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Addendum para el Quijote
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
El historiador Hilario Armendáriz de la Villa estaba pasmado ante aquel
documento que había caído en sus manos. Sin duda era antiguo, escrito en árabe.
Pudo traducirlo con ayuda de un traductor electrónico que le proporcionó una
versión castellana, no muy buena, pero que pudo pulir con la ayuda de Abdul, un
muchacho marroquí, alumno suyo.
El profesor Hilario estudiaba un par de cuartillas de papel de
computadora que sostenía en la mano derecha, mientras que Abdul hacía lo propio
con el pliego escrito en una caligrafía arábiga nasji impecable. Sobre la mesa
se veía una caja con el interior forrado de terciopelo negro en la que según el
anticuario que vendió el manuscrito había contenido el manuscrito por
cuatrocientos años.
—¡Habdulilá! —exclamó Abdul compartiendo la emoción de su maestro.
—¡Sí, es increíble! Esta es la última redacción. Déjame leértela y dime
si crees que algo todavía necesita cambiarse —replicó el profesor mirando a
través de sus gruesas gafas a su alumno, mientras tomaba un sorbo de agua y
poniéndose de pie comenzaba a leer:
—Sin duda lo firma Cide Hamete Benenheli y dice al principio: “Para ser
insertado entre el capítulo ‘Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo
en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento …’ y ‘la
desgraciada aventura de los yangüenses’
“Desde lejos habían avistado un bosquecillo, justo al pie de una de las
sierras que rodean la llanura. Unas cuantas encinas, no muy altas o
impresionantes cual corresponde a un lugar poco favorecido por las lluvias
ocasionales que ahí llegaban a caer. Pero daban una sombra en la cual podrían
descansar después de todo un día bajo el implacable sol manchego. Una de las
encinas tenía una rama colgante que el hidalgo encontró adecuada para colgar el
peto y espaldar de su armadura. Sancho pronto encontró una piedra donde
sentarse y así de rápido se dispuso a desatar un bultito que llevaba y del cual
surgieron un trozo de longaniza, una barra de pan, un frasco de boca ancha con
habichuelas y un par de taleguillas probablemente conteniendo sal y pimienta.
—Hagamos una fogata para calentar las habichuelas y la longaniza —dijo
Sancho anticipándose a preparar su frugal banquete.
“Miró de reojo a su amo que se despojaba de las grebas, piezas de la
armadura que protegen las piernas. “Debe estar muy cansado —pensó— pues no se
las quita ni para dormir” En efecto, lo único que lo identificaba ahora como un
caballero andante era la espada que pendía de su cinturón y aquel curioso yelmo
que si uno lo examinaba con atención caería en la cuenta de que se trataba de
una bacía de barbero.
“Se dispuso entonces el fiel escudero a recoger y apilar ramitas de
encino que yacían cerca de ellos bajo la misma sombra. Luego sacó del bolsillo
de su camisa un eslabón de hierro, un trozo de pedernal y una bolsita
conteniendo yesca. Con una habilidad impresionante y siendo observado con
curiosidad por don Quijote encendió el fuego. Pronto sacaría de lo que quedaba
de su atado una ollita de metal en la cual vació las habichuelas.
“Mientras tanto Don Quijote ya aligerado de su pesada armadura paseaba
entre las encinas. De pronto dio un salto hacia atrás y desenvainó la espada
apuntándola hacia el suelo frente a él. Desde donde estaba Sancho no podía ver
de que se trataba, así es que se puso de pie y se acercó a su amo. Siguió con
la vista la espada y ahí casi a punto de ser ensartada la vió: una verde
lagartija.
—¡Mirad Sancho un dragón!
—¡Por Dios mi señor! Es una lagartija.
—¡Así lo hacen parecer los encantadores!
—¡Otra vez como los molinos de viento!
“Como que al hidalgo no le gustó el comentario. La conversación espantó
al reptil el que desapareció bajo una piedra.
—¿Lo veis Sancho? Tan pronto supimos lo que era realmente, el dragón
desapareció. Pareciera que no había pasado nada.
—Las habichuelas y la longaniza nos esperan.
Aunque satisfecho del resultado de su colaboración en la traducción de
aquel documento, el muchacho marroquí parecía, por una parte, no entender el
alcance que pudiera tener aquella breve historia y, por otra, advertía cierto
miedo en la voz de su maestro y así se lo manifestó. A lo que él respondió:
—La importancia de este pasaje —dijo aclarándose la garganta y asumiendo
el tono más doctoral posible— es que mientras los libros de caballerías que
volvieron loco al Quijote hablan abundantemente de los dragones, Cervantes no
los menciona ni una sola vez en su obra. Cierto que esta ausencia ya había sido
notada y que incluso alguien escribiò algo para subsanarla, pero este relato
que te acabo de leer, si es que no es espurio, es el primero que nos llega de
la fuente primaria del Quijote.
Ciertamente creer que una lagartija es un dragón y que lo que ven sus
sentidos es una distorsión causada por encantamiento no es tan impresionante
como el de confundir los molinos de viento con gigantes y sin embargo es el
mismo síntoma de la misma enfermedad.
Pero tienes razón, tengo miedo de la reacción de la comunidad de
historiadores, literatos, lingüistas y cervantistas en general, ya los oigo
decir: “Cide Hamete Benengeli es una creación de la mente de Cervantes, nunca
existió en realidad. No pudo haber escrito ese manuscrito que nos muestras”. No
creo que ninguno de ellos esté dispuesto. a aceptar que sí existió. Otros se
resistirán a cambiar nada del libro como está ahora
“Es innecesario” —dirán— “No añade nada “
Y por supuesto, sabiendo que estas muy posiblemente serán las respuestas
seré tratado como un charlatán. Por ello antes de dar a conocer nuestro
hallazgo haré llegar el documento a un experto en datación con carbono 14 para
verificar la antigüedad del mismo. También le pediré —y no te ofendas por
favor— a un experto en documentos árabes de la época para determinar si las
palabras y estilo empleado son de esa época.
—Ya veo, no es tan fácil.
—No, no lo es.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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