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Belzebub
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
Eran las nueve y cuarto. La noche oscura como boca de lobo. Romelia
caminaba iluminando su paso con una anticuada pero efectiva lámpara de carburo,
como las que usan los mineros. Innecesario decir que iba despacio y con mucho
cuidado, una caída podría resultar en una fractura, un tropiezo, un corte
profundo por las afiladas piedras. Avanzaba hacia la montaña, la llamada Cerro
del Diablo. Y en verdad hacía honor a su nombre, la luna que no acababa de
salir acentuaba su silueta que delineaba la figura del diablo tirado boca
arriba. Podía uno distinguir en ella los cuernos del maligno, su puntiaguda
barba y un brazo doblado sosteniendo un tridente y, al acercarse más, como a la
mitad de la prominencia, una lucecita que indicaba que alguien estaba ahí, en
la cueva, la Cueva de las Brujas. Y en efecto, la que ahí se encontraba era
Lucinda, quien, como Romelia, era también una bruja. Pudo al fin llegar a la
cueva donde la esperaba.
—¿Qué pasó? Habíamos quedado en que nos encontraríamos a la puesta del
sol.
—Ya lo sabes, ¡gajes del oficio!
La escena no podía ser más típica, es decir estereotipada. Lucinda, toda
de negro, de pie detrás de el gran perol ahumado y que despedía un fétido olor.
—¿Pues qué no podrías cocinar algo con olor más agradable?
—No sería propio de brujas hacerlo.
En un rincón se veían una repisa con viejos y gruesos libros y sobre ellos una
calavera. A un lado, en una percha, una lechuza, clásica compañera de las
brujas, que daba la bienvenida con un alegre “jú-jú” a la recién llegada.
Mientras que Romelia era una atractiva joven de agraciadas formas apenas
disimuladas por su atuendo de bruja y su rostro engañosamente cándido y
angelical, Lucinda era una vieja de aspecto clásicamente brujil.
—¿Y en esta ocasión qué tenemos en el perol?
—Lo de siempre: ojos de rata y gato, sábila, sapos bufos alucinógenos,
sangre menstrual y especias selectas.
—Y el Patrón, ¿estará aquí?
—Cuando lleguen todas. De acuerdo a las nuevas reglas, la 2130 para ser
precisos, se necesita un quorum de seis brujas para realizar un aquelarre. No
te apures, por lo menos siete hicieron su RSVP.
—¿Y qué piensa él de las reglas?
—No sé. Pero las endosó, lo que quiere decir que está de acuerdo.
—Recuerda que él es el especialista en romper reglas.
—¡Oh sí! Pero estas reglas solo representan lo que desde tiempos
inmemoriales se ha venido haciendo, solo organizan las cosas para que no haya
malentendidos.
—¡Sea pues! Pero entiendo que él mismo ha cambiado mucho.
—Ni tanto: me ha confiado que ahora que muy pocos creen en él puede
trabajar en sus cosas con mayor tranquilidad.
—Un diablo tranquilo… ¡No lo puedo creer!
—Pues sí. Y cae en la cuenta que por la misma razón nuestras neófitas han
aumentado y nuestro número crece día con día.
—¿Cómo es eso? Creí que las únicas que se arrimaban a nosotras para
aprender nuestros artes eran chamacas hippies sin mucha seriedad.
—Pues comenzando con esas, tenemos ahora muchas nuevas. Y toman muy en
serio su papel.
—Es decir, embrujan.
—Sí.
Como lo anticipó Lucinda, ya se veían algunas lucecitas aproximándose a la
cueva. Mientras llegaban, aparecieron como de la nada dos figuras femeninas. Su
aspecto las delataba inmediatamente como brujas. Sus vestidos negros lo
sugerían también. Eran Artesia y Laluly, brujas no tan viejas como Lucinda,
pero con experiencia.
—Mis muchachitas ¿cómo están? ¿Llegaron por el túnel de atrás? ¿No estaba
muy oscuro? Puede uno tropezar, caer y descuernarse.
—Sí —respondió Artesia— llegamos por el túnel. Listas para oír al jefe.
Se refería a una vieja práctica brujil. Antes de entregarse a sus malignas y
aberrantes prácticas, que a tantas les costó en el pasado el ser quemadas
vivas, en el aquelarre propiamente dicho las brujas escuchaban con suma
atención a Satanás. Todavía se puede ver en Zugarramurdi, Navarra, la
prominencia rocosa en la Cueva de las Brujas la cual el diablo usaba como
plataforma para hablarles. En la versión local no había tal prominencia sino solo
una mesita a manera de altar detrás de la cual el maligno se dispondría y les
hablaría, si es que se dignaba a aparecer.
—¿Vendrá?
—¡Espero que sí!
Mientras esto pasaba, otras tres brujas llegaron. Lucinda, quien continuaba
actuando como lideresa sentenció:
—¡Nenas! Ya hay quorum. ¡Invoquémoslo pues!
Cubriéndose la boca con la mano pronunció algo en un extraño dialecto. Todas
intentaron entender las palabras, pero ninguna lo logró. Así son esas fórmulas
mágicas para convocar al maligno. Pero Satán, no digamos por arte de magia sino
poder demoníaco, apareció entre una nube de humo. Ni siquiera el hedor
proveniente del perol lograba cubrir el del azufre que se extendió por toda la
cueva. Dos de las brujas de las que llegaron al último nunca antes lo habían
visto, y menos aún participado en algo como esto y temblaban conmovidas o
muertas de miedo. El maligno las miró con ternura mientras caminaba hacia el
lugar de honor, tras el altarcito.
—¡Aheem! —dijo aclarando su garganta y como tosiendo—. ¡Amadas hijas
mías! Creo que habréis oído que yo he cambiado mucho estos últimos tiempos.
¡Nada más falso! Sigo siendo el mismo Lucifer, Satanás, Belzebub, o como
quieran llamarme. Que ahora tomo Yoni Guoker y fumo Pol Mols no me hace
diferente. Que ya nadie cree en mí, es falso también y la prueba está aquí, con
vosotras. Aunque no veo por ningún lado los recién nacidos que acostumbrábamos
sacrificar, todo se ve dispuesto como para tener un aquelarre decente como los
de antes. Y decía que es falso que ya nadie cree en mí, pero es muy cierto que
muchos, muchísimos, ya no lo hacen. Y más escasos son los que quisieran
venderme su alma. Pero el lado bueno de esto es que puedo andar por todas
partes incitando al mal a las gentes sin que caigan en la cuenta que soy yo el
que las inspira, el que las mueve.
Lucinda miraba a Romelia como diciendo “ya ves, te lo dije”. Mientras que
Satán, como no queriendo la cosa, se movía discretamente hacia la voluptuosa
muchacha. Después de todo, como todo mundo lo sabe, como parte de el aquelarre
las brujas copulan con el diablo. A Romelia, bruja moderna, no le atraía la
idea de ser poseída por aquel tipo chaparrón y apestoso, por diablo que fuera.
Pero Dios, si no el diablo, la había puesto en ese camino. Satanás continuaba
su discurso:
—Y han de saber que este tipo de eventos son hoy en día muy escasos,
hijas mías. Por eso hoy me encuentro tan complacido y, aunque tengo que tomarme
un par de pastillitas azules para cumplir con mi parte, me llena de diabólica
alegría, de la de antes, estar aquí con vosotras. Sabed que el Príncipe de la
Mentira que soy, en realidad nunca miente a sus fieles seguidores. Como les
habrá contado mi asistente, estuve muy ocupado revisando las nuevas reglas que,
a pesar de no ser enteramente satisfactorias, endosé con mi firma. Al finalizar
esta ingente labor me he dedicado a lo nuevo, a la llamada inteligencia
artificial: estoy ahora mismo tratando de infiltrar mis mentiras, trucos y
traiciones para accesar a todo el mundo. Digo: ¡hay diablo para rato y estará
en la inteligencia artificial!
A este punto de su discurso futurista Satán estaba no solo muy emocionado
sino hasta falto de aire. Abandonó por un momento su actitud y postura de gran
señor para pedir un vaso de agua.
—¡Habráse visto, el mismo diablo pidiendo agua!
—¿No querrías gran señor mejor un poco de caldo del perol?
Casi vomitó el maligno ante tal propuesta.
—¡No por Belzebub!
—El diablo jurando por el diablo. ¿Pues quién diablos es este?
Tenía que de alguna manera demostrar su poder. Envolviéndose en su capa
que hasta ese momento había estado plegada sobre su espalda gritó:
—¡Que se desencadene todo el fuego del infierno!
Tres chispitas como de luz de Bengala de las más baratas y un poco de
humo surgieron de su cuerpo y en unos pocos segundos se disiparon. Las brujitas
jóvenes que fueron las últimas en llegar se morían de risa, Artesia y Laluly,
que ya antes habían visto más, se compadecían de él y enrojecieron de
vergüenza. Lucinda no hallaba dónde meterse. Romelia asumió una extraña actitud.
Avanzando hacia Satán lo espetó en alta voz:
—¡A ver papito! ¡Ven acá! ¡Ahora me cumples!
Mientras ella hacía el ademán de desabotonarse la blusa, el diablo se
evaporó dejando tras de él aquel viejo olor de azufre. La voluptuosa joven
bruja soltó una carcajada y luego se puso a llorar.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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