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domingo, 16 de agosto de 2026

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza


 Diseño gráfico: Marco Benavides

Jack Nicholson: la sonrisa que amenaza

 

Por Marco Benavides

 

Hay actores que interpretan personajes y actores que los incendian. Jack Nicholson pertenece a la segunda estirpe: aquella que no representa la locura, la rebeldía o el cinismo, sino que los deja arder frente a la cámara hasta que el espectador ya no distingue al hombre del papel. Su rostro cejas que se disparan hacia las sienes, sonrisa que es a la vez invitación y advertencia se volvió, a lo largo de más de cinco décadas, el semblante mismo A finales del siglo XX.

Nació en 1937 en Neptune City, Nueva Jersey, en un hogar que guardaba un secreto que solo conocería adulto: la mujer que creía su hermana era, en realidad, su madre. Ese engaño fundacional quizá explique por qué Nicholson siempre buscó personajes fisurados, hombres que viven en el filo entre la cordura fingida y el abismo real. Jack Nicholson aprendió, creció y se desarrolló como actor trabajando en las películas de bajo presupuesto que producía Roger Corman, hasta que Easy Rider (1969) lo sacó del anonimato.

Los setenta lo consagraron. En Chinatown (1974), bajo la mirada quirúrgica de Polanski, encarnó a un detective que descubre que la corrupción no tiene fondo. Pero fue Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) en 1975, la que fijó su mito. Le valió el primer Óscar y una certeza cultural: Nicholson era el rebelde que Estados Unidos necesitaba ver derrotado para poder seguir creyendo en la rebeldía.

Con El resplandor (1980), Kubrick le entregó el papel que terminaría por convertirlo en ícono absoluto de la cultura popular. El hacha, la puerta astillada, el célebre "Aquí está Johnny" sintetizan su método: llevar el exceso hasta el punto exacto en que deja de ser gesto y se vuelve verdad. Tres años después, La fuerza del cariño (Terms of Endearment) le dio su segundo Óscar, esta vez como actor de reparto, y confirmó que su registro no era solo la furia sino también la ternura tardía.

Los noventa lo mostraron en su forma más matizada: Mejor... imposible (As Good as It Gets) en 1997 le dio un tercer Óscar por Melvin Udall, misántropo obsesivo cuya dureza esconde una ternura casi involuntaria. Y en el terreno del espectáculo masivo, su Joker en Batman (1989) demostró que incluso la villanía de cómic podía llevar su firma: teatralidad, humor macabro, una alegría casi obscena por el desastre.

Se retiró silenciosamente después de How Do You Know (2010). No hubo despedida solemne, como si el propio Nicholson desconfiara del gesto ceremonioso. Hoy, a sus 89 años, su legado no se mide en estatuillas sino en la genealogía de actores que aprendieron de él que la verdad, en la actuación, rara vez es contenida: casi siempre hay que dejarla desbordarse.

Nicholson no interpretó al siglo XX estadounidense: lo dejó, generosamente, plasmarse en el lienzo de su rostro.

 

Dr. Marco Benavides, 14 agosto 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med MultilinguaEs autor del libro Un marco crítico / relatos.

lunes, 3 de agosto de 2026

Viendo visiones

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Viendo visiones

 

Por Federico Urtaza

 

Hay que probar la salsa para comprobar que, de veras, no pica.

Así las cosas, ayer fui a ver La Odisea, afortunadamente y por fin subtitulada.

Fue Walt Disney el precursor de la idea de que las grandes historias, esas que diríamos arquetípicas, surgieron en Hollywood. Provincianos, como a fin de cuentas somos todos, el provincialismo gringo es la exacerbación de que, como decimos acá, fuera de México todo es Cuautitlán. Dada la influencia cultural de esa parte de Norteamérica, lo aceptamos como salsa de la que no pica y con esa aderezamos la versión de la vida y el mundo que nos da la cinematografía hollywoodense, influencia que no deja de sentirse en todas las demás cinematografías, acaso porque el cine es de fórmulas.

Por naturaleza, el cine es emocional, aunque en su factura prevalece lo racional. Nada es gratuito y todo está íntimamente conectado (o debería estarlo, casos en contrario hay muchos y hasta el espectador menos avezado lo percibe). Vamos, es por eso que, antes de emprender la escritura del guion, es fundamental decir en un par de líneas de qué va el cuento, de modo que en un destello se intuya lo que será el producto final.

Si la producción fílmica hollywoodense está pensada para el público del segmento de Norteamérica situado entre Canadá y México, dada su influencia cultural, asumida en buena parte del globo terráqueo, nos adaptamos a lo que nos venden como si fuera de veras universal. Claro está que luego, como las modas, andamos usando algo que no nos queda bien, pero es lo de hoy.

Aquí ya podemos hablar de identidades difusas, opuestas a una identidad paradigmática, la de lo gringo, que, a su vez, se anticipa como respuesta a la gran pregunta: ¿qué soy? y por lo visto, ese qué (ser humano, persona) ha sido desplazado por ¿quién soy? y ¿con quién me identifico? Y miren ustedes, para ir entrando en materia, lo de gringo es tan genérico como griego, en relación con los textos homéricos, donde hay aqueos, argivos y demás bajo la denominación de griegos.

Si un país se caracteriza por la multiplicidad de etnias nativas e inmigradas, es EUA, aunque también se caracteriza por la eliminación obligatoria, al amparo de una supuesta integración bastante selectiva en la práctica, que supone abandonar toda etnicidad para convertirse en American. Eso sí, incorporando falsificaciones culturales que incluyen la comida china, el taco, la piñata y la pizza, por ejemplo.

Es así que el cine hollywoodense se ha ocupado en producir versiones de lo que es ser American. Vaya manera de ilusionar en lugar de verdaderamente integrar; tal vez eso ayude a acercarnos al afán de enfatizar las diversidades de una manera artificiosa, en lugar de basar la identidad en la idea de especie humana. En su lema, plasmado en la moneda E pluribus unum (de muchos uno) no deja de sentirse su versión de la sentencia mexicana: “Si todos somos de barro, no es lo mismo bacín que jarro”.

Como ficción fundacional norteamericana, las diferencias se asumieron en los estereotipos frecuentados por el cine y poco a poco, a querer y no, fueron aceptando la idea de diversidad en cualquiera de sus manifestaciones, hasta llegar a la contraposición que bien podemos simplificar con los términos woke y Maga, tan etéreos el uno como el otro, pero indudablemente de gran utilidad ideológica.

El debate, si así puede llamársele a los dimes y diretes surgidos primero de la carnada del avance de La Odisea de Christopher Nolan y luego ya de la exhibición de la película, creo que deja de lado lo principal: es un filme dirigido, como siempre y fundamentalmente sucede, al público gringo (retomo el genérico incluyente) y de carambola, al resto del mundo.

Para empezar, la apropiación, que no adaptación, del texto homérico para convertirlo en una historia americana disfrazada, para mayor atractivo. Bajo la premisa de una actualización del texto clásico para mejor comprensión de la generación actual, basada, por cierto, en una traducción que le dio una gloria inmerecida a su autora, que halló conveniente reescribir antes que presentar, la película nolaniana recurre a varios trucos, como el de agringar el habla de los personajes, enfatizar la inclusión (bueno, hasta un asiático que, por imitar a Odiseo guiño, guiño, se quita la cera de las orejas para oír el canto de las sirenas y acaba tirándose al mar) proponer diálogos que son tipo: “Te lo digo, Juan, para que lo entiendas, Pedro”, como el de Odiseo con Calipso, Circe y Penélope, o el fin de la Edad de Bronce, que, sin mucho enredarse, son una crítica a los EUA actuales, del trumpismo y la polarización real de la sociedad gringa.

Y así ya llegamos al de qué se trata la película: el fin de la hegemonía local y externa del imperio gringo. Nada que ver con Homero, de no ser el de apellido Simpson.

Como película, se deja ver; no diría que es de lo mejor de Nolan. Tiene un gran diseño de sonido (tal vez lo mejor), los personajes, planos, aunque buenas actuaciones (qué tal Lupita Nyong'o cuando le dice a Telémaco que ofrece disculpas por las molestias ocasionadas, o toda Charlize Theron, presentada como la amante ideal de todo hombre casado / aburrido) escenas de combate con personas en locaciones reales ¿y qué decir del momento Tom y Jerry, cuando los tránsfugas de la puerta al más allá corretean a Odiseo con su Let's go!?

En fin, no hay como tener una buena historia bien contada. Eso suele ser más eficaz que un rollo bien intencionado.

 


Federico Urtaza es licenciado en derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua, con maestría por la UNAM. En 1978 fundó la revista Palabras si arrugas, que inició en el estado de Chihuahua la literatura del siglo 21. Es autor de varios libros de teatro y de cuentos, entre ellos Del polvo al espejismo.

sábado, 25 de julio de 2026

Babylon


 

Babylon

 

Por Federico Urtaza

 

Morimos de manera recurrente. Todo termina y vuelve a comenzar, esa es la ilusión que a unos lleva a creer en la reencarnación o en el olvido. Sin embargo, para el cristianismo apocalíptico el fin de los tiempos es el “No hay más, hasta aquí llegamos” no absoluto, en tanto que queda la posibilidad de ir a seguirle en el Cielo o el Infierno.

Tenemos ciclos de diversa duración, desde el cósmico del Big Bang y su expansión / encogimiento, hasta el de cada instante del presente que se consume y da paso a otro instante que se consume tan rápido que, si no fuera por la memoria, creeríamos que transitamos de un reiterado morir a un reiterado renacer, del pasado al futuro sin más transición que la que planteamos al distinguir el antes y el después.

Así, en la dimensión de la experiencia humana, con sus alcances y limitaciones, sin complicarnos demasiado con lo que sucede en otras dimensiones algunas de ellas todavía envueltas en pañales matemáticos, auxiliados por la memoria y la consciencia otro par de misterios sin esclarecer del todo, asumimos que un día comienza y termina y es seguido de otro diferente y otro más, hasta acumular algunos cuántos que parecen similares, hasta que llega otro un poco más frío o un poco más cálido y la vegetación, acoplada a esas mutaciones casi imperceptibles, también muda, y, como otros seres vivos, nace, crece, se reproduce y muere. Desde que empezamos a tener esa chispa que nos enciende y que llamamos humanidad, sabemos de ciclos, cortos unos y largos otros. Sabemos que vivimos y sabemos, al grado de estar aterrorizados por tal certeza, que vamos a morir.

Así, todo el quehacer humano está marcado por la provisionalidad, y en reacción a esto nos gusta o, más bien necesitamos, creer que somos transitorios en tanto que vamos de un estado a otro, de un modo de vida material a otro trascendente, liberados de las limitaciones mundanas e integrados a lo inefable que lo envuelve todo.

Es común denominador de todas las culturas conocidas asumir que, de una manera u otra, todo termina para volver, sea idéntico o modificado o irreconocible en su diversidad. Armagedón, Ragnarok o Quinto Sol, no importa el nombre, el caso es que se refieren a un fin y a un reinicio (me pregunto si es ahí donde está la clave de apagar/encender un aparato electrónico cuando empieza a fallar).

Al explorar la historiografía puede uno hallar quien sostiene que la Historia es un continuum con algunos baches y topes, así como otros argumentan que vamos dando vueltas y más vueltas en un infinito es un decir. Avanzar, si no en espiral, al menos experimentando variaciones en cada ciclo, bien sea gracias al olvido o a que algo aprendimos en ese girar. Al pensar en la “espiral”, la imaginé horizontal, cuando lo acostumbrado es atribuirle verticalidad ascendente, porque en sentido contrario sería dantesca la expectativa. Vale.

Leo en el libro del Eclesiastés:

 

1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. 
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? 
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. 
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. 
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. 
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo. 
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. 
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. 
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: he aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. 
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.

 

Abundo en la cita porque ilustra bien lo que antecede en este escrito, que tiene como pretexto hablar de la película Babylon, de la que inicialmente pensaba hablar recurriendo a figuras de la mitología griega que creo haber identificado en los protagonistas, aunque luego me vino a la mente la idea de que el tema principal de la cinta es el fin de una era y los cambios implícitos o, de manera más poética, El Ocaso de los Dioses.

Cuando se discurre sobre la naturaleza del cine como medio de transmisión de ideas, lo primero que se pone sobre la pantalla es la imagen para, en seguida, darle movimiento a través de la secuencia de placas fijas que producen la ilusión de movimiento, gracias a como nuestro cerebro y sentido de la vista funcionan; si suele decirse que todo puede pasar en un parpadeo, cuando nos referimos al cine todo sucede entre parpadeos, y eso es lo que importa. También, a diferencia de la foto fija que pretende eternizar el instante, con el cine incursionamos en la caza y captura del tiempo, de un tiempo mítico que es posible gracias a lo que se narra más bien por lo que se muestra que por lo que se dice, vaya paradoja. Aceptemos sin reparos, por comodidad, que nos regimos en lo individual y en lo colectivo por las historias que nos cuentan, contamos y nos contamos; ¿alguien sabe de una mejor manera de atribuirle sentido a la existencia, al caos universal, alguien sabe cómo darnos importancia en un entorno al que en realidad no le importamos?

Mucho hemos avanzado desde que, reunidos en torno de una fogata, pendientes de rugidos, aullidos, aparentemente cercanos, escuchábamos al cazador contar sus andanzas, al viajero sus peripecias, a la madre sus sueños premonitorios o admonitorios, al gracioso sus ocurrencias, hasta llegar a los actuales medios de transmisión que, dicho sea de paso, más son variaciones tecnológicas que formas de narrar . Porque un buen cuento, así se juegue con su estructura, si falla en lo básico capturar la atención del público, fracasa totalmente en todo lo demás, sin importar los adornos o efectos especiales (inclúyase la retórica).

El cine, cualquiera sea su soporte o modo de transmisión, es tiempo capturado en historias de temática en apariencia diversa pero que reflejan una sola y fundamental: la experiencia humana. Ya que es tiempo capturado, tiene una ventaja sobre la realidad, incluso sobre algo tan inasible como la memoria: puede ser repetido una y otra vez, acaso siguiendo el ejemplo de los aedas, cantores o juglares, aunque, si se quiere, con mayor fidelidad… O no, porque si la fidelidad al relato inicial depende de la capacidad memorística del narrador hasta cierto punto, también depende del receptor, de su propia experiencia y cómo esta reviste el cuento con características propias, es decir, las que surgen del proceso de apropiación del mensaje he aquí la esencia del acto poético.

¿Será por todo lo apuntado que el cine nos parece tan importante y, en especial, tan accesible? Creo que sí. El cine es algo así como almacén de recuerdos ajenos y propios, a la vez que oráculo cuyos mensajes son accesibles para quien quiera recibirlos y encontrarles un significado personal. Esto ha puesto a la producción cinematográfica en un ping-pong que juegan el espectáculo puro y el espectáculo comunicación, esto es, el dilema entre apantallar sin más y comunicar, nada menos.

No es nueva la discusión sobre qué cine debe hacerse y merece el espectador. Los avances tecnológicos han propiciado que se multiplique el cine de ruido y destellos, a veces aderezado con “mensajes” más bien oportunistas y políticamente correctos (¿para quién?), imperando los criterios mercadotécnicos de las corporaciones y sus costosísimos directivos. No han dejado de hacerse películas con sentido narrativo, buenas o malas que de todo hay, que incorporan y aprovechan las nuevas tecnologías para su producción y exhibición. El cine es una industria que implica la colaboración de diferentes oficios y talentos, como señala Georges Sadoul (p. 13): “Para realizar una película larga que dure sobre la pantalla noventa minutos, deben trabajar durante semanas y meses, por decenas, los especialistas más variados: creadores, técnicos, obreros…” 

Pero no solo eso; sigo con Sadoul (p. 12):

 

El cine tiene múltiples funciones. Es una distracción que atrae a mayorías. Son fascinantes las sombras de actores ilustres, sus hazañas, sus amores, sus dramas de conciencia, sus desdichas y su felicidad.

La pantalla es también una alfombra mágica que transporta al espectador por entre mundos y maravillas aun más variadas que las de Las mil y una noches.

 

Paso ahora a Babylon, Chazelle 2022. Es una película que hay que ver en una sala de cine (en realidad todas deben ser vistas en pantalla grande, pero bueno, se hace lo que se puede); su director y guionista, Damien Chazelle, cuenta con una filmografía bastante atractiva, destacando Whiplash (2014), La La Land (2016), El primer hombre en la luna (2018) y Babylon.

Damien Chazelle nació en 1985 (¿en qué momento algunos nos hicimos viejos?), en Providence, Rhode Island, EUA, de origen franco- americano

-canadiense, y según IMDB, tiene una hermana cirquera (dato irrelevante, ocioso si se quiere, pero curioso).

La película me encantó, aunque reconozco que si no sufrí su extrema duración 189 minutos, si me pareció que hacia la última hora medio se aflojaba; quiero pensar que si duró tanto debe haber sido más larga antes de cortes y ajustes que seguramente afectan el resultado final, como cuando compras de urgencia un traje que requiere arreglos y te das cuenta en la fiesta de que una pernera es más corta que la otra.

El tema general es el paso del cine silente al sonoro en el Hollywood de sus propios comienzos. La trama se desarrolla trenzando la historia de cuatro personajes protagónicos: Jack Conrad, Nellie LaRoy, Manny Torres y Sidney Palmer, con la intervención de otro personaje de aparición intermitente pero que me parece importante para la interpretación que me sugirió la película, Elinor St. John, interpretados de manera fabulosa, respectivamente, por Brad Pitt, Margot Robbie, Diego Calva, Jovan Adepo y Jean Smart. Hay que agregar que el reparto es igualmente fabuloso, como lo es la música y en general el diseño de sonido y de arte, la fotografía, la edición y en realidad todo, aunque si obvio todos los detalles es porque me concentro en la historia y sus protagónicos.

Todo empieza con el traslado de un elefante diarreico por los caminos todavía rurales en los alrededores del Los Ángeles de los años veinte, donde se nos presenta a Manuel Torres, Manny, un muchacho mexicano que irá demostrando que es de gran ingenio; enseguida pasamos a un fiestononón que si hubiera sido en Sodoma y Gomorra habría sido interrumpida por catástrofes pre apocalípticas en un instante, pero no, ocurre más o menos a mediados de los años veinte, fiesta a la que concurren, entre otros gorrones, la chica pueblerina con nubes en la cabeza que aspira a ser una Estrella y se hace llamar Nellie LaRoy (la mera reina, diríase por acá), quien le pide a Manny que la conduzca al paraíso de las drogas, oportunamente instalado en una habitación donde hay de todo ─en una de esas, hasta pan dulce─ y ahí la pareja hace clic ─ella menos, él─. En lo que mientras ella pasa al salón de la fiesta y se muestra como una bailarina que haría de Salomé una tullida sin gracia, también llega el famosísimo actor Jack Conrad, quien le da pista de salida a su esposa en turno antes de ponerse una borrachera de albañil en sábado. En la orquesta de jazz (cómo no habría de ser) encontramos a Sidney; en medio de este mare magnum o Cámara húngara tenemos como testigo a la cronista de espectáculos, harto influyente y cabrona, Elinor St. John.

Ubicados los personajes en circunstancias de tiempo, modo y lugar, superado el “after”, pasamos al siguiente acto, propiamente como se hacían las películas, y ahí todos los protagonistas vuelven a hacer lo que mejor saben hacer, atrapar al espectador; por el momento, Sidney queda en suspenso echándose una saludable siestecita.

Nos encontramos en un terreno baldío, literalmente, donde bien pudiera suceder lo que escribió T.S. Eliot en su poema The waste land: “Y te mostraré algo diferente de tu sombra en la mañana paseando atrás de ti, o tu sombra al atardecer levantándose para ir a tu encuentro; te mostraré el miedo en un puñado de polvo”. En ese amplio espacio, donde el sol, el polvo y el movimiento de operadores, extras, artistas, gente del estudio, escritores y otros fantasmas, vemos un montonal de mini sets donde en corto se filman un montonal de películas acompasadas por otro tanto de orquestas de diverso tamaño… Salvo en el caso de la superproducción protagonizada por Jack Conrad, rescatada al último momento gracias al ingenio y audacia de Manny, en tanto que con otra bailada que hace sudar, Nellie se emplaza en su nuevo papel de estrella.

Como me gusta decir, todo va bien hasta que empieza a ir mal, y esto se cumplirá cabalmente a lo largo de esta historia, aunque al final cada cual cumple con su destino, del que no daré detalles, pues que el lector convertido en espectador saque sus propias conclusiones.

Lo que sí tengo que apuntar es que la historia, como en la vida real, da un giro importante al pasar la producción hollywoodense del cine mudo al sonoro, inaugurado este oficialmente con The jazz Singer (1927), interpretada por un actor blanco de cara tiznada para pasar por negro; es entonces que Sidney auténtico negro, pero no tanto, pues al convertirse en estrella de cortos sobre el jazz, Manny lo obliga a tiznarse la cara para no verse más claros que sus compañeros de banda) entra en acción. Por su parte, Nellie y Jack se enfrentan al desafío del cambio de un tipo de cine al otro, incluyendo las restricciones temáticas de tipo mojigato y de conveniencia corporativa.

Pero no solo se trata de Hollywood, sino de cómo tiene que ver con nosotros, con nuestros deseos y nuestras pesadillas, cómo estos son comprendidos y usados en nuestra contra o a nuestro favor para mantenernos quietos en la butaca (o echados en la cama ante la pantalla chica de la tele o la mini del celular). Como señala Sadoul, no son solo los personajes en la pantalla sino quienes les dan vida lo que nos anima a identificarnos con ellos; y, claro, también están esas misteriosas manifestaciones de lo más profundo de nuestra psique que se manifiestan en los mitos como lo sostienen Jung y su seguidor Joseph Campbell quien dice: “La última encarnación de Edipo, el romance continuado de la Bella y la Bestia, están parados esta tarde en la esquina de la Calle 42 y la 5ª Avenida esperando que cambie el semáforo”.

La antropóloga norteamericana Hortense Powdermaker escribió: 

 

No hay más que un Hollywood en el mundo. Se producen películas cinematográficas en Londres, París, Milán, y Moscú, pero la vida de estas ciudades está solo relativamente influenciada por dicha producción. Hollywood es un fenómeno único en América, con un simbolismo que no se limita a ese país. Significa muchas cosas diferentes para muchas personas. Para la mayoría es el hogar de privilegiadas y semi-divinas criaturas. Para otros es un ‘antro de iniquidad’ (…)

Para la mayoría de los adeptos, particularmente en este país, el simbolismo parece consistir en un mundo paradisíaco habitado por fascinantes criaturas que viven hedónicamente en sus piscinas privadas y grandes fincas, yendo a magníficas fiestas o siendo objeto de agasajos en famosos cabarets. (p23).

 

Y sí, de todo esto nos habla Babylon, que no es nada más otra película de declaración de amor, sino la puesta en evidencia de que ese amor suele ser tóxico para quienes habitan ese mundo. Hollywood es ese territorio mítico que incluye al espectador no tendría sentido sin este. Es, sin exagerar, una película cargada de nostalgia y sin miedo de incomodar a quienes viven de la idealización de ese Paraíso del dinero, la fugacidad, la imaginación creativa y destructiva, la Fábrica de Sueños.

En Jack Conrad vi a Dioniso en la decadencia de la Grecia que le dio vida, en Manny Torres a Odiseo con su elefante de Troya y su habilidad para ingeniar y si hace falta engañar, en Sidney a Orfeo saliendo solo y su alma del infierno, en Nellie la Bacante desaforada que al término de la fiesta desaparece en la oscuridad de lo cotidiano. Por último, en Elinor tenemos a Casandra, la vidente a la que nadie cree por considerarla una chismosa, aunque sus pronósticos resultan terriblemente acertados y fatalmente cumplidos.

Babylon tiene de todo, especialmente cine. Sí, un poco larga, ¿pero qué no lo es en esta vida que quisiéramos inacabable aunque sabemos que tiene fecha de caducidad para todos y para cada uno? Podemos prolongar el placer, aunque hacerlo nos lleva a la fatiga; también de esto se trata Babylon.

Quienes crecimos viendo películas antes incluso de aprender a leer y luego a enviciarse con la lectura, el cine es nuestra Ítaca; puede uno ausentarse largas temporadas o explorar otras tierras, pero siempre se vuelve a casa, a esas películas que nos cuentan algo y seducen esa zona sombría donde está nuestro auténtico Yo. El cine nos recuerda que no somos sino solamente humanos… ¿Hay algo mejor que eso? 

 

Referencias

Campbell, Joseph, The hero with a thousand faces,Harper-Collins EPUB edition, August 2020.

Sadoul, Georges, Las maravillas del cine, Breviarios 29, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición en español, México, 1960, traducción de José de la Colina. Existe en Breviarios 29 un texto también de Sadoul, traducido por Juan José Arreola, intitulado El cine; aunque en general la temática es la misma, es abordada de manera diferente y complementaria.

Powdermaker, Hortense, Hollywood, El mundo del cine visto por una antropóloga, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición en español 1955, México. Traducción de Heriberto F. Morck, revisada por S. Genovés y S. de La Fuente.

 

28 enero 2023   

 


Federico Urtaza es licenciado en derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua, con maestría por la UNAM. En 1978 fundó la revista Palabras si arrugas, que inició en el estado de Chihuahua la literatura del siglo 21. Es autor de varios libros de teatro y de cuentos, entre ellos Del polvo al espejismo.

domingo, 19 de julio de 2026

Un poeta

 

Un poeta

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Vi esta película colombiana y simplemente me encantó. Cómo conseguir crear una historia tan triste y tan divertida a la vez. Simón Mesa Soto lo ha conseguido. Te ríes porque es imposible no reírte, pero también te dan ganas de llorar, porque en el personaje principal ves reflejadas a dos o tres personas que has conocido.

La tragicomedia por excelencia. El papel que hace Ubeimar Ríos representando al poeta Óscar Restrepo me parece descomunal. La verdad hacía muchísimo que no veía a un personaje tan bien interpretado, tan puro y entrañable en su patetismo absoluto y en su desbarrancadero interior.

Porque Óscar Restrepo no es un guapo Enfant Terrible a lo Rimbaud, Keats o Percy Shelley. Su arte de ser decadencia no es para nada chic. Lo terrible es que si alguna vez has chapoteado en estos fangos, sin duda conociste alguien muy parecido a Óscar.

El mundo de la literatura está lleno de gente desajustada a la que nos faltan dos o tres tornillos y el engranaje a veces nos gira al revés, pero dentro de todo el bestiario cultural, el de los poetas es un mundo aparte en donde suelen morar las mentes más piradas y los espíritus más errabundos y quebrados.

Poetas sin cable a tierra, peleados a muerte con la vida práctica en cuyo interior lo dionisiaco le gana por goleada a lo apolíneo. Parece parodia, pero es neta.

Lo más interesante y auténtico es el personaje de Yurlady, a quien el impulso poético le brota de manera natural y espontánea como a tanta gente. Sí, he conocido y sigo conociendo personas que, al igual que Yurlady, sienten la necesidad auténtica de escribir poemas sin haber acudido nunca a un taller y sin siquiera haber tenido apenas lecturas. Y claro, también he conocido a muchos “profesionales” de las letras como los que intentan encauzar a Yurlady a escribir sobre los temas de moda que harían de su poesía un producto más exótico y vendible.

A menudo lo olvido, pero los primeros textos que publiqué en mi vida, en el verano de 1993, eran unos catastróficos adefesios a los que me atrevía a llamar poemas, por llamarlos de alguna forma.

Juro que no lo volví a hacer.

Han pasado más de 32 años sin que yo publique un “poema” o algo parecido, pero ello no significa que haya dejado de escribirlos. Pueden llamarme poeta de closet. Además, conforme envejezco leo cada vez más poesía. A menudo, comienzo el día al alba leyendo al azar algún poema de Tomás Segovia, Miguel Manrique, José Gorostiza, Nicanor Parra, Gerardo Ortega, Pancho Serrano, Mario de Sá Carneiro, o Julio Trujillo. Hace poco pepené un libro de poemas de Margaret Atwood y lo leí casi entero en la calle.

Desde hace años, en mi buró está el volumen con la poesía completa de Borges. Un añejo ritual cuando despierto de madrugada es abrirlo y leer el poema que la aleatoriedad decida, como una suerte de I Ching de la duermevela.

Al errar por las lentas galerías

suelo sentir con vago horror sagrado

que soy el otro, el muerto, que habría dado

los mismos pasos en los mismos días.

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

domingo, 31 de mayo de 2026

La mujer que supo no desvanecerse

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

La mujer que supo no desvanecerse

 

Por Marco Benavides

 

Hay vidas que parecen escritas para ilustrar que el origen no dicta el destino, sino que a veces lo contradice de manera espléndida. Sofia Villani Scicolone nació en Roma el 20 de septiembre de 1934, en el seno de una Italia todavía herida por la guerra, entre calles marcadas por la escasez y una infancia que conoció de cerca la precariedad. Nada en ese paisaje de posguerra anunciaba a la actriz que el mundo terminaría llamando Sophia Loren: ese nombre que, con el tiempo, se volvería sinónimo de algo más difícil de definir que la fama. Una manera de ocupar el espacio y la memoria de quienes la miran.

Antes de que los grandes estudios pusieran su atención en ella, la joven Sofia transitó por los márgenes del espectáculo con la paciencia callada de quien sabe esperar sin resignarse. Concursos de belleza, pequeños papeles, fotonovelas: ese aprendizaje menor y a menudo ingrato que la industria impone a quienes aún no tienen nombre. Fue en ese periodo donde aprendió algo que las academias no enseñan: a mirar la cámara como si la cámara no existiera, a construir una imagen propia en un medio donde la belleza femenina solía reducirse a un adorno.

El encuentro con el productor Carlo Ponti (1912–2007) cambió el rumbo de su carrera y, con el tiempo, también el de su vida. Ponti supo advertir que detrás de la fotogenia de la joven actriz habitaba una intérprete de posibilidades poco comunes. Bajo su impulso, Loren fue dejando atrás los personajes decorativos para adentrarse en una presencia escénica más compleja, donde convivían sin tensión la sensualidad y la inteligencia, el humor y la energía dramática, la ligereza y el peso. Loren demostró pronto que su talento excedía la imagen de diva mediterránea con la que frecuentemente se intentaba reducirla. Trabajó con directores exigentes, construyó personajes femeninos intensos y llenos de matices, y esperó con rigor su momento.

Ese momento llegó con Dos mujeres, dirigida por Vittorio De Sica en 1960. La película le permitió ofrecer una interpretación de una profundidad emocional que pocas veces el cine había visto en una actriz de su generación: el dolor sin artificio, la dignidad sostenida al borde del desgarro. El Óscar a la mejor actriz que recibió por ese papel fue, además de un reconocimiento personal, un hito histórico: era una de las primeras veces que la Academia reconocía en esa categoría una actuación en lengua no inglesa. El cine europeo tuvo, por un momento, el rostro de Sophia Loren.

La expansión hacia Hollywood confirmó lo que los conocedores ya sospechaban: que se trataba de una de las grandes personalidades cinematográficas del siglo. Compartió pantalla con actores legendarios, participó en producciones de escala monumental, fue recibida con esa mezcla de admiración y codicia que los grandes estudios reservan para quienes llegan de Europa con el aura de lo auténtico. Pero, a diferencia de otras intérpretes europeas que el sistema estadounidense terminó absorbiendo y diluyendo, Loren conservó algo esencial: un estilo propio, inconfundible, hecho de temperamento italiano, sofisticación ganada y una autenticidad que ningún maquillista podía fabricar.

Películas como El Cid, Ayer, hoy y mañana o Matrimonio a la italiana muestran esa versatilidad que le permitía pasar del drama severo a la comedia chispeante sin perder densidad ni convicción. Su rostro se volvió universal, pero su sensibilidad siguió anclada en una tradición cultural precisa: la del cine italiano que sabe combinar belleza visual, humanidad sin sentimentalismo e ironía sin crueldad.

Las leyendas verdaderas no se desvanecen: maduran como los buenos vinos. Y la figura de Sophia Loren la niña que conoció la pobreza, la joven que aprendió a mirar la cámara, la actriz que un día hizo llorar al mundo en dos idiomas continúa iluminando la historia del cine con esa serenidad particular que tienen las personas que ya saben que no van a marcharse nunca.

 

Dr. Marco Benavides, 30 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

jueves, 13 de febrero de 2025

¡Dos horas de balazos!

 


Rollos cortos

¡Dos horas de balazos!

 

Por Luis Raúl Herrera Piñón

 

En la pantalla, la película da cuenta de dos horas de metralla y no sé si los cines de Dinamarca estaban a reventar, pero de algo estoy seguro: el que dirigió la cinta no dejó problemas pendientes. Estoy hablando de la muy buena película danesa, titulada 9 de abril, estrenada en las salas cinematográficas de ese país el 12 de marzo de 2015.

 9 de abril es una película sencilla que cuenta con excelente fotografía, en extremo cuidada. Tiene además un guion bien trabajado y un ritmo narrativo constante, que la hacen muy fácil de ver. Su ambientación y vestuarios más que adecuados. Pero sin duda son las actuaciones de sus personajes principales las que la hacen brillar. Pilou Asbæk está perfecto en el papel del Subteniente Sand, y, mejor aún los jóvenes actores que interpretan a los solados inexpertos de la unidad en bicicletas.

La historia está basada en un hecho verídico. Durante la noche del 9 de abril de 1940, el ejército danés es alertado de que los alemanes han cruzado la frontera; Dinamarca ya está en guerra contra el ejército más poderoso de Europa. En el sur de Jutlandia, a una compañía de infantería danesa de bicicletas y a un pelotón de motos se les ordena mantener a raya el avance alemán hasta que los refuerzos puedan llegar. En las horas fatídicas de la mañana, el Subteniente Sand y su pelotón de soldados serán los primeros daneses en ir al encuentro del enemigo en la batalla

Lo que deslumbra de esta película es su falta de brillo. A diferencia de las grandes producciones estadunidenses de guerra, 9 de abril destaca por su falta de pretensiones, y por no exagerar en sentimentalismo ni en heroísmo. La historia es contada de la manera más sencilla posible, la que cuenta que el gobierno de Dinamarca se rindió a los alemanes luego de dos horas de balazos, después de que dieciséis soldados daneses murieran por la patria.  

Se agradece el realismo presentado de una manera efectiva, sin necesidad de mostrar ríos de sangre; la valentía de los jóvenes solados daneses, sus vidas sencillas y las de los habitantes de los pueblos que quedaron al paso de las tropas alemanas. Todo un canto al regreso del cine básico, directo, sin aspavientos.

Para el rodaje de esta cinta se recogieron testimonios, conversaciones y entrevistas con los pocos veteranos supervivientes del 9 de abril de 1940, que estuvieron cara a cara con los alemanes invasores –los cuales salen al final de la cinta–.

Ya con esta me despido dando un dato muy curioso: durante la filmación se utilizaron cascos, uniformes y motocicletas originales de la época de la invasión alemana, que fueron proporcionados por el Museo de la Guerra de Bylderup-Bow.

 

Título original: 9. april. Dirección: Roni Ezra. País: Dinamarca. Año: 2015. Reparto: Lars Mikkelsen, Pilou Asbæk, Gustav Dyekjær Giese. Duración: 93 min. Dónde ver: Amazon Prime Video y en Youtube en español: https://www.youtube.com/watch?v=4xFqszqGGXE

 


Luis Raúl Herrera Piñón es el jefe de la Unidad de Cine de la Quinta Gameros desde hace 19 años, tiempo en el que ha privilegiado la difusión de la cultura, a través de cine de calidad. Durante años publicó en El Heraldo de Chihuahua su columna Rollos cortos, en donde hacía crónicas y crítica de cine.