Viendo
visiones
Por
Federico Urtaza
Hay
que probar la salsa para comprobar que, de veras, no pica.
Así
las cosas, ayer fui a ver La Odisea, afortunadamente y por fin
subtitulada.
Fue
Walt Disney el precursor de la idea de que las grandes historias, esas que
diríamos arquetípicas, surgieron en Hollywood. Provincianos, como a fin de
cuentas somos todos, el provincialismo gringo es la exacerbación de que, como
decimos acá, fuera de México todo es Cuautitlán. Dada la influencia cultural de
esa parte de Norteamérica, lo aceptamos como salsa de la que no pica y con esa
aderezamos la versión de la vida y el mundo que nos da la cinematografía
hollywoodense, influencia que no deja de sentirse en todas las demás cinematografías,
acaso porque el cine es de fórmulas.
Por
naturaleza, el cine es emocional, aunque en su factura prevalece lo racional.
Nada es gratuito y todo está íntimamente conectado (o debería estarlo, casos en
contrario hay muchos y hasta el espectador menos avezado lo percibe). Vamos, es
por eso que, antes de emprender la escritura del guion, es fundamental decir en
un par de líneas de qué va el cuento, de modo que en un destello se intuya lo
que será el producto final.
Si
la producción fílmica hollywoodense está pensada para el público del segmento
de Norteamérica situado entre Canadá y México, dada su influencia cultural,
asumida en buena parte del globo terráqueo, nos adaptamos a lo que nos venden
como si fuera de veras universal. Claro está que luego, como las modas, andamos
usando algo que no nos queda bien, pero es lo de hoy.
Aquí
ya podemos hablar de identidades difusas, opuestas a una identidad
paradigmática, la de lo gringo, que, a su vez, se anticipa como respuesta a la
gran pregunta: ¿qué soy? y por lo visto, ese qué (ser humano, persona) ha sido
desplazado por ¿quién soy? y ¿con quién me identifico? Y miren ustedes, para ir
entrando en materia, lo de gringo es tan genérico como griego, en relación con
los textos homéricos, donde hay aqueos, argivos y demás bajo la denominación de
griegos.
Si
un país se caracteriza por la multiplicidad de etnias nativas e inmigradas, es
EUA, aunque también se caracteriza por la eliminación obligatoria, al amparo de
una supuesta integración bastante selectiva en la práctica, que supone
abandonar toda etnicidad para convertirse en American. Eso sí,
incorporando falsificaciones culturales que incluyen la comida china, el taco,
la piñata y la pizza, por ejemplo.
Es
así que el cine hollywoodense se ha ocupado en producir versiones de lo que es
ser American. Vaya manera de ilusionar en lugar de verdaderamente
integrar; tal vez eso ayude a acercarnos al afán de enfatizar las diversidades
de una manera artificiosa, en lugar de basar la identidad en la idea de especie
humana. En su lema, plasmado en la moneda E pluribus unum (de muchos
uno) no deja de sentirse su versión de la sentencia mexicana: “Si todos
somos de barro, no es lo mismo bacín que jarro”.
Como
ficción fundacional norteamericana, las diferencias se asumieron en los
estereotipos frecuentados por el cine y poco a poco, a querer y no, fueron
aceptando la idea de diversidad en cualquiera de sus manifestaciones, hasta
llegar a la contraposición que bien podemos simplificar con los términos woke
y Maga, tan etéreos el uno como el otro, pero indudablemente de gran
utilidad ideológica.
El
debate, si así puede llamársele a los dimes y diretes surgidos primero de la
carnada del avance de La Odisea de Christopher Nolan y luego ya de la
exhibición de la película, creo que deja de lado lo principal: es un filme
dirigido, como siempre y fundamentalmente sucede, al público gringo (retomo el
genérico incluyente) y de carambola, al resto del mundo.
Para
empezar, la apropiación, que no adaptación, del texto homérico para convertirlo
en una historia americana disfrazada, para mayor atractivo. Bajo la premisa de
una actualización del texto clásico para mejor comprensión de la generación
actual, basada, por cierto, en una traducción que le dio una gloria inmerecida
a su autora, que halló conveniente reescribir antes que presentar, la película nolaniana
recurre a varios trucos, como el de agringar el habla de los personajes,
enfatizar la inclusión (bueno, hasta un asiático que, por imitar a Odiseo ‒guiño, guiño‒, se quita la
cera de las orejas para oír el canto de las sirenas y acaba tirándose al mar)
proponer diálogos que son tipo: “Te lo digo, Juan, para que lo entiendas,
Pedro”, como el de Odiseo con Calipso, Circe y Penélope, o el fin de la
Edad de Bronce, que, sin mucho enredarse, son una crítica a los EUA actuales,
del trumpismo y la polarización real de la sociedad gringa.
Y
así ya llegamos al de qué se trata la película: el fin de la hegemonía local y
externa del imperio gringo. Nada que ver con Homero, de no ser el de apellido
Simpson.
Como
película, se deja ver; no diría que es de lo mejor de Nolan. Tiene un gran
diseño de sonido (tal vez lo mejor), los personajes, planos, aunque buenas
actuaciones (qué tal Lupita Nyong'o cuando le dice a Telémaco que ofrece
disculpas por las molestias ocasionadas, o toda Charlize Theron, presentada
como la amante ideal de todo hombre casado / aburrido) escenas de combate con
personas en locaciones reales ¿y qué decir del momento Tom y Jerry,
cuando los tránsfugas de la puerta al más allá corretean a Odiseo con su Let's
go!?
En
fin, no hay como tener una buena historia bien contada. Eso suele ser más
eficaz que un rollo bien intencionado.
Federico Urtaza es licenciado en derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua, con maestría por la UNAM. En 1978 fundó la revista Palabras si arrugas, que inició en el estado de Chihuahua la literatura del siglo 21. Es autor de varios libros de teatro y de cuentos, entre ellos Del polvo al espejismo.

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