Moderadamente radical
Por Guadalupe Ángeles
Hacer una obra de arte con estas ruinas de lo
que soñé fuera la gran felicidad. Así reza el programa supuestamente lúcido que
me guía. ¿Creer en la autenticidad viene a cuento? Tomando por auténtico
aquello considerado esencialmente humano, y que, con mucha frecuencia, o bien
da miedo o flojera.
¿Se puede medir el impulso de acercarnos a eso? Anhelo, confieso, crear
un surrealismo de uso personalísimo. Sí, hacer de esos actos cotidianos, como
permanecer bajo la regadera mucho más tiempo del aceptable, una defensa de lo
humano.
Por aquí vamos al camino que tú, paciente lector, ya adivinas: Ninguna
IA podrá nunca hacer eso, ni tampoco desearlo.
No seré alumna aventajada de ninguna escuela artística con estas
excentricidades, aunque ame el agua, aunque ame la soledad (condición
absolutamente necesaria para esta especie de parafilia inconexa).
Pero vamos, no quiero crear ningún canon para nada, quizá solo deseo
hacer correr el río del tiempo a mi favor, para constituirme, nada menos, pero
tampoco nada más, mi yo, en mí, como el gran mar de la nada que solo es la suma
de las nadas pequeñas que forman mi vida.
Habrá quien vea en esto una búsqueda de sentido a lo que no lo tiene
(vivir), no seré yo quien se lo reproche, pues tengo bien sabida (por haberla
paladeado más de una vez) la desesperación inherente a experimentar los
amaneceres, no como regalos, sino como su contraparte.
Sabemos el principio porque nos lo han contado, hay fotografías que dan
fe del cambio ocurrido en nuestros cuerpos a lo largo de los años, lo cual,
desde cierta perspectiva surrealista parece más que un progreso, un engaño; sin
embargo, también al transcurrir del tiempo comprendemos que todo es azar, y en
esas aguas azarosas ningún hecho puede ser tildado de injusto.
De modo entonces que, sin lastimar a nadie, procuro habitar los cientos
de nadas (otros dirán horas) bebiendo humildemente mi te de canela con
manzanilla y guardando para mí secretos inofensivos, pues “toda vida es un
secreto” que solo será revelado cuando la mano de la muerte venga y toque mi
corazón, el tuyo ¿el nuestro? Ello será en un lenguaje intraducible a
comprensión humana.
Eso quizá, o tal vez no.
Surrealismos aparte, trato de adivinar la temperatura de la mano de la
muerte, solo como ejercicio de imaginación.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la
revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El
Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y
en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.
Actualmente radica en Guadalajara.

No hay comentarios:
Publicar un comentario