domingo, 1 de noviembre de 2026

José Fuentes Mares y su literatura. Deslinde


 

José Fuentes Mares y su literatura. Deslinde

 

Por Mario Lugo

 

La diferencia entre los textos históricos y/o historiográficos, y los textos literarios, es que estos últimos van aparejados con el arte o la idea del arte; mientras que aquellos están en la misma relación, pero con la ciencia, con la investigación. En los textos literarios, la literatura conlleva un grado de dificultad endiablado para su elaboración, pues busca la creación de algo nuevo, o de un enfoque lo más profundo posible de la realidad. En la literatura el apego a la verdad, dijéramos histórica, es irrelevante. No hay fidelidad estricta a la memoria. Es una manera, sin embargo, de crear en cada caso su propia memoria. Es la invención de una nueva memoria relacionada con los hechos, pero más allá de ellos. En la literatura la inventiva, el genio creativo, el interés por los códigos de comunicación, por llamarlos de algún modo, son indispensables.

En los textos de tipo histórico no es así. Para el trabajo de los textos en mención son relevantes el manejo experto de las técnicas de investigación en el área de las ciencias sociales, la disciplina y un gran talento en cuanto a sistematización, investigación, claridad y manejo de la lógica entre otras muchas cosas. Una de ellas es la valoración científica de las evidencias documentales, físicas, tales como utensilios, vestimentas, objetos, entrevistas a sobrevivientes, geográficas, etcétera.  La historia es una ciencia social resultado generalmente de diversas formas de investigación.

La literatura es un arte. Es navegación, especulativa o no, en las profundidades del alma, del pensamiento humano y la imaginación. Los híbridos entre historia y literatura son otra cosa, van a matacaballo entre una y la otra. Así que sería muy difícil encontrar a una gran obra histórica o una gran obra literaria como producto de este hibrido. Sencillamente porque no son la una ni la otra. Muchas veces son engendros divertidos o trágicos, y pueden ser de consumo delicioso por su facilidad para digerirse y no significar reto alguno para el lector; pero yo las considero de alguna manera obras quizá no menores; pero si de un nivel muy diferente a la creación literaria tal como la sugerí un poco más arriba, me disculpo por mi probable villanía al herir susceptibilidades. Los textos híbridos que me ha tocado leer rara vez expresan metáforas o son vigilantes del rigor en la construcción y prácticamente no ofrecen aportaciones al idioma. Comprendo también que, por su relativa facilidad comparada con la creación literaria, cada vez sean más socorridas por los autores del siglo pasado para acá, y seguramente lo seguirán siendo en virtud de que se profesa la evasión del esfuerzo y la búsqueda de la satisfacción inmediata. Una de sus bondades es con mucho su gran carga de ironía, sarcasmo y escepticismo respecto a las versiones oficiales de la historia y también porque necesariamente toman una posición política generalmente valiente y de alguna manera liberadora de las ataduras educativas impuestas por las clases en el poder para perpetuar ese mismo poder. Por tanto, no estamos hablando de un género menor, ni de necesariamente un trabajo fácil. Solo estamos estableciendo un deslinde entre un oficio científico social, y un modo de aproximarse a la literatura. En sentido más amplio, lo que yo llamo un hibrido entre ambas.

El arte literario, siempre amenazado, y que lleva consigo en la mayoría de los casos una carga de trabajo de atenta lectura, es bienvenido, pero, he visto, ahora es atendido por grupos cada vez menos amplios, muy selectos. Para efectos de esta nota, Fuentes Mares es entre otras muchas cosas un historiador. Es un creador de obras literario-históricas o histórico-literarias (híbridos como lo describí arriba), pero también es un literato en el otro sentido que ya expliqué. Me ocupo en esta oportunidad de manera brevísima de la obra literaria de José Fuentes Mares. Por favor permítanme dejar por esta vez de lado lo que ya trataron otros estudiosos que vuelan más alto en la ciencia de Heródoto.

De entre su vasta obra distingo los siguientes textos como ejercicios literarios en el sentido que delimité arriba: Cadenas de Soledad. Novela Selecta para Desesperados (1958) El Crimen de la Villa Alegría (1983) Servidumbre. (1960) Intravagario (1986), una aproximación al subgénero de autobiografía; Algunos cuentos integrantes de Las Mil y Una Noche Mexicanas. Primera Parte (1983) y, Segunda Parte (1984) y Algunas piezas dramáticas (1969).

Me interesa comentar dos novelas: Cadenas de Soledad. Novela Selecta para desesperados (1958) y Servidumbre (1960). Ya habrá otra oportunidad para navegar con mayor profundidad en las restantes.

Cadenas de Soledad es una novela acerca de escasos personajes: Gerardo Fernández, Jesús Fernández, Padre de Gerardo, Carolina Román, la heroína de la novela y Julio Cañera, amigo y polemista de Gerardo. La novela, muy bien estructurada, consta de doce capítulos de extensión aparentemente bien calculada. Su redacción es clausular y muchas veces a parrafadas muy distante de la mayoría de la narrativa de hoy que tiende a la construcción en periodos cortos y generalmente ceñidos a expresiones breves, casi lacónicas. El relato transcurre entre disertaciones morales y polémicas de dos de los protagonistas, aunque conforme van apareciendo cada uno de ellos se suman a una especie navegación profunda sobre el significado de la vida. Gerardo Fernando emigra por motivos ajenos a su voluntad de un pueblo donde transcurre la vida sin grandes conflictos, hacia el espacio chihuahuense, en particular hacia la Sierra Tarahumara con el fin de que su padre, Jesús Fernández preste servicio a una compañía minera instalada en La Bufa. El desaliento sufrido, primero ante la presencia del desierto, imagen triste y despiadada tanto para Gerardo como para su Padre se agrava una vez que alcanzan su destino en la parte más intrincada de la Sierra Madre. El talento descriptivo de Fuentes Mares tiene sus mejores momentos ante la enormidad de los accidentes geográficos de la Sierra y el tránsito hasta ella desde Matehuala a Chihuahua primero y después de la Ciudad de Chihuahua a La Bufa. La vida de aislamiento y el poderío de la vastedad natural se imponen negativamente en el padre de Gerardo, quien, presa de la depresión y la soledad se suicida despeñando en un momento de delirio y desamparo.

Cada uno de los protagonistas, excepto Julio, el amigo un tanto cínico de Gerardo, padecen un tipo de soledad profunda, existencial que con naturalidad, pero con una violencia sorda los empuja al suicidio u otra suerte de fatalidad. En Cadenas de Soledad no hay esperanza. El debate entre la religiosidad, que en este caso es católica pero que pudiera ser de otra guisa y su contraparte el dominio terrenal, expresados en la novela por las dos influencias más poderosas para Gerardo, el Párroco del pueblo y el presidente municipal, no resuelven los problemas filosóficos más profundos que se plantea el protagonista. Las dificultades para encontrar el amor, el enfrentamiento al cinismo de los mecanismos de control, la crudeza del clima y el paisaje, la nada como divisa no llevan sino al desamparo.

En esta novela Fuentes Mares propone algunas ideas que le acompañarán durante todo su trabajo intelectual. La vida es redonda, nos advierte, y también, lo que importan son los hombres, no las doctrinas. Nos perdemos en seguir doctrinas en lugar de entender a los hombres que las crearon y sin olvidarnos de esos hombres quitar la solemnidad que lleva a dogmas y fanatismos. Un día nos daremos cuenta de que tener ideas es una enfermedad, nos comentaba en uno de los prólogos a La Colmena el premio nobel Camilo José Cela, en plena coincidencia con el chihuahuense.

Servidumbre es otra cosa, pero similar con Cadenas de Soledad porque, otra vez, parece ser un pretexto para dejar en claro su filosofía y rebelión ante las servidumbres que nos privan de las posibilidades de una vida plena. Aunque en esta novela anticipa un poco el género que quiso frecuentar en El Crimen de la Villa Alegría, a través de los personajes en conspiraciones internacionales, pero con más éxito que en Servidumbre, en este caso contra Franco y la naciente Segunda Guerra Mundial.

Le debemos a José Fuentes Mares su lealtad a su tierra. A pesar de que fue un gran vendedor de libros, y que su fama no solo se extendió por todo el país, sino que trascendió nuestras fronteras, a diferencia de la mayoría de los intelectuales de entonces y desde Chihuahua mantuvo su prestigio y su grandeza como historiador, escritor e intelectual inquieto. Su apoyo a los intelectuales chihuahuenses (la gran mayoría avecindados en la Ciudad de México) de la generación de 1940 a 1949 se mantuvo constante, así como su generosidad y acompañamiento hasta el final. No hay escritores y creadores del último cuarto del siglo veinte que pueda negar su influencia y que no reconozca su audacia para abrirse camino en un México centralista. Contra viento y marea y sin doblegar su enfoque de la historia y su crítica José Fuentes Mares fue un soplo de frescura para la cultura y la historiografía chihuahuense.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

sábado, 31 de octubre de 2026

Días así / 07


Foto: JChM / 1994

Días así / 07

 

Por Mario Lugo

 

6.     Difuntos niños

 

Hoy recuerdo a nuestros angelitos. Nuestros seres queridos que partieron siendo niños. Recordarlos significa experimentar sentimientos encontrados. La ternura y alegría que nos hicieron sentir; sus risas inolvidables, los descubrimientos que vivimos a través de ellos cuando apenas lograban permanecer sentados, sus primeros pasos o sus palabras que apenas aprendían a balbucear. Y recordamos aquellos y aquellas que lograron sobrevivir más tiempo, sus juegos y la sorpresa de verlos crecer. Lo mejor de la vida. Entonces irrumpió la enfermedad, algún accidente y finalmente el terrible desprendimiento; más bien el desgarramiento inmisericorde y el dolor de la pérdida, el aturdimiento y la depresión en el pecho. Ay el dolor. Yo recuerdo a mi hermanito Benjamín y a mi hermanita Raquel y a mi hermana Cruz que murió ya mayor pero que, no sé por qué, me llega a la memoria solo cuando éramos niños; los tiempos de kinder y primaria cuando llevado de su mano infantil me enseñó sin saberlo la seguridad y plenitud que nos da el cobijo del amor fraternal. De cualquier manera, recordemos con agradecimiento a esos niños porque nos fue permitido disfrutarlos y amarlos. Aunque ese periodo haya sido tan breve. Pongámosles un altar en nuestras almas y depositemos ahí lo que a ellos tanto les gustaba. Ignorante e incierto ante la otredad los saludo con amor y me despido de ellos por esta fecha una vez más.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

jueves, 29 de octubre de 2026

Juanito el Tontito

 

Juanito el Tontito 

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

El aspecto de aquel lugar no podía ser más desolador. Las oleadas de soldados de los diferentes bandos habían destruido literalmente aquella, la que fuera una tranquila villa campirana. Especialmente los bombardeos aéreos la habían convertido en montones de ruinas: el más grande salpicado de fragmentos de cristal de colores, residuo de lo que fueran hermosos vitrales de lo que había sido la Iglesia; otro, un poco más pequeño, era lo que quedaba del palacio de la autoridad civil, y aún otro al que correspondía a la tienda llamada El Almacén. Pero en general, todas las casas y edificios estaban completamente derruidos.

De los edificios sobre la calle principal, uno que había tenido varios pisos, tres o cuatro, el primer piso había sobrevivido de manera que el piso de lo que fuera el segundo nivel era ahora el techo. Debajo vivía Juanito el Tontito. Si hubiera vivido en la capital, los médicos dirían que sufría de una discapacidad intellectual. Si lo hubiera hecho veinte años antes, le hubiera correspondido el epíteto de retrasado mental.

Las viejas del pueblo ‒cuando las había antes de la guerra‒ decían que su condición se debía a que le había faltado oxígeno al nacer, pero alguna no estaba del acuerdo, y era que su madre, Dios la tenga en su Gloria, tomaba y fumaba mucho durante el embarazo.

La madre le había escogido el sonoro nombre de Julio Alejandro, pero como cuando iban a bautizarlo ya no estaba ella, una tía escogió el nombre Juan. Nadie protestó. Ahora tenía doce o trece años, no estaba seguro, y había crecido en la calle. Cuando todavía había gente en la villa, era la lástima de todos. Hoy en día no quedaba nadie ahí para compadecerse de él. En otros tiempos se hubiera pensado que dejado solo por sí mismo no hubiese sobrevivido. Vemos que tal consideración no fue cierta.

Y ahí estaba Juanito el Tontito. Los soldados de uniforme verde olivo no lo mataron porque no lo vieron; los de azul con gris sí lo vieron pero no lo mataron por pura lástima. Y es que había una diferencia entre los dos ejércitos: el verde solo quería aniquilar a su adversario, mientras que el azul-gris quería no solo eso, sino además ocupar la tierra conquistada. Por eso mientras que los verdes dejaban los cadáveres pudriéndose, secándose al sol o siendo pasto de buitres y otros animales, los de azul-gris enterraban los cuerpos ‒sí, en una fosa común, pero los enterraban.

Alguien se preguntará cómo se las arreglaba Juanito para sobrevivir en esas circunstancias.

Pues el Tontito gozaba de algunas brillantes cualidades. Por ejemplo, sabía que aquella puerta, en el piso de lo que fuera la cocina de la casa de doña Carmelina, llevaba a una escalera que descendía al sótano en donde, dispuestos en múltiples estantes, se guardaban frascos con conservas de todo tipo. Aunque más complicado, también se había figurado como rescatar latas de sardinas, localmente llamados portolas, de los exhibidores del almacén. Para abrir las latas había localizado, en la que fue la carpintería de don Anselmo, un martillo y un formón que ahora usaba diestramente para sacar los pececillos de las portolas.

Lo que no podía tener Juanito era compañía de otros seres humanos. Aquel día, cuando estuvieron ahí los soldados de uniforme azul y gris, Juanito se dio cuenta de la lo habían visto y como vio que no le disparaban se dispuso a aproximarse a ellos. No llegó lejos, el soldado más cercano, probablemente un sargento, disparó su metralleta al aire como advertencia; ve y escóndete donde estabas. Juanito entendió perfectamente y volvió a su escondrijo. ¡Qué pena!

Esa tarde, los soldados ya se habían ido, un par de aviones atacaron las calles vacías con cohetes y bombas. Juanito meditaba ¿a quién tratan de matar? ¿A mí? No hay nadie más. Y ¿cuánto cuestan esas bombas? ¿Qué ganan pues? Ni siquiera las ratas que pululaban en el pueblo fueron alcanzadas por las explosiones. ¡Qué desperdicio!

Un par de días después, una ambulancia entró a la villa, por la calle principal llegó hasta donde vivía Juanito el Tontito. Él la vio por la ventana, tenía una gran cruz roja en el costado ‒seguramente en los dos costados‒ además del letrero “International Red Cross “. ¡Fíjate como son, aquellos soldados que se desangraban en esta misma calle y nunca vinieron por ellos, y ahora vienen por ti que estás bueno y sano.”

—Ese es el lugar que nos dijo el sargento. ¡Sí, míralo ahí está! ¡Hey chico ven!

Apenas dicho esto, se oyó el sibilar de un proyectil cohete. Luego la explosión. La ambulancia y sus tripulantes volaron en pedazos. “Han de ver sido los verdes” ‒pensó Juanito.

Cuando llegaron de nuevo los soldados, los de uniformes azul y gris, y examinaban lo que quedó de la ambulancia, Juanito salió de su escondite y se paró detrás de ellos. Sin mirarlo a los ojos el sargento sentenció:

—¡Ni modo hijo! ¡Así son las guerras!

Y se llevaron con ellos a Juanito el Tontito.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

Un encuentro con La Primavera

 

Un encuentro con La Primavera

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Yo era nueva en ese rito. Me encontré en ese grupo porque quise escapar de la rutina. Salí por una grieta y de pronto estaba a las siete de la mañana en una colonia que nada tiene que ver con mi barrio, salvo que en ambos viven seres humanos (eso espero) –todavía recuerdo cuando este paréntesis era solo un recurso estilístico, escribo desde un futuro que quizá ya es presente, o viceversa.

      Pero en este tiempo que reconozco mío, de buena voluntad me integro al grupo, abordamos la camioneta, tomo mi lugar al fondo junto a la ventanilla derecha. Se habla de árboles, de caballos en estampida, de proyectos urbanísticos, de moral y otras especies; yo dormito y escucho, recuerdo a aquel amigo que me invitara al Teatro Degollado para escuchar a la Filarmónica, solía asegurarme de que si en algún momento me durmiera estaría bien, pues así la música entraría en mi subconsciente.

      Igual, yo vine para contestar una pregunta: ¿Qué es la Primavera?, pero luego supe que se trataba de una caminata de poder, una especie de Chamán nos condujo desde que entramos al bosque, al inicio nos sentamos sobre el pasto formando un círculo, nos pidió verbalizar nuestras expectativas del recorrido, alguien comentó sobre una ocasión en algo semejante a esta, en una visita a unas grutas, en la cual se pidió permiso para entrar y permiso para salir; yo me tendí sobre la tierra, cerré los ojos.

El Chamán hizo sonar al viento a través de un caracol algunas veces, se notaba que le costó trabajo, luego nos comentó que fue así porque al parecer estábamos muy cargados todos; en lo que a mí respecta puedo decir que cargaba con la preocupación de estar ahí, pues de algún modo me desprendí del nudo de la rutina, lo cual sin duda hacía una fisura en la vida de todos los días. Avanzamos, pidió a una mujer del grupo que nos diera el lugar que nos tocaría en la línea, ya que avanzaríamos así, en línea recta, uno detrás del otro; él iba al principio de esa figura que formamos, iba agitando una sonaja. En un terreno donde había muchas piedras, nos pidió que tomáramos una y anunció que haríamos algo con ella al llegar arriba, ese “arriba” me decidió a tomar una no demasiado pequeña, por si necesitaba fuerza para llegar, ella me ayudaría.

        Nos detuvimos en un sitio desde el que podían verse, a distancias distintas algunas montañas. Ahí solicitó que nos quedáramos en silencio mirando a alguna de esas montañas, pues una vieja tradición refiere que si miras profundamente algo llegas a formar parte de ese algo, y si acaso tuviésemos alguna pregunta ella sería contestada de alguna forma.

Después de un rato en disfrutamos un viento suave que llenaba nuestros pulmones y movía la vegetación dándonos paz, lo cual escribo pero no es igual a haberlo experimentado. Nos pidió que describiéramos la piedra que habíamos elegido. En ese momento me di cuenta de que la mía tenía el tamaño justo de mi mano, era negra y brillante, filosa en algunas de sus partes y dije, sin temor a que sonara extraño, que creí me daría fuerza por si me hiciera falta para el camino. Una vez que todos nos contaron cosas sobre sus piedras, él dijo que eso que pensamos sobre la piedra es lo que pensamos sobre nosotros mismos. La miro hoy aquí en mi casa, oscura y contundente y no puedo sino sentirme afortunada de tener su forma oscura y elegante que se deja abrazar por los dedos de mis manos.

      Avanzamos otro trecho y encontramos una escalera apenas insinuada en el camino, hecha con ramas y tierra, entonces llegamos ante un roble rodeado de hojas secas, nos sentamos a su alrededor, bajo su sombra, compartimos alimentos que mi amigo y todos sus amigos, gracias a quienes yo estaba ahí, dispusieron para la ocasión.

      Hablamos una vez más sobre el bosque y de nuestra necesidad de belleza que hasta entonces no habíamos reconocido, sino en esos momentos en que cada una de las flores que miramos, cada uno de los árboles, vivos y muertos que nos fue dado ver y tocar, cada una de las plantas que contemplamos y sus olores que perfumaban nuestras manos si las tocábamos, nos hacían parte de esa armonía que también era el viento y la sombra de los árboles, y cómo es que estar en ese momento bajo la sombra del roble nos hacía reconocernos en la humildad de ser otra cosa viva entre cosas vivas.

      Supe entonces qué es la Primavera.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Días así / 06


 Foto: Nacho Guerrero / 1992

Días así / 06

 

Por Mario Lugo

 

6.     Dinero en el bolsillo

 

Hoy recordé a personas que he conocido, cuando alguna vez les pregunté acerca de si les gustaba el dinero, me respondieron siempre: sí, sí me gusta; otros respondieron me encanta, algún otro en tono festivo respondió diciendo: dámelo ya, pronto. O bien, preguntaron ¿De cuánto estamos hablando? Quizá un extraterrestre me dijo: pues no mucho. Supongo hay muchísimas maneras de ver y entender el dinero. Como hasta hoy en mi vejez (ya no cuento los años) lo asocio siempre con la impresión que me daba cuando era niño, el dinero tradicional, por nombrarle de algún modo, en forma de billetes y monedas. Aunque fue ese tiempo cuando menos acceso tenía a él. No había centavos, diría mi abuelita.

Quizá por ello el dinero nunca trajo a mi atención la idea que tiene asociada a la riqueza, idea tan clara para muchas otras personas. Tuve y tengo con el dinero la idílica y típica asociación que tienen todavía muchos niños y los asalariados: billetes y monedas. Esos bellos objetos. Esas lindas cosas que con el transcurso de los años son remplazadas por ediciones nuevas. Mucho de ese dinero, monedas y billetes, se pueden ver en venta en los bazares de segunda mano; las monedas ya oxidadas y los billetes ambos con las imágenes desgastadas por el uso y el paso del tiempo. El encanto ya ausente en ellos trae a la memoria tiempos felices e irrecuperables.  Tiempos en que el placer de tenerlos en las manos o regalándome el dulce tintineo en los bolsillos me traía una efímera felicidad. El anuncio de una extraña idea de riqueza y felicidad que ahora creo entender con mayor claridad. Era y es la evidencia de que había alguien en ese mundillo mío que me apreciaba y me aprecia, que me quería o le gustaba mi trabajo. Es decir, me premiaban haciéndome sentir querido a través de unos cuantos billetes o monedas, no necesitaban ser muchos.

Sin embargo, el dinero nunca me hizo sentir superior o más poderoso, era esa sensación formidable, que aun a mi avanzada edad disfruto, de tener en mis manos o en mis bolsillos esas piezas formidables. Se bien que muchas veces vienen acompañadas de desgracias o muerte para muchos.

Ahora que se ha visto mermada en mucho mi capacidad para ganar o recibir dinero ha vuelto mi apreciación por esos objetos. Sin duda el trabajo de fabricar monedas y billetes, o diseñarlos, es un trabajo artístico. Para mí, sin importar la cantidad, parecen ser suficientes para darme la impresión de que esa furtiva sensación de felicidad es posible para todos. Una vez que durante la niñez descubres ese valor mágico del dinero, no te abandona jamás.

Hay que decirlo limpiamente, los días más gratos de mis más de cuarenta y cinco años de asalariado era ese bonito día de la semana o la quincena en que me entregaban mi sueldo o ya en los últimos años, cuando verificaba en el cajero automático los nuevos numeritos en el día de pago. En este mi tiempo de pensionado se renueva ese mismo gusto de mi niñez los días primero de cada mes. O cuando sin motivo alguno mis hijos me entregan esos objetos mágicos omnipresentes en una parte del mundo.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

martes, 27 de octubre de 2026

Escorpio

 

Escorpio


Por Karly S. Aguirre

 

Escorpio

Fecha: 23 de octubre - 21 de noviembre
Elemento: Agua
Planeta regente: Plutón y Marte
Piedra: Ónix
Día: Martes
Etapa: La madurez temprana (de los 24 a los 29 años), cuando se profundiza en la comprensión de uno mismo, se enfrentan las sombras internas y se consolidan transformaciones significativas.
Arcano: La Muerte

 

Escorpio es el octavo signo del zodiaco y el tercero del elemento agua. Si Cáncer siente y protege, y Piscis sueña y se entrega, Escorpio profundiza, transforma y renace. Es la energía que no teme adentrarse en la sombra, que comprende que el poder personal y la regeneración surgen de enfrentar lo oculto y lo profundo. Regido por Plutón, planeta de transformación y renacimiento, Escorpio busca la verdad detrás de las apariencias y se mueve entre intensidad emocional y poder interior.

Su temporada inicia cuando el otoño avanza hacia su plenitud, y la naturaleza se prepara para morir y renacer. Escorpio simboliza esa fuerza de transformación: la capacidad de dejar atrás lo viejo para dar paso a lo nuevo. Así como la tierra se desprende de lo superficial para conservar la esencia, Escorpio nos enseña a ir más allá de lo evidente y a descubrir la esencia de las cosas y de las personas.

Como signo fijo de agua, Escorpio tiene constancia y profundidad. Su fuerza no es la que se muestra de inmediato, sino la que trabaja silenciosa en las emociones, la mente y la voluntad. Escorpio observa, siente y luego actúa con precisión. Sabe que la verdadera transformación requiere paciencia y resistencia, y que el poder sin conciencia es destructivo.

Regido por Plutón, Escorpio posee un magnetismo natural y una capacidad única para regenerarse y transformar su entorno. Donde otros ven miedo o límite, Escorpio descubre oportunidades de crecimiento y evolución. Así como el agua profunda oculta corrientes poderosas, Escorpio guarda reservas de fuerza emocional que emergen cuando la vida lo exige.

La etapa vital que representa Escorpio es la madurez temprana, un periodo de introspección, de enfrentar miedos y de decidir conscientemente sobre los propios recursos internos y relaciones. Es la edad de los compromisos profundos, de las decisiones que implican responsabilidad emocional y de los cambios que marcan un antes y un después.

Aunque Escorpio puede ser percibido como intenso o reservado, su intensidad proviene de una necesidad profunda de autenticidad. Sus vínculos no son superficiales: busca la conexión verdadera, la que transforma y enriquece. Escorpio es el amigo que acompaña en la crisis, la pareja que conoce la profundidad del alma, el mentor que guía hacia la transformación.

Escorpio nos enseña que la vida es un ciclo de muerte y renacimiento, que la profundidad emocional es fuerza y no debilidad, y que la verdadera transformación surge cuando enfrentamos nuestras sombras y emergemos más completos, auténticos y conscientes.

 


Karla Ivonne Sánchez Aguirre estudió en el bachillerato de artes y humanidades Cedart David Alfaro Siqueiros, donde estuvo en el especifico de literatura. En agosto 2025 se graduó de la licenciatura en letras españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Escribe relatos y crónicas en redes sociales.

lunes, 26 de octubre de 2026

Días así / 05


 

Días así / 05

 

Por Mario Lugo

 

5.  Escribir

 

Escribimos para dejar en claro nuestros impulsos o sentimientos más elementales. Nos mueve el mismo impulso que tienen los bebes para mover, sin aparente causa, sus manos o sus pies. Algo ocurre en sus cerebros apenas nacen al mundo exterior. Aun habiendo satisfecho sus necesidades primarias, ese algo los impulsa a trazar movimientos a veces bruscos y a veces serenos en el aire, o sobre el pecho materno mientras se amamantan; o mientras transcurren sus pequeñas soledades. Escriben, o quizá pintan, o esculpen, o dibujan; o hacen giros como quien dirige una orquesta. Crecemos y ese impulso que deja constancia de nuestra breve vida continúa.

Con relación a esa misma pregunta Jules Renard anotó una frase para mi inolvidable: “Escribo no para ganar dinero. No para ser celebre; sino porque no estoy tranquilo”

Para mí no hay reflexión que responda de manera exhaustiva y plena a la pregunta: ¿Por qué escribimos? Lo anotado arriba apenas revolotea sobre esa flor misteriosa como un colibrí nervioso. Habrá que ver atentamente a ese colibrí, el de cada cual, y esperar que nos diga algo más.

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.