ cuando ya sea un hecho y ya esté aquí mi relevo.

—¡No lo permitiremos! —rugía ante los parroquianos de la taberna Julián “el tigre”, un individuo que no se caracterizaba precisamente por su devoción a la Iglesia— Hay que organizarnos para protestar aquí y para ir hasta el palacio episcopal en la capital a exigir ‒no a pedir‒ que no se lleven al padre Antonio.

—¿Y qué diremos? —preguntó uno.
—¡Lo que sea! —respondió el tigre—. Si es preciso que nos haremos todos, en masa, Testigos de Jehová.

—No creo que tal amenaza funcione —dijo otro.

—Tal vez, pero ver a todo el pueblo reunido ante el palacio, obstruyendo el tráfico y haciendo un gran ruido, ciertamente asustará al obispo ese que es nuevo e inexperto.

 

III
—¡Teo, Teo! ¿Qué pasa allá afuera? ¿Qué escándalo es ese?

—No lo sé padre Antonio, es una multitud y quieren que salga usted a verlos.

El padre seguido de su sacristán salió por el corredor de las plantas. En efecto, el atrio, la calle y la placita frente a la iglesia estaban atiborrados de gente. Parece que era todo el pueblo. Un verdadero tumulto. Se veían unos portando pancartas con leyendas que decían: “Señor Obispo: no queremos a otro, déjenos al padre Antonio” y otras más radicales “Queremos que se quede el santo padre Antonio no un nuevo cura pedófilo” o “Si se va el padre Antonio nos haremos Testigos de Jehová” En el centro de la plaza se notaba más moderación, se veían señoras portando estandartes de la Hijas de María y las Servidoras del Altar. El Club Juvenil Padre Toño lanzaba vivas a su mentor mientras que las Damas de la Noche ‒que así se autodenominaban las sexoservidoras del pueblo‒ protestaban solo con su presencia para evitar conflictos. Comerciantes, artesanos y amas de casa también participaban ruidosamente en la protesta. Uno que vociferaba por medio de un megáfono lo pasó al padre, que veía asombrado la multitude, para que les dirigiera la palabra:

—Amados hermanos, hijos míos: primero que nada veo
el gran cariño que me tienen y lo agradezco de todo corazón.
Me doy cuenta de que ustedes se han enterado que están
pensando en cambiarme. Pero deben saber también que
todavía no es un hecho, que buscan a un buen pastor
para que me reemplace pero no lo han encontrado todavía.
Debo pedirles, sin embargo, que si el obispo así lo
determina esa es la voluntad de Dios. Y no debemos ser
radicales: ¿qué es eso de hacerse Testigos de Jehová? O
¿de dónde sacan eso de mi remplazo por un pedófilo?
Vuelvan a sus casas, a sus trabajos, y ya lo dije: acepten
la voluntad de Dios.

El tigre gritó desde en medio de la multitud:

—¡No lo permitiremos! Iremos a la capital a ver al obispo ese y le exigiremos que no nos lo cambien.

La multitud parecía no haber escuchado nada de lo que había dicho el viejo sacerdote. Coreaban al tigre clamando:

—¡Vamos, vamos todos!

—¡A la capital, vamos todos!

El padre, por una parte frustrado y por otra anonadado por la tremenda manifestación de cariño y apoyo por parte de sus feligreses, tomó su bastón y penetró a la iglesia. Cayó entonces en la cuenta de que no iba ahí sino a la casa pero que preso de la emoción había entrado por la primera puerta que se le atravesó que, era la del templo. Una vez adentro, miró la imagen de bulto de la Inmaculada que apenas iluminada por la luz que se filtraba por los vitrales de la iglesia.

—Madre Santísima, ¿qué debo hacer?

Cayó de rodillas en el reclinatorio de la última fila de bancas y esperó ahí, hincado, a que en la calle la multitud se dispersara. El padre Antonio no era malpensado, pero esta vez sí malpensó: el obispo creerá que yo fragüé todo esto. Que fueran a la capital estaba por verse, pero el tumulto que habían armado en el pueblo no dejaba duda de que podían hacerlo. De cualquier manera ya los celulares y el chisme cibernético respecto a lo que había pasado en el pueblo estaría llegando a oídos del padre José y del obispo. ¡Gracias a Dios ‒pensó‒ que ya no se usan las excomuniones! Entonces el viejo sacerdote se quedó dormido.

 

IV
El palacio episcopal lucía radiante, la calzada que llevaba a la puerta principal con sus arbotantes y faroles de estilo colonial. Los últimos que pasaron alguna vez de ser de gas a incandescentes, de ahí a fluorescentes, después de mercurio y finalmente de vapor de sodio. El edificio, un gran cuadrilongo con ventanas ojivales entre góticas y mozárabes, aparecía reluciente después de la limpieza ordenada por el nuevo obispo. Entrando por la puerta principal se encontraba uno en una amplísima estancia la cual estaba excepcionalmente concurrida esa mañana. El nuevo obispo había contratado a una compañía especializada en remodelaciones para acondicionar el primer piso, donde estaban las oficinas de la diócesis, las que despachaban todo tipo de asuntos. Los trabajadores encargados de la obra pululaban entre los visitantes habituales del obispado, aquellos que buscaban anular sus matrimonios, programar una confirmación, cambiar su nombre o simplemente conocer al nuevo obispo. En una oficinita del segundo piso despegado de la conmoción y tumulto reinantes en la planta baja, el obispo recibía al padre José:

—He leído su informe respecto a su visita al padre Antonio. Escribe usted bien. Podría ser usted novelista o guionista de cine.

—Gracias, su excelencia. ¿Y se habrá enterado de lo sucedido ayer en su parroquia?

—Así es padre José, el chisme cibernético como lo ha bautizado el padre Antonio me tiene bien informado. ¡Qué barbaridad! ¡Todo un motín! Tanto ruido por nada. Ya el padre Antonio les ha informado que todavía no hemos hallado un remplazo para su parroquia.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Después de leer su informe mi simpatía por el padre Antonio creció tremendamente. Al punto de que pensé que sería mejor no cambiarlo. Pero al enterarme del tumulto que se armó, creo que no nos debemos dejar intimidar. Por lo pronto me parece lo más prudente es dejar que las aguas vuelvan a su cauce habitual y esperar. Le encargo que siga usted buscando un buen candidato para esa parroquia. ¡Sin prisa por favor!

—Como usted disponga, Excelencia.

—Y escríbale al padre Antonio invitándole a venir a verme, dejándole saber que yo no puedo de momento visitarlo pues estoy muy muy ocupado con mi instalación aquí. Pero ‒esto no lo escriba‒ me gustaría ir con él a tomarme un cafecito colombiano con pan tostado y tocino.

Pero la carta no llegó al padre Antonio. Unos días después del tumulto, Teo, el sacristán, trató de despertarlo en la mañana para que se preparara para celebrar la misa de siete. Pero el padre ya no despertó

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Presencias


 Foto: Isabel Jazmín Ángeles

Presencias

 

Por Guadalupe Ángeles

 

El reflejo del sol en la pared de piedra; los peces en el estanque: naranjas, negros; las flores, mariposas sobre sus pétalos; hojas de color mate, otras suavemente verdes; la vegetación dentro del río, y sus aguas frías y su ritmo, constante… ¿qué hace un habitante de las ciudades en medio de todo eso? Buscarse, volver a experimentar mientras contempla y siente la humedad de la mañana que todo a su alrededor le regala un nuevo semblante; o quizá recupera alguna mañana de su infancia cuando por primera vez pisaba el césped con los pies desnudos.

      La temperatura del agua del río es cosa seria, su ritmo; es por ello que la espía llegada de lugares muy distintos, grises, se asusta, y tal vez solo porque sus miembros, demasiado acostumbrados a sillas giratorias o de aquellas que encuentras en salas de espera, sienten amenazadora la cadencia del río, temen a su profundidad.

       Y sí, la espía desiste un rato de la investigación; va entonces a la alberca, ahí sí tocan sus pies la piedra firme, hay pequeñas cascadas que, si así lo decide, masajearan su espalda.

        Ve a los valientes nadar a la par con los peces, a favor o en contra de la corriente. Se embarca en balsa segura y escucha la voz de las guías que le hablan de árboles muy viejos, narran gentiles historias, le piden que adivine la temperatura del agua y explican que viene de un manantial, ese que ha visto poco antes: El Borbollón. No han recorrido el río entero, la devuelven pronto a tierra.

         Es un día diferente, hermoso, los bañistas, los atletas amigos del río se dejan deslizar abrazados a formas diversas que los mantienen a flote y hacen así en sus aguas figuras felices.

       Camina sobre puentes de madera, admira las ramas de árboles cuyos nombres desconoce, pues esta tarde los ve por primera vez.

      Llega pronto la noche, la espía siente una presión extraña, reza de prisa en sueños mientras a su lado, sentado en la cama, el Chaneque del Río Yautepec la mira y sonríe al tiempo que pasa suavemente su mano por el rostro de la fuereña.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

Árboles

 

Foto: Isabel Jazmín Ángeles

Árboles

 

Por Guadalupe Ángeles

 

…digamos entonces que el fruto es el árbol, aunque orbite en relación a lo profundo de la raíz. Digamos que la sabia es el árbol, aunque sea lo que por sus venas va. Así, ser la parte y el todo. Porque el árbol es también ataúd y puerta, y eso no lo hace menos fruto, porque ser rama es también ser bosque. ¿Qué otro nombre para designar el arte de quien creó todo lugar y su distancia?

Porque ser árbol es también ser terrón de tierra nutricia, por el arte de ser dulzura de fruto disuelta en la lengua del ser cuyas raíces descienden hacia lo profundo, donde ser árbol y humano es lo mismo que ser arte y objeto, debido a la maquinaria perfecta de saberse (con el pensamiento) nube y lluvia, invierno y todas y cada una de las hojas que el viento dispersa sobre la tierra, donde las ovejas pacen, donde las lombrices deshacen sus cuerpos al transformarse en alimento de raíces.

“Esa sal soy”, dice también el vapor que va del mar hacia el ala de la gaviota, en cuyo vuelo el ojo humano ve la posibilidad de asirse a un algo indeterminado que, a falta de mejor nombre,

 llama: “libertad” y en ese concepto basa su idea de existir debajo de toda nube, sobre la tierra, aunque conoce también el hecho de que reposará, llegado el día, bajo la tierra y aprenderá tal vez a ser raíz, terrón de tierra, dulzura de fruto, sombra de árbol.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

19 de septiembre de 1985: la mañana en que la tierra gritó

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

19 de septiembre de 1985: la mañana en que la tierra gritó

 

Por Marco Benavides

 

Hay fechas que no pertenecen al calendario, sino a la memoria colectiva. Días que sobreviven a los años, los gobiernos, las generaciones. El 19 de septiembre de 1985 es una de esas fechas. Una herida abierta en la historia que, cuatro décadas después, sigue latiendo bajo el asfalto de la Ciudad de México.

A las 7:19 de la mañana, cuando millones de personas comenzaban su jornada. La Tierra decidió recordar su fuerza. No hubo aviso. No hubo tiempo para prepararse. Lo que durante segundos pareció un movimiento extraño terminó convirtiéndose en uno de los desastres más devastadores de la historia contemporánea del país.

Las imágenes permanecen grabadas en la memoria: edificios inclinándose como si estuvieran hechos de papel, calles cubiertas de polvo, hospitales colapsados, viviendas desaparecidas y miles de personas buscando a sus seres queridos entre montañas de concreto. Pero entre las escenas que dejó aquella mañana existe una que parece resumir el instante exacto en que la normalidad se quebró.

En el programa televisivo Hoy Mismo, la periodista Lourdes Guerrero informaba en directo cuando comenzó a percibir un movimiento inusual. Su voz, que intentaba transmitir serenidad, quedó registrada en la historia de la radiodifusión mexicana:

"Está temblando. Está temblando un poquitito, pero no se asusten..."

Durante unos segundos, el país entero escuchó cómo la incertidumbre se colaba en una transmisión cotidiana. Lo que nadie sabía en ese momento era que el sismo seguía aumentando su intensidad y que, poco después, las instalaciones de Televisa Chapultepec sufrirían daños severos que sacarían la señal del aire.

Aquella grabación no es solamente un documento periodístico. Es el sonido de la incredulidad. Es la voz humana tratando de comprender, en tiempo real, algo mucho más grande que ella. Es el instante en que una nación entera pasó de la rutina a la tragedia.

Sin embargo, reducir el 19 de septiembre a la destrucción sería injusto con quienes lo vivieron. Si algo nació de entre los escombros fue una de las expresiones más profundas de solidaridad que ha conocido México. Miles de ciudadanos salieron espontáneamente a las calles para remover piedras con sus propias manos, organizar centros de ayuda, donar alimentos y buscar sobrevivientes. Las personas se rebelaron ante la tragedia.

Cuarenta y un años después, la voz de Lourdes Guerrero sigue resonando como un eco lejano de aquella mañana. No porque describiera el terremoto con precisión, sino porque capturó algo más importante: el momento exacto en que México comprendió que nada volvería a ser igual.

 

Dr. Marco Benavides, 19 septiembre 2026 



Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Libra


 

Libra

 

Por Karly S. Aguirre

 

Libra
Fecha: 23 de septiembre - 22 de octubre
Elemento: Aire
Planeta regente: Venus
Piedra: Cuarzo rosa
Día: Viernes
Etapa: La adolescencia tardía (de los 17 a los 19 años), cuando se forman vínculos más profundos, se busca la propia identidad en relación con otros y se desarrolla el sentido de justicia.
Arcano: La Justicia

Libra es el séptimo signo del Zodiaco y el segundo del elemento Aire. Si Géminis explora ideas y Acuario las proyecta hacia el futuro, Libra busca el equilibrio entre ellas, creando armonía. Es la energía que escucha, dialoga y media; la fuerza que entiende que no existe una verdad absoluta sin considerar la perspectiva del otro. Regido por Venus, planeta del amor y la belleza, Libra se mueve por la búsqueda de la unión, el arte y la justicia.

Su temporada inicia con el equinoccio de otoño, el momento en que la luz y la oscuridad se encuentran en perfecto balance. Este instante simboliza la esencia libriana: el punto medio entre opuestos, el lugar donde los extremos se reconcilian. Así como el otoño marca la transición entre la plenitud del verano y la quietud del invierno, Libra nos recuerda la importancia de los cambios suaves, del diálogo y la cooperación.

Como signo cardinal de Aire, Libra es iniciativa que nace de las ideas y de las relaciones. Es diplomático por naturaleza, pero no por evasión, sino por una necesidad profunda de comprender y armonizar. Su búsqueda no es imponer, sino integrar. Libra sabe que no existe belleza sin contraste ni paz sin justicia.

Regido por Venus, Libra tiene un amor natural por la estética, el arte y la conexión humana. Donde otros ven caos, Libra encuentra patrones y armonías. Así como Venus en Tauro celebra los placeres tangibles, en Libra se eleva hacia lo simbólico: la belleza de una palabra justa, de una idea bien expresada, de una relación equilibrada.

La etapa vital que representa Libra es la adolescencia tardía, cuando la persona comienza a definirse a través de sus vínculos y a comprender que la vida es también convivencia y compromiso. Es el momento de las primeras decisiones que afectan a otros, de descubrir que la libertad individual convive con la responsabilidad compartida.

Aunque Libra suele ser percibido como indeciso, su duda proviene de su deseo genuino de justicia. Antes de actuar, observa, sopesa, considera cada ángulo. A veces tarda en elegir, pero cuando lo hace, su decisión busca el bien común. Libra es el amigo que media, la pareja que escucha, el artista que crea belleza como un acto de sanación.

Libra nos enseña que la vida es un baile entre dos fuerzas, que la justicia nace de la empatía y que la verdadera armonía no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de transformarlo en entendimiento y crecimiento compartido.

 


Karla Ivonne Sánchez Aguirre estudió en el bachillerato de artes y humanidades Cedart David Alfaro Siqueiros, donde estuvo en el especifico de literatura. En agosto 2025 se graduó de la licenciatura en letras españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Escribe relatos y crónicas en redes sociales.

domingo, 20 de septiembre de 2026

La princesa totzil

 

La princesa totzil

 

Por Carlos Gallegos

 

Ese señor elegante

ese güero

de cutis

requemado

alto

musculoso

de ojos verdes

nariz romana

viriles labios

tocada su cabeza

con un sombrero

Panamá muy fino

que trae en sus manos

un nivel

un cedal

un hexómetro

un carrete de hilo blanco

una plomada

una espátula

es un albañil

que vive

en la Loma de Pérez

en una casa perdida allá

entre las labores

se llama Thomás Ramírez

en su entorno

se tejen historias

que su nombre se escribe

sin h Intermedia

que no

que sí lleva h

se dice

que vino de

Sombrerete

Zacatecas

que no

que llegó de Nueva York

huyendo

de una relación

fallida

con una alemana millonaria

a la que le construyó

una mansión

Art Decó

dicen que mañana empezará

a levantar

una torre

muy alta

derechita angosta

bonita

esbelta

de ladrillo

bermejo recién cocido

en los hornos

de Rosales

que trabajan

con leña

de mezquite

que se la ha

encargado

don Emiliano

el presidente

los seis muchachos

bullangueros

que retozan

a su lado

vestidos con camisas

de manta

blanca

con pantalones de pechera

con sombrero atejanado

con zapatos

mata víboras

son medias cucharas

ayudantes de albañil

que trabajarán en la obra

los otros dos

que vienen más atrás

de corbata delgadita

de camisa

de manga corta

de pantalón de casimir

de tiple achilangado

son Manuel Benavides

y Jesús Valdez

dibujantes del plano

de la torre

nadie sabe

bien a bien

para qué será

esa torre

unos creen que

como quedará

donde la población

que ya tiene

como doce

mil habitantes

se divide en cuatro sectores

servirá

para saber

cuándo

va uno

por el norte

cuándo por el sur

cuándo por el poniente

o el oriente

otros han oído

que en la parte

de arriba

le colocarán

cuatro carátulas

de reloj

una de cada lado

que en su interior habrá

una maquinaria

de reloj

que traerán

de Puebla

con todo

y relojero

que se llama Julián

Hernández Acosta

para que la eche a andar

que las

tres

campanitas

que le pondrán

en la cumbre

tocarán la hora en el

día

en la noche

a todas horas

que don Emiliano hace dos años

le encargó

a don

Raúl Mar Reyes

dueño de la carnicería

La Imperial

que está en el Mercado Juárez

que todos los días guarde

el dinero que se cobre

por la matanza de animales

en el Rastro

para tener con qué

pagar el trabajo

anoche alguien

platicó

en el Centro Algodonero

que ya llevan ahorrados

como 37 mil pesos

que ya tienen

suficiente para hacer el jale

el cantinero de ahí

que lo sabe todo

completó

el chisme

es cierto

lo del reloj

dijo

el plan es

que se sea inaugurado

el 22 de diciembre al dar

las 10 de  la mañana

las tres campanitas

se estrenarán

tres días después

a las doce

de la noche

anunciando

Noche Buena

el heraldo de los borrachos agregó

que en el tren de las siete

de ese día

habrá llegado del Distrito Federal

una modelo fotográfica

muy guapa

que posará

para la historia

frente al futuro despertador

de los delicienses

que como

el reloj estará

sobre el suelo

disparejo

primero parecerá

que está

ladeado

como la torre de Pizza

pero que con el tiempo

cuando llegue

el pavimento

se verá

que es una ilusión óptica

y que se ha de mantener erguido

derechito

para siempre

que sus repiques

melódicos se escucharán

en todo el

pueblo

hasta más allá de

donde vive el maistro Ramírez

con su pareja

una princesa

totzil

que llegó

por tierra

procedente

de la selva lacandona

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.