lunes, 12 de octubre de 2026

Gusano-man. Episodio uno

 

Gusano-man. Episodio uno

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Amalio Peroles estaba convencido que de un día para otro, gracias a lo sucedido en una lejana galaxia, había adquirido superpoderes. No sabía, en detalle, fuera de uno que aparece más adelante en este relato, en qué consistían esos poderes, pero intuía que eran reales y abundantes y, sobre todo, que deberían usarse en beneficio de la humanidad. Aquí comenzaban sus problemas.

Debería encontrar un nombre para el superhéroe que se sentía que era él ahora. Pronto se enteró que no podía ser hombre araña, hombre hormiga, hombre pájaro, hombre murciélago u hombre mosca; tales nombres ya estaban tomados y, peor aún, patentados. Aunque no enteramente convencido, aceptó el nombre sugerido por la inteligencia artificial, se llamaría Gusano-man. Ya oía el clamor popular: “¡Gusano-man al rescate!” No sonaba tan mal.

El siguiente paso también presentaba problemas: necesitaba un traje adecuado para su nueva personalidad. Se dio a la tarea de diseñar uno. La tarea fue más que frustrante, se enteró de que las patentes de los uniformes de superhéroes no solo protegían los diseños de los más conocidos, sino también los parecidos a ellos, así que no bastaba ser original sino extremadamente original. Después de mucho quebrarse la cabeza, pudo diseñarlo. Algunos dirían que el casco simulaba una bacinica y el traje era de colores que no armonizaban entre sí: negro, violeta y naranja. Debería prescindir de una capa, ya que todos los estilos estaban protegidos por patentes específicas y radicales. No hubo manera de encontrar botines originales y el uniforme hubo de completarse con sus viejos zapatos de tennis. Aquí debemos decir que Amalio era un hombrecillo chaparrón y regordete, y que vestido de Gusano-man lucía absolutamente ridículo. Los enemigos que tendría probablemente morirían de risa al enfrentárseles.

De cualquier forma, Gusano-man se hizo presente en los medios sociales y esperaba ser convocado a impedir algún asalto bancario, conspiración o a derrotar a algún monstruo errante. Pues, nada, nadie solicitó su ayuda. No fue sino entonces, un par de meses después, que se enteró que había una línea telefónica de auxilio para superhéroes. Y pues, que remedio, a llamar:

—Todos los representantes están atendiendo a otros superhéroes. Por favor permanezca en la línea. Su llamada es muy importante para nosotros —aseguraba la grabación telefónica.

Amalio, Gusano-man, tuvo que escuchar las cuatro estaciones de Vivaldi completas. De cuando en cuando interrumpidas por el mismo mensaje grabado:

—Todos los representantes están atendiendo a otros superhéroes. Por favor permanezca en la línea. Su llamada es muy importante para nosotros…

Finalmente, una dulce vocecita contestó la llamada:

—Superhero hotline a la orden. ¿Cómo puedo asistirle esta hermosa mañana?

—Habla Gusano-man. Necesito saber qué empresas heróicas me pueden necesitar.

—¿Gusano-man? No lo tengo en mi lista, ¿está usted inscrito en el Registry?

—¿Registry? ¿En inglés?

—Bueno, sí. Es que casi todos los superhéroes son americanos.

—¿Y cómo le hago para inscribirme?

—Vaya a la web page superheros.com. Ahí, en la esquina superior derecha, hay tres puntitos. Pulse usted y busque “opciones”, seleccione entonces “registry” y verá usted la forma que tiene que llenar. Puede hacerlo en línea o bajar la forma y llenarla. Una vez que llene la forma, esta tiene que ir a Consejo Supremo de Superhéroes y, si este llegara a aprobarla, entonces puede llamarme de nuevo para una asignación.

—¿Y cuánto tarda todo eso?

—Con suerte solo unos cuantos meses.

—¿Y qué voy a hacer mientras tanto?

—Puede ensayar cómo utilizar los poderes que dice tener.

—¿Ensayar?

—Sí, pues vea que los supervillanos que usted tendrá que enfrentar en caso de que se le acepte en el registry son mucho más poderosos que lo que antes eran. Han aprendido, evolucionado y avanzado mucho estos últimos años. Si no está usted en óptimas condiciones le pasará lo mismo que le pasó a Superequisye.

—No conozco el caso, ¿qué le pasó?

—Pues Superequisye se teletransportaba a voluntad y tenía otros superpoderes, pero Scorpio 2 lo prendió antes de que pudiera hacer nada.

—¿Lo prendió?

—Sí, fue una muerte horrible.

—¿Trata usted de asustarme?

—Solo quiero que sepa los riesgos, y como el prepararse puede incluso salvarle la vida. Mire, creo que está usted a tiempo de desistir. Puede decidir no ser ¿cómo dijo? Gusano-man. Hoy en día tenemos superhéroes en abundancia.

—Le agradezco su atención. Revisaré la forma y entonces decidiré que hacer.

Un ratito después de colgar, cuando Amalio se disponía a encontrar en la computadora la forma aquella, timbró el teléfono. Era Juanita, su novia.

—¿Qué pasa? Te he estado llamando por más de una hora y la línea ha estado ocupada todo el tiempo.

—¡Oh! Escuchaba a Vivaldi, las Cuatro Estaciones.

Y que le cuenta a Juanita cómo es que la línea de auxilio toca esa grabación mientras los usuarios esperan su turno de ser atendidos. Juanita, única persona conocedora de la identidad secreta de Gusano-man, quien probablemente no necesitaba del secreto porque nadie sabía todavía de su existencia, escuchó pacientemente. Mientras hablaba con ella, Amalio tecleaba en la computadora su número de identificación personal, la plataforma para encontrar la página que buscaba, la contraseña, superheros.com., opciones, forma de solicitud de ingreso al Registry. Y cuando pudo ver esta última:

—¡Carambas! Son como cincuenta páginas, Juanita, vas a tener que ayudarme. ¡Tráete tu impresora, por favor!

La forma requería revelar cada detalle de la vida privada del candidato. Después pedía una descripción detallada de los superpoderes que creía tener, su origen; el uso que les había dado antes y cómo pensaba utilizarlos en el combate del mal.

El caso de Gusano-man era sencillo: un solo superpoder y nunca usado antes. Tenía que describir como él podía cristalizar objetos, animales y personas con solo tocarlos con sus dedos índice y medio y como podía revertir el proceso añadiendo el dedo anular a los otros dos. En seguida pondría que solo por accidente había cristalizado y descristalizado objetos y animales (un ratón y un pajarito) y por supuesto con tan asombroso don podría cristalizar criminales y supervillanos y descristalizarlos cuando llegaran las fuerzas del orden para arrestarlos. Aún así el volumen del papeleo era aplastante.

—Todavía puedes arrepentirte —insistía Juanita.

Pero una de las virtudes de Amalio era la perseverancia. Llenó aquella infame forma lo mejor que pudo y volvió a la página donde volvió a tener que oír las Cuatro Estaciones de Vivaldi completitas para hacer llegar su solicitud al Consejo Supremo de Superhéroes, pero al fin lo logró. El Consejo dudó mucho en aceptarla pero la insistencia de Amalio fue tal que acabaron por aprobarla. La aprobación llegó en la mañana y esa misma tarde Gusano-man estaba en contacto de nuevo con la de la dulce vocecita.

—¿Cómo puedo asistirle esta hermosa tarde?

—Soy Gusano-man, ahora ya estoy en el Registry. Necesito, ¿cómo le llamó usted?, una asignación.

—En efecto, ya veo su nombre en la lista. ¡Felicidades! ¿Alguna preferencia?

—¿Qué tal Scorpio 2?

—¡Es mucha pieza para un superhéroe novato! Pero si quieres intentarlo en la página web puedes estudiar su personalidad y su modus operandi. Esto sin compromise. Si después de estudiar la información decides seguir en ese caso déjamelo saber; lo mismo si prefieres no arriesgarte con una asignación tan difícil llámame para ofrecerte otra.

 

La página decía :
Scorpio 2. Supervillano homicida, Viste un traje
que simula un alacrán. Nadie lo ha visto sin su
máscara. Su cola de alacrán termina como la
de esos animales en un filoso aguijón. Cuando
ataca, apresa a la víctima por medio de sus
tenazas que opera con sus propias manos,
mientras sus otras seis patas movidas por
servomotores apresan a la víctima. Entonces,
y solo entonces, opera el motor que mueve
su cola y el aguijón viene y perfora el cuerpo
de la víctima inyectándole un veneno letal.
Se han analizado muestras del veneno prove-
niente de los cuerpos de sus víctimas y se
ha comprobado que es veneno de alacrán.
Aunque no se ha podido comprobar, se piensa
que alguna de sus acciones obedecen a
motivos personales, aunque el robo de valiosas
joyas parece ser su principal motivo para hacer el
mal. Es uno de los más peligrosos supervillanos.


Buscó entonces en Internet referencias a Superequisye y las encontró. Supo así que su muerte ocurrió en la taberna La Mala Muerte hacia ya cinco años. Una tecleada más le dejó saber que la taberna en cuestión había sido clausurada después del incidente, pero que después de tres años habla sido reabierta y operaba todas las tardes y noches como si tal cosa.

—Por ahí comenzaré —se dijo.

Y veremos que su decisión de empezar en aquel macabro lugar fue acertada. A pesar de las advertencias de Juanita, Gusano-man se lanzó en busca de Scorpio 2. Llegó al lugar a las cinco de la tarde, pues Internet le informó que a esa hora abría el establecimiento. Encontró el lugar vacío, solo estaba Max el tabernero limpiando la barra. Hombre hosco y de apariencia rufianesca, parecía asombrado de ver a aquel hombrecillo con su extraño traje y casco semejante a una bacinica.

—¡Buenas! ¿Qué le sirvo?

—Un té sin azúcar.

—¿Y qué más?

—¿Podrías decirme si Scorpio 2 ha andado por aquí?

—¿Cómo cree? Él es extremadamente inteligente. No volvería nunca a este lugar.

—Bueno, dicen que el delincuente siempre vuelve al lugar del crimen.

—Tal vez así sea —gruñó saliendo de detrás de la barra y dirigiéndose a la puerta la cual cerró colgando el letrero de “Cerrado” por fuera. En seguida le dijo a Gusano-man:

—Espéreme tantito, ahora vuelvo, disfrute su té.

Fueron unos pocos minutos cuando de la trastienda salió aquel hombre vestido de alacrán, tal cual Internet lo describió. Amalio, es decir Gusano-man, extendió su brazo derecho, el cristalizador, como para tocar a Scorpio 2 si este se acercaba más.

—¿Me buscabas? Pues me has encontrado —gritó, abalanzándose sobre Gusano-man. La mano cristalizadora tocó un brazo del insecto. En efecto éste se cristalizó, pero solo ese brazo, así que Scorpio 2 pudo agarrar a Gusano-man con sus restantes extremidades. Accionó entonces la cola, la cual pasando sobre su cabeza fue a clavarse en el pecho de Gusano-man. Ya inyectaba el letal veneno cuando la puerta de la entrada se abrió. Varios parroquianos de los habituales en La Mala Muerte llegaban buscando la primera cerveza de la tarde, posiblemente ni siquiera vieron el anuncio de Cerrado y empujaron la puerta entrando en tropel. Presenciaron una escena escalofriante, uno de ellos vió caer a Gusano-man, y, casi instintivamente, sacó su teléfono celular y llamó al 911. El hombre sabía algo respecto a Scorpio 2 así que dijo a la operadora:

—Por favor asegúrese que los paramédicos traigan suero anti-alacrán.

Esta petición de hecho salvó la vida de Amalio, quien no volvió a saber de sí mismo hasta que despertó en una cama de la unidad de cuidados intensivos. Con respecto a Scorpio 2, este desapareció tras la cortina que separaba la cantina de su trastienda. Minutos después apareció de nuevo Max:

—¡Hey! ¿Qué ha pasado aquí? Todo está tan revuelto, ¡ojalá y no me cierren la taberna otra vez!

 

Juanita no se despegó de Amalio mientras este estuvo hospitalizado. Cuando el pobre se vio mejor, la novia recalcó:

—Te lo advertí. Es muy peligroso.

—Fue solo el primer round. ¡Ya verá ese infeliz!

 

Si hasta aquí alguien se ha interesado en la historia del nuevo superhéroe Gusano-man, puedo ofrecerles después una continuación donde este aparezca enfrentando supervillanos de la misma calaña de Scorpio 2, como The Shield, Cúprea Cobra y Monstrous de la Sierra.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

Una señora renegada

 

Una señora renegada

 

Por Beatriz Aldana

 

Bueno, aquí voy. A mis 73 años ya no laboro en mis actividades básicamente de números, o sea, la contabilidad. De pronto, y por hobby, hago crónicas porque me encanta escribir. Las publico en la revista Estilo Mápula que dirige el escritor y editor Jesús Chávez Marín. Allí también grabo videos recitando los poemas del gran Jorge Luis Borges.

Como cuento por fortuna con un vehículo y buena habilidad para manejar, de pronto me gusta ofrecer mis servicios en calidad de chofer o dama de compañía de señoras adultas mayores, auxiliandolas en cuestiones de bancos, pagos de servicios, compra del mandado, llevarlas a comer, o realizar algún paseo. Por esos servicios se me paga, mi gasolina y mi tiempo.

Ayer una de mis clientas se me alteró demasiado porque al llevarla a su cita con el dentista nos quedó un tiempo, un inter, porque aún no llegaba la hora de la comida. Eran las 12:30 del mediodía y le comenté a la señora, de quien aquí omito su nombre, que deseaba hacer un trámite en Banorte, y era mi último día para pagar la tarjeta. La acomodé confortablemente en una de las sillas del banco (que estaba casi vacío y con un clima súper agradable). Estuve media hora con la señorita ejecutiva que me atendió.

Cuando salimos del banco fui a ponerle aire a las llantas de mi vehículo, porque transito mucho por carretera y estaban bajas, traían solo 28 libras y es un Jeep requiere 35 libras. Luego llevé a la señora a comer, y como sé que ella paga mis alimentos, opté por pedir únicamente la porción más pequeña de la comida, o sea, el complemento, esto para no ser recargada en su presupuesto para ese fin.

Ya a punto de llover, me pidió la llevara al Alsuper a hacer sus compras. Allí dentro me trajo de la seca a la meca. Yo estaba muy preocupada porque tenía una cita para un tratamiento médico a las cinco de la tarde. Yo veía que ella tardaba muchísimo en escoger sus productos, entonces tuve que comentarle que ya casi era la hora de mi cita médica

Pues craso error.

Fue el detonante para que la señora en cuestión me soltara una retahila de reproches. Primeramente, el dichito del que El que paga, manda. Luego un montón de reclamos: que en mi estadía en Banorte había usado "su tiempo". Luego me soltó otras cuestiones que no venían al caso: Qué yo salía mucho, que me divertía, que me mantenía en el centro, que cómo le hacía para venir a la ciudad si vivía tan lejos y con el costo tan elevado de la gasolina, que de dónde tantos centavos para eso.

Le hice ver que a mí nadie me mantenía, y en cuanto me faltaba dinerito, buscaba yo alguna labor retributiva, como por ejemplo fungir de chofer y dama de compañía como lo estaba haciendo con ella. Bueno, total que la señora se puso de un modo altanero y grosero. A final de cuentas le tuve que hacer la pregunta: ¿Por qué le caigo tan mal?

Me contestó que ella se encontraba enferma, muy enferma, y le molestaba que yo publicara todas mis actividades. Y que así como las publicaba yo, ella tenía el derecho de criticarme y de juzgarme, porque a eso me exponía yo al publicar mis alegrías, diversiones y mi vida religiosa, vía Facebook.

Opté por rechazarle mi pago, porque me sentí humillada, y mejor lo dejó en la guantera. Le dije, que no volvería a trabajar con ella.

Me advirtió así: "Si te molesta que te critique por tus publicaciones en Facebook, pues simplemente deja de hacerlo”.

Háganme ustedes el cabrón favor, y perdónenme que se los pida en francés.

No cabe duda de que existe gente malagradecida y poco empática con las personas que trabajamos, y que a veces no nos alcanzan rinden los exiguos ingresos que con este alto costo de vida pues simplemente no alcanzan.

Juré no volver a trabajar para esa señora. Le toca cita de nuevo el lunes con su doctor, pues que contrate un taxi o un Uber, a ver a cuanto le sale, porque yo soy muy medida para cobrar por mis servicios, y sobre todo muy servicial con mis clientes, lo digo aunque sé que halago en boca propia, es vituperio.

Esa vez no pude atemperar su grosería ni tratando de explotar la vena sentimental: le comenté que también yo estoy enferma y con restricción de una operación, dada la fragilidad de mi estructura corporal, mi bajísimo peso y dificultades en coagulación y cicatrización. Lo que me contestó con altanería fue: “Pues el karma es el karma. Es el pago por las malas acciones hechas en la vida”.

Y yo, ¿What? ¿A qué se refiere, señora? Hágame por favor un listado de mis cosas malas que según usted yo he hecho, y especialmente a usted (y por supuesto, a ella, ninguna) pero en mi yo interno saqué mis propias conclusiones: le caigo muy mal porque me escucha hablar de pronto con distintas amistades y se percata que siempre me invitan. Lo supe porque también me lo hizo ver, o sea que pone mucha atención en mis conversaciones telefónicas. Ella odia tener amistades, dice que eso no existe, que es pura hipocresía y puro interés. Así las cosas.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

“No invadas el espacio escénico”, ahora lo entiendo

 

“No invadas el espacio escénico”, ahora lo entiendo

 

Por Beatriz Aldana

 

Bueno, aquí voy. Crónicas de vida, aquí les contaré cómo se lleva una chascos de repente. Hay un caballero que toca el saxofón espléndidamente en la calle Victoria. Soy su fan. Siempre le pongo un billete en su cepo donde recibe lo que la gente le dará por su arte.

Hace algunos días, era domingo, me acerqué con mi mini banquito que llevo para escuchar misa en Catedral, ya que siempre me gusta estar a mero adelante, pero esos lugares se reservan para las personas que ejercen algún ministerio del altar, o recogen las ofrendas, total, que lo puse muy atrás de donde el saxofonista se ubica y me puse atenta a escuchar sus bellas interpretaciones.

Cuando me acerqué para depositarle el billete acostumbrado y felicitarle por tan hermosa melodía que en ese momento interpretaba, pues se trataba de Imagine, de mi John Lennon, al puro estilo mío hice un movimiento de baile momentáneo, a lo cual el caballero me dijo en estas palabras:

―No, señora. Me asusta a los clientes y no se acercan.

Achis, achis, pensé.

Entonces le dije:

―Pues cuando bailo en el show de la Plaza de Armas con el señor Sergio Boy y todo su excelente grupo es todo lo contrario, se junta muchísima gente porque les gusta muchísimo mi ritmo, sobre todo el baile clásico y el rock setentero y ochentero.

A la siguiente ocasión que fui a escucharle, esta vez fue un sábado, y fui con el objetivo de entregarle un billete de cien pesos que me regalaron un matrimonio al ir a alcanzarme por la calle Aldama e Independencia porque me retiré del saxofonista por su comentario no muy educado que digamos, porque como yo les dije a la pareja que me alcanzó, que el arte era del saxofonista, pero que les agradecía su aportación y que se la haría llegar a él.

Volviendo al tema, cuando fui a llevarle el billete al saxofonista, le dije:

―No señor, la gente no se asusta, más bien pienso que usted sintió de pronto que yo le robé el momento de su arte, y comprendo el celo que como artista sintió y que por ningún motivo fue mi intención robarle esa luz, admito que a lo mejor fue así, puesto que el matrimonio no le puso el dinero en el cepo suyo, sino que me alcanzaron para dármelo a mí porque les gustó algo de mi instantáneo bailecito al ritmo hermoso de Imagine.

Recuerdo bien que antes de todo eso yo me ofrecí a hacerles un vídeo que sí lo hice bailando ellos, y acompañados del saxofonista, porque eran turistas visitando Chihuahua, así que de alguna manera el dinero era para mí, pero decidí dárselo al saxofonista, a ver si así le baja un poco a su mala onda, y hasta cierto punto una cierta majadería porque sintió que le robé su show. Ni modo, yo gusto mucho, y tengo mucha gente que me dará la razón.

Exactamente así fue. Por eso le entregué los cien pesos que me obsequiaron por mi pequeñísima invasión, y sobre todo agradeciendo al saxofonista su amable explicación. Él estaba un poco apenado de recibir el dinero, porque argumentaban que me lo habían regalado a mí, pero era una manera de disculparme por haber hecho uso de su espacio. Y ya. Quedamos como buenos amigos.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

Dibujo

 

Dibujo

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Te regalo un dibujo torpe: verás, en él hay una lengua que a punto está de saborear una flor; no tendrás dificultad en darte cuenta que la proximidad a la delicia está, con toda la intensidad que se adivina, en esa línea simple que a manera de ojo cerrado hace también las veces de un suspiro.

       No estás, pero te doy este dibujo, sí, soy ese ser de orejas puntiagudas, en ellas sigue resonando tu voz, tu risa.

       Las raíces de la flor son las de tu vida, que la breve garra del animal informe parece a punto de cortar; en el tiempo del dibujo eso no ocurre. Y mira, la lengua parece también una hoja de árbol prendida en ese rostro dulcificado por la redondez ambigua de su perfil.

      Así son las cosas en esa tierra (de la que la flor aún no es separada): no siempre azul oscuro ni brillo de mediodía. Lo sabes. Llegamos a ese conocimiento juntos. Digamos que este dibujo es homenaje a las figuras que ambos hicimos y ahora veo en el pensamiento como único público de una representación involuntaria en la que solo yo puedo dar fe del frío, pues mi piel lo sintió, de los colores percibidos sobre los párpados mientras el oleaje marino era canción de fondo; y vivir era verte desde un tercer piso haciendo danzas tus brazos sobre la arena para darme un dibujo como una manzana.

       Me atrevo a dejar este juguete de papel en el altar del sueño, para que ahí tengamos una cita solo posible porque mis ojos te saben de memoria.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

domingo, 11 de octubre de 2026

De extrapolaciones y otras dulzuras


 

De extrapolaciones y otras dulzuras

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Haré una muy grosera extrapolación: Si yo tuviera un robot para que me ayudara en los quehaceres domésticos, estaría diciendo Sí a la ciencia que ha permitido que tal objeto exista; pero a la vez le diré No a esa misma ciencia, negándome a conversar con el robot sobre la fragilidad de la existencia humana, ni sobre la gravedad que pudiera poseer tal noción en nuestra idea de la vida. Y aunque sepa que algún listillo en la fábrica de robots sirvientes pudiera haberle instalado un programa para debatir las ideas de Heidegger y Sartre, no me voy a lanzar a ese misterio porque tengo la capacidad de no hacerlo. En esta decisión de no tener esa conversación, entiendo que sí hay un sentido oculto del mundo técnico (la travesura del “listillo”, si quieren ustedes).

      Y no me pondría a platicar sobre la gravedad de la muerte con el supuesto ayudante porque, aunque todo lo que pueda encontrarme en el internet quiera llevarme a otra realidad, sé que la humanamente posible es solo una: esta; de modo que la reflexión meditativa es “lo que el ser humano tiene de más propio”; sí, y aunque esa reflexión esté en lucha constante con el pensar calculador, he de valorar a la primera contra la segunda por pura gana de seguir siendo humana.

       Entiendo que el pensamiento reflexivo se ubica en otra dimensión, más allá del puro pensar calculador, esa donde puedo asumir mi finitud como ser nacido en esta Tierra, y tal conciencia, aunque pueda producir angustia, también me da la libertad de dirigir mi propia vida hacia un proyecto libremente elegido. Sé que hay cientos de obstáculos o puede haberlos, no somos plantas nacidas en las nubes, hay una tierra donde están nuestras raíces, y eso significa algo tal vez desmesurado y que puede inclinar la balanza entre mis deseos y la realidad propiamente dicha, pero si uso una balanza o me lanzo a dibujarme una vida falsa en el Instagram, eso significa que la técnica la usaré para algo, repito entonces, puedo decir no y sí a todo; sé que la técnica o la tecnología (como prefieras llamarla) no es neutral, tan lo sé que yo la uso para escribir ahora estas palabras que finalmente quieren recordarte la importancia de la reflexión meditativa para dejar de ser juguete de la técnica, ¿podremos?

       No está de más informar que esta extrapolación proviene de la alocución titulada Serenidad que Martin Heidegger pronunció el 30 de octubre de 1955 en Messkirch, con ocasión de los festejos para conmemorar el 175 aniversario del nacimiento del compositor Conradin Kreutzer.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

La sal de Estación Carrillo

 

La sal de Estación Carrillo

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Donde el desierto guarda
memorias más antiguas que los hombres,
la tierra todavía sabe a mar.

Dicen que alguna vez
las aguas del Mar de Tetis
cubrieron horizontes
que hoy solo conocen polvo,
sol y silencio.

El mar se fue.

Dejó su huella.

Quedó la sal,
blanca bajo la luz,
extendida sobre la tierra
como un recuerdo que no quiso morir.

En Estación Carrillo
los hombres y las mujeres
salen a cosecharla.

Llegan en camionetas,
en carretas,
en lo que pueda rodar
sobre aquella inmensidad.

No llevan grandes máquinas
ni trajes que los protejan.

Llevan manos.

Manos curtidas,
manos que conocen el trabajo,
manos que la sal muerde
hasta hacerlas arder.

A veces también los pies
pagan el precio
de caminar sobre esa blancura
que de lejos parece nieve
y de cerca lumbre.

La recogen, cargan,
 y llevan hasta quienes después
la limpian, transforman,
y venden.

Y mientras otros ven solo sal,
yo pienso en quienes la levantaron.

En el mar desaparecido,
los siglos enterrados.

las manos lastimadas
que todavía arrancan del suelo
la memoria del agua.

Porque cada grano
lleva algo del antiguo océano,

pero también lleva
el esfuerzo de un pueblo
que aprende a vivir
de lo poco que el desierto concede.

Estación Carrillo:

mar sin olas,
sal sin espuma,
blancura antigua
bajo el sol de Chihuahua.

Y sobre ella,
como desde hace generaciones,
el hombre sigue cosechando
lo que dejó el mar.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

Guardiana del polvo antiguo

 

Guardiana del polvo antiguo

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

En la hora en que el sol se vuelve oro cansado,
ella despierta.

No viene de la tierra.
Es la tierra recordándose a sí misma
en forma de espiral.

La víbora de cascabel
no arrastra su cuerpo,
teje caminos invisibles
entre lo que fue
y lo que aún respira.

Cada muda no es abandono:
es renacimiento.
Se despoja del tiempo
como quien deja un nombre antiguo
y nace otra vez,
más sabia,
más silenciosa.

En su cola no hay sonido,
hay memoria.
Cada anillo es un año guardado,
una historia que no se cuenta,
pero que vibra
cuando el mundo olvida de escuchar.

Sonaja sin semillas,
oráculo sin palabras.
Cuando habla
no amenaza.
Revela.

Dicen que su carne cura,
que en su sangre duerme el remedio,
pero pocos comprenden
que su verdadero don
no se come
ni se vende,

ella enseña a mudar la piel del alma.

El vaquero que la buscaba
no lo sabía del todo,
pero algo en su andar lo guiaba:
llevaba serpientes
como quien carga fragmentos de misterio,
repartiendo sin saber
pedazos de eternidad.

Y cuando nacen sus crías,
envueltas en velo transparente,
no aprenden a vivir:
recuerdan.

Porque vienen de un sitio
donde la vida ya ha sido dicha.

Guárdate de su colmillo, sí,
pero escucha su llamado:

no todo lo que duele es castigo,
no todo veneno es muerte,
no toda piel es la última.

En el desierto,
donde el tiempo se seca y se conserva,
la Cascabel vigila

y espera
a que el hombre también
recuerde cómo transformarse.

 

Abril 2026

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.