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miércoles, 30 de septiembre de 2026

En torno a una taza de café

 

En torno a una taza de café

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

I

El viejo sacerdote con su sombrero de paja, camisola de lona y pantalones de mezclilla regaba sus macetas de flores y plantitas suculentas. Usaba una regadera de las que ya no ve uno sino en las películas. El largo corredor entre la iglesia y la casa parroquial aparecía, pues, muy alegre y decorado, el padre había logrado hacer crecer y florecer sus plantas de acuerdo a si eran estas de sol o de sombra. Varios jardineros y jardineras se preguntaban: ¿cómo le hace el padre Antonio para obtener tan buenos resultados? Y ciertamente colibríes y mariposas hacían los honores en aquel tan bien cuidado jardincito.

La mañana transcurría en calma. Casi habiendo terminado de regar sus plantas, el padre notó que a la entrada del corredor, la que daba a la calle, había un hombre que lo observaba.

—Padre Antonio, ¡buenos días!

—¡Buenos!

—Soy José Díaz, padre José. Encargado de las visitas pastorales.

—¡Ya lo veo! Obispo nuevo, nuevos visitadores. Estoy a sus órdenes. Estoy terminando de regar mis flores. Pensaba hacerme un cafecito y después rezar mi breviario.

—¿Comenzó sus labores del día regando sus plantas?

—¡Por supuesto que no! Ya para ahorita dije la misa de siete y confesé a unas cuantas bea… feligreses.

—Iba usted a decir beatas.

—No intenté ser crítico ni burlón.

—Vayamos por ese cafecito.

Los dos sacerdotes caminaron hacia la entrada de la casa parroquial. Pasado el recibidor, cuartito sin más decoración que un cuadro con la imagen de la virgen, penetraron en la cocina. El padre Antonio se encaminó a la cafetera, colocó en ella un filtro de papel y depositó dos cucharadas de café molido sobre él. Tomó entonces la jarrita y la llenó de agua del garrafón que estaba a un lado del mueble sobre el que estaba la cafetera. El padre José se había sentado junto a la mesita de la cocina y observaba cómo el padre Antonio preparaba el café. Después de tantos años haciendo la mismo —pensó— hasta dormido podría hacerse su cafecito. Indudable maestría.

—Dígame padre. ¿Cómo es su vida en esta alejada parroquia?

—¿Qué quiere saber?

—Bueno, seré directo e iré al grano. Al obispo…

—El nuevo obispo.

—Al nuevo obispo, pues. A él le preocupan ciertos rumores. Después de todo, esta parroquia es la más alejada de la catedral metropolitana y hasta se ha dicho, malamente creo, abandonada.

—En efecto, padre José, ha estado abandonada por más de veinte años. Pero dijo usted que sería directo… ¿algo de unos rumores?

—Bueno, es que ha llegado al conocimiento del obispo que se le ha visto a usted entrando en una casa de mala nota.

—En efecto, entró ahí más o menos cada dos o tres meses. Y salgo de ahí otras tantas veces. Es parte de mis visitas pastorales.

—¿Visitas pastorales?

—Así es. Hace un tiempo, de hecho muchos años, me dí cuenta de que las mujeres que laboran ahí no acudían a la iglesia. En mi primera visita, insisto, hace muchos años, me enteré que todas ellas eran católicas, pero que por su ocupación —y lo que de ellas pensaba la gente— no podían asistir a la iglesia y menos los domingos en que el resto del pueblo va a misa. En efecto, prácticamente en todos los cuartos de la casa hay imágenes de santos o de la virgen…

—Y usted conoce todos los cuartos…

—Con el paso del tiempo llegué a conocerlos. Pero le contaba de mi primera visita, que fue la que me movió a continuar mis visitas a la casa.

—¿Qué fue lo que vio usted en esa primera visita?

—Es a lo que voy. Esa vez solo entré a la estancia principal, que es donde los clientes aguardan su turno de ser llamados. Allá al fondo la divisé, era un hermoso cuadro con la imagen de la guadalupana.

—Y me dirá usted que la virgen le habló.

—Casi fue así. Sentí que la virgen me decía “atiende a mis hijas”.

—¿Y de ahí en adelante vuelve usted cada y cuando a ese lugar? Pero dígame, ¿nunca tuvo dudas respecto a si lo que usted hacía era correcto, es decir aceptable para su imagen como ministro de Dios?

—¡Oh si, por supuesto!

—Y ¿qué hizo usted?

—Le escribí al obispo. Al de entonces. Como pidiéndole permiso de hacer mis visitas.

—Y ¿qué pasó?

—El obispo —o su oficina— me contestó que la diócesis no tenía fondos para nuevos proyectos. No estoy seguro de si era una carta de machote, una form letter. Pero no podía interpretarse sino como que si no costaba dinero podía hacerse.

—¿Y qué es lo que hace usted durante esas visitas?

—Reúno a las que estén disponibles y debo decir que muchas hacen el tiempo para la reunión. Rezamos y les leo un pasaje del evangelio. Finalmente, les doy mi bendición.

—¿Y qué más, padre Antonio?

—Bueno, pues siempre me obsequian con una humeante taza de café colombiano, pan de centeno tostado y un platito con tiras de tocino de alta calidad.

—Y supongo que durante ese almuerzo o desayuno usted les inducirá a arrepentirse.

—No es necesario, todas ellas saben perfectamente que lo que hacen no es bien visto. Pero son hijas de Dios también y, después de todo, a nuestro señor Jesucristo también lo criticaban por ser algunos de sus seguidores pecadores y publicanos.

—Ya veo…

—¿Y cómo es que “los rumores“ llegaron al nuevo obispo?

—¡Ay padre Antonio! El mundo se ha hecho pequeño gracias a los teléfonos celulares. Alguno de sus feligreses comentó de sus visitas a alguna de las secretarías del obispado.

—El chisme cibernético pues, ¿y qué debo hacer?

—Me temo que el asunto va más allá. El obispo ha dispuesto cambiarle a usted a un lugar más cercano a él.

—¡Ejecutado antes de ser juzgado! Y trasladado a la casa de retiro donde el nuevo obispo y usted puedan vigilarme de cerca. Y después de cuarenta años aquí…

—Lo sé querido, padre Antonio. Aunque no se precipite, no hemos podido encontrar todavía quién quiera venir a tomar su lugar…

—A quien castigar…

—No precisamente, el señor obispo quiere un sacerdote comprometido.

—Como yo.

—De sólida moral y formación.

—Como yo.

—Y de impecable reputación.

—Como yo antes del chisme. ¡Qué pena!

—Solo queremos que se vaya preparando.

—Lo haré padre José, su café se está enfriando y ni lo ha probado.

 

II
—¿Qué le pasa al padre Antonio? Está muy raro últimamente. Como enfadado, distraído y distante —preguntó a Teo, el sacristán, don Cresencio, próspero comerciante del lugar y amigo del padre Antonio.

—¡Así es! —respondió Teo—. Todos lo hemos notado. Y está así desde que lo visitó un tipo que llegó en un Cadillac negro y conversó con él en la cocina de la casa parroquial.

—Y ¿quién era ese tipo?

—No lo sé. Le pregunté al padre y no quiso decirme. Por su manera de andar ‒deduzco‒ era otro sacerdote. Cuando le pregunté al padre, este cambió el tema como ignorando la pregunta, pero se veía muy molesto. El tipo no estuvo ni siquiera veinte minutos y se marchó. Cuando entré al cuarto, el padre estaba sentado en una de las sillas con la cabeza entre sus manos como si hubiera estado llorando. Noté entonces que sobre la mesa de la cocina había una taza de café sin probar. El padre me dijo ‒algo muy inusual para él‒ “caliéntalo en la microonda y tómatelo tú”. Se paró y se fue.

—¿Y qué hizo entonces?

—No sé. Ya no lo volví a ver sino hasta la misa de las seis. Y ya se veía como lo notó usted.

—Ya le preguntaré yo después, no parece ser ahora mismo el momento adecuado.

Aunque el padre Antonio no dejó saber a nadie el contenido de la conversación que había tenido con el enviado del obispo, el milagro de los teléfonos celulares y el “chisme cibernético” se encargó que en menos de una semana todo el mundo en el pueblo supiera que su amado cura de almas iba a ser removido. Ciertamente el padre no quería revelar la noticia para evitar que sucediera lo que de hecho sucedió. Ya les diría ‒pensó‒ cuando ya sea un hecho y ya esté aquí mi relevo.

—¡No lo permitiremos! —rugía ante los parroquianos de la taberna Julián “el tigre”, un individuo que no se caracterizaba precisamente por su devoción a la Iglesia— Hay que organizarnos para protestar aquí y para ir hasta el palacio episcopal en la capital a exigir ‒no a pedir‒ que no se lleven al padre Antonio.

—¿Y qué diremos? —preguntó uno.
—¡Lo que sea! —respondió el tigre—. Si es preciso que nos haremos todos, en masa, Testigos de Jehová.

—No creo que tal amenaza funcione —dijo otro.

—Tal vez, pero ver a todo el pueblo reunido ante el palacio, obstruyendo el tráfico y haciendo un gran ruido, ciertamente asustará al obispo ese que es nuevo e inexperto.

 

III
—¡Teo, Teo! ¿Qué pasa allá afuera? ¿Qué escándalo es ese?

—No lo sé padre Antonio, es una multitud y quieren que salga usted a verlos.

El padre seguido de su sacristán salió por el corredor de las plantas. En efecto, el atrio, la calle y la placita frente a la iglesia estaban atiborrados de gente. Parece que era todo el pueblo. Un verdadero tumulto. Se veían unos portando pancartas con leyendas que decían: “Señor Obispo: no queremos a otro, déjenos al padre Antonio” y otras más radicales “Queremos que se quede el santo padre Antonio no un nuevo cura pedófilo” o “Si se va el padre Antonio nos haremos Testigos de Jehová” En el centro de la plaza se notaba más moderación, se veían señoras portando estandartes de la Hijas de María y las Servidoras del Altar. El Club Juvenil Padre Toño lanzaba vivas a su mentor mientras que las Damas de la Noche ‒que así se autodenominaban las sexoservidoras del pueblo‒ protestaban solo con su presencia para evitar conflictos. Comerciantes, artesanos y amas de casa también participaban ruidosamente en la protesta. Uno que vociferaba por medio de un megáfono lo pasó al padre, que veía asombrado la multitude, para que les dirigiera la palabra:

—Amados hermanos, hijos míos: primero que nada veo
el gran cariño que me tienen y lo agradezco de todo corazón.
Me doy cuenta de que ustedes se han enterado que están
pensando en cambiarme. Pero deben saber también que
todavía no es un hecho, que buscan a un buen pastor
para que me reemplace pero no lo han encontrado todavía.
Debo pedirles, sin embargo, que si el obispo así lo
determina esa es la voluntad de Dios. Y no debemos ser
radicales: ¿qué es eso de hacerse Testigos de Jehová? O
¿de dónde sacan eso de mi remplazo por un pedófilo?
Vuelvan a sus casas, a sus trabajos, y ya lo dije: acepten
la voluntad de Dios.

El tigre gritó desde en medio de la multitud:

—¡No lo permitiremos! Iremos a la capital a ver al obispo ese y le exigiremos que no nos lo cambien.

La multitud parecía no haber escuchado nada de lo que había dicho el viejo sacerdote. Coreaban al tigre clamando:

—¡Vamos, vamos todos!

—¡A la capital, vamos todos!

El padre, por una parte frustrado y por otra anonadado por la tremenda manifestación de cariño y apoyo por parte de sus feligreses, tomó su bastón y penetró a la iglesia. Cayó entonces en la cuenta de que no iba ahí sino a la casa pero que preso de la emoción había entrado por la primera puerta que se le atravesó que, era la del templo. Una vez adentro, miró la imagen de bulto de la Inmaculada que apenas iluminada por la luz que se filtraba por los vitrales de la iglesia.

—Madre Santísima, ¿qué debo hacer?

Cayó de rodillas en el reclinatorio de la última fila de bancas y esperó ahí, hincado, a que en la calle la multitud se dispersara. El padre Antonio no era malpensado, pero esta vez sí malpensó: el obispo creerá que yo fragüé todo esto. Que fueran a la capital estaba por verse, pero el tumulto que habían armado en el pueblo no dejaba duda de que podían hacerlo. De cualquier manera ya los celulares y el chisme cibernético respecto a lo que había pasado en el pueblo estaría llegando a oídos del padre José y del obispo. ¡Gracias a Dios ‒pensó‒ que ya no se usan las excomuniones! Entonces el viejo sacerdote se quedó dormido.

 

IV
El palacio episcopal lucía radiante, la calzada que llevaba a la puerta principal con sus arbotantes y faroles de estilo colonial. Los últimos que pasaron alguna vez de ser de gas a incandescentes, de ahí a fluorescentes, después de mercurio y finalmente de vapor de sodio. El edificio, un gran cuadrilongo con ventanas ojivales entre góticas y mozárabes, aparecía reluciente después de la limpieza ordenada por el nuevo obispo. Entrando por la puerta principal se encontraba uno en una amplísima estancia la cual estaba excepcionalmente concurrida esa mañana. El nuevo obispo había contratado a una compañía especializada en remodelaciones para acondicionar el primer piso, donde estaban las oficinas de la diócesis, las que despachaban todo tipo de asuntos. Los trabajadores encargados de la obra pululaban entre los visitantes habituales del obispado, aquellos que buscaban anular sus matrimonios, programar una confirmación, cambiar su nombre o simplemente conocer al nuevo obispo. En una oficinita del segundo piso despegado de la conmoción y tumulto reinantes en la planta baja, el obispo recibía al padre José:

—He leído su informe respecto a su visita al padre Antonio. Escribe usted bien. Podría ser usted novelista o guionista de cine.

—Gracias, su excelencia. ¿Y se habrá enterado de lo sucedido ayer en su parroquia?

—Así es padre José, el chisme cibernético como lo ha bautizado el padre Antonio me tiene bien informado. ¡Qué barbaridad! ¡Todo un motín! Tanto ruido por nada. Ya el padre Antonio les ha informado que todavía no hemos hallado un remplazo para su parroquia.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Después de leer su informe mi simpatía por el padre Antonio creció tremendamente. Al punto de que pensé que sería mejor no cambiarlo. Pero al enterarme del tumulto que se armó, creo que no nos debemos dejar intimidar. Por lo pronto me parece lo más prudente es dejar que las aguas vuelvan a su cauce habitual y esperar. Le encargo que siga usted buscando un buen candidato para esa parroquia. ¡Sin prisa por favor!

—Como usted disponga, Excelencia.

—Y escríbale al padre Antonio invitándole a venir a verme, dejándole saber que yo no puedo de momento visitarlo pues estoy muy muy ocupado con mi instalación aquí. Pero ‒esto no lo escriba‒ me gustaría ir con él a tomarme un cafecito colombiano con pan tostado y tocino.

Pero la carta no llegó al padre Antonio. Unos días después del tumulto, Teo, el sacristán, trató de despertarlo en la mañana para que se preparara para celebrar la misa de siete. Pero el padre ya no despertó

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

domingo, 9 de agosto de 2026

Un crimen pluscuamperfecto

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Un crimen pluscuamperfecto

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Los dos detectives ocuparon el lugar de siempre en la taberna La Gaviota, en la calle Diez y seis. Eran el teniente García, un hombrachón excedido de peso que desde cien metros de distancia adivinaba uno que era policía, se diría que “tenía la facha”. El otro, delgadito y de cachucha, gorra de visera y atuendo más de vendedor de enciclopedias que de policía, era el agente Rodríguez. Paranoia o deformación profesional, tenían que situarse en aquel rincón de donde podían ver quien entraba o salía del tugurio.

El cantinero Fidel, un hombre jovial y dicharachero con un mandil que no dejaba duda que era el bar tender, ya les había servido lo de siempre: una cerveza oscura para el teniente García y un ron con canela para el agente Rodríguez.

—¡ Ay paisano! ¿No temes que la canela te haga daño?

—¡Tanto como a ti el lúpulo y el mosto!

No era la primera vez que el uno criticaba la bebida del otro. Tal diálogo se había hecho viejo de tanto repetirlo. Un traguito y la conversación iba a donde siempre: el trabajo.

—¿Tienen ya una pista? —preguntó García.

—¿De la muertita de ayer? Claro, ya agarramos al tipo, ¡un cornudo resentido. Lo de siempre!

—Lo dices como si no fuera la gran cosa.

—Sí. De hecho, comienzo a aburrirme.

—Pues no son casos como los de Poirot —comentó el teniente.

—¿El de Ágatha Christie?

—Ese.

—Pues en nuestra delegación no hay casos así de complicados.

—¿De verdad lo crees? ¿Qué tal los de la carpeta naranja del Capitán Salinas?

—¿Los casos irresueltos cerrados?

—Esos mismos. Habrá algunos que se cerraron por orden superior, pero otros simplemente porque no se pudo encontrar un culpable.

—¿Piensas en alguno en especial?

—Sí, en el de Lamaire Leroy. Siendo tan famosa y tan hermosa, nunca se pudo determinar quién la mató.

—Si. Recuerdo todos los sospechosos eran tan famosos como ella. El principal entre ellos de hecho se libró porque cuando ella fue asesinada él conducía un show en la tele con varios miles de espectadores. Otro estaba en Francia. Un tercero estaba en la cárcel, y así sucesivamente —apuntó Rodríguez asombrando a su superior que no pensó que el agente supiera tanto así de aquel caso.

—Veo que lo sabes todo. Es una lástima que cuando ya nos disponíamos a comenzar las pesquisas nos ordenaran pasarlo a “instancias superiores”.

—Sí, a todos nos dolió el desprecio. Especialmente al Capitán Salinas. Era un caso muy grande como para una delegacioncilla de barriada.

—Pero mira, hablando del rey de Roma cuando le nariz asoma.

En efecto en ese momento el Capitán, tipo atlético y bien parecido, cruzaba el umbral de La Gaviota. En tono jovial se acercó a sus subalternos:

—¿Qué hacen? ¿Resolviendo casos?

—Así es, mi Capitán —respondió García.

—¿Alguno en particular?

—El de Lamaire Leroy.

—¿Y creen que un caso en el cual se gastaron millones de pesos sin llegar a encontrar al culpable pueda resolverse en una conversación de cantina?

—Siempre podemos tartar, mi Capitán. ¿Cómo es que un caso como ese vino a dar a nuestra delegación?

—Muy sencillo: La ciudad creció en esta dirección. La elegante colonia Catedrales Europeas se construyó justo en los límites de nuestro barrio. Por supuesto, bardeada de manera que los mortales común y corrientes no pudiéramos entrar en ella. Ahí fue que Lemaire construyó ‒le construyeron‒ su mansión.

—Así que cuando la mataron el caso nos correspondía a nosotros.

—Sí.

—Entiendo que usted fue quien acudió primero al lugar del crimen cuando la criada encontró a Lemaire degollada —inquirió Rodríguez—. ¿Podría decirnos qué fue lo que encontró?

—¡Uh! ¿Ahora me interrogas?

—Sí, cuéntenos por favor.

Aclarando la garganta como dándose importancia, el Capitán se dispuso a relatar lo que vivió en aquella ocasión:

—¡Una escena difícil de olvidar! Aquella bella mujer, apenas vestida en un negligé de gasa púrpura casi trasparente. ¡Quien dijera que aquel cuerpazo era obra de los cirujanos plásticos! La cortadura en el cuello era una de las más impresionantes que he visto ‒y he visto muchas‒ en toda mi carrera.

—¿Y había alguna cosa irregular? Digo, ¿además del cadáver?

—No. Digo, sí. La ropa interior debajo del negligé. La pantaleta, la llevaba al revés, la cara que lleva la etiqueta se veía a través de la gasa. Pero…

—Eso es muy importante. Una persona como ella nunca se pondría el calzoncillo al revés. Y probablemente tampoco andaría en negligé por la casa. O estaba desnuda cuando la mataron, o la vistieron así para que así la encontraran.

—¿Y a dónde vas con eso?

—A resolver el enigma en esta conversación de cantina, mi Capitán. Se investigaron tres sospechosos. Hombres todos. Y con la información que usted nos ha dado, todo indica que la asesina fue una mujer. Para comenzar, es dudoso que un hombre quisiera destruir tan espectacular fémina. Por eso la herida era diferente de todas las que usted había visto antes. Al ponerle el negligé, la perpetradora sugeriría una sensualidad dirigida a agradar a un amante. Los investigadores supondrían que la pantaleta al revés también apuntaría a un hombre, esta vez uno que apresuradamente ocultaba su delito. ¿Por qué haría el asesino ‒la asesina‒ eso? Pues para alejar la sospecha de ella misma.

—¡Interesante! ¿Algo más?

—Los sospechosos que fueron investigados, lo fueron porque se supo que algo habían tenido que ver con ella, ¿cierto? Y ese algo, que era suficiente que la policía los investigara por supuesto, lo era también para que las esposas o amantes de los sospechosos ardieran de celos. Así las cosas, la amante o esposa del que estaba en la cárcel es una candidata poco probable. Si era una cuestión de celos, eran celos antiguos. Del que andaba en Francia, probablemente la mujer lo acompañaba. Queda uno, el del show en la tele, y una probable amante o esposa celosa, ahí es que hay que buscar.

—Pero estas sugiriendo que la asesina es…

—¡Exactamente! ¿Ve que una discusión de cantina vale más que peritajes de millones?

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

sábado, 18 de julio de 2026

Ley de Gravedad

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Ley de Gravedad

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Gonzalo había caído sobre el piso de mosaico de la estancia. Unos metros más allá se quedó muda y como esperándolo su silla de ruedas. Aunque no había practicado mucho, sabía lo que tenía que hacer. Recordaba lo que la muchachita aquella de la terapia ocupacional se había esforzado por enseñarle.

Primero que nada, había de cerciorarse de que no había nadie que pudiera echarle una mano. Era jueves, día en que la auxiliar no llegaría hasta las dos de la tarde. Sintió que no podía, no debía quedarse tirado ahí hasta entonces. Mientras lo pensaba ya había reptado hasta el pie de la silla. El paso siguiente era ponerse de rodillas como si estuviera rezando frente a la silla. Con mucha dificultad pudo hacerlo. Luego debía asegurar los frenos de la silla, para que no fuera a moverse. Una vez hecho eso, apoyándose en el asiento de la silla debería doblar su pierna buena y así pararse frente a la silla. Dar la media vuelta y sentarse en ella fue lo más fácil.

Una vez en la silla pasó a reflexionar sobre lo que había pasado:

—¡Ay, Gonzalo! —se dijo a sí mismo—. Es tu segunda caída, por fortuna no te quebraste un hueso. Ya te lo vaticinó tu hermana después de la primera caída: una fractura de cadera es el principio del fin.

Y ahora tenía que llamarla por teléfono y contarle del percance. Ya la oigo: “Ya lo ves, un descuido y lo que pasa” Y tal vez le martillaría en la cabeza aquello del “principio del fin”. Pero había que notificarle, después de todo ella era la única persona a quien él sabía que le importaba. Bueno, también a la auxiliar le importaba, pero esta vendría más tarde y entonces le podría decir.

—¿Estás seguro de que estás bien? Al rato paso a verte. ¿La auxiliar todavía no llega? A lo mejor estoy ahí antes que ella.

Ahora sí, a solas con su gato y su silla de ruedas podría ponerse a pensar. ¿Qué te dice una caída? Pues si posees una mente educada lo primero que se te ocurre es que la ley de la gravedad existe. Tomó a Newton ver caer una manzana para descubrirla. Al que cae, toma ver el suelo aproximarse a su cara a gran velocidad si cae de frente, si lo hace de espaldas es el techo el que se aleja. Luego viene lo que se llama damage assessment, es decir, ver si algo se dañó, si algo se quebró. ¿Por qué duele o por qué no duele? Malvada ley de la gravedad, esta vez no me hiciste nada, pero ya sé que ahí estarás acechando.

Se abre la puerta, la que da a la calle Once. Es la hermana, ella tiene llave.

—¡Ay Dios, pero mírate, tienes sangre en la cabeza! ¡Hay que llevarte con el doctor Félix!

—¡Ay hermanita, te juro que estoy bien! No necesito ir al doctor.

—Claro que necesitas ir. Acuérdate de Toñita. Se cayó y dijo que no tenía nada. La radiografía reveló una tremenda fractura.

—Y se murió.

—Así que alístate. En cuanto llegue Albertina…

—Agustina.

—Agustina, pues. En cuanto llegue nos iremos los tres a ver al doctor. Ya estoy llamando a Rosy, la enfermera, para que nos esperen.

Y mientras le limpiaba con una gasita con alcohol la pequeña descalabrada en la cabeza, casi en la frente, Gonzalo preguntó:

—Dime, Olivia, ¿alguna vez has pensado en la importancia de la ley de la gravedad?

—Sí. Claro que es muy importante. Es la que nos mantiene sobre la tierra.

—O sea, no has pensado mucho en ella.

Apenas entonces cayó en la cuenta que su hermana no había llegado sola, su hijo de once años la acompañaba.

—Y tú, Andy. ¿Nos puedes ilustrar respecto a la fuerza de gravedad?

—¡Seguro! La Aceleración de la Gravedad estándar en la tierra es de 9.814 metros por segundo cuadrado. En términos vulgares mientras más arriba estás más fuerte caes, es decir cuando llegas al suelo.

—¡Y más te duele el golpe! Especialmente cuando se enfría la parte que te golpeaste.

—No hagas conclusiones, deja que te vea el doctor. Puedes necesitar un emarai ‒la resonancia‒, o una tomografía, o por lo menos una radiografía —puntualizó Olivia.

—¿Qué sabes tú de esas cosas?

—Pues he visto muchos casos.

—Como el de Toñita, la que se murió.

—Pues sí, pero también otros que vivieron. Aunque con consecuencias.

—Pero a mí ni me duele.

—Como tampoco te habías dado cuenta de que estabas sangrando de la cabeza.

—¿Y Andy? ¿Va con nosotros?

—Pues ni modo de que se quede aquí solo.

No valía la pena discutir con Olivia. Una vez que ella decidía algo, eso se hacía. Así fue siempre. Un poco después llegó Agustina.

—Pero ¿cómo fue?

—Pues de arriba hacia abajo.

—¿Ves? ¡Ni estando moribundo toma las cosas en serio!

—No se diga más, vamos donde el doctor Félix.

—Vayamos a donde las mujeres quieran.

Y la pequeña expedición marchó hacia el Centro Médico Redención, complejo de gabinetes y consultorios del cual el doctor Félix era el director general. Como Olivia lo había anticipado, Rosy la enfermera los esperaba a la entrada.

—Le dije al doctor y él inmediatamente ordenó una tomografía. Ya esperan, don Gonzalo, ahí enfrente.

La enfermera Rosy sabía darle su lugar a la gente. Gonzalo saboreó el ser llamado don Gonzalo y se enderezó en su silla de ruedas. Así, Olivia dirigiendo, Agustina empujando, Gonzalo rodando y Andy siguiendo, emprendieron la marcha desde el estacionamiento y la calle que los separaba del gabinete radiológico. Ocupaba este un flamante edificio identificable por un letrero que anunciaba: Centro Médico Redención, TAC, MRI y Rayos Equis.”

Gonzalo lo leyó y su mente siempre dispuesta a bromear pensó: “solo falta que diga “se aplican inyecciones y se pegan botones’”.

Pasaron a una salita de recepción donde el técnico, un muchacho fornido y de aire distraído, ya los esperaba. Entraron al cuarto donde estaba aquel impresionante aparato, el escáner. El técnico ayudó a Gonzalo a desplazarse de su silla a la camilla del aparato. Oyendo una ligera queja durante el traslado el muchacho preguntó:

—¿Tiene dolor?

—Solo cuando me acuestan en una tabla como esa.

—Ya veo. Pero no toma mucho tiempo.

El técnico accionó entonces un mecanismo que hizo que la camilla con Gonzalo en ella penetrara en aquel túnel que era el escáner. No sabía si el escáner era viejo o si todos los escáners hacen tanto ruido. Pero mucho ruido. Un poco de tiempo después, el grupo con todo y Andy seguían ya al técnico radiólogo que llevaba las radiografías protegidas por un papel amarillo en la mano. Sin más, cruzando de nuevo calle y estacionamiento, penetraron en la sala de espera del consultorio que ostentaba el rótulo “Doctor JD Félix Ortopedista y Traumatólogo”.

“Justo lo que Olivia quiere” —pensó Gonzalo.

El lugar se encontraba repleto de pacientes, unos en silla de ruedas, otros enyesados, incluso uno con un curioso aparato de tracción. Una segunda enfermera los pasó a una sala interior, donde cada uno, hasta el pequeño Andy encontró acomodo. Antes notaron la expresión de disgusto de los demás pacientes que se preguntaban en silencio: “¿Por qué pasan a esos si yo llegué primero?”

Unos quince minutos después, por la puerta del fondo apareció el doctor Félix. Llevaba las placas radiográficas en la mano, ya sin el papel amarillo. Caminó hacia la pared lateral de donde pendía un negatoscopio, colocó las placas en él y, accionando un pequeño interruptor, la luz fluorescente del artefacto iluminó las placas. Señaló con su elegante pluma fuente el centro de una de las imágenes y dijo:

—Miren aquí está. Es una pequeña fisura en la cabeza del fémur.

—Y ¿qué hay que hacer? —preguntó Gonzalo.

—No hay mucho que hacer. Si te duele te daremos algo para el dolor. No necesito decir que debes evitar poner peso de ese lado, pues ya estás en una silla de ruedas. Pero, aunque suene tonto decirlo, tienes que evitar andarte cayendo. ¡Mucho cuidado querido amigo!

Luego dio media vuelta y se marchó por la misma puerta por donde había entrado. Rosy y la otra enfermera les pidieron entonces que pasaran a otro cuarto contiguo a “llenar unos papeles” y mirándose unos a otros con un dejo de confusión oyeron a Gonzalo decir:

—¡Les dije que no tenía nada!

Una vez completado el ritual del papeleo y de atravesar la sala de espera, Agustina, no dejando que Andy empujara la silla de ruedas de Gonzalo, lo llevó hasta la orillita de la banqueta y dijo solemnemente:

—Aquí mismo aguardaremos a que doña Olivia acerque su vehículo.

—¡Pero con cuidado! ¡No quiero que me vuelvan a meter en esa máquina monstruo!

Y así la expedición volvió a casa. En el automóvil, Andy aprovechó la oportunidad para explicar efusivamente a los demás la diferencia entre una resonancia magnética nuclear y una tomografía axial computarizada. Gonzalo ya no quería saber nada:

—Paremos ahí adelante por una hamburguesa. ¡Por favor!

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

viernes, 3 de julio de 2026

Belzebub

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Belzebub

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Eran las nueve y cuarto. La noche oscura como boca de lobo. Romelia caminaba iluminando su paso con una anticuada pero efectiva lámpara de carburo, como las que usan los mineros. Innecesario decir que iba despacio y con mucho cuidado, una caída podría resultar en una fractura, un tropiezo, un corte profundo por las afiladas piedras. Avanzaba hacia la montaña, la llamada Cerro del Diablo. Y en verdad hacía honor a su nombre, la luna que no acababa de salir acentuaba su silueta que delineaba la figura del diablo tirado boca arriba. Podía uno distinguir en ella los cuernos del maligno, su puntiaguda barba y un brazo doblado sosteniendo un tridente y, al acercarse más, como a la mitad de la prominencia, una lucecita que indicaba que alguien estaba ahí, en la cueva, la Cueva de las Brujas. Y en efecto, la que ahí se encontraba era Lucinda, quien, como Romelia, era también una bruja. Pudo al fin llegar a la cueva donde la esperaba.

—¿Qué pasó? Habíamos quedado en que nos encontraríamos a la puesta del sol.

—Ya lo sabes, ¡gajes del oficio!

La escena no podía ser más típica, es decir estereotipada. Lucinda, toda de negro, de pie detrás de el gran perol ahumado y que despedía un fétido olor.

—¿Pues qué no podrías cocinar algo con olor más agradable?

—No sería propio de brujas hacerlo.

En un rincón se veían una repisa con viejos y gruesos libros y sobre ellos una calavera. A un lado, en una percha, una lechuza, clásica compañera de las brujas, que daba la bienvenida con un alegre “jú-jú” a la recién llegada.

Mientras que Romelia era una atractiva joven de agraciadas formas apenas disimuladas por su atuendo de bruja y su rostro engañosamente cándido y angelical, Lucinda era una vieja de aspecto clásicamente brujil.

—¿Y en esta ocasión qué tenemos en el perol?

—Lo de siempre: ojos de rata y gato, sábila, sapos bufos alucinógenos, sangre menstrual y especias selectas.

—Y el Patrón, ¿estará aquí?

—Cuando lleguen todas. De acuerdo a las nuevas reglas, la 2130 para ser precisos, se necesita un quorum de seis brujas para realizar un aquelarre. No te apures, por lo menos siete hicieron su RSVP.

—¿Y qué piensa él de las reglas?

—No sé. Pero las endosó, lo que quiere decir que está de acuerdo.

—Recuerda que él es el especialista en romper reglas.

—¡Oh sí! Pero estas reglas solo representan lo que desde tiempos inmemoriales se ha venido haciendo, solo organizan las cosas para que no haya malentendidos.

—¡Sea pues! Pero entiendo que él mismo ha cambiado mucho.

—Ni tanto: me ha confiado que ahora que muy pocos creen en él puede trabajar en sus cosas con mayor tranquilidad.

—Un diablo tranquilo… ¡No lo puedo creer!

—Pues sí. Y cae en la cuenta que por la misma razón nuestras neófitas han aumentado y nuestro número crece día con día.

—¿Cómo es eso? Creí que las únicas que se arrimaban a nosotras para aprender nuestros artes eran chamacas hippies sin mucha seriedad.

—Pues comenzando con esas, tenemos ahora muchas nuevas. Y toman muy en serio su papel.

—Es decir, embrujan.

—Sí.

Como lo anticipó Lucinda, ya se veían algunas lucecitas aproximándose a la cueva. Mientras llegaban, aparecieron como de la nada dos figuras femeninas. Su aspecto las delataba inmediatamente como brujas. Sus vestidos negros lo sugerían también. Eran Artesia y Laluly, brujas no tan viejas como Lucinda, pero con experiencia.

—Mis muchachitas ¿cómo están? ¿Llegaron por el túnel de atrás? ¿No estaba muy oscuro? Puede uno tropezar, caer y descuernarse.

—Sí —respondió Artesia— llegamos por el túnel. Listas para oír al jefe.

Se refería a una vieja práctica brujil. Antes de entregarse a sus malignas y aberrantes prácticas, que a tantas les costó en el pasado el ser quemadas vivas, en el aquelarre propiamente dicho las brujas escuchaban con suma atención a Satanás. Todavía se puede ver en Zugarramurdi, Navarra, la prominencia rocosa en la Cueva de las Brujas la cual el diablo usaba como plataforma para hablarles. En la versión local no había tal prominencia sino solo una mesita a manera de altar detrás de la cual el maligno se dispondría y les hablaría, si es que se dignaba a aparecer.

—¿Vendrá?

—¡Espero que sí!

Mientras esto pasaba, otras tres brujas llegaron. Lucinda, quien continuaba actuando como lideresa sentenció:

—¡Nenas! Ya hay quorum. ¡Invoquémoslo pues!

Cubriéndose la boca con la mano pronunció algo en un extraño dialecto. Todas intentaron entender las palabras, pero ninguna lo logró. Así son esas fórmulas mágicas para convocar al maligno. Pero Satán, no digamos por arte de magia sino poder demoníaco, apareció entre una nube de humo. Ni siquiera el hedor proveniente del perol lograba cubrir el del azufre que se extendió por toda la cueva. Dos de las brujas de las que llegaron al último nunca antes lo habían visto, y menos aún participado en algo como esto y temblaban conmovidas o muertas de miedo. El maligno las miró con ternura mientras caminaba hacia el lugar de honor, tras el altarcito.

—¡Aheem! —dijo aclarando su garganta y como tosiendo—. ¡Amadas hijas mías! Creo que habréis oído que yo he cambiado mucho estos últimos tiempos. ¡Nada más falso! Sigo siendo el mismo Lucifer, Satanás, Belzebub, o como quieran llamarme. Que ahora tomo Yoni Guoker y fumo Pol Mols no me hace diferente. Que ya nadie cree en mí, es falso también y la prueba está aquí, con vosotras. Aunque no veo por ningún lado los recién nacidos que acostumbrábamos sacrificar, todo se ve dispuesto como para tener un aquelarre decente como los de antes. Y decía que es falso que ya nadie cree en mí, pero es muy cierto que muchos, muchísimos, ya no lo hacen. Y más escasos son los que quisieran venderme su alma. Pero el lado bueno de esto es que puedo andar por todas partes incitando al mal a las gentes sin que caigan en la cuenta que soy yo el que las inspira, el que las mueve.

Lucinda miraba a Romelia como diciendo “ya ves, te lo dije”. Mientras que Satán, como no queriendo la cosa, se movía discretamente hacia la voluptuosa muchacha. Después de todo, como todo mundo lo sabe, como parte de el aquelarre las brujas copulan con el diablo. A Romelia, bruja moderna, no le atraía la idea de ser poseída por aquel tipo chaparrón y apestoso, por diablo que fuera. Pero Dios, si no el diablo, la había puesto en ese camino. Satanás continuaba su discurso:

—Y han de saber que este tipo de eventos son hoy en día muy escasos, hijas mías. Por eso hoy me encuentro tan complacido y, aunque tengo que tomarme un par de pastillitas azules para cumplir con mi parte, me llena de diabólica alegría, de la de antes, estar aquí con vosotras. Sabed que el Príncipe de la Mentira que soy, en realidad nunca miente a sus fieles seguidores. Como les habrá contado mi asistente, estuve muy ocupado revisando las nuevas reglas que, a pesar de no ser enteramente satisfactorias, endosé con mi firma. Al finalizar esta ingente labor me he dedicado a lo nuevo, a la llamada inteligencia artificial: estoy ahora mismo tratando de infiltrar mis mentiras, trucos y traiciones para accesar a todo el mundo. Digo: ¡hay diablo para rato y estará en la inteligencia artificial!

A este punto de su discurso futurista Satán estaba no solo muy emocionado sino hasta falto de aire. Abandonó por un momento su actitud y postura de gran señor para pedir un vaso de agua.

—¡Habráse visto, el mismo diablo pidiendo agua!

—¿No querrías gran señor mejor un poco de caldo del perol?

Casi vomitó el maligno ante tal propuesta.

—¡No por Belzebub!

—El diablo jurando por el diablo. ¿Pues quién diablos es este?

Tenía que de alguna manera demostrar su poder. Envolviéndose en su capa que hasta ese momento había estado plegada sobre su espalda gritó:

—¡Que se desencadene todo el fuego del infierno!

Tres chispitas como de luz de Bengala de las más baratas y un poco de humo surgieron de su cuerpo y en unos pocos segundos se disiparon. Las brujitas jóvenes que fueron las últimas en llegar se morían de risa, Artesia y Laluly, que ya antes habían visto más, se compadecían de él y enrojecieron de vergüenza. Lucinda no hallaba dónde meterse. Romelia asumió una extraña actitud.

Avanzando hacia Satán lo espetó en alta voz:

—¡A ver papito! ¡Ven acá! ¡Ahora me cumples!

Mientras ella hacía el ademán de desabotonarse la blusa, el diablo se evaporó dejando tras de él aquel viejo olor de azufre. La voluptuosa joven bruja soltó una carcajada y luego se puso a llorar.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

jueves, 11 de junio de 2026

Addendum para el Quijote

 

Diseño gráfico: Copilot IA


Addendum para el Quijote

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

El historiador Hilario Armendáriz de la Villa estaba pasmado ante aquel documento que había caído en sus manos. Sin duda era antiguo, escrito en árabe. Pudo traducirlo con ayuda de un traductor electrónico que le proporcionó una versión castellana, no muy buena, pero que pudo pulir con la ayuda de Abdul, un muchacho marroquí, alumno suyo.

El profesor Hilario estudiaba un par de cuartillas de papel de computadora que sostenía en la mano derecha, mientras que Abdul hacía lo propio con el pliego escrito en una caligrafía arábiga nasji impecable. Sobre la mesa se veía una caja con el interior forrado de terciopelo negro en la que según el anticuario que vendió el manuscrito había contenido el manuscrito por cuatrocientos años.

—¡Habdulilá! —exclamó Abdul compartiendo la emoción de su maestro.

—¡Sí, es increíble! Esta es la última redacción. Déjame leértela y dime si crees que algo todavía necesita cambiarse —replicó el profesor mirando a través de sus gruesas gafas a su alumno, mientras tomaba un sorbo de agua y poniéndose de pie comenzaba a leer:

—Sin duda lo firma Cide Hamete Benenheli y dice al principio: “Para ser insertado entre el capítulo ‘Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento …’ y ‘la desgraciada aventura de los yangüenses’

 

“Desde lejos habían avistado un bosquecillo, justo al pie de una de las sierras que rodean la llanura. Unas cuantas encinas, no muy altas o impresionantes cual corresponde a un lugar poco favorecido por las lluvias ocasionales que ahí llegaban a caer. Pero daban una sombra en la cual podrían descansar después de todo un día bajo el implacable sol manchego. Una de las encinas tenía una rama colgante que el hidalgo encontró adecuada para colgar el peto y espaldar de su armadura. Sancho pronto encontró una piedra donde sentarse y así de rápido se dispuso a desatar un bultito que llevaba y del cual surgieron un trozo de longaniza, una barra de pan, un frasco de boca ancha con habichuelas y un par de taleguillas probablemente conteniendo sal y pimienta.

—Hagamos una fogata para calentar las habichuelas y la longaniza —dijo Sancho anticipándose a preparar su frugal banquete.

 

“Miró de reojo a su amo que se despojaba de las grebas, piezas de la armadura que protegen las piernas. “Debe estar muy cansado —pensó— pues no se las quita ni para dormir” En efecto, lo único que lo identificaba ahora como un caballero andante era la espada que pendía de su cinturón y aquel curioso yelmo que si uno lo examinaba con atención caería en la cuenta de que se trataba de una bacía de barbero.

 

“Se dispuso entonces el fiel escudero a recoger y apilar ramitas de encino que yacían cerca de ellos bajo la misma sombra. Luego sacó del bolsillo de su camisa un eslabón de hierro, un trozo de pedernal y una bolsita conteniendo yesca. Con una habilidad impresionante y siendo observado con curiosidad por don Quijote encendió el fuego. Pronto sacaría de lo que quedaba de su atado una ollita de metal en la cual vació las habichuelas.

 

“Mientras tanto Don Quijote ya aligerado de su pesada armadura paseaba entre las encinas. De pronto dio un salto hacia atrás y desenvainó la espada apuntándola hacia el suelo frente a él. Desde donde estaba Sancho no podía ver de que se trataba, así es que se puso de pie y se acercó a su amo. Siguió con la vista la espada y ahí casi a punto de ser ensartada la vió: una verde lagartija.

—¡Mirad Sancho un dragón!

—¡Por Dios mi señor! Es una lagartija.

—¡Así lo hacen parecer los encantadores!

—¡Otra vez como los molinos de viento!

 

“Como que al hidalgo no le gustó el comentario. La conversación espantó al reptil el que desapareció bajo una piedra.

—¿Lo veis Sancho? Tan pronto supimos lo que era realmente, el dragón desapareció. Pareciera que no había pasado nada.

—Las habichuelas y la longaniza nos esperan.

 

Aunque satisfecho del resultado de su colaboración en la traducción de aquel documento, el muchacho marroquí parecía, por una parte, no entender el alcance que pudiera tener aquella breve historia y, por otra, advertía cierto miedo en la voz de su maestro y así se lo manifestó. A lo que él respondió:

—La importancia de este pasaje —dijo aclarándose la garganta y asumiendo el tono más doctoral posible— es que mientras los libros de caballerías que volvieron loco al Quijote hablan abundantemente de los dragones, Cervantes no los menciona ni una sola vez en su obra. Cierto que esta ausencia ya había sido notada y que incluso alguien escribiò algo para subsanarla, pero este relato que te acabo de leer, si es que no es espurio, es el primero que nos llega de la fuente primaria del Quijote.

Ciertamente creer que una lagartija es un dragón y que lo que ven sus sentidos es una distorsión causada por encantamiento no es tan impresionante como el de confundir los molinos de viento con gigantes y sin embargo es el mismo síntoma de la misma enfermedad.

Pero tienes razón, tengo miedo de la reacción de la comunidad de historiadores, literatos, lingüistas y cervantistas en general, ya los oigo decir: “Cide Hamete Benengeli es una creación de la mente de Cervantes, nunca existió en realidad. No pudo haber escrito ese manuscrito que nos muestras”. No creo que ninguno de ellos esté dispuesto. a aceptar que sí existió. Otros se resistirán a cambiar nada del libro como está ahora

“Es innecesario” —dirán— “No añade nada “

Y por supuesto, sabiendo que estas muy posiblemente serán las respuestas seré tratado como un charlatán. Por ello antes de dar a conocer nuestro hallazgo haré llegar el documento a un experto en datación con carbono 14 para verificar la antigüedad del mismo. También le pediré —y no te ofendas por favor— a un experto en documentos árabes de la época para determinar si las palabras y estilo empleado son de esa época.

—Ya veo, no es tan fácil.

—No, no lo es.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.