domingo, 7 de junio de 2026

Veneros de los poetas


Veneros de los poetas

 

Por Carlos Gallegos

 

Mápula, la estación donde mataron a don Abraham.

 Sí, era clásico que en cada pueblo hubiera un poeta.

En Chihuahua había uno, gran versificador. Por cierto, trabajaba de agente tránsito y lo ponían a cuidar el semáforo del crucero de Victoria e Independencia. Por eso le decíamos El Poeta del Crucero.

Era de Camargo. Como todos los poetas de pueblo, era medio especial. Se llamaba Ramón Armendáriz. A mí me parecía muy inteligente. Escribía sus versos en La Jeringa, un semanario muy bravo. Su dueño era el licenciado Espinoza. Tenía su oficina cerca de la YMAC.

 Eran tiempos de Óscar Flores. La Jeringa le tiraba mucho. Platicaban que un día le dijo a uno de sus pistoleros: "Oiga, ya está bueno que le empiece a rezar su novenario al licenciado Espinoza". Al otro día amaneció muerto.

Hubo otro, de Parral, el Poeta Olvera. Se llamaba Ramón Olvera Cobos. Delgadito, una varita.

  Excelente versificador, sumamente culto.

En Chihuahua Vivía por la Once, cerca de donde estaba Tránsito, por la botica de Mauro Leos.

Su hijo, Ramón Gerónimo Olvera Neder, igual culto e inteligente, es maestro e investigador en la Facultad de Filosofía y Letras. También escribe prosa y verso.

Su papá se mantenía con dos lápices en la mano.

 También trabajaba en La Jeringa. La hacía de todo.

 Un viernes no le quisieron pagar, y el lunes ya no se presentó.

Para obligarlo a regresar, el licenciado Espinoza, al que le decíamos El Jeringo, en el siguiente número publicó: "Si ven por ahí a un amigo con dos lápices en la mano diciendo que es poeta, no le crean. Bueno pues, créanle, porque es muy buen escritor". Al día siguiente muy temprano estaba en su escritorio. Era muy noble, muy buena gente, muy aficionado al beisbol, fanático de Los Mineros de Parral. Mario de la Torre le decía El Vate.

 En Guerrero hubo otro. Trabajaba en una gasolinería y les decía a los clientes luego de despacharlos: "Hay le va el pilón", y les echaba un chorro en el asiento.

Uno más.

En el Terrero, municipio de Balleza, mi pueblo natal, había otro de esos personajes.

Era conocido como Chú el de Viky, porque así era conocida su mamá.

Chú, porque allá así les decimos a los jesuses.

Yo tenía una hermana muy bonita, la reina del pueblo, de la que estaba enamorado. A ella le decíamos Bola.

Allá la gente es muy satírica, muy traviesa.

Con nosotros vivía otro Chú, Chú Villalobos Campos, un muchacho que quedó huérfano de padre y madre y mi papá lo crío junto con nosotros, como uno más de sus hijos, de acuerdo a una hermosa tradición local.

Yo hasta ya muy grande supe que no era mi hermano.

Un día, mi supuesto hermano le dijo al enamorado: "Oiga, tocayo, Bola también lo quiere. Vaya a verla".

No me va a hacer caso.

Quién quita y sí. Ensille el caballo y arrímese.

¿Y luego?

No, pues bájese, amarre el caballo en el mezquite que está en el patio, enderése bien el sombrero, amárrese el barbiquejo para que el aire no le vaya a volar el sombrero, acérquese a  la puerta del zahuán, péguele unos dos toquidos con el mocho de la cuarta, y si no le abren porque no lo oigan debido al ruido de la borrasca, suénele muy recio a la aldaba.

¿ Y luego?

La Bola vendrá a abrir, ya verá.

¿Y luego qué le digo?

Pues si llega en la mañana, le dice "buenos días. Si llega en la tarde, le  dice buenas tardes". Según la hora en que haya llegado.

¿Y qué más le digo?

Si está haciendo frío o está haciendo calor, le dice: "Ah frío, o ah qué calor".

¿Y luego?

Bueno, pues ya ve que hace poco la Acordada ahorcó a uno aquí cerquita, así que le dice: "Pobrecito del ahorcado".

Como le dijo lo hizo. Nada más que le soltó todo de sopetón, y cuando llegó a lo del ahorcado se acabó el tema y la romántica plática quedó en: "Buenos días o buenas tardes, según la hora en que haya llegado, ah qué frío, ah qué calor, pobrecito del ahorcado".

Luego se volvió a amarrar bien el sombrero, pues se lo había ladeado el aironazo, dio media vuelta, desamarró el caballo, se montó, le dió un cuartazo, le arrimó las espuelas, arrancó, y se perdió en la polvareda.

Mi hermana cerró la puerta entre enojada y asombrada, y luego se soltó llorando: todos la estaban viendo. Le  habían preparado una celada.

El episodio quedó como una anécdota familiar y luego de todo el pueblo, pues la subimos a las redes de entonces, el cuchicheo de oreja a oreja.

Qué de recuerdos le trajiste al Poeta de Mápula.

Gracias.

Saludos.

 


Carlos Gallegos Pérez es licenciado en comunicación por la UNAM, licenciado en periodismo por la UACH. Fue coordinador de comunicación social de la UACH, así como también fue coordinador de comunicación social en Gobierno del Estado, ganador del Premio Chihuahua de Literatura y del Premio Nacional INBA Novela de Testimonio. Autor de varios libros, actualmente es cronista de la ciudad en Ciudad Delicias.

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