6 de
agosto
Por
Daniel Salinas Basave
Hay fechas que encarnan el horror,
como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer
un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la
Tierra.
Cierto, la historia humana podría
curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima
sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para
autodestruirnos en segundos.
El cielo del 6 de agosto siempre nos
hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto
de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me
duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me
siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me
aterra, lo que más me horroriza, es que, en la narrativa oficial, Hiroshima y
Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente
correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la
Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero
remedios al fin.
El presidente Harry Truman recibió y
celebró la noticia de Hiroshima mientras disfrutaba una función de boxeo entre
marines a bordo del crucero Augusta al retornar de la Conferencia de Postdam.
Sin embargo, el campeón en la
absoluta y total ausencia de remordimientos es Paul Tibbets, el piloto de la
nave que aflojó el esfínter para dejar caer a Little Boy y desatar en un minuto
el peor Apocalipsis de la historia humana, el mayor desastre acaecido después
del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años. No solo
nunca tuvo un mínimo remordimiento, sino que Paul Tibbets sostuvo siempre que
hizo lo correcto y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario.
Vivió una apacible existencia hasta
los 92 años de edad y nadie nunca fue a confrontarlo o a reclamarle nada.
“Nunca perdí una noche de sueño por el recuerdo de Hiroshima”, solía presumir
Paul. “Un sentimental jamás habría
piloteado aquel avión”, solía jactarse.
Lo único que le frustraba era que el Museo Nacional del Espacio de
Washington no exhibiera su linda aeronave a la que quería tanto, que la bautizó
con el nombre de soltera de su santa mamacita: Enola Gay Hazard.
En mayo de 2016, Barack Obama se
convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Hiroshima y rendir
homenaje a las víctimas pronunciándose por un mundo libre de armas nucleares,
pero en ningún momento ofreció algo ni remotamente parecido a una disculpa.
Robert Oppenheimer, el físico creador
de la bomba, tenía sentimientos encontrados, pues sentía un enorme orgullo por
el logro científico, pero sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Hay
quien asegura que en 1964, pidió perdón llorando a Naomi Shono, una
sobreviviente de la bomba, pero fue en un encuentro privado y no en un acto
público.
Esta semana leí en Nexos un
abortivo texto firmado por un tal Ezra Shabot que sintetiza a la perfección la
moral de los “genocidas buenos”. Según ese repugnante tipo, “el sufrimiento de
la población de Gaza no es cuestionable, pero es semejante al de las
poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la
intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al
enemigo”. No lo dijo, pero asumo que, bajo su opinión, en Hiroshima y Nagasaki
no tenían como objetivo exterminar decenas de miles de civiles inocentes, sino
derrotar militarmente a Hirohito.
Pearl Harbor, en donde solo murieron
militares, es narrado como un crimen de lesa humanidad, pero Hiroshima y
Nagasaki son solo soluciones, igual que matar a Gaza de inanición es un
remedio. En el colmo de lo asqueroso, el tal Shabot se permite decir que los
niños asesinados en Gaza son futuros yihadistas, mártires en potencia, así que,
bajo su mentalidad tan propia del antiguo testamento, supongo que está muy bien
matarlos antes de que crezcan. Todo sea en nombre del triunfo del "pueblo
elegido". Los "buenos" de la película tienen licencia para matar
niños.
Sin embargo, más allá del horror,
Hiroshima me recuerda que siempre vuelve a haber vida después del infierno.
Uno de los momentos de más absoluta
paz y plenitud que he experimentado en la vida adulta, lo viví una madrugada
flotando en el mar bajo el Tori de Miyajima, una isla ubicada frente a
Hiroshima. Había un silencio místico, una paz uterina en el lugar donde ochenta
años antes irrumpió el horror.
Hiroshima se habló de tú con el
averno, pero hoy el verde de los árboles y la claridad de las aguas me hace
pensar en el triunfo de la vida, en el aferre de una nueva planta por germinar,
de un niño por nacer.
Y entonces sentí esperanza, porque
después del Apocalipsis siempre volverá a germinar una semilla y habrá flores
de cerezo cayendo sobre el agua limpia.
Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en Esquire, Gatopardo, Milenio y Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBaja, Suplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

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