Como dice la canción esa
Por Guadalupe Ángeles
—Pásale —me dijo con el rostro lívido.
—Gracias —contesté. Era la primera vez que
hacía algo así.
—Te llamé porque me sentí identificada
contigo —agregó amablemente.
—Pues sí, mexicanas ambas —respondí, algo
apenada.
—Más que eso, creo que somos más o menos de
la misma edad.
Fue así como empezó una relación entre
nosotras que fue más allá de lo que se podía esperar entre personas que se
encuentran debido a una situación pragmática, útil para ambas. Empecé a ir dos
veces por semana, el trabajo no era distinto al que podría haber hecho en mi
propia casa, solo que...
Días después de nuestro primer encuentro,
ella empezó a quedarse cerca cuando yo ya casi terminaba, y me ofrecía un café,
o un refresco (dependiendo del clima).
—No tendrás que irte de inmediato —preguntó
con una mirada algo tímida.
—No, claro que no, voy a esperar a que baje
un poco el sol, no pienso ir a rostizarme ahora mismo —afirmé con una sonrisa
sincera. Pensé que se sentiría sola el país, sin tener con quien conversar.
—Perfecto, mira, conseguí unas galletas
buenísimas y el agua de piña te quedó genial —respondió de inmediato y nos
sentamos en la cocina como viejas amigas.
—Ernesto, mi esposo, ya sabes, me trajo aquí
cuando éramos muy jóvenes y, te dará risa, pero me creí que sería su reina
hasta que la muerte nos separara, como dice la canción esa que te dice con una
gran sonrisa el sacerdote cuando te casas. Ahora me río de acordarme, pues
apenas llegamos, los negocios, decía, le tomaban un montón de horas, yo me
dediqué a la casa y vinieron los hijos, ya ves, uno no sabe en lo que se mete
cuando los tiene, pero bueno, de alguna forma, imaginé que serían un buen pretexto
para que le dieran ganas de venir a la casa.
Error.
Los niños ya crecieron y ni modo que le diga
que hay que juntarnos para ver ahora cómo los nietos les hacen la vida a ellos,
en fin, no digo que haya sido totalmente una equivocación, al contrario. Cuando
mi hija la grande nació, lo supe, ella fue el mejor error que he tenido, con solo
verla, sentí más que saber, que seríamos un equipo maravilloso.
Lo somos.
Pero Ernesto, ni siquiera en la banca está,
no juega con nosotros, él prefiere el futbol. O quizá otros deportes más
peligrosos, como tener sexo sin condón. Las vergüenzas que me ha hecho pasar
con el ginecólogo, tantas, que preferí, al paso de los años ir con doctoras,
ellas no me juzgan, y si lo hacen, no me importa demasiado. Supongo que tiene
que ver con lo que nos enseñaron, o lo que me enseñó mi hija cuando nació: Si
una mujer tiene que saber tus secretos, ella tendrá otros que equilibren la
cosa. Y bueno.
El color del cielo, que miramos ambas a un
tiempo, iba ya decidiéndose a ser plena noche, ya de seguro el calor no me
rostizaría de camino a casa, al menos eso. La ligera sonrisa en que se
distendieron sus facciones mi hizo sentir que de alguna forma a mí también me
hizo sentir bien la conversación.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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