En
torno a una taza de café
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
I
El viejo sacerdote con su sombrero de paja, camisola de lona y pantalones
de mezclilla regaba sus macetas de flores y plantitas suculentas. Usaba una
regadera de las que ya no ve uno sino en las películas. El largo corredor entre
la iglesia y la casa parroquial aparecía, pues, muy alegre y decorado, el padre
había logrado hacer crecer y florecer sus plantas de acuerdo a si eran estas de
sol o de sombra. Varios jardineros y jardineras se preguntaban: ¿cómo le hace
el padre Antonio para obtener tan buenos resultados? Y ciertamente colibríes y
mariposas hacían los honores en aquel tan bien cuidado jardincito.
La mañana transcurría en calma. Casi habiendo terminado de regar sus
plantas, el padre notó que a la entrada del corredor, la que daba a la calle,
había un hombre que lo observaba.
—Padre Antonio, ¡buenos días!
—¡Buenos!
—Soy José Díaz, padre José. Encargado de las visitas pastorales.
—¡Ya lo veo! Obispo nuevo, nuevos visitadores. Estoy a sus órdenes. Estoy
terminando de regar mis flores. Pensaba hacerme un cafecito y después rezar mi
breviario.
—¿Comenzó sus labores del día regando sus plantas?
—¡Por supuesto que no! Ya para ahorita dije la misa de siete y confesé a
unas cuantas bea… feligreses.
—Iba usted a decir beatas.
—No intenté ser crítico ni burlón.
—Vayamos por ese cafecito.
Los dos sacerdotes caminaron hacia la entrada de la casa parroquial. Pasado el
recibidor, cuartito sin más decoración que un cuadro con la imagen de la
virgen, penetraron en la cocina. El padre Antonio se encaminó a la cafetera,
colocó en ella un filtro de papel y depositó dos cucharadas de café molido
sobre él. Tomó entonces la jarrita y la llenó de agua del garrafón que estaba a
un lado del mueble sobre el que estaba la cafetera. El padre José se había
sentado junto a la mesita de la cocina y observaba cómo el padre Antonio
preparaba el café. Después de tantos años haciendo la mismo —pensó— hasta
dormido podría hacerse su cafecito. Indudable maestría.
—Dígame padre. ¿Cómo es su vida en esta alejada parroquia?
—¿Qué quiere saber?
—Bueno, seré directo e iré al grano. Al obispo…
—El nuevo obispo.
—Al nuevo obispo, pues. A él le preocupan ciertos rumores. Después de
todo, esta parroquia es la más alejada de la catedral metropolitana y hasta se
ha dicho, malamente creo, abandonada.
—En efecto, padre José, ha estado abandonada por más de veinte años. Pero
dijo usted que sería directo… ¿algo de unos rumores?
—Bueno, es que ha llegado al conocimiento del obispo que se le ha visto a
usted entrando en una casa de mala nota.
—En efecto, entró ahí más o menos cada dos o tres meses. Y salgo de ahí
otras tantas veces. Es parte de mis visitas pastorales.
—¿Visitas pastorales?
—Así es. Hace un tiempo, de hecho muchos años, me dí cuenta de que las
mujeres que laboran ahí no acudían a la iglesia. En mi primera visita, insisto,
hace muchos años, me enteré que todas ellas eran católicas, pero que por su
ocupación —y lo que de ellas pensaba la gente— no podían asistir a la iglesia y
menos los domingos en que el resto del pueblo va a misa. En efecto,
prácticamente en todos los cuartos de la casa hay imágenes de santos o de la
virgen…
—Y usted conoce todos los cuartos…
—Con el paso del tiempo llegué a conocerlos. Pero le contaba de mi
primera visita, que fue la que me movió a continuar mis visitas a la casa.
—¿Qué fue lo que vio usted en esa primera visita?
—Es a lo que voy. Esa vez solo entré a la estancia principal, que es
donde los clientes aguardan su turno de ser llamados. Allá al fondo la divisé,
era un hermoso cuadro con la imagen de la guadalupana.
—Y me dirá usted que la virgen le habló.
—Casi fue así. Sentí que la virgen me decía “atiende a mis hijas”.
—¿Y de ahí en adelante vuelve usted cada y cuando a ese lugar? Pero
dígame, ¿nunca tuvo dudas respecto a si lo que usted hacía era correcto, es
decir aceptable para su imagen como ministro de Dios?
—¡Oh si, por supuesto!
—Y ¿qué hizo usted?
—Le escribí al obispo. Al de entonces. Como pidiéndole permiso de hacer
mis visitas.
—Y ¿qué pasó?
—El obispo —o su oficina— me contestó que la diócesis no tenía fondos
para nuevos proyectos. No estoy seguro de si era una carta de machote, una form
letter. Pero no podía interpretarse sino como que si no costaba dinero podía
hacerse.
—¿Y qué es lo que hace usted durante esas visitas?
—Reúno a las que estén disponibles y debo decir que muchas hacen el
tiempo para la reunión. Rezamos y les leo un pasaje del evangelio. Finalmente,
les doy mi bendición.
—¿Y qué más, padre Antonio?
—Bueno, pues siempre me obsequian con una humeante taza de café
colombiano, pan de centeno tostado y un platito con tiras de tocino de alta
calidad.
—Y supongo que durante ese almuerzo o desayuno usted les inducirá a
arrepentirse.
—No es necesario, todas ellas saben perfectamente que lo que hacen no es
bien visto. Pero son hijas de Dios también y, después de todo, a nuestro señor
Jesucristo también lo criticaban por ser algunos de sus seguidores pecadores y
publicanos.
—Ya veo…
—¿Y cómo es que “los rumores“ llegaron al nuevo obispo?
—¡Ay padre Antonio! El mundo se ha hecho pequeño gracias a los teléfonos
celulares. Alguno de sus feligreses comentó de sus visitas a alguna de las
secretarías del obispado.
—El chisme cibernético pues, ¿y qué debo hacer?
—Me temo que el asunto va más allá. El obispo ha dispuesto cambiarle a
usted a un lugar más cercano a él.
—¡Ejecutado antes de ser juzgado! Y trasladado a la casa de retiro donde
el nuevo obispo y usted puedan vigilarme de cerca. Y después de cuarenta años
aquí…
—Lo sé querido, padre Antonio. Aunque no se precipite, no hemos podido
encontrar todavía quién quiera venir a tomar su lugar…
—A quien castigar…
—No precisamente, el señor obispo quiere un sacerdote comprometido.
—Como yo.
—De sólida moral y formación.
—Como yo.
—Y de impecable reputación.
—Como yo antes del chisme. ¡Qué pena!
—Solo queremos que se vaya preparando.
—Lo haré padre José, su café se está enfriando y ni lo ha probado.
II
—¿Qué le pasa al padre Antonio? Está muy raro últimamente. Como enfadado,
distraído y distante —preguntó a Teo, el sacristán, don Cresencio, próspero
comerciante del lugar y amigo del padre Antonio.
—¡Así es! —respondió Teo—. Todos lo hemos notado. Y está así desde que lo
visitó un tipo que llegó en un Cadillac negro y conversó con él en la cocina de
la casa parroquial.
—Y ¿quién era ese tipo?
—No lo sé. Le pregunté al padre y no quiso decirme. Por su manera de
andar ‒deduzco‒
era otro sacerdote. Cuando le pregunté al padre, este cambió el tema como
ignorando la pregunta, pero se veía muy molesto. El tipo no estuvo ni siquiera
veinte minutos y se marchó. Cuando entré al cuarto, el padre estaba sentado en
una de las sillas con la cabeza entre sus manos como si hubiera estado
llorando. Noté entonces que sobre la mesa de la cocina había una taza de café
sin probar. El padre me dijo ‒algo muy
inusual para él‒ “caliéntalo en la microonda
y tómatelo tú”. Se paró y se fue.
—¿Y qué hizo entonces?
—No sé. Ya no lo volví a ver sino hasta la misa de las seis. Y ya se veía
como lo notó usted.
—Ya le preguntaré yo después, no parece ser ahora mismo el momento
adecuado.
Aunque el padre Antonio no dejó saber a nadie el contenido de la conversación
que había tenido con el enviado del obispo, el milagro de los teléfonos
celulares y el “chisme cibernético” se encargó que en menos de una semana todo
el mundo en el pueblo supiera que su amado cura de almas iba a ser removido.
Ciertamente el padre no quería revelar la noticia para evitar que sucediera lo
que de hecho sucedió. Ya les diría ‒pensó‒ cuando ya sea un hecho y ya esté aquí mi relevo.
—¡No lo permitiremos! —rugía ante los parroquianos de la taberna Julián
“el tigre”, un individuo que no se caracterizaba precisamente por su devoción a
la Iglesia— Hay que organizarnos para protestar aquí y para ir hasta el palacio
episcopal en la capital a exigir ‒no a pedir‒ que no se lleven al padre Antonio.
—¿Y qué diremos? —preguntó uno.
—¡Lo que sea! —respondió el tigre—. Si es preciso que nos haremos todos, en
masa, Testigos de Jehová.
—No creo que tal amenaza funcione —dijo otro.
—Tal vez, pero ver a todo el pueblo reunido ante el palacio, obstruyendo
el tráfico y haciendo un gran ruido, ciertamente asustará al obispo ese que es
nuevo e inexperto.
III
—¡Teo, Teo! ¿Qué pasa allá afuera? ¿Qué escándalo es ese?
—No lo sé padre Antonio, es una multitud y quieren que salga usted a
verlos.
El padre seguido de su sacristán salió por el corredor de las plantas. En
efecto, el atrio, la calle y la placita frente a la iglesia estaban atiborrados
de gente. Parece que era todo el pueblo. Un verdadero tumulto. Se veían unos
portando pancartas con leyendas que decían: “Señor Obispo: no queremos a otro,
déjenos al padre Antonio” y otras más radicales “Queremos que se quede el santo
padre Antonio no un nuevo cura pedófilo” o “Si se va el padre Antonio nos
haremos Testigos de Jehová” En el centro de la plaza se notaba más moderación,
se veían señoras portando estandartes de la Hijas de María y las Servidoras del
Altar. El Club Juvenil Padre Toño lanzaba vivas a su mentor mientras que las Damas
de la Noche ‒que así se autodenominaban las
sexoservidoras del pueblo‒ protestaban solo
con su presencia para evitar conflictos. Comerciantes, artesanos y amas de casa
también participaban ruidosamente en la protesta. Uno que vociferaba por medio
de un megáfono lo pasó al padre, que veía asombrado la multitude, para que les
dirigiera la palabra:
—Amados hermanos, hijos míos: primero que nada veo
el gran cariño que me tienen y lo agradezco de todo corazón.
Me doy cuenta de que ustedes se han enterado que están
pensando en cambiarme. Pero deben saber también que
todavía no es un hecho, que buscan a un buen pastor
para que me reemplace pero no lo han encontrado todavía.
Debo pedirles, sin embargo, que si el obispo así lo
determina esa es la voluntad de Dios. Y no debemos ser
radicales: ¿qué es eso de hacerse Testigos de Jehová? O
¿de dónde sacan eso de mi remplazo por un pedófilo?
Vuelvan a sus casas, a sus trabajos, y ya lo dije: acepten
la voluntad de Dios.
El tigre gritó desde en medio de la multitud:
—¡No lo permitiremos! Iremos a la capital a ver al obispo ese y le
exigiremos que no nos lo cambien.
La multitud parecía no haber escuchado nada de lo que había dicho el
viejo sacerdote. Coreaban al tigre clamando:
—¡Vamos, vamos todos!
—¡A la capital, vamos todos!
El padre, por una parte frustrado y por otra anonadado por la tremenda
manifestación de cariño y apoyo por parte de sus feligreses, tomó su bastón y
penetró a la iglesia. Cayó entonces en la cuenta de que no iba ahí sino a la
casa pero que preso de la emoción había entrado por la primera puerta que se le
atravesó que, era la del templo. Una vez adentro, miró la imagen de bulto de la
Inmaculada que apenas iluminada por la luz que se filtraba por los vitrales de
la iglesia.
—Madre Santísima, ¿qué debo hacer?
Cayó de rodillas en el reclinatorio de la última fila de bancas y esperó
ahí, hincado, a que en la calle la multitud se dispersara. El padre Antonio no
era malpensado, pero esta vez sí malpensó: el obispo creerá que yo fragüé todo
esto. Que fueran a la capital estaba por verse, pero el tumulto que habían
armado en el pueblo no dejaba duda de que podían hacerlo. De cualquier manera
ya los celulares y el chisme cibernético respecto a lo que había pasado en el
pueblo estaría llegando a oídos del padre José y del obispo. ¡Gracias a Dios ‒pensó‒ que ya
no se usan las excomuniones! Entonces el viejo sacerdote se quedó dormido.
IV
El palacio episcopal lucía radiante, la calzada que llevaba a la puerta
principal con sus arbotantes y faroles de estilo colonial. Los últimos que
pasaron alguna vez de ser de gas a incandescentes, de ahí a fluorescentes,
después de mercurio y finalmente de vapor de sodio. El edificio, un gran
cuadrilongo con ventanas ojivales entre góticas y mozárabes, aparecía
reluciente después de la limpieza ordenada por el nuevo obispo. Entrando por la
puerta principal se encontraba uno en una amplísima estancia la cual estaba
excepcionalmente concurrida esa mañana. El nuevo obispo había contratado a una
compañía especializada en remodelaciones para acondicionar el primer piso,
donde estaban las oficinas de la diócesis, las que despachaban todo tipo de
asuntos. Los trabajadores encargados de la obra pululaban entre los visitantes
habituales del obispado, aquellos que buscaban anular sus matrimonios,
programar una confirmación, cambiar su nombre o simplemente conocer al nuevo
obispo. En una oficinita del segundo piso despegado de la conmoción y tumulto
reinantes en la planta baja, el obispo recibía al padre José:
—He leído su informe respecto a su visita al padre Antonio. Escribe usted
bien. Podría ser usted novelista o guionista de cine.
—Gracias, su excelencia. ¿Y se habrá enterado de lo sucedido ayer en su
parroquia?
—Así es padre José, el chisme cibernético como lo ha bautizado el padre
Antonio me tiene bien informado. ¡Qué barbaridad! ¡Todo un motín! Tanto ruido
por nada. Ya el padre Antonio les ha informado que todavía no hemos hallado un
remplazo para su parroquia.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Después de leer su informe mi simpatía por el padre Antonio creció
tremendamente. Al punto de que pensé que sería mejor no cambiarlo. Pero al
enterarme del tumulto que se armó, creo que no nos debemos dejar intimidar. Por
lo pronto me parece lo más prudente es dejar que las aguas vuelvan a su cauce
habitual y esperar. Le encargo que siga usted buscando un buen candidato para
esa parroquia. ¡Sin prisa por favor!
—Como usted disponga, Excelencia.
—Y escríbale al padre Antonio invitándole a venir a verme, dejándole
saber que yo no puedo de momento visitarlo pues estoy muy muy ocupado con mi
instalación aquí. Pero ‒esto no lo escriba‒ me gustaría ir con él a tomarme un cafecito
colombiano con pan tostado y tocino.
Pero la carta no llegó al padre Antonio. Unos días después del tumulto,
Teo, el sacristán, trató de despertarlo en la mañana para que se preparara para
celebrar la misa de siete. Pero el padre ya no despertó
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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