Árboles
Por Guadalupe Ángeles
…digamos entonces que el fruto es el árbol, aunque orbite en relación a
lo profundo de la raíz. Digamos que la sabia es el árbol, aunque sea lo que por
sus venas va. Así, ser la parte y el todo. Porque el árbol es también ataúd y
puerta, y eso no lo hace menos fruto, porque ser rama es también ser bosque. ¿Qué
otro nombre para designar el arte de quien creó todo lugar y su distancia?
Porque ser árbol es también ser terrón de tierra nutricia, por el arte
de ser dulzura de fruto disuelta en la lengua del ser cuyas raíces descienden
hacia lo profundo, donde ser árbol y humano es lo mismo que ser arte y objeto,
debido a la maquinaria perfecta de saberse (con el pensamiento) nube y lluvia,
invierno y todas y cada una de las hojas que el viento dispersa sobre la tierra,
donde las ovejas pacen, donde las lombrices deshacen sus cuerpos al
transformarse en alimento de raíces.
“Esa sal soy”, dice también el vapor que va del mar hacia el ala de la
gaviota, en cuyo vuelo el ojo humano ve la posibilidad de asirse a un algo
indeterminado que, a falta de mejor nombre,
llama: “libertad” y en ese
concepto basa su idea de existir debajo de toda nube, sobre la tierra, aunque
conoce también el hecho de que reposará, llegado el día, bajo la tierra y
aprenderá tal vez a ser raíz, terrón de tierra, dulzura de fruto, sombra de
árbol.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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