Presencias
Por Guadalupe Ángeles
El reflejo del sol en la pared de piedra; los peces en el estanque:
naranjas, negros; las flores, mariposas sobre sus pétalos; hojas de color mate,
otras suavemente verdes; la vegetación dentro del río, y sus aguas frías y su
ritmo, constante… ¿qué hace un habitante de las ciudades en medio de todo eso?
Buscarse, volver a experimentar mientras contempla y siente la humedad de la
mañana que todo a su alrededor le regala un nuevo semblante; o quizá recupera
alguna mañana de su infancia cuando por primera vez pisaba el césped con los
pies desnudos.
La temperatura del agua del
río es cosa seria, su ritmo; es por ello que la espía llegada de lugares muy
distintos, grises, se asusta, y tal vez solo porque sus miembros, demasiado
acostumbrados a sillas giratorias o de aquellas que encuentras en salas de
espera, sienten amenazadora la cadencia del río, temen a su profundidad.
Y sí, la espía desiste un
rato de la investigación; va entonces a la alberca, ahí sí tocan sus pies la piedra
firme, hay pequeñas cascadas que, si así lo decide, masajearan su espalda.
Ve a los valientes nadar a
la par con los peces, a favor o en contra de la corriente. Se embarca en balsa
segura y escucha la voz de las guías que le hablan de árboles muy viejos,
narran gentiles historias, le piden que adivine la temperatura del agua y
explican que viene de un manantial, ese que ha visto poco antes: El Borbollón.
No han recorrido el río entero, la devuelven pronto a tierra.
Es un día diferente,
hermoso, los bañistas, los atletas amigos del río se dejan deslizar abrazados a
formas diversas que los mantienen a flote y hacen así en sus aguas figuras
felices.
Camina sobre puentes de
madera, admira las ramas de árboles cuyos nombres desconoce, pues esta tarde
los ve por primera vez.
Llega pronto la noche, la
espía siente una presión extraña, reza de prisa en sueños mientras a su lado,
sentado en la cama, el Chaneque del Río Yautepec la mira y sonríe al tiempo que
pasa suavemente su mano por el rostro de la fuereña.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la
revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El
Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y
en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.
Actualmente radica en Guadalajara.





