lunes, 22 de junio de 2026

La traición del dragón barbudo

 

Diseño gráfico: Karly S. Aguirre

La traición del dragón barbudo

 

Por Karly S. Aguirre

 

Yo le decía mi dragón barbudo de cariño. Tenía una barba escasa, cerdas negras y gruesas sobresalían de su piel como si fueran espinas de un cactus. Me recordaba a esos reptiles simpáticos que muchos tienen como mascotas y los comparan con perros porque son muy vivarachos, dragones barbudos. Su foto de perfil estaba editada con inteligencia artificial donde la barba se veía abundante, el cabello hasta los hombros y tenía una expresión en el rostro de chico rudo frunciendo el ceño, tenía un aire atractivo y sexy. Era la misma fotografía que usaba cuando comenzamos a salir. Me enamoré de él por esa imagen.

Con el tiempo entendí que aquella fotografía era una advertencia de todo lo que vendría después. Así como la imagen no era real, tampoco lo fueron su amor, su lealtad ni la versión de sí mismo que me mostró.

Las respuestas que me parecían ingeniosas y brillantes no siempre eran suyas. Muchas veces eran palabras recicladas de otras mujeres con las que había salido antes y posiblemente algunas con las que seguía coqueteando. Incluso comenzó a apropiarse de cosas que yo misma le había contado: datos curiosos sobre astrología, literatura o arte que después repetía con precisión. Siempre empezaba de la misma manera:

—Leí en algún lado que...

Y entonces procedía a contar algo que yo le había compartido apenas unos días antes.

Ahora entiendo que me enamoré de su potencial, igual que me enamoré de aquella fotografía. No me enamoré del Fernando real que conocí en persona, sino de la versión idealizada que construí en mi mente. Permanecí ahí por lo que imaginaba que podía llegar a ser, y no por quien realmente era: Un mentiroso patológico que desde el principio me engañó con todas las mujeres que pudo.

Al inicio de la relación me sentía segura y amada. Incluso las cosas que después se convertirían en señales de alarma me parecían virtudes. Tenía varias amigas mujeres, algo que interpreté como una buena señal. Pensé que era un hombre capaz de relacionarse con las mujeres desde la amistad, y no únicamente desde el deseo sexual o el interés romántico. También me sentía elegida y sexy, porque él había estudiado la licenciatura en la Facultad de Ciencias de la Cultura Física y trabajaba dando clases de natación, así que estaba rodeado constantemente de mujeres atractivas, atléticas y con cuerpos hermosos y, pudiendo elegir entre todas ellas, me había escogido a mí.

Pero no me eligió por mis sentimientos puros, mi excelentes valores o mi gran personalidad, me eligió porque yo era ingenua y él sabía que podía manipularme. Mientras me hacía sentir especial, seguía utilizando aplicaciones de citas. Buscaba mujeres en redes sociales, repartía likes y era incapaz de dejar de buscar la atención femenina. Yo bromeaba diciendo que era el "Sigue Morras 3000", porque daba "me gusta" a todas y cada una de las mujeres que seguía en Instagram. Curiosamente, cuando yo publicaba algo, nunca aparecía en su feed. Esa era su explicación. Después esa broma dejó de ser divertida y se lo decía como reclamo: “Maldito sigue morras 3000”.

Descubrí que seguía buscando a su exnovia cuando ya estaba conmigo. Supe que le había comprado un microondas con su beca del CONACYT cuando nosotros ya llevábamos varios meses saliendo. También supe que aprovechó la entrega de ese regalo para verla, desayunar juntos y reencontrarse íntimamente.

Había más historias, más mujeres. Una mujer mayor era su favorita, ella andaba cerca de la tercera edad y ya era madre de tres hijos cercanos a nuestra edad. Y después estaba su compañera de trabajo, la mujer a la que abrazaba por sorpresa, a la que también a su pequeño hijo llenaba dulces y regalos, y con la que encontraba excusas para compartir momentos de una intimidad física dentro del trabajo, sin contar que todo el mundo ya rumoraba que se traían algo y que pronto me lo harían saber con fotografías incluidas.

Yo sospechaba de todo aquello mucho antes de tener evidencias. Durante mucho tiempo me convencí de que estaba tratando de encontrar la verdad, pero ahora entiendo que la verdad ya la conocía. Lo que buscaba desesperadamente era estar equivocada y no tener que admitir que mi dragón barbudo me había traicionado y enfrentarme al dolor y al duelo que vienen siempre con estas decepciones.

Quería encontrar una explicación inocente para todo, pero solo encontré una amante tras otra, pues las amantes son como las cucarachas, una vez que encuentras una, seguramente hay cien más ocultas que aún no has visto.

Aquellos engaños me convirtieron, sin que yo lo supiera, en la burla de quién sabe cuántas mujeres. Muchas de ellas conocían mi existencia porque él me tenía en su foto de perfil en todas sus redes sociales. Yo estaba ahí, exhibida como la novia oficial, mientras él seguía buscando unos labios carnosos donde poder remojarla un rato.

Después de que descubrí todo, él, por supuesto, eligió el papel de víctima. El muy sinvergüenza me hizo hacerme quedar como la villana frente a sus amigos y su familia. Publicaba mensajes lastimeros en Facebook, frases sobre el sufrimiento y la superación personal, como si él fuera quien hubiera salido herido de la relación. Le convenía controlar la narrativa y usar mis reclamos y mi versión de cuando finalmente enloquecí para justificarse y asumirse frente a todos como el ofendido.

Durante los primeros meses después de la ruptura estuve devastada. Lloré la pérdida de alguien a quien amé, de alguien que de algún modo había muerto. Pero ahora, un año después, me siento feliz de haberme librado de aquel lagartijo malvado que poco a poco me había invadido con su manipulación hasta las entrañas. Porque mientras intentaba justificar sus mentiras, mientras buscaba explicaciones para sus contradicciones y me convencía de que yo era el problema, fui perdiéndome a mí misma. Dejé de cantar. Dejé de leer. Dejé de escribir. Dejé de bailar. Dejé de reír con esa alegría que se siente nacer desde el estómago. Lo único que me quedaba era fingir una sonrisa que terminaba por dolerme más que el llanto.

Nunca debí esperar ser amada por alguien que no se amaba ni siquiera a sí mismo, pues Fernando se comía la comida que se le caía el piso, como una bestia, siempre se reabría las costras de las picaduras de mosquito que se rascaba. Me había contado que su madre nunca le dio palabras ni muestras de cariño cuando era niño y mucho menos de adulto, eso explicaba lo de buscar a toda costa aprobación femenina. Comer del suelo era porque se sabía indigno y rascarse las costras porque le gustaba mantener la herida abierta para poder seguir justificando sus porquerías con sus malos ratos de la infancia y así seguir siendo una víctima de un modo u otro.

Mis amigos y mi familia me arroparon ante aquel dolor tan grande que no le deseo a casi nadie. Algunos lo comenzaron a llamar Fernaco, y aunque eso al principio me divertía, me di cuenta que no importa como lo llamen, porque, así como el diablo tiene muchos nombres, no importa por cuál lo nombre siempre y cuando no le de poder sobre mí.

 


Karla Ivonne Sánchez Aguirre estudió en el bachillerato de artes y humanidades Cedart David Alfaro Siqueiros, donde estuvo en el especifico de literatura. Es licenciada en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Actualmente estudia la maestría en mercadotecnia y publicidad. Escribe relatos y crónicas en redes sociales.

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