viernes, 5 de junio de 2026

Morir

 

Morir

 

Por Guadalupe Ángeles

 

En algún momento pensó que él podría matarla. ¿Y cómo pensar algo distinto? Se muere de muchas formas: desaparecer como agua en sal, reducirse a la mínima expresión de lo que antes fuimos con gloria.

     Ella le dio todo lo que vino a pedirle y más. ¿Acaso solo por la imagen que les devolvía el espejo? Espejos por todas partes no serían suficientes. Invocar la muerte no hubiera venido al caso si simplemente hubieran escapado. Pero ella era de otra estirpe, solo los simples acuden a la huida, solo los atormentados coleccionan heridas.

     “Imagina la vida sin mí”, le decía su sonrisa que jugaba con matices que iban de la burla a la seducción. Atraer desgracias era muy sencillo entonces. Si era posible atravesar los días escuchando música y nada más, ¿por qué desear beber paisajes insinuados en miradas pretendidamente francas?

      ¿Qué era ese laberinto dibujado en el dorso de su mano?

      Nadie amará de esa manera, nadie nunca con ese fervor. “Ven, leeré en tu mano nuestra desgracia” (parecía decirle con cada abrazo). Ella se dejaba hacer como quien desea morir bajo la lluvia.

      Un antes y un después no era posible, inmersos como estaban en un magma semejante a lava hecho de pena pura por no ser sin fisuras ni tiempo.

       Irse. No. Imposible dejar de ser lo que se era, “¿qué cosa sería sin la luz de nuestra ceguera?”

            Ambos se reconocieron al verse “como cuando el hambre se encuentra con las ganas de comer”, ¿o cómo era? ¿quién fagocita a quién? Ni siquiera fue un fallido cuento de hadas para insomnes. Ella tenía el mar y se lo daría, aun cuando él fingiera negarse a aceptarlo. Dar y recibir, ¿una sonrisa?, ¿una broma de mal gusto? Se trataba sobre todo de sembrar la incógnita. De reír disimulando ver hacia otra parte.

        Ellos reían, se tomaban a broma porque en verdad no había otra posibilidad. Inmolarse a la gracia del instante, a eso estaban llamados, de negarse, una mueca les deformaría el rostro o el dulce sopor de los ansiolíticos los salvaría de sí mismos, de su hambre de vida, en medio de la cual habrían de sucumbir.

       Habitó la danza, cerró los ojos. Y aunque a su alrededor respiraran, todos los demás desaparecieron, solo fue ella y la música, su cuerpo. Incendiarse en esa danza lo era todo, lo que pasara después carece de importancia.

       No hay mucho más qué decir: tener el mar, regalarse, fingir, apenas escenarios posibles, y tras ello, en la base de todo, una única certeza: morir.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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