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miércoles, 14 de octubre de 2026

Éxodo

 

Éxodo

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

El doctor Max Stein, ahora retirado después de ejercer la medicina en aquel pueblito de Baviera por más de cincuenta años, se entretenía en hojear uno de sus viejos libros, de los que habían sido su fuente de conocimiento y sostén de su práctica profesional por todo ese tiempo.

Era él un hombre de mediana estatura con un poco de sobrepeso, el que da la falta de ejercicio, de amplia frente extendida a ambos lados por entradas de calvicie en evolución. Su nariz semítica denunciaba su origen; su cabello blanco, su edad. Vestía con una camisa blanca, la que iba con su traje que ya no usaba, un cinturón delgado que sostenía un pantalón de lino arrugado. Unos cómodos mocasines completaban su atuendo dejando ver unos calcetines azules con flores anaranjadas bordadas en ellos.

Corría el año de 1935 y ya se oían cosas terribles, lo que estaba sucediendo a los judíos en su adorado país. Hasta entonces se había sentido seguro, principalmente porque era miembro de número del Verband nationaldeutscher Juden, VnJ, y se consideraba amigo personal de Max Naumann, el fundador de esa organización. Y como tal había apoyado a los nazis y se pronunciaba fielmente alemán.

Al frente de su casa, una villita típicamente suaba, ondeaba una bandera roja con un círculo blanco en el centro y la swástica en negro. De hecho, años atrás se había convertido al cristianismo y era miembro de la iglesia católica local. Pero las noticias eran cada vez alarmantes, hacía unos días, a finales de abril, había llamado por teléfono a Naumann para comunicarle su creciente aprehensión y este le respondió:

—No te apures. Acabo de escribirle al Führer para desearle un feliz cumpleaños.

No muy convencido de su seguridad, y un tanto perplejo por la respuesta de su amigo, dejó sobre su vetusto escritorio el texto de medicina que habitualmente releía y abrió su Atlas Universal Ilustrado, también una reliquia de su pasado. No que no supiera donde se encontraba, pero sintió que debía confirmar que estaba a unos pocos kilómetros del Bodensee, es decir, del Lago de Constanza, a un paso de Liechtenstein y, mejor aún, de Suiza.

En los meses siguientes, con todo y que oía de aquí y allá, principalmente de su ama de casa y su jardinero, rumores respecto a lo que ocurría a lo largo y ancho de Alemania, incluyendo a Baviera, con los judíos y las gentes con algún parentesco o ascendencia hebraica, no llegaba a él información de casos concretos, pero era muy aparente que la situación se deterioraba rápidamente.

Ya para septiembre algo muy grande y monstruoso se veía venir. Solo cuidar de su jardín y estudiar los mapas del atlas le ayudaba a permanecer en calma y combatir el miedo.

De eso se ocupaba un día cuando advirtió por la ventana que el auto de su hija se estacionaba frente a la villa. Minutos después, Marie Claude entraba a la biblioteca.

Señalando el libro abierto sobre el escritorio dijo:

—Veo que ya te has convencido. Estudias ahora las rutas de escape. Te lo he venido diciendo. Hay que hacerlo ya. Antes de que llegue la Gestapo.

—¿Qué sabes, qué hay de nuevo?

—Preparan una gran concentración en Nüremberg, promulgarán unas leyes infames y se vendrán los arrestos y deportaciones en masa.

—¿Eso crees?

—¡Estoy segura! ¡completamente segura! Sabes que tengo acceso a información privilegiada.

—¡Por ese noviecito tuyo!

—Exactamente. Pero no perdamos tiempo, haz tu maleta. No lleves mucho, solo lo que necesites de diario. La Gestapo debe estar ya cerca, debemos apresurarnos.

 

El doctor Stein se encontró a sí mismo como en un estado disociativo. Llenaba su maleta de ropa sin atender mucho a si de verdad iba a necesitar tal y cual prenda. Volvió a la biblioteca para recoger su libro, el que leía todo el tiempo. Miró por la ventana y se le antojó quitar la bandera nazi del frente de la casa y reemplazarla con una azul con la estrella de David, pero no había tiempo. Marie Claude le había convencido completamente de que no había tiempo que perder.

El automóvil aguardaba frente a la villa. De reojo Max miró la ondeante bandera con la cruz gamada y su preciada residencia: la villita suaba llena de recuerdos. Desde el carro contempló por última vez su jardín, al que tanto tiempo había dedicado y que engalanaba la casa con sus flores alpinas y sus mullidas enredaderas. Marie Claude anunció que un bote estaba listo para recogerlos a la orilla del lago. Había calculado que era la ruta más segura, porque evitaba los retenes fronterizos y llegarían directamente a Suiza.

Una vez en el bote, aunque hubo un momento de pánico cuando pasó cerca de ellos una lancha rápida tripulada por soldados de la SA, la wermatch, que afortunadamente no les prestaron ninguna atención, navegaron sin problemas. Entonces el viejo doctor experimentó una emoción a la que no estaba acostumbrado, una intensa ira. ¿Cómo era posible que tuvieran que huir amenazados por aquellos a los que habían ayudado tanto para llegar al poder? ¿Qué no apreciaban que uno prefiriera ser alemán a ser judío? ¿No agradecían tantos años de servicio, tantas dolencias curadas, tantas vidas salvadas?

Pero pronto tuvo que enfocarse en otras cosas. La prima Sarah, gracias a las agencias de Marie Claude, ya los esperaba en Freienbach y de ahí irían a Zürich. Creyendo que su preocupación era de otra índole, Marie Claude anunció a su padre:

—No tengas miedo, la transferencia de fondos de tu banco a un banco suizo, se efectuó sin problemas.

—También gracias a tu noviecito.

—Así es.

 

Ya en Zürich, el doctor y su hija se instalaron en un departamento a las orillas de la ciudad. Era como lo había pedido Marie Claude, tenía un jardincito muy a propósito para que el doctor pudiera continuar con su dedicación al cultivo de flores. “Mi Marie Claude sabe de psicología ‒pensó Max‒, sabe que la gente que deja todo atrás y se establece en otra parte se deprime, se enferma y trata de protegerme escogiendo un lugar con jardín para que yo me entretenga y no me suceda eso”.

 

Por los siguientes meses los dos parecían haberse adaptado bien a la vida suburbana. Unos días después de septiembre 15, cuando se celebró el mitin anual del partido nazi y se promulgaron las leyes racistas y antisemitas, el doctor se acordó de su viejo amigo. Pensó en llamarlo, pero no tuvo el valor para hacerlo. Esperaría hasta finales de noviembre. Entonces, como el departamento no tenía teléfono, pidió a Marie Claude que lo llevara a algún lugar de donde pudiera hacer su llamada. Ella accedió, sacó del garage su carrito y tomaron camino. Casi cruzaron toda la ciudad, por lo que el doctor preguntó:

—¿Por qué tan lejos?

—A pesar de que estamos en Suiza, la Gestapo puede localizar la llamada y venir por ti.

—Eso es paranoia, ¿no crees?

—Puede ser, pero esto es lo más seguro.

—Otra vez tu noviecito ¿verdad?

—Sí, así es.

Una vez al otro extremo de Zürich, la muchacha detuvo el auto frente a una tiendita, un letrero anunciaba: Telefonzelle (öffentlicher Fernsprecher). Entró al lugar y una señora con aspecto de dependiente le señaló el aparato telefónico. La operadora tardó unos diez minutos para conectar el número que el doctor le proporcionó. Finalmente:

—Casa del doctor Naumann, ¿cómo le puedo ayudar?

—¿Es Paula, quiero hablar con el doctor?

—¿Es el doctor Stein? Gusto en oírlo, temíamos por usted. El doctor Naumann está en Berlín y creemos que lo han detenido.

—¿Detenido?

—Sí, arrestado por la SS o la Gestapo. Sabrá usted que el VnJ fue declarado ilegal y disuelto. Y el periódico clausurado. Creemos que el doctor está preso en la Columbia Haus y tememos por su vida. No hay forma de hablar con él. Le prometo que, si no ha pasado lo que nos imaginamos, le haré saber que usted ha llamado y que está bien.

—¡Qué terrible! Le agradezco la información, ojalá y mi amigo y mentor salga con bien de esta encrucijada. Usted: ¡cuídese mucho!

Colgó el teléfono. Apenas un año antes habría dicho “Heil Hitler!” antes de hacerlo. El regreso al departamento fue doloroso. Después de relatar a su hija lo que había oído de la asistente de su amigo Naumann, el doctor Stein se quedó mudo, no dijo una sola palabra en todo el camino. A Marie Claude le pareció que lloraba.

 

La vida en aquel suburbio de Zürich era tranquila, pero el doctor vivía con mucho miedo, pensaba que tal vez a Hitler se le antojaría extender su Anschluss a la Suiza de habla alemana, y que tal vez debería continuar su exilio hasta los Estados Unidos. Pero también caía en la cuenta de que ya era viejo, y no tenía caso ir a morir en otra parte. Por otra parte, Marie Claude y él se habían adaptado bien tanto al departamento como a la vida en ese lugar.

No fue sino hasta fines de marzo de 1936 que tuvieron noticias ‒también por medio de aquel misterioso noviecito de la hija‒ de que Max Naumann no había permanecido preso sino unas cuantas semanas. “De algo servirían aquellas felicitaciones a Hitler por sus cumpleaños ‒pensó el doctor‒, bien lo podrían haber deportado a donde dicen que envían a todos los judíos”. El día que oyó eso sintió que un gran peso se le quitaba de encima y trabajó con entusiasmo en su jardín. De cualquier forma, nunca podría hablar de nuevo con su amigo, quien moriría de cáncer en 1939.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

lunes, 12 de octubre de 2026

Gusano-man. Episodio uno

 

Gusano-man. Episodio uno

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Amalio Peroles estaba convencido que de un día para otro, gracias a lo sucedido en una lejana galaxia, había adquirido superpoderes. No sabía, en detalle, fuera de uno que aparece más adelante en este relato, en qué consistían esos poderes, pero intuía que eran reales y abundantes y, sobre todo, que deberían usarse en beneficio de la humanidad. Aquí comenzaban sus problemas.

Debería encontrar un nombre para el superhéroe que se sentía que era él ahora. Pronto se enteró que no podía ser hombre araña, hombre hormiga, hombre pájaro, hombre murciélago u hombre mosca; tales nombres ya estaban tomados y, peor aún, patentados. Aunque no enteramente convencido, aceptó el nombre sugerido por la inteligencia artificial, se llamaría Gusano-man. Ya oía el clamor popular: “¡Gusano-man al rescate!” No sonaba tan mal.

El siguiente paso también presentaba problemas: necesitaba un traje adecuado para su nueva personalidad. Se dio a la tarea de diseñar uno. La tarea fue más que frustrante, se enteró de que las patentes de los uniformes de superhéroes no solo protegían los diseños de los más conocidos, sino también los parecidos a ellos, así que no bastaba ser original sino extremadamente original. Después de mucho quebrarse la cabeza, pudo diseñarlo. Algunos dirían que el casco simulaba una bacinica y el traje era de colores que no armonizaban entre sí: negro, violeta y naranja. Debería prescindir de una capa, ya que todos los estilos estaban protegidos por patentes específicas y radicales. No hubo manera de encontrar botines originales y el uniforme hubo de completarse con sus viejos zapatos de tennis. Aquí debemos decir que Amalio era un hombrecillo chaparrón y regordete, y que vestido de Gusano-man lucía absolutamente ridículo. Los enemigos que tendría probablemente morirían de risa al enfrentárseles.

De cualquier forma, Gusano-man se hizo presente en los medios sociales y esperaba ser convocado a impedir algún asalto bancario, conspiración o a derrotar a algún monstruo errante. Pues, nada, nadie solicitó su ayuda. No fue sino entonces, un par de meses después, que se enteró que había una línea telefónica de auxilio para superhéroes. Y pues, que remedio, a llamar:

—Todos los representantes están atendiendo a otros superhéroes. Por favor permanezca en la línea. Su llamada es muy importante para nosotros —aseguraba la grabación telefónica.

Amalio, Gusano-man, tuvo que escuchar las cuatro estaciones de Vivaldi completas. De cuando en cuando interrumpidas por el mismo mensaje grabado:

—Todos los representantes están atendiendo a otros superhéroes. Por favor permanezca en la línea. Su llamada es muy importante para nosotros…

Finalmente, una dulce vocecita contestó la llamada:

—Superhero hotline a la orden. ¿Cómo puedo asistirle esta hermosa mañana?

—Habla Gusano-man. Necesito saber qué empresas heróicas me pueden necesitar.

—¿Gusano-man? No lo tengo en mi lista, ¿está usted inscrito en el Registry?

—¿Registry? ¿En inglés?

—Bueno, sí. Es que casi todos los superhéroes son americanos.

—¿Y cómo le hago para inscribirme?

—Vaya a la web page superheros.com. Ahí, en la esquina superior derecha, hay tres puntitos. Pulse usted y busque “opciones”, seleccione entonces “registry” y verá usted la forma que tiene que llenar. Puede hacerlo en línea o bajar la forma y llenarla. Una vez que llene la forma, esta tiene que ir a Consejo Supremo de Superhéroes y, si este llegara a aprobarla, entonces puede llamarme de nuevo para una asignación.

—¿Y cuánto tarda todo eso?

—Con suerte solo unos cuantos meses.

—¿Y qué voy a hacer mientras tanto?

—Puede ensayar cómo utilizar los poderes que dice tener.

—¿Ensayar?

—Sí, pues vea que los supervillanos que usted tendrá que enfrentar en caso de que se le acepte en el registry son mucho más poderosos que lo que antes eran. Han aprendido, evolucionado y avanzado mucho estos últimos años. Si no está usted en óptimas condiciones le pasará lo mismo que le pasó a Superequisye.

—No conozco el caso, ¿qué le pasó?

—Pues Superequisye se teletransportaba a voluntad y tenía otros superpoderes, pero Scorpio 2 lo prendió antes de que pudiera hacer nada.

—¿Lo prendió?

—Sí, fue una muerte horrible.

—¿Trata usted de asustarme?

—Solo quiero que sepa los riesgos, y como el prepararse puede incluso salvarle la vida. Mire, creo que está usted a tiempo de desistir. Puede decidir no ser ¿cómo dijo? Gusano-man. Hoy en día tenemos superhéroes en abundancia.

—Le agradezco su atención. Revisaré la forma y entonces decidiré que hacer.

Un ratito después de colgar, cuando Amalio se disponía a encontrar en la computadora la forma aquella, timbró el teléfono. Era Juanita, su novia.

—¿Qué pasa? Te he estado llamando por más de una hora y la línea ha estado ocupada todo el tiempo.

—¡Oh! Escuchaba a Vivaldi, las Cuatro Estaciones.

Y que le cuenta a Juanita cómo es que la línea de auxilio toca esa grabación mientras los usuarios esperan su turno de ser atendidos. Juanita, única persona conocedora de la identidad secreta de Gusano-man, quien probablemente no necesitaba del secreto porque nadie sabía todavía de su existencia, escuchó pacientemente. Mientras hablaba con ella, Amalio tecleaba en la computadora su número de identificación personal, la plataforma para encontrar la página que buscaba, la contraseña, superheros.com., opciones, forma de solicitud de ingreso al Registry. Y cuando pudo ver esta última:

—¡Carambas! Son como cincuenta páginas, Juanita, vas a tener que ayudarme. ¡Tráete tu impresora, por favor!

La forma requería revelar cada detalle de la vida privada del candidato. Después pedía una descripción detallada de los superpoderes que creía tener, su origen; el uso que les había dado antes y cómo pensaba utilizarlos en el combate del mal.

El caso de Gusano-man era sencillo: un solo superpoder y nunca usado antes. Tenía que describir como él podía cristalizar objetos, animales y personas con solo tocarlos con sus dedos índice y medio y como podía revertir el proceso añadiendo el dedo anular a los otros dos. En seguida pondría que solo por accidente había cristalizado y descristalizado objetos y animales (un ratón y un pajarito) y por supuesto con tan asombroso don podría cristalizar criminales y supervillanos y descristalizarlos cuando llegaran las fuerzas del orden para arrestarlos. Aún así el volumen del papeleo era aplastante.

—Todavía puedes arrepentirte —insistía Juanita.

Pero una de las virtudes de Amalio era la perseverancia. Llenó aquella infame forma lo mejor que pudo y volvió a la página donde volvió a tener que oír las Cuatro Estaciones de Vivaldi completitas para hacer llegar su solicitud al Consejo Supremo de Superhéroes, pero al fin lo logró. El Consejo dudó mucho en aceptarla pero la insistencia de Amalio fue tal que acabaron por aprobarla. La aprobación llegó en la mañana y esa misma tarde Gusano-man estaba en contacto de nuevo con la de la dulce vocecita.

—¿Cómo puedo asistirle esta hermosa tarde?

—Soy Gusano-man, ahora ya estoy en el Registry. Necesito, ¿cómo le llamó usted?, una asignación.

—En efecto, ya veo su nombre en la lista. ¡Felicidades! ¿Alguna preferencia?

—¿Qué tal Scorpio 2?

—¡Es mucha pieza para un superhéroe novato! Pero si quieres intentarlo en la página web puedes estudiar su personalidad y su modus operandi. Esto sin compromise. Si después de estudiar la información decides seguir en ese caso déjamelo saber; lo mismo si prefieres no arriesgarte con una asignación tan difícil llámame para ofrecerte otra.

 

La página decía :
Scorpio 2. Supervillano homicida, Viste un traje
que simula un alacrán. Nadie lo ha visto sin su
máscara. Su cola de alacrán termina como la
de esos animales en un filoso aguijón. Cuando
ataca, apresa a la víctima por medio de sus
tenazas que opera con sus propias manos,
mientras sus otras seis patas movidas por
servomotores apresan a la víctima. Entonces,
y solo entonces, opera el motor que mueve
su cola y el aguijón viene y perfora el cuerpo
de la víctima inyectándole un veneno letal.
Se han analizado muestras del veneno prove-
niente de los cuerpos de sus víctimas y se
ha comprobado que es veneno de alacrán.
Aunque no se ha podido comprobar, se piensa
que alguna de sus acciones obedecen a
motivos personales, aunque el robo de valiosas
joyas parece ser su principal motivo para hacer el
mal. Es uno de los más peligrosos supervillanos.


Buscó entonces en Internet referencias a Superequisye y las encontró. Supo así que su muerte ocurrió en la taberna La Mala Muerte hacia ya cinco años. Una tecleada más le dejó saber que la taberna en cuestión había sido clausurada después del incidente, pero que después de tres años habla sido reabierta y operaba todas las tardes y noches como si tal cosa.

—Por ahí comenzaré —se dijo.

Y veremos que su decisión de empezar en aquel macabro lugar fue acertada. A pesar de las advertencias de Juanita, Gusano-man se lanzó en busca de Scorpio 2. Llegó al lugar a las cinco de la tarde, pues Internet le informó que a esa hora abría el establecimiento. Encontró el lugar vacío, solo estaba Max el tabernero limpiando la barra. Hombre hosco y de apariencia rufianesca, parecía asombrado de ver a aquel hombrecillo con su extraño traje y casco semejante a una bacinica.

—¡Buenas! ¿Qué le sirvo?

—Un té sin azúcar.

—¿Y qué más?

—¿Podrías decirme si Scorpio 2 ha andado por aquí?

—¿Cómo cree? Él es extremadamente inteligente. No volvería nunca a este lugar.

—Bueno, dicen que el delincuente siempre vuelve al lugar del crimen.

—Tal vez así sea —gruñó saliendo de detrás de la barra y dirigiéndose a la puerta la cual cerró colgando el letrero de “Cerrado” por fuera. En seguida le dijo a Gusano-man:

—Espéreme tantito, ahora vuelvo, disfrute su té.

Fueron unos pocos minutos cuando de la trastienda salió aquel hombre vestido de alacrán, tal cual Internet lo describió. Amalio, es decir Gusano-man, extendió su brazo derecho, el cristalizador, como para tocar a Scorpio 2 si este se acercaba más.

—¿Me buscabas? Pues me has encontrado —gritó, abalanzándose sobre Gusano-man. La mano cristalizadora tocó un brazo del insecto. En efecto éste se cristalizó, pero solo ese brazo, así que Scorpio 2 pudo agarrar a Gusano-man con sus restantes extremidades. Accionó entonces la cola, la cual pasando sobre su cabeza fue a clavarse en el pecho de Gusano-man. Ya inyectaba el letal veneno cuando la puerta de la entrada se abrió. Varios parroquianos de los habituales en La Mala Muerte llegaban buscando la primera cerveza de la tarde, posiblemente ni siquiera vieron el anuncio de Cerrado y empujaron la puerta entrando en tropel. Presenciaron una escena escalofriante, uno de ellos vió caer a Gusano-man, y, casi instintivamente, sacó su teléfono celular y llamó al 911. El hombre sabía algo respecto a Scorpio 2 así que dijo a la operadora:

—Por favor asegúrese que los paramédicos traigan suero anti-alacrán.

Esta petición de hecho salvó la vida de Amalio, quien no volvió a saber de sí mismo hasta que despertó en una cama de la unidad de cuidados intensivos. Con respecto a Scorpio 2, este desapareció tras la cortina que separaba la cantina de su trastienda. Minutos después apareció de nuevo Max:

—¡Hey! ¿Qué ha pasado aquí? Todo está tan revuelto, ¡ojalá y no me cierren la taberna otra vez!

 

Juanita no se despegó de Amalio mientras este estuvo hospitalizado. Cuando el pobre se vio mejor, la novia recalcó:

—Te lo advertí. Es muy peligroso.

—Fue solo el primer round. ¡Ya verá ese infeliz!

 

Si hasta aquí alguien se ha interesado en la historia del nuevo superhéroe Gusano-man, puedo ofrecerles después una continuación donde este aparezca enfrentando supervillanos de la misma calaña de Scorpio 2, como The Shield, Cúprea Cobra y Monstrous de la Sierra.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

En torno a una taza de café

 

En torno a una taza de café

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

I

El viejo sacerdote con su sombrero de paja, camisola de lona y pantalones de mezclilla regaba sus macetas de flores y plantitas suculentas. Usaba una regadera de las que ya no ve uno sino en las películas. El largo corredor entre la iglesia y la casa parroquial aparecía, pues, muy alegre y decorado, el padre había logrado hacer crecer y florecer sus plantas de acuerdo a si eran estas de sol o de sombra. Varios jardineros y jardineras se preguntaban: ¿cómo le hace el padre Antonio para obtener tan buenos resultados? Y ciertamente colibríes y mariposas hacían los honores en aquel tan bien cuidado jardincito.

La mañana transcurría en calma. Casi habiendo terminado de regar sus plantas, el padre notó que a la entrada del corredor, la que daba a la calle, había un hombre que lo observaba.

—Padre Antonio, ¡buenos días!

—¡Buenos!

—Soy José Díaz, padre José. Encargado de las visitas pastorales.

—¡Ya lo veo! Obispo nuevo, nuevos visitadores. Estoy a sus órdenes. Estoy terminando de regar mis flores. Pensaba hacerme un cafecito y después rezar mi breviario.

—¿Comenzó sus labores del día regando sus plantas?

—¡Por supuesto que no! Ya para ahorita dije la misa de siete y confesé a unas cuantas bea… feligreses.

—Iba usted a decir beatas.

—No intenté ser crítico ni burlón.

—Vayamos por ese cafecito.

Los dos sacerdotes caminaron hacia la entrada de la casa parroquial. Pasado el recibidor, cuartito sin más decoración que un cuadro con la imagen de la virgen, penetraron en la cocina. El padre Antonio se encaminó a la cafetera, colocó en ella un filtro de papel y depositó dos cucharadas de café molido sobre él. Tomó entonces la jarrita y la llenó de agua del garrafón que estaba a un lado del mueble sobre el que estaba la cafetera. El padre José se había sentado junto a la mesita de la cocina y observaba cómo el padre Antonio preparaba el café. Después de tantos años haciendo la mismo —pensó— hasta dormido podría hacerse su cafecito. Indudable maestría.

—Dígame padre. ¿Cómo es su vida en esta alejada parroquia?

—¿Qué quiere saber?

—Bueno, seré directo e iré al grano. Al obispo…

—El nuevo obispo.

—Al nuevo obispo, pues. A él le preocupan ciertos rumores. Después de todo, esta parroquia es la más alejada de la catedral metropolitana y hasta se ha dicho, malamente creo, abandonada.

—En efecto, padre José, ha estado abandonada por más de veinte años. Pero dijo usted que sería directo… ¿algo de unos rumores?

—Bueno, es que ha llegado al conocimiento del obispo que se le ha visto a usted entrando en una casa de mala nota.

—En efecto, entró ahí más o menos cada dos o tres meses. Y salgo de ahí otras tantas veces. Es parte de mis visitas pastorales.

—¿Visitas pastorales?

—Así es. Hace un tiempo, de hecho muchos años, me dí cuenta de que las mujeres que laboran ahí no acudían a la iglesia. En mi primera visita, insisto, hace muchos años, me enteré que todas ellas eran católicas, pero que por su ocupación —y lo que de ellas pensaba la gente— no podían asistir a la iglesia y menos los domingos en que el resto del pueblo va a misa. En efecto, prácticamente en todos los cuartos de la casa hay imágenes de santos o de la virgen…

—Y usted conoce todos los cuartos…

—Con el paso del tiempo llegué a conocerlos. Pero le contaba de mi primera visita, que fue la que me movió a continuar mis visitas a la casa.

—¿Qué fue lo que vio usted en esa primera visita?

—Es a lo que voy. Esa vez solo entré a la estancia principal, que es donde los clientes aguardan su turno de ser llamados. Allá al fondo la divisé, era un hermoso cuadro con la imagen de la guadalupana.

—Y me dirá usted que la virgen le habló.

—Casi fue así. Sentí que la virgen me decía “atiende a mis hijas”.

—¿Y de ahí en adelante vuelve usted cada y cuando a ese lugar? Pero dígame, ¿nunca tuvo dudas respecto a si lo que usted hacía era correcto, es decir aceptable para su imagen como ministro de Dios?

—¡Oh si, por supuesto!

—Y ¿qué hizo usted?

—Le escribí al obispo. Al de entonces. Como pidiéndole permiso de hacer mis visitas.

—Y ¿qué pasó?

—El obispo —o su oficina— me contestó que la diócesis no tenía fondos para nuevos proyectos. No estoy seguro de si era una carta de machote, una form letter. Pero no podía interpretarse sino como que si no costaba dinero podía hacerse.

—¿Y qué es lo que hace usted durante esas visitas?

—Reúno a las que estén disponibles y debo decir que muchas hacen el tiempo para la reunión. Rezamos y les leo un pasaje del evangelio. Finalmente, les doy mi bendición.

—¿Y qué más, padre Antonio?

—Bueno, pues siempre me obsequian con una humeante taza de café colombiano, pan de centeno tostado y un platito con tiras de tocino de alta calidad.

—Y supongo que durante ese almuerzo o desayuno usted les inducirá a arrepentirse.

—No es necesario, todas ellas saben perfectamente que lo que hacen no es bien visto. Pero son hijas de Dios también y, después de todo, a nuestro señor Jesucristo también lo criticaban por ser algunos de sus seguidores pecadores y publicanos.

—Ya veo…

—¿Y cómo es que “los rumores“ llegaron al nuevo obispo?

—¡Ay padre Antonio! El mundo se ha hecho pequeño gracias a los teléfonos celulares. Alguno de sus feligreses comentó de sus visitas a alguna de las secretarías del obispado.

—El chisme cibernético pues, ¿y qué debo hacer?

—Me temo que el asunto va más allá. El obispo ha dispuesto cambiarle a usted a un lugar más cercano a él.

—¡Ejecutado antes de ser juzgado! Y trasladado a la casa de retiro donde el nuevo obispo y usted puedan vigilarme de cerca. Y después de cuarenta años aquí…

—Lo sé querido, padre Antonio. Aunque no se precipite, no hemos podido encontrar todavía quién quiera venir a tomar su lugar…

—A quien castigar…

—No precisamente, el señor obispo quiere un sacerdote comprometido.

—Como yo.

—De sólida moral y formación.

—Como yo.

—Y de impecable reputación.

—Como yo antes del chisme. ¡Qué pena!

—Solo queremos que se vaya preparando.

—Lo haré padre José, su café se está enfriando y ni lo ha probado.

 

II
—¿Qué le pasa al padre Antonio? Está muy raro últimamente. Como enfadado, distraído y distante —preguntó a Teo, el sacristán, don Cresencio, próspero comerciante del lugar y amigo del padre Antonio.

—¡Así es! —respondió Teo—. Todos lo hemos notado. Y está así desde que lo visitó un tipo que llegó en un Cadillac negro y conversó con él en la cocina de la casa parroquial.

—Y ¿quién era ese tipo?

—No lo sé. Le pregunté al padre y no quiso decirme. Por su manera de andar ‒deduzco‒ era otro sacerdote. Cuando le pregunté al padre, este cambió el tema como ignorando la pregunta, pero se veía muy molesto. El tipo no estuvo ni siquiera veinte minutos y se marchó. Cuando entré al cuarto, el padre estaba sentado en una de las sillas con la cabeza entre sus manos como si hubiera estado llorando. Noté entonces que sobre la mesa de la cocina había una taza de café sin probar. El padre me dijo ‒algo muy inusual para él‒ “caliéntalo en la microonda y tómatelo tú”. Se paró y se fue.

—¿Y qué hizo entonces?

—No sé. Ya no lo volví a ver sino hasta la misa de las seis. Y ya se veía como lo notó usted.

—Ya le preguntaré yo después, no parece ser ahora mismo el momento adecuado.

Aunque el padre Antonio no dejó saber a nadie el contenido de la conversación que había tenido con el enviado del obispo, el milagro de los teléfonos celulares y el “chisme cibernético” se encargó que en menos de una semana todo el mundo en el pueblo supiera que su amado cura de almas iba a ser removido. Ciertamente el padre no quería revelar la noticia para evitar que sucediera lo que de hecho sucedió. Ya les diría ‒pensó‒ cuando ya sea un hecho y ya esté aquí mi relevo.

—¡No lo permitiremos! —rugía ante los parroquianos de la taberna Julián “el tigre”, un individuo que no se caracterizaba precisamente por su devoción a la Iglesia— Hay que organizarnos para protestar aquí y para ir hasta el palacio episcopal en la capital a exigir ‒no a pedir‒ que no se lleven al padre Antonio.

—¿Y qué diremos? —preguntó uno.
—¡Lo que sea! —respondió el tigre—. Si es preciso que nos haremos todos, en masa, Testigos de Jehová.

—No creo que tal amenaza funcione —dijo otro.

—Tal vez, pero ver a todo el pueblo reunido ante el palacio, obstruyendo el tráfico y haciendo un gran ruido, ciertamente asustará al obispo ese que es nuevo e inexperto.

 

III
—¡Teo, Teo! ¿Qué pasa allá afuera? ¿Qué escándalo es ese?

—No lo sé padre Antonio, es una multitud y quieren que salga usted a verlos.

El padre seguido de su sacristán salió por el corredor de las plantas. En efecto, el atrio, la calle y la placita frente a la iglesia estaban atiborrados de gente. Parece que era todo el pueblo. Un verdadero tumulto. Se veían unos portando pancartas con leyendas que decían: “Señor Obispo: no queremos a otro, déjenos al padre Antonio” y otras más radicales “Queremos que se quede el santo padre Antonio no un nuevo cura pedófilo” o “Si se va el padre Antonio nos haremos Testigos de Jehová” En el centro de la plaza se notaba más moderación, se veían señoras portando estandartes de la Hijas de María y las Servidoras del Altar. El Club Juvenil Padre Toño lanzaba vivas a su mentor mientras que las Damas de la Noche ‒que así se autodenominaban las sexoservidoras del pueblo‒ protestaban solo con su presencia para evitar conflictos. Comerciantes, artesanos y amas de casa también participaban ruidosamente en la protesta. Uno que vociferaba por medio de un megáfono lo pasó al padre, que veía asombrado la multitude, para que les dirigiera la palabra:

—Amados hermanos, hijos míos: primero que nada veo
el gran cariño que me tienen y lo agradezco de todo corazón.
Me doy cuenta de que ustedes se han enterado que están
pensando en cambiarme. Pero deben saber también que
todavía no es un hecho, que buscan a un buen pastor
para que me reemplace pero no lo han encontrado todavía.
Debo pedirles, sin embargo, que si el obispo así lo
determina esa es la voluntad de Dios. Y no debemos ser
radicales: ¿qué es eso de hacerse Testigos de Jehová? O
¿de dónde sacan eso de mi remplazo por un pedófilo?
Vuelvan a sus casas, a sus trabajos, y ya lo dije: acepten
la voluntad de Dios.

El tigre gritó desde en medio de la multitud:

—¡No lo permitiremos! Iremos a la capital a ver al obispo ese y le exigiremos que no nos lo cambien.

La multitud parecía no haber escuchado nada de lo que había dicho el viejo sacerdote. Coreaban al tigre clamando:

—¡Vamos, vamos todos!

—¡A la capital, vamos todos!

El padre, por una parte frustrado y por otra anonadado por la tremenda manifestación de cariño y apoyo por parte de sus feligreses, tomó su bastón y penetró a la iglesia. Cayó entonces en la cuenta de que no iba ahí sino a la casa pero que preso de la emoción había entrado por la primera puerta que se le atravesó que, era la del templo. Una vez adentro, miró la imagen de bulto de la Inmaculada que apenas iluminada por la luz que se filtraba por los vitrales de la iglesia.

—Madre Santísima, ¿qué debo hacer?

Cayó de rodillas en el reclinatorio de la última fila de bancas y esperó ahí, hincado, a que en la calle la multitud se dispersara. El padre Antonio no era malpensado, pero esta vez sí malpensó: el obispo creerá que yo fragüé todo esto. Que fueran a la capital estaba por verse, pero el tumulto que habían armado en el pueblo no dejaba duda de que podían hacerlo. De cualquier manera ya los celulares y el chisme cibernético respecto a lo que había pasado en el pueblo estaría llegando a oídos del padre José y del obispo. ¡Gracias a Dios ‒pensó‒ que ya no se usan las excomuniones! Entonces el viejo sacerdote se quedó dormido.

 

IV
El palacio episcopal lucía radiante, la calzada que llevaba a la puerta principal con sus arbotantes y faroles de estilo colonial. Los últimos que pasaron alguna vez de ser de gas a incandescentes, de ahí a fluorescentes, después de mercurio y finalmente de vapor de sodio. El edificio, un gran cuadrilongo con ventanas ojivales entre góticas y mozárabes, aparecía reluciente después de la limpieza ordenada por el nuevo obispo. Entrando por la puerta principal se encontraba uno en una amplísima estancia la cual estaba excepcionalmente concurrida esa mañana. El nuevo obispo había contratado a una compañía especializada en remodelaciones para acondicionar el primer piso, donde estaban las oficinas de la diócesis, las que despachaban todo tipo de asuntos. Los trabajadores encargados de la obra pululaban entre los visitantes habituales del obispado, aquellos que buscaban anular sus matrimonios, programar una confirmación, cambiar su nombre o simplemente conocer al nuevo obispo. En una oficinita del segundo piso despegado de la conmoción y tumulto reinantes en la planta baja, el obispo recibía al padre José:

—He leído su informe respecto a su visita al padre Antonio. Escribe usted bien. Podría ser usted novelista o guionista de cine.

—Gracias, su excelencia. ¿Y se habrá enterado de lo sucedido ayer en su parroquia?

—Así es padre José, el chisme cibernético como lo ha bautizado el padre Antonio me tiene bien informado. ¡Qué barbaridad! ¡Todo un motín! Tanto ruido por nada. Ya el padre Antonio les ha informado que todavía no hemos hallado un remplazo para su parroquia.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Después de leer su informe mi simpatía por el padre Antonio creció tremendamente. Al punto de que pensé que sería mejor no cambiarlo. Pero al enterarme del tumulto que se armó, creo que no nos debemos dejar intimidar. Por lo pronto me parece lo más prudente es dejar que las aguas vuelvan a su cauce habitual y esperar. Le encargo que siga usted buscando un buen candidato para esa parroquia. ¡Sin prisa por favor!

—Como usted disponga, Excelencia.

—Y escríbale al padre Antonio invitándole a venir a verme, dejándole saber que yo no puedo de momento visitarlo pues estoy muy muy ocupado con mi instalación aquí. Pero ‒esto no lo escriba‒ me gustaría ir con él a tomarme un cafecito colombiano con pan tostado y tocino.

Pero la carta no llegó al padre Antonio. Unos días después del tumulto, Teo, el sacristán, trató de despertarlo en la mañana para que se preparara para celebrar la misa de siete. Pero el padre ya no despertó

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

domingo, 9 de agosto de 2026

Un crimen pluscuamperfecto

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Un crimen pluscuamperfecto

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Los dos detectives ocuparon el lugar de siempre en la taberna La Gaviota, en la calle Diez y seis. Eran el teniente García, un hombrachón excedido de peso que desde cien metros de distancia adivinaba uno que era policía, se diría que “tenía la facha”. El otro, delgadito y de cachucha, gorra de visera y atuendo más de vendedor de enciclopedias que de policía, era el agente Rodríguez. Paranoia o deformación profesional, tenían que situarse en aquel rincón de donde podían ver quien entraba o salía del tugurio.

El cantinero Fidel, un hombre jovial y dicharachero con un mandil que no dejaba duda que era el bar tender, ya les había servido lo de siempre: una cerveza oscura para el teniente García y un ron con canela para el agente Rodríguez.

—¡ Ay paisano! ¿No temes que la canela te haga daño?

—¡Tanto como a ti el lúpulo y el mosto!

No era la primera vez que el uno criticaba la bebida del otro. Tal diálogo se había hecho viejo de tanto repetirlo. Un traguito y la conversación iba a donde siempre: el trabajo.

—¿Tienen ya una pista? —preguntó García.

—¿De la muertita de ayer? Claro, ya agarramos al tipo, ¡un cornudo resentido. Lo de siempre!

—Lo dices como si no fuera la gran cosa.

—Sí. De hecho, comienzo a aburrirme.

—Pues no son casos como los de Poirot —comentó el teniente.

—¿El de Ágatha Christie?

—Ese.

—Pues en nuestra delegación no hay casos así de complicados.

—¿De verdad lo crees? ¿Qué tal los de la carpeta naranja del Capitán Salinas?

—¿Los casos irresueltos cerrados?

—Esos mismos. Habrá algunos que se cerraron por orden superior, pero otros simplemente porque no se pudo encontrar un culpable.

—¿Piensas en alguno en especial?

—Sí, en el de Lamaire Leroy. Siendo tan famosa y tan hermosa, nunca se pudo determinar quién la mató.

—Si. Recuerdo todos los sospechosos eran tan famosos como ella. El principal entre ellos de hecho se libró porque cuando ella fue asesinada él conducía un show en la tele con varios miles de espectadores. Otro estaba en Francia. Un tercero estaba en la cárcel, y así sucesivamente —apuntó Rodríguez asombrando a su superior que no pensó que el agente supiera tanto así de aquel caso.

—Veo que lo sabes todo. Es una lástima que cuando ya nos disponíamos a comenzar las pesquisas nos ordenaran pasarlo a “instancias superiores”.

—Sí, a todos nos dolió el desprecio. Especialmente al Capitán Salinas. Era un caso muy grande como para una delegacioncilla de barriada.

—Pero mira, hablando del rey de Roma cuando le nariz asoma.

En efecto en ese momento el Capitán, tipo atlético y bien parecido, cruzaba el umbral de La Gaviota. En tono jovial se acercó a sus subalternos:

—¿Qué hacen? ¿Resolviendo casos?

—Así es, mi Capitán —respondió García.

—¿Alguno en particular?

—El de Lamaire Leroy.

—¿Y creen que un caso en el cual se gastaron millones de pesos sin llegar a encontrar al culpable pueda resolverse en una conversación de cantina?

—Siempre podemos tartar, mi Capitán. ¿Cómo es que un caso como ese vino a dar a nuestra delegación?

—Muy sencillo: La ciudad creció en esta dirección. La elegante colonia Catedrales Europeas se construyó justo en los límites de nuestro barrio. Por supuesto, bardeada de manera que los mortales común y corrientes no pudiéramos entrar en ella. Ahí fue que Lemaire construyó ‒le construyeron‒ su mansión.

—Así que cuando la mataron el caso nos correspondía a nosotros.

—Sí.

—Entiendo que usted fue quien acudió primero al lugar del crimen cuando la criada encontró a Lemaire degollada —inquirió Rodríguez—. ¿Podría decirnos qué fue lo que encontró?

—¡Uh! ¿Ahora me interrogas?

—Sí, cuéntenos por favor.

Aclarando la garganta como dándose importancia, el Capitán se dispuso a relatar lo que vivió en aquella ocasión:

—¡Una escena difícil de olvidar! Aquella bella mujer, apenas vestida en un negligé de gasa púrpura casi trasparente. ¡Quien dijera que aquel cuerpazo era obra de los cirujanos plásticos! La cortadura en el cuello era una de las más impresionantes que he visto ‒y he visto muchas‒ en toda mi carrera.

—¿Y había alguna cosa irregular? Digo, ¿además del cadáver?

—No. Digo, sí. La ropa interior debajo del negligé. La pantaleta, la llevaba al revés, la cara que lleva la etiqueta se veía a través de la gasa. Pero…

—Eso es muy importante. Una persona como ella nunca se pondría el calzoncillo al revés. Y probablemente tampoco andaría en negligé por la casa. O estaba desnuda cuando la mataron, o la vistieron así para que así la encontraran.

—¿Y a dónde vas con eso?

—A resolver el enigma en esta conversación de cantina, mi Capitán. Se investigaron tres sospechosos. Hombres todos. Y con la información que usted nos ha dado, todo indica que la asesina fue una mujer. Para comenzar, es dudoso que un hombre quisiera destruir tan espectacular fémina. Por eso la herida era diferente de todas las que usted había visto antes. Al ponerle el negligé, la perpetradora sugeriría una sensualidad dirigida a agradar a un amante. Los investigadores supondrían que la pantaleta al revés también apuntaría a un hombre, esta vez uno que apresuradamente ocultaba su delito. ¿Por qué haría el asesino ‒la asesina‒ eso? Pues para alejar la sospecha de ella misma.

—¡Interesante! ¿Algo más?

—Los sospechosos que fueron investigados, lo fueron porque se supo que algo habían tenido que ver con ella, ¿cierto? Y ese algo, que era suficiente que la policía los investigara por supuesto, lo era también para que las esposas o amantes de los sospechosos ardieran de celos. Así las cosas, la amante o esposa del que estaba en la cárcel es una candidata poco probable. Si era una cuestión de celos, eran celos antiguos. Del que andaba en Francia, probablemente la mujer lo acompañaba. Queda uno, el del show en la tele, y una probable amante o esposa celosa, ahí es que hay que buscar.

—Pero estas sugiriendo que la asesina es…

—¡Exactamente! ¿Ve que una discusión de cantina vale más que peritajes de millones?

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.