Hola, escribo para seguir viviendo
Por Rosario Ruiz
Morales
La enfermedad: Depresión. Que más.
Se siente en el alma, la mente y el espíritu. Se dice así,
pero nadie la ha podido descifrar. ¿Se sitúa en el Sistema Nervioso? Situación
corporal en general. Quién puede anotar algo más.
Ella la padeció durante nueve eternos meses. No comía. No dormía.
No pensaba. No existía. Solo lloraba. A veces gritaba pidiéndole al Altísimo
que se la llevara con su amor.
Quienes han padecido esto por largos periodos de tiempo y han
podido salir de ese terrible estupor, envueltos en las sombras taciturnos y sin
voz, pueden atestiguarlo. Quienes la han padecido y han salido de ella, Gloria
a Dios.
Pueden ella y otros dar su punto de vista, la manera en que
se enfrenta ese dolor, ese terrible estado anímico. Nadie saldrá solo. Dios, el
hacedor de todo bien, es quien pone Ángeles en tu vida.
Tendrás que recurrir a especialistas, terapeutas, psicólogos,
psiquiatras, tanatólogos, y no sin antes recurrir al médico de todos: Dios
mismo. Él es el único sanador del alma. Sacerdotes especializados en temas
escabrosos y complejos del ser humano coinciden en algo trascendental: el alma
enferma cuando un suceso tremendo cambia la perspectiva de existir.
Los factores que intervienen directamente en este mal como
anomalía, deficiencia, padecimiento, estado mental, estado anímico o patología
sistémica.
En este lapso de tiempo no se piensa. No accionas ni reaccionas
ni respondes, pues estás privado de toda conexión con la realidad,
entorno, familia, situación anímica,
como si no existieras para nada ni nadie.
El dolor no te deja accionar, solo lloras, no hay tiempo, ni hambre
ni sed. Permaneces en shock, no sales del estupor solo interrumpido, si acaso,
por ir al baño, y al entrar, no sabes ni a qué ni porque vas.
Ella recuerda hoy. Cuando ya se le acabaron hasta las
lágrimas ya no podía llorar de tanto dolor, el pesar había nublado la razón, el
mundo seguía girando a velocidad vertiginosa sin ni siquiera percatarse que
sucedía en su entorno, si era espectadora o simple protagonista, no había
ninguna diferencia.
Las demás personas actuaban con una desenfrenada obstinación
por moverla, sacarla de ese estado catatónico en el que ella deseaba estar y
que la dejaran en paz, solo quería dormir y gritar pidiéndole al Altísimo que
la llevara a dónde había quedado el amor de su vida que había partido hacia Él.
El mundo se fracturó en mil pedazos sin que nadie pensara en
volver a formar ese rompecabezas que formaban su vida y su entorno, simplemente
no había nada.
Pasaron los meses sin que nadie asomara por un rato a su
mundo interior, ni preguntara que si necesitaba algo, simplemente no lo hubo.
Ella lo presintió dos días antes de su muerte y en el funeral
vio totalmente el panorama.
Dios le concedió sin excusa ni pretexto alguno poco a poco renacer
y encarar la vida ya sin su principal motor, sin un motivo en especial, ya no
existía.
Hoy puede ella contar, bendiciendo a Dios, a sus amigas que
la llevaron al Taller de Duelos de la Divina Providencia y a escribir, todo lo
que la mente le obligaba para honrar la memoria y recuerdo de su esposo. Ella
hoy tiene recuerdos desde el siguiente día en su funeral y cada hora
siguiente, contando la historia y la vida
en común.
Gracias, Sylvia Ortega Duarte. Gracias, doctora Laura
Guadalupe Amador Guzmán. Sé que hoy gozan del Señor y que ahí lo han visto,
descansen en paz.
Ella agradecerá por lo que le queda de vida los favores
recibidos.

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