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Un crimen
pluscuamperfecto
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
Los dos detectives ocuparon el lugar de siempre en la taberna La Gaviota,
en la calle Diez y seis. Eran el teniente García, un hombrachón excedido de
peso que desde cien metros de distancia adivinaba uno que era policía, se diría
que “tenía la facha”. El otro, delgadito y de cachucha, gorra de visera y
atuendo más de vendedor de enciclopedias que de policía, era el agente
Rodríguez. Paranoia o deformación profesional, tenían que situarse en aquel
rincón de donde podían ver quien entraba o salía del tugurio.
El cantinero Fidel, un hombre jovial y dicharachero con un mandil que no
dejaba duda que era el bar tender, ya les había servido lo de siempre: una
cerveza oscura para el teniente García y un ron con canela para el agente
Rodríguez.
—¡ Ay paisano! ¿No temes que la canela te haga daño?
—¡Tanto como a ti el lúpulo y el mosto!
No era la primera vez que el uno criticaba la bebida del otro. Tal diálogo se
había hecho viejo de tanto repetirlo. Un traguito y la conversación iba a donde
siempre: el trabajo.
—¿Tienen ya una pista? —preguntó García.
—¿De la muertita de ayer? Claro, ya agarramos al tipo, ¡un cornudo
resentido. Lo de siempre!
—Lo dices como si no fuera la gran cosa.
—Sí. De hecho, comienzo a aburrirme.
—Pues no son casos como los de Poirot —comentó el teniente.
—¿El de Ágatha Christie?
—Ese.
—Pues en nuestra delegación no hay casos así de complicados.
—¿De verdad lo crees? ¿Qué tal los de la carpeta naranja del Capitán
Salinas?
—¿Los casos irresueltos cerrados?
—Esos mismos. Habrá algunos que se cerraron por orden superior, pero
otros simplemente porque no se pudo encontrar un culpable.
—¿Piensas en alguno en especial?
—Sí, en el de Lamaire Leroy. Siendo tan famosa y tan hermosa, nunca se
pudo determinar quién la mató.
—Si. Recuerdo todos los sospechosos eran tan famosos como ella. El
principal entre ellos de hecho se libró porque cuando ella fue asesinada él
conducía un show en la tele con varios miles de espectadores. Otro estaba en
Francia. Un tercero estaba en la cárcel, y así sucesivamente —apuntó Rodríguez
asombrando a su superior que no pensó que el agente supiera tanto así de aquel
caso.
—Veo que lo sabes todo. Es una lástima que cuando ya nos disponíamos a
comenzar las pesquisas nos ordenaran pasarlo a “instancias superiores”.
—Sí, a todos nos dolió el desprecio. Especialmente al Capitán Salinas.
Era un caso muy grande como para una delegacioncilla de barriada.
—Pero mira, hablando del rey de Roma cuando le nariz asoma.
En efecto en ese momento el Capitán, tipo atlético y bien parecido, cruzaba el
umbral de La Gaviota. En tono jovial se acercó a sus subalternos:
—¿Qué hacen? ¿Resolviendo casos?
—Así es, mi Capitán —respondió García.
—¿Alguno en particular?
—El de Lamaire Leroy.
—¿Y creen que un caso en el cual se gastaron millones de pesos sin llegar
a encontrar al culpable pueda resolverse en una conversación de cantina?
—Siempre podemos tartar, mi Capitán. ¿Cómo es que un caso como ese vino a
dar a nuestra delegación?
—Muy sencillo: La ciudad creció en esta dirección. La elegante colonia
Catedrales Europeas se construyó justo en los límites de nuestro barrio. Por
supuesto, bardeada de manera que los mortales común y corrientes no pudiéramos
entrar en ella. Ahí fue que Lemaire construyó ‒le
construyeron‒ su mansión.
—Así que cuando la mataron el caso nos correspondía a nosotros.
—Sí.
—Entiendo que usted fue quien acudió primero al lugar del crimen cuando
la criada encontró a Lemaire degollada —inquirió Rodríguez—. ¿Podría decirnos
qué fue lo que encontró?
—¡Uh! ¿Ahora me interrogas?
—Sí, cuéntenos por favor.
Aclarando la garganta como dándose importancia, el Capitán se dispuso a relatar
lo que vivió en aquella ocasión:
—¡Una escena difícil de olvidar! Aquella bella mujer, apenas vestida en
un negligé de gasa púrpura casi trasparente. ¡Quien dijera que aquel cuerpazo
era obra de los cirujanos plásticos! La cortadura en el cuello era una de las
más impresionantes que he visto ‒y he visto
muchas‒ en toda mi carrera.
—¿Y había alguna cosa irregular? Digo, ¿además del cadáver?
—No. Digo, sí. La ropa interior debajo del negligé. La pantaleta, la
llevaba al revés, la cara que lleva la etiqueta se veía a través de la gasa.
Pero…
—Eso es muy importante. Una persona como ella nunca se pondría el
calzoncillo al revés. Y probablemente tampoco andaría en negligé por la casa. O
estaba desnuda cuando la mataron, o la vistieron así para que así la
encontraran.
—¿Y a dónde vas con eso?
—A resolver el enigma en esta conversación de cantina, mi Capitán. Se
investigaron tres sospechosos. Hombres todos. Y con la información que usted
nos ha dado, todo indica que la asesina fue una mujer. Para comenzar, es dudoso
que un hombre quisiera destruir tan espectacular fémina. Por eso la herida era
diferente de todas las que usted había visto antes. Al ponerle el negligé, la
perpetradora sugeriría una sensualidad dirigida a agradar a un amante. Los
investigadores supondrían que la pantaleta al revés también apuntaría a un
hombre, esta vez uno que apresuradamente ocultaba su delito. ¿Por qué haría el
asesino ‒la asesina‒ eso? Pues para alejar la sospecha de ella misma.
—¡Interesante! ¿Algo más?
—Los sospechosos que fueron investigados, lo fueron porque se supo que
algo habían tenido que ver con ella, ¿cierto? Y ese algo, que era suficiente
que la policía los investigara por supuesto, lo era también para que las
esposas o amantes de los sospechosos ardieran de celos. Así las cosas, la
amante o esposa del que estaba en la cárcel es una candidata poco probable. Si
era una cuestión de celos, eran celos antiguos. Del que andaba en Francia,
probablemente la mujer lo acompañaba. Queda uno, el del show en la tele, y una
probable amante o esposa celosa, ahí es que hay que buscar.
—Pero estas sugiriendo que la asesina es…
—¡Exactamente! ¿Ve que una discusión de cantina vale más que peritajes de
millones?
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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