Seres de cuerdas
Por Guadalupe Ángeles
Una dulce y temblorosa mirada, un grito en
medio de la lluvia. Una petición cuya respuesta es una interjección. Ha
escapado la belleza (no, solo se disolvió).
Más cerca del sueño que nunca, aprendería a decir, lentamente: “Me voy”
Como las estaciones: vengo y muero. No he de volver. Pero cada vida es
como cada año y tras decir, “no vuelvo”, no existe la conciencia de ese
devenir, inevitable en tanto no interrumpa la muerte.
De ahí el desamparo, el carácter fugaz de las decisiones que, solo por
nuestra ceguera, llamamos definitivas.
Pequeños seres somos, si nos da por compararnos con la inmensidad del
universo. Y si acaso en la juventud nuestra inconsecuencia gritaba consignas
que hoy parecen risibles, acaso solo era por nuestra condición de seres de
cuerdas: Marionetas.
No otra cosa somos, aun cuando, durante algún tiempo, creímos en la
solidez de nuestras decisiones. Todo es mutable: la figura que modelamos en
sueños se derrite apenas despertamos; y aún ahí, en sueños, ocurren situaciones
extrañas, pero, al meditar en su contenido, sabemos que todo amor puede ser
mentira, o todo acto incomprensible, solo ladrillos del edificio en
construcción que somos, ruinas de ese templo que quisimos ser y el tiempo ha
derrumbado.
Hacer una llamada entonces, o no hacerla. Tampoco importa. Es tan poco
lo que controlamos. Contra esa idea vestimos a diario el uniforme de la rutina,
sin embargo, una vez concluida la jornada laboral, o llevado a cabo el
ejercicio necesario para no caer deshechos en pedazos, hay que quitárnoslo.
Sabemos entonces nuestra condición de células desnudas (¿células del cuerpo de
Dios?) y solo a mitos podemos aferrarnos, oraciones aprendidas en la infancia,
pronunciadas en la oscuridad para que se vayan los fantasmas.
Caminamos a la orilla desde la cual contemplar la disolución de la
belleza es inevitable, y hemos de hacerlo sin lamentarlo, so pena de ser menos
sabios que la fruta , consciente de que aún hay semillas en el cuerpo y han de
ser futuros árboles.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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