Un poeta
Por
Daniel Salinas Basave
Vi esta película colombiana y
simplemente me encantó. Cómo conseguir crear una historia tan triste y tan
divertida a la vez. Simón Mesa Soto lo ha conseguido. Te ríes porque es
imposible no reírte, pero también te dan ganas de llorar, porque en el
personaje principal ves reflejadas a dos o tres personas que has conocido.
La tragicomedia por excelencia. El
papel que hace Ubeimar Ríos representando al poeta Óscar Restrepo me parece
descomunal. La verdad hacía muchísimo que no veía a un personaje tan bien
interpretado, tan puro y entrañable en su patetismo absoluto y en su
desbarrancadero interior.
Porque Óscar Restrepo no es un guapo
Enfant Terrible a lo Rimbaud, Keats o Percy Shelley. Su arte de ser decadencia
no es para nada chic. Lo terrible es que si alguna vez has chapoteado en estos
fangos, sin duda conociste alguien muy parecido a Óscar.
El mundo de la literatura está lleno
de gente desajustada a la que nos faltan dos o tres tornillos y el engranaje a
veces nos gira al revés, pero dentro de todo el bestiario cultural, el de los
poetas es un mundo aparte en donde suelen morar las mentes más piradas y los
espíritus más errabundos y quebrados.
Poetas sin cable a tierra, peleados a
muerte con la vida práctica en cuyo interior lo dionisiaco le gana por goleada
a lo apolíneo. Parece parodia, pero es neta.
Lo más interesante y auténtico es el
personaje de Yurlady, a quien el impulso poético le brota de manera natural y
espontánea como a tanta gente. Sí, he conocido y sigo conociendo personas que,
al igual que Yurlady, sienten la necesidad auténtica de escribir poemas sin
haber acudido nunca a un taller y sin siquiera haber tenido apenas lecturas. Y
claro, también he conocido a muchos “profesionales” de las letras como los que
intentan encauzar a Yurlady a escribir sobre los temas de moda que harían de su
poesía un producto más exótico y vendible.
A menudo lo olvido, pero los primeros
textos que publiqué en mi vida, en el verano de 1993, eran unos catastróficos
adefesios a los que me atrevía a llamar poemas, por llamarlos de alguna forma.
Juro que no lo volví a hacer.
Han pasado más de 32 años sin que yo
publique un “poema” o algo parecido, pero ello no significa que haya dejado de
escribirlos. Pueden llamarme poeta de closet. Además, conforme envejezco leo
cada vez más poesía. A menudo, comienzo el día al alba leyendo al azar algún
poema de Tomás Segovia, Miguel Manrique, José Gorostiza, Nicanor Parra, Gerardo
Ortega, Pancho Serrano, Mario de Sá Carneiro, o Julio Trujillo. Hace poco
pepené un libro de poemas de Margaret Atwood y lo leí casi entero en la calle.
Desde hace años, en mi buró está el
volumen con la poesía completa de Borges. Un añejo ritual cuando despierto de
madrugada es abrirlo y leer el poema que la aleatoriedad decida, como una
suerte de I Ching de la duermevela.
Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que
habría dado
los mismos pasos en los mismos días.
Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en Esquire, Gatopardo, Milenio y Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBaja, Suplemento Cultural Palabra, Síntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

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