Veneros de los
poetas
Por Carlos Gallegos
Mápula, la
estación donde mataron a don Abraham.
Sí, era clásico que en cada pueblo hubiera un
poeta.
En Chihuahua
había uno, gran versificador. Por cierto, trabajaba de agente tránsito y lo
ponían a cuidar el semáforo del crucero de Victoria e Independencia. Por eso le
decíamos El Poeta del Crucero.
Era de Camargo.
Como todos los poetas de pueblo, era medio especial. Se llamaba Ramón
Armendáriz. A mí me parecía muy inteligente. Escribía sus versos en La
Jeringa, un semanario muy bravo. Su dueño era el licenciado Espinoza. Tenía
su oficina cerca de la YMAC.
Eran tiempos de Óscar Flores. La Jeringa
le tiraba mucho. Platicaban que un día le dijo a uno de sus pistoleros:
"Oiga, ya está bueno que le empiece a rezar su novenario al licenciado
Espinoza". Al otro día amaneció muerto.
Hubo otro, de
Parral, el Poeta Olvera. Se llamaba Ramón Olvera Cobos. Delgadito, una varita.
Excelente versificador, sumamente culto.
En Chihuahua Vivía
por la Once, cerca de donde estaba Tránsito, por la botica de Mauro Leos.
Su hijo, Ramón
Gerónimo Olvera Neder, igual culto e inteligente, es maestro e investigador en
la Facultad de Filosofía y Letras. También escribe prosa y verso.
Su papá se
mantenía con dos lápices en la mano.
También trabajaba en La Jeringa. La
hacía de todo.
Un viernes no le quisieron pagar, y el lunes
ya no se presentó.
Para obligarlo
a regresar, el licenciado Espinoza, al que le decíamos El Jeringo, en el
siguiente número publicó: "Si ven por ahí a un amigo con dos lápices en la
mano diciendo que es poeta, no le crean. Bueno pues, créanle, porque es muy buen escritor". Al
día siguiente muy temprano estaba en su escritorio. Era muy noble, muy buena
gente, muy aficionado al beisbol, fanático de Los Mineros de Parral. Mario de
la Torre le decía El Vate.
En Guerrero hubo otro. Trabajaba en una
gasolinería y les decía a los clientes luego de despacharlos: "Hay le va
el pilón", y les echaba un chorro en el asiento.
Uno más.
En el Terrero,
municipio de Balleza, mi pueblo natal, había otro de esos personajes.
Era conocido
como Chú el de Viky, porque así era conocida su mamá.
Chú, porque
allá así les decimos a los jesuses.
Yo tenía una
hermana muy bonita, la reina del pueblo, de la que estaba enamorado. A ella le
decíamos Bola.
Allá la gente
es muy satírica, muy traviesa.
Con nosotros
vivía otro Chú, Chú Villalobos Campos, un muchacho que quedó huérfano de padre
y madre y mi papá lo crío junto con nosotros, como uno más de sus hijos, de
acuerdo a una hermosa tradición local.
Yo hasta ya
muy grande supe que no era mi hermano.
Un día, mi
supuesto hermano le dijo al enamorado: "Oiga, tocayo, Bola también lo
quiere. Vaya a verla".
―No me va a hacer caso.
―Quién quita y sí. Ensille el caballo y
arrímese.
―¿Y luego?
―No, pues bájese, amarre el caballo en el
mezquite que está en el patio, enderése bien el sombrero, amárrese el
barbiquejo para que el aire no le vaya a volar el sombrero, acérquese a la puerta del zahuán, péguele unos dos
toquidos con el mocho de la cuarta, y si no le abren porque no lo oigan debido
al ruido de la borrasca, suénele muy recio a la aldaba.
―¿ Y luego?
―La Bola vendrá a abrir, ya verá.
―¿Y luego qué le digo?
―Pues si llega en la mañana, le dice
"buenos días. Si llega en la tarde, le
dice buenas tardes". Según la hora en que haya llegado.
―¿Y qué más le digo?
―Si está haciendo frío o está haciendo calor, le
dice: "Ah frío, o ah qué calor".
―¿Y luego?
―Bueno, pues ya ve que hace poco la Acordada
ahorcó a uno aquí cerquita, así que le dice: "Pobrecito del
ahorcado".
Como le dijo
lo hizo. Nada más que le soltó todo de sopetón, y cuando llegó a lo del
ahorcado se acabó el tema y la romántica plática quedó en: "Buenos días o
buenas tardes, según la hora en que haya llegado, ah qué frío, ah qué calor, pobrecito
del ahorcado".
Luego se
volvió a amarrar bien el sombrero, pues se lo había ladeado el aironazo, dio
media vuelta, desamarró el caballo, se montó, le dió un cuartazo, le arrimó las
espuelas, arrancó, y se perdió en la polvareda.
Mi hermana
cerró la puerta entre enojada y asombrada, y luego se soltó llorando: todos la
estaban viendo. Le habían preparado una
celada.
El episodio
quedó como una anécdota familiar y luego de todo el pueblo, pues la subimos a
las redes de entonces, el cuchicheo de oreja a oreja.
Qué de
recuerdos le trajiste al Poeta de Mápula.
Gracias.
Saludos.
Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

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