La multitud y su sombra
Por Marco
Benavides
Hay
una imagen recurrente en la iconografía del siglo XX que conviene recuperar
antes de hablar de cifras: la de la hormiga. En incontables caricaturas,
documentales y ensayos de divulgación, la especie humana ha sido representada
como una colonia insaciable que se multiplica y que consume cualquier
superficie que ocupa. La imagen es eficaz, pero a la vez tramposa. Porque la
hormiga no elige dónde construye su montículo, no delibera sobre el futuro del
suelo, no ha escrito una constitución. Nosotros sí.
La sobrepoblación no es un fenómeno que
se explique simplemente con el conteo de personas. Es, antes que nada, una
relación: la que existe entre el número de pobladores en un territorio y la
capacidad que ese territorio tiene para sostenerlas con dignidad. Esta
distinción determina si estamos hablando de un problema de cantidad o de
distribución; de biología o de política; de destino o de decisión.
Los organismos internacionales coinciden
en que la población mundial sigue creciendo, aunque a un ritmo más lento que en
las décadas de la posguerra. Según las proyecciones más recientes de Naciones
Unidas, el planeta alcanzó alrededor de 8.2 mil millones de habitantes en 2024,
y podría rozar un máximo de 10.3 mil millones hacia mediados de la década de
2080. Lo que ha cambiado no es solo la velocidad del crecimiento, sino su
geografía. Hoy el aumento más pronunciado ocurre en regiones del África
subsahariana y en partes de Asia meridional, mientras que Europa, Japón y una
franja creciente de América Latina enfrentan el problema inverso: el
envejecimiento acelerado de sus poblaciones y la contracción de la natalidad.
Pero el dato más significativo no es el
crecimiento rural o el nacional: es la urbanización. Cerca del 57% de la
población mundial vive en áreas urbanas, una proporción que no deja de crecer.
Megalópolis como Ciudad de México, São Paulo, Lagos, Karachi o Dhaka concentran
millones de personas que llegaron buscando lo que el campo no podía ofrecerles:
empleo, escuela, hospital, futuro. Lo que encontraron con frecuencia fue una
ciudad que tampoco estaba preparada para recibirlas.
Desde una perspectiva ecológica, el
crecimiento poblacional ejerce una presión creciente sobre los sistemas
naturales. No es solo que más personas necesiten más agua, más tierra
cultivable, más energía: es que el modelo de consumo dominante multiplica ese
impacto. Para ponerlo en una escala concreta: en los datos recientes del Banco
Mundial, las emisiones per cápita de dióxido de carbono rondan las 14 toneladas
anuales en Estados Unidos, frente a apenas 0.3 en Burkina Faso. La pregunta no
es cuántos somos, sino cómo vivimos y, sobre todo, quién decidió que esa es la
única forma de vivir bien.
Desde la perspectiva social, la
sobrepoblación revela y agrava las desigualdades existentes. El hacinamiento
urbano, los asentamientos informales y la saturación de los servicios de salud
no son consecuencias inevitables del crecimiento: son consecuencias de un
crecimiento mal gestionado. Hablar de sobrepoblación sin hablar de desigualdad
es hablar de los síntomas sin tocar a la enfermedad.
Parece haber una incomodidad que
atraviesa cualquier discusión honesta sobre la sobrepoblación: la sospecha de
que, detrás de ciertas alarmas demográficas, late un pensamiento que no se
atreve a nombrarse. La historia del siglo XX está llena de políticas de control
poblacional que, bajo el lenguaje neutro de la planificación familiar,
escondían lógicas eugenésicas o coloniales: el fascismo europeo de los años
treinta, esterilizaciones forzadas en India durante los setenta, políticas
coercitivas en China, campañas de anticoncepción dirigidas selectivamente a
comunidades pobres o indígenas en América Latina. Este pasado no anula la
legitimidad de hablar sobre demografía, pero obliga a hacerlo con más
conciencia de quién habla y a quiénes se señala cuando se dice que somos
demasiados.
Los análisis más rigurosos coinciden en
que la transición demográfica ocurre de manera casi natural cuando se
garantizan ciertas condiciones: acceso universal a la educación, atención
médica de calidad y seguridad económica básica. No se necesitan campañas
coercitivas. Se necesita justicia.
Mientras algunas regiones deberán
generar millones de empleos, escuelas y viviendas para una población joven en
expansión, otras tendrán que repensar sus sistemas de pensiones y sus modelos
de cuidado para adaptarse a poblaciones cada vez más envejecidas. No existe una
solución universal porque no existe un problema universal: existe una
constelación de desafíos locales que comparten ciertas lógicas globales.
Las respuestas no pueden reducirse a la
aritmética de la reducción. Se trata de construir sociedades capaces de
sostener a las personas que ya existen, de distribuir los recursos con más
equidad, de planificar las ciudades con más inteligencia y de consumir con responsabilidad.
El debate sobre la sobrepoblación es, en el fondo, un debate sobre el tipo de
civilización que queremos ser.
La imagen de la hormiga, con la que
comenzamos, tiene una virtud a la que quizá no le hacemos suficiente justicia:
la hormiga construye. No destruye por placer ni acumula más de lo que puede
cargar. Su colectividad tiene una lógica que nosotros, con toda nuestra
inteligencia y toda nuestra historia, aún no hemos logrado replicar a escala.
Tal vez el problema no es que seamos demasiados. Tal vez el problema consiste
en que todavía no hemos aprendido a ser, todos juntos, los suficientes.
Dr. Marco Benavides, 7 junio 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario